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jueves, 16 de julio de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Un Mack en la Ruta 3" - Un cuento del escritor: Pedro Pablo Lilli - Rosario - Argentina -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y relatos presenta a . . .

PEDRO PABLO LILLI


"Artista de Atrapados por la Imagen"


En: "Un Mack en la Ruta 3"


Ilustración realizada especialmente por el artísta: Os Osmo

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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RELATO INÉDITO PARA EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN

"Un Mack en la Ruta 3"
PEDRO PABLO LILLI
 
 
             Raúl "el Oso" Ferraroni entró en un parador de la Ruta 3 y detuvo el gigantesco Mack de los años cuarenta, a la par de otros camiones de última generación. Cargaba sobre el chasis, obviamente adaptado, una cabaña de madera rústica con techo a dos aguas y chimenea. 

- ¡No te lo puedo creer! - dijo, al verlo, uno de los cuatro camioneros que almorzaban en el comedor -Mirá el motor home que se fabricó ese chabón.
- Es un Mack, de la segunda guerra- ilustró Soria, el más veterano, con un escarbadientes en la boca - Un fierro. Mi viejo manejaba uno. Allá por los cincuenta, era lo único que podía transportar los tubos y las cisternas de YPF por el barro.
- Hay que manejar semejante bestia. Te hace mierda los brazos y los riñones, esa porquería -puntualizó, otro, señalándolo con el mentón mientras limpiaba el plato con el pan.
- Culiao, ¡ni en pedo me subo a eso!
- Paren, que ahí viene el caracol – rio el primero. 

En la provincia de Santa Cruz, el otoño se presentaba con días soleados pero muy fríos. Afortunadamente, soplaba un viento moderado.

"El oso" Ferraroni hacía honor a su apodo. Superaba el metro noventa y cinco y, a pesar de los sesenta y nueve años, intimidaba con su corporatura. Parecía un boxeador de peso pesado recién bajado del ring. Saltó de la cabina y se encaminó hacia el restaurante con andar decidido, levantándose con las dos manos el cuello de la campera. Desde adentro, todos lo seguían con curiosidad como si se tratara de un alieno.

Cuando entró al local, calefaccionado con una salamandra en un extremo y un hogar a leña en el otro, se hizo un silencio elocuente. En la única mesa ocupada, los camioneros agacharon la cabeza mirando de reojo. 

- Con permiso, buenos días… – el recién llegado saludó afable sacándose el gorro de lana y los anteojos oscuros. Sorprendió a todos con sus rasgos finos y la actitud amigable de quién no quiere problemas.
 Olía a grasa y a gasoil. 

- Buenos días - respondieron ladinos los cuatro hombres.
 Rayén, la dueña del comedor, una joven mujer de belleza andina, fue a su encuentro presurosa.

- Bienvenido. Ya le preparo una mesa. - dijo sintiéndose atrapada en la mirada segura, sin poder disimularlo.

- ¿Qué hay de rico?
-Polenta con estofado de cordero. - respondió ella, reacomodando innecesariamente los platos y los cubiertos, ya ubicados en su lugar. Ese hombre, que le doblaba la edad, acababa de ponerla incómoda. Alisó el mantel a cuadros rojos y blancos y agregó: -Le va a gustar.
-Super recomendable- se entrometió Soria desde su ubicación, sosteniendo el palillo entre los dientes.
- ¡Ah, qué bueno! Gracias. Vamos por la polenta, entonces.
- Estábamos admirando el Mack. - siguió el camionero con sutil sorna queriendo aparentar sincero- ¡Firme por las rutas! 
- Siempre. Me hace renegar, pero no le aflojo.
 

No tardaron en entablar una larga conversación de mesa a mesa sobre repuestos, mecánica y rutas. Después del café fueron todos a escudriñar el camión y la casa a cuestas. Rayén y el marido se sumaron, especialmente ansiosos por ver la cabaña.

- ¿Para dónde va? - preguntó Soria.
- Está por verse. Mi idea es tomar la 43 y empalmar la 40 hacia el norte. Donde encuentre el lugar justo, final del viaje. Me gusta pintar y pescar. 
A las tres y media los camioneros partieron. Rayén y Tincho volvieron al parador seguidos por el Oso.

