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"Mis Héroes Literarios"
IDEA Y CREACIÓN:
Emilio Bertero
Juan José Saer
Escritor argentino
(1937-2005)
La obra de Juan José Saer fue muy prolífica y
talentosa. A mí me conquistó por "Cicatrices" (1969), su tercera
novela, considerada `por la crítica como su “primera novela madura”. A mí capaz
me atrapó por su marcado anclaje espacial en la ciudad de Santa Fe. Recuerdo
que cuando la empecé a leer, hace muchísimo, de antemano no sabía nada ni de
Saer ni de la novela, y en determinado momento, en las primeras páginas, el
relator habla de una plaza en la que están la Catedral, la Casa de Gobierno… ¡y
los Tribunales!, con lo que recién me avivé de que el escenario no era Buenos
Aires sino mi ciudad natal. En “Cicatrices” es muy marcado un recurso que reitera
(me parece a mí de lo que leí de Saer, que no es todo), en “Nadie, nada, nunca”
(1980), y que consiste en una repetición constante, rutinaria, de escenas,
puntos de vista, sensaciones, pensamientos… hasta agarrarle la mano puede
incluso aburrir, pero uno acaba entendiendo que este énfasis resulta muy
funcional a la novela. En mi caso, las incontables recorridas en coche por la
calle San Martín cuando todavía no era peatonal, yendo el relator de norte a
sur hacia el Palacio de Tribunales, no me aburrió nunca porque me llevó a
pasear por una Santa Fe de un tiempo que no llegué a conocer. Pero más allá de
lo personal, “Cicatrices” es un trabajo muy logrado merced a la idea y modo de
plasmarla con originalidad, en principio por la elección de múltiples
narradores (cuatro) del mismo episodio (un obrero que mata a su esposa el día
del trabajador, encima anclado temporalmente durante la proscripción del
peronismo).
Los cuatro narradores son un abogado, un periodista,
el obrero y un personaje secundario pero vital (Carlos Tomatis, también
periodista, del que agregaré algo más adelante), que aporta su mirada sobre los
hechos y las particularidades de la ciudad (porque en esta novela Saer
configura a Santa Fe como una protagonista más), pero además Saer usa a Tomatis
como hilo conductor y nexo fundamental entre los otros tres relatores.
Pese a mi marcado gusto por “Cicatrices”, la que me
resulta obra cumbre de Saer, es "El entenado" (1983). Hay quienes ven,
y me incluyo, una ficción montada sobre los aborígenes que, durante la
conquista española, se comieron al expedicionario Solís y a parte de su
tripulación. Esta novela, sea por intensidad, tensión o creatividad, tiene
momentos que, y no creo caer en la exageración, son épicos. Una vez al año, la
tribu protagonista sale a cazar humanos, y con el producido montan una celebración
desenfrenada durante un par de días: canibalismo, alcohol hasta el desmayo
(chicha o bebida similar que han elaborado a lo largo de todo el año
precedente), sexo ciego y descontrolado, violencia… Y pasada la “fiesta”
vuelven a una normalidad casi extrema, como si lo que hacen anualmente nunca hubiera
existido. Tienen una norma, en cada cacería capturan y mantienen secuestrado
viviendo con ellos a uno de los del grupo de víctimas. El relator de “El
entenado” es el grumete en la presunta expedición de Solís. Pues bien, uno de
los grandes momentos de los que hablaba, es cuando se produce el ataque de los
aborígenes a los españoles, así como también, con este grumete ya con varios
años de convivencia entre los indígenas, participa como observador en una nueva
cacería, esta vez direccionada a otra tribu originaria. Ni hablar de la abundante
descripción, imágenes vívidas, impresionantes, descarnadas, del inmoderado festejo
caníbal. Y en una construcción de gran creatividad y rica imaginación, Saer
pone en boca del relator, toda una filosofía que explica el comportamiento de
los indígenas, lateralizando, argumentando, reflexionando con llamativa lógica,
para al fin concluir que dicho comportamiento responde al hecho de que comen carne
humana.
