No hace mucho, “Atrapados por la imagen” publicó en este espacio una reseña
que hice de Carson McCullers. Tras esa publicación, se me hace necesario proponerles
también a Flannery O´Connor, otra mujer del sur norteamericano, contemporánea
de Carson, también marcada por funestos episodios personales (lo peor, murió de
lupus con tan solo 39 años), también vivenciando los resabios del
enfrentamiento ideológico (y humano) entre el integracionismo y el
segregacionismo, causante principal de la Guerra Civil estadounidense, la que
pese a haber concluido en 1865, aún mostraba heridas abiertas en los tiempos de
Flannery y de Carson. Hermanadas por la época, el ambiente en el que crecieron
y se desarrollaron, ser ambas cultoras del denominado “gótico sureño” y,
fundamentalmente, por el gran talento de las dos, se vieron enfrentadas en el
plano personal. Flannery O´Connor llegó a decir que “Reloj sin
manecillas” era el peor libro que había leído en su vida, que la obra de
McCullers era detestable y que no tenía ningún sentido conocer a su colega,
porque un eventual encuentro seguramente no le reportaría absolutamente nada. Y
Carson McCullers fue aún más allá, manifestando que la O´Connor había
“aprendido” de su estilo literario, y pongo “aprendido” entre comillas porque
lo interpreto como una ironía, ya que también expresó que en el cuento “Un
templo del Espíritu Santo”, Flannery se había copiado de su nouvelle “El
miembro de la boda”.
Aunque de pronto, siendo Flannery
una muy ferviente católica, y Carson haber manifestado en varias ocasiones que
no creía en la existencia de Dios, capaz por ahí pasaba mucho de la tirria
mutua, por más que nunca lo hayan dicho. Igual basta de puterío. La literatura
de las dos es buenísima y no me parece justo la tierra que se echaron la una a
la otra. Así que vamos de una vez por Flannery O´Connor.
Flannery tenía sus bemoles (tengo temor de cansarlos trayendo, muy seguido,
escritores y escritoras con bemoles). En efecto, Georgia, estado en el que
nació y vivió, muy conservador en sus costumbres, fue segregacionista durante
muchos años de los siglos XIX y XX, y creería que eso le dejó influencias
porque, aunque nunca manifestó claramente una ideología política, aceptó
mansamente el orden social y cultural sureño. En ese plano, se describió como “integracionista
por principio, pero segregacionista por gusto", lo cual es, cuanto menos,
bastante ambiguo.
Otra influencia que se nota en su
obra, es la de una fe católica muy acentuada —que siempre sostuvo pese a que el
sur norteamericano era marcadamente protestante—, de la que conjeturo devino su
desinterés por la política, ya que rechazaba las ideas que postulaban el
crecimiento del ser humano sin Dios, y subordinaba la importancia de la
evolución de las sociedades, al concepto judeocristiano de salvación y pecado.
Ahora bien, estos aspectos que
señalo no impiden que me rinda ante su literatura. Es magnífica. Y además
profundamente honesta, no hay ningún texto en el que Flannery intentase
mostrarse diferente de lo que era. Detestaba la hipocresía, y en sus
narraciones, apelando con maestría a la burla mordaz, irónica, sarcástica, apuntó
e hizo blanco certero, sobre quienes hacían un culto de la impostura y la falsedad,
y ahí no hubo distinción, porque la ligaron tanto los intelectuales del norte
supuestamente iluminados, como los blancos del sur que se la daban de
moralmente superiores.
Empezó a leer seriamente relativamente
tarde, más o menos luego de completar su formación terciaria, principalmente a
William Faulkner, James Joyce y Kafka, sus predilectos de ese momento. Quizás esa
tardanza explique en parte que también demorase en publicar obras de mayor calidad.
Recién en 1952 aparece la novela “Sangre sabia”, aunque ya había presentado sus
primeros cuentos como tesis de graduación del Máster de Creación Literaria de
la Universidad de Iowa. Esta novela fue el resultado de un largo proceso, que
arrancó en Iowa en 1946, continuó hasta mediados de 1948 en la colonia de
escritores de Yaddo en Nueva York (merced a una beca para terminación de
primera novela de autores noveles), luego en la casa de campo de Robert
Fitzgerald y su esposa en Connecticut, de los que se hizo gran amiga y publicaron
tras su muerte numerosa obra inédita. En 1951 le diagnosticaron lupus, la enfermedad
que la llevaría a la muerte, se mudó a Milledgeville (adonde había vivido con
su familia de adolescente) y después a la granja Andalusia, adonde cuidada por
su madre y aficionada a la cría de pavos reales, no solo concluyó “Sangre
sabia”, sino que también escribió el resto de su obra literaria.
