Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!

martes, 7 de abril de 2026

Entre el invierno y la primavera.


 

¡Hoy 7 de Abril, Atrapados está de Fiesta!

 

¡Festejamos el cumpleaños de Viviana García!


"Artísta de Atrapados por la Imagen"



"La fotografía no es una cámara o un ojo sino todos los sentidos" 

 Angélica Escoto


¡En este día tan especial, en nombre de toda la comunidad de Atrapados por la Imagen, extendemos un cálido saludo de cumpleaños a nuestra querida amiga, Viviana García!


Los invitamos a visitar la galería de Emilio, donde podrán disfrutar de sus obras literarias, haciendo clic en el siguiente link 👇

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Administración de Atrapados por la Imagen.


Isa Santoro - Laura Jakulis

Colaboradores: Marta Puey - Emilio Bertero


Diseño de Tarjeta: Julieta Casola Valussi (atrapadita)



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lunes, 6 de abril de 2026

" Geométrica " .- Silvia Lanza -

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"Bubulina" . Carlos Silva -


 Bubulina.

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" La tarde por sobre el tejado ". R. Jorge Ruiz Diaz -

 



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"Luz cautiva entre sombras" - Rubén Blanco -

 



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Jardín Botánico Carlos Thays - CABA - Claudia Molina -

 

"Donde florece la calma, hasta el aire aprende a volar en silencio"




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©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN PRESENTA : “Viernes Santo” - Del escritor: EMILIO BERTERO - Buenos Aires - Argentina -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y Relatos Presenta a . . .


EMILIO BERTERO


"Artista de Atrapados por la Imagen"


en:

"Viernes Santo"

   

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

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________________


"La editorial de Atrapados por la Imagen, es un espacio accesible para todos, 
fomentando la participación y el intercambio creativo"



Cuento inédito para Atrapados por la Imagen


"Viernes Santo"

EMILIO BERTERO

Estaba tranquilo, apenas eran las once y ya tenía mi lugar en la cola del puesto de pescados de la feria, con tiempo suficiente para comprar un par de filets de merluza y hacérmelos a la romana para el mediodía, con eso y una lata de sardinas con cebolla para la noche, calculaba que listo, cumplido el hombre con no comer carne en viernes santo.

Lejos los tiempos de paella, pulpo a la gallega o chupín de congrio, todavía tengo para comer, pensaba para consolarme, peor están los pescados me dije mirando a una boga con cara de yo estaba nadando lo más pancha y por culpa de no ser chancho, tener que aguantar que me coma esta gorda angurrienta que me revisa como si supiera de pescados, pensé yo que la boga hubiera pensado de haber estado vivita y coleando, y no ahora así, toda congelada la pobrecita.

La cuestión es que, pensando, pensando, una menos en la cola me alivié, viéndome más cerca del mostrador. A ver, ¿ésta qué compra?, me entretuve con la siguiente, vieiras pidió la agrandada, ¿vieiras?, ¿de qué se la da?, ahora compra vieiras y en lo que queda de abril va a tener que comer cogote, ¡vieiras!, y en su valva, en su concha, me distraje con lo rica que estaba la mocosa a la que le tocó después. Menos mal que es viernes santo que si no… me dije evitándome un seguro fracaso, mientras oía que aquel angelito del pecado pedía pejerreyecitos enteros, muy lindos los pejerreyecitos pensé, bien presentados con su colita y su cabecita pero a la hora de comer, pura piel y espinas, seguro que la sirenita va a cocinárselos al novio, al cuete, porque, en lo único que el guacho va a estar pensando será en terminar de comer rápido y apretársela de una vez por más viernes santo que fuese.

Bueno, me alegré cuando vi más cercano mi turno porque le tocó al que estaba delante de mí, pulpo quería, ¿chileno o español?, ¿cuál me recomienda?, depende de su bolsillo, se enredó con el puestero, ¿qué esperaba que le dijeran?, más bien que le terminó enchufando el español, tuve ganas de decirle que mejor fuese al super de la vuelta a comprarse una lata de la caballa en oferta, que seguro a la patrona una empanada gallega mal no le iba a salir.

