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lunes, 27 de noviembre de 2023

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN PRESENTA: "Misión cumplida" MARCELO COLUSSI

 

Cuentos y relatos Presenta : 

"Misión cumplida"


Nueva entrega del escritor:

MARCELO COLUSSI

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REGISTRO DE:

EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN


Editorial Atrapados por la Imagen, es un espacio gratuito dedicado a difundir... 


¡El arte de todos!





Imagen Histórica , libre de la Web



"Misión cumplida"

MARCELO COLUSSI


Era un jueves por la tarde. Habían elegido ese día porque lo consideraban el más adecuado: por las tardes, después de almuerzo, la embajada no atendía al público. Además, los días jueves habitualmente no había mucho movimiento. 

Juan, el jefe de la célula, hacía más de dos meses que venía estudiando los movimientos de la misión diplomática. En general era él mismo quien iba a hacer cualquier averiguación, cambiando el disfraz en cada caso, para tener información de primera mano. En pocas ocasiones había sido Mireya quien había cumplido esa tarea. Roberto y Santiago no conocían la embajada por dentro sino sólo por los planos que Juan les presentaba. 

Era un tanto ostentoso hablar de "la célula", porque ello podía dar a entender que, además de esa, había otras muchas. Lo cual hubiese demostrado que era un movimiento grande, bien organizado, sólido. Y en verdad, no era ese el caso.

El MATE –Movimiento Alternativo Revolucionario para la Transformación del Estado y la Sociedad Burguesa en Uruguay–, nombre un tanto rebuscado, era en realidad más el sueño afiebrado de su fundador que una organización real. Apenas siete personas lo componían, pero según el análisis que proponía Juan, este fermento era el inicio de la futura gran organización de masas.

Juan, 54 años, sobreviviente del otrora legendario Movimiento Tupamaros que operara en Uruguay para la década de los 70 del siglo XX, había estado preso en Montevideo por más de tres años. Torturado, puesto en libertad de forma repentina posteriormente, había pasado buena parte de su vida "deambulando por el mundo", como gustaba decir. Con el retorno de la democracia en el país, también él había retornado. Mucha agua había corrido bajo el puente en tanto tiempo, pero él no había cambiado prácticamente nada en estos más de treinta y cinco años desde su ingreso a la militancia en su época juvenil hasta el momento de la actual operación comando. Incluso su aspecto físico no era la de una persona de esa edad: no tenía ni una sola cana ni un kilo de más, manteniendo la misma barba y fumando con la misma pipa de sus años "heroicos", como solía decir: la época de militancia en una célula del movimiento armado en su Montevideo natal.

Mireya era una jovencita de 22 años, pareja de Juan y, además, su ferviente admiradora. Estudiante de filosofía, habiéndolo conocido en la universidad, encontraba en el jefe del grupo la personificación de cuanta perfección pudiera imaginarse: militancia a prueba de todo, sapiencia universal, ética irreprochable, buen amante… 

Todo eso, al menos, era lo que Mireya encontraba. Era una relación casi hipnótica; sin dudas hubiera hecho todo lo que Juan le pidiera. De alguna forma, por ese vínculo con mucho de fascinación era que ella ahora estaba en este operativo con un fusil en la mano y la cara cubierta con un pasamontaña. 

Roberto (32 años) y Santiago (30 años) se decían de izquierda, y de algún modo lo eran. Pero básicamente eran alcohólicos. 

Roberto, bastante recuperado. Albañil de profesión, hacía tiempo que no asistía a los grupos de Alcohólicos Anónimos, pero de todos modos ya eran varios meses que se mantenía sobrio. 

Santiago ni siquiera lo ocultaba mucho: bebía. De hecho ahora, para el operativo, cargaba una botella de caña, y el aliento alcohólico podía sentírsele a buena distancia. Juan lo dejaba pasar porque estimaba que era "un buen cuadro", aunque nunca dejaba de hacérselo notar y reprocharle el hábito. 

El operativo estuvo muy bien montado. La delegación diplomática no tenía policía como custodio, por lo que fue muy sencillo reducir a las cuatro personas que trabajan en la oficina: el embajador –el único canadiense–, la secretaria recepcionista, el contador y el chofer. La sorpresa fue mayúscula. Nadie podía esperarse acciones de ese tipo hoy día, terminados aquellos días de la guerrilla urbana ya largas décadas atrás. Menos aún en un país como el Uruguay actual.

El embajador –Jean-Luc Gamalier, 48 años, diplomático de carrera– nunca había estado en destinos que se pudieran considerar peligrosos. 

Por cierto, la república de Uruguay tampoco lo era. Por otro lado, Canadá, siendo una próspera economía tan capitalista como las principales potencias occidentales, no era un país particularmente mal considerado por su espíritu rapaz e imperialista. Rara vez o nunca se quemaba su bandera en ninguna parte como acto de repudio a su política externa. Por todo ello, el pasar de Jean-Luc Gamalier en suelo uruguayo era cómodo, libre de sobresaltos. Su actividad profesional la compartía con una extendida vida social, sofisticada y banal en muchos casos. Era soltero.

Los otros tres empleados de la embajada eran uruguayos. Rosa, la secretaria, una hermosa muchacha de 22 años, igual que Mireya; Alberto, un obsecuente de alma, que se autodefinía –él suponía que era en forma chistosa– como "succiona-calcetines" por decir "chupamedias", contador, que con sus 35 años tenía un aspecto tan indefinido que podría haber pasado indistintamente por un joven estudiante como por un experimentado profesor; y don Carlitos, el chofer, la única persona de la delegación diplomática a la que todos llamaban con el apelativo "don", respetable señor de 62 años de edad, bastante parco, de aquellos que sólo decían lo necesario, pero siempre correcto.

La intención del movimiento MATE era tomar como rehenes a todos los empleados de la embajada, incluido el embajador, y exigir dos puntos: un rescate de diez millones de euros ("ya no hay que seguir hablando de dólares", razonaba Juan, "así contribuimos de una buena vez a la caída del imperio") y la posterior liberación de todos los integrantes de la célula poniendo un avión a su disposición que los trasladara a un punto a determinar luego (quizá Cuba). Eso, según reflexionaba Juan, "comenzaría a despertar conciencia en el proletariado urbano arrastrando tras de sí a las masas campesinas viendo que cualquier país capitalista, incluso uno supuestamente pacífico como Canadá, también es explotador. Por eso su embajada, representante de intereses explotadores en el mundo, también es un objetivo militar en la lucha por la liberación de la humanidad". 

Todas estas elucubraciones las realizaba Juan con la más absoluta sinceridad, convencido de que, las cosas así eran. Y si alguien osaba contradecirlo –por ejemplo Mireya, quizá con una inocente pregunta sobre cómo era en detalle algo de lo que estaba planteando– entraba en un verdadero estado de angustia.

Sorprendidos todos en la embajada, quedaron mudos e inmóviles ante los fusiles que les apuntaban. Sólo se escuchaba la música de fondo, muy suave, que había acabado de colocar en un precario reproductor de sonido don Carlitos: el oratorio "La creación", de Haydn, en su versión en alemán. Raro que un chofer –al menos así lo indicaba el prejuicio dominante– se interesara por esa música. Pero así era el caso.

