LAS HUELLAS DE QUIENES LA HABITARON
Mucho antes de la llegada de exploradores y pobladores, la Meseta de Somuncurá ya había sido escenario de la vida humana. Sus primeros habitantes se habían establecido allí hace más de 10.000 años, dejando huellas que todavía permiten reconstruir parte de aquellas antiguas culturas.
Pinturas rupestres, sitios funerarios y diversos artefactos de piedra permanecen como testimonios de quienes encontraron en este territorio su lugar de vida. Entre los descubrimientos más importantes aparecen las llamadas “piedras tacitas”, rocas con cavidades cóncavas que, según se cree, pudieron ser utilizadas por los pueblos originarios para moler semillas o realizar rituales.
También se encontraron numerosos objetos líticos, entre ellos puntas de flecha y raspadores, que ofrecen pistas sobre las técnicas de caza y las actividades cotidianas de aquellos antiguos pobladores. El aislamiento geográfico de la meseta permitió, además, que muchas de estas reliquias se conservaran en buen estado, convirtiendo a Somuncurá en una verdadera ventana hacia las culturas que habitaron la Patagonia hace miles de años.
Las huellas de aquellos antiguos habitantes también quedaron grabadas en las paredes y piedras de la meseta. Los motivos de las expresiones rupestres encontradas en Somuncurá son variados: aparecen figuras antropomorfas, zoomorfas y fitomorfas, representaciones relacionadas con fenómenos meteorológicos, diseños geométricos y ornamentales, posibles referencias topográficas y otras formas cuyo significado todavía permanece en el terreno de lo simbólico, lo abstracto o incluso lo enigmático.
Entre esas figuras, algunos investigadores encuentran una posible relación con los deseos y necesidades de quienes las realizaron. Ranas, peces, nubes y ondulaciones dispuestas en paralelo podrían haber formado parte de una suerte de exvotos geománticos destinados a reclamar lluvias, vinculados con la llamada magia simpática. En aquellas formas, la naturaleza que los rodeaba parece haberse convertido también en un lenguaje.
Los colores agregan otra capa de misterio. Existen grabados cuya forma de elaboración todavía desconcierta a los investigadores, aunque se sabe que en las producciones rupestres predomina claramente el rojo, acompañado en algunos casos por el verde y el amarillo y, ocasionalmente, por el azul.
Y hay un detalle que vuelve todavía más fascinante este legado: cada color tenía un nombre para aquellos pueblos. Así, las piedras de Somuncurá no solo conservaron figuras de un pasado remoto, sino también fragmentos de una manera de mirar, nombrar y comprender el mundo que, miles de años después, todavía intenta ser descifrada.
Algunos investigadores incluso sugieren que la meseta pudo haber servido como refugio para pueblos indígenas durante los conflictos con los colonizadores europeos, una posibilidad que agrega otra página a la historia de este territorio.
Los antropólogos coinciden en que los tehuelches septentrionales fueron la presencia humana más antigua de la meseta, un lugar que este pueblo nómade consideraba sagrado. Llegaban por una ruta de paso de norte a sur, por la que también habrían transitado el explorador suizo Claraz y el incansable caminador de la Patagonia, el Perito Francisco P. Moreno.
La radicación sedentaria comenzó recién a fines del siglo XIX, con la llegada de indígenas, criollos y colonos extranjeros. Hoy, quienes habitan estos remotos parajes son, en buena parte, pobladores que tienen rebaños ovinos, muchas veces destinados a su propia subsistencia. Hombres y mujeres que recorren la meseta a caballo y habitan en casas de piedra, en medio de una inmensidad donde las distancias parecen no tener medida.
Y allí, donde un vecino puede encontrarse a muchos kilómetros de otro, todavía existe una forma sencilla y conmovedora de comunicarse. Cuando necesitan saber de sus vecinos, encienden hogueras y dejan que las columnas de humo asciendan hacia el cielo. Desde lejos, otra humareda responde. Una señal silenciosa que atraviesa la inmensidad y dice, simplemente, que todo está bien.
