Tras la muerte del general en 1856, su fortuna y sus extensas tierras quedaron repartidas entre sus hijos. Uno de ellos, Eustoquio Díaz Vélez, supo administrar con habilidad aquella herencia y multiplicarla, consolidándose como uno de los hombres más ricos y singulares de fines del siglo XIX.
Además de terrateniente y ganadero, formó parte de la élite porteña y llegó a presidir en dos oportunidades el Club El Progreso, uno de los espacios más exclusivos de la época, donde políticos y empresarios definían negocios y decisiones que marcarían al país.
En 1880 decidió instalarse en Barracas, sobre la entonces llamada Calle Larga, actual avenida Montes de Oca, en una imponente mansión de estilo francés ubicada estratégicamente cerca del Puente Gálvez, antecesor directo del actual Puente Pueyrredón, el único paso habilitado sobre el Riachuelo para viajar hacia el sur y llegar a sus estancias.
El llamado Palacio Díaz Vélez era una de las residencias aristocráticas más antiguas de la ciudad: una gran casona rodeada de jardines, símbolo del poder económico y social de la familia. Con el tiempo, sus hijos heredaron la propiedad y transformaron parte de su arquitectura, dándole un aire aún más europeo con sus amplias mansardas.
Pero lo que terminó dándole a la casona su rasgo más singular, fue una de las excentricidades de Eustoquio. Como la zona aún estaba alejada del centro y temía robos durante la noche, en vez de recurrir a perros guardianes, se cuenta que mandó traer desde África tres leones para custodiar la propiedad. Según la tradición barrial, los animales se movían libremente por los jardines, y todavía hoy pueden verse restos de jaulas y pasadizos donde habrían sido alojados.
Los animales permanecían sueltos en los jardines durante la noche y, durante el día, eran encerrados en jaulas ubicadas debajo de la casa, a las que se accedía por una escalera exterior. Cada vez que había reuniones o celebraciones, los felinos quedaban encerrados para evitar cualquier accidente.
Fue en una de esas fiestas donde ocurrió la tragedia. La hija de Díaz Vélez se había enamorado de un joven de buena familia, Juan Aristóbulo Pittamiglio, y ambos decidieron comprometerse. Don Eustoquio, orgulloso y feliz, organizó una gran celebración en la mansión e invitó a socios del Club El Progreso, familias del barrio, amigos y hasta peones de sus estancias.
La noche transcurría entre música, brindis y alegría, hasta que el novio pidió silencio para anunciar formalmente el compromiso y entregarle el anillo a su prometida. El aplauso emocionado de los invitados apenas había terminado cuando, de forma inesperada, uno de los leones, que había escapado de su jaula por un descuido, salió desde los matorrales del jardín y se abalanzó sobre el joven.
El horror paralizó a todos. Mientras las mujeres gritaban y los invitados observaban sin saber cómo reaccionar, Díaz Vélez corrió hasta su despacho, tomó una escopeta y desde una ventana disparó con precisión, matando al animal en el acto. Pero ya era demasiado tarde: el prometido de su hija yacía muerto en el jardín, víctima de las garras y colmillos del león.
Aquella noche, que había comenzado como una celebración, terminó teñida de tragedia.
La muerte del joven desató el escándalo. La familia del novio culpó a don Eustoquio por lo sucedido, incapaz de comprender cómo alguien podía convivir con animales salvajes dentro de su propia casa. Pero el golpe más duro vino de su propia hija, quien, destrozada por la pérdida, lo enfrentó y lo responsabilizó por la tragedia.
El dolor se volvió aún más profundo cuando, tiempo después, la joven decidió quitarse la vida. Se cuenta que una noche de domingo, luego de asistir a misa en Santa Felicitas, tomó cianuro mezclado con licor de anís. Los periódicos de la época, según dicen, registraron aquel desenlace.
Tras enterrarla, don Eustoquio cayó en una profunda depresión. Dejó de visitar sus estancias, se encerró durante largos períodos en su habitación y, según algunos relatos, en un estado cercano a la locura decidió sacrificar a los leones, como si con ello pudiera apaciguar el dolor o recuperar lo perdido.
Sin embargo, su fascinación por esos animales no desapareció. Mandó levantar esculturas de leones en los jardines de la mansión, y una de ellas muestra a un hombre luchando contra las fauces de un felino. Para muchos, esa imagen sería una representación de aquella noche trágica que marcó para siempre a la familia.


Más allá de su historia y de los relatos que aún circulan sobre ella, el Palacio Díaz Vélez es uno de los edificios más emblemáticos de Barracas y el único de su tipo que todavía se conserva en pie sobre la avenida Montes de Oca.
