EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN
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viernes, 14 de agosto de 2026
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Editorial Atrapados por la Imagen Presenta . . .
jueves, 13 de agosto de 2026
©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Una oportunidad para Ponce" - Del escritor: Juan José Vitiello - Rosario - Argentina -
ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Nuevo integrante de esta comunidad artística"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
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Registro de propiedad intelectual
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Juan José Vitiello, nacido en Rosario el 1° de Mayo de 1953, 73 años. Casado con Stella Hernández, dos hijos: Juan Manuel y Juan Facundo.
Militante desde los 16 años, ex preso político, fue dos veces concejal de su ciudad, escribió poemas desde los trece años. La temprana lectura del libro Demián de Herman Hesse influyó notablemente en su inclinación espiritualista. Se define como católico sui géneris y creyente sin remedio, además de peronista de izquierda, lo que completa su cosmovisión. Decidió juntar la prosa que le resultó más publicable y darla a conocer "antes de que sea más tarde".
"Una oportunidad para Ponce"
JUAN JOSÉ VITIELLO
Hay fiesta en el pueblo y eso no es de todos los días. Hay
que ponerse a tono. Sacar del ropero la mejor pilcha, lustrar zapatos, acomodar
la huesera para el bailongo de la noche y hasta guardar un resto porque la cosa
sigue al otro día.
En ese abril del 68, venía soplando un vientito cálido y
acariciador. El norte santafesino es lerdo para hacerse al invierno y el otoño
era una primavera ese año.
Todo lo enjaulado se pone nervioso y lo silencioso canta.
De temprano, empezadito el viernes, ya habían ocurrido las
pequeñas desgracias para unos y diversión maliciosa para otros. Para la colección
de anécdotas, que no otra cosa, es la historia de un pueblo.
Ya la propaladora había equivocado el disco de aplausos para
rubricar la actuación en vivo del osado cantautor de la zona poniendo en cambio
la grabación de un gol en el relato del gordo Muñoz. Lo que obligó al dotado
glosista, locutor y periodista a sacar un as de la manga diciendo a toda
bocina: Ha sido un gol interpretativo del amigo Medina. Ya la chata de don
Severo, convertida en escenario, se había
llevado músicos y cantantes en enredos de pentagramas que pretendían ser
“Nubes de humo”, en una corta pero final cabalgata de sus percherones asustados
por inoportunos petardos en medio de un ensayo.
Ya el Negro Lumumba se había estrellado con su bicicleta, en
el intento de remedar a los motociclistas de riesgo del parque de diversiones
lanzados en tobogán.
Ya el asador a la estaca triunfador de cien fogones había
recibido el supremo galardón vomitando ocho horas de vino junto al fuego en la
solapa del senador departamental.
Ya las palomas mensajeras del Turco Ismael, que siendo árabe
presidía la Asociación Italiana, habían traído los resultados de los partidos
de fútbol de la jornada regional.
Ya un paisano de tenor revisionista había acuchillado el acordeón de un cantante de visita por discrepancias con la letra.
Cuando casi todo lo pequeño se había ido precipitando en ese
pasado instantáneo de tribu que reseca la memoria de las islas en tierras del
norte; cuando ya nada para el anaquel de la risa y el sacudón de cabeza había
dejado de ocurrir, vino la gala a cerrar el sábado.
Ahora sí la corbata y el vestido. El cigarrillo con boquilla, la boca pintada. Las uñas limpias, el agua colonia. El bigote tusado, el peinado de peluquería. Vienen los artistas. Hay una obra en el Cine Teatro Garibaldi.
Las viejas compañías de radioteatro, que habían cautivado por
décadas a mateadores y planchadoras de las tardes, pegaban los últimos suspiros
de derrota bajo el hipnótico radiar de la televisión.
Siguieron sus giras, sus leyendas propagadas. Dieron sus
últimas batallas, pueblo por pueblo, mangando sillas, bancos de parroquia,
focos de ferrocarril, forrando galpones, haciendo telones de arpillera.