Pero el episodio en el que los aborígenes son
testigos de un eclipse, está en mis anales de lo más intenso, visible, sentido,
que he leído... El personaje, propio del saber de un navegante pese a su corta
experiencia como tal, reconoce el fenómeno astronómico de inmediato, aunque
Saer muestra la habilidad de hacer que lo cuente con sus palabras, pero como si
fuera la mirada sorprendida, temerosa, falta de comprensión, de cualquiera de
los indígenas, lo cual sumado al seguimiento de las imágenes en el cielo, las
luces y sombras, el clima emocional casi dramático que se desata y crece entre
los habitantes de la tribu, conforman unas páginas imperdibles. Tras el
eclipse, el grumete es liberado, regresa a España y documenta las memorias que
conforman la novela, de hecho ésta arranca con un anciano escribiendo esos
recuerdos.
Todas las novelas escritas por Juan José Saer son “Responso”
(1964), “La vuelta completa” (1966), “Cicatrices” (1969), “El limonero real” (1974),
“Nadie, nada, nunca” (1980), “El entenado (1983), “Glosa”
(1986), “La ocasión” (1987). “Lo imborrable” (1992), “La pesquisa” (1994), “Las
nubes” (1997) y “La grande”(2005, novela póstuma.).
Se dice que “El limonero real” es una obra central en
la literatura de Saer. También en ella aparece el relato circular, reiterativo,
esta vez con marcados trazos poéticos en la prosa. La frase de apertura, ya muy
famosa en el mundo literario argentino, es “Amanece y ya está con los ojos
abiertos”. La acción es reducida, lo que no quiere decir que sea inmóvil o
aburrida, al contrario, y en esto estriba un tremendo mérito. “El limonero
real” —unas gentes en una islita del litoral reunidos para comer un asado en
fin de año, un protagonista en tristeza inextinguible por la muerte de su hijo
y su mujer ausente— puede leerse todo el tiempo sin perder ni un ápice de
atractivo, parado en la frase “Amanece y ya está con los ojos abiertos”.
Un rasgo que me resultó interesante en la obra de
Saer, no original pero sí distintivo, es la presencia de los mismos personajes
en varias de sus novelas, el más notorio el periodista Carlos Tomatis, un
intelectualoide manda parte, irónico, resentido, que a Saer le sirve para dar
nexo y funcionalidad a muchos aspectos de las novelas en que interviene, más
que nada porque al tipo le apasiona la literatura, y eso sí es genuino, no una
actuación.
Juan José Saer se dio tiempo para muy buenos cuentos,
muchos y muy recomendables, compilados en las antologías “En la zona” (1960), “Palo
y hueso” (1965), “Unidad de lugar” (1967), “La mayor” (1976) y “Lugar” (2000).
Y también poesía (reunida en "El arte de narrar"), y los ensayos “Una
literatura sin atributos”, (1986), “El río sin orillas” (1991), “El concepto de
ficción” (1997), “La narración-objeto” (1999) y “Trabajos” (2005).
Algunas de sus novelas y cuentos fueron llevadas al
cine. Además escribió o participó en la creación de tres guiones. En orden
cronológico, sigue la lista según lo que investigué:
- “Un acto” (Federico Padilla, 1962). Cortometraje argentino basado en el cuento “El balcón”, originalmente conocido como “Tormenta de verano”. Un rasgo distintivo es la música de Leda Valladares.
- “Gaitán a casa” (Raúl Beceyro, 1967). Cortometraje argentino guionado por Saer.
- “Palo y hueso” (Nicolás Sarquís, 1968). Argentina. Con Héctor da Rosa, Juanita Martínez y Miguel Ligero. Basada en el cuento homónimo, el guión adaptado es de Saer.
- El argumento se basa en una práctica común en pequeños poblados rurales y en la época durante la que trascurre la historia: un viejo le compra la hija a su amigo para convertirla en su esposa, pero enseguida descubre, y ahí se enfoca el nudo dramático, que su hijo ha estado acostándose con la chica.
- “Las veredas de Saturno” (Hugo Santiago, 1986). Francia. Película de drama que Saer co-guionó con el director.
- La película trata de un intérprete de bandoneón muy reconocido en Francia, pero que anhela volver a su patria natal, la cual vive bajo una dictadura militar. Su hermana, una militante de izquierda, viaja con algunos compañeros para repatriarlo.
- Tiene la particularidad de que el protagonista es Rodolfo Mederos, una de sus dos únicas apariciones como actor en una ficción, la otra es “Quereme así (Piantao)”, (Eliseo Álvarez, 1997).
- “Nadie, nada, nunca” (Raúl Beceyro, 1988). Argentina. Con Antonio Germano, Marina Vázquez, Alicia Dolinski y Carlos Falco (que encarna a Tomatis) en los roles principales. Basada en la novela homónima.