“Sangre sabia” es una novela
tragicómica, sin éxito ni de crítica ni de venta cuando fue publicada. Recién
desde los ´70 recibiría el reconocimiento del que goza actualmente. Está
escrita primordialmente en tercera persona, y es una muy buena elección que se
trate de un relator omnisciente, porque la idea argumental pide que a la trama la
cuente alguien que sabe de Hazel Motes, el protagonista, más que el
protagonista mismo.
En esta primera obra importante, Flannery canaliza de algún modo su
relación intensa con la religión. Motes regresa de la guerra a Tennessee,
encuentra su antigua casa en abandono y deterioro, y así es como, sin familia y
una vieja fe religiosa perdida por culpa de la guerra, se va a vivir a Taulkinham,
un pueblo de ficción soberbiamente imaginado por la autora. Allí es donde
arranca su intento de comandar una nueva religión, la de una iglesia sin
Cristo. Traba relación con Enoch Emery, un joven apenas emergido de la
adolescencia, que lo persigue con el concepto que da título a la novela, la
“sangre sabia”, conocer por puro instinto la senda que debe seguirse, sin
necesidad de que nadie se la descubra y/o conduzca. Tanto Hazel como Enoch son
una creación muy inspirada, justa para el argumento, sus imágenes y voces hacen
que el lector pueda ver y oír de modo preciso, lo que debieron ser estos
personajes del sur estadounidense en aquel entonces.
El largo periplo de Hazel en pro de
llevar adelante su misión, que bajo las formas de una redacción muy seria
O´Connor ridiculiza, acaba mal como era de esperar, un final tan trágico como
le cabe a cualquier fanatismo absurdo. No es importante que medio lo esté revelando,
porque lo mejor de la novela es el periplo a lo largo del cual Motes conocerá
una galería de personajes de toda laya y color, entre los que sobresalen Asa
Hawks, un predicador que se hace el ciego para limosnear, y su hija Sabbath
Lily, quien en un giro inesperado se lo levanta a Hazel, quien vivirá éste y
varios episodios más de todo tenor (de todo tenor en serio), y siempre bajo el
contexto, muy bien pintado, conservador y racista de la mayoría de la población
(“A este coche no lo fabricaron negros”, “Es igual que algunos negros
que conozco”, y otras frases así en boca de los distintos personajes).
Flannery dijo cierta vez, y creo
que con esto se justifica lo dicho más arriba acerca de su apego a la fe
religiosa, que la grandeza de Dios puesta en esta novela, estriba en que Hazel
no puede librarse de Dios, a pesar del tesón con que lo intenta, tesón al que se
lo muestra como una caricatura de religiosidad enfermiza.
Flannery O´Connor es especialmente
reconocida por los 31 cuentos que escribió. En 1955 publica su antología más
famosa, “Un hombre bueno es difícil de encontrar”. Póstumamente, en 1965 se
publicó su segundo libro de cuentos, “Todo lo que asciende tiene que converger”,
y en 1971 “Cuentos completos”, que contiene sus 31 relatos, 19 de los dos
volúmenes antes publicados y 12 más, seis de los cuales corresponden a su tesis
de maestría de 1947.
De un modo u otro, en la mayoría de
los casos con finales asociados a eventos trágicos, surgen claramente en la
cuentística de Flannery mensajes cristianos, es recurrente la presencia de
pecado, culpa y castigo, es como si tuviese la intención de convertir en
católicos a sus lectores. Ojo, no es esto lo que me encanta de esta autora,
sino que me maravilla su estilo literario, traducido en relatos que fluyen sin
trabas, ritmos precisos, un gran manejo de tensión e intensidad, más la
construcción de memorables personajes, las sutiles entrelíneas, el
apropiadísimo mechado de símbolos, el seguimiento de imágenes, el punto de
vista.
