CAPILLA SAN BERNARDO, UNA ERMITA DONDE LA LUZ SE VUELVE ARQUITECTURA
La Capilla San Bernardo, bautizada en honor al santo patrono de la localidad cordobesa que la resguarda, es una de las obras más singulares del arquitecto rosarino Nicolás Campodónico. Su propuesta, que dialoga con elementos de la arquitectura gótica y renacentista, la ha convertido en uno de los atractivos más sorprendentes de la provincia situada en el corazón geográfico de la Argentina.
Levantada en un paisaje donde la naturaleza marca el ritmo y las condiciones del entorno, la ermita destaca por la precisión de su diseño y el cuidado de su construcción. Integrada con el paisaje serrano, esta pequeña obra arquitectónica ha trascendido las fronteras locales para alcanzar reconocimiento internacional y consolidarse como una verdadera joya de la arquitectura contemporánea.
Hoy en Domingos de Curiosidades voy a contarte la historia y los detalles de esta importante obra arquitectónica que, tal vez, no conocías.
LA HISTORIA
La historia de la Capilla San Bernardo comenzó con un pedido íntimo y familiar. El padre del arquitecto Nicolás Campodónico, médico y productor agropecuario, le encomendó la construcción de un pequeño oratorio en su campo de La Playosa, Córdoba. Su deseo era crear un espacio de recogimiento, oración y agradecimiento a la tierra, pero también un lugar destinado a los trabajadores rurales y peones que durante años cultivaron esos campos, donde pudieran encontrar amparo, paz y un momento de reflexión en medio de las exigencias de la vida rural.
El sitio elegido para levantar la capilla fue un antiguo monte donde alguna vez se alzaron una vieja vivienda rural y sus corrales. Ambas construcciones fueron desmanteladas para dar origen a una nueva obra que conservaría, de otro modo, la memoria y la historia del lugar.
Cabe señalar que el sitio no cuenta con energía eléctrica, agua corriente, ni ningún tipo de servicio, la naturaleza impone sus condiciones.
Para Nicolás Campodónico, el paso del tiempo también debía quedar impreso en la propia materia de la capilla. Por eso, se recuperaron y reutilizaron materiales que habían formado parte de ese paisaje durante más de un siglo, una decisión que permitió retomar antiguas técnicas de albañilería y convertirlas en la base constructiva de la obra. En contraste, el interior incorporó materiales nuevos, estableciendo un diálogo entre la memoria del lugar y una mirada contemporánea.
La cuidadosa selección y disposición de cada elemento permitió crear dos experiencias diferentes: en el exterior, los muros revelan las huellas del tiempo; en el interior, el intenso tono rojizo del ladrillo genera una atmósfera cálida y de recogimiento a través del reflejo de la luz sobre sus superficies.
El corazón del proyecto se encuentra en la relación entre la arquitectura y la luz del atardecer. Como explica el arquitecto, la entrada de una luz rasante horizontal y su posterior proyección en el interior dan origen a la cruz, uno de los gestos más significativos de la obra.
Para lograrlo, Campodónico tomó como referencia el sistema abovedado de los antiguos hornos de carbón utilizados en la Argentina para la cocción de ladrillos. Esa forma permite que la luz ingrese de manera continua y sin interrupciones, creando un marcado contraste entre el rojo del ladrillo y las sombras proyectadas por las vigas, que a determinada hora del día terminan dibujando una cruz. Con un gesto arquitectónico mínimo, el autor dispone los elementos y deja que sea la naturaleza la que complete el ritual, convirtiendo la aparición de la cruz en un acontecimiento que trasciende la intervención humana.
Esa idea se traslada al interior de la obra a través de un ritual cotidiano de luz y sombra. Cada día, las sombras proyectadas por los maderos recorren caminos separados, como un Vía Crucis silencioso, hasta encontrarse en un momento preciso y dar origen a la cruz. De este modo, ya no se trata solamente de un símbolo construido por el hombre, sino de un acontecimiento que se renueva con el recorrido del sol, incorporando a la naturaleza y al tiempo en una dimensión casi cósmica.
Según explica Nicolás Campodónico, la concepción de la cruz en la capilla parte de una interpretación histórica de la crucifixión: Jesucristo cargaba únicamente con el madero transversal durante su camino al Gólgota, y la cruz se completaba con la unión de ambos elementos.
El ingreso a la capilla se encuentra desplazado hacia uno de sus laterales, un recurso que transforma la llegada en una experiencia más íntima y recogida. El pasillo de acceso se va estrechando progresivamente con la intención de que la verdadera revelación no sea la puerta en sí misma, como ocurre en gran parte de la arquitectura religiosa tradicional, sino el espacio que se descubre al atravesarla.
En su interior, la austeridad es la gran protagonista. La Capilla San Bernardo prescinde casi por completo de ornamentaciones y elementos decorativos. Solo algunas salientes de ladrillo funcionan como apoyo para pequeñas velas durante los momentos de oración o celebración, mientras que una imagen de San Bernardo recibe la luz natural desde un hueco circular ubicado en la parte superior.
La gran abertura cenital se convierte en otro de los elementos esenciales de la obra: a través de ella, la luz del sol recorre lentamente el interior a lo largo del día hasta llegar al ocaso, reforzando la relación permanente entre la arquitectura, el tiempo y los ciclos de la naturaleza.
La Capilla San Bernardo cautiva por sus aparentes contradicciones: su sencillez y, al mismo tiempo, la complejidad de su concepción; un exterior desgastado que se mimetiza con el paisaje frente a la intensidad vibrante del ladrillo que recibe al visitante en su interior; el diálogo entre luces y sombras que, en un instante preciso, da origen a la cruz; y el contraste entre la geometría austera de su volumen exterior y la suavidad de sus formas curvas rematadas por una bóveda.
La obra se convierte así en un ejemplo de cómo la arquitectura puede alcanzar una profunda expresividad sin imponerse sobre el entorno. Lejos de dominar el paisaje, se integra a él respetando su historia, reutilizando los materiales que el tiempo había dejado en el lugar y otorgándoles una nueva vida a través de una propuesta donde la naturaleza también forma parte de la creación.
En la quietud del paisaje cordobés, la Capilla San Bernardo espera cada atardecer el mismo milagro silencioso. La piedra, el ladrillo y las sombras permanecen inmóviles; es el sol, en su eterno recorrido, quien vuelve a darle vida y completa una cruz que nace del encuentro entre la arquitectura y la naturaleza. Allí, donde el tiempo deja su huella y la luz se convierte en materia, la obra vuelve a construirse una vez más.
Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen

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Querida Isa; me gustó muchísimo tu nota, especialmente cómo va revelando el vínculo entre la arquitectura, la luz y la naturaleza, permitiendo que podamos entender, no solo cómo fue construida la capilla, sino también el profundo sentido simbólico que encierra. ¡Felicitaciones y muchas gracias por compartir, esta nota tan increíble en Atrapados! ¡Vamos por más!
ResponderBorrarMuchas gracias, Lau. La verdad es que realmente es una capilla fuera de lo común, donde la luz es la principal protagonista. El arquitecto Campodónico, mediante su construcción pudo lograr mucho más que un lugar de oración. Abrazo amiga.
BorrarQue buena y que linda investigación...ignoraba totalmente de esta iglesia y de sus características arquitectónicas y, sobre todo, religiosas, una gran investigación, gracias por compartirla, a veces uno lee cosas que no mueven un pelo, con esta nota en cambio imposible permanecer indiferente
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