–¿Dónde está el embajador?– vociferó Santiago con la cara cubierta por un pañuelo. Todos los empleados sabían que estaba en la delegación.

Rosa, la secretaria, quien se sintió interpelada en forma directa –se suponía que ella tendría que saberlo y responder– no pudo evitar las lágrimas. Temblando, sin poder articular palabra, con la mano indicó torpemente hacia la oficina siguiente. 

–Con mucho cuidado levántese y acompáñenos donde está él. ¡Pero cuidado con cualquier movimiento raro! ¡Y no se le ocurra gritar!–, dijo Juan con decisión mientras la apuntaba con una subametralladora. 

Rosa estaba en estado de pánico; pero no tanto por los atacantes que le apuntaban y daban estas órdenes con toda rudeza. Se la veía desconcertada, angustiada. 

–¡No, no! No entren…– dijo al borde del llanto.

–¿Y por qué no? ¿Está armado acaso?–

–No–

–¿Cuál es el problema entonces?– rugió Santiago, a quien los tragos que había tomado amenazaban con hacerle perder la frialdad tan necesaria en un momento así.

–Es que… esteeee…. mejor que no entren–, agregó Rosa con un gesto que parecía pedir perdón. Y agregó una mirada casi picaresca a todo el grupo atacante.

–Aquí hay gato encerrado. ¿Qué es lo que está pasando? Vamos, andá vos adelante– ordenó Juan dirigiéndose a la secretaria, indicando con el cañón de su arma la puerta que comunicaba con la oficina del embajador.

–Pero tengo órdenes del señor embajador de no dejar pasar a nadie– dijo Rosa reponiéndose algo.

–Lo siento, pero las órdenes ahora las damos nosotros–, agregó Juan con una sonrisa de satisfacción. –Vamos, rapidito que no tenemos todo el día para esto–. Dicho lo cual obligó a la joven, casi a la fuerza, a ponerse en la puerta mientras él se colocaba por detrás y un metro hacia la derecha en actitud de combate.

Cuando la puerta se abrió, la tensión se convirtió en sorpresa, y más aún, en hilaridad: el embajador Gamalier estaba vestido de mujer. 

Llevaba puesta una provocativa minifalda color rojo, que le dejaba ver las piernas afeitadas mostrando descubiertos prácticamente todos los muslos, y unos zapatos con plataforma, también rojos, de no menos de 15 centímetros de altura. En la mano tenía la peluca pelirroja que se estaba probando.

–¿Pero cómo? ¿Es mujer o varón? ¡Está rebuena, mirá, loco!– exclamó al borde de la excitación Roberto. No lo dijo como chiste, sino convencido de estar diciendo una verdad.

–¿Este es el embajador?–, inquirió Juan a la secretaria, con cierto aire de desagrado. 

–Sí, sí…– respondió turbada.

–Encima de capitalista explotador, ¡maricón!–, agregó Santiago.

–Bueno, compañero: tampoco se trata de discriminar a nadie–, sentenció Mireya. 

Entre los cuatro integrantes de la célula se dio una sensación rara, de cierta incomodidad. Nadie sabía de estas tendencias del embajador, lo cual, de alguna manera un tanto inexplicable, no complicaba las cosas, pero sí les agregaba un elemento impensado que los desconcertó. Se miraban unos a otros perplejos; era una mezcla confusa de risa burlona, fastidio y decepción. 

Luego de unos segundos de sorpresa, dirigiéndose al embajador, Juan gritó atronador:

–¡En nombre del pueblo en armas de Uruguay queda usted detenido!–

Aprovechando el momento de relativa distracción que produjo esa escena, Alberto quiso correr hacia la puerta. 

–¡Alto!– rugió Roberto, dispuesto a abrir fuego si el empleado no se detenía. 

–Ni se te ocurra, ni a vos ni a nadie, porque estamos dispuestos a todo, ¿entendieron?– sentenció Juan con cara que daba a entender que no estaba bromeando.

Acto seguido, luego de un breve intercambio de palabras en voz baja entre los cuatro miembros del grupo comando, esposaron a Alberto: una argolla en su muñeca derecha y la otra en una agarradera de un pesado mueble. No les inspiraba confianza luego del intento de fuga. 

Juan, quien era el que tomaba la iniciativa dando todas las indicaciones, hizo venir a los otros tres miembros de la delegación diplomática. Acomodados los cuatro –el embajador seguía manteniendo la peluca pelirroja en su mano, mientras no paraba de temblar–, esposado sólo Alberto, se dirigió al grupo:

–Ahora ustedes son rehenes de las fuerzas revolucionarias. Nosotros, una célula operativa del MATE, Movimiento Alternativo Revolucionario para la Transformación del Estado y la Sociedad Burguesa en Uruguay, estamos cumpliendo con esta misión, pero desde ya les dejamos claro que no hay nada personal con ninguno de ustedes–. Los cuatro, a partir de ahora: "rehenes", según lo declarado por Juan, escuchaban sin perder palabra. 

Cada uno con preocupaciones distintas, con temores diversos, la zozobra principal del embajador era que no trascendiera su condición de travesti. 

Luego de una prolongada y encendida presentación de los motivos por los que se estaba tomando la embajada, desarrollada por el jefe del grupo captor, los rehenes, sin terminar de salir de su asombro, se permitieron unas tímidas preguntas. 

–¿Y cuánto tiempo nos van a tener aquí?– se atrevió a decir Rosa, la joven secretaria.

–Amigos, yo los entiendo en su lucha. Y hasta que… casi, casi, les diría que en cierta forma los apoyo, esteee, pero… ¿no podrían quitarme las esposas?– sonó discordante la voz de Alberto. 

–Ustedes perdonen, pero… ¿no podría cambiarme de ropas?–, inquirió asustado, casi al borde del llanto, el embajador Jean-Luc Gamalier, a quien la copiosa transpiración comenzaba a hacerle correr el maquillaje del rostro. 

–¿Y de verdad, muchachos, ustedes piensan que les pueden satisfacer esas demandas que están pidiendo?–, preguntó con serenidad don Carlitos, siendo ésas sus primeras palabras desde el momento de la irrupción del grupo guerrillero en la sede. 

–¿Y por qué lo pregunta?– respondió de mala manera Juan.

–Es que, me parece, es una exigencia demasiado alta la que piden. Me atrevería a decir que eso no se los van a dar nunca. Y, si no se ofenden, me parece que se equivocaron de embajada, muchachos. Deberían haber buscado otra y no la de Canadá. Esto puede terminar mal– sentenció con gravedad el chofer.

–¿Cómo puede saber usted eso?–

–No lo sé. En todo caso, es una presunción, una idea que se me ocurre. Ojalá me equivoque, pero esto puede convertirse en una carnicería–.

Visiblemente molesta por las palabras del rehén, Mireya se apresuró a callarlo. 

–¿Pero qué está diciendo este viejo de mierda? ¿¡Y por qué no paran esa música de mierda que ya me tiene cansada!?– en alusión al oratorio que seguía reproduciéndose, majestuoso, bien proporcionado, como cualquier obra de Haydn. 

Se hizo un silencio entre todos, entre los dos grupos: atacantes y rehenes, mientras la música continuaba sonando. 

