ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en..
Relato inédito para Atrapados por la Imagen
Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
Cuando
Gustavo le mostró la revista, Luis no lo podía creer. Una semana atrás,
trabajando en un guion para el práctico que tenían que entregar a fin de año,
habían hablado de las hermanas. Gustavo, que era de Villa Eloísa, las había conocido. Luis recordó esa época,
su infancia en la casa de pasillo en Pichincha, cuando estaba en segundo grado
y se aburría en la clase de italiano. En
realidad, en todas las clases. Recorría el antiguo cielo raso del
aula con la mirada. Siempre le llamaban la atención esas rosetas. Unas flores
chatas de yeso en relieve. Había cuatro, una en cada esquina, de las que salían
dos finas molduras ondulantes a noventa
grados una de otra. En el centro de cada
flor había un agujero por donde él se perdía transformado en abejorro. Desde
ese orificio observaba toda la clase o se escapaba para sobrevolar la escuela,
el barrio, la ciudad. Y desde donde volvía repentinamente cuando escuchaba la
resonante voz de la maestra preguntando
si habían entendido. Sin que nadie se hubiese percatado de su ausencia aparecía en su pupitre, intrigado y con la
sensación de haber fallado otra vez, como si fallar fuese un designio que jamás
podría cambiar. El pizarrón
completamente cubierto de escrituras, incomprensibles para él, era la contundente prueba de la magnitud del tiempo que había estado ausente. Miraba
sin entender, y luego miraba a sus compañeros tratando de captar alguna señal,
un gesto, algo que le indicara de qué se había tratado la clase.
Al
sonar el timbre metía el cuaderno y la cartuchera en su portafolio. Los
lápices, por lo general, los tiraba adentro, sueltos. Así era como se rompían o
perdían. Formaba fila y tomaba distancia displicentemente. En el fragor que causaban
los últimos minutos se empujaban unos con otros, algo que solía ponerlo mal,
aunque, últimamente, no le importaba. Hacía meses que en lo único que pensaba,
a esa hora, era en regresar a su casa, o mejor dicho a la vecina.
El
transporte amarillo estaba ahí, el de todos los días, el de las mismas caras,
el del mismo insoportable recorrido, ese recorrido que lo dejaba con la
fastidiosa sensación de que lo relegaban siempre para lo último. Subió aferrando
su portafolio y, tomándose del pasamanos, se ubicó en el lugar de siempre. En el
trayecto hasta su asiento algunos chicos le hablaron pero él no escuchó. “Llegás y te vas a merendar a lo de Chele
que te va a estar esperando, cuando yo vuelva te voy a buscar”. Le
retumbaba la voz de su mamá mientras apoyando su frente en la ventanilla veía
pasar los techos pálidos de las casas por entre el gastado y sucio cielo de las
tarde de invierno. En un último plano, escuchaba a los compañeritos más zarpados, los que hacían
todo el barullo, los que gritaban cosas a los automovilistas y peatones, los
que pasaban derecho para el fondo, como en el aula.
Ya no
era como los demás chicos, ya no se sumaba al bochinche, se sentía algo
mayor, prefería quedarse solo mientras,
con una mano en el bolsillo del guardapolvo, jugaba, sin darse cuenta, con las
migas de una Manón rota, disfrutando del secreto que tenía, un secreto tan
perturbador que resultaba casi inconfesable hasta para él mismo. Salvo a esa
hora, la hora en que volvía de la escuela: era ahí cuando comenzaba a
disfrutarlo.
Chele
vivía en la casa contigua a la suya, en el mismo pasillo. Para él era “de
avanzada” porque estaba separada. Tenía dos
hijas de quince y dieciséis años, de una belleza perturbadora. Habían
llegado de un pueblo, Villa Eloísa, eran tan bellas que no podían tener amigas
en el barrio. Ninguna chica se sentía cómoda al lado de ellas. Opacaban a cada
una que intentase acercarse. Casi podría
afirmarse que las odiaban. Salvo los muchachos, que, por el mismo motivo,
vivían alborotados.
Las
hijas de Chele eran raras. Luis a sus siete años jamás había conocido gente con
esa impronta, salvo en programas de televisión. Se llamaban Ana y Cristina y
esa rareza, a Luis, le producía fascinación. Cada vez que las cruzaba se sentía
feliz, poco importaba su estado de ánimo previo. El solo hecho de ver a alguna
de las hermanas lo reconciliaba con cualquier cosa que hasta el momento lo
hubiese afligido. Estaba enamorado. No sabía de cual. Le daba lo mismo.
Any y
Cris eran, como se dio cuenta de grande, lo que se dice progresistas.
Escuchaban los Beatles, Bob Dylan y Serrat, cuando en casi todos lados sonaban
Ortega y Roberto Sánchez. Tenían en su dormitorio un poster grande con la foto
de un barbudo que Luis tenía ya visto y en el que, años después, reconocería al Che. Esa casa era especial,
los vasos de vidrio de colores, el reloj pop de la pared, el tocadiscos
portátil (última tecnología), y una réplica en miniatura de un escenario de
teatro sobre una mesa ratona, con luces que se encendían a voluntad, le hacían
intuir a Luis que había otro mundo, otra forma de vivir que no era la que le
enseñaban en su casa ni en la escuela y, esa otra forma, le atraía demasiado.
Any y
Cris estudiaban teatro y, cada tanto, hacían fiestas en su casa a las que iban
personas igualmente raras, y que, obviamente, no eran del barrio. Él, desde su
casa, veía llegar a los invitados. Escuchaba esa música y
soñaba con pertenecer, algún día, a ese círculo de amigos. Se moría de
ganas por estar ahí.
