EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Fotografías de autor
jueves, 15 de octubre de 2026
©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Historia de un muerto" - Del escritor: Marcelo Colussi - Guatemala -
ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en..
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
_______________
Fue por la
avenida Ayacucho. Eran alrededor de las seis de la tarde, la hora en que
sale todo el mundo de sus trabajos. La
calle era un río torrentoso de gente por lo que, en un primer momento, nadie se dio cuenta que había
sido él. Se escuchó el disparo –luego se
supo que era un policía privado repeliendo un atraco en una agencia de
seguros– pero nadie pudo precisar más
detalles. La bala perdida le dio en la cabeza.
En un momento
la ambulancia ya estaba recogiéndolo. Los curiosos agolpados en torno al cuerpo ensangrentado molestaron un poco a
los paramédicos aunque, muy profesionales, en cuestión de segundos lograron
cargarlo. Inmediatamente, a las pocas cuadras
de comenzar el recorrido, lo dijeron sin temor a equivocarse: estaba
muerto. El balazo le había destrozado el
cerebro. Ya no valía la pena seguir con la sirena activada. Al día siguiente lo estaban recogiendo en la
morgue municipal. Viendo que no regresaba a su casa a la hora habitual –era
sumamente puntual, rutinario– la familia se inquietó y comenzó las averiguaciones del caso. En
poco tiempo pudieron localizarlo. La esposa
y el hijo mayor –doce años– fueron a retirar el cuerpo. La hija menor
esperó con unos familiares mientras se
cumplían todos los trámites.
Julián se
alegró mucho cuando reconoció las voces de su mujer y de su hijo. Quería hablarles, quería decirles todo lo que los
quería… pero no le salía una palabra. Viendo
que no logra comunicarse así, trató de moverse… pero el cuerpo no le
respondía. No entendía qué pasaba.
Recién ahora comenzaba a salir del aturdimiento y se había sorprendido –y
asustado– al verse en medio de todos esos cadáveres. Sentía un poco de frío en esa cámara congelada. No entendía
bien qué había pasado. Recordaba vagamente la calle llena de gente por donde
caminaba y, de pronto, un dolor en la cabeza. Después: más nada. Y esta cámara fría de ahora…
Cuando lo
preparaban para su velorio sintió una gran impotencia y mucha ira. Quería decirles que no lo hicieran, que lo dejaran levantarse
y salir. Quería agitar los brazos,
gritar, mover las piernas, pero no podía. Le pareció, en un momento, que
podía levantar una ceja. Se puso
contento cuando creyó notar que eso le era posible. Pero evidentemente no lo
era, pues nadie respondía a su gesto. Contra su pesar tuvo que aceptar
sombrío la situación: estaba
muerto.
Pero ¿cómo era
posible? Si él no había hecho nunca mal a nadie, si todavía se sentía una persona muy joven –tenía 38 años–, si jamás
había dado que hablar con conductas reprobables…. Sí era casi un modelo de
perfección como padre, como empleado, como
hijo, como ciudadano (bueno, recordó que una vez se había atrasado dos
meses en el pago de la tarjeta de
crédito, ¡pero luego se puso al día, por supuesto!)… si todo eso era así: ¿cómo esta injusticia ahora? ¿Por qué
morirse por culpa de una bala perdida con la
que nada tenía que ver?
Quiso enterarse
de más detalles, por lo que aguzó el oído cuando alguien –parece que era su primo, el gordo, ese con el que iba a
pescar cuando adolescente– contaba los
pormenores de su muerte. No había muchas vueltas que darle al asunto:
una bala perdida le había destrozado la cabeza y estaba muerto, bien muerto.
Mañana iba a ser el entierro.
Recordó eso que
había visto en la televisión la vez pasada, ese estado raro, medio anormal por el que una persona parece muerta pero no
lo está. No tenía presente el nombre, y
tampoco podía preguntarle a nadie. O, por más que intentara hacerlo,
nadie le respondía. Le venía en mente la palabra "cataplasma", aunque
sabía que no era esa. "Cata… cata…
¡Cataclismo!", se dijo emocionado. Pero no era así. Además de la angustia
de la situación, se le sumaba ahora la que le producía no poder recordar la palabra.
De todos modos, enseguida dejó eso. No
importaba el nombre. Debía ser esa cosa de nombre raro, ese estado extraño,
pensó, sin importar cómo se llamara. Y según había visto en la televisión, la gente que sufría ese estado,
después de un rato, unas horas, despertaba.
"Y… ¿si lo enterraban vivo?", se preguntó consternado.
Al velorio
llegó una regular cantidad de gente. Pocos lo lloraron con convicción: su esposa, sus dos hijos, sus tres hermanos. La
mayoría repetía las consabidas frases de
ocasión, las mismas que él decía cuando iba a otros velorios. Lo que no
podía entender es cómo era eso de
sentirse vivo sabiendo que estaba muerto. Aunque, "¡no, no estaba muerto!", se decía para sí. "Si
tengo plena conciencia de todo lo que está pasando… ¿O así será estar muerto?"
Pensó con honda
consternación que si eso era estar muerto… era horrible. No podía decir ahora: "entonces: mejor
muerto", porque efectivamente, estaba muerto. Se había imaginado la muerte de otra manera. No era un
tema que le preocupara especialmente, pero tenía otra idea del asunto. Las
pocas veces que le dedicaba algún tiempo a
pensar esto, esperaba que la muerte lo encontrara en una cama, sin
sufrimientos, descansando. Era, según creía, un sueño largo del que uno ya no
despierta más. ¡Pero nunca hubiera
imaginado que podía sobrevenirle en plena calle y en un horario pico,
rodeado de gente desconocida, entre los
gritos de la muchedumbre y el ruido del tráfico! No, no era eso lo que deseaba…
"Pero,
claro… las cosas no son siempre como uno las desea", reflexionaba con
amargura. "¿Y qué pasará luego, cuando cierren la tapa del ataúd?".