–Tranquila, Mireya, tranquila–, intercedió Juan tratando de poner un toque de racionalidad, algo artificialmente quizá. También él había quedado golpeado con las palabras del chofer. 

–Bueno, ya vamos a hablar de eso, viejo– dijo Juan dirigiéndose a don Carlitos, que parecía ser la única persona tranquila en el medio de todo aquel grupo cada vez más tenso. –Y usted, embajador: prepárese para llamar por teléfono. Usted va a comunicar a la prensa lo que nosotros le vamos a decir–.

Sacó una lista con los nombres de todos los medios de comunicación donde debía avisarse de la acción, con sus respectivos números de teléfono. Ahí estaban los principales periódicos, canales de televisión y radios del país. También traía escrita la consigna que Gamalier debía pronunciar. Para que no hubiera errores, se la hizo leer como prueba antes de comenzar con las llamadas. 

El mensaje era escueto. Debía presentarse diciendo que era el embajador de Canadá, y luego difundir la proclama. No más de media cuartilla. Se explicaban ahí las causas de la operación comando y las reivindicaciones solicitadas, todo dicho en un lenguaje parco, casi telegráfico, pero muy elocuente.

–¡Y cuidadito si dice una palabra de más!– amenazó Juan al embajador esgrimiendo su arma en forma amenazadora.

Las llamadas se sucedieron una a una, con el silencio sepulcral de parte de todos los presentes y el oratorio de Haydn siempre como telón de fondo. Fueron once en total. 

Todo eso no tomó más de un cuarto de hora. Antes que terminara de llamar a todos los medios que figuraban en el listado, comenzó a sonar la otra línea.

Se miraron nerviosos unos con otros.

–¡No, todavía no conteste nadie! No antes que el embajador haya avisado a todos los medios– fue la áspera respuesta de Juan. –Vamos, prosiga– le indicó a Jean-Luc, que continuaba con su ropa de mujer, cada vez más transpirado, más demacrado. En realidad ya era una cosa amorfa, ni varón ni mujer. La tensión suprema que estaba viviendo lo había desmejorado completamente, y el maquillaje esparcido por el rostro le daba un toque payasesco. Estaba sentado masculinamente, con las piernas abiertas, mientras su femenina minifalda dejaba ver todos sus muslos. 

Terminadas las llamadas del embajador, comenzaron a contestar las que llegaban a la embajada. Ya tenían decidido que sería Mireya la encargada de eso. En principio eran todos medios de comunicación los que telefoneaban, para tener noticias frescas de lo que estaba sucediendo. Con voz maquinal, seguramente estudiada, la joven se limitaba a decir unas pocas palabras. En realidad el grupo esperaba ansioso otra comunicación: la de alguien que comenzara las negociaciones.

Y finalmente esa llamada llegó. Era el jefe de policía de Montevideo.

Para comenzar a hablar Juan estimó que no estaba mal. Hubiera esperado un funcionario de mayor categoría –alguien de Cancillería suponía él–, pero de todos modos no estaba mal por ser el primer contacto. A partir de ese momento era él quien tomaba las llamadas a su cargo, dejándole Mireya el puesto que estaba ocupando junto al teléfono. Los rehenes, mientras tanto, guardaban completo silencio.

Santiago sacó su botella y dio un largo trago. El nerviosismo era evidente en todos. 

Después de unos minutos de conversación, Juan colgó enojado, muy molesto, casi violento. 

–Están queriendo ganar tiempo. No me dijo nada de nada, sólo distraerme–.

Alberto, angustiado en forma extrema viendo que era el único esposado y que, por lo visto, nadie más correría su misma suerte, con voz que pretendía ser dulce, pero que se quebraba a cada momento, terció:

–Amigos, miren: aquí en la embajada tenemos algo de efectivo. No sé… quizá eso podría ser para empezar a hablar, ¿no? Y… tal vez podríamos conseguir más. Yo podría intentar hacer algunas llamadas si ustedes me lo permitieran ahora, pero antes les pediría…–

Juan no lo dejó terminar la frase. Con violencia lo interrumpió:

–¿Y vos quién carajo te creés que sos, pelotudo? Mejor callate, si no te reventamos–.

–Este podría ser el primero que hacemos cagar si no dan respuesta, ¿no les parece?– dijo Roberto, señalando a Alberto con el cañón del fusil.

–Sí, yo estoy de acuerdo–, agregó Santiago con un tono que asustaba y los ojos vidriosos, producto de la ira contenida, pero más aún, de los ya numerosos tragos de caña. 

El oratorio "La Creación" seguía sonando. Y por largos momentos era lo único que se escuchaba en la sala. Había un clima pesado, denso. Los teléfonos dejaron de sonar. 

Luego de más de un cuarto de hora en que nadie dirigió la palabra y donde sólo se escuchaba la tenue cortina musical de Haydn –que, dadas las circunstancias, más que majestuosa sonaba aterradora–, don Carlitos comentó:

–Esto es un mal indicio, ¿no les parece? ¿Por qué nadie llama ahora?–

De pronto pareció oírse un ruido apagado en el pasillo de entrada. La embajada estaba en un octavo piso de uno de los edificios más lujosos de la ciudad, con algunas medidas de seguridad, pero no excesivas. Ese ruido crispó los nervios mucho más de lo que ya estaban. 

–¿Qué fue eso?– preguntó Rosa.

–¡Todos al suelo!– ordenó Juan.

Alberto no podía extenderse en el piso sino sólo agacharse, dado que permanecía encadenado a un mueble. En voz muy tenue intentó hacerlo saber, buscando ser cortés. Pero por toda respuesta obtuvo un furioso insulto de parte de Roberto.

–Che, ¿y si lo boleteamos de una vez a éste?– preguntó con malicia Santiago. 

–No, no. Esperemos–, fueron las únicas palabras de Juan.

Y nuevamente el silencio.

Como el equipo en que se reproducía la música había quedado con la opción de "continuo", el oratorio, una vez terminado –solemne, imponente– había recomenzado. Nadie advirtió eso, o si lo advirtió –quizá don Carlitos sí, que era quien más gustaba de escuchar esa música y quien más solía utilizar el aparato–, no lo había dicho. Lo cierto es que el silencio había vuelto a invadir a los ocho presentes.

 La escena tenía algo de tragicómica, de grotesca: tres personas echadas en el piso cuerpo a tierra, una de ellas vestida con ropa de mujer siendo varón, una cuarta amarrada a un pesado armario y semi agazapada, mientras otras cuatro, con sendas armas largas y caras cubiertas con pasamontañas o pañuelos, se paseaban ansiosas por la recepción de la embajada. 

Así pasó aproximadamente una hora, hasta que una llamada al teléfono celular del embajador quebró la melodía que seguía escuchándose ininterrumpida, arias y recitativos en alemán. 

Juan se abalanzó sobre Jean-Luc, que tenía un aspecto casi monstruoso con toda la cara surcada por el maquillaje que se le había ido derritiendo: delineador de ojos, polvos faciales, pintalabios… 

–¡Déjeme ver quién es!– le espetó. Tomó el aparato y leyó en el visor.

–Tania… Mmmm, ¿quién es?–

–Mi pareja–

–¿Hombre o mujer?–

Rosa no pudo contener una sonrisa pícara.