El
transporte se detenía en su puerta después de un serpenteante recorrido. Luis
tomaba su portafolio de cuero marrón y bajaba casi sin saludar a los pocos
pasajeros que quedaban. Si saludaba, lo hacía en forma automática, en voz muy
baja y sin ganas. Caminaba con paso firme, refregándose la cara con el puño del
guardapolvo. El peso del portafolio ya no le importaba. Entraba al pasillo que
le era muy ancho e interminable. Una excitación se apoderaba de él. Durante el
largo recorrido trataba de pensar en otra cosa como para calmarse, pero le era
imposible. La sola idea de entrar a esa casa lo ponía muy ansioso. Pasaba por delante de la suya y ni la miraba, sabía
que adentro no había nadie. Cuando llegaba al porche de Chele tocaba timbre.
Recorrido
y sensaciones que se repetían todas las tarde a la misma hora. Siempre lo
recibía la abuela de las chicas que también vivía con ellas. Por lo
general, a esa hora, no había nadie más.
Eso no le importaba. El solo hecho de entrar a la casa de sus vecinas, al lugar
donde ellas vivían, donde dormían, donde comían, donde habían transcurrido esas
fiestas, le daba mucha felicidad y vértigo.
Durante
ese año fue siempre igual, la abuela lo esperaba con la merienda y mientras la
tomaba miraba televisión. Primero Meteoro.
Le encantaba, aunque le daba bronca que su héroe no se diera cuenta de que su
rival enmascarado era su hermano. Después Kimba, un dibujo animado que miraba
molesto porque le parecía una telenovela. Todos los capítulos empezaban siempre
con la dramática y lacrimógena introducción: un leoncito al que unos cazadores
le habían asesinado a su madre. No se lo bancaba. El plato fuerte venía después,
cuando empezaba Batman, el de Adam West. Era entonces cuando disfrutaba en
serio. Sentía una profunda atracción por esa estética psicodélica que, sin
darse cuenta, emparentaba con la onda de Any y Cris. Sabía que tanto Batman
como Robin saldrían sanos y salvos de las trampas que le tendían los villanos,
pero no podía dejar de sufrir hasta el día siguiente cuando la salvación se
concretaba. Soñaba con ser Batman, con tener una baticueva y un baticinturón
lleno de artilugios, y un traje de verdad, pero se tuvo que conformar con el
que, de un apurón y para que se dejara de molestar, le hiciera su madre
utilizando una vieja sábana, que completó con unas orejitas de murciélago de
pañolenci anaranjado. Él se lo ponía casi todos los días y, con esa
inexplicable abstracción propia con que suelen jugar los niños, se veía a si
mismo como el inexorable hombre murciélago de la pantalla. Así vestido jugaba,
hacía sus deberes, cenaba y se iba a dormir lleno de orgullo, orgullo que
después fue ridiculez, cuando unos amiguitos le hicieron ver que su traje era
blanco y anaranjado.
Una vez
terminada la serie se preparaba mentalmente para lo que iba a hacer. Se concentraba
tratando de calmarse. Tenía poco tiempo. En cualquier momento pasaría su madre
a buscarlo. Con voz que él creía tranquila, y esquivando la mirada de la
abuela, le pedía permiso para pasar al baño. Una vez ahí se aseguraba de cerrar
bien la puerta. Se bajaba el pantaloncito y se sentaba en el inodoro a orinar
mientras repasaba con la vista cada rincón. Sabía que en algún lugar
encontraría lo que buscaba y por lo general lo encontraba. Si no era colgado
del caño de la cortina de la ducha, era en el grifo, sino en el canasto de la
ropa sucia. Casi siempre encontraba una bombacha, de Any o de Cris, vaya a saber
de quién. Su amor era indistinto. Nunca se había masturbado, ni sabía lo que
era una erección, pero algo del orden del placer sentía. Y era sexual. Era atracción pura. Lo
miraba y lo tocaba, imaginaba a una de las chicas o a las dos. Se lo acercaba a
la cara. Lo olía.
El
ritual duraba unos pocos minutos, pero intensos. Después dejaba la prenda donde
estaba, tratando que nadie notara su intervención y luego salía del baño feliz.
Tan feliz como se sentiría de grande al
hacer el amor.
Pasó
poco más de un año. Un año de hacerle el amor a sus dos amores sin que ellas lo
supiesen, hasta que un día Chele le contó a sus padres que se irían a vivir a
España, argumentando: “Las chicas estudian teatro e idioma, están muy
preparadas, quieren vivir de eso y acá
no tienen futuro”. Las extrañó poco tiempo. Enseguida se acostumbró a no
verlas. Luis continuó transformándose en abejorro para escaparse de la clase,
pero cada vez con menos frecuencia. Terminó la escuela y luego el secundario. Conoció
el sexo y el amor correspondido. Su madre continuó una comunicación epistolar
con su amiga Chele durante un tiempo. Inclusive la visitó en España años
después, donde se enteró que Any continuaba con su carrera de actriz, pero años
después la correspondencia cesó.
Al tiempo Luis comenzó a estudiar cine. Gustavo apareció en la casa de Luis, a la semana siguiente de aquella charla en la que le contó que había conocido a las hermanas. Llegó con una revista española, de esas con chimentos de la farándula. Abrió la revista en una página que tenía marcada y le mostró a su amigo. El titular decía: “La argentina que enamoró a Alain Delon” y una foto de Any de la mano con el galán. Luis tomó la revista con los ojos clavados en ella y la boca abierta. Lo invadió una inexplicable emoción y no pudo dejar de sentir orgullo. Un orgullo tan ridículo como el que sintió con su disfraz de Batman.
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Editora Literaria: Isabel Santoro
Colaboraciones de: Marta Puey - Emilio Bertero
Octubre 2026

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.







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