Eso lo tenía desesperado. "¿La
noche eterna?... Pero, si yo puedo pensar aún… ¿Qué voy a hacer todo el
tiempo aquí, encerrado, con las manos
cruzadas sobre el pecho sin poder moverme pero pensando y sintiendo todo?...
¡Es un espanto!"
Recordaba haber
visto que la gente que sufría de esos raros estados que ahora no podía recordar cómo se llamaban –"cata….
cata…. ¡catapulta!... No, no era catapulta… ¿Pero cómo era?"–, bueno, recordaba que a
veces, inmóviles como estaban en su féretro, antes que los enterraran daban a entender que
seguían vivos… llorando. Así vio una vez en
un documental por televisión.
Decidió llorar
entonces. Pero no podía. Primero, no le salían lágrimas. Y, además, no tenía ningún motivo que lo hiciera sentirse
con ganas de llorar. Lo que le estaba sucediendo más bien le producía terror.
Pero no tristeza.
Intentó
serenarse y pensar en cosas tristes de su vida, a ver si de esa manera
lograba llorar. Pensó en la muerte de sus
padres. Esos habían sido momentos feos; recordaba que en ambos casos había llorado. No mucho,
pero sí lo suficiente para que nadie dijera
que no quería a sus progenitores. Con su madre lloró un poco más; la
quería mucho, sin dudas. Pero ahora, al
evocar aquel momento, no le venían las lágrimas. Pensó en otras circunstancias tristes ... .pero nada: las
lágrimas no venían.
Cuando comenzó
a escuchar las palabras del cura diciendo el responso, se desesperó. "¡¿Pero cómo nadie se da cuenta de que no
estoy muerto?!... ¿O así es estar muerto?" Julián no sabía cuál de las dos
cosas lo trastornaba más. Pensó que sería terrible pasar toda su vida así, en un cajón… bueno, hasta le
resultaba cómico descubrirse pensando eso. Si
era un difunto, lo que le tocaba de ahora en más no era "seguir
pasando la vida". Era ¡hacer de
muerto!
Pero nunca se
imaginó que los muertos pensaban, sentían, podían tener todas las sensaciones
que él ahora experimentaba.
"La vida
será una porquería… pero es más lindo que estar muerto", se dijo con
aflicción. "¿Qué hacer entonces? ¿Resignarse?"
La tapa fue
colocada entre el llanto de los más allegados. Al menos antes Julián podía ver y escuchar a la gente; ahora no. Eso le
llamó poderosamente la atención: si tenía los
ojos cerrados, ¿cómo era posible que viera a los asistentes a su
velorio? Porque de ello no le quedaban
dudas: ¡estaba viendo a las personas! Ahí estaba su hijita Viviana, de ocho años, con el vestido azul que le habían
comprado hacía no más de un mes. Y su
hijo Omar, con muchos granitos en la cara –cosa que al jovencito lo
tenía sumamente preocupado y sobre lo
cual Julián le hablaba siempre diciéndole que eso ya le iba a pasar, que no era
nada grave–. Ahí lo podía ver perfectamente, no era una alucinación. Cada vez entendía menos la situación.
Ahora, cerrado
ya el féretro, no podía ver nada; e incluso escuchaba con mucha dificultad. Lo
incomodaron los barquinazos cuando el ataúd era trasladado. "¡Esto no es
vida!", se permitió bromear. Tuvo, por otro lado, la sensación de que
sonreía por la humorada. Pero no podía compartir el chiste con nadie, lo cual
lo afligió. "¿Le crecería la barba
ahora?", siguió cavilando. Algo inexplicable lo forzaba a reírse de
la situación. No podía ser cierto todo eso que estaba atravesando. "¿Cómo
voy a estar muerto si estoy pensando estas cosas? Los muertos no piensan,
¿verdad? No, no…no estoy muerto. Esto es
todo un chiste que me están haciendo".
Las paladas de
tierra que iban tapando el cajón lo convencieron de que allí no se trataba
de ningún chiste. Por otro lado, si
fuera un chiste…no entendía cómo podría ser posible. ¿Quién iba a estar haciéndole un chiste de
esa naturaleza?
Muy a lo lejos
escuchó los últimos llantos de sus familiares directos. Escuchó la voz de su hija que lo llamaba desconsoladamente. Y
eso lo paralizó. Nunca en su vida había
sentido tantas ganas de gritar. Ahora lo intentaba con desesperación,
pero la voz no salía. "¡Aquí estoy, Vivianita del alma! Hija mía: no estoy
muerto, no. Hay un error. Diles a todos
que me saquen. ¡No estoy muerto!" Sintió que todos iban retirándose. Le
pareció escuchar, incluso, muy a lo lejos, motores de automóviles que se ponían
en marcha y se alejaban.
"¿Y qué
hacer ahora?"
La sensación
que tuvo fue horrible, espantosa. Si lo que le estaba pasando era un
ataque de esa enfermedad
–"¡catalepsia!", por fin la recordó– ¿cuándo despertaría? Y
cuando despertara, ¿qué haría? ¿Cómo
salir de ahí?
Perdió la
noción del tiempo. No podría decir cuánto pasó encerrado en el cajón, y mucho
menos de qué manera había sucedido, lo cierto es que en algún momento se
encontró en un lugar conocido. No lo podía creer, no era posible. Enseguida
reconoció el sitio: ¡estaba en su
barrio!
No le importó
mucho saber los porqués. Lo primero –¡y único!– que pensó fue en cómo llegar a su casa. No estaba nada lejos, sólo
un par de calles. Encontró todo igual, y sin
pensarlo dos veces, caminó apresuradamente. En realidad, no era caminar;
era una carrera atropellada, aparatosa. Pero algo sentía que estaba mal: sus
pasos no hacían ruido. Se detuvo un
momento en su alocada marcha y miró sus pies. Llevaba puestos los mismos
zapatos que aquel día en que había recibido el balazo fatal.