–Che, ¡pero qué jefecito te echaste, petisa!– dijo no sin malicia Santiago guiñándole un ojo a la secretaria, que se había quitado los zapatos para ese entonces.

–Bueno, conteste. ¡Pero mucho cuidado con lo que dice!, ¿me entiende?– le gritó Juan a menos de medio metro del oído.

Visiblemente turbado, el embajador respondió. En principio sólo contestó con monosílabos en francés. Al percatarse de eso, Juan le ordenó, de muy mal modo por cierto, que hablara en español.

–Pero él casi no habla español– dijo Gamalier con cara de inocente. 

–¡Entonces corte!–

–Pierre, mon amour, mira: estamos en una situación un poco…incómoda ahora. Tendríamos que hablar sólo en español, ¿puede ser?–

Mireya tuvo una ocurrencia:

–Que le pregunte qué están diciendo los medios acerca del operativo–.

–Buena idea–, sentenció Juan. Y dirigiéndose a Jean-Luc le indicó que eso hiciera. 

–Sí, sí, te quiero mucho…pero ahora tengo que hacerte otra pregunta. Mira, escucha esto: aquí estamos sufriendo un…– y miró a Juan para ver qué palabra usar.

–Secuestro. Sí, un secuestro. Hay un grupo de …–, nuevamente miró a su captor para ver qué decir. Ante el silencio de Juan, continuó con lo que le pareció lo más atinado:

–Aquí hay un grupo de… hombres armados que están secuestrando la embajada. Y me hicieron leer un comunicado con todos los medios de comunicación. Mira, mi amor… digo, mira, Pierre: haz esto, por favor. ¿Por qué no miras en la televisión a ver qué están diciendo de esto?–

Se hizo un nuevo silencio. Todos se observaron nerviosos. Finalmente Jean-Luc retomó la conversación. 

–¿Nada? Que no dicen nada. Ah, bueno– Y a una seña de Juan, se despidió y cortó. 

En la embajada había televisor, por lo que no se entendía por qué era necesario consultar con alguien de afuera para saber qué noticias se transmitían sobre la toma de la sede. Quizá el grupo guerrillero no sabía que estaba ese aparato ahí, o se le había escapado el detalle en su planificación.

 Quizá contaban con que la noticia provocaría una conmoción en los medios y no pararían de llamar por teléfono para averiguar qué sucedía. Juan hasta había llegado a imaginar que quizá negociaría con una línea telefónica abierta que saldría al aire, para que así todo el mundo se enterara de los pormenores de lo hablado. Pero nada de eso estaba pasando.

–Parece que se olvidaron de nosotros– agregó don Carlitos. 

–Miren, amigos: no quiero que lo tomen a mal ni quiero inmiscuirme en los planes que ustedes seguramente ya deben tener trazados, y que por supuesto respetamos, claro, pero me parece que no sería malo si ahora…– cuando Alberto comenzaba a hablar fue cortado en seco por Santiago.

–¡Te dijimos que te mantuvieras callado!– y le acercó el fusil a la cara. –¿Es que no entendés, la concha de tu madre?–

Nuevamente el silencio. Sólo la música del maestro vienés rompía la falta de palabras. Así pasó otro buen rato. La tensión reinante hacía que cada minuto se sintiera como una hora. Nadie podía decir con exactitud cuánto tiempo tomaban esas pausas.

Al cabo de un tiempo, quizá quince minutos, quizá media hora, Juan dijo, molesto:

–¿Pero por qué no se comunica nadie?–

Todos habían escuchado que el grupo demandaba diez millones de euros como rescate cuando el embajador leyó telefónicamente la proclama ante los medios. No dejaron de sorprenderse con la cifra.

–¿Y qué piensan hacer con tanto dinero?– preguntó inocentemente Rosa, que ahora se veía un poco más tranquila. Incluso, pidió permiso para fumar.

–Es para la causa– respondió Mireya. 

–¿Qué causa?– preguntó la secretaria, con naturalidad, casi con asombro.

–¿Cómo qué causa? ¡Nuestra lucha! Pedimos esa plata para nuestra lucha–.

–¿Pero por qué están luchando ustedes? No entiendo–. Rosa lo decía con total sinceridad, espontánea, mientras fumaba voluptuosa. Convidó un cigarrillo a Mireya.

–Es que nosotros luchamos por todos, para todos. No es una lucha sólo nuestra, de la célula. Es una lucha popular, del pueblo uruguayo, también para vos–. Mireya encontró que se iba enredando con sus propias palabras y buscó con la mirada la ayuda de Juan. 

–¿Y qué consiguen con esa lucha?– preguntó con honesta ingenuidad Rosa. 

–No es fácil explicarlo en dos palabras– se apresuró a intervenir Juan. –¿Nunca escuchaste hablar de nuestras reivindicaciones?– 

–Bueno, le soy… o te soy –¿te puedo tutear, no?–, te soy franca: la verdad que no sé bien por qué están peleando ustedes–.

–Por la igualdad de todos–.

–¡Y de todas!– agregó enfática Mireya.

–Sí, sí, claro: de hombres y mujeres. No hacemos distingos en ese sentido– dijo con aire profesoral Juan. 

–¿Pero no es que en Cuba persiguen a los homosexuales?– preguntó el embajador, cuando parecía que el pobre ya no estaba en este mundo, perdido en sus temblores, demacrado, hecho un ovillo en el suelo.

–¿Y de dónde sacó eso?– 

–Lo sé, lo sé … Todo se sabe–.

–Porque algún maricón reaccionario de la isla anda diciendo eso por ahí– interrumpió con vehemencia Santiago. 

–¿Pero acaso los maricones no tienen derechos?– inquirió Jean-Luc.

–¡En Cuba no hay homosexuales!– agregó con aire triunfal Roberto.

–Ustedes perdonen que me entrometa en lo que están hablando, pero creo que lo que dice el señor embajador es correcto. Todos tenemos iguales derechos, también aquellos a quien dios condenó haciéndolos  homosexuales– comenzó a explicar no menos profesoral Alberto, siendo tajantemente interrumpido por el embajador.

–¿Y de dónde saca usted que ser homosexual es una condena de dios?–

–Mire, señor embajador: con todo el respeto que usted me merece –y le confieso que me deja atónito con esta tendencia suya que no conocía–, pero… bueno, respetándolo en su desgracia… ¡por supuesto que la homosexualidad es una condena divina! Ya la Biblia lo dice clarito: ¡Adán y Eva! y no Adán y Esteban–.

–¡Pero qué reaccionario hijo de puta!– no pudo contenerse Mireya.

–¿Qué significa exactamente "reaccionario"?–, preguntó Rosa. –Siempre escucho esa palabra, pero la verdad que no entiendo bien qué quiere decir–. 

–Bueno, eso que acaba de decir este boludo, tu compañero de trabajo. ¡Eso es ser un reaccionario! Alguien conservador, retrógrado, que está siempre a contracorriente de la historia, temeroso, pusilánime, tradicionalista. ¿Se entiende?– dictó cátedra Juan.

–¡Cuánto que sabés!– agregó no sin cierto coqueteo Rosa.

–¿Entendiste entonces lo que significa "reaccionario"?– preguntó con aire molesto Mireya, arrojando con violencia el cigarrillo ya casi terminado. 