Era común, entonces, que el público tomara partido por los
personajes buenos y abominara a los malos sin distinguirlos de los actores y
actrices que los interpretaban. Aplausos, silbidos y hasta insultos a la salida
se hicieron patrimonio de estos teatreros peregrinos junto con fama y sustento.
Y en aquel abril, Alfonso Amigo, Federico Fábregas, ¿o fue
Norberto Blessio quien llegó con su troupe a coronar el sábado en una gala de naftalina?
Ya ni me acuerdo del título de la obra. Se ha perdido en el raspón de un paso de comedia que ese pueblo entregó al arte dramático.
El hall es todo rumor y risotadas. Se comenta que hay una
demora. Que hay un actor enfermo. Que será reemplazado por alguien del lugar.
Qué buen aderezo para el plato principal. En efecto, un actor de reparto que
debía representar a un ocasional beligerante que ponía a prueba la proverbial
bravura del primer actor, héroe y galán, había enfermado. Convocaron al prójimo
más pintado en su reemplazo. El tramoyista y bufetero Irineo Manuel Ponce.
Pese a la insistencia del debutante Ponce de intervenir con
algún parlamento en su escena, le adjudicaron el redondo papel de la ignominia.
Debía interceptar a Adalberto, el héroe, y fingir una pequeña trifulca de la que
el primerísimo actor y dueño de la compañía saldría asaz airoso, como el
libreto siempre lo indica.
El siseo preludiar de las plateas colmenares acompaña la
apertura del telón. La obra se desliza frente a un público atento que hace
honor al esfuerzo de la dramaturgia de comarca con algún aplauso suelto, un
suspiro, alguna lágrima.
Entretanto Ponce ha estado esperando su momento en bambalinas, precalentando su enjundia con unos vasos de Esperidina.
Salir el improvisado actor devenido en crédito munícipe y
estallar la sala en ovación fue todo uno.
Apartándose del más elemental apego a las formas del asunto
teatral, Ponce saludó con los brazos en alto. Varias voces pusieron orden en la
sala y el oficio actoral primó sobre las tablas haciendo que los veteranos
artistas retomaran el hilo argumental.
Entre no mezquinados sollozos y frases grandilocuentes, la
pareja protagónica se introduce en el momento culminante de un conflicto que ha
de resolverse en minutos.
Hay un forcejeo y Ponce, el paisano bufetero, el esperado de
todos, el actor, ya no puede ceñirse a un simple empujón, a unos puñetes
arrojados al aire. Le espeta al galán ¡yoteviadáhijunagranputa! Y la
emprende a las trompadas netas y revoleadas, sonoras y cuantiosas, sobre el
rostro del ahora doliente héroe de la radio.
Y una voz cerril grita la frase que reúne al público en la expropiación del arte: ¡No le afloje Ponce!
La obra oficial desbarrancó en tropiezos, puteadas, agarrones
y lamentos. Algunos se fueron avergonzados. Otros eufóricos.
En adelante, se comentaría en los boliches, se le repetiría a
las visitas, se contaría con distintos finales.
También fue distinto el final de aquella obra cuyo nombre no
recuerdo.
Al fin y al cabo, siempre hay un Ponce que se cuela para
cambiarle el final a la obra.
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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Diseño y Maquetación: Laura Jakulis
Editora Literaria: Isabel Santoro
Agosto 2026
“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
miércoles, 12 de agosto de 2026
martes, 11 de agosto de 2026
Fotografía: Hugo Filmore
Make Up Artist Mónica Alejandra Hidalg
"La Veneciana"

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lunes, 10 de agosto de 2026
©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Woodstock en Santa Fé: el festival de la Isla Berduc" - Del escritor Emilio Bertero - Buenos Aires - Argentina
ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Cuentos y Relatos Presenta a:
EMILIO BERTERO
"Artista de Atrapados por la Imagen"
En...