- Tengo que quedarme estacionado hasta que llegue un comisionista. Prometió para mañana, pero no sé. Viene de Misiones. 
- ¡Flor de viajecito! – reconoció Tincho, ligeramente excedido de peso, ojos claros y una calvicie apenas insinuada.
El Oso los observó con benevolencia, atraído por el armonioso, singular contraste: él, un fornido muchachote rubio con cara casi infantil, ella, de contextura mediana, con un hermoso cabello oscuro trenzado con cuidado y expresión conectada.

- Disculpe, pero las mujeres somos curiosas - preguntó Rayén acomodándose junto al marido - ¿Qué trae el comisionista?
- Un ataúd.
- ¿Con el muerto? 
- ¡Pero no, mujer! Es para mí.
Por cábala, Tincho se tocó el testículo izquierdo.
-Es un ataúd personalizado. Algo muy especial. - continuó Ferraroni.
- ¿O sea...?
- Está hecho a mi medida con lianas y raíces de mi pueblo, en Misiones. Donde me encuentre la muerte, quiero ser enterrado ahí adentro. 
- ¡Qué locura! -Tincho se cruzó de brazos y miró fuera de la ventana los autos y camiones que pasaban por la ruta. 
- ¿Por qué? Es ecológico. -continuó el Oso -Una vez bajo tierra, nos vamos a pudrir juntos, el ataúd y yo, para transformarnos, primero en compost y, después, en humus fértil donde crecerán plantas, árboles, flores...
- ¡Flores! Se lo van a comer los gusanos. - se rio el hombre.
El Oso no contestó enseguida. Se echó hacia atrás en su respaldo y después, volviendo a su posición, dijo serenamente como quien reflexiona en voz alta:

- ¿Le parece poco? Será mi contribución para que el mundo siga girando, mi modo de honrar la vida, el Universo, aun de muerto.
- ¡La puta madre! - Tincho se levantó impaciente -Es mucho para mí. Me voy a dormir la siesta. Nos vemos después.

Quedaron a solas.

-Discúlpelo. Hay cosas que él no entiende. Pero es una muy buena persona, se lo aseguro.
El Oso, hizo un gesto de asentimiento, se puso de pie, sacó el gorro del bolsillo y la miró divertido.

- No lo juzgo, la verdad es que yo soy un poco loco- giró el índice derecho sobre la sien- ¡Pero manso!
A ella se le escapó una carcajada.
- Es muy lindo su pensamiento. Me hizo recordar a mi abuela mapuche. Decía esas cosas.
- ¿En serio?
- Sí, por eso yo, de chica, quería que a mi muerte me enterraran con semillas de foye en la boca, ¡pero sin ataúd!
- ¿Y ahora? 
Fueron interrumpidos por una familia que entró al local. Los chicos, dos hermanos de seis y siete años, reían molestándose el uno al otro. El varón le tiraba de la trenza a la nena y ella, de la bufanda amarilla a él. El padre, un Ken gerente de empresa “en carrera y por más”, se aseguró que la SW4 quedara cerrada, mientras su mujer, una Barbie de carne y huesos con aire cansado, instaba a los hijos a interrumpir el juego y sentarse. Rayén fue a atenderlos.

El Oso esperó a que se desocupara y cuando ella pasó para preparar el pedido, le avisó que salía a correr “la bestia” de lugar. 

-Puede dejarla ahí, hasta que llegue su comisionista. – respondió haciendo girar la bandeja entre sus manos.
- ¿Seguro que no molesta?
- Por supuesto que no. ¿Vendrá a cenar esta noche? - preguntó interesada - Tincho va a hacer guiso de lentejas. Le sale muy bien.
- Entonces, me anoto. Con su permiso- se palpó los bolsillos para no olvidar las llaves ni los anteojos -me voy a ordenar mis cosas mientras tomo unos verdes.
- ¡Qué rico, unos mates! - le salió espontáneo accionando la palanca de la máquina de café para tirar dos espresso. La larga trenza relucía bajo la luz del spot arriba de su cabeza -Tincho no es de tomar mate…a veces… y para hacerlo a solas...Aquí no tengo a nadie. -acomodó los pocillos en la bandeja -A decir verdad, tampoco hay dónde ir.
- Si gusta, compartimos unos matecitos... -propuso el Oso, con cierto pudor -pero necesitaría que me caliente un termo, porque el agua del tanque ya no es tan potable. Después dígame dónde la puedo cambiar. Voy a buscarlo.

Volvió y se sentaron uno de cada lado de la barra. El Oso cebaba mientras ella secaba y acomodaba los utensilios.

