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martes, 2 de junio de 2026

#NIUNAMENOS - "Luchamos por una vida sin miedo"

 


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Emilio hoy nos trae algo de . . .

 

EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN

Presenta: 

"Mis Héroes Literarios"


 IDEA Y CREACIÓN: Emilio Bertero

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Juan Diego Incardona

Escritor argentino – Buenos Aires, 1971



            Sí, Incardona es un escritor argentino nacido en Buenos Aires, pero primero que nada es matancero, porque su obra literaria más conocida encuentra razón y fuente originaria en La Matanza, y más precisamente en Villa Celina, barrio matancero por excelencia en el que Juan Diego cansó suelas desde chico y pronto encontró la mirada del escritor que es (pese a sus confesos primeros intentos de escribir borgeano). De hecho “Villa Celina” (2008 y varias reediciones), un compendio encantado de relatos breves, una de sus publicaciones más famosas y lo primero que le leí, es adonde ancló con naturalidad sus inspiradas historias (la mayoría con base autobiográfica), es adonde mostró al mundo literario sus uñas de escritor con estilo propio y original.

  

             Ya volveremos a “Villa Celina” porque de este libro hay mucho para decir. No he leído y por ello me abstengo de comentar, “El ataque” (2007), contemporáneo primigenio de “Objetos maravillosos” (2007), publicación con la que voy a arrancar. Se trata para mí de una obra que se relaciona con la vocación irrenunciable de Incardona, es buena parte de su vida real de aquel tiempo, en la que privilegió escribir por encima de todo, y los trabajos convencionales o el estudio formal no le dejaban tiempo para eso, así que eligió solventarse económicamente vendiendo —entre las mesas de bares de la ciudad de Buenos Aires, como los de Palermo Hollywood y otros de ese estilo— los “objetos maravillosos” que él mismo fabricaba. Se lee de una sola sentada y se convierte en una unidad llena de sentimientos inesperadamente intensos, a fuerza de un poético fraseo urbano, esqueleto sólido de cada uno de los episodios, un chorro en continuado de reconfortante emotividad.

           Y de esas frases, como si fuera el tráiler de una película, elijo transcribir acá algunas a mi capricho: “Ellos (los anillos) están ansiosos por abrazar tus dedos”, “Ante mis ojos pasa, fugaz, la imagen de una de mis gargantillas”, “A veces vuelvo, como ese día, y mi vieja sigue ahí laburando, y mi hermana sigue ahí caminando”, “…con las patitas inertes mojándose en la zanja de enfrente, el cuerpo blanco del gato blanco se oscurecía…”, “…alto precio individual del sensible monomaníaco, del angustiado sensible monomaníaco”, “Porque todavía quedaba vida en Villa Celina, vida reconocible, pese a los prolijos epitafios que escribo con tanto esmero”, “Tirados cuerpo a tierra, yo tenía miedo de que una bala me volara las papas fritas de mi hot-dog”, “Yo no sé si fue para tanto la gracia, pero seguro que todos encontramos ahí la catarsis de nuestros años viejos”, “¿Quién estaba por encima del silencio?”, “¿Será que la vida misma es un chiste boludo?”.

Y elegida entre las elegidas: “Al final las piedras son blandas como el pan fresco, y el pan si está servido en una mesa está duro; al final la avenida es una loma verde llena de pasto, y el pasto está seco y huele a muerto si está en los jardines. ¿Quieren ver objetos maravillosos?”

 

         El libro “Villa Celina” tiene, al menos la edición que yo leí de junio de 2008, veinte cuentos: “La culebrilla”, “El hombre gato”, “Los Reyes Magos peronistas”, “El hijo de la maestra”, “El túnel de los nazis”, “El ataque a Villa Celina”, “Emmeline Grangerford”, “Bichitos colorados”, “El Malasuerte”, “La guerra”, “El midi”, “El Canon de Pachelbel o La chinela de Don Juan “, “El 80”, “Los rabiosos”, “Pity”, “Luzbelito y las sirenas”, “Víctor San La Muerte”, “Metálica”, “Tino” y “Walter y el perro Dos Narices”. Cada uno de ellos remite a personajes y vivencias en este barrio que Incardona conoce tan bien, en muchos el personaje es él mismo, así que cómo no van a verse con nitidez las imágenes, cómo no van a ser verosímiles las historias, cómo no van a tener la intensidad, la tensión, los climas, las alegrías, tristezas o angustias con las que convivió desde chiquito… Los relatos son una conjunción de aventura, mito, nostalgia, épica, un folklore barrial de esa parte del conurbano bonaerense en las décadas del 70 y 80, mosaico de laburantes como su padre obrero y su mamá maestra, pasión por los fierros, el tango y el rock, más las barras en las esquinas y los potreros llenos de fútbol hasta que hubiera luz… No obstante, y acá estriba otro mérito, Incardona no descuidó adoptar estrategias para conformar una literatura universal.