No entendía
bien qué sucedía. ¿Por qué no hacía ruido? ¿Qué estaba pasando? Luego de un pequeño instante de cavilación, siguió su
loca carrera. A los pocos metros se encontró con un vecino conocido de años,
don Ricardo, que venía caminando. Quiso ver cuál era la reacción de este buen hombre, anciano
ya, a quien había visto en su funeral. Pensó también que el pobre se podría
morir de un paro cardíaco al verlo vivo nuevamente, pero después de todo no era tan fea la
muerte, porque él ya la había conocido, y en
realidad, más allá de la soledad, no se sufría tanto.
Se acercó hasta
el buen hombre y lo saludó efusivamente. "¡Hola, don Ricardo! ¿Se
acuerda de mí todavía?" El
interpelado siguió su marcha cansina sin prestarle la más mínima atención.
"¡Eh, don Ricardo. Soy Julián, su vecino. ¿No se acuerda? ¡El que se murió
de una bala perdida en la cabeza!".
Don Ricardo continuó inmutable. Le pareció verlo más avejentado. ¿Cuánto tiempo habría transcurrido
desde su muerte? El envejecimiento del
vecino lo asustó. "¿Habrán sido varios años?"
Siguió su
marcha. Le quedaba como argumento pensar que don Ricardo, muy avejentado,
estaba ya muy sordo, deteriorado por la edad, con demencia senil quizá, y por
eso no lo reconocía. De todos modos
ahora no continuó corriendo. Iba caminando con tranquilidad observando
atentamente cada detalle del sector. Era una sensación grata. No recordaba
haber caminado por su barrio anteriormente de esa manera, disfrutando cada cosa, cada esquina, cada casa que veía, cada
árbol. El corazón le palpitaba, lo cual lo
hizo sentir vivo, bien vivo. Había llegado frente a la puerta de su
casa. Se detuvo un momento. Había muchos
detalles cambiados. Eso le hizo suponer que había pasado ya un tiempo
considerable desde su entierro. El frente de la casa tenía otro color ahora, y las cortinas de la cocina que
alcanzaba a ver eran nuevas. Así estuvo
por espacio de unos minutos, pensando qué iba a decirle a su familia. ¿Lo reconocerían? ¿Se morirían de miedo al verlo
nuevamente? ¿Cómo reaccionarían? Además de preocupado, estaba contento. Muy
contento, rebosante de alegría. ¡Estaba
volviendo a su casa! ¡Ya no estaba muerto! ¡Ahora sí se iba a terminar
el equívoco! Aunque todos los cambios que
veía le hicieron pensar en un mal presagio. "¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Y si ya no me
recuerdan?"
De pronto vio
salir a su esposa. Bueno… su ex esposa. "¿Cómo tendría que decirle: esposa
o ex esposa?" Poco importaba eso. Lo cierto es que ahí estaba Marta, bonita
como siempre.
Pero su
sorpresa fue mayúscula. Casi muere de la impresión –por decirlo de alguna
manera– cuando vio que ella estaba embarazada. "¿Será mío?"
Inmediatamente recordó
que antes de
recibir el balazo en la cabeza aquella tarde, Marta nunca le había hablado de un nuevo embarazo. O podría ser que no se
lo había querido contar aún y le iba a dar
una sorpresa…. Claro, eso tenía que ser. ¡Una sorpresa! Le iba a dar una
sorpresa y la muerte lo sorprendió
antes… Eso era. "¿O sería de otro?..."
Julián se quedó
sin palabras. Vio cómo ella salía lentamente de la casa, algo más avejentada, y
caminaba con la misma parsimonia de siempre. La miró alejarse. Quería
decirle algo pero no podía. Además, ella
había pasado a no más de dos metros de donde él estaba parado y no le había dirigido
la palabra. ¿Sería posible que no lo hubiera visto? ¡No, no, eso es imposible! "¿No me habrá
querido saludar? Pero… ¿por qué?" Cuando Marta se alejaba, Julián la
llamó. Sintió que pronunciaba su nombre claramente, pero no escuchó su propia voz. ¿Cómo era
posible eso? Insistió. Gritó. Gritó con todas
sus fuerzas. Pero nada… No se escuchaban sus gritos. Justo en ese
momento pasaba por la acera una vecina
de años: doña Leonor (también recordaba que había estado en su funeral). En forma precipitada, aún sabiendo
que la pobre mujer podría no entender nada, sorprenderse de verlo de nuevo ahí
parado frente a la puerta de su casa, aún a riesgo de todo eso decidió hacerla participar en la
escena. Acaloradamente, casi gritando, se
dirigió a la mujer: "¡¡Doña Leonor, no se asuste: soy yo, Julián!!
Ya le voy a explicar cómo es posible
todo esto, pero ahora, por favor, por diosito lindo, ¡¡llámela a Marta!! Por favor, doña Leonor: dígale que
volví".
Pero doña
Leonor siguió caminando ajena a todo.
"¡Doña
Leonor! ¿No me escucha? ¿No me ve, doña Leonor? Soy yo, ¡Julián!" La mujer
siguió su camino imperturbable y dobló la esquina.
A Julián lo
ganó la desazón, la desesperanza. No entendía lo que estaba sucediendo. "Pero, ¿estoy muerto o no? ¿Esto es
estar muerto? O sea que uno puede hablar, pensar, sentir, ver y escuchar a los
demás… pero nadie puede verlo ni escucharlo a uno.
¡Qué cosa tan
rara esto de estar muerto! Yo pensaba que era distinto: que uno se quedaba
dormido para siempre, ya no sentía nada…"
Estaba
atormentado con todas sus cavilaciones. En realidad no sabía bien qué hacer,
si valía la pena seguir insistiendo con
los vivos, llamarlos, intentar presentarse ante ellos. Empezaba ya a resignarse a que su actual
existencia era eso: un estar sin estar, cuando
de pronto le pareció ver venir a su hija Viviana. Estaba irreconocible:
era ya una muchachita y no la niña que él había dejado cuando murió.
"¡Cómo nos cambia la vida!...
Bueno, pero más aún la muerte, ¿no?", reflexionaba con amargura.
