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lunes, 26 de octubre de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "La novia de Alain" Un cuento Inédito del escritor: Hansel Germán Monzón - Rosario, Argentina -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y Relatos Presenta A. . .


HANSEL GERMÁN MONZÓN

"Artista de Atrapados por la Imagen"


en..

- La novia de Alain -

Relato inédito para Atrapados por la Imagen


Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Relato inédito para Atrapados por la Imagen

"La novia de Alain"
Hansel germán monzón


Cuando Gustavo le mostró la revista, Luis no lo podía creer. Una semana atrás, trabajando en un guion para el práctico que tenían que entregar a fin de año, habían hablado de las hermanas. Gustavo, que era de Villa Eloísa,  las había conocido. Luis recordó esa época, su infancia en la casa de pasillo en Pichincha, cuando estaba en segundo grado y se aburría en la clase de italiano. En realidad, en todas las clases. Recorría el antiguo cielo raso del aula con la mirada. Siempre le llamaban la atención esas rosetas. Unas flores chatas de yeso en relieve. Había cuatro, una en cada esquina, de las que salían dos  finas molduras ondulantes a noventa grados una de otra.  En el centro de cada flor había un agujero por donde él se perdía transformado en abejorro. Desde ese orificio observaba toda la clase o se escapaba para sobrevolar la escuela, el barrio, la ciudad. Y desde donde volvía repentinamente cuando escuchaba la resonante voz de la maestra preguntando  si  habían entendido.  Sin que nadie se hubiese percatado de su ausencia  aparecía en su pupitre, intrigado y con la sensación de haber fallado otra vez, como si fallar fuese un designio que jamás podría cambiar.  El pizarrón completamente cubierto de escrituras, incomprensibles para él, era  la contundente prueba de la magnitud  del tiempo que había estado ausente. Miraba sin entender, y luego miraba a sus compañeros tratando de captar alguna señal, un gesto, algo que le indicara de qué se había tratado la clase.

Al sonar el timbre metía el cuaderno y la cartuchera en su portafolio. Los lápices, por lo general, los tiraba adentro, sueltos. Así era como se rompían o perdían. Formaba fila y tomaba distancia displicentemente. En el fragor que causaban los últimos minutos se empujaban unos con otros, algo que solía ponerlo mal, aunque, últimamente, no le importaba. Hacía meses que en lo único que pensaba, a esa hora, era en regresar a su casa, o mejor dicho a la vecina. 

El transporte amarillo estaba ahí, el de todos los días, el de las mismas caras, el del mismo insoportable recorrido, ese recorrido que lo dejaba con la fastidiosa sensación de que lo relegaban siempre para lo último. Subió aferrando su portafolio y, tomándose del pasamanos, se ubicó en el lugar de siempre. En el trayecto hasta su asiento algunos chicos le hablaron pero él no escuchó. “Llegás y te vas a merendar a lo de Chele que te va a estar esperando, cuando yo vuelva te voy a buscar”. Le retumbaba la voz de su mamá mientras apoyando su frente en la ventanilla veía pasar los techos pálidos de las casas por entre el gastado y sucio cielo de las tarde de invierno. En un último plano, escuchaba a  los compañeritos más zarpados, los que hacían todo el barullo, los que gritaban cosas a los automovilistas y peatones, los que pasaban derecho para el fondo, como en el aula.

Ya no era como los demás chicos, ya no se sumaba al bochinche, se sentía algo mayor,  prefería quedarse solo mientras, con una mano en el bolsillo del guardapolvo, jugaba, sin darse cuenta, con las migas de una Manón rota, disfrutando del secreto que tenía, un secreto tan perturbador que resultaba casi inconfesable hasta para él mismo. Salvo a esa hora, la hora en que volvía de la escuela: era ahí cuando comenzaba a disfrutarlo.

