Se llamaba Rodolfo Enrique Fogwill, pero para todo el mundo siempre fue Fogwill, nunca hizo falta más.
Hay veces en las que una ficción nos enseña de historia más que los libros especializados o lo que los gobiernos o cierta prensa cuentan, así pasa por ejemplo con “No habrá más penas ni olvido”, la novela del gordo Soriano. Y si se quiere saber cómo fue en realidad la Guerra de las Malvinas, hay que leer “Los pichiciegos”, la primera novela de Fogwill.
Tuvo el valor de escribirla entre el 11 y el 17 de junio de 1982, o sea tres días después del final de la guerra, cuando aún la dictadura trataba de imponer un relato propio y ocultar episodios vividos por nuestros chicos de Malvinas, episodios que solo con el tiempo vieron la luz.
Dicen que dijo que ni durmió durante esa semana, que fue puro escribir al compás de 3 gramos diarios de cocaína (una versión, para otros 5, 7 e incluso 12 gramos). Vaya uno a saber si es verdad, y tampoco importa, al tipo la frula le gustaba, pero una cosa no implica la otra. No voy a hacer acá una apología en favor de la falopa como motor para que una obra destaque (lo que además es un mito, Maradona la descosió porque era Maradona, no porque se drogase), pero tampoco voy a ponerme a criticar vicios o adicciones de la gente, ya dijo una vez Bukowski, “¿Por qué bebo alcohol? Porque ninguna buena historia comienza con —Estaba yo comiéndome una ensalada—”, o Cacho Castaña, “Nadie escribió un tango comiendo un yogurt”.
Pero volvamos a “Los pichiciegos”. Con esta
novela conocí a Fogwill. Una genialidad. Todo bueno. El estilo, las imágenes, la trama, el punto de vista, lo dicho, lo subyacente…Es redonda, es perfecta. Pese a ello de arranque bien no le fue, los originales anduvieron por Brasil buscando editor sin éxito, recién se la reconocería y publicaría varios meses más adelante, y hoy día es un clásico de culto de la literatura argentina.
El pichiciego es una especie de armadillo, pequeño, nocturno y que vive en cuevas bajo tierra, así lo llaman los lugareños en los campos de Santiago del Estero adonde estos bichos proliferan. Uno de los protagonistas es santiagueño y se lo cuenta a sus compañeros, por hablar de algo, en una de las largas noches durante las que, tras haber desertado, permanecen escondidos en una cueva subterránea esperando el fin de la guerra, mientras que los mandos del Ejército los han dado por muertos en combate. Es así como deciden adoptar para llamarse a sí mismos, el nombre del animal que da título a la novela, la que desde el comienzo está llena de matices, la paleta de argentinidad es muy amplia, y donde más se nota es en los miedos y sueños de los desertores.
Se establecen jerarquías, la voz mandante la llevan los que son llamados “Reyes Magos”, los cuatro más veteranos. Hay ingresos y egresos. Por las noches algunos salen en misiones, búsqueda de elementos de supervivencia primordialmente, y su premio es conservar un lugar en la “pichicera”, de la que son expulsados los que no hacen nada y/o duermen todo el tiempo.
La historia tiene muchas peripecias, algunas algo divertidas, otras muy angustiosas, lo más interesante es que los británicos conocen la presencia de estos conscriptos, pero han hecho una especie de pacto de no agresión, que incluye diferentes clases de intercambios, básicamente provisiones de parte de los ingleses, información de sus tropas de parte de los pichiciegos. Por como lo escribe Fogwill, uno no los ve como traidores. El cuadro se completa acabadamente porque también aparecen malvinenses nativos, e inclusive otros soldados argentinos en batalla que, aunque parezca contradictorio, los ayudan.
Contar más sería develar demasiado. Es una novelaza, principalmente por lo dicho al principio, a cada página, las miradas y puntos de vista de los personajes, individuales o colectivos, va viéndose con creciente claridad y sin necesidad de una mínima calificación explícita, todo el horror e insensatez de esta guerra absurda.
A pocos días de su muerte, en un conocido suplemento de un conocido diario, Carlos Gamerro escribió una nota que tituló “El último pichiciego”. La recomiendo encendidamente, en esa nota Gamerro habla de “Los pichiciegos” mucho mejor de lo hice aquí. Cito un párrafo: “Los hechos, luego, apenas vinieron a corroborar lo que él ya había escrito: que la guerra de Malvinas tuvo menos que ver con el heroísmo de los aviadores o con disparar contra los ingleses que con armar estructuras tribales de solidaridad y competencia (o sea, de supervivencia) para hurtar el cuerpo de los bombardeos, del hambre, del frío y, sobre todo, del ejército argentino.”
Antes de largarse de lleno con la literatura (en 1980, cuando gana el premio Coca-Cola), Fogwill, Licenciado en Sociología de la UBA (donde fue docente y profesor titular), se dedicó varios años a la publicidad y el marketing. Le restó todo valor a esa parte de su vida, en una conferencia declaró: “Estudié medicina, letras, filosofía, matemáticas, canto, música, francés, inglés, alemán, rudimentos de griego y latín, y olvidé casi todo. Enseñé metodología, estadística, teorías de la comunicación, teorías de la ideología y sociología: no aprendí casi nada”.
Su obra se compone de:
Novela:
Los pichiciegos (1983), La buena nueva (1990), Una pálida historia de amor (1991), Vivir afuera (1998), Cantos de marineros en las pampas (1998), La experiencia sensible (2001), En otro orden de cosas (2002), Urbana (2003), Runa (2003), Un guion para Artkino (2009).