         Juan Diego concluye su prólogo: “En sus noches se percibe una fina niebla, iluminada parcialmente por los viejos faroles del alumbrado, se oyen ladridos de perros (que abundan), tiros lejanos y muy cercanos, y una especie de rumor difícil de clasificar que interrumpe con frecuencia el diálogo en las veredas, quizás una especie de pasado, un sonido de pasado, un gol de Tino en el campito mezclado con la risa de los pibes del grupo Perseverancia y las puteadas de Carlitos el borracho”.

         No hay cuento de Villa Celina que merezca ser salteado, pero para la primera probada de los que aún no conocen a Incardona, mi preferido es “La chinela de Don Juan”, un texto que arranca con una familia yendo al corso de Carnaval en Tapiales, la fiesta se estropea culpa de una tormenta que se desata con una lluvia tan intensa que los desagües son insuficientes, las calles se inundan y se transforman en canales por los que la gente huye a refugiarse en sus casas, y en el desparramo el padre de la familia pierde una de las chinelas que lo calzaban… Lo mejor de todo es el apoteótico final, por el final mismo y por la magnificencia con la que Juan Diego lo relata. Así es todo “Villa Celina”, historias sencillas convertidas en leyendas al bañarlas de epopeya barrial. Tal como otro de mis predilectos, “Los Reyes Magos peronistas”, un reparto de juguetes a cargo de tres disfrazados de Melchor, Gaspar y Baltazar, para la niñez de las barriadas más pobres, el vehículo que cargado de regalos había partido de la Unidad Básica se estropea, y sin embargo, también con las épicas pinceladas Incardona, los Reyes Magos cumplen su cometido. Ni hablar de “El hijo de la maestra”, en el que gracias a ser reconocido como tal, nuestro protagonista y su amigo zafan de una segura felpeada de parte de unos barras violentos, cuando se bajan del colectivo volviendo a Celina después de haber ido a ver un partido de Boca.

 

         La siguiente publicación de Juan Diego Incardona es “El campito” (2009). No he leído todavía su literatura completa, pero hasta ahora esta es la que más me gusta. Responde a la segunda parte de su plan de obra: “Villa Celina” es el barrio, “El campito” el conurbano, y es además una continuación, o quizás un cuento largo del universo “Villa Celina”, al que también pertenecen “Rock barrial” y “Las estrellas federales”, de las que más adelante hablaré.

         Básicamente es una aventura de ciencia ficción, fuertemente anclada espacialmente en un territorio cierto, con marcadas referencias a episodios del peronismo, sus luchas históricas, más un muy interesante cruzamiento con personajes o hechos notables de nuestra literatura, en especial Roberto Artl (los Campos Galvanoplásticos de “Los Siete Locos”), Leopoldo Marechal (la aparición de los siete de Saavedra del “Adán Buenosayres”) y “El Eternauta” de Oesterheld (no tan unívocamente como en el caso de Artl y Marechal, pero sí por la atmósfera del texto).

         El protagonista esencial es Carlitos el Ciruja, siempre acompañado de su gato montés, y ya en el primer capítulo se revela que será el que cuente la historia. Es un capítulo muy atrapante, agarra al lector y ya no lo suelta más, por la significancia que revela Carlitos, un linyera que ha emprendido un camino entre alucinante y fantasmal, en busca de los barrios secretos edificados como bustos de próceres peronistas, cerca del Río Matanza, tal como en la realidad ocurre con Ciudad Evita, barrio que visto desde el aire, o en los planos, está trazado siguiendo el perfil de Eva Perón.

         En este recorrido, Carlitos se encuentra con una catarata de personajes, animales, hechos y lugares fantásticos instalados en La Matanza, con los que la imaginación de Juan Diego nos impacta: Riachuelito, un bagre que se hace gigante por culpa de la contaminación del Matanza, el Esperpento, una especie de “Frankestein” armado por la oligarquía con cadáveres y al que le puso las manos de Perón, con lo cual su gesto más amenazante es el tradicional saludo de la V de la victoria, el Perro Dos Narices (que ya fuera protagonista del último relato de “Villa Celina”), el Enano Gigante, el Cantor, los Barrios Gatica y Pérez habitados por boxeadores leales al peronismo, el Río de Fuego, los ya mencionados Campos Galvanoplásticos y el Jardinero, su creador, la Pista de Objetos Voladores Justicialistas, el Basural Embalsamado, el Basural Petrificado y el Basural Pantanoso, el Purgatorio, las Calles Muertas de una red vial secreta construida por la CGT, la Nube Venenosa de lluvia ácida, los Teros Espadas, los Pájaros Zorrinos, las piedritas maldicientes que putean cuando se las pisa, en fin, una lista tan larga como llamativa.