Chele vivía en la casa contigua a la suya, en el mismo pasillo. Para él era “de avanzada” porque estaba separada. Tenía dos  hijas de quince y dieciséis años, de una belleza perturbadora. Habían llegado de un pueblo, Villa Eloísa, eran tan bellas que no podían tener amigas en el barrio. Ninguna chica se sentía cómoda al lado de ellas. Opacaban a cada una que  intentase acercarse. Casi podría afirmarse que las odiaban. Salvo los muchachos, que, por el mismo motivo, vivían alborotados.

Las hijas de Chele eran raras. Luis a sus siete años jamás había conocido gente con esa impronta, salvo en programas de televisión. Se llamaban Ana y Cristina y esa rareza, a Luis, le producía fascinación. Cada vez que las cruzaba se sentía feliz, poco importaba su estado de ánimo previo. El solo hecho de ver a alguna de las hermanas lo reconciliaba con cualquier cosa que hasta el momento lo hubiese afligido. Estaba enamorado. No sabía de cual. Le daba lo mismo.

Any y Cris eran, como se dio cuenta de grande, lo que se dice progresistas. Escuchaban los Beatles, Bob Dylan y Serrat, cuando en casi todos lados sonaban Ortega y Roberto Sánchez. Tenían en su dormitorio un poster grande con la foto de un barbudo que Luis tenía ya visto y en el que, años después,  reconocería al Che. Esa casa era especial, los vasos de vidrio de colores, el reloj pop de la pared, el tocadiscos portátil (última tecnología), y una réplica en miniatura de un escenario de teatro sobre una mesa ratona, con luces que se encendían a voluntad, le hacían intuir a Luis que había otro mundo, otra forma de vivir que no era la que le enseñaban en su casa ni en la escuela y, esa otra forma,  le atraía demasiado.

Any y Cris estudiaban teatro y, cada tanto, hacían fiestas en su casa a las que iban personas igualmente raras, y que, obviamente, no eran del barrio. Él, desde su casa, veía llegar a los invitados. Escuchaba esa música  y  soñaba con pertenecer, algún día, a ese círculo de amigos. Se moría de ganas por estar ahí.

El transporte se detenía en su puerta después de un serpenteante recorrido. Luis tomaba su portafolio de cuero marrón y bajaba casi sin saludar a los pocos pasajeros que quedaban. Si saludaba, lo hacía en forma automática, en voz muy baja y sin ganas. Caminaba con paso firme, refregándose la cara con el puño del guardapolvo. El peso del portafolio ya no le importaba. Entraba al pasillo que le era muy ancho e interminable. Una excitación se apoderaba de él. Durante el largo recorrido trataba de pensar en otra cosa como para calmarse, pero le era imposible. La sola idea de entrar a esa casa lo ponía muy ansioso. Pasaba  por delante de la suya y ni la miraba, sabía que adentro no había nadie. Cuando llegaba al porche de Chele tocaba timbre.

Recorrido y sensaciones que se repetían todas las tarde a la misma hora. Siempre lo recibía la abuela de las chicas que también vivía con ellas. Por lo general,  a esa hora, no había nadie más. Eso no le importaba. El solo hecho de entrar a la casa de sus vecinas, al lugar donde ellas vivían, donde dormían, donde comían, donde habían transcurrido esas fiestas, le daba mucha felicidad y vértigo.