- Usted dijo que tomará la Ruta 43 ¿no es cierto? – preguntó mientras recibía un mate.
- ¡Ajá!
- Pasará cerca de mi lof, entonces. 
- Puede ser. ¿Hace mucho que no va?
- ¡Ufff! - dio un largo sorbo haciendo sonar la bombilla.
- ¿Quiere que la lleve?
- Me gustaría poder ir, pero ¿cómo hago? No puedo dejar solo a Tincho con el negocio.
- Cierran por unos días y los llevo a los dos.
- ¡Imposible! -hizo sonar nuevamente el mate y se lo devolvió. En el pasaje de mano, involuntariamente de ambas partes, los dedos se acariciaron.
La familia del SW4 llamó para pagar y seguir viaje. Entraron un par de enfermeros que bajaron de una ambulancia, que llegó con la sirena apagada y, detrás, una pareja con una perrita que como entró, orinó debajo de la mesa. Mientras Rayén se ocupaba de todos ellos, Ferraroni recibió el mensaje del comisionista que llegaría a la mañana siguiente, antes del mediodía.
Se cebó un mate siguiendo el ir y venir de Rayén y sus modos gentiles. “Para mí, todavía no tiene los cuarenta, esta hermosura” pensó.

Ella se acercó trayendo la bandeja con las tazas vacías que acababa de retirar. Al pasar junto a él, le cuchicheó con coquetería:

-Acepto otro mate. Ya vengo.
“Me apuré en nacer” se dijo el Oso, sonriente, mientras vertía agua en el porongo de calabaza, con mucho cuidado, para lograr una buena espuma.
- Aquí estoy- reapareció alegre. Sorbió un trago y después otro, con expresión reconfortada- ¡Muy rico! Me llaman, ya vuelvo.

Continuaron con interrupciones, los dedos se rozaban cada vez y sin cuidado, hasta terminar el termo que coincidió con el regreso de Tincho al local. El Oso salió para hacer lugar al ataúd, dentro de la cabaña. 

Kuarahy Duarte le había enviado la foto del cajón realizado con lianas de isipó cruz, ramas de guayabira y raíces de guatambú que lo hacían altamente resistente pero liviano. Aprovechaba la capacidad para enviarle mandioca “que allá no hay” y una bolsa grande de yerba “de la cooperativa, esperando que los milicos coimeros no paren al comisionista, que es el primo de Ramos, el del aserradero”. Verificó en mensajes anteriores haberle enviado a su compañero de la escuela primaria, las medidas correctas de un ataúd para un difunto talle XXL. “Quedate tranquilo, lo hice amplio para que estés cómodo. De todos modos, probátelo y me decís”.

Prendió el grupo electrógeno y se duchó con agua caliente. Como era temprano, se acostó a dormir, bien abrigado y cuando despertó ya eran las ocho y media pasadas.

La playa de camiones estaba casi repleta, como así también los boxes para autos. Rayén le había reservado una mesa junto a la ventana, cerca del hogar a leña. Los dos televisores colgados en las paredes transmitían, sin voz, un partido intranscendente que nadie seguía. El local, muy iluminado, resultaba poco confortable por el griterío. La joven dueña no daba abasto corriendo entre las mesas con los pedidos que Tincho preparaba con asombrosa celeridad. “Estos chicos merecen que les vaya bien” pensó mientras atacaba los grisines en la panera.

Después de media hora, Rayén, finalmente le trajo el guiso y una botella de vino.

- ¿Novedades del ataúd? – preguntó risueña.
- Llega mañana antes del mediodía.
Se puso seria.
- ¿Y cuándo parten?
- Apenas lo acomode y lo fije bien para que no se mueva. Primero tengo que probármelo y ver que me quede bien.
Ella se tentó de la risa. Desde el mostrador, Tincho no le quitaba la mirada.

- Me lo hará ver, supongo.
- Por supuesto. ¿Le gustaría probárselo?
Rayén se hechó a reír con ganas.

- Noooo- mientras se acomodaba con gracia el cabello, sonó su celular.
-Dejá de boludear y seguí atendiendo las mesas- le gritó Tincho.
- ¡Voy!

A las nueve de la mañana, el Oso tenía todo predispuesto para recibir el ataúd y salir de viaje. Había controlado agua, aceite y desocupado el tanque de agua de la cabaña para reabastecerlo apenas posible. Entró al local, abierto desde las siete, para desayunar y cargar el termo. Había solo un par de clientes. Rayén no estaba. Lo atendió Tincho que no parecía de buen humor. Terminó el café con leche con tostadas y se quedó unos minutos más, siguiendo las noticias en uno de los televisores, mientras esperaba el agua caliente y que apareciera Rayén. Se sorprendió que demorara tanto. La noche anterior le había pedido si podía llevarle a su madre un paquetito, que todavía tenía que preparar, junto a unas chucherías para sus sobrinos.

En el último mensaje, el comisionista confirmaba estar ahí entre la diez y media y las once. 

- Aquí está su termo. Le dejé la leña que me encargó en la puerta de la cabaña. Si quiere desagotar el tanque y recargarlo, acá a la vuelta, al lado del baño, tiene una manguera. -dijo Tincho forzando una sonrisa, extendiéndole la cuenta.
El Oso pagó e intentó ser cortés.

- Muchas gracias. El comisionista está por llegar, cargo el agua y me pongo en camino. A propósito, Rayén me pidió si podía llevar a su madre…
-Rayén no está, salió. Tenía que hacer un trámite. Le dejó saludos.


Se hizo un silencio incómodo que el camionero supo desarmar: 

- Tincho -le estiró la mano poniéndose de pie- les agradezco, a los dos, la hospitalidad y les deseo lo mejor. Muy buena su comida.  
- Gracias, maestro. Que tenga buen viaje.

A las doce el Mack, con el motor gasolero ya caliente regulando, con la cabaña a cuestas y el ataúd a buen resguardo, estaba listo para afrontar la Ruta 3. El Oso vaciló en engranar la primera y salir. Le dolía irse así, sin verla, sin despedirse de esos ojos negros como el petróleo bajo la tierra dura de su lof.
 De su luz mágica que, por un día, lo había sacado de la obsesión por la muerte y la oscuridad. 

- Viejo boludo. Ridículo. -se dijo. Enganchó la marcha, avanzó dos metros y paró. - Tincho está celoso. ¿De qué? No vez que soy un pajero, no pasó nada. No busqué nada. Nada pasó. No pasó nada. Vamos.


Volvió a poner en movimiento el gigantesco camión y volvió a frenarlo.

- ¿Y si este hijo de puta le pegó? 
Se estiró para atrás con los brazos extendidos sobre el volante.
Se bajó y fue hacia el restaurante. Había varios vehículos estacionados, el local estaría muy concurrido ya que era la hora del almuerzo. Trató de serenarse para no cometer estupideces. Entró, efectivamente estaba lleno. Rayén atendía una de las mesas del fondo. Estaba de espaldas y no lo vio. Tincho corrió a su encuentro.

- Maestro, déjenos en paz. -lo dijo firme, pero con los ojos brillosos -Por favor.

El Oso le dio dos golpecitos comprensivos en el hombro y se volvió al camión sin decir nada.

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Pedro Pablo Lilli

Rosario - Argentina

Julio 2026

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Colaboradores: Marta Puey - Emilio bertero


Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen.


Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 
 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

5 comentarios:

  1. Que lo parió Mendieta, qué cuentazo!!! Desde el mismo inicio, un ambiente y unos personajes que se ven, se ven perfecto pq el seguimiento de imágenes de Pedro es un lujo, y luego, primero con sutileza, más tarde con el pensamiento del Oso, la atracción entre él y Rayén, más flotando siempre ahí todo ese tan imaginativo, inusual, una construcción verosímil de lo inverosímil, eso del ataud de lianas y raíces, y un gran final, esos que nos dejan con la historia rondando y ganas de querer oír más de estos personajes. Aplausos Pedro

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  2. Es un "Lilli", de pura cepa.
    Lo visual cuenta el cuento estupendamenerte.
    Que un señor mayor logre preocupar a un esposo o pareja joven, es el guiño que resuelve la historia de manera inesperada.
    Qué impronta la tuya Pablo!!

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  3. muy bueno Pablo!! gracias por elegir mi imagen para ilustrarlo!!!!

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  4. Muy bueno tu cuento Pablo!!! Muy bien narrada la escena, y el vínculo sutil pero real que entabló Oso con Rayen.
    Excelente la descripción de los personajes,.fue como estar mirando una peli o una serie.
    Imaginé al sr Oso como un camionero o viajante añoso y picaron!!!
    Un abrazo!

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  5. Buenísimo, Pablo! Me encantó la historia y como describís los personajes. Está bueno el clima que creas en la pareja logrando darle tensión alrededor de lo no dicho. Abrazo!

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