         Tras este devenir sobreviene en el último gran capítulo la Batalla del Mercado Central, que opone a fuerzas partidarias del peronismo contra fuerzas revolucionarias antiperonistas, con la particularidad de que se mezclan en la misma y singular batalla, actores con muchos años de diferencia entre su accionar en cada momento de la larga historia de este enfrentamiento. Mucha acción, muchos personajes, un vértigo tremendo, y sobre las últimas páginas Juan Incardona se enciende, desde Carlitos derramado de amor por la delegada Candela y El Cantor dominando a El Esperpento con su canto, y la novela termina altísimo. Un golazo.

 

De “Rock barrial” (2010), lo primero que me sale es citar al prologuista de Henry Miller en "Trópico de cáncer", "Escribe como habla, escribe como vive...", porque creo que lo mismo es la clave del oficio de escritor de Juan Diego.

El libro tiene dos partes, en la primera uno se encuentra con el cuentista que conoció en “Villa Celina” más varias poesías que, como el cuento largo (o novela corta) de la segunda parte, es un Incardona novedoso, por lo menos respecto a los libros anteriores que comenté.

De los cuentos, el que más me gustó fue "El último oficial tornero", porque tiene el clima que hizo mi preferido a “La chinela de Don Juan”, más un anclaje ajustado al momento socio-político-económico en el que está instalado. Y particularmente en “Los monstruos” y en “Atómica mente”, disfruté mucho reconocer elementos de lo que Juan bautizó “La imaginación de lo común”, todo un concepto rector, una impronta que compartió con sus alumnos de los talleres literarios que coordina desde hace muchos años. De los cuentos “rockeros”, a mí que fui adolescente escuchando a Almendra, Manal, Los Gatos, Pescado Rabioso, se me ponen distantes referencias a Viejas Locas por ejemplo, pero igual, aún como un extranjero, en "La mejor banda de los barrios" estuvo más que interesante subirme al tanque de Celina a escuchar a Chapa, Catán y Rocky.

         En cuanto a las poesías, género con el que tengo muchas limitaciones así que mucho no voy a poder decir, son como una prosa en verso y, pese a las limitaciones que declaro, las leí sin sentirme ajeno, sobre todo "Peones de la cuenca" (en el que JDI aprovecha muy bien el escenario Matanza-Riachuelo) y, por emotividad, el lado del que puedo hablar si se habla de poesía, "Industria nacional", que me pareció la mejor de todas.

A la secuencia Ampere-Volt-Watt-Ohm de la segunda parte, recomiendo leerla más atento al oído que a la cabeza, porque una vez que uno empieza a escuchar la música, la letra entra sola, y uno se encuentra con un personaje sólido como un fierro, que a veces da repulsa, a veces asusta y a veces despierta ternura, pero que siempre, siempre, pone la cabeza a caminar por lugares que no están escritos y que vale la pena visitar.

 

         Tras “Rock barrial” Incardona publicó “Amor bajo cero” (Poemario de 2013), “La cárcel del fin del mundo” (2014) y “Melancolía I” (2015). De estos libros aún no tuve oportunidad de leer el primero y el tercero de los nombrados.

Cito textual la sinopsis más recurrente de “La cárcel del fin del mundo”: “Como un moderno Dr. Frankenstein, Juan Diego Incardona extrae fragmentos de otras historias y vuelve a unirlos con una técnica impecable y original, creando un cuerpo nunca antes visto, entreverado de personajes icónicos de la historia y mística argentina. Criminales, fantasmas y resucitados, lejos de ser los típicos monstruos que perturban y han perturbado a las sociedades, son criaturas que simbolizan los temores y deseos de una comunidad. Algo extraño se combina en todos y cada uno de ellos, haciendo que por momentos los monstruos parezcan héroes.”.

         Los siete relatos del libro tienen la especial particularidad de que están acompañados por prefacio, posfacio y apéndice, los que lejos de ser un mero relleno, son muy funcionales a la integralidad de toda la obra. El texto principal es el que da título al libro, y ya había tenido una versión anterior en “Melancolía I”, y más atrás aún, 2007, formando parte de la antología “In fraganti”. Está inspirado en el seguramente más famoso habitante del penal, Cayetano Santos Godino, el Petiso Orejudo, y es una historia contada por un compañero de presidio. Debo decir que, si “vale un botón para muestra”, este relato paga el libro entero. A Godino no se lo refiere por su apodo en ninguna parte, los dichos del narrador bastan y sobran, al igual que para crear, con un ritmo más adecuado imposible, la expectante tensión del funesto desenlace. Es la primera vez que leo algo que de algún modo muestra momentos de cierta humanización del personaje, “la ambigüedad de lo monstruoso” es una frase que la crítica ha utilizado con recurrencia.