–Sí, sí, claro… ¡Muchas gracias!–. Y dirigiéndose especialmente a Mireya, con evidente malicia: –pensé que vos lo sabías y no iba a tener que ser él quien me lo explicara–. 

Mireya recibió el golpe, agregando con voz firme: –da lo mismo quién lo explica. Insisto con lo que te decía: nosotros no hacemos distingos, somos todos iguales–. Y dijo "todos iguales" remarcando provocativamente esas palabras. 

–Mire jovencita: si son todos tan iguales, ¿para qué piden diez millones de euros?– volvió a participar el embajador.

Mireya buscó nuevamente a Juan con la mirada. 

–¿Pero de dónde saca esos razonamientos, compañero?– dijo sonriente Juan.

–¡Yo no soy compañero suyo!– se apresuró a responder Gamalier, poniéndose de pie, dejando ver bajo su minifalda una sugestiva ropa interior femenina, también de color rojo.

–¿Entonces lo es de este energúmeno?– dijo Roberto señalando con el arma a Alberto, que seguía agachado, esposado al mueble, –¿es compañero de alguien que lo desprecia por ser homosexual?–

–¿Y quién dijo que yo soy compañero de éste?– agregó casi con desprecio el embajador, siempre de pie.

–Mire, señor embajador: yo lo respetaba mucho, dada su investidura, y porque además me parecía una persona digna. Y le consta que nunca le falté el respeto. Pero entre esto que voy descubriendo de su condición sexual, más esto que acaba de decirme… yo ya no lo puedo considerar alguien de bien–, dijo Alberto, poniéndose también de pie. 

–¿No? ¿Y acaso tú te consideras de bien por ser un obsecuente, por estar todo el tiempo como perrito faldero al lado de tu jefe? ¿Te crees que yo no me daba cuenta lo despreciable que eres? "¡Chupamedias!", como dicen ustedes aquí. ¿Qué es ser una persona de bien, me lo puedes explicar? ¿Arrastrarte mientras estabas esperando que te consiguiera esa beca para que tu hijo pudiera ir a estudiar a Canadá?–

–Pero yo, al menos, tengo hijos. Soy un varón normal– respondió Alberto con altivez. –Y aunque haga cualquier cosa pensando en el bien de ellos, eso no está mal. ¡Pero no ando disfrazándome de mujer por ahí! ¡Vergüenza debería darle! Y todavía va a misa… ¡Hipócrita!–

–Voy a misa porque mis obligaciones de embajador me lo imponen, pelotudó– la última palabra la acentuó como si fuera en francés (era evidente que no la había aprendido en el ámbito académico, dado que su español era perfecto). 

–Nunca me hubiera esperado esto de usted, maricón de mierda– dijo con notorio desprecio Alberto.

–¿Y ustedes no sabían que su jefecito era homosexual?– preguntó Juan descomprimiendo la situación.

–Bueno… yo sí. Pero tenía que tenerlo en secreto– agregó Rosa, casi con vergüenza.

–¿Cómo? ¿Por qué en secreto?– preguntó con aire detectivesco Mireya.

–Es que…–, Rosa no parecía atreverse a seguir hablando. Miró como pidiendo permiso al embajador. Ante su silencio continuó: –es que, como yo lo sabía, me quiso despedir. Entonces …yo lo amenacé con contarlo. Y, esteeee... entonces llegamos a un acuerdo–. Parecía que le faltaban las fuerzas para continuar el relato.

–¡Puta madre, che! ¡Esto se pone bueno! Parece un novelón de televisión– dijo riéndose Roberto. –¿Entonces?–

–Una vez me invitó a una fiesta en su residencia…–. Se formó un silencio inquietante, sólo quebrado por la música del oratorio "La Creación" que seguía siempre como fondo.

–Yo no conocía a nadie ahí. Era un ambiente totalmente nuevo para mí: demasiado lujo, parecía una película. Y entre copa y copa me hizo probar un poco de coca–.

–¡¿De cocaína?!–

–Sí. Yo nunca había probado. La verdad que tenía un miedo que me moría, pero la situación, los tragos, la presión… En fin, ustedes entienden–.

–Claro, claro… ¿y qué pasó?–

–Terminé desnuda haciendo el amor ni sé con cuántos… ¡y cuántas!–

–¡Por dios, Rosa! ¡Eso no lo sabía! Nunca nos lo habías contado…– dijo con nada fingida sorpresa Alberto.

–No, claro… ¿Para qué lo iba a contar?–

–Y seguro que te chantajeó– agregó, doctoral una vez más, Juan.

El embajador volvió a echarse en el piso. Mantenía la vista baja, fijada en sus pies. Su rostro era una mezcla indescifrable de expresiones, pero en el fondo se dejaba ver una sonrisa perversa. Se colocó la peluca que aún mantenía en la mano. 

–Sí, me chantajeó. Me filmaron, y luego me hizo ver la grabación. Lloré una semana seguida, créanme. No sabía qué hacer. No me atreví a contárselo a nadie. Finalmente, llegamos a un acuerdo.–

–¿Qué acuerdo?– preguntó Santiago con una curiosidad que lo carcomía.

–¡Parecés una vieja chismosa!– le retrucó Roberto.

–Es que parece una telenovela barata esto– respondió con una sonrisa infantil –y no me quiero perder el final–.

–Me compró mi silencio con esa filmación. Pero para quedarme callada, le exigí un doble sueldo, que puntualmente me pagan disfrazado como viáticos–.

–¡Ahora entiendo!– reaccionó Alberto. –Esa cantidad siempre me llamaba la atención, y no entendía por qué el embajador tenía que cobrar todos los meses una cantidad de viáticos similar al sueldo de Rosa. ¡Así era la cosa!–, concluyó triunfal. 

–¡Ven la mierda que es el capitalismo!– intervino igualmente triunfal Santiago, con un tono que mostraba que ya estaba pasando la raya de lo manejable con la caña. La lengua algo estropajosa lo evidenciaba. 

–¿Pero qué tiene que ver el capitalismo con esto? ¿Acaso entre ustedes, los "heroicos guerrilleros comunistas"?– pronunció estas últimas palabras con un aire burlesco –¿acaso no hay homosexuales?– espetó provocativo el embajador. 

–Puede haber homosexuales, ¿por qué no?– se apresuró a contestar Juan –pero no corruptos como usted–.

–¿Y no es corrupto esto que están haciendo ahora?– volvió a decir desafiante, ahora con la peluca puesta.

–¿Corrupto? ¡Nosotros somos luchadores por la justicia, por la igualdad, y no violadores y chantajistas como vos, viejo explotador!– gritó Santiago, blandiendo su fusil con actitud amenazante. –Ustedes, los blanquitos del norte, se creen que pueden llevarse el mundo por delante. ¡Pero eso se va a terminar!–

De pronto volvió a escucharse un ruido similar al anterior. Fue un golpe seco, corto, e inmediatamente la sensación de tensión, de que algo importante podía suceder en el instante siguiente. El calor de la conversación había ido borrando el efecto del primero ruido. Pero nuevamente se hizo un silencio entre todos, quedando sólo un coro del oratorio como telón musical de fondo. 