Fuera de los contenidos religiosos,
en cuanto a temática y objetivos perseguidos por muchas de sus narraciones, una
de las cuestiones que me agradan, y mucho, es cuando mi heroína literaria de
esta entrega, descarga sarcasmo sobre tanto sureño blanco lleno de moralina que
conoció (y detestó) desde chiquita, sobre los pagados de sí mismos, sobre los
que se creen superiores, sobre los que diciéndose cristianos son lo más
anticristo que uno puede encontrar. Y se disfruta cuando las circunstancias en
un par de los relatos, hacen que estos seres despreciables se sientan
dependientes de aquellos a los que siempre rebajó y consideró inferiores, y se
los vea impotentes ante la certeza de que no los verá acudir obedientes y
voluntariosos en su auxilio (recomiendo al respecto “Un círculo de fuego”
y “La buena gente del campo”).
Si bien me gustan los 31 cuentos,
dejo un salpicadito, muy limitado, de los cuentos que me han resultado más
impactantes. Por lejos, el más famoso de Flannery, el imprescindible, es “Un
hombre bueno es difícil de encontrar”, que da título a la antología editada
en 1965. Una familia —padre, madre, tres hijos y abuela— se alista para salir
de vacaciones a la Florida, pero la vieja preferiría ir a Tennessee adonde
tiene conocidos, así que, con el afán de torcer el plan a su gusto, empieza a
llenarles la cabeza con la cuestión de que un asesino loco huyó de la cárcel, y
que según el diario podría rondar por los caminos a Florida. No le llevan el
apunte y, por la forma en que la tratan los nietos desde que arranca el viaje,
se nota que la familia no le tiene ningún respeto. Paran a comer y durante el
almuerzo sigue con la cantinela del asesino.
Cuando reemprenden el viaje el
relato pega el primer sacudón, la abuela se ha llevado escondido a su gato en
una canasta, a la que accidentalmente golpea y el animal salta a las espaldas
del padre que va conduciendo el coche, provocando que el mismo vuelque y se
salga de la ruta. Con los chicos matándose de risa, la madre lastimada, la
abuela ilesa y el padre enfurruñado, les alivia ver que aparece un coche al que
pedir ayuda. Y ahí la gran sorpresa, no eran todas macanas lo de la vieja,
porque uno de los tres hombres del auto es el asesino, y sin dar muchas vueltas
ordena a sus secuaces que lleven al padre y al hijo mayor a un bosque cercano y
los maten.
Flannery O´Connor transforma un
viaje plácido de vacaciones (solo la vieja jorobando), con un ritmo de relato
que acompaña esa placidez, en un vértigo de angustiosa tensión, se oyen dos
tiros y los tipos regresan para llevarse al bosque a la madre y a los otros dos
hijos. La abuela, mientras tanto, en otro pasaje difícil de aceptar si la
autora no hubiese construido tan bien al personaje, se limita a hacerle el filo
al demente para que no la mate también a ella. Y en un desenlace muy posible,
pero que aun así uno no espera del todo, el tipo la mata de un disparo.
¿Cuál es la intención de Flannery
con este relato? Como yo lo veo, por un lado, exhibir la hipocresía de la
abuela, haciendo cualquier cosa para que se haga lo que ella quiere, el egoísmo
de que en el momento más álgido solo está preocupada de ella, el que se llene
la boca hablando de valores y virtudes perdidas (“Un hombre bueno es difícil de
encontrar” es una de sus frases), pero a la hora de mostrar esos valores y
virtudes es una miserable. Y como contrapartida, el loco asesino es si se
quiere más honesto, no se hace el bueno, no defiende su maldad e incluso
cuestiona que haya un Dios que castigue sus actos.
Pero lo realmente impactante del
cuento es el revelador final: tras matarla, el criminal dice que la vieja
habría sido mejor mujer "si hubiera habido alguien ahí para dispararle
cada minuto de su vida", todo porque ya ante su inevitable final, una
vez que comprende que será asesinada pese a sus ruegos, la abuela se redime. En
efecto, O´Connor de alguna manera induce en el lector la idea de que, ante la
violencia, ante la muerte, Dios se manifiesta en la abuela para que muestre una
faz oculta de amor, generosidad y bondad, incluso llama “hijo” a quien va a
matarla, como si comprendiera que el asesino pertenece de todas maneras a la
humanidad.