         Sigue la parte de un párrafo que elegí entre tantos muy bien edificados, éste a cuento de la afición del Petiso Orejudo por atrapar gaviotas a las que luego torturaba mutilándolas hasta matarlas: “En ocasiones, el lamento de los pájaros se mezclaba con la voz de Cayetano, que hablaba en voz baja, o gemía de placer… A veces, en el pasillo volaban plumas. Era algo de suma belleza, pero de una tristeza profunda, de una angustia que no era de este mundo. Yo creo que el infierno debe ser parecido, algo lindo de ver y terrible de sentir”.

Los otros seis relatos de “La cárcel…” son “Ejércitos del Norte”, “Niño Juan Pérez”, “Fábula”, “La diligencia”, “Agujeros de agua” y “Los ahorcados de Aquilea”. La creciente expectativa, la incertidumbre de lo por venir (algo similar hablaba a cuento de la narración del Petiso Orejudo), son denominador común de estos relatos y a mi entender, la herramienta clave para dotarlos de la gran fuerza temática y literaria que tienen.

 

         “Las estrellas federales” (2016) es la culminación del espacio que abrió “Villa Celina” y continuó “El campito” y “Rock barrial”. Como los tres libros anteriores, comparte una geografía, un mismo narrador y varios personajes, en este caso tanto aquellos propios y lamentablemente familiares del campo arrasado del menemismo, tales como el tornero que ahora es remisero, el empresario que de dueño de una Pyme pasó a dueño de un quiosquito, el obrero que se hizo cartonero, como los personajes fantásticos del universo Matanza: el Hombre Regenerativo, la Mano, la Mujer Lagartija, el Escarabajo Gigante, los Caballos Miniatura, todos fenómenos del Circo ambulante de las Mutaciones, con el que Juan Diego, el relator, se cruza en 1989 durante la invasión de unas flores que cubrieron Villa Celina de un rojo furioso. Ya esta altura, Juan Diego es personaje y/o relator recurrente, ni en “El Campito”, adonde como conté Carlos el Ciruja lleva la voz dominante, Incardona se pierde de que Juan Diego aparezca, cuando Carlitos el Ciruja se presenta en la esquina adonde para la barra.

         Más adelante en la trama, 1994. Juan Diego se cruza con el circo mutante durante una tormenta de lluvia ácida ensañada con Villa Celina, y ahí arranca la aventura, un éxodo desde el territorio arrasado hacia otro, no estricta o solamente geográfico, sino, textualmente: “tiempos pasados o tiempos futuros, de una tierra roja que alguna vez se llamó, o se llamaría, conurbano bonaerense”.

“Las estrellas federales” tiene un prólogo muy interesante, no diría que es imprescindible para entender cabalmente la novela (una aventura del fantástico que como tal se disfruta muchísimo), pero contribuye a que también la leamos como una alegoría: “…Los personajes que cruzan el campito también se vuelven mutantes. El obrero desocupado se corta el dedo y le vuelve a crecer. ¿Qué está pasando? Se corta la oreja y le vuelve a crecer. Se corta la lengua y le vuelve a crecer. En los alrededores del Mercado Central, hombres gato, lobizones, luces malas, criaturas más ligadas al universo rural que al universo de la ciudad. Es como si en la decadencia…uno volviera al origen de los tiempos…”. Es decir, y completo con otra cita: “…están los sobrevivientes que, al resistir la epidemia y el cierre de las fábricas, crean anticuerpos y se regeneran…”.

         El neoliberalismo ha transformado y deshumanizado todo. Sin embargo, los héroes comunes, ordinarios, los agobiados por la economía, la falta de trabajo, refugiándose en sus orígenes y en sus emblemas, le plantan cara a la desgracia.

 

         En 2020 Juan Diego Incardona publica “La culpa fue de la noche”. Todavía no he podido leer este libro que, escrito al comienzo de la pandemia de coronavirus, se trata de una compilación de cuentos cortos, cada uno con su estilo. Según la sinopsis de Sudestada, “Juan Diego Incardona viaja desde su encierro pandémico en el Abasto hasta su infancia en el conurbano bonaerense, en Villa Celina. Los primeros amores, que también hablan de los actuales, la vida autogestionada –en la literatura o en la venta ambulante–, la mutación de la política vivida como ajena en los noventa al fragor identitario después del 2001. ¿El presente le habla al pasado o el pasado viene a darle algún sentido al presente? ´La culpa fue de la noche´ encuentra la respuesta en la electricidad y su alternancia: esa fuerza inconmensurable que mueve y funciona como puente metafórico para unir fantasía y realidad, crónica y ficción, dualidades que en 2020 parecieron fundirse con nuestras vidas cotidianas como nunca antes”.