- La película fue filmada íntegramente en San José del Rincón, localidad a pocos kilómetros de Santa Fe. Parte fundamental de la trama se basa en un asesino de caballos ensañado con esa zona del litoral. Es compleja y de difícil abordaje (tanto como la novela), y tal vez por eso no ha recibido críticas positivas. En rigor no es buena, un ritmo demasiado lento, tedioso, y actuaciones poco convincentes, la novela la supera por varios cuerpos, pero rescato la intención del director en captar la presencia de la última dictadura junto al temor de unos y la indiferencia de otros, tal como era entonces entre esta clase de poblaciones, así como el hecho de que logra recrear la difícil conjunción de un clima que es a la vez dramático como de lánguida contemplación.
- “Cicatrices” (Patricio Coll, 2001). Argentina. Con María Leal, Mónica Galán, Vando Villamil, Omar Fantini, Pablo Di Crocce, y Marcelo Trepat (como Tomatis) en los papeles principales. Basada en la novela homónima.
- · Si bien en esta adaptación hay episodios y personajes que se apartan del texto literario (por casos, me gusta mucho más el Tomatis de la novela, pero como contrapartida la tensión con el juego de punto y banca es muy lograda en la película), el espíritu de la novela que escribió Saer está plenamente conservado. Y aunque muchas de las críticas señalan que le quita fuerza, valoré que la adaptación conservara frases u oraciones de la escritura original.
Buenas
actuaciones, dignas, principalmente verosímiles casi todas las principales, no
me hicieron extrañar a los personajes que imaginé mientras leí la novela. Y
aunque conserva defectos de ritmo del cine argentino de tiempos anteriores, la película
empieza a mostrar la fluidez que ya se hizo común en nuestra filmografía desde
el 2000 en adelante. Entre otros planos positivos, destacan la fotografía y la
ambientación de la Santa Fe de la época en que la historia transcurre (es súper
personal, pero me encantó que dos de los personajes mantengan su diálogo final
jugando al billar carambola en lugar de al pool).
- “Tres de corazones” (Sergio Renán, 2007). Argentina. Con Nicolás Cabré, Luis Luque, Mónica Ayos y China Zorrilla. Basada en el cuento “El taximetrista”.
- No es lo mejor de Renán. A veces no basta con que las adaptaciones a cine sean medianamente fieles al relato literario, para lograr la misma intensidad emotiva, la misma atmósfera, la misma complejidad… Lo que sí se disfrutan, y mucho, son las actuaciones de Luis Luque y China Zorrilla, ambos le pueden a cualquier argumento, a cualquier dirección.
- El cuento “El taximetrista” en el que se inspira, tiene una anécdota llamativa. Cuando Saer estaba viendo “Taxi driver” (Martin Scorsese, 1976), saltó de la butaca y dijo: “Esto es El taximetrista” (el cuento es de 1961). Y cierto que tienen conceptos argumentales similares: un mafioso regenteando taxis y prostitutas, un taxista sin rumbo que trabaja a destajo y quiere rescatar a una de esas prostitutas… Encima, el guionista de “Taxi drive” es Paul Schrader, que vivió en Argentina y tomó contacto estrecho con la obra literaria local. Vaya uno a saber, Saer enseguida se olvidó del asunto y cuando se lo recordaban, decía que de todas maneras, “Taxi driver” no era lo que más le gustaba de Scorsese.
- · “Yarará” (Gabriel Arregui y Sebastián Sarquís, 2014). Argentina. Con Juan Palomino. Basada en el cuento “El camino de la costa”. Podría clasificarse en distintas categorías, “Cine dentro del cine”, “Road movie”, “Documental” y finalmente ficción pura, ya que se trata del viaje del director Sebastián Sarquís en búsqueda de escenarios y personajes para la película, con la particularidad de que se dirige al noreste santafesino, a la zona en la que 45 años antes su padre filmó “Palo y hueso”. Aparecen personajes de este film que se entrelazan con la puesta de la nueva película, y se construye así el argumento de la misma, un conflicto dramático que viven cuatro personajes a la vera del Paraná.
- · “El limonero real” (Gustavo Fontán, 2016). Argentina. Con Germán de Silva, Patricia Sánchez y Eva Bianco. Basada en la novela homónima.