Desde luego que este final responde
a la fe católica de Flannery. Los católicos creen que los humanos son pecadores
por defecto, y que para ser redimidos es necesaria la intervención divina. A
pesar de lo difícil que es ver divinidad en tanta bestialidad desde que los
tres tipos se detienen junto al auto accidentado, es parte del plan de Dios
para salvar a la horrible abuela. Para Flannery, los seres humanos son
perversos por naturaleza, y solo la violencia y la muerte les dan chance de
salvación.
En “Un templo del Espíritu Santo”,
una altiva nena de 12 años, recibe de visita a dos primas mayores que ella, a
las que desprecia notoriamente. Sin embargo, le impresiona que se denominen a
sí mismas “templo del Espíritu Santo”, como les inculcaron en la escuela
católica a la que asisten. La madre de la nena, en su afán de que sus sobrinas
la pasen bien, les organiza con dos pibes de su edad un paseo a una feria, al
que la nena no va. Al regresar, cuentan la “atracción” que más les llamó la
atención, un hermafrodita en el espectáculo de rarezas, en particular su
manifestación de que “Así es como Él (Dios) quería que fuera y no voy a
discutir su voluntad”. Y aquí brota el nudo del cuento. En un sueño la nena
ve al hermafrodita diciendo “soy un templo del Espíritu Santo”, y
entonces al despertar deja de pensarlo como un freak como sus primas, sino que
acepta su humanidad y así comienza su apertura a la gracia cristiana.
“El negro artificial” es un
cuento al que Flannery consideraba su favorito, un cuento que en los foros
sobre O´Connor desata mucha discusión con respecto a la interpretación de su
final. Los protagonistas son el señor Head y su nieto Nelson, con el que un día
se cayó la madre, “con el caballo cansado” a casa de su papá, tras haberse
fugado a Atlanta y quedado embarazada de padre desconocido. La chica muere al
poco tiempo, y el viejo Head queda a cargo del nene, que para cuando el relato
arranca, joroba con que quiere conocer Atlanta, ciudad a la que su abuelo odia.
Tanto como odia a los negros, y eso le ha inculcado a su nieto. Finalmente viajan
a Atlanta, el viejo con la esperanza de hacérsela pasar mal a Nelson, así el
chico también empieza a detestar la ciudad donde fue concebido.
Una vez en Atlanta, pierden el
rumbo en un barrio de gente de color, pero el viejo se niega rotundamente a pedir
indicaciones a un negro. Sentados a descansar, Nelson se queda dormido, y su
abuelo se esconde de él simulando que lo abandonó. Al despertar, el chico
aterrorizado echa a correr y atropella a una anciana que se rompe un tobillo. El
viejo reaparece, pero como toda la gente le exige hacerse cargo de los gastos
médicos, declara que no conoce al chico. Y los “despreciables negros”, que
enseguida se avivan de la verdad, muestran hacia Nelson una cariñosa piedad,
suficiente para que el chico empiece, en principio, a revisar en su cabecita el
mandato de odio del señor Head.
Y desde ahí, una suerte de
metamorfosis vehiculizada solo merced a la escritura magistral de Flannery
O´Connor. Yendo de regreso a la estación de tren para abandonar Atlanta, el
viejo deshaciéndose en disculpas y Nelson ofendido no aceptándolas, se topan
con una estatua de yeso medio maltrecha, una caricatura grotesca que pretende representar
a un negro como una redención del sufrimiento, el “negro artificial”, cuya
visión desata un momento de gracia en el viejo racista, como si entendiera que los
actos pecaminosos devuelven consecuencias gravosas. Pero a la vez, pese al
embeleso que causa en Nelson el primer vistazo a la estatua, pese a que ante su
presencia pareciera reconciliado con su abuelo, ha cambiado para siempre, y no
necesariamente en el correcto sentido.
“La persona desplazada” es el
último de los diez relatos que contiene la primera antología de 1965. Es el más
largo, diría que se trata de una novela corta. Una granja en el sur muy venida
abajo, cuya dueña es una viuda, la señora McIntyre, contrata al señor Guizac,
un polaco católico, refugiado de la guerra, la “persona desplazada” a causa del
conflicto bélico.
Trabajando, el polaco resulta ser una
bestia, y enseguida a los demás empleados les atemoriza perder en la
comparación a los ojos de su patrona, y tanto blancos como negros, uno más
miserable que el otro, conforman una alianza para que la mujer eche a Guizac,
inundándola de conceptos prejuiciosos que tratan de despertar su xenofobia. Va
de suyo que conocen bien a la terrateniente, saben qué fibra tocarle para
lograr su cometido. Defendiendo al polaco, solamente anda por ahí un cura
católico.
