ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en..
"Una mano perdida"
Cuento Perteneciente a su libro: ¿Quién mató a la vaca?
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
"Editorial Atrapados por la Imagen, la editorial que te ayuda a cumplir tus sueños..."
Con sus 18 años recién cumplidos,
Flor de María era la más admirada de su barrio. Las propuestas masculinas le
llovían interminables. Ella, sin embargo, se mostraba imperturbable, distante.
Su frialdad y lejanía, para muchos de sus admiradores, resaltaban más aún su
belleza.
Esa negativa a aceptar las
propuestas que se le acercaban por montones servían para disparar las más
osadas especulaciones; había quien afirmaba categórico que la muchacha estaba
por entrar en un convento para ordenarse monja, que era lesbiana, que había
nacido asexual. ¿No será extraterrestre de incógnito por estas tierras y nos
estará estudiando?, se aventuró a elucubrar alguien. Lo cierto es que cada vez
que caminaba por las calles de su colonia, no faltaban interminables gestos de
admiración, piropos y cumplidos. Su renegrido pelo negro hasta la cintura y sus
ojazos de un penetrante verde no podían dejar impasible a nadie. Los hombres la
admiraban; las mujeres la envidiaban.
Cuando conoció a Esteban, ambos se
trataron con cierta desconfianza. Él no podía creer que una mujer de tanta
belleza le hiciera caso. Era su posible primera novia. Su sempiterna timidez lo
había alejado hasta entonces de contactos femeninos. Le daba una vergüenza
indescriptible decirlo -de hecho, no lo hacía nunca- pero con sus 24 años aún
no había tenido nunca un contacto sexo-genital. Para ella el encuentro fue un
descubrimiento maravilloso: era la primera vez que un varón no la miraba con
ojos concupiscentes y lascivos.
Fue Flor de María quien tomó la
iniciativa. Coqueteando, usando toda la seducción que podía, fue llevando al
joven a su primera relación sexual. Ella, que tampoco sabía nada del asunto
-jamás había dado siquiera un beso- advirtió rápidamente que Esteban no era,
precisamente, un experto en la materia. Aprenderían juntos.
Así fue. Había mucho para aprender y transitar, en todo sentido. Los noviazgos, y el sexo menos aún, eran desconocidos por la pareja. Ninguno de los dos tenía especiales expectativas para sus vidas.
Pobres, provenientes de familias trabajadoras habitantes de una
barriada popular plagada de carencias, sus sueños no pasaban de constituir una
familia sólida, tener varios hijos y poder llegar a poseer, en el mejor de los
casos, una vivienda propia. Flor de María ahora estaba desocupada, en búsqueda
de trabajo; quizá podía entrar en la maquila textil que había en el sector.
Esteban era operario en la fábrica de muebles del barrio. Sus respectivos
padres eran trabajadores, siempre con la gran preocupación de ver si llegaban a
fin de mes.
La primera relación sexual tuvo en
los dos jóvenes un valor incalculable, aunque dispar en su significado. Para
ella fue un golpe; la buscó, pero al mismo tiempo, le abrió una brecha en su
ética, un cuestionamiento difícil de sobrellevar. Católica por tradición
familiar -aunque nunca iba a misa-, sabía que la virginidad era un bien que
debía atesorar; eso le enseñó su madre. De todos modos, las hormonas pudieron
más; y no se arrepentía de lo hecho. Era una combinación compleja: satisfacción
y cierto grado de culpa al mismo tiempo. Mezcla no fácil de llevar, pero
tolerable, en definitiva. La transgresión siempre tenía ese sabor agridulce de
la satisfacción oculta.
Para Esteban fue el despertar a un
mundo nuevo. Pensó que se iba a enamorar de Flor de María, pero no fue así. Le
gustaba enormemente la muchacha; de todos modos, algo sucedió en su interior
que le despertó lo que había estado dormido, esperando durante muchos años. Él
no lo quería siquiera pensar, pero su castidad la sufría como algo
insoportable, una pesada carga. No entendía por qué otros muchachos de su edad
podían salir con mujeres con tanta facilidad, y a él se le dificultaba tanto.