- Difícil verla sin haber leído antes la novela. Porque la información se brinda de a cuentagotas, apenas frases dispersas en la extensión de la película. Pero es así la cosa, los habitantes de las islas de Santa Fe son parcos, de hablar lento y pausado, como si no tuvieran emociones, pero carajo que las tienen, y Fontán, respetando a como son estas gentes y respetando a la novela, desarrolla una adaptación para mi gusto impecable, llevada con el mismo ritmo y al compás de lo que al protagonista le está pasando, es más, de lo que le está pasando a la mujer en interminable duelo por su hijo muerto, pese a que su presencia es mínima en la cinta. Y lo más importante es que logra que uno espectador lo perciba como cuando uno lector leyó lo que Saer escribió.
- Un rasgo interesante es que solamente hay tres artistas profesionales (los arriba nombrados), el resto son habitantes de la zona, y Fontán los dirige haciéndolos hacer de ellos, que es justamente lo que esta puesta pedía.
- · “Toublanc” (Iván Fund, 2017). Argentina. Con Nicolas Azalbert, Maricel Álvarez y Diego Vegezzi. Película episódica filmada totalmente en locaciones de París y la ciudad de Santa Fe, está inspirada en la vida y obra de Juan José Saer. Se trata de tres historias que sedimentan en una especie de relato policial disperso.
Fue
producida por el Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe, como parte de
las actividades del nominado “Año Saer” por la Municipalidad de la Ciudad. Este
largometraje fue seleccionado para la Competencia Vanguardia y Género del
Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici) del año
2017.
Cito a Diego Brodersen (Página 12) a cuento de “Toublanc”: "Con una bella narrativa visual, el director construye un film de climas, de esperas, de ansias, de estados de ánimo”. Elegí esta cita porque sentí que es muy fiel al modo en que Juan José Saer escribió, y para cerrar redondeo la referencia con esta acertada mirada de la gran Beatriz Vignoli, también a propósito de “Toublanc”: “Lo que hay no son acontecimientos sino escenas, atmósfera, climas: tiempo y espacio, que según Saer son lo común entre la narrativa y el cine”.

.(No todos los dolores se ven. Algunos crecen en silencio. Escuchar a tiempo puede cambiarlo todo).

Peaky Blinders - (Nacional)
Workshop: Mirta Steinberg - Model. Mitzan Gilbirt.

"Artista de Atrapados por la Imagen"
en. . . .
“El agua que se junta entre los adoquines”
Cuento inédito para Atrapados por la Imagen
Santiago
se acomoda en el asiento de atrás del taxi que dobla por Callao, pasa sobre un
charco y salpica toda la vereda oeste. Cuando llega a Urquiza, el semáforo, se
pone en rojo, el taxi frena y una mujer cruza por la senda peatonal. Camina
lentamente. Tiene puesto un sacón negro y tejido, de esos que tienen bolsillos
grandes y hondos. El paraguas abierto no
deja verle la cara. Lleva un bolso de tela azul colgado del brazo. «Viene del
supermercado, seguro viene del supermercado», piensa Santiago y está seguro de adivinar
que, adentro del bolso, debe haber pan, leche, tostadas, yogurt y un tarro de Nesquik. Uno grande. De lata. Una lata
amarilla, con el dibujo de un conejo sonriendo y la tapa de plástico azul.
También manteca, dulce de leche y, por supuesto, miel. Su hijo la debe estar
esperando para desayunar. Cuando llegue va a cerrar el paraguas, acomodará todo
en la mesa y, después de colgar el bolso, lo llamará.
—Falta el Nesquik —dirá el nene, de no más de ocho años, apenas se siente adelante de la taza de leche tibia.
—Fíjate en el bolso —contestará la madre. El nene resoplará pero «la leche sin Nesquik no se puede tomar», pensará mientras camina con desgano hacia la cocina.
— ¿Dónde está el bolso? —preguntará el nene.
—Donde siempre— dirá la madre.
— ¿¡Dónde!? — gritará el nene con fuerza y los puños apretados, aunque sabe muy bien donde es «donde siempre».
— Donde siempre — volverá a decir la madre.
—¿El azul?—preguntará el nene mirándolo ahí colgado.
—El azul —responderá la madre. El nene abrirá el bolso resignado y con fastidio. Sacará de adentro el tarro de Nesquik y volverá a la mesa donde su madre estará de pie, esperándolo para sentarse y desayunar juntos, mientras unta una tostada con miel.