Así, entre pinturas que todavía guardan secretos, piedras que conservan antiguas huellas y hombres que siguen habitando la inmensidad patagónica, la Meseta de Somuncurá parece custodiar algo más profundo que un paisaje: la memoria de quienes alguna vez caminaron por ella y dejaron, sobre sus piedras, una parte de su mundo.
ANTONIO CURIN, EL HOMBRE DE LA CUEVA
Entre las historias que todavía sobreviven en la inmensidad de la Meseta de Somuncurá aparece la de Antonio Curin, un hombre de origen chileno que llegó a estas tierras alrededor de 1908 y es considerado el primer poblador blanco que se estableció en la meseta.
La siempre recordada María Inés Kopp, quien fuera directora del Museo de Valcheta que hoy lleva su nombre, dejó en sus relatos una descripción de aquel habitante misterioso y pintoresco que terminó convirtiéndose en parte de la historia de Somuncurá.
Curin era soltero y dedicó buena parte de su vida a la cría de animales. Su patrón, Nacianceno Rial, le había entregado ovejas provenientes de Carmen de Patagones, pero al llevarlas a la meseta descubrió que la presencia de pumas hacía difícil su crianza. Devolvió entonces las ovejas y se dedicó a los yeguarizos, llegando a reunir hasta 400 animales entre caballos de andar y mulares.
Era un hombre instruido, sabía leer y escribir y tenía una hermosa letra. Llevaba un libro diario en el que anotaba sus experiencias y los acontecimientos más destacados de su vida en aquel territorio apartado. Gracias a esas páginas quedaron registrados algunos episodios que hoy forman parte de la memoria de la meseta.
Durante una expedición por la zona, guiada por un nieto de don Germanio Quiñelaf, María Inés Kopp llegó hasta el lugar donde Curin había vivido durante más de 30 años. Allí, entre los cerros, permanecía su singular vivienda: una cueva a la que él mismo había dado forma de habitaciones.
Había levantado una pared de piedras, construido una pequeña ventana y formado la arcada de una puerta. El espacio era amplio y cómodo, con su propio fogón. En una cueva contigua había otra habitación, a la que se accedía por unas gradas cuidadosamente realizadas, donde podían sentarse varias personas.
Según el relato de don Germanio, allí Curin tenía su catre. Un poco más lejos, sobre cueros de guanaco, dormían sus perros y también descansaba su caballo. Al lado de la cueva había construido sus caballerizas y, muy cerca, un gran corral de piedras.
El agua era otro de los desafíos de aquella vida solitaria. Para abastecerse recurría a un lugar conocido como “La Gotera”, desde donde transportaba el agua en un zurrón de cuero de guanaco y almacenaba lo suficiente para varios días.
Su libro diario también guardó el recuerdo de una visita inesperada. Curin relató la llegada de Juan Bairoletto, acompañado por dos o tres hombres, que hicieron noche en el lugar. Según sus anotaciones, llevaban rifles Winchester y municiones calibre 44, pero en ningún momento hubo malos tratos.
Curin envejeció en aquella inmensidad y murió en el mismo lugar donde había vivido durante tantos años. Antes de morir, en 1934, pidió que lo enterraran junto a su peón, Juan Painecura. Muy cerca de la cueva todavía permanece la cruz que señala su tumba.
Han pasado muchas décadas desde entonces, pero la cruz continúa intacta y respetada por los pobladores. La antigua casa de piedra, moldeada por Curin en medio de los cerros, permanece también como uno de los testimonios más singulares de aquella vida solitaria.
Entre piedras, silencio y viento, la cueva de Antonio Curin sigue allí, como si la meseta se hubiera empeñado en conservar la huella de aquel hombre que eligió hacer de un rincón remoto de la Patagonia su hogar.
La Meseta de Somuncurá parece guardar el tiempo entre sus piedras. Allí quedaron las huellas del mar, el fuego de los volcanes, los dibujos de antiguos habitantes y la historia de hombres que hicieron de su inmensidad un hogar.
Quizás sea el viento que silba entre los basaltos, las pinturas que desafían al tiempo o las columnas de humo que todavía se elevan en la distancia lo que hace de este lugar un paisaje diferente, casi secreto.
Porque hay paisajes que no solo se miran. Hay paisajes que se sienten y que, después de conocerlos, quedan para siempre en la memoria.