Nunca se había atrevido a visitar una meretriz; eso lo avergonzaba. La
posibilidad de acostarse con Florecita -así la llamaba- lo hizo sentir en las
nubes. Era increíble que la joven más bonita del sector se fijara en él. Sin
embargo, esa no era la única mujer posible. Comenzó a sentir que deseaba
tomarse venganza del tiempo perdido. Ahí estaban las mujeres esperándolo.
Ambos jóvenes comenzaron un
noviazgo. En principio, en secreto; paulatinamente fue haciéndose público. En
sus respectivas casas ya había cierta preocupación, pues ninguno presentaba una
pareja. Eso era llamativo en personas de su edad y de esa condición social.
Mostrarse ahora en pareja calmó los ánimos de ambas familias.
Las relaciones sexuales se
comenzaron a repetir con mayor asiduidad. De una de ellas, vino el embarazo.
Para los dos fue un balde de agua fría. Por supuesto, no lo esperaban.
Reaccionaron como pudieron, con los recursos que tenían a mano.
Flor de María, llorando. Esteban,
pensando en salir corriendo. El aborto no era opción para ninguno de los dos.
Criados en la fe católica -aunque ninguno se la tomara demasiado en serio- su
formación ética les indicaba que había que afrontar la situación, y por tanto,
hacerse cargo del nuevo ser en camino. Las respectivas familias, a quienes no
le sobraban recursos precisamente, se comprometieron a ayudar en la medida de
sus posibilidades. Esteban pensó en tomar algún trabajo extra.
El joven, que en realidad estaba
bastante desorientado por la novedad, no se pudo sentir padre responsable.
Entendió que eso era lo que correspondía, pero algo más le hacía ruido. Decidió
irse a vivir con Florecita; sin embargo, su interés comenzó a moverse hacia
otras cosas. El “tiempo perdido” -como él lo consideraba- no era fácil de
recuperar. Se maldecía por lo timorato que había sido por años, perdiéndose
algo que ahora le resultaba tan voluptuoso, tan maravilloso. Es por eso que se
hizo el firme propósito de buscar cuanta mujer pudiera, en un acto que
consideraba casi de resarcimiento, de compensación.
Flor de María se sintió ya toda una
mujer, una futura madre, esposa fiel y una buena ama de casa. Tomó su embarazo
con la mayor seriedad y dedicación. La búsqueda de trabajo quedó pospuesta
hasta nuevo aviso.
La pareja, siempre en el mismo
barrio, se instaló en una habitación en casa de una tía de Esteban, quien
solícitamente ofreció el espacio. Con precariedad, pero con lo mínimo
indispensable, ahí se acomodaron. No se puede decir que estuvieran en las
mejores condiciones, pero con las ayudas familiares, la vida parecía
acomodárseles. Al menos, para Flor.
Para Esteban empezaba algo nuevo,
que él comenzó a sentir como una vorágine, algo que lo arrastraba. Sabía que no
era correcto eso que estaba comenzando, pero no podía -ni quería- detenerlo.
Una vez más: las hormonas mandan.
En realidad, nunca consiguió un
segundo trabajo. Sin embargo, para su pareja así era. Esa supuesta ocupación
extra era una buena coartada para salir a cualquier hora cualquier día,
fundamentalmente los fines de semana. La explicación oficial de Esteban era que
ayudaba en una carpintería, y muchas veces había entregas de urgencia que realizar,
por lo que lo llamaban en cualquier momento. No había horarios fijos. La
explicación era creíble. Flor de María, por lo pronto, la creyó, suponiendo ver
en eso la entrega de su padre por el niño que esperaban.
Cada vez era menos el tiempo que el
muchacho pasaba en la casa con su pareja. Siempre la explicación era que
“felizmente había mucho trabajo”. Como Flor no se metía en las finanzas del
esposo -así le habían enseñado en su casa: una buena esposa no pregunta eso-
nunca sabía con exactitud cuánto dinero disponían.