 

         Hasta donde sé, la última publicación de Juan Diego Incardona es “Quebranto” (2024). El narrador “aborda el duelo por sus padres fallecidos y las transformaciones apocalípticas que sufre el barrio de su infancia… las largas mesas navideñas, los olores a tuco casero que despide la cocina, partidos de fútbol en la calle y el mate en la vereda con los vecinos, en las largas tardecitas de verano. A todo eso vuelve Incardona… en apenas cien páginas narra los días finales de su madre, Celina, con el mundial de fútbol como telón de fondo y, un año más tarde, los de su padre, Juan, en un contraste de estados de ánimo difícil de igualar” (crónica de Marcial Amiel).

         Se trata de una gran obra, edificada con el recurso de repetir el relato del mismo episodio desde distintas miradas y vivencias, todas las que el autor ha necesitado para volcar los a la vez tantos modos con los que se nos imprimen las muertes de nuestros más cercanos. Pero además, e identificándome porque yo mismo, también como Juan habitante nativo de un barrio suburbano de provincia, lo viví tras la muerte de mis viejos hace más de veinte años, con la que uno no solamente se despide de ellos, sino también del barrio, de la niñez, de la adolescencia, de la juventud. Y también me identifiqué, recordando cuando cerca de donde yo vivía de chico cerró la Bahco, con una suerte de despedida de aquella Argentina a la que no dejaron crecer como potencia industrial y no solamente como proveedora de materia prima sin valor agregado, de aquella Argentina que garantizaba pleno empleo y ocupación como se lo garantizó casi toda su vida al papá de Juan, de una Argentina que aseguraba igualdad de oportunidades a través de una educación de calidad con maestros como Celina Incardona, la figura que salvó a Juan y a su amigo de los barras brava boquense en aquel ómnibus memorado por “El hijo de la maestra”.

         Y como si fuera poco, abandonando el realismo, Incardona aporta el plus de contenido de una marca registrada, unos cuantos episodios del autor sumido en un mundo alucinado y alucinante, un protagonista más junto al Juan Salvo de Oesterheld, sepultando los restos de la nevada incandescente al pie del mítico tanque de Villa Celina, el mismo adonde en “Rock barrial” tocaron Chapa, Catán y Rocky.

Cierro con lo que dijo Juan Pablo Cinelli: “Quebranto, un libro que, como un sueño muy vívido, seguirá acompañando al lector mucho después de dar vuelta la última página”.

 

         Como conocen los que me han leído antes, en los últimos años me he aficionado muchísimo al cine de todos los géneros y tiempos, e incluyo en estas notas las adaptaciones cinematográficas basadas en la obra del escritor o escritora de turno, es más, confieso que muchas veces he privilegiado reseñar para “Atrapados por la Imagen” a aquellos o aquellas que las tuvieran por encima de las que no. No es el caso de Incardona, y realmente lamento mucho la injusticia de que hasta ahora, apuesto que solo hasta ahora, nada de su mundo literario haya sido llevado al cine. Sé de mentas que alguna vez se ha imaginado, como a una especie de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, ver a los protagonistas de una película navegando el Riachuelo y cruzándose con los escenarios y personajes de “Villa Celina” o de “El campito”. Ojalá alguna vez eso que se imaginó lo podamos ver en una pantalla.

 

         Como notas finales, además de las publicaciones aquí destacadas, Juan Diego Incardona ha publicado cuentos en distintas antologías, diarios y revistas. Fue co-fundador y director de la revista virtual “El interpretador”, una de las primeras y más logradas experiencias en la materia, principalmente porque estuvo organizada con las mismas pautas que una revista papel. También trabajó en el programa Memoria en Movimiento de la Secretaría de Comunicación Pública, dirigió ciclos de cine en el ECuNHi (Espacio Cultural Nuestros Hijos), ha realizado actividades en escuelas y bibliotecas en representación de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares y fue columnista de literatura en el programa “Viaje al centro de la noche” (Radio América AM 1190). Finalmente, durante años mantuvo y administró el blog “diasqueseempujanendesorden”, y desde mucho tiempo atrás coordina talleres literarios.


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Idea y creación: Emilio Bertero, 

Colaborador de:
Atrapados por la Imagen

Buenos Aires - Argentina





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lunes, 1 de junio de 2026

" El espíritu otoñal del árbol " .- Versión Libre .-

"Punta Indio" - Provincía de Buenos Aires - R. Jorge Ruiz Diaz -

 



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- Puerto de Olivos - Pcia de Bs As - CLAUDIA MOLINA -

 

"A veces la belleza no está en lo que vemos, sino en cómo se refleja en nuestra mirada"



 
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©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: “UNA MUJER BELLA” - De la escritora Cristina Martín - Rosario - Argentina

 

Atrapados por la Imagen


Cuentos y relatos presenta a . . .