En principio, la viuda no toma
acción en contra del inmigrante, no por moralidad sino porque un trabajador
como Guizac no se encuentra todos los días. Sin embargo, un episodio cambia el
escenario. Un empleado de la granja le tira unos dólares al inmigrante para que
se case con su prima, y el tipo agarra viaje, no tanto por el dinero sino
porque casarse con una norteamericana es sinónimo de abandonar para siempre el campo
de refugiados polaco. La macana es que a la señora McIntyre el asunto le cae
como el traste, concluye que el polaco es uno más de los tantos empleados de
baja estofa que tuvo, y amenaza con echarlo si no rompe el compromiso
matrimonial.
Justo vuelve a la granja Shortley,
un ex empleado al que McIntyre había despedido para aumentarle el sueldo al
polaco. Se le ha muerto la mujer, a la viuda le da lástima y lo contrata de
nuevo. Encima le comunica que va a echar a Guizac. Pero no lo hace, y toda la
peonada, azuzada por Shortley, se para de manos y respalda a su líder cuando
éste asesina al polaco.
Cada personaje incurrió en algún pecado,
es obvio que, escrito por Flannery, la cosa no termine bien para nadie: el
polaco muerto, los peones con Shortley a la cabeza teniendo que huir de la ley
y la viuda vendiendo la propiedad por falta de trabajadores para explotarla. El
único que queda a su lado es el sacerdote católico, afanoso por convertirla a
la fe católica como en toda la nouvelle.
“Todo lo que asciende tiene que
converger” es el cuento que da título a la segunda antología, la primera
publicación póstuma. O'Connor dijo alguna vez que este relato es el único que toca
el tema racial. No lo comparto del todo, aunque sí veo que pretende vincular la
posición social de la raza negra post guerra civil, con una imposible comunión
espiritual con los blancos.
Julian, el protagonista, vive a
disgusto con su madre, una sureña racista que se la pasa añorando la situación
acomodada que llevaba antes de la abolición de la esclavitud, cuando en la
plantación de su padre tenían muchísimos negros a su servicio. Pero más que
nada, a Julian le exaspera que la vieja espere vanamente que sea él quien la
devuelva a esos tiempos, porque solo tiene un modesto empleo que no permite ni
soñar con algo semejante.
La explosión ocurre durante un
viaje en ómnibus. A la ex ricachona le toca sentarse al lado de una mujer de
color, que tiene puesto un sombrero igual al suyo. A Julian se le despierta la
expectativa de que esta casualidad sirva para que su madre reflexione con
respecto a la igualdad racial. Lejos de eso, simulando amabilidad, pero con la clara
intención de mostrarse superior, la vieja le da una monedita al hijo de su
compañera de asiento, con la actitud de quien entrega una limosna. La madre del
chico negro se enfurece de tal modo que le pega un bolsazo en la cabeza. Ya
descendidos del colectivo, Julian se pone a recriminar a su mamá, hasta que
ésta se descompone y cae pesadamente al suelo. Comprendiendo que la mujer está
muriéndose, desaparece toda su furia, le habla con el cariño del niño que de
repente vuelve a ser, y entra, textual del relato, “en el mundo del
remordimiento y el pesar”.
A ”La espalda de Parker” se
lo ha catalogado como uno de los relatos más misteriosos de O'Connor. Parker es
un ateo que se casa con Sarah Ruth, una fundamentalista que tiene entre ceja y
ceja “salvar el alma” de su esposo. Pero no hay caso. Sin embargo, en un
accidente medio raro, Parker se estampa contra un árbol, y solito, comienza a experimentar
una conversión a la fe cristiana. Una de las que se manda es tatuarse a Cristo
en la espalda. Lejos de alegrar a su mujer, ella lo acusa de idólatra y el
clímax del cuento se da cuando, incapaz de reconocer la naturaleza divina y a
la vez humana de Cristo, le asesta a Parker un escobazo en la espalda tatuada.