Durante ese año fue siempre igual, la abuela lo esperaba con la merienda y mientras la tomaba  miraba televisión. Primero Meteoro. Le encantaba, aunque le daba bronca que su héroe no se diera cuenta de que su rival enmascarado era su hermano. Después Kimba, un dibujo animado que miraba molesto porque le parecía una telenovela. Todos los capítulos empezaban siempre con la dramática y lacrimógena introducción: un leoncito al que unos cazadores le habían asesinado a su madre. No se lo bancaba. El plato fuerte venía después, cuando empezaba Batman, el de Adam West. Era entonces cuando disfrutaba en serio. Sentía una profunda atracción por esa estética psicodélica que, sin darse cuenta, emparentaba con la onda de Any y Cris. Sabía que tanto Batman como Robin saldrían sanos y salvos de las trampas que le tendían los villanos, pero no podía dejar de sufrir hasta el día siguiente cuando la salvación se concretaba. Soñaba con ser Batman, con tener una baticueva y un baticinturón lleno de artilugios, y un traje de verdad, pero se tuvo que conformar con el que, de un apurón y para que se dejara de molestar, le hiciera su madre utilizando una vieja sábana, que completó con unas orejitas de murciélago de pañolenci anaranjado. Él se lo ponía casi todos los días y, con esa inexplicable abstracción propia con que suelen jugar los niños, se veía a si mismo como el inexorable hombre murciélago de la pantalla. Así vestido jugaba, hacía sus deberes, cenaba y se iba a dormir lleno de orgullo, orgullo que después fue ridiculez, cuando unos amiguitos le hicieron ver que su traje era blanco y anaranjado.

Una vez terminada la serie se preparaba mentalmente para lo que iba a hacer. Se concentraba tratando de calmarse. Tenía poco tiempo. En cualquier momento pasaría su madre a buscarlo. Con voz que él creía tranquila, y esquivando la mirada de la abuela, le pedía permiso para pasar al baño. Una vez ahí se aseguraba de cerrar bien la puerta. Se bajaba el pantaloncito y se sentaba en el inodoro a orinar mientras repasaba con la vista cada rincón. Sabía que en algún lugar encontraría lo que buscaba y por lo general lo encontraba. Si no era colgado del caño de la cortina de la ducha, era en el grifo, sino en el canasto de la ropa sucia. Casi siempre encontraba una bombacha, de Any o de Cris, vaya a saber de quién. Su amor era indistinto. Nunca se había masturbado, ni sabía lo que era una erección, pero algo del orden del placer  sentía. Y era sexual. Era atracción pura. Lo miraba y lo tocaba, imaginaba a una de las chicas o a las dos. Se lo acercaba a la cara. Lo olía.

El ritual duraba unos pocos minutos, pero intensos. Después dejaba la prenda donde estaba, tratando que nadie notara su intervención y luego salía del baño feliz. Tan feliz como se sentiría  de grande al hacer el amor.

Pasó poco más de un año. Un año de hacerle el amor a sus dos amores sin que ellas lo supiesen, hasta que un día Chele le contó a sus padres que se irían a vivir a España, argumentando: “Las chicas estudian teatro e idioma, están muy preparadas, quieren vivir de eso  y acá no tienen futuro”. Las extrañó poco tiempo. Enseguida se acostumbró a no verlas. Luis continuó transformándose en abejorro para escaparse de la clase, pero cada vez con menos frecuencia. Terminó la escuela y luego el secundario. Conoció el sexo y el amor correspondido. Su madre continuó una comunicación epistolar con su amiga Chele durante un tiempo. Inclusive la visitó en España años después, donde se enteró que Any continuaba con su carrera de actriz, pero años después la correspondencia cesó.

Al tiempo Luis comenzó a estudiar cine. Gustavo apareció en la casa de Luis, a la semana siguiente de aquella charla en la que le contó que había conocido a las hermanas. Llegó con una revista española, de esas con chimentos de la farándula. Abrió la revista en una página que tenía marcada  y le mostró a su amigo. El titular decía: “La argentina que enamoró a Alain Delon” y una foto de Any de la mano con el galán. Luis tomó la revista con los ojos clavados en ella y la boca abierta. Lo invadió una inexplicable emoción y no pudo dejar de sentir orgullo. Un orgullo tan ridículo como el que sintió con su disfraz de Batman.

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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:

©Hansel Germán Monzón

Rosario  - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro


Colaboraciones de: Marta Puey - Emilio Bertero

Octubre 2026



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