Cristina Martín 


"Artista de Atrapados por la Imagen" 


en: “Una Mujer Bella”

Cuento perteneciente al libro: "Mujeres valientes"


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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 “Una Mujer Bella”
CRISTINA MARTÍN

      Hoy les quiero contar la historia de un país con nombre de mujer y brillo de plata que nació con grandes ilusiones de ser libre algún día, pero por ser tan seductora muchos ojos la miraban con ganas de poseerla, dominarla, aplastarla.

    Esta silueta de mujer bella se recorta en mares, ríos, bosques, valles, llanuras y montañas. Generosamente la visitan inviernos fríos y veranos de calor suave. Ella, que sabe de amplitudes, aceptó a mujeres y hombres de todas las razas.

  Este país mujer sufrió y sufre dominaciones de diferentes identidades: coronas, flotas invencibles y la de un tío (a quien le llaman Sam) que a diferencia de los tíos habituales no es para nada generoso, tiene voraces ambiciones y todo lo quiere para sí. 

    Ella hizo frente a muchos poderosos que la deseaban con codicia para desarroparla:

- a veces con agua hirviendo

- otras con sables y cañones

- otras con palabras más o menos hábiles, pero casi siempre, resignando la sangre de sus

hijos más inocentes.

    Y este país de gran intuición femenina fue vislumbrando que había otros enemigos tanto o más peligrosos que los de afuera, que son los que pisan su propia tierra. Y ahí la pelea se le volvió y se le vuelve más difícil. Porque ¿cómo hacer para luchar con los hijos malos que son hijos al fin y se quieren tanto?

    Esta mujer se posicionó sucesivamente como granera del mundo, como ganadera, como industrial, como exportadora de manufacturas, como sociedad tecnificada.

     Y pese a algunos dolores intestinos le fue bastante bien. Se sintió firme y segura, pero al pisar el fin de milenio le hicieron creer (aunque no tanto) que debía pertenecer al mundo globalizado, porque eso la haría más prestigiosa. Y la cautivaron los espejitos de colores, porque ¿a quién no deslumbran las luces de un caleidoscopio?

    Entonces rápidamente se insertó en este mundo vertiginoso, de imágenes subyugantes, de marketing, de informática, de internet, de telefonía celular. "No es cuestión de quedar fuera del sistema", dicen muchos de sus hijos, pero hay otros que sufren al camino de la pérdida de identidad y de memoria. Y ellos saben muy bien que sin ayer no hay hoy ni mañana que valga.

    Pero esta mujer-madre que pare hijos a cada rato, llora porque muchos de ellos tienen hambre, otros están enfermos y no tienen medicamentos para curarse, otros están sin trabajo, mientras muchos otros que tienen vendas en los ojos quieren tener más dinero, más poder, más popularidad, librando una lucha despiadada.

    Además, está tristona esta madre tierra porque su cielo no es tan claro, ni su aire tan puro, ni sus aguas tan potables.

    Pero Argentina, mujer de espíritu valiente y brillo de plata, si bien llora por todos sus costados, aún mantiene intactas las ilusiones de ser, en serio y definitivamente libre, algún día no tan lejano.

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   Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©CRISTINA MARTÍN

Rosario - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Junio 2026



 Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.



Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen
Directora: Laura Jakulis

Colaboradores: Marta Puey - Emilio Bertero




Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 

    

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to remember IV - RICKY KIMMICH

 


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domingo, 31 de mayo de 2026

¡Entre postes y piedras! - Autor: Héctor Daniel Cappuccio -


 

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" Perspectiva " .- Silvia Elena Lanza -

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Volviendo a casa - autor: Carlos Silva -


 

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Pasaje Coronel Cabrer- Palermo Soho - CLAUDIA MOLINA -

 

- El otoño convierte cada calle en un poema de colores suaves - 




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Niños del ayer....Ana Vaccari


 

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DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, PASAJE PAN, LA GALERÍA MÁS MISTERIOSA

 PASAJE PAN, LA GALERÍA MÁS MISTERIOSA




El Pasaje Pan conserva una magia particular: es un espacio intermedio, donde lo público y lo privado se cruzan sin terminar de definirse. No es una casa ni una calle, sino algo en el medio. Su historia lo vuelve único: fue la primera galería cubierta de la Argentina y uno de los edificios pioneros de Rosario en altura, al ser la primera construcción de tres pisos de la ciudad. Con esa innovación, la ciudad se alineaba con una nueva estética comercial que llegaba desde París y que empezaba a transformar el modo de pensar los espacios urbanos. Además, el edificio tuvo otro rasgo singular: fue el tercer inmueble en incorporar ascensor, y el primero en ofrecerlo con acceso libre al público.

