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lunes, 22 de junio de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Ratas" - Un relato del escritor: Sebastián Rogelio Ocampo - Rosario - Argentina -


Editorial Atrapados por la Imagen


Presenta: 


-RATAS-

Del escritor: 

Sebastián Rogelio Ocampo


"Artista de Atrapados por la Imagen"


 Cuento inédito  perteneciente al libro:

 "ESTA PORQUERÍA NO SE LA DESEO A NADIE" 

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen


RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"Ratas"
 SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO 

              Hay ratas en mi casa ¿Las escuchan? Corren de un lado a otro, se esconden debajo de la heladera, dentro del placard, entre los libros de mi biblioteca ¿De dónde salieron? No hay baldíos alrededor. Las casas del vecindario son modestas pero limpias. Las ratas llegaron a mi casa hace un par de meses. Mis hijos y mi esposa dicen no verlas, pero yo las veo y las escucho. Esos chirridos horribles que largan. Parece que se rieran o se burlaran de mí. A veces estoy mirando televisión y empiezan a gritar, y pasan a toda velocidad de un lado a otro. Me paro sobre el sillón, grito yo también. Mis hijos me preguntan qué me pasa. Mi esposa está cansada. Dice que me volví loco, pero no, las ratas existen, están ahí, escondidas en mi casa como malditos espíritus.

              Mi esposa me mandó al psiquiatra. Soy un buen hombre, dispuesto a resolver los problemas de la forma correcta, así que fui a ver al doctor. Me escuchó sin decir muchas palabras, asentía, hacía gestos con la boca, con las cejas. Me recetó un psicofármaco. Acepté tomarlo, una pastilla a la noche. Busqué en google y dice que es para el tratamiento de las alucinaciones. Pero no es así. Las ratas existen, yo las veo y las escucho y las padezco.

             Siempre me creí especial, puede que sea eso, que las ratas sean una especie de demonios que yo solo puedo ver. Tal vez vienen a darme algún mensaje. Vienen a decirme que las cosas no marchan bien. Estoy desempleado. Eso es verdad, las cosas no están bien, mi esposa trabaja de administrativa y la plata apenas alcanza. Mi hijo, el mayor, también hace changas de cadetería con la bici. Yo me la paso en casa. Hago las cosas, cocino, lavo la ropa, barro, plancho, todas esas cosas tristes que a nadie le importan. Mis amigos dicen que soy un vago, que no quiero trabajar, pero sí, quiero trabajar, soy oficial tornero, me canso de repartir currículums, y además trabajo, trabajo en casa ¿Qué les pasa?

           Y ahora las ratas. A veces a la noche, me despierto, las escucho, agarro la escoba, las persigo, plaf, plaf, golpeo el piso y las paredes, pero nunca las atrapo. Suben por las paredes, se trepan, se trepan al techo, y pasan a todo lo que da sobre nuestras cabezas. Me despierto varias veces a la noche. Las escucho. Malditas. ¿Serán acaso el mensaje de que me estoy volviendo loco? ¿Será una condena divina por haberme quedado sin trabajo? ¿Será que yo mismo soy una rata más?

             A decir verdad a veces desaparecen. Unos días, mientras meto ropa a lavar me pongo a leer a las poetas suicidas Pizarnik o Alfonsina. Tengo los libros guardados entre la ropa porque mi esposa dice que pierdo el tiempo leyendo poesía. Separo las prendas de color de las prendas blancas. Me apoyo en el lavarropas, rodeado de detergentes, suavizantes, y otros líquidos. Leo de Pizarnik:

"Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa".

Siento que el mundo va a terminar, que ya no va a haber una vida para mí, que sería mejor terminar con todo, que no soporto la humillación de ser un ceniciento. Cuando desaparecen pienso, pienso mucho, demasiado, los pensamientos me aturden, me duele el pecho y la cabeza, y cuando está todo por explotar, ahí, aparecen las ratas, corren, gritan, se ríen. Se ríen como hienas. Como se reían los chicos de la escuela al burlarse porque yo usaba lentes.