Por su parte Esteban era muy cuidadoso con los gastos. Esas salidas, supuestamente laborales, eran encuentros furtivos con distintas mujeres, muchas, nunca del barrio,eran muchachas que iba conociendo de diversas maneras. Jamás nada serio, un compromiso que lo amarrara; solo salidas ocasionales para sexo. En poco tiempo -unos escasos meses- encontró haberse desquitado de la sequía de mujeres que lo había acompañado en su adolescencia y primeros años de su vida adulta.
Pero la
venganza con aire de revancha, aunque ya cumplida, no terminó ahí. Le gustó esa
sensación de complacencia magnífica, de satisfacción plena que le daba, no
tanto el placer sexual propiamente dicho, sino el saberse que ahora sí podía,
que ya no era un tonto. Por años había mantenido el concepto de ser un
pusilánime fracasado, cosa que, por supuesto, jamás la manifestaba. Ahora todo
había cambiado, y eso no lo podía perder.
Gastaba lo mínimo indispensable en
esas salidas. Por lo general lograba que la muchacha elegida cargara con la
mayor parte del gasto, incluido el motel. Secretamente, Esteban se ufanaba de
eso; se sentía haber aprendido muy rápido la lección. Trataba de hacer todo de
tal modo de no levantar la más mínima sospecha en Florecita.
El embarazo siguió adelante sin
complicaciones, y en vísperas de una Nochebuena nació una hermosa niña, también
de ojos verdes como la madre. La llamaron María de Jesús, en homenaje a la
virgen sacrosanta y a su hijo, el Redentor. Sin decirlo, los dos sabían que ahí
había mucha hipocresía. Flor de María sabía -aunque no parecía importarle
mucho, en definitiva- que la recién nacida era fruto de un pecado, según le
habían enseñado: fornicación. En secreto ella se decía que eso era “el pecado
más rico del mundo”; de todos modos, la elección del nombre para su hija sentía
que la redimía. Esteban, algo más descarado, como “buen padre” que se decía
ampulosamente, se las había ingeniado para comprar una cadenita de oro con una
cruz como pendiente, que con ostentación había colgado del cuello de la bebé.
También con eso, más riéndose en secreto que otra cosa, sentía expiar culpas.
María de Jesús fue la alegría de la
madre y de los cuatro abuelos, pero no tanto del padre. Por supuesto, éste
demostraba un gran amor por la niña, sabiendo que había mucho de actuación ahí.
Se percataba que este vivir fingiendo, no solo le salía con excesiva facilidad,
sino que lo hacía sentir tremendamente gozoso, dominador de la situación. En
sus andanzas amoroso-sexuales se había topado con alguien que le prometía cambiar
la vida.
Esteban, según la mirada femenina, era guapo. Alto, fornido, musculoso, con un poblado bigote bien renegrido y mirada pícara, ya había comprobado que concitaba la atención de muchas mujeres. La sensación de revancha lo colmaba. A su modo, quería a su hija, pero en este momento de su vida lo más importante era continuar sintiéndose ese “macho semental”, como gustaba pensarse.
Todo esto lo vivía en el más sepulcral
silencio, en la más absoluta privacidad. Jamás ni una palabra de todo esto a nadie,
ni a sus dos hermanos ni a los pocos amigos que tenía. Era algo por completo
personal, y así como había vivido en secreto su horrible angustia por sentirse
un fracasado en el amor, de igual modo ahora vivía en solitario su, para él,
apoteósico triunfo.
En esas vueltas donjuanescas había
contactado con una mujer, ya cuarentona, de mucho dinero. Esteban no, pero ella
sí, había desarrollado una poderosa corriente de enamoramiento. Él sentía que
nunca se había enamorado plenamente; a Florecita la quería, sin dudas. Pero, en
todo caso, la admiraba por su belleza, no más que eso. Quizá a María de Jesús
la amaba más sinceramente. Sentía que esa era su obra, lo que podía dejar en el
mundo. El mundo sentimental, más allá de todas las “conquistas” que iba acumulando
-de hecho, llevaba una lista con el nombre de todas- no era lo suyo.