Hoy en Domingos de Curiosidades voy a contarte un poco más de su historia y algunos detalles que, tal vez, no conocías.



UN POCO DE HISTORIA

El terreno perteneció originalmente a la familia Esquivel, y fue residencia de Restituta Esquivel de Lejarza y de don Joaquín Lejarza. Más adelante, allí funcionó también el estudio de Joaquín y Fermín Lejarza y Esquivel, y el lugar tuvo un rol destacado en la vida política de la época: en ese espacio se inició la Liga del Sur, movimiento del cual Fermín fue fundador junto a Lisandro de la Torre, antecedente del Partido Demócrata Progresista. Como puede imaginarse, la casa fue escenario de importantes reuniones sociales.

Los Esquivel, propietarios originales del terreno donde hoy se levanta el Pasaje Pan, se lo cedieron a su yerno, Joaquín Lejarza, quien en el año 1871 decidió construir una mansión señorial, con entrada para carruajes y cocheras en la planta baja.

Para el diseño de la residencia, los Lejarza no escatimaron en recursos: incorporaron piso de mármol de Carrara en damero, baldosas de granito, hierro forjado y un techo de vidrio en el corazón del edificio, considerado sin dudas la joya del lugar. Se cree que la intención era destinar la planta alta a pensiones, mientras que la planta baja funcionaría como paseo comercial.


A finales del siglo XIX, la fisonomía de la manzana comenzó a transformarse. En 1899 se inauguró formalmente el primer tramo comercial del edificio, con salida exclusiva hacia la calle Santa Fe. En su origen, el proyecto no estaba pensado como un espacio de tiendas, sino como un conjunto de oficinas pasantes organizadas a ambos lados de un pasillo central. Su función principal era albergar los despachos de los abogados que trabajaban en los primeros tribunales de Rosario, ubicados en las inmediaciones del Jockey Club.

A comienzos del siglo XX, el próspero comerciante e inmigrante gallego Andrés Pan, oriundo de La Coruña, adquirió la propiedad del pasaje. Con la intención de potenciar su desarrollo comercial, sumó el sector norte del terreno perteneciente a la familia Lejarza y amplió la construcción hacia el oeste. En 1914 se inauguró esta segunda etapa, que terminó de abrir la manzana y dio salida hacia la actual peatonal Córdoba. A partir de ese momento, el lugar adoptó definitivamente el nombre de Pasaje Pan. El propio Andrés Pan instaló allí un gran almacén de ramos generales en la planta baja y pasó a residir en las habitaciones superiores del edificio.

Ya en la década de 1930, anciano, soltero y sin herederos directos, Pan buscó asegurar su sustento mediante un acuerdo con el London and River Plate Bank. Cedió la propiedad del pasaje a cambio de una elevada mensualidad de por vida y el derecho a continuar viviendo en su residencia de los pisos altos. Sin embargo, el destino fue breve: falleció pocos meses después de firmado el contrato, dejando el valioso inmueble en manos de la entidad bancaria británica por un costo mínimo.


A partir del contrato firmado con el London and River Plate Bank, comenzó a circular una confusión que dio origen a un mito urbano en Rosario. En los documentos archivados, el nombre de Andrés Pan aparecía registrado bajo los modismos ingleses como “Mister Pan”, lo que llevó a interpretaciones erróneas con el paso del tiempo. Esa deformación del registro dio lugar a la figura de un supuesto fundador inglés del pasaje, e incluso en algunos registros y carteles antiguos llegó a aparecer el nombre “Pasaje Pam”, consolidando así la leyenda.

Décadas más tarde, en 1957, el predio dejó definitivamente las manos bancarias cuando fue adquirido por la firma comercial Compañía La Esmeralda. Ese mismo año, bajo el régimen de propiedad horizontal, la empresa dividió el Pasaje Pan y vendió cada local y oficina de manera individual a distintos propietarios.

Esta fragmentación impidió que una única gran corporación reformara el edificio, lo que contribuyó a la conservación de su arquitectura original del siglo XIX. Con el tiempo, el pasaje se transformó en un refugio bohemio y diverso, donde conviven talleres de arte, estudios fotográficos, luthiers y diseñadores independientes, consolidándose como un espacio vivo dentro de la ciudad.



EL MISTERIO DEL PASAJE PAN

Volvamos a repasar lo que distingue al Pasaje Pan: Fue la primera construcción de Rosario, con viviendas en su interior, en alcanzar los tres pisos de altura. Además, se transformó en la primera galería cubierta del país, adelantándose a un modelo comercial y urbano que recién comenzaba a expandirse en la Argentina. A eso se suma otro detalle singular: fue el tercer edificio rosarino en incorporar ascensor, un mecanismo que todavía hoy continúa funcionando gracias a la potencia de su antiguo motor, instalado curiosamente en la planta baja. 