Cuentos:
La cola (1974), Reflexiones (1978), Efectos personales (1978), La chica de tul de la mesa de enfrente (1978), Muchacha punk (1979), Memoria de paso (1979), Dos hilitos de sangre (1980), Japonés (1981), La liberación de unas mujeres (1981), Música (1981), Luz mala (1981), Los pasajeros del tren de la noche (1981), Llamándonos (1982), Sobre el arte de la novela (1982), La larga risa de todos estos años (1983), Help a él (1983), Camino, campo, lo que sucede, gente (1983), Restos diurnos (1984), Cantos de marineros en las pampas (1998), Lo cristalino (2002), Otra muerte del arte (2007).
En la nota preliminar de autor de la compilación de estos cuentos, dice “…son todo lo que escribí en los géneros del cuento y el relato breve. He escrito pocos más —cuatro o seis— y algunos de ellos fueron publicados, pero es mi voluntad que nunca vuelvan a aparecer, y que, si algo me sobrevive, provenga de esta selección.”
Poesía:
El efecto de realidad (1979), Las horas de citas (1980), Partes del todo (1990), Lo dado (2001), Canción de paz (2003), Últimos movimientos (2004).
En la primera edición de la compilación de su poesía, se incluyó “Gente muy fea”, libro que permanecía inédito y que retrata el mundo urbano de Buenos Aires
Ensayo:
Los libros de la guerra (2008), Diálogos en el campo enemigo (2016), Estados alterados (2021)
En la carrera literaria de Fogwill, es trascendente el premio “Coca-Cola en las Artes y en las Ciencias”, que ganó cuando aún era inédito, por una serie de relatos (“Mis muertos punk”), entre los que descollaba su cuento, por lejos, más famoso: “Muchacha punk”.
Démosle una probada. Así arranca “Muchacha punk”: “En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir ´hice el amor´ es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que ´hicimos´ ella y yo, no eran el amor y ni siquiera -me atrevería hoy a demostrarlo-, eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos ´acostamos juntos´. Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, -integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso.”. Así de lindo escribía Fogwill.
Este cuento, anclado temporalmente durante la dictadura, vuelca algo de lo intenso de Fogwill en cuanto a su desobediencia a las políticas culturales dominantes instauradas. Las críticas son controversiales, a mí me parece un buen relato, de entrada me agarra el encuentro (¿imposible?) entre un tipo que quiere comprar un catálogo de armas para su "gente" en Argentina, y una punk inglesa en Londres, al tipo lo veo enamorado pese a su descalificación de todo lo punk, y Fogwill trabaja bien eso, y es un muestrario de la ironía tan típica del autor a través de episodios o frases medio comediescas que me divirtieron mucho.
Dije que el premio fue importante en su carrera literaria porque con el dinero que ganó fundó la editorial “Tierra baldía”, y mediante ella dejó ser inédito Igual, antes del premio “Tierra baldía” ya existía, llevaba cuatro publicaciones, y en todo caso recibió oxígeno para poder crecer. Lo cierto es que luego del Coca-Cola, Fogwill se dedicó solamente a la literatura.
Con la plata del premio todo bien, el conflicto fue con el asunto de la publicación de la obra, que comúnmente se incluye en estos galardones, aunque básicamente son como contratos de adhesión a los que el concursante no se demora mucho en revisar antes de ganar. Y cuando gana, ya es tarde para cuestionar. Fogwill cuestionó todo. Va parte de una carta que le manda al editor de la publicación: “Adjunto contrato al que me convida <nombre de la editorial>, al parecer dentro de vuestro plan de dar más vida a la cultura. ¡Qué vida, eh…! Como escritor, concertar un contrato de esta naturaleza es un poquito más que una ignominia. Como Editor (he editado cuatro libros en mi pequeño boliche, que a su modo, dan cierta vida a la cultura) jamás sometería a un proveedor de obras a semejantes restricciones. No escapará a su mirada de hombre de leyes el carácter facultativo del premio. Si lo observa razonablemente, observará que esta mitad editorial de la recompensa, que a la mirada ingenua de un escritor-adolescente muerto-de-frío puede ser algo ´seductora´, resulta para un intelectual algo así como un castigo al que no pienso someterme. Ya he hecho saber a <nombre de la editorial> cuáles son las condiciones básicas para que pueda disponer de mi obra. En caso de no obtener una respuesta de ellos en el curso de la próxima semana avanzaré las negociaciones con editores menos antropófagos.”. La fuente es Ricardo Strafacce, autor de "Presentación de Rodolfo Fogwill, una monografía". De paso, un capo Strafacce, ya se había mandado dos de los más notables trabajos de investigación de escritores con “Osvaldo Lamborghini, una biografía” y “César Aira, un catálogo”, muy, muy interesante Strafacce, lo que ha escrito y él mismo (a través de un ex compañero de taller literario que había sido a la vez alumno de él, lo conocí una vuelta en el Varela-Varelita, y escucharlo hablar de literatura fue una panzada).
Llego al final. Completo (es un decir, lo de Fogwill es “incompletable”) mencionando que en el 2003 obtuvo la beca Guggenheim, en 2004 el Premio Nacional de Literatura por “Vivir afuera” y en el 2004, Premio Konex, Diploma al Mérito de Letras en la disciplina de Novela por el quinquenio 1999-2003.
Esta vez no tengo para mencionar adaptaciones cinematográficas. Pero existe un muy buen documental sobre su vida, “Fogwill. El último viaje” (Gustavo Mota, 2012).
.