            A lo mejor tiene razón mi esposa. Las ratas son alucinaciones. Pero no, me acuesto y las escucho roer el machimbre de las paredes. Cuando meto al horno algunas supremas las veo salir de ahí abajo a toda velocidad, pasándome entre las piernas. Últimamente tengo miedo. Un miedo terrible de que puedan hacerme algo. ¿Si me muerden? ¿Si me contagian alguna peste extraña y me muero? Una ansiedad me recorre y quiero matarlas.

            Entonces me agarró un ataque de locura que podría salirme caro. Compré 126 tramperas y las distribuí por toda la casa, incluso debajo de las almohadas en la cama, de las sillas de la cocina y en los sillones del living. Yo sé qué posiblemente mi psiquiatra me mande a internación pero las ratas no van a vencerme. Las voy a liquidar, las liquidaré a todas, inclusive si me cuesta la vida, pero desaparecerán. Desaparecerán tanto si viven en mi cabeza o si andan dando vueltas por mi casa. Lo juro.

              ¡Las exterminaré!¡Las exterminaré!, gritaba. Cuando mi esposa y mis hijos descubrieron la cantidad de tramperas que puse en casa se espantaron. Mi esposa llamó al psiquiatra. El psiquiatra me citó. Me dijo ¿Qué es esto? Nada, quiero atrapar a las ratas. ¿No le parece desmedido? Acepté por el bien de mí mismo y para evitar una internación que había propuesto el doctor que el despliegue había sido demasiado. Así que prometí quitar las tramperas. Solo dejar algunas. Debajo de la heladera, de la cocina, de la cama. Algo coherente según consideraba mi familia y el psiquiatra.

¡Atrapé una! Finalmente atrapé una. Apareció enredada en el alambre de la trampera con un pedazo de queso todavía en la boca. La saqué agarrándola delicadamente de la cola. La hice pendular felizmente frente a mis ojos. ¡Atrapé una!, le grité a mi familia. Cuando se la mostré. Me miraron con ojos de pequinés tristes. Eso es una zanahoria, papá, dijo mi hijo. ¡¿Cómo que es una zanahoria?! La puta madre, ahora que agarré una tampoco me creen. No importa. Agarré la campera al vuelo. Salí de mi casa y me fui para el taller donde se juntan los muchachos. Las ratas me seguían como un grupo de adolescentes de fiesta. Estaban todos sentados en ronda tomando mate y hablando. Las ratas pululaban por todos lados.

¡Miren quién apareció!, dijo uno.

Muchachos, estoy desesperado ¡Miren las ratas!

¿Qué pasó, loco? Contanos.

Encontré esta rata en mi casa.

La sostuve de la cola frente a ellos.

Otra vez esa mirada de como quien ve a un elefante caminar por el medio de la calle.

Eso es una zanahoria, loco.

¡¿Cómo que una zanahoria?!¿No ven que es una rata? ¡Una maldita rata!

Las ratas reían.

Pará, pará, loco, vino uno y me puso la mano sobre el hombro.

Me saqué la mano del hombro de un manotazo, yo no quería ningún consuelo.

¡Ustedes están todos pirados!¡Igual que mi familia!¡Chau manga de putos!

Y me fui rodeado de ratas.

Me fui con la rata ahora agarrándola del cuerpo como si fuera un peceto.

Sentía mi sangre hervir, hervir el aire en los pulmones, hervirme el cerebro. Las ratas me perseguían como si yo fuera el flautista de Hamelin. 

              Empecé a preguntarle a la gente si veían una rata o una zanahoria y todos decían una zanahoria. ¡Una zanahoria!¡Hijos de puta! Era una maldita rata. Le veía las orejitas, las patitas, la cola larga como un cordel. Se las mostraba a los que pasaban. ¡Una zanahoria!, decían. Me subí a un tacho de basura y grité ¡¿Qué ven acá?! La gente se empezó a amontonar. La gente me miraba y gritaban ¡Una zanahoria! ¡Hijos de puta!, les gritaba yo. Las ratas alborotadas a mí alrededor. Al final llegó la policía.

Terminé sentado frente al psiquiatra. 