Pero entonces, ¿dónde está el misterio? 
Como todo edificio antiguo cargado de historia, el Pasaje Pan también tiene su propia leyenda. Una versión muy arraigada entre los rosarinos asegura que el fantasma de Don Andrés Pan todavía deambula por los pisos superiores del edificio. Según el relato popular, su espíritu continúa allí, incapaz de desprenderse del lugar después de haber cedido la propiedad al banco a cambio de una pensión vitalicia. La historia alimenta aún más el misterio si se tiene en cuenta que el antiguo dueño murió apenas unos meses después de haber firmado aquel acuerdo.


La estadía promedio va de los 45 minutos a las dos horas. Pero si recorrer sus apenas 100 metros demanda poco más de dos minutos, ¿cómo se explica semejante diferencia? Tal vez el Pasaje Pan tenga algo de pequeño triángulo de las Bermudas urbano, un lugar donde el tiempo parece alterar sus reglas. O quizá allí nazca otra de las leyendas que rodean al edificio: la de una supuesta puerta hacia otro mundo, ubicada justo en el punto donde se encuentran el tramo que llega desde la peatonal Córdoba y el que desemboca sobre la histórica calle Santa Fe.

Veamos qué sucede...A simple vista, el Pasaje Pan parece un corredor estrecho que reúne una pequeña serie de locales donde conviven librerías, objetos de arte, tiendas de ropa y oficinas. Sin embargo, basta avanzar unos pocos metros para advertir que su interior es mucho más complejo de lo que su fachada sugiere: una verdadera estructura en capas, organizada por niveles que se conectan entre sí mediante escaleras históricas, pasillos internos y el ascensor que atraviesa la memoria del edificio.

Su circulación vertical se articula a través de núcleos diferenciados que permiten comprender la lógica del conjunto. El acceso más imponente se encuentra sobre la peatonal Córdoba 954, en el sector ampliado e inaugurado en 1914. Allí, junto al histórico ascensor de jaula abierta, se despliega una escalera de mármol con barandas de hierro forjado negro y detalles originales de época. Desde ese punto, la circulación asciende hacia la planta alta, donde pasillos balconados y puentes internos conectan antiguos ateliers, estudios de diseño y oficinas profesionales dispuestos alrededor de un patio central.



En contraste, el ingreso por Santa Fe 955 corresponde al sector más antiguo, inaugurado en 1899, donde el carácter del pasaje se vuelve más íntimo y contenido. Allí predominan las conexiones hacia el subsuelo: escaleras revestidas con venecitas y baldosas calcáreas conducen a espacios de ladrillo visto con techos abovedados, donde funciona “El Túnel”, un centro cultural subterráneo que conserva la impronta original del edificio.

Entre estos recorridos también sobreviven espacios singulares que refuerzan el carácter cultural del pasaje, como la Asociación Rosarina de Esperanto, ubicada en la planta alta. Fundada en 1934, que continúa con la enseñanza y difusión de este idioma universal creado por Lázaro Zamenhof a fines del siglo XIX. Su permanencia, junto a talleres, oficinas y espacios artísticos, contribuye a esa identidad particular del Pasaje Pan, donde lo histórico, lo bohemio y lo cotidiano conviven en un mismo entramado urbano.


Además, el túnel abovedado de unos 45 metros, oculto en el subsuelo, se convirtió con el tiempo en una fuente de inspiración para relatos de misterio y literatura policial. Su atmósfera cerrada y su aire enigmático alimentaron la imaginación de distintos autores y artistas, entre ellos Roberto Fontanarrosa, así como también la figura del “doble” vinculada a Antonio Berni, que encontraron en este espacio subterráneo un escenario propicio para la construcción de lo inquietante y lo narrativo.

La aparente distorsión del tiempo se explica, simplemente, por la complejidad del recorrido y la multiplicidad de espacios que el pasaje esconde detrás de su fachada estrecha. No hay, entonces, un quiebre del tiempo, sino del ojo que mira: el pasaje no lo modifica, solo lo vuelve más lento al llenarlo de lo que no se ve a primera vista. Así, lo que parece un desajuste temporal no es más que la experiencia de un lugar que se despliega en capas, donde cada paso obliga a detener la mirada y prolonga, sin magia alguna, la duración del recorrido.


Y al final, el Pasaje Pan no se recorre: se vive, se pierde y se vuelve a encontrar, como si cada paso dejara una huella en la memoria de la ciudad. Tal vez por eso no termina en sus salidas, sino en la sensación de haber atravesado algo más que un edificio: un pequeño universo escondido entre calles. Porque más que un pasaje, es una forma de detener el tiempo sin que el tiempo lo sepa, y al salir, la ciudad es la misma, pero la mirada ya no lo es del todo.

Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen


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