"Woodstock en Santa Fé - El festival de la Isla Berduc"
Editorial Atrapados por la Imagen
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Woodstock en Santa Fe:
el festival de la Isla Berduc
Así promocionaban carteles en letras negras sobre
fondo naranja, de eso me acuerdo bien, con un dibujo de Jimi Hendrix azotando
la guitarra. Era enero del 70, yo estaba por cumplir 15 años, y me tenían medio
enloquecido, de los que más me vienen a la memoria, Jimi Hendrix, Crosby,
Stills, Nash & Young, Blood, Sweat & Tears, Joe Cocker, The Who,
Creedence, Janis Joplin, Santana y Joan Baez, todos nenes (y nenas) que habían
roto todo en Woodstock 69, el mejor concierto hippie de la historia, “tres días
de paz y música”, en agosto de 1969.
A los pibes de Santa Fe, no nos había llegado mucho,
pero Pablo Mudry, el cabezón José y yo, estábamos más al tanto gracias al
“viejo” Caminitti (y las comillas van porque en ese entonces, Caminitti ni tendría 40 pirulos), un rengo de bastón elegante, barba y pelo largo, el
único hippie auténtico que teníamos a mano, el que nos enseñó a tomar cerveza
al natural engordada con ginebra, el único al que hasta ese tiempo habíamos
visto fumarse un porro de verdad, porque nunca pudimos comprobar a ciencia
cierta la especie de que Pololo y Sarzotti habían criado unas plantas en el
fondo de la casa de la abuela del gringo Velocci.
El viejo Caminitti se hacía unos mangos en un altillo
de la Avenida López y Planes, en Barranquitas, arriba de una ferretería,
haciéndonos escuchar a los monstruos, a veces en long plays, a veces en
cassettes y, lo más, en grabaciones de cinta abierta que él mismo armaba y,
después de esperar no menos de dos semanas, conseguir y vendernos discos que ni
siquiera en Breyer, la disquería más importante de Santa Fe, se podían
encontrar. Yo ahorraba la guita del colectivo gastando el camino y las suelas al
Nacional Simón de Iriondo, Facundo Zuviría-San Jerónimo-Mendoza, como 50
cuadras, para poder comprarle por lo menos dos discos al mes.
Los que escuchábamos esa música nos sentíamos
superiores a los que todavía no se habían despegado de las estelas de Palito
Ortega y Sandro, pero respetábamos más, y poco a poco también los fuimos
incorporando, a los que le daban pelota a los argentinos, Lito Nebbia y Los
Gatos, Almendra, Manal, Vox Dei y Arco Iris, que encima, sí se conseguían en
Breyer.
En ese punto estábamos cuando llegó Woodstock en
Santa Fe: el festival de la Isla Berduc.
La isla Berduc queda camino a Paraná y ahí estaba,
antes de que se hiciera el Túnel Subfluvial, el atracadero de balsas para
cruzar a Entre Ríos. La cosa había sido programada para tres días seguidos
igual que en Woodstock, con grupos y solistas de Santa Fe y Entre Ríos, la
verdad es que no conocíamos a casi ninguno de los anunciados, pero en nuestras
cabezas la lógica no funcionó, nuestras cabezas deliraron e imaginaron que se
avecinaba una experiencia mística, que íbamos a estar en un Woodstock vernáculo
que iba a terminar siendo la envidia de los porteños y rosarinos pelotudos,
incapaces de tener los huevos para hacer algo parecido, nuestras cabezas
imaginaron música, amor y paz y todo lo que eso traía puesto.
Arrancó un viernes a la mañana, marchamos temprano
para agarrar el colectivo de la costa, yo a escondidas de mi vieja que se
hubiera enloquecido de haberse enterado, vestidos con las camisetas que
teñíamos con anilinas atándoles nudos, para que quedaran con círculos de
colores. La mía era lila.
En el bondi éramos los únicos tres que íbamos al
festival, pero lo mismo no se desalentó nuestra idea de que una multitud de
hippies iba a inundar la isla Berduc, que capaz con algo de suerte no solamente
seríamos espectadores, tal vez protagónicos, de un hito en la historia del
rock, sino también ligaríamos algunas cositas anexas, porque los carteles
anunciaban grandes sorpresas (que conjeturábamos decían así, porque mucha
alharaca los organizadores no podían hacer estando el país bajo la dictadura de
Onganía) y nuestras expectativas iban desde, a que capaz se aparecía Lito
Nebbia, hasta vaya a saber la cantidad de minitas rápidas que iba a haber.