Viviana no
venía sola; iba con su tío, el hermano menor de Julián. A una prudente
distancia él los observaba. No se decidía aún a presentarse ante ellos a ver
qué pasaba esta vez, cuando por la misma
acera, pero en sentido contrario, venía caminando Marta. Seguramente había ido
de compras. Traía un par de bolsas repletas con productos del mercado, ante lo
cual el hermano menor de Julián, Luis –"Luisito, para todos… ¡Cuántos recuerdos!..."– solícito salió hacia
ella. Se saludaron con un beso en la boca, beso que no podía ser de cuñados.
Julián quedó
estupefacto. No lo podía procesar. "¿Eran pareja entonces? Pero, ¿ese
embarazo?... ¿Será de Luisito?" Por varios minutos quedó atontado. En ese
instante, tanto Marta como Luis y Viviana
entraron en la casa. Julián quedó en la puerta, parado, trastabillando por la
emoción de lo visto.
Un momento
después vio llegar a su hijo, Omar, todo un muchachón ya. Venía en bicicleta.
La incipiente barba se le dibujaba en el rostro serio, ya sin granitos. Sin
pensarlo dos veces Julián corrió hacia
él y lo tomó de un brazo mientras le gritaba desesperadamente: "¡Hijo,
hijito mío! ¡Soy yo: tu padre! ¿No me escuchas?" Omar sintió algo en
el brazo, y con un rápido movimiento de
su mano izquierda pareció espantar algún insecto.
Eso fue todo.
No contestó a los gritos de su padre. No vio nada, no sintió más nada en
el brazo. Tomó la bicicleta y entró en
la casa.
Desconsolado,
Julián ni siquiera quiso llamar a la puerta. ¿Para qué? Así permaneció un buen rato. Lo desesperaba, además de todo lo
que acababa de ver, pensar en su futuro.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Dónde dirigirse? No existía, nadie lo
reconocía… ¿Volver al cajón? Pero…
¿cómo? Ni siquiera sabía cómo había salido de ahí, cómo había llegado hasta su viejo barrio.
Con una congoja
que lo hacía sentir que se moría –bueno, es una forma de decir–, sin saber por qué, optó por tocar el timbre de la
que había sido su casa. Un instante después
salió a la puerta su hermano Luis. Julián no cabía en sí de la alegría.
Corrió hacia él, lo abrazó, quiso
besarlo, todo envuelto en expresiones de alegría. "¡Luisito, Luisito
querido! ¡Al final me escuchan! Hace una hora que estoy llamándolos,
gritándoles, y nadie me contesta.
¡Volví, Luis! ¡Volví!" Pero Luis lo único que dijo, contestando a
Marta que desde dentro de la casa le
pregunta quién tocaba, fue, no sin cierto desagrado: "nadie".
Julián no salía
de su asombro. Pero… si habían escuchado el timbre, ¿cómo era posible? Insistió. Ahora tocó con más vehemencia,
varias veces seguidas. Luis salió con cara de
pocos amigos, miró hacia todos lados, y no viendo a nadie, malhumorado
cerró dando un portazo.
"¿No
existo entonces? ¿Y el timbre?... ¿Cómo es posible?"
Nadie sabe con
exactitud cómo fue tejiéndose el mito popular. Hoy, incluso, hay varios estudios antropológicos sobre el asunto. La
habladuría repite siempre lo mismo: que a
cualquier hora, cualquier día de la semana, también por las noches,
tocan desaforadamente el timbre de cualquier casa, y nunca hay nadie cuando los
moradores salen a contestar. Hubo quienes se tomaron la molestia de dejar
cámaras de video filmando por un buen
tiempo, y hasta desde la universidad vinieron a hacer esa investigación. Pero
quedó claro que no son travesuras infantiles. De hecho, a todos los niños del
vecindario se les tiene terminantemente prohibido tocar los timbres. Cuenta la historia que Viviana, la solterona loca del barrio, una vez tuvo una sorpresa
tan grande cuando abrió la puerta a la que
habían llamado que prácticamente nunca más quiso salir de su casa, y ahí
envejeció, solitaria, casi sin volver a
hablar nunca más con nadie. Y si escucha tocar el timbre, entra en pánico.
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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Corrección literaria: Isa Santoro
Maquetación y Edición: Laura Jakulis

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miércoles, 14 de octubre de 2026
OLVIDO. Luisa Amador Robayna

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martes, 13 de octubre de 2026
Emilio hoy nos trae algo de . . .
EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Presenta:
"Mis Héroes y Heroínas Literarios"
IDEA Y CREACIÓN:
Emilio Bertero
________
"Amantes y alquimistas" (2024)
Ginés González García
Médico, profesor, político y escritor argentino
(1945 - 2024)
“Amantes y alquimistas” no
pareciera ser la primera y única novela que escribió Ginés González García,
porque cualquier lector desavisado, tranquilamente podría pensar que el autor
lleva un largo recorrido anterior como escritor de ficción. En efecto, se trata
de una obra en la que se encuentra el oficio de un relator experimentado, un
texto que escurre con fluidez, un buen manejo de ritmos, gran seguimiento de
imágenes y lenguaje perfectamente adecuado a cada circunstancia.
En cuanto a lo argumental, hay
una idea interesante que Ginés plasma sabiamente, con elementos que traen reminiscencias
de la literatura gauchesca y, se me ocurrieron, toques de realismo mágico. Muy
presentes la historia y geografía argentina, el campo de la primera mitad del
siglo XIX y sus personajes, criollos pobres y hacendados mandamases, el
gobierno de Rosas, la guerra de la Triple Alianza que se avecinaba, los indios
cada vez más alejados de sus tierras…
Y así, entre pulperías, cañas
quemadas, vacas ajenas y duelos a cuchillo, emergen Hilario y María,
protagonistas de un amor tan apasionado como peligroso, maravillas de paisano y
china escapados del molde típico, flotando entre el calor que los imanta, el
riesgo que los amenaza y la increíble atracción por la alquimia descubierta
entre arcanos papeles descubiertos por Hilario en un recoveco de la iglesia,
ocultos ahí, pensé, por alguna especie de un vernáculo Melquíades de García
Márquez.