Entre pitos y flautas por fin me tocó y justo se armó el batifondo, dos filets grandes sin espinas, me comí como un duque la mirada de asco del puestero, ¿qué querés que te pida?, ¿langosta?, tuve ganas de decirle pero me aguanté, yo tranquilito hasta no va que llega una mujer con una bolsa de calamares, mire lo que me vendió, están todos pasados, qué digo pasados, podridos están, mire, mire, le gritaba a más no poder, y saca los calamares que ciertamente, un tufo horrible, y como el puestero ponía cara de cómo me ofende así, a la mujer no se le ocurre mejor idea que querer ponerme de testigo y hacérmelos oler, huela y diga usted, justo a mí que soy tan delicado de estómago, la cuestión es que casi me estampa los calamares en la cara y terminé vomitando la pascualina de la noche encima de la bacha con los cornalitos, pobres bichos, quedaron hechos un estropicio, cualquier despistado que justo hubiese pasado seguro pensaba que ya estaban preparados a la provenzal, aunque no creo, porque entre la inmundicia del calamar y los cornalitos a la bilis de pascualina, la pescadería era una peste, o casi, porque una peste completa fue cuando los calamares fueron a parar al piso y patinosos como son, cuando los pisé me caí de traste junto con la bacha de los camarones y la de los berberechos, de las que me quise agarrar para no perder pie y para colmo, a la mujer de los calamares se ve que le inspiré pena por habérmelos hecho oler, porque trató de sujetarme y lo único que consiguió fue ir al piso ella también, pero no sola, sino que arrastró a otro cliente que se conoce venía de pasar por el almacén, porque en la bolsa llevaba leche, huevos y aceite, que con cliente y todo también se desparramaron y empezaron a batirse con los mariscos, los cornalitos y el vómito, una tortilla asquerosa y todo el mundo a las carcajadas, menos el puestero que con los ojos abiertos como dos huevos de pascua de los grandes, gritaba como un desaforado y decía que teníamos que pagarle por toda la mercadería arruinada, y la mujer tirándole a la cara los calamares podridos y el cliente del almacén revisando a ver si algún huevo se había salvado y agarrándoselas conmigo, igual que una viejita, seguro de esas a las que el puestero les regala las cabezas y los espinazos para hacer caldo, que me decía que eso pasaba por tomar tan temprano.

 

Hacía rato que el comisario me venía apurando de malas maneras, para que acabase con mi declaración, es más, cuando me quedé mudo viendo como dos agentes salían de un cuartito, arrastrando de los pelos a un tipo con la cara llena de moretones, pegó un puñetazo sobre la mesa y a los gritos me dijo que me concentrara y dejase de andar husmeando en lo que no me importaba, que bastante delicada era mi situación como para meterme en asuntos ajenos, así que cuando terminé de contar lo que había pasado, resopló como si recién se hubiera sacado los borceguíes, le preguntó al sumariante si había escrito todo y el sumariante, haciéndose el interesante, sacó la hoja de la Olivetti y sin decir nada se la alcanzó haciendo una reverencia.

El milico apenas si revisó el papel y me lo pasó, ordenando que lo leyera rápido y firmase, pero resulta que en la hoja no estaba escrito nada de lo que yo había dicho, sino que me comprometía a pagarle al de la pescadería tres kilos de berberechos, siete de cornalitos y cuatro de camarones, más un surubí entero que la verdad nunca había visto en el desparramo. Cuando estaba por protestar porque bien sabía que para pagar eso iba a tener que sacar un crédito, el comisario me dijo que bastante barato la había sacado y que le metiera porque se le enfriaba la pizza, abrió una caja grasienta que hacía un rato le había dejado un agente sobre el escritorio, ¡y para qué!, pegó un alarido como si adentro hubiese habido un sorete, entró el agente pizzero y se ligó un sermón bestial, que del todo no me lo acuerdo bien pero que en lo principal lo trató de hereje malnacido, cómo va a traer pizza con jamón cuando estamos en vigilia, no le dije yo de mejillones y ananá, y muerto de miedo el pichón de policía le contestó que él la había pedido así, pero que el tano de la pizzería había contestado que pizzas así raras no hacía y que demasiado para ser de garrón, cállese antes de que lo meta en el calabozo le gritó el comisario antes de sacarlo carpiendo y ponerse a escarbar en la pizza para arrancarle todas las fetas de jamón que encontró, no convido porque tenemos prohibido gastar fondos públicos con los demorados, se disculpó con la boca llena mientras tragaba media porción con cada mordiscón.

Cuando a ese ritmo ya iba por media pizza, se detuvo para empujarse el último bocado con un trago que empinó de una botella de Coca, pero que tenía otra cosa, y ahí se enojó más, porque a puro bramido me dijo que si no veía lo ocupado que estaba, que dejase de mirarlo como un mamerto y firmase de una vez, así que yo firmé, no fuera cosa que me agregaran más mariscos a la cuenta.

El comisario se quedó satisfecho y hasta me había pasado la mano para despedirse, aunque antes de que yo pudiera tomarla, la retiró con cara de espanto, se metió cuatro dedos en la boca, los sacó con un pedacito de jamón que se ve había quedado escondido en la pizza, y de un tinclazo se la embocó al cuadro del General San Martín en la charretera, todo mientras con la otra mano se hacía señales de la cruz una atrás de la otra.