¿No le parece un poco excesivo todo esto?

Lo miré con furia.

                Usted no es un hombre para estar haciendo estas cosas.

                Me hubiera gustado decirle la pesadilla que las ratas significaban para mí.

                ¿Así que esto es una zanahoria?, pregunté.

                Claro. Por supuesto.

                Bueno, dije.

                Me la puse en la boca y le mordí la cabeza. Pude sentir la sangre chorreando por mi boca. Cayendo sobre mi camisa, sobre mis pantalones. El tipo empezó a tocar un timbre que tenía a un costado, el timbre chirriaba y chirriaba, aparecieron dos enfermeros y yo les sonreí con la boca llena sangre. Mientras tanto, a mis pies, a los costados, pasaban ratas a todo lo que da llenando el consultorio.

                                 __________                                                 


 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Sebastián Rogelio Ocampo

Rosario - Argentina

 Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Junio 2026



Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen.
Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 


Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

12 comentarios:

  1. Relato muy logrado. Bien edificado en el crecimiento del ritmo, la intensidad, pero además pasa muy fluidamente de obsesion a alucinación y llega redondo a ese tan explosivo final

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  2. Querido amigo, tu cuento me pareció muy potente. Trabaja muy bien la ambigüedad entre la enfermedad, la angustia social y la percepción alterada de la realidad. Se puede sentir la angustía del personaje, que lucha permanentemente para no volverse loco. Un relato impactante, pero muy humano! Gracias por otorgarnos el honor de publicarlo en Atrapados!! ¡Miles de abrazos!

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  3. Contada con fino humor y gran ritmo, nos encontramos frente a una historia sobre la soledad y la angustia por la incomprensión social que padecen los enfermos mentales. Muy buen trabajo. Gracias, Seba!

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  4. Excelente relato Sebastián, como dice la cita de Pizarnik "cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa". Cada palabra del monólogo angustiante del personaje y su delirio con las ratas como la transcripción de los diálogos nos hablan sobre infinidad de padeceres de nuestra condición humana. Hoy como nunca sabemos que el aumento de suicidios y problemas de salud mental es un fenómeno social que singularmente se manifiesta en cada cual y que no lo resuelve ningún psicofarmaco. Sigamos luchando junto al personaje contra esta invasión de ratas!
    Raquel kreichman

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  5. Hace mucho que no leo un cuento tan espeluznante y con tanto plus de sentido. hay tantas ratas como malestares en la vida actual y contra esto es difícil luchar, mucho más los más débiles.Y queda abierto para mucho más. Es un cuento muy fuerte y de sentidos múltiples..No cualquier escritor se anima a abordar esta narrativa. Bravo compañero!

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  6. La angustia de quien se siente desplazado del rol asignado opera carcomiendo la razón; Sebastián Ocampo se vale de la ficción y la poesía para expresar claramente el proceso crítico por el por el que atraviesa una sociedad en tiempos liminales.
    ¡Excelente, muchas gracias!

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  7. Muchas gracias por los comentarios. Sebastián Ocampo

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  8. Gracias Sebas!! Muy buen cuento , excelente narrativa. Lograste ponerme en la piel y en los zapatos del protagonista. Realmente desesperante. Muy buena y pertinente la cita de Alejandra Pizarnik. Felicitaciones!!!!Jor

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  9. Excelente relato, .Muy bien logrado el clima
    angustiante, difícil diferenciar la alucinación de la realidad, finalmente hoy vivimos rodeados de ratas, el problema es que pocos las ven. Felicitaciones!

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  10. Sebastián, ¡qué cuento! Tan intenso como angustiante. Las ratas funcionan como una presencia asfixiante de todo lo que carcome la mente del protagonista: el desempleo, la frustración, la humillación y la soledad.
    Lo más fuerte es esa duda constante, la ambigüedad entre la locura y la realidad, que sostiene toda la tensión. Y el final, con esa rata que para todos es una zanahoria, termina de mostrar su quiebre definitivo. Me deja la triste sensación de un hombre atrapado por sus propios fantasmas.
    ¡Tremendo cuento! ¡Felicitaciones!

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