No solo los escenarios de los
alrededores de San Nicolás, ciudad natal de Ginés, y la época, son marco de la
la historia, sino también, y muy logrados, personajes laterales (y no tanto),
como Carlo, hijo de rico padre estanciero (pretendiente despechado y violento),
el papá maestro de María, y Mimbí, su abuela curandera, sus hermanas mellizas y
los dos amigos incondicionales de Hilario, el uno un joven puestero, el otro el
perro Tragavientos. Y no le faltan episodios notables enriqueciendo la novela,
como las charlas entre Mimbí y su nieta, un torero en decadencia en una
improbable corrida de toros, el memorable encuentro de Hilario con Rosas o el
que tiene con un joven indio más allá del último fuerte, y que más adelante
contribuiría a la resolución final.
Con un relato en tercera persona,
Ginés González García lleva adelante una trama cuya intensidad crece conforme
crece el amor y el deseo entre Hilario y María, su tierna explosión, y la
violencia latente que ello instala, hasta unas últimas páginas que se leen con
la ansiedad que supo crear el autor, en las que se desata el nudo dramático y
el desenlace se precipita.
Dijo Jorge Asís: “Este texto
capta la tensión emocional de la mitología cinematográfica del Leonardo Favio
de Aniceto o, acaso, de Juan Moreira. La persistencia natural de la belleza es
aquí un acto mecánico. El lenguaje se funde con la geografía, mientras la
dinámica de la acción captura al lector… Leer Amantes & Alquimistas deriva
en una aventura pasional”.
Ginés González García es sanitarista y profesor
universitario. Nacido en San Nicolás de los Arroyos, su destino de vida lo hizo
ávido lector y apasionado hincha de Racing. Es médico cirujano (Universidad
Nacional de Córdoba), diplomado en Salud Pública (Universidad de Buenos Aires),
máster en Economía y Gestión de la Salud (Isalud y Universidad Nacional de
Lomas de Zamora) y Doctor Honoris Causa (Universidades de Córdoba, Buenos Aires
y Morón). Fue ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires (1988-1991) y
de la Nación (2002-2003, 2003-2007 y 2019-2021) y embajador de la República
Argentina en Chile (2007-2015). Fundó en 1991 la Universidad Isalud, y es autor
de artículos académicos y libros, entre otros: “Remedios políticos para los
medicamentos” (1994), “Más salud por el mismo dinero” (1997), “Salud para los
argentinos” (2004), “Medicamentos: salud, política y economía” (2005) y “Médicos:
la salud de una profesión” (2012).

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lunes, 12 de octubre de 2026
Hugo Filmore Fotografía -
CC.Borgess - Art Festival Bodypainting -
Make Up Artist Lucia Nos Model Ana Dolyenko

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La Barra Brava - Ricky Kimmich

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©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "El puerperio" de la Escritora y Periodista Sandra Russo-
Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
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CUENTOS Y RELATOS
Presenta:
a. . .
SANDRA RUSSO
Escritora, Periodista y Docente
en..
"El Puerperio"
CUENTO PERTENECIENTE A SU LIBRO:
- Ventidós Cuentos -
- Cortos y Ligeros -
Biografía: Sandra Russo
Es periodista, docente y escritora. En periodismo, se inició en la última dictadura en las revistas El Expreso Imaginario y Humor Registrado. Desde 1987 es parte del diario Página/12, donde fue editora de Sociedad y Cultura y Espectáculos, además de dirigir los primeros cinco años del suplemento Las/12. Trabajó en radio (Nacional, Del Plata, Belgrano, Splendid, Mitre, AM 530). En televisión integró el equipo de 678 durante los siete años de emisión. Algunos de sus libros son La Presidenta, historia de una vida (Sudamericana), Jallalla, Milagro Sala (Colihue), Lo femenino (Debate), La reinvención del amor (Debate), 22 cuentos cortos y ligeros (Sudamericana) y varias ediciones de compilación de Contratapas de Página/12.
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"El Puerperio"
SANDRA RUSSO
Yo ya estaba entrando en el quinto mes de embarazo. El tiempo había pasado a una velocidad extraordinaria desde que lo había conocido a Ignacio. Para empezar, y esto nunca nadie me lo termina de creer del todo, o creen que es una manera de decir, decidimos tener un hijo en la primera cita, que había sido en un bodegón maltrecho de San Telmo. Hacía un par de meses que nos mirábamos fuerte cada vez que nos cruzábamos en la agencia. No era muy seguido, porque yo era redactora full time y él fotógrafo free lance. Yo sabía que él estaba en pareja. Yo estaba sola. Y estaba bien sola, pero a quién no le gusta enamorarse. A lo mejor eso que nadie me cree fue precisamente el único y gran motivo por el que nos atrajimos. Fue la mayor sincronía de mi vida. Estar en el momento y en el lugar justo en el que nuestros dos universos se cruzaban y la explosión vital daba lugar a un tercer universo, que sería ése en el que nacería nuestro hijo.
(No creo en el instinto maternal. Aclaro por
si parece que estoy arrancando por ahí. Pero no me queda más remedio que creer
en el potente, intenso, visceral deseo de tener un hijo, ya sea hombre o mujer.
De ahí estoy arrancando).
Después de ese mes de miradas intensas,
Ignacio un día me invitó a cenar. Incluso ahora que lo escribo se hacen
evidentes las miles de posibilidades que abría esa invitación. Una trampa, un
chamuyo, un telo. Una relación entrecortada y llena de reproches y presiones.