 

Pensando en cómo iba a hacer para pagar, salí de la comisaría y me fui derecho a casa. Se habían hecho más de las dos de la tarde y tenía hambre, así que sin dar muchas vueltas, rescaté del congelador una costeleta y me la comí con dos huevos fritos, un felipe que había sobrado de la noche y media caja de blanco, que me tumbó en una siesta que mejor no la hubiera hecho, porque me la pasé soñando con un pescado de más de dos metros, pálido como una vieja de agua, que se me abalanzaba parado sobre la cola, pero nunca me agarraba, porque antes de que pudiera llegar hasta donde estaba, las aletas se le transformaban en brazos y a los brazos le crecían manos, sobre las que de golpe me encontraba clavándoselas a una cruz, mientras al lado, el comisario se lavaba las manos y el puestero de la pescadería remojaba una esponja en vinagre. Así que ni bien me desperté me vestí y rumbeé para la parroquia. Como el frente estaba en reparación, para entrar tuve que pasar por el refectorio y aunque ya casi eran las cinco, todavía no habían levantado los restos de una fuente con besugo a la vasca que pensé, había sido el almuerzo del cura de guardia.

Salvo por tres viejas que estaban rezando un rosario cerca del altar, la iglesia estaba vacía. Me acerqué al confesionario y aunque no había mucha luz, adentro descubrí durmiendo a una sotana marrón, de la que brotaba una perfecta pelada franciscana. Me arrodillé en el reclinatorio de la derecha y di dos suaves golpes en la ventanita; recién cuando a la cuarta vez sacudí la ventanita de tres trompazos, escuché que la sotana se movía. La ventanita se abrió y junto al ave maría purísima recibí un eructo con el que me di cuenta que me había equivocado, que en realidad el menú había sido bacalao a la vizcaína y no besugo a la vasca, y que además lo habían regado como para que el animalito no extrañara la humedad. Le respondí el sin pecado concebida tapándome la nariz y, para terminar rápido, enseguida confesé que había comido carne, y sin mucho más trámite la sotana me despachó con una penitencia de veinticinco padrenuestros, cincuenta avemarías, diez credos y no sé cuántos pésames, que con tal de no soñar más con el pescado crucificado me puse a rezar ahí mismo, pero me confundía con el rosario de las viejas y perdía la cuenta a cada rato, así que para cuando terminé, calculo que debo haber cumplido para varias pascuas con asado. Cuando salí, la iglesia empezaba a llenarse para el vía crucis. Se había hecho de noche.

 

Acabé el viernes santo mirando la tele, primero un partido de fútbol americano de los Delfines de Miami, después, un documental sobre los salmones que remontan el río para poner los huevos y, al final, recetas de vigilia en el canal de cocina, gastando el tiempo para que se hiciera sábado de gloria y poder comer con libertad, porque la verdad, de pescado no quería saber más nada. Para mi desgracia, a las doce en punto descubrí que la costeleta del almuerzo había sido la última, y que en la casa ni siquiera tenía una latita de paté de foie, así que no tuve más remedio que comer las sardinas. Y sin cebolla, porque entre tantas idas y vueltas, ni por la verdulería había pasado. Para colmo tampoco pude dormir bien, porque aunque no volví a soñarme clavando en la cruz a la vieja del agua gigante, me la pasé toda la noche terminando de comer los pejerreyecitos en la casa de la mocosa de la pescadería, pero cada vez que enfilaba para el dormitorio, se me aparecía la sotana cerrándome el paso y repitiendo espíritu santo, espíritu santo, y que dejara nomás, que él se iba a encargar.


 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Emilio Bertero

Buenos Aires - Argentina

Abril 2026

Ilustración: Imagen libre de la Web

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis



Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


Afectuosamente...


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Directora: Laura Jakulis

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"Que buscamos en una Foto ?"


Muchas veces nos preguntamos que buscamos en una foto. En mi caso, los sábado cuando realizo fotos deportivas, busco la acción maravillosa del deportista. Lograr mostrar algo espectacular, una acción impactante. Una vez lograda , uno la ve y siente una gran satisfacción y cuando la compartimos con el deportista, se guarda un recuerdo maravilloso.

PERO ...pero ... muchas veces cuando hago documento deporte, busco esa imagen que pocos observan, que pocos capturan, la que tiene ternura, sorpresa . Y cada fin de semana mis ojos están alertas al juego, pero tambien a lo que pasa a su alrededor, quizá en la tribuna o en un pasillo. Este fin de semana fue esta escena. Siete jugadores, como conforman un equipo de Handball.