Flor se sentía toda una madre. Había comenzado a dedicarse casi en exclusividad a su hija, habiéndose descuidado bastante en su cuidado personal. El sobrepeso ya se dejaba sentir. Con su pareja las relaciones sexuales se iban haciendo más escasas, alejadas en el tiempo. Esa figura descollante de algún tiempo atrás, que tenía fascinado a medio mundo en el barrio, había ido desapareciendo. Esteban buscaba estar lo menos posible en la casa. Su mujer comenzó a resultarle molesta.
El nuevo amorío del obrero ahora
convertido en seductor, le fue transformando la vida lentamente. Esta mujer,
viuda y heredera de una cuantiosa fortuna, sabía que Esteban era su muñeco
sexual, su juguete, no más que eso. Pero eso era suficiente para invertir en él
algunos buenos pesos. El muchacho, que seguía trabajando en la fábrica de
muebles y haciendo supuestos trabajitos extras, comenzó a tener nuevas
actitudes que llamaron la atención de Flor de María. Su indumentaria cambió.
Los trabajitos extras se multiplicaron, y apenas si estaba en casa con su
compañera y su hija.
Flor intuyó que había algo raro,
algo no dicho que no encajaba con el discurso oficial de su esposo. La relación
se tensionó. Al cumplir el año María de Jesús, ya casi no había vida
matrimonial entre sus padres. Un día Esteban avisó que se iba a ir de la casa,
que ya estaba harto de esa distancia, de las negativas de Flor de María a
mantener relaciones sexuales. Para la muchacha, que de algún modo veía venir un
desenlace así, la situación se tornó terrible. Ella no tenía ningún ingreso, y
el cuarto donde vivían era de un familiar de Esteban. No había ningún vínculo
legal entre ellos, por lo que se sintió en la más extrema vulnerabilidad.
El joven, finalmente, se fue.
Prometió que seguiría pasando algo de dinero para su hija, pero no hubo ningún
documento que lo estipulara en términos jurídicos. Flor se sintió desfallecer.
Por vergüenza, aunque los tíos le dijeron que permaneciera en esa habitación sin
pagar renta hasta que pudiera arreglar su situación, prefirió marcharse con la
bebé. No le quedó más alternativa que regresar a casa de sus padres. Toda la
familia vivió eso como un fracaso, como una tremenda afrenta.
Esteban, en un primer momento, cumplió
con la manutención que había prometido para su hija. Luego, paulatinamente, la
fue haciendo más escasa y más espaciada. Llegó un momento en que solo pasaba
algunos pocos pesos luego de los reiterados ruegos de Flor de María. Sus
visitas para ver a la niña casi desparecieron. Así la muchachita llegó a los
dos años de vida, con grandes penurias económicas por parte de la madre, pero
más aún, con una enorme postración que la invadía.
Ante el panorama que se le pintaba,
pensó en el suicidio, pero “una buena católica”, se decía, “no puede hacer
eso”. Además, el amor inconmensurable por su hija la mantenía con vida, sacando
fuerzas de no se sabe dónde. Finalmente consiguió un trabajo.
No era lo que más le agradaba, pero
la necesidad no se fija en esos detalles: la contrataron para hacer la limpieza
en una oficina. De todos modos, aunque el oficio no era de su agrado -pero
había un sueldo al menos-, la suerte, ¿la providencia?, la acompañó. Era una
organización feminista.
Rápidamente fue trabando amistad
con las mujeres encargadas de la institución. Les contó su caso, sus indecibles
penurias y el estado de abandono en que se encontraba. La reacción de sus
empleadoras fue inmediata: comenzaron a indicarle un nuevo camino a transitar.
Para Flor era inconcebible todo eso; criada en la tradición de una familia
término medio, patriarcal, religiosa, había papeles fijos ya establecidos que
se debían cumplir. Las mujeres, así lo enseñaban las “buenas costumbres”,
estaban para sufrir. “Sufrir no era lo correcto”, enseñaban su madre, su abuela
y sus tías, pero así había sido siempre y no se podía modificar. “Diosito lindo
así lo quiere”, se cansaban de repetir.