Un típico enamoramiento mío y la resistencia de él. Un atípico enamoramiento
suyo y mi resistencia. Un encuentro agradable del que los dos nos retiráramos
sin consecuencias. En fin, se me ocurren unas cuantas más. Pero en ese momento,
cuando Ignacio me invitó a cenar, aun sabiendo que él no estaba disponible, yo
lo tomé como el principio de una etapa trascendente de mi vida. Sería madre. No llegué a decírmelo a mí misma con
esas palabras, no es que me pasé delineador mirándome al espejo en el baño de
la agencia y preparándome para convencer a un hombre de tener un hijo. Yo ya
había estado embarazada y había abortado. Me había resultado inconcebible aquel
embarazo diez años antes. Pero esa noche, mientras me pasaba el delineador en
el baño de la agencia, me miré en el espejo y tuve un presentimiento. Como si
hubiera visto en mi propia imagen otra imagen que estaba llegando y
superponiéndose. Esos pálpitos.
Es difícil de explicar, porque estas
situaciones están casi siempre metidas en los fórceps de la mayoría de las
historias conyugales. Las historias típicas. Pero hay otras. Yo tenía treinta y
seis años, Ignacio también. Algo de lo que llaman reloj biológico había. Cuando
esa noche salimos de la agencia y caminamos esas cuadras oscuras hasta el
bodegón, todo empezó a fluir de un modo extraordinario. Quizá, como simplifica
misóginamente Shopenhauer, fuera la especie la que estaba haciendo el trabajo
por nosotros. Algo aceitaba, facilitaba ese contacto entre un hombre y una
mujer que además de haberse mirado con ganas unos meses, en total hasta
entonces habrían cambiado no más de ochenta palabras.
Cuando llegamos al bodegón, su pareja había
dejado de ser un problema. No era ya una pareja sino dos personas que habían
decidido separarse unos meses antes y estaban viendo juntas cómo resolver el
tema de la mudanza de ella. Fue lo primero que me dijo, Ignacio eligió el tema
apenas empezamos a caminar. Yo escuchaba, en trance. No escuchaba solamente la
información que él me estaba dando, sino mi presentimiento. O sea que, ya
entonces, apenas a una cuadra y media de la agencia, a mitad de camino hasta el
bodegón, yo lo que escuché era que esa cena era importante. Y eso hizo que,
instantáneamente, yo confirmara casi esotéricamente mi percepción de que
aquella noche íbamos a hablar desde un lugar de nosotros que se abriría apenas
nos sentáramos y pidiéramos los canelones que después él comió y yo no.
-Hace como un año que todo está terminado. Me quedo con las ganas de tener un hijo –me dijo en un momento.
-Yo quiero tener un hijo –le dije –. Con pareja, sin pareja, como sea, yo quiero –le contesté (yo no era así. No digo ese tipo de cosas. No soy tan excéntrica. Me estaba pasando algo muy raro).
El soltó los
cubiertos, alzó la mirada y me buscó los ojos que, un poco abochornada por lo
que había dicho, yo hundía sin tentarme en el plato desbordado de tuco y salsa
blanca. Nos miramos sin hablar, dejando que creciera el batifondo del bodegón,
salpicado de voces alcoholizadas que terminaban en carcajadas. Me buscó la mano
por encima de la mesa. Ese fue el primer roce físico que hubo entre nosotros:
los dedos de su mano izquierda acariciando mis dedos de la mano derecha, que yo
dejé apoyada sobre la mesa, ligeramente extendida hacia él, en un camino que se
abría entre el sifón y los vasos.
-Tengámoslo –me dijo. Yo lo miré. No se reía. Yo no me reí. Nos miramos bastante, como si mientras tanto miles de dispositivos internos se hubieran puesto en funcionamiento reelaborando la vida de cada uno y poniéndola a tiro de esa situación generada de pronto.
-Sí, tengámoslo –le dije y alejé de mí, con la mano que él me había acariciado, el plato de canelones. Tenía el estómago cerrado. El amor es así: yo lo veía a él comer con avidez, lo veía después pasar el pan por el plato, y pensé que íbamos a complementarnos perfectamente en la aventura vital que teníamos por delante.
Al mes siguiente ya estábamos viviendo
juntos en mi departamento de San Cristóbal –tres pisos por escalera – y cuatro
meses más tarde estaba embarazada. Estábamos contentos. Todo era novedoso: la
pareja, el embarazo, nuestros amigos en común, nuestros ritos, que empezaban a
escribirse sobre un papel en blanco. Queríamos estar como estábamos,
desbordados, todavía un poco desconocidos, con los pocos muebles que había
traído entorpeciendo el paso entre el living y el dormitorio, deslumbrados por
ese ser que iba creciendo en mí y para quien teníamos la mejor de las
intenciones. Vivíamos muy apretados en
ese dos ambientes minúsculo, el más feo que ocupé en mi vida y uno de los
lugares en los que, dios mío, fui más feliz. Decidimos mudarnos a un lugar con
más luz y un cuarto más. Mi papá iba a ayudar con algunos ahorros.
Yo estaba entrando en el quinto mes cuando
llegamos al PH de Boedo. Uno de esos clásicos PH de Buenos Aires con una puerta
antigua y alta para la PB con el patio, y una puerta idéntica al lado con la
escalera para subir al del primer piso, que tenía terraza. Esa era la que
estaba en venta y muy barata. Hicimos una obra sencilla. Tiramos muchas paredes
y al final quedó una casa preciosa, con un hogar a leña, con cuartos enormes
pero sin ventanas y el clásico pasillo vidriado que llevaba a la terraza
pintado de amarillo huevo.
Cuando terminó la obra, ya estábamos a días
de mudarnos cuando, en San Cristóbal
todavía, me desperté una mañana con sangre entre las piernas. Se me había
desprendido la placenta y el bebé nació de apuro, al octavo mes. Mientras yo
estaba internada por la cesárea, su familia y la mía –nuestras madres –
hicieron la mudanza. Nunca más abandonaron el fastidio que les había provocado
primero la unión de hecho tan repentina, después el embarazo fulminante,
coronado por el nacimiento prematuro que las puso a limpiar placares, espejos,
restos de obra, canillas y azulejos.