Nadie tomó la iniciativa de apagar el equipo reproductor, por lo que la música siguió adelante. Todos guardaron un nervioso silencio. Nadie se atrevía a tomar ninguna iniciativa. 

Los miembros de la célula comenzaron a observar hacia las ventanas, pero allí no había nada nuevo. En actitud de combate, Juan indicó a Roberto acercarse a la oficina del embajador, que había quedado vacía. Entraron armas en mano, pero allí no había nadie.

De pronto se apagaron todas las luces de la sede y se detuvo la música. Habían cortado la energía eléctrica de la embajada.

–Esto se pone feo, muchachos– dijo luego de un prolongado silencio don Carlitos. –Si cortan de la luz, ¿será que ya vienen por ustedes?–

–Lo que más me llama la atención es que no se han vuelto a comunicar. ¿Será que no quieren negociar?– reflexionó Juan.

–Che, ¿y si volvemos a comunicarnos nosotros?– preguntó casi con vergüenza Roberto.

–Algo tenemos que hacer. Ya está empezando a anochecer y nos quedamos a oscuras– razonó Mireya.

–Pero trajimos linternas– retrucó Juan, demostrando seguridad en lo que afirmaba.

–Claro, claro… Pero, no sé… como no nos llamaron más, ¿qué tal si probamos pasar de nuevo el comunicado?– volvió a sugerir Roberto con un dejo de ruego. 

La larga espera sin ninguna llamada, los sospechosos ruidos en el exterior de la embajada, ahora el repentino corte de luz, todo conspiraba contra la misión. Imaginaban que, una vez presentadas las demandas, casi al instante se encontrarían negociando (Juan había llegado a pensar que con tres millones de euros era suficiente). Pero el hecho es que parecían haberlos dejado abandonados. Fuera de la llamada del comisario Rondón –intrascendente por lo demás– no había habido más contacto. 

Atardecía ya. La sede diplomática empezaba a quedar en penumbras. 

–Esto es una guerra de nervios. Los quieren quebrar– dijo de pronto don Carlitos. 

–¡Pero no lo van a lograr!– respondió casi altanero Juan.

–Bueno… ojalá. Pero los quieren volver locos. Los están poniendo a prueba–. El chofer, que parecía el único entre los ocho que no perdía la calma, hablaba pausado, como meditando cada palabra. –¿Y tienen pensado algún plan de contingencia, muchachos?–

Los cuatro integrantes del MATE se miraron entre sí. Se hizo un repentino silencio. 

–Eso no tenemos por qué explicárselo a nadie, ¿me entiende?– dijo soberbio Juan.

–No, no es para provocarlos, muchachos, no… Quizá me entendiste mal. O me expresé mal yo. Eso es lo más probable. Quiero decir: las cosas no siempre salen como uno las desea, ¿verdad? En ese caso, y por favor no se ofendan, ¿no saben qué harían? Me parece… bueno, digo yo, me parece que sería bueno para ustedes que tuvieran un plan B–. 

El tono de don Carlitos era paternal, sereno. La única cuota de serenidad en medio de ese mar de nervios en que se había transformado la embajada. 

–¡Por supuesto que tenemos un plan alternativo!– rugió Mireya, con brillo en los ojos. 

–Sí, claro, por supuesto que lo tenemos. Pero no hay por qué andar dando explicaciones a nadie ¿no?– volvió a terciar Juan, con aire doctoral, seguro de lo que decía.

En el preciso momento en que terminaba esas palabras, sonó un balazo de arma larga y Roberto, que estaba parado junto a una ventana, caía aparatosamente con la cabeza ensangrentada. Inmediatamente también, Juan gritó, casi excitado: 

–¡Comienza el plan B!–

–¿Y con quién?– preguntaron al unísono Mireya y Santiago. –¿Con éste?– dijo ella, señalando con la punta de su arma a Alberto.

–Sí–, afirmó tajante Juan. –Es el más adecuado–. Para agregar unos segundos después: –Cuidado, no nos acerquemos a las ventanas. Se ve que han apostado francotiradores y nos están controlando–.

Alberto, que seguía esposado, intuyó que no eran buenas noticias las que le esperaban. 

Con decisión, Santiago comenzó a quitarle los grillos que lo mantenían al mueble; pero todo lo bebido le impedía poner con facilidad la llave en el orificio de la cerradura. Luego de un par de intentos fallidos y los correspondientes insultos, lo logró.

–Levantate lentamente, poné las manos en la nuca y caminá hacia la puerta. ¡Pero cuidadito con lo que vas a hacer!– indicó amenazante Santiago, con un aliento alcohólico ya considerable, que se podía sentir a una regular distancia. 

Llegaron a la puerta de la oficina. Juan indicó a Rosa que abriera con el botón eléctrico, y a Alberto que comenzara a caminar hacia el pasillo. Cuando estaba terminando de atravesar el umbral y se encontraba ya fuera de las dependencias de la embajada, Juan le descerrajó un tiro en la cabeza. Mientras Alberto caía pesadamente, Juan corrió hacia la entrada para impedir que el cuerpo agonizante que se desplomaba, obstaculizara la puerta impidiéndola cerrar. Con el pie terminó de empujarlo, haciendo que quedara enteramente en el exterior, y de inmediato cerró la pesada puerta con toda su fuerza. 

–Uno a uno– agregó con frialdad Santiago. 

–Sí, uno a uno– repitió Mireya, –pero hubiera sido mejor no perder a este compañero. La muerte nunca es alegre–.

Rosa, la secretaria, en el momento mismo en que sonó el primer disparo, empezó a gritar. Eran gritos desesperados, angustiados, acompañados de un llanto incontenible, mezcla de terror e impotencia. El segundo muerto aumentó esa sensación. 

Don Carlitos, luego de tratar de calmarla con la mayor dulzura posible, viendo que había entrado en una suerte de crisis aparentemente sin retorno, optó por un cachetazo. Fue tal la sorpresa de la acción –y seguramente la fuerza del golpe, porque le dejó la cara roja por un buen rato– que Rosa, de inmediato, cesó su desborde. Incluso, con voz tenue, pidió perdón. 

–¿Estás mejor?–, se dirigió a ella don Carlitos con mucha ternura. 

–Sí, sí. Gracias–. Curiosamente, llegó a esbozar una tenue sonrisa. –¿Puedo fumar?–, preguntó con actitud ingenua. 

–No, mejor no. Estás muy nerviosa, se nota. Pero aguantate un poco, flaca. Ahora que estamos a oscuras fumar no es lo más conveniente–. El tono con que dijo esto Juan no dejaba lugar a dudas; no era una orden en sentido estricto, pero funcionaba como tal. 

Su modo de hablar era siempre didáctico. Pausado, con detalles, explicaba todo y nunca se molestaba si se le volvía a preguntar. Todo eso era lo que tanto fascinaba a Mireya. Era un eterno profesor. Y eso también fue lo que encandiló a Rosa. 

–Si vos me lo pedís, seguro que debés tener razón–, dijo Rosa, no sin cierto coqueteo, ya repuesta de la crisis.

–Che, Juan: ¿y si vamos sacando las linternas?–, preguntó Mireya bastante cortante, con evidente intención de romper el diálogo entre Juan y Rosa. 

–Sí, sí… claro. Eso tenemos que hacer– agregó el jefe del grupo guerrillero.