A comienzos del siglo XX, la antigua mansión fue completamente transformada. Eugenio Díaz Vélez, hijo de don Eustoquio y arquitecto de refinados gustos estéticos, se instaló allí junto a su esposa María Escalada y sus dos hijas, impulsando una profunda remodelación que le dio el aspecto que conserva hasta hoy.
La residencia adoptó un marcado estilo francés Beaux Arts, inspirado en los clásicos grand hôtel particulier, con tres niveles bien definidos: la planta principal, los pisos privados y la mansarda con techo de pizarra. Sobre uno de sus laterales se levanta una elegante cúpula revestida con el mismo material.
El parque también fue rediseñado en 1913 por Carlos Thays, el célebre paisajista que embelleció gran parte de Buenos Aires, quien incorporó nuevas fuentes y esculturas que terminaron de darle al palacio su carácter aristocrático.
LA CARTA QUE SEMBRÓ LA DUDA
Con el paso de los años, la historia comenzó a mostrar algunas fisuras. En 2016, Inés Álvarez de Toledo, vicepresidenta de la Comisión Permanente de Homenaje al General Eustoquio Díaz Vélez y descendiente de la familia, publicó una carta en la que desmiente varios puntos centrales del relato.
En ese escrito aclara, en primer lugar, que el nombre correcto del propietario era Eustoquio, y no Eustaquio, como figura en algunos textos, y que la cronología de los hechos suele estar mal fechada. Pero la revelación más contundente apunta al corazón mismo de la leyenda: Eustoquio Díaz Vélez no tuvo hijas mujeres, sino solamente dos hijos varones, Carlos y Eugenio.
De ser así, la historia del prometido devorado por un león y el posterior suicidio de una hija quedarían desarmados como hecho histórico. La propia carta remarca además la ausencia de registros periodísticos sobre una tragedia de semejante magnitud, algo difícil de imaginar tratándose de una de las familias más influyentes de la Buenos Aires de fines del siglo XIX.
Sin embargo, las esculturas siguen allí. Los jardines también. Como si la casa, aún frente a los documentos, se negara a desprenderse del mito que la convirtió en leyenda.
DEL ESPLENDOR ARISTOCRÁTICO AL SERVICIO SOCIAL
En 1930, tras la muerte de Eugenio Díaz Vélez, su viuda e hijas vendieron el Palacio a la Ciudad de Buenos Aires. Desde entonces, la histórica residencia pasó a formar parte de la Casa Cuna, hoy conocida como el Hospital General de Niños “Dr. Pedro de Elizalde”, con el que comparte su predio.
Años más tarde, luego de la epidemia de poliomielitis que azotó a Buenos Aires durante la década de 1950, el edificio fue utilizado para la atención de pacientes afectados por esa enfermedad, sumando así un nuevo capítulo a su historia.
Actualmente, en la residencia funcionan la Fundación VITRA, dedicada a la vivienda, el trabajo y la capacitación de personas con discapacidad motriz desde 1965, y el Hospital María Ferrer, especializado en rehabilitación y tratamiento de enfermedades respiratorias. La fundación, además, alberga la única escuela primaria y secundaria de la Argentina destinada a personas con discapacidad motriz.
La gran casona aún permanece erguida sobre la avenida Montes de Oca, conservando buena parte de su estructura original, su centenario parque y las esculturas de leones que durante generaciones despertaron la curiosidad y alimentaron el imaginario de los vecinos.
Por su valor arquitectónico, paisajístico e histórico, el Palacio Díaz Vélez es considerado una pieza única del patrimonio de Barracas y uno de los últimos exponentes de este tipo de residencias en la ciudad. Junto a su parque, conserva singularidades patrimoniales y estéticas que lo convierten en un edificio de enorme valor cultural.
Actualmente existe un creciente interés para que sea declarado Monumento Histórico Nacional, en la categoría de Monumento Artístico, lo que le otorgaría una protección jurídica especial destinada a garantizar su preservación, enriquecimiento y exhibición.
Su conservación no solo resguarda la belleza singular de la casona, sino también una parte viva de la memoria histórica y cultural del barrio.
Tal vez nunca sabremos con certeza qué ocurrió realmente entre esos muros. Puede que el tiempo haya borrado las pruebas y dejado apenas restos de verdad mezclados con imaginación. O tal vez fueron las propias estatuas, inmóviles y vigilantes, las que obligaron al barrio a inventar una historia para explicar su presencia.
Lo cierto es que hay casas que guardan algo más que ladrillos: conservan ecos, sombras y secretos. Y la Casa de los Leones, quieta sobre Montes de Oca, sigue ahí, entre el rumor de la memoria y el peso de la historia, como si todavía rugiera bajito en el corazón de Barracas.
Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen