ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Cuentos y Relatos Presenta a:
EMILIO BERTERO
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en: "El sillón"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
Federico
se puso de pie para darle cuerda al cucú de la sala. Daba las siete como
siempre, hacía años que aquel reloj había dejado de funcionar. Liberada del
peso del hombre sobre su falda, Lidia, su esposa, también pudo abandonar el
sillón dando un largo resoplido. Luego de practicar algunas flexiones para restaurar
la circulación en sus piernas, se acercó con lentitud a la ventana. Aspiró con
fruición el aroma a cebollas que emanaba de la chimenea de la pizzería vecina, aún
respirando con dificultad, las flexiones le provocaban cada vez más agitación.
—Tienes que iniciar pronto una dieta —le dijo a su marido
quebrando el silencio.
—Sabía que dirías eso —replicó él malhumorado.
Haciendo caso omiso del malestar de su conyuge, Lidia
insistió: —No te fastidies, no hay muchas alternativas. O haces dieta o compras
otro sillón.
—También podría ser que fueras tú la que se sentara en mi
regazo —ofreció Federico, ahora con más amabilidad.
Luego de un breve silencio, durante el cual el anhelo del
hombre pareció aletear en el eco de su propia voz, ella respondió: —Ya sabes
que eso es imposible, siempre tienes erecciones cuando yo me siento sobre tus
piernas.
Federico
clavó sus ojos en los de Lidia. La mujer, con esa permanente expresión asombrada
producto de las cirugías estéticas, le sostuvo la mirada por un largo rato,
tanto cuanto pudo tolerar el merodeo de una mosca alrededor de la cataplasma de
miel y germen de trigo que cubría sus mejillas.
—¿Sobró
algo de miel? —preguntó Federico.
—Esta
mascarilla solo es recomendada para la piel femenina —respondió Lidia de
inmediato.
—Ya
lo sé, la deseo para untar unas tostadas.
—Pues
mira lo que se te ocurre, ya no hay tostadas, Barrabás merendó las últimas.
El
hombre lanzó una mirada de odio bajo la mesa donde dormitaba Barrabás, el negro
félido que Lidia había recogido en un sendero del jardín zoológico. Federico lo
detestaba, siempre declaraba que tenía más de salvaje que de minino, que un
gato no podía ser tan ladino y traicionero. Sintiéndose observado, el animal
salió de su letargo y expresó su disgusto con un gruñido. Él también aborrecía
al esposo de su dueña, solo la presencia de ésta permitía la convivencia entre
ambos, si algún día falto, alguno matará
al otro, repetía ella con frecuencia.
Federico
se acercó al hogar y atizó vigorosamente los leños. Transpiraba profusamente,
tal vez a causa de la taza de chocolate que acababa de beber, acaso por el suéter
de lana que vestía o quizás porque era pleno verano. El felino entretanto,
abandonó su puesto bajo la mesa, se acercó sigilosamente y, cuando se sintió
seguro, dio un brinco y se apoltronó en el sillón.
Fuera de sí, Federico tomó un diccionario de un estante de
la biblioteca y se lo arrojó con fuerza. Falló por más de un metro.
—¡Demonios! —gritó. A Federico le fascinaban las películas
de Stallone o Van Damme dobladas en Centroamérica.
—Sabes bien cuánto me enfada que maldigas —reprendió Lidia,
quien compartía el gusto por las mismas películas.
El animal abandonó el sillón moviendo la cola y mirándolo
con rencor. Haciéndose el distraído, Federico se aproximó al asiento liberado.
Dando un salto inusitadamente ágil, Lidia se adelantó y se dejó caer sobre el
sofá con pesadez. Luego, permitió al marido sentarse sobre su falda.
—Es un hecho, tienes que hacer dieta —volvió ella a la
carga luego de tomar aire.
Contemporizador, él aseguró: —Bien, te prometo que lo
consideraré.
—Seamos concretos y comencemos hoy mismo ¿Quieres que
prepare para la cena el pastel de broccoli que siempre hacía Josefina? —propuso
Lidia.