La mayoría de los analistas
especializados en la literatura de Flannery O´Connor, han manifestado que la
autora desea mostrar que Sarah Ruth es incapaz de ver “la conexión mística
entre el sufrimiento de su esposo y el de Cristo crucificado”. Es muy posible
que así sea, porque cuando Flannery escribió este relato, empleaba muchos símbolos
poco convencionales para hablar de la redención, como cuando tras la
frustración vivida, Parker acaba sufriendo recostado contra un árbol, el cual
ha sido interpretado como “una representación de la cruz en la que Jesús fue
crucificado”.
“Los cojos entrarán primero”
es un cuento emparentado con la novela “Los violentos lo arrebatan” (la segunda
novela de Flannery O´Connor), a partir de que el protagonista, Rufus, un adolescente
sociópata, y un trabajador social que quiere borrarle de la cabeza las pavadas
bíblicas que le enseñaron, tienen marcados puntos de contactos con personajes
de la novela aludida.
Se trata de un relato sobrecogedor.
Rufus convence a Norton, el hijo de Sheppard (el trabajador social que, tan
empeñado en Rufus, descuida a su chico) de que puede reunirse con su mamá
muerta si se convierte al cristianismo (sí, el espanto de persona que es Rufus,
idolatra al Diablo, pero incomprensiblemente también cree en Dios). Norton
agarra el consejo para cualquier lado, se suicida para adelantar su encuentro
con la mamá, y recién ahí Sheppard reflexiona sobre sus creencias y propósitos.
Nasrullah Mambrol, un analista que me resulta muy esclarecedor, ha dicho: “La
actitud de O'Connor hacia el humanista secular (Sheppard) es, una vez más,
satírica: sin una fuente divina, no puede haber salvación”.
Los críticos más reconocidos consideran
que “Revelación” es un relato que está en la cumbre de la cuentística
estadounidense. Muy marcadamente, Flannery O´Connor quiere exhibir que en el
Reino de Dios los últimos serán los primeros. En la sala de espera de un
consultorio se halla la señora Turpin, muy creída de ser una dama cristiana
ejemplar, pero que es lo más anticristiano que uno podría encontrar, porque se
siente superior a la gente de color y a los de clase social baja, es más, se
acuerda de Dios principalmente para agradecerle ser blanca y pertenecer a la
clase que pertenece. Imprevistamente (o no tanto), mientras la Turpin está
haciendo estos agradecimientos para sus adentros, Mary Grace, una jovencita
diagnosticada con trastornos mentales y caracterizada como una "chica
gorda con el rostro azulado por el acné”, le tira por la cabeza el libro
“Desarrollo humano”, gritándole que es “un chancho del infierno”. A la vieja la
frase le queda retumbando y, cuando vuelve a su propiedad a manguerear a los
chanchos que cría, un claro símbolo de inmundicia, tiene una visión de las
almas oprimidas entrando al cielo antes que ella y su esposo.
“El día del juicio final” es
el último relato que escribió, una versión revisada de su primer cuento
publicado (“El geranio”). Llegando al final de su vida, Flannery entrega
una historia en la que pone el acento en un pilar de la religión que profesó:
el destino de todo cristiano es regresar al hogar celestial.
El personaje principal es Tanner, un
anciano sureño que vive con su hija en Nueva York, y que desea volver a morir a
su antigua casa. Recordando con afecto, nostalgia, una relación amistosa con un
hombre de color durante sus años jóvenes en el sur, desearía hacerse amigo de un
negro que vive en el mismo edificio de Nueva York. Con esto ya puede
apreciarse, comparando con lo hasta ahora leído y/comentado de la autora que, a
diferencia de casi todas sus demás obras, este relato presenta las relaciones
raciales basadas en el respeto mutuo.
Pero Tanner es incapaz de reconocer
las diferencias en las actitudes del sur y del norte hacia la raza, y acaba
siendo atacado con violencia por el vecino con quien hubiera querido trabar
amistad. No obstante, Flannery lo perfila como un verdadero creyente y su premio
es alcanzar descanso eterno en el cielo, el destino de todo buen cristiano.
En “El pavo”, un niño atrapa
a un pavo herido, con la ilusión de recibir al fin en su casa, el
reconocimiento que siente merecer. Pero en el camino una mujer lo engaña y le
arrebata el animal. El chico le echa la culpa a Dios por haberlo ilusionado
agarrando al pavo, y después hacer que lo perdiera. Flannery expone el
pecaminoso orgullo que el chico experimenta pensado en el reconocimiento
familiar que nunca logra, y la intervención divina para conducirlo a una toma
de conciencia.