Al escuchar otra versión de las
cosas, Flor se sintió renacer. No podía creer que tenía el derecho de
protestar, de exigir. Todo eso la hizo sentir una nueva persona.
Combinaba el aseo de la oficina con
largas charlas con algunas de las mujeres del grupo. Encontró que lo que le
sucedía era común a infinidad de mujeres; por ello fue perdiendo la vergüenza
de lo sufrido. En todo caso, fue enojándose y saliendo de la profunda tristeza
-y resignación- en que estaba sumida. Conocer ideas nuevas le significó toda
una revelación.
Al poco tiempo habló con Esteban.
El muchacho, ya viviendo con su mecenas, con quien concibió una hija, trató de
hacerse el desentendido. Dijo que no tenía ninguna obligación para con María de
Jesús, porque no le constaba que fuera suya. Eso indignó sobremanera a Flor de
María. Le obligó a hacerse una prueba de ADN para contrarrestar su afirmación, cosa
que Esteban no aceptó. Nunca se hizo la dichosa prueba.
Siguiendo consejo de sus
amigas/jefas, buscó la forma de conseguir esa muestra. Se las ingenió de tal
manera que pudo obtener un pequeño mechón de cabello de su ex pareja. De ahí en
más, las abogadas de la institución se encargaron de continuar el proceso.
Esteban, cuando fue convocado por
un juzgado de familia, entró en pánico. Sabía que su proceder era muy
cuestionable; en realidad no tenía justificación válida. El actual sobrepeso de
Flor podía ser, en el peor de los casos, una “explicación”, por cierto que muy
discutible, para haberla dejado, por preferir otra mujer. Pero no había nada
que decir de su desatención intencionada para con su hija.
Las abogadas dejaron en evidencia
la conducta de abandono del padre, independiente de su estado civil -nunca se
habían casado legalmente-. La paternidad obligaba a atender a su hija, de lo
que Esteban se había desentendido por completo. La situación, tremendamente
traumática para él, lo dejó atormentado. Pasó varios días alcoholizado, sin
querer ver a su actual pareja, y mucho menos a su nueva hija. Esta vez, cuando
había debido elegir nombre para la bebé, no buscó mostrar su religiosidad como
con la hija anterior. Junto con la madre de la criatura la nombraron Clyde
Jacqueline, nombre, sin dudas, que significaba un intento de distanciarse de su
barrio de origen, donde abundaban las Marías y las Ramonas, las Juanas y las
Petronilas.
Luego de interminables
cavilaciones, decidió volver con Flor de María. Sus enormes ojazos verdes
seguían fascinándolo, aunque tuviera algún peso de más. Esta vez, sin embargo,
fue la muchacha la que puso un alto. Le dijo que no, que se limitara a pasar el
dinero establecido para su hija, pero que ya era demasiado tarde para intentar
arreglar las cosas.
El golpe para Esteban fue tremendo.
En verdad, si sopesaba las dos hijas, a la que realmente amaba era la primera,
María de Jesús. La segunda era otra cosa; podía prescindir de ella. También de
su madre, aunque le ayudara económicamente. Se encontró en un laberinto del que
no sabía cómo salir.
Lo pensó infinitas veces, le dio
todas las vueltas posibles, pero no hallaba la solución. Pensó en suicidarse,
aunque rápidamente desechó el plan. También en algún momento se le cruzó la
idea de matar a las dos madres y quedarse con ambas niñas. Sin embargo, casi al
instante se rió de tamaña ocurrencia. No podía con una sola… ¿cómo lidiar con
dos?, fue su sencillo razonamiento.
Finalmente, después de
interminables reflexiones, optó por lo que le parecía menos perjudicial: se fue
a Estados Unidos como migrante irregular. Ahora trabaja, sin papeles, en una
carpintería en Houston.