—¿Josefina era aquella muchacha que empleábamos cuando
vivíamos en provincia?
—Así es, ¿recuerdas su sabroso pastel?
—Recuerdo muy bien a Josefina ¿Y tú te acuerdas de ese
joven que la festejaba?
—Por supuesto, Rubén era quien más elogiaba su pastel.
—Efectivamente, Rubén se llamaba.
—Y elogiaba su pastel.
—La quería mucho. Y era tan atento, jamás se presentaba en
casa sin algún obsequio de la fábrica de pastas en la que trabajaba.
—Sufres una confusión, mientras frecuentó a Josefina, Rubén
trabajó en una fábrica de sillones por la mañana y en una de balanzas por la
tarde.
—Qué realidad terrible la de esa pobre gente a quien no le
es suficiente un solo empleo para vivir.
—Sin embargo, lo positivo es que estimula su ingenio, por
ejemplo, aprovechan los alimentos más económicos para cocinar platillos
exquisitos, como el pastel de broccoli que siempre hacía Josefina.
Desalentado, Federico se incorporó refunfuñando. Con las
piernas agarrotadas, Lidia lo imitó. Ahora debió dedicar más tiempo a las flexiones
y cuando acabó, los pechos le subían y bajaban con un ritmo intenso. Pasó un
largo rato antes de que su respiración se normalizara. Entonces dijo: —Un día
estas flexiones me van a matar. Y todo será por tu culpa —Alerta, el felino
permanecía con la cabeza en alto y las orejas erectas, aunque esta vez decidió
quedarse donde estaba.
Sin responder, Federico encendió el televisor y comenzó a
recorrer las trescientas sesenta y siete sintonías del aparato apto para
emisiones de televisión satelital. Durante la siguiente recorrida, se detuvo en
el canal ochenta y dos, la única frecuencia que podían captar, pues nunca
habían instalado cable ni antena.
Con entusiasmo, Lidia volvió a su lugar en el sillón y se
palmeó repetidamente el regazo diciendo: —Ven con mami, ven con mami tesoro.
Federico y el bicho se lanzaron hacia el sillón
respondiendo al llamado. El hombre llegó antes gracias al puntapié que descargó
en el camino sobre su competidor, que emitió un aullido de dolor. Indignada,
Lidia se paró desatando una catarata de recriminaciones. De pronto, sus ojos
quedaron inmóviles, abrió la boca buscando aire, se tomó el pecho con ambas
manos y cayó tendida junto al sillón. Al cabo de un instante durante el que la
fuerte impresión lo paralizó, Federico dio un paso cauteloso en dirección al
sillón. La fiera rugió.
La policía acudió debido al llamado de los vecinos, el
hedor que brotaba del departamento ya resultaba insoportable. A ella la
encontraron en el mismo sitio donde había caído muerta y a él, tomado de uno de
los brazos del sillón con la garganta desgarrada. La mayor parte de su
prominente abdomen había sido devorada.
A la panterita la llevaron de regreso
al jardín zoológico. El traslado no resultó sencillo, sólo pudieron llevarla
hasta la jaula cuando se resignaron a transportarla echada sobre el sillón.
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Detrás de un lenguaje un tanto solemne y una clara descripción que pone in situ al lector aparece el clima que delata a Emilio Bertero cuando se propone, con fina ironía, desnudar el cinismos y la crueldad de personajes que habitan una historia de horror
ResponderBorrarGracias Martita por tu comentario, muchas gracias querida!!!
ResponderBorrar¡Cuando todo parecía indicar que se encaminaba hacia la riña marital, Emilio lanza el zarpazo a lo inimaginable! ¡El genio sigue asombrando con su escritura! ¡Felicitaciones por este cuento alucinante! ¡Vamos por más!
ResponderBorrarCoincido con Marta el clima es perfecto y quien avisa no traiciona, final inesperado pero finamente anunciado. Exelente .
ResponderBorrarMuchas gracias amigas por devoluciones tan halagadoras
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