–¡Ay, qué dolor!–, se quejó dramática Rosa. –Quedé toda contracturada…¡Ay, me duele mucho!–

–¿Pero qué te pasa?–, preguntó preocupado Juan.

–Es que me puso tan mal esto de las muertes que me agarró un dolor de cuello que no me puedo ni mover–.

–¿Dónde?–

–Aquí, en el cuello y en la espalda–, y se señaló la zona afectada.

–Dejame ver–, y por primera vez Juan dejó el arma un momento desde que habían ingresado a la embajada. La apoyó en el suelo, y reclinándose sobre la joven, que ahora estaba sentada en un sillón en la sala de espera, puso sus manos sobre sus hombros.

–¿Ahí?–

–Sí, ahí…–

En silencio, sin que nadie se atreviera a decir una palabra, se desarrolló una micro sesión de masajes. Fue el embajador el que rompió el encanto que parecía haberse creado:

–¿Y ahora te la vas a coger?– 

–¿Pero qué te pasa, viejo de mierda? ¿Estás celoso?–, respondió Juan con violencia.

–¿Y por qué tendría que estar celoso este viejo maricón?– intervino intempestiva Mireya. –¿Acaso te parece que le estás dando motivos?–

–¿Motivos? ¿Y por qué?–, preguntó no sin sorpresa Juan.

–Bueno…, lo acabás de decir. Si hasta el viejo puto este te lo pregunta, será porque está en el aire, ¿no?–

–¡Uy, Mireya! No me vas a hacer una escena ahora, ¿no?–

El vómito de Santiago cortó la discusión. Fue un ruido gutural, grotesco. Todos se quedaron mirándolo. Inmediatamente, con los zapatos manchados, corrió hacia una ventana.

–¡No, no! ¡No abras!–, ordenó autoritario Juan. Pero su indicación llegó casi en el mismo instante en que Santiago ya había abierto buscando aire fresco para despejarse. Y casi al mismo tiempo, también, en el que un balazo de fusil le destrozaba la cabeza. 

Una vez más, destemplados gritos de Rosa inundaron la habitación.

–¡Carajo!– fue todo lo que pudo gritar Juan. Y se hizo un silencio tenso donde sólo se escuchaba los gemidos sordos de Rosa. 

–Bueno, nos guste o no, tenemos que seguir con lo planeado. Ojo por ojo…– dijo con decisión Mireya.

–Sí, sí… ya lo sé. Pero… ¡puta, che! Cuesta tomar estas decisiones, ¿no?–, agregó Juan con cierto aire de desconsuelo. 

–Aunque cueste, mi amor, tenemos que hacerlo–.

–Sí, claro.–

El silencio se tornó más pesado. El embajador, don Carlitos y Rosa se miraron entre sí intuyendo que de ellos se trataba ahora. Todos parecían acusarse mutuamente con la mirada; todos parecían empujarse uno al otro diciéndose: "yo no, mejor él"…

–El embajador no por ahora. Mejor que a él lo conservemos para el final–, sentenció Juan.

–Estoy de acuerdo, claro. Entonces… la piba–, dijo con severidad Mireya.

–¡¿Rosa?!... Esteee…. No sé. Me parece mejor el viejo. Guardemos a Rosa para después, ¿no te parece?–. El comentario de Juan no tenía la fuerza de una orden. Era casi una súplica, suave y con voz entrecortada.

–¡Ni pensarlo, Juan! ¡Ni pensarlo! Si no lo hacés vos, lo hago yo ahora mismo–. La reciedumbre en la voz de Mireya no dejaba lugar a dudas. Y todo esto lo decían delante de los implicados, de los condenados a muerte. Porque era obvio que el "ojo por ojo" al que se habían referido un instante antes no contemplaba otra cosa que el ajusticiamiento de alguno de los rehenes. 

–¿Pero por qué la muchacha? Me parece que sería mejor el tipo… ¿no creés?–

–No, para nada. No lo creo, y es más: me parece que perdiste la objetividad. ¿Qué te está pasando con esta minita, Juan? A mí nunca me hacés un masaje, y a esta, como dijo el viejo puto este del embajador, ya medio que te la cogés aquí, delante de todos–. 

Mireya hablaba con decisión y de sus ojos parecían salir chispas. 

–Bueno, compañero: hay que actuar rápido: o vos o yo, pero hay que devolver el golpe–. La decisión con que hablaba la guerrillera asustaba. Juan mismo pareció conmovido por esa fuerza. No atinó sino a balbucear alguna palabra incoherente, lo cual dio pie a que Mireya tomara una vez más la iniciativa, ahora con más determinación aún. 

–Mirá, esto me lo enseñaste vos: en los momentos claves hay que tener sangre fría. Ahí es donde se mide a un verdadero revolucionario. Si no respondemos ahora según lo planificado, en dos minutos estamos muertos y fracasa la operación. Así que, Juan… ¡procedamos!–

–Sí, claro…, tenés razón–. Y dicho eso, sacó una jeringa hipodérmica de su mochila. –Tomá, encargate vos–, pasándosela a Mireya.

–¿Qué van a hacer, criminales?– gritó Jean-Luc, abatido como estaba, casi lloroso. 

–Usted, mejor cállese– fue todo lo que dijo, lacónica, con cara glaciar, Mireya.

Con la suficiencia de una enfermera experimentada –y por cierto no lo era– inyectó a Rosa sin provocarle ningún dolor. La maniobra fue rápida, precisa. En unos breves instantes la secretaria se comenzó a desvanecer. 

Entre Mireya y Juan la condujeron hacia la ventana a la que había intentado asomarse Santiago, que yacía ensangrentado junto a ella.

 Cargaron el cuerpo inerme de Rosa logrando subirla hasta el marco. Cuidando de no exponer sus cuerpos a las balas de los francotiradores, pudieron colocar a Rosa sobre la ventana. En el momento en que iban a dejarla caer (estaban en un octavo piso) el embajador se levantó enardecido corriendo hacia ellos. Un disparo al aire de Mireya lo contuvo.

–¡Hijos de puta! Miren lo que van a hacer. ¿Y ustedes hablan de comunismo y de igualdad? ¡Son unos bastardos asesinos!–

Dejando caer el cuerpo de la joven, cerraron rápidamente la hoja de ventana que permanecía abierta, y Juan se volvió hacia el encolerizado embajador.

–¿Pero qué mierda puede hablar usted, violador, tránsfuga? Nosotros estamos ahora en una acción de guerra, una guerra a muerte. Somos el pueblo en armas y en guerra, y en la guerra vale todo. Pero usted es una carroña que hace a diario estas cosas. ¿No fue usted el que la pervirtió? ¿Qué pueden hablar ustedes, los explotadores chupasangre, de moral? Ustedes, los blanquitos del norte "desarrollado" viven matándonos, torturándonos, bombardeándonos. ¿Por qué mejor no se calla, canalla explotador hijo de la gran puta? ¡No lo mato ahora de cinco balazos porque vamos a ver si lo podemos negociar!–

Las sombras de la noche ya habían ganado la embajada. Fue necesario comenzar a usar las linternas para moverse. Juan probó usar el teléfono, pero estaba cortado. 

–Nos dejaron incomunicados–, dijo molesto. 