Fuera de los mencionados, el resto
de los 31 cuentos publicados de Flannery O´Connor son: “El río”, “La vida que
salves puede ser la tuya”, “Un golpe de buena suerte”, “Un encuentro tardío con
el enemigo” (en el libro “Un hombre bueno es difícil
de encontrar”), “Las comodidades del hogar”, “Una vista del bosque”, “El frío
persistente” y “Greenleaf” (en el libro “Todo lo que asciende tiene que
converger”), y “El barbero”, “El lince”, “La cosecha”, “El tren”, “El pelador”,
“El corazón del parque”, “Enoch y el gorila”, “Usted no puede ser más pobre que
muerto”, “Fiesta en Partridge” y “¿Por qué braman las naciones? (en el libro
“Cuentos completos”).
En 1960 Flannery O´Connor publica
“Los violentos lo arrebatan”, su segunda novela. Extraigo porque me parece
brillante (como reflejo, no solo de esta novela sino de toda la obra de la
autora) de una nota de Alan Pauls de un suplemento Radar de Página 12: “…la
fe aporta energía, obstinación, voluntad de sacrificio. Pero esa dinámica arrolladora,
eminentemente física –hay en las novelas de O’Connor un registro atlético, casi
porno, de la convicción religiosa–, gira de algún modo en el vacío, como el eco
furioso pero estéril de una era extinta”.
En el caso de esta novela, un
huérfano de 14 años, Francis Marion Tarwater, y un maestro de escuela, se
revelan ante el vaticinio de un tío abuelo ya muerto, de que el huérfano será
un profeta. Desde allí, a Tarwater se le desencadena una lucha interna entre su
fe y el llamado a ser profeta como le fuera anunciado. A la narrativa la lleva
adelante un relator omnisciente, lo cual posibilita que, a través de él, uno
lector pueda meterse bien adentro de lo que le pasa al protagonista, incluso de
lo que ignora, y en la del maestro coprotagonista, quien brega por sacarle al
chico de la cabeza, todo lo que le metió su tío abuelo, quiere desatarlo de un
mandato opresor, educarlo, darle una oportunidad en la vida… Pero ojo, Rayber
(así se llama el maestro), si bien liberado del fanatismo religioso, tiene sus
propios demonios, el principal su hijo Bishop, con síndrome de Down, al que
encima el tío abuelo le hizo prometer a Francis que bautizaría.
Bishop configura una creación
genial de Flannery en términos de funcionalidad a la novela, porque es un nexo
entre los dos personajes, desatando dolores y culpas como en el caso del padre,
y siendo para Taywer una presencia que constantemente le representa su batalla
interior.
En lo personal, y pese a ser menos
difundida, me gustó tanto o más que “Sangre sabia”, y me permito redondear este
comentario con un extracto de la sinopsis de la contratapa de la edición que
poseo (una en que las dos novelas fueron publicadas juntas): “Lúcida y
tormentosa, radical y sobrecogedora, la obra de Flannery O´Connor constituye
una de las aventuras más intensas de la literatura de todos los tiempos”.
También después de su muerte,
fueron publicados los ensayos “Misterio y maneras. Prosa ocasional” (1969) y
“La presencia de la gracia” (1983), la recopilación de cartas “El hábito de ser”
(1979), un libro, “Tiras cómicas” (2012), conteniendo ilustraciones de humor
que hizo de joven, y un diario (“Diarios de oración”, 2013).
En 1979, John Huston llevó “Sangre
sabia” al cine, una buena adaptación que sigue la trama de la novela con
bastante fidelidad, consiguiendo respetar el tono de sátira, el pesimismo, la
oscuridad de los personajes y el ambiente tan bien pintado por Flannery en su
novela. El guion adaptado es de Michael Fitzgerald (el hijo de Robert Fitzgerald).
responsable de haber convencido a John Huston para que se hiciera cargo de la
dirección, la que de paso digo, es excelente como no podía ser de otro modo con
tal monstruo.
Quizás Enoch Emery, actuado por Dan
Shor, tuvo menos protagonismo que en el libro en cuanto a minutos en el film,
pero sí estuvo presente en las partes más trascendentes. En el papel de Hazel
Motes hay una destacada labor de Brad Dourif, quien cuatro años antes se había
lucido encarnando a un tartamudo en “Atrapado sin salida”, la famosísima
película que protagonizó Jack Nicholson. Y en lo que para mí fue un hallazgo,
me encantó Amy Wright desempeñando el papel de Sabbath Lily.