Volvimos a casa seis días después del
nacimiento de Nino, con él en brazos. A pesar de ser prematuro había nacido con
buen peso y no pasó por la incubadora. Pero llegar al PH de Boedo siendo madre,
sin haber hecho ninguna transición entre una casa y la otra, recordándome con
panza al salir del departamento de San Cristóbal y viéndome gorda y fea cuando
entré al de Boedo, sin saber preparar correctamente ni una mamadera, con las
tetas todavía secas de leche por lo anticipado del parto, con un compañero al
que yo amaba mucho pero intuitivamente, porque ni siquiera habíamos tenido tiempo
de contarnos historias del secundario ni conocer ni a tías ni a primos ni a
amigos de la infancia, algo tronó.
Me debo haber tronado yo. Nino no durmió una
noche entera durante todo su primer año. Era un bebé delicioso, cuyo olor me
parecía el perfume más exquisito. Era vivaz y muy activo, literalmente, las
veinticuatro horas del día. No dormía seguido más que un rato, justo el que yo
tardaba en dormirme. A veces el que se levantaba era Ignacio, pero no
alcanzaba, no me alcanzaba ni para volver a conciliar el sueño hasta la próxima
despertada de Nino. En aquella época en el PH de abajo vivía una pareja de
mujeres que llevaba una vida tranquila. El único escándalo circunstancial eran
cada tanto los reproches a los gritos del hijo de una de ellas, que se negaba
terminantemente a tener una madre lesbiana. Yo me tapaba los oídos, porque me
parecía que no tenía que estar escuchando esas intimidades, pero todo lo que se
hablaba en el patio de abajo se infiltraba como un rumor por los ventanales
restaurados de mi pasillo.
Pero cuando Nino cumplió tres meses, a esa
pareja de mujeres tranquilas se le terminó el contrato. Para mi desgracia, para
mi azoramiento y para mi insomnio perenne, ocupó el PH de abajo una banda de
hard rock. Eran pibes agradables, seguramente en otro contexto me hubiesen
caído muy bien. Pero cuando ensayaban, a pesar de que habían tapizado las
paredes del cuarto de debajo de mi dormitorio con cajas de huevos –y hasta me
llevaron a verlo en una especie de visita guiada - , uno sentía que los
músculos de la cara y de las piernas se movían solos, que todo temblaba, que
había que ir a protegerse debajo de los marcos de las puertas. Los veladores se
caían de las mesas de luz, los cuadros de las paredes se deslizaban hacia sus
costados izquierdos, y la vibración del bajo hacía rechinar los dientes. Nino
aullaba en su cuna. Yo desesperaba. Yo, y juro que Nino es el ser que más amo y
amé en toda mi vida, quería hacer abandono del hogar.
Empezamos a tener roces con Ignacio. Era
inevitable. Mi humor era insufrible. No dormir te pone mala. Yo le gritaba a
Ignacio, le gritaba a Nino y después abría las ventanas del pasillo y les
gritaba a los pibes que se dejaran de romper las pelotas con semejante
estruendo a esa hora de la tarde. Me salía la voz de Linda Blair en El
Exorcista. Estaba fuera de mí. Supongo que el puerperio me jugó una mala
pasada, y encima yo no tenía la menor idea de qué era el puerperio. Me enteré
después, cuando ya las cosas eran irreparables.
Los pibes de abajo se llamaban Kiki, Omarcho
y José. Había más, a veces se llenaba la casa de una fauna con mucho cuero y
metal, pero esos tres eran los que vivían allí. Kiki era alto y flaco, estaba
todo vestido de negro pero la campera le quedaba grande y los pantalones le
quedaban cortos. Tenía un aire a Cantinflas. Omarcho era bien clase popular,
jujeño venido de muy chico a José C. Paz, ojos achinados, muy tierno. José era
algo así como el frontman, las minitas que venían siempre le estaban
revoloteando. No era lindo, pero era seguro. Y cantaba mal, pero no le
importaba. Pese a mis gritos, a mis súplicas sollozantes, a mis cadenas de
oración y a las amenazas que algún día descentrado les proferí, Kiki, Omarcho y
José no bajaron nunca el volumen ni se fueron a la mierda a la que yo los debo
haber mandado centenares de veces. El que sí se mudó de pronto, un martes, fue
Ignacio.
Me acuerdo que era un martes porque los
martes llevábamos a Nino a la consulta con el pediatra y ese día Ignacio me
dijo que no podía acompañarnos, que tenía que hacer una nota. Cuando volvimos
con Nino, su placard estaba vacío y había una nota, como las que dejan los
suicidas pero no era éste el caso: “Linda, pensé que podía pero no puedo.
Tenemos un hijo maravilloso pero es lo único maravilloso que tenemos. Hace
meses que ni sabés cómo me llamo, no creo que me extrañes. Yo que vos iría a un
psicólogo. Estás muy alterada. Lo que nos terminó de joder fue este grupito de
acá abajo. Fue mala suerte. Yo también necesito dormir y necesito dejar de
escuchar a estos pibes y también necesito dejar de escuchar tus gritos. A Nino
llorando lo banco. Te llamo y combinamos para que me lo lleve dos o tres noches
por semana para que duermas mejor. Si querés tenemos tenencia compartida. Vas a
ver que todo se va a arreglar, no te pongas loca. Me voy a lo de Germán que me
hace un lugar en el living. Te quiero mucho”.
Sé que puede parecer raro, pero cuando leí
esas líneas se me caían las lágrimas por la emoción de haber encontrado a
Ignacio para esa empresa tan enorme de tener un hijo. Era un gran padre. Y al
mismo tiempo lloraba porque me había dejado sola en esa casa con todo el circo.
Deseé llamarlo y decirle que lo comprendía, pero que viniera él a quedarse ahí
y que nos dejara a mí y al nene el sofá en el living de Germán. Yo creo que
entré en shock. Ver el placard vacío de Ignacio me hizo el efecto de un cóctel
de ansiolíticos. O dicho de otra manera: entré en mi zona zen. La tenía, pero
hacía un par de años que no accedía a ella. De pronto todo se alejó dos o tres
centímetros de mí. La cómoda de algarrobo, la pared del fondo de mi cuarto, el
techo, las ventanas que daban al patio de abajo. Hasta el llanto de Nino se
alejó unos centímetros de mis tímpanos: lo vi en su cuna, berreando, y me dio
una ternura infinita ese bebé que había venido al mundo en una casa en la que
vibraban las paredes, en la que su madre gritaba enloquecida y su padre vaciaba
su placard y nos dejaba una nota tan delicada, pero finalmente de despedida.