El silencio volvió a adueñarse de toda la situación. Sin luces, sin teléfono y con dos cadáveres dentro, la embajada era tétrica. 

–Muchachos, ¿y qué piensan hacer ahora?–, preguntó con aire paternal don Carlitos. 

Juan y Mireya se miraron algo desconcertados. El chofer, en vez de estar nervioso, de tomar una actitud de hostilidad hacia ellos –tal como lo hacía el embajador– en ningún momento perdía la compostura. Y ahora parecía más bien un amigo consejero que un rehén. 

–Eso va a depender de lo que ellos hagan, de cómo reaccionen– dijo amargamente Juan.

–Bueno, parece bastante claro lo que dicen, ¿no?– opinó con suficiencia el chofer. 

Mientras hablaban entre los tres: don Carlitos, Juan y Mireya, el embajador parecía enfurecerse cada vez más. Con un aspecto demacrado, con el maquillaje totalmente esparcido por el rostro y la peluca mal colocada en su cabeza pronta a caer en cualquier momento, Jean-Luc profirió un grito espantoso, femenino en su tono, pero gutural y hombruno en su forma.

–¿Y ustedes todavía dudan de lo que tienen que hacer? ¡Deben entregarse, así de simple! ¿O quieren que nos maten a todos?–

–¿Entregarnos? ¿Pero qué estás diciendo? En todo caso, si nos quieren joder, te tenemos a vos para negociar. ¿Cómo te creés que nos vamos a entregar?– dijo con vehemencia Mireya.

–Mire jovencita: ante todo, tráteme de usted. Yo soy el señor embajador de la República de Canadá. Y por otro lado: si no se entregan ahora mismo y dejan de poner en riesgo nuestras vidas, yo comienzo a gritar–.

–Gritá todo lo que quieras, viejo maricón, pero ahora mismo dame el celular–, agregó con violencia Juan, encañonándolo con su arma.

–¿Y para qué van a hablar, si están totalmente rodeados?–

–¡Dame el celular y dejate de decir boludeces!– y Juan le arrancó el teléfono de las manos.

–Pero, flaco… de verdad–, intervino don Carlitos dirigiéndose a Juan. –¿Y qué piensan hacer ahora? Miren que están bastante jodidos–. 

–¿Entregarnos? Pero… así nos matan. Por lo menos, si nos van a joder, primero jodemos a éste– dijo señalando al embajador que comenzaba a temblar, producto más de la cólera que del miedo. 

De pronto, sorprendiendo a todos, Gamalier rompió en gritos desaforados dispuesto a no dejarse intimidar.

–¡Socoooorro! ¡Sáquennos de aquí! ¡Socoooorro!–

–¡Callate, viejo de mierda!–

Las amenazas de Juan y Mireya no lograban detenerlo. Por el contrario, los gritos eran cada vez más audaces. Había comenzado a tirar patadas desde el suelo, semi agazapado como estaba. La escena tenía algo de patéticamente cómica. 

El mismo don Carlitos se sintió compelido a intervenir al ver lo absurdo de la situación.

–Tranquilícese, señor embajador, ¡tranquilícese! Así, lo único que va a lograr es que los muchachos se enojen más–. 

–¿Los "muchachos"?– preguntó con asombro, casi con estupor, Jean-Luc Gamalier–. ¿Cómo los "muchachos"?¡Asesinos! Vulgares comunistas asesinos. ¿O acaso estás de su parte, chofercito de mierda?–

–Señor embajador, me parece que está muy alterado. Trate de tranquilizarse. Es por su bien que se lo estoy diciendo, ¡tranquilícese, hombre!– agregó con pasmosa calma don Carlitos.

–¿Y a vos qué te pasa?, merde! Est-ce que tu es avec eux?–

–Pregunta si está con nosotros– intervino doctoral Juan, traduciendo lo que había pronunciado Gamalier con una cólera incontenible, enrojecido, chorreando transpiración y maquillaje derretido. 

En ese instante sonaron atronadoras varias bombas de gases lacrimógenos. La embajada se llenó inmediatamente de un espeso humo blanco mientras se quebraban los vidrios de varias ventanas. En cuestión de segundos un escuadrón de fuerzas especiales de la policía ocupaba el lugar abriendo fuego cerrado. 

Mientras Juan y Mireya caían abatidos, don Carlitos cubría con su cuerpo al del embajador. Cuando el humo comenzó a disiparse, el único que se levantó fue el chofer. Gamalier yacía desmayado junto a un sillón, con las marcas de dos poderosas manos que le habían oprimido el cuello hasta casi asfixiarlo, y señales de haber sido atacado repetidas veces con la jeringa con que habían inyectado a Rosa. Tenía la garganta llena de sangre.

Los policías se sintieron algo confundidos ante la escena. La rápida reacción de don Carlitos terminó de desconcertarlos. 

En español, pero con un marcado acento francés, se dirigió a los ocho efectivos que habían ingresado a la sede diplomática:

–Merçi beaucoup, queridós amigós. Sin su oportuná participación estos asesinos nos hubieran matado a todós.–

Los policías se miraron entre sí, aún con las armas humeantes. El jefe del grupo preguntó secamente:

–¿Usted es el embajador?–

–Oui, mon ami. Y muchas gracias por rescatarnós. Todos los demás murierón, lamentablemente…–

–¿Usted es el único sobreviviente entonces?–

–Así es–, agregó con satisfacción el chofer.

Ante las cámaras de televisión que esperaban fuera, don Carlitos dio unas parcas declaraciones jugando su improvisado papel de embajador. 

Nadie lo contradijo. Misteriosamente, luego, fue desapareciendo de la escena, y cuando la policía quiso trasladarlo a una comisaría para tomarle declaraciones, no se lo encontró por ningún lado. Cuando Gamalier volvió en sí poco después, no podía hablar producto de las lesiones sufridas. Al querer hacer saber por escrito de su verdadera identidad, nadie le creyó. Le resultó sumamente difícil poder explicar la situación y por qué estaba vestido de mujer.

 Para cuando otro diplomático convocado por la policía pudo testimoniar identificándolo en la clínica donde fue internado, don Carlitos ya estaba lejos. Meses después del incidente, en Canadá a donde se trasladó en forma definitiva, Jean-Luc no había logrado recuperar enteramente el habla. 

Uno de los policías contó días después del operativo que mientras estallaban los últimos disparos en el momento de irrumpir a la embajada, escuchó decir a alguien, en español: "misión cumplida"


©MARCELO COLUSSI 

Guatemala


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5 comentarios:

  1. ¡Un relato que si bien parece de épocas pasadas, la historia de la humanidad, se ha encargado de demostrar, que todo es posiblemente actual!! ¡El autor, nos hace reflexionar sobre el ayer y el distópico presente!!! ¡Felicitaciones, amigo! ¡Te deseamos muchos éxitos!!!

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    1. Sí, es cierto: parece de otra época. ¿Se terminaron los sueños de antaño?

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    2. ¡Solo espero que el presente, no se lleve la capacidad de soñar!

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  2. Un cuento realista que nos acerca a una realidad vivida, escalofriante. Felicitaciones Marcelo !!!!

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    1. Exactamente: la realidad siempre tiene algo de escalofriante. La literatura ayuda a verlo de un modo especial.

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