Flor de María, muy bien asesorada
por las abogadas de la institución a la que seguía perteneciendo, ahora en
calidad de acompañante social y ya no en su papel de personal de limpieza,
siguió insistiendo en el asunto: “un padre debe hacerse cargo de lo que
engendra. Punto. Y eso no se discute”. Su determinación era total; tanto, que
sorprendió a las otras mujeres del grupo. Su paso por varias capacitaciones en
derechos humanos le había ido despertando una veta de la que ella misma se
sorprendía.
Cuando cursaba el tercer año de la
carrera de Derecho, vino su segundo embarazo. Su actual pareja -Agustín, músico
de profesión- también había quedado deslumbrado por los enormes ojazos verdes,
pero más aún, por la desenvoltura de Flor. Ella era la primera sorprendida con
ese cambio; no sabía que tenía esas potencialidades. El barrio, la tradición
católica y “lo que debe ser una buena mujer” no se lo habían permitido ver
hasta entonces. Ahora afloraba todo eso, con una fuerza contenida que parecía
cobrarse venganza por el tiempo perdido.
El odio que arrastraba por las
andanzas de Esteban, pero mucho más aún, por la desatención que él había tenido
para con su hija, la exasperaban. A toda costa, quería un escarmiento ejemplar.
Su nuevo puesto en la organización feminista le había disparado nuevas ideas,
nuevos puntos de vista. Se le hacía absolutamente inadmisible esa conducta
desaprensiva por parte de un padre; eso no se podía admitir de ninguna manera.
Tal era su encono que buscó todos
los medios posibles para llegar a dar con el paradero de Esteban. Después de
meses de búsqueda, supo que trabajaba como ayudante en una carpintería en esa
ciudad de Texas. Moviendo cielo y tierra, a través del consulado de su país en
Houston, tuvo conocimiento que el joven -ya no tan joven- residía sin papeles
en Estados Unidos. Era un inmigrante irregular más, uno de tantos que vivía
escondiéndose de la Migra para evitar ser deportado. En su meticulosa y
detectivesca búsqueda, encontró también su dirección en redes sociales.
Envalentonada, Flor de María se comunicó terminante con un mensaje lapidario: o
regresaba al país de origen a enmendar el error con su hija, o ella denunciaría
ante las autoridades migratorias su condición de ilegal.
Esteban no podía creer lo que
estaba leyendo. Sin perder tiempo, se comunicó telefónicamente con la mamá de
su hija, a quien ahora temía. Tenía a Flor por una mujer de agallas, y aunque
durante su relación de pareja sabía que él se había impuesto según los patrones
patriarcales dominantes, en el fondo reconocía en Florecita una persona muy
íntegra, que lograba siempre lo que se proponía.
No regresó al país, al menos no
inmediatamente, pero comenzó a enviar con regularidad una buena cantidad de
dólares para el mantenimiento de María de Jesús. Después de algunos años,
habiendo juntado una cantidad de dinero que le pareció suficiente, entonces sí
retornó.
Flor de María no quiso recibirlo, y
María de Jesús, ya una niña de nueve años con criterio bastante propio,
tampoco. Ya se sentía muy a gusto con su nuevo padre, Agustín, quien le estaba
enseñando música. De Esteban tenía una vaga idea, transmitida por su madre y
acentuada por su padrastro, por lo que la impresión que guardaba de su padre
biológico era bastante deplorable.
Esteban, ante todas esas
adversidades, se quebró. Comenzó a alcoholizarse con frecuencia. En ese estado,
ya un consumidor frecuente de aguardiente, consiguió trabajo en una
carpintería, siempre en el barrio de su infancia. Alcoholizado como solía
estarlo, tuvo un tremendo accidente con una sierra sin fin, perdiendo su mano
derecha. Ahora se lo suele ver en un semáforo del centro de la ciudad
mendigando. El día que, pasando en su vehículo particular Flor de María y su
hija, lo vieron con su mano izquierda suplicante, prefirieron cerrar las
ventanillas y seguir de largo.
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Corrección literaria: Isa Santoro
Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.


































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