Ignacio no había aguantado. ¿Y yo? Yo tampoco aguantaba, ¿y qué? ¿Dónde me iba?
Me daba un poco de pena, y más, hasta algún tipo de desilusión verlo a Ignacio
tan flojo. Yo no sabía qué iba a hacer, pero si todo seguía manteniéndose
algunos centímetros más lejos de mí, si lograba esa mínima distancia del ruido,
quizá podría salir adelante. Mientras tanto había agarrado a Nino y juntos
bajábamos lentamente la escalera y salíamos a la calle y tocábamos el timbre de
la PB de abajo.
Me abrió Kiki. Cuando me vio la cara empapada
de lágrimas y lo vio a Nino dormir tan tranquilo –ahí descubrí que las
escaleras lo dormían –, se apuró a hacerme entrar, me abrazó suavemente
mientras me acarició la cabeza y me dijo, terminante, mientras acercaba un
tambor de la batería:
-Sentate acá. Ya te traigo un vaso de agua.
-Ignacio se fue, nos dejó –le dije ahogada por el llanto.
-Ya, ya. Quedate ahí que te traigo el agua.
Miré el patio, ya sentada con Nino en los
brazos. Miré desde allí abajo las ventanas de mi casa desde las que tan
frecuentemente esos chicos veían salir mi cabeza de Medusa. Vino Omarcho con el
vaso de agua. Era re chiquito visto tan de cerca. Tendría apenas unos veinte,
si llegaba. Me puso el vaso en la boca y me dijo:
-Abrala, madrecita, que necesita agüita para tranquilizarse. Así, muy bien, usted toma el agüita y respira serena. Todo se pone después en su lugar.
Yo lo miré fijo a Omarcho. Me hablaba como si
supiera que todo se había salido de lugar, que el mundo se había alejado dos o
tres centímetros de mí. Yo no estaba segura de querer volver a tener el mundo
más cerca. Así como estaba era más soportable. Podía ver, sin experimentar la
furia en la que había estado atrapada los últimos meses, esa sala de ensayo revestida
con cajas de huevos que quedaba justo debajo de mi dormitorio. Habían pintado
las paredes tapadas por las cajas de un azul muy oscuro, casi negro. La
habitación de cuatro por cuatro parecía una cajita de bombones gigantes. Vi los
instrumentos, los cables, los atriles con papeles, la pequeña tarima donde
estaba el teclado: calculé que justo ahí, arriba, estaba mi cama.
Vino José, se arrodilló al lado de Omarcho.
Me acarició la cabeza y después me hizo un gesto para saber si podía acariciar
la de Nino. Le dije que sí con los ojos, y no sólo lo acarició, sino que
lentamente me lo fue sacando de los brazos y lo cargó él. Lo paseó por el
patio. Le hablaba al oído. Nino emitía quejiditos placenteros mientras seguía
durmiendo. Yo seguí tomando sorbos de agua que me daba Omarcho. Kiki me ataba
los cordones de las zapatillas.
-Es peligroso que bajes las escaleras así –me dijo.
-Cuando quieras volver a subir nosotros te acompañamos, madrecita –dijo Omarcho.
-Y a este chocolatín lo podemos tener con nosotros cuando lo necesites –dijo José.
Quise volver a mi casa una media hora
después, cuando Kiki, Omarcho y José ya me habían prodigado muchos otros
cuidados, como un té de pasionaria que me hicieron y me dieron de tomar con una
cucharita. José se había ocupado todo ese largo rato de Nino. Le estiré los
brazos: vino y me lo dio. El bebé, dormido, me estaba diciendo algo que yo no
podía descifrar. Hay que tener cuidado con lo que uno cree que quieren decirle
los bebés, porque a veces uno escucha lo que quiere escuchar, no lo que quiere
decir el bebé. Pero bueno, ¿cómo saberlo? Yo escuché que Nino me decía que
siguiéramos así, a dos o tres centímetros del mundo, porque se podía dormir y
la gente era más agradable. Los chicos, los tres, nos acompañaron hasta arriba.
-Vamos a poner horarios, quedate tranquila –me dijo José –. Mañana venimos y hacemos una grilla con horarios, así vos sabés cuándo ensayamos y el resto del tiempo relajás. Cumpas –les dijo a Kiki y a Omarcho –, vamos a tener que ordenarnos un poco. Esa preciosura tiene que dormir.
Y eso hicimos. La vida se fue ordenando.
Ignacio reapareció a las dos semanas y arreglamos para que dos o tres noches
por semana Nino durmiera con él. Según me dijo, en la casa de Germán dormía muy
bien. En casa también el sueño volvió, como un manto amoroso que nos volvió a
cubrir. En los horarios en los que los pibes ensayaban, todo seguía moviéndose
y temblando, pero no sólo yo, hasta Nino, parecíamos escuchar ya no un
estruendo insoportable, sino la música que hacían nuestros amigos. Los pibes
subían a casa a cada rato, especialmente José porque le encantaba darle de
comer a Nino su polenta, y de paso él se comía un plato. Omarcho trajo un
charango y lo dejó en casa. Cuando venía, le tocaba a Nino melodías muy suaves que
lo tranquilizaban. Kiki era el encargado de dormirlo cuando Nino estaba en un
día bravo: lo cargaba en brazos y subía y bajaba las escaleras hasta que el
bebé caía en un sueño tan profundo que tiraba hasta la mañana. De alguna forma
atípica, como había sido la llegada al mundo de Nino, el día que nos abandonó
su padre, la familia se agrandó.
___________
¡Agradecemos muy especialmente a Pedro Pablo Lilli, quién hizo posible esta publicación!
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Editora Literaria: Isabel Santoro
OCTUBRE 2026

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