La primera mirada nos devolvió más cantidad de
policías y puestos de panchos y choripanes que de gente. Cinco o seis de la
organización pasaban guadañas entre los yuyos para dejar limpia una medialuna
alrededor del escenario, un rectángulo de 6 x 3, sin techo, con bolsas de
arpillera agarradas a unas cañas tacuara cubriendo los lados y el fondo, sobre
el que habían pegado un cartel hecho con papel afiche que decía Woodstock en
Santa Fe: el festival de la Isla Berduc. A los costados, unos parlantes medio
anémicos y dos banderas blancas con el símbolo de amor y paz.
Demoró bastante en arrancar, como una hora y media.
Entre tanto fueron llegando más, no demasiados. Chicas solas casi no había. El
único entretenimiento fueron unas piñas entre un grupito del Comercial y otro
del Industrial de Junín, una cosa que se venían prometiendo desde el fin de
semana antes. Los del Comercial cobraron para todo el campeonato, como siempre
les pasaba.
Después vinieron más émulos, esta vez en castellano,
supongo que habrá sido algo de Almendra o Manal, hasta muchos años después,
cuando dejamos de vernos con Pablo y el cabezón, les discutí que habían tocado
“Jugo de tomate frío” y ellos decían que no podía ser, que “Jugo de tomate
frío” fue más adelante, lo que me hace pensar que a medida que pasa el tiempo
le pongo más ganas a los recuerdos.
Todos fueron de perros para abajo, salvo unos pibitos
de Santo Tomé que hicieron temas de ellos cantados por una chica que, al lado
del resto, parecía Brenda Lee. Más adelante nos contarían que el bajista había
llegado a tocar en una banda que le hizo soporte a Serú Girán, y que la chica
fue amante de … (un rockero muy famoso), pero vaya uno a saber si es cierto, de
Woodstock en Santa Fe: el festival de la Isla Berduc, se han contado muchos
bolazos.
Atrás de los santotomesinos vino lo peor. El
presentador agarró el micrófono, dijo algo de la confraternidad entre géneros
musicales y subió un dúo de guitarra y bombo, con bombachas de gaucho, a tocar
chacareras. Los pollos más chicos fueron gargajos de dinosaurios, aunque
ínfimos comparados con los que le volaron al presentador cuando, en vez de
alterar el orden del programa a ver si la cosa escampaba, volvió con la
cantinela de la confraternidad y dijo, al mejor estilo Cosquín, “desde San
Francisco de Córdoba…”, y se trepó al escenario el cuarteto no sé cuánto, para
el que los gallos no alcanzaron, y dos o tres a los que se les escapó de la
mano una botella de cerveza o la petaca vacía, fueron los primeros demorados.
Mientras tanto, de las cosas “anexas” nada, salvo que
contabilice lo de tres minas que se nos pegaron, bastante más grandes que
nosotros, veintipico diría, dos gorditas y un susto de medianoche, que nos
convidaron con unos humitos que a mí me parecieron con gusto a zarzaparrilla y
preferí seguir con mis Particulares 30. O, en lo que sería el preámbulo del
fin, pasada la hora de la siesta y mientras tocaba uno que se la pasaba
amagando con romper la guitarra a lo Jimi Hendrix, una piba se trepó al
escenario, se sacó la remera y se quedó en tetas bailando un rato, hasta que
con semejante atentado a la moral y las buenas costumbres, los canas decidieron
intervenir para bajarla, volaron algunos cascotes y se armó un desbande durante
el que los polis aprovecharon para revolear algún que otro bastonazo y, menos
mal, suspender por ese día Woodstock en Santa Fe: el festival de la Isla
Berduc. En la semana nos enteramos que la piba era una loca, pero loca de
verdad, que había estado una temporadita en el manicomio de Don Bosco.
Nos volvimos con la cola entre las patas, ahora
teniendo que sufrir a los mosquitos vespertinos y al colectivo lleno. Como
llegamos a la ciudad más o menos temprano nos metimos en el cine Mayo, el único
que no pedía documentos para entrar a ver películas prohibidas para menores de
18.
Nos vimos una de la Coca Sarli. Fuego, creo que era.
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