—Cuando dejés el tarro en la mesa, alcánzame del bolsillo de mi abrigo las llaves, por favor —dirá la madre.
—¿Ahora? —dirá el nene.
—Ahora —dirá la madre.
El
nene caminará hasta el abrigo, con más fastidio que antes, y meterá la mano en el bolsillo.
—¡Melbas mamá, me compraste Melbas! —y, con el paquete en la mano, correrá a abrazarla colgándose del cuello hasta que la madre se incline a su altura. Entonces el nene le dará un beso en la mejilla; uno grande. La madre no se va a conformar con uno y acercará la mejilla hasta pegarla a los labios del nene. Aunque la posición le haga doler la espalda, desarmándose como una contorsionista improvisada, la madre, lo abrazará sin soltar la tostada y así, abrazados las dos, el nene comenzará a darle besos cortos en forma de golpecitos. Repiqueteando. Como si en vez de boca tuviese un cincel e intentará tallar en la mejilla todo lo que quiere a su mamá; mientras ella, dejando la mejilla bien cerca de la boca del nene, dirá: —Bueno. Bueno. Vamos a tomar la leche que se enfría —aunque en realidad, no quiere que ese momento termine jamás.
El
taxi arranca.
Media
cuadra después un relámpago, un trueno y la lluvia, todo en menos de cinco
segundos.
— ¿Te molesta si pongo música? —dice el taxista. Santiago no contesta. El taxista dando golpecitos cortos, enérgicos y seguros pasa, con habilidad y sin dejar de mirar el camino, tres o cuatro carpetas en el pendrive. Elige una que dice: « Nacionales». Al llegar a Rivadavia la onda verde se termina y, antes de girar, el semáforo se pone en rojo. Por el parlante suena Calamaro cantando un tema de Roberto Carlos. La lluvia se hace más copiosa y no le da tiempo al limpia parabrisas a sacar toda el agua. La luz roja del semáforo parece derretirse a través de las gotas gruesas.
—Temazo para un día como hoy —dice el taxista.
Santiago
no contesta. El taxista baja la música y lo mira por el retrovisor. La luz del
semáforo cambia. Primero amarillo después, obviamente y como es de esperar,
verde. El taxi arranca y dobla por Rivadavia hacia norte. Agarra el empedrado.
Va lento. Santiago trata de concentrarse en el ruido de la rueda aplastando el
agua que se junta entre los adoquines.
Cuatro
cuadras después el auto se detiene bien pegado al cordón. Santiago paga, abre
la puerta y baja del auto. Antes de cruzar, espera que el taxi arranque haga
unos metros y doble en la esquina, después cruza despacio por el medio de la
calle, no le importa mojarse.
Santiago
llega a la puerta vidriada empuja con fuerzas y mientras camina hasta la
recepción va dejando huellas de agua que no tardaran en secarse. Se anuncia y
la secretaria le dice que espere en el pasillo. Que ya lo van a llamar. El
lugar tiene olor a comida, desinfectante
y flores. Un hombre vestido con un guardapolvo blanco pasa arrastrando una silla de ruedas. La arrastra con una sola
mano. Con la otra mano, mira el celular.
—Buen día —dice Santiago. El hombre contesta moviendo la cabeza. Algunos largos minutos después se abre una de las puertas y sale un hombre flaco, alto y prolijo. Lleva puestos unos lentes de aumento apoyados en la punta de la nariz, sostenidos de las patillas por una correa negra de hilo finito que le da vuelta alrededor del cuello. Sostiene con las manos una hoja de papel ajado.
—¿Cortés? —dice el hombre.
—Soy yo —dice Santiago, entra. La habitación es chica y sin ventanas. Tiene el lugar justo para dos camas de caños gruesos con colchones finos, dos roperos y una mesa de luz de chapa sin cajones. El hombre deja la hoja sobre la cama, saca una pinza de uno de sus bolsillos y, con habilidad, rompe el candado de la puerta de uno de los roperos.
—¿No trajo nada?
—No.
—Espéreme acá. Mientras lo vacía, voy a ver si le consigo alguna bolsa de consorcio o una caja.
—Gracias —dice Santiago. El hombre se va. Santiago cierra la puerta y, después de mirar unos minutos el interior del ropero, comienza a sacar las cosas de a una. Cuando ve el sacón negro y tejido, sonríe. Lo levanta de los hombros, la sacude con fuerza y, después, mete la mano en el bolsillo.
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Marzo 2026


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