Un párrafo final dedicado a la
locación del ficticio pueblo de Taulkinham,
para la que se eligió Macon, Geogia, cerca de Andalusia, donde Flannery vivió
sus últimos años. Las imágenes del poblado y sus alrededores, me resultaron
sumamente fidedignas con respecto a lo que mi imaginación forjó leyendo la
novela.
Otras adaptaciones cinematográficas
menos conocidas de la obra de Flannery O´Connor fueron, en orden cronológico:
1957: “La vida que salves puede
ser la tuya”. Fue una producción para la TV de EEUU, la dirigió Herschel
Daugherty y protagonizó Gene Kelly. La única versión cinematográfica de algo
suyo que vio Flannery, y experimentó tal decepción, sobre todo porque le
cambiaron el final, que no permitió otra adaptación por el resto de su vida.
1974: “Un círculo de fuego”.
Mediometraje norteamericano que dirigió Victor Nunez.
1977: “La persona desplazada“.
Glenn Jordan dirigió esta adaptación filmada en Andalusia, última morada de
Flannery O´Connor. Se trata de un telefilm para la serie estadounidense “The
American Short Story”, y los papeles principales estuvieron a cargo de Irene
Worth (como la Sra. McIntyre), actuación muy elogiada por la crítica, y Shirley
Stoler. También aparece, muy joven, Samuel Jackson en el papel de Sulk, uno de
los trabajadores del campo que conspira contra el inmigrante polaco contratado
por la dueña de la granja.
1977: “El río”. Cortometraje
estadounidense de Barbara Noble.
1990: “Katafalk”. De la URSS, dirigida
por Valeriy Todorovskiy e inspirada, muy libremente según he leído por ahí, en “La
vida que salves puede ser la tuya”.
1992: Con el título “Corazones
negros sangran rojo”, Jeri Cain Rossi dirigió este cortometraje, adaptación del
cuento "Un hombre bueno es difícil de encontrar". Creo que a
Flannery no le hubiese gustado, es más que nada una cinta de terror que no
refleja ni de cerca la profundidad del mensaje del cuento.
1993: “Khromiye vnidut pervymi”. Largometraje
ucraniano de Mikhail Kats, basada en “Los cojos serán los primeros”.
1995: “Gül ile Adem”. De Baris
Pirhasan. Uno de los cinco segmentos del largometraje turco "Yerçekimli
Asklar". Basado en "La buena gente del campo".
2014: “Verloren Zoon”. Mediometraje
de Jaap van Heusden para la TV holandesa, basado en "Los cojos serán
los primeros".
2020: "Un hombre bueno es
difícil de encontrar". Cortometraje de animación realizado por Sean
Silleck (USA).
Para ir terminando, dos películas
que no son adaptaciones de la obra de Flannery O´Connor, sino trabajos
relacionados con su vida y literatura. En 2019, Mark Bosco y Elizabeth Coffman filmaron
“Flannery”, un episodio documental de la serie de USA "American
Masters", recibido por la crítica especializada con opiniones encontradas.
Por mencionar solo a dos de los medios más importantes, el New York Times dijo
que era desastroso, visión totalmente opuesta a la del Boston Herald. Y en 2023
Ethan Hawke dirige “Wildcat”, sobre la vida y obra de Flannery O´Connor, con
Maya Hawke interpretando a Flannery. A mí me pareció una propuesta muy digna
que vale la pena verse, pero la crítica la trató mal.
Y una anécdota que vincula
indirectamente al cine con Flannery. En la película “American Fiction” (Cord
Jefferson, 2023), la primera escena muestra a un profesor universitario negro dirigiendo
con cierta dificultad, un debate en clase sobre "El negro
artificial". Una de las estudiantes, blanca, se queja varias veces de la
palabra “nigger” escrita en el pizarrón. El profesor le dice: "Con todo
respeto, Brittany, yo lo superé, estoy seguro de que tú también puedes". La
chica abandona el aula y la universidad suspende al profe. En fin…
Idea y creación: Emilio Bertero,
Colaborador de:
Atrapados por la Imagen
Buenos Aires - Argentina
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