Un Mayor que es un Jugador , ex mundialista Juvenil y seis infantiles, que estaban sentado al borde de la cancha, observando un partido de inmensa tensión, gol a gol.
Pero en la imagen, no muestra ello, muestra la charla y los gestos del Mayor, explicandoles vaya a saber que. Y a los 6 Infantiles observanolo con sus OJOS bien atentos a las expresiones, a los gestos del adulto.
Sin lugar a dudas, una imagen fuera de lo comun, a todos los que se lo mostré y generó esa magia, ese amor ... que buscamos en nuestra actividad de Fotografo.


 

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domingo, 5 de abril de 2026

" Pescador Solitario " .- Silvia Lanza -

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DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY. LA TORRE FANTASMA.

 LA TORRE FANTASMA





Las grandes ciudades del mundo guardan sus propias leyendas y presencias ocultas, y Buenos Aires no es la excepción: una ciudad atravesada por la historia y el misterio difícilmente podría carecer de fantasmas.

En el sur porteño, a orillas del Riachuelo, se extiende un barrio marcado por la inmigración y la pasión futbolera: La Boca, con sus faroles, su tango y sus paseos. Sobre su avenida principal se alza una casa con una torre, cuya historia despierta inquietud. Esa torre, en particular, ha dado origen a una singular leyenda, transmitida durante años de boca en boca por los vecinos del lugar.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, te voy a contar de qué se trata esta leyenda y cuál es la historia detrás de ella, con algunos detalles que, tal vez, no conocías.


HISTORIA Y...¿LEYENDA?

En pleno corazón de La Boca, en la intersección de la avenida Almirante Brown con las calles Wenceslao Villafañe y Benito Pérez Galdós, se alza un antiguo edificio de planta trapezoidal que no pasa desapercibido. A primera vista, evoca un pequeño castillo, del que emerge una torre que recuerda a las piezas tradicionales del ajedrez.

La historia de esta construcción se remonta a mediados de la década de 1910. Por entonces, en el centro de la ciudad de Buenos Aires vivía una acaudalada estanciera llamada María Luisa Auvert Aurnaud. Habitaba un pequeño palacete en la ciudad, aunque alternaba su tiempo con su estancia en la localidad de Rauch, en la provincia de Buenos Aires.

La estancia abarcaba miles de hectáreas, y la actividad agrícola le generaba importantes ganancias. Gracias a ello, la señora Auvert Aurnaud se contaba entre las personas más ricas de la ciudad. Aunque su apellido, de resonancia francesa, podría sugerir otro origen, lo cierto es que sus padres y abuelos provenían de una localidad de Cataluña, en España, ubicada en los Pirineos, cerca de la frontera con Francia. En esa región, es habitual encontrar apellidos de raíz francesa.

Ambiciosa y con un marcado interés por los negocios, la señora Auvert buscaba constantemente nuevas oportunidades para incrementar su fortuna. En una ocasión, un empresario le propuso adquirir un terreno en La Boca, señalándole el crecimiento del barrio impulsado por la llegada y el asentamiento continuo de inmigrantes. Convencida del potencial de la zona, decidió comprar un lote sobre la avenida principal con la intención de construir una vivienda colectiva y evaluar la rentabilidad de la inversión inmobiliaria. Si el proyecto resultaba exitoso, planeaba replicarlo con nuevos emprendimientos.

Una vez concretada la compra, contrató al arquitecto catalán Guillermo Álvarez. Movida por la nostalgia hacia la tierra de sus antepasados, le encargó el diseño de un edificio que evocara el estilo de Cataluña. Así nació una vivienda colectiva de impronta catalana moderna. Su interés por recrear ese ambiente no se limitó a la arquitectura: también decidió amueblar y decorar el edificio con objetos traídos de aquella región, incluyendo mobiliario y especies vegetales propias del paisaje ibérico.

Una vez finalizado el edificio, la propietaria quedó tan fascinada con la obra que decidió instalarse allí, dejando de lado el proyecto de alquilar sus habitaciones. Así, abandonó su palacete en el centro de la ciudad y se trasladó, junto con sus pertenencias y su servidumbre, al inmueble de la avenida Almirante Brown.

No solo se ocupó de amueblarlo, sino que también decoró todos los balcones con plantas traídas especialmente desde Cataluña para su nuevo hogar. Entre ellas, se encontraban ciertos hongos característicos de España, conocidos como setas, algunas de las cuales son comestibles, mientras que otras poseen propiedades alucinógenas.

Sin embargo, tras apenas un año de residencia, la señora Auvert y sus sirvientes abandonaron el lugar de manera silenciosa y en circunstancias poco claras. Durante ese tiempo, vecinos de la zona afirmaban haber escuchado gritos y manifestaciones de temor provenientes del edificio. Según relatan, todo culminó con un grito contundente de la propietaria: “Me voy, este lugar no lo piso más”. Luego de ese episodio, se trasladó a su estancia en Rauch y nunca más se volvió a saber de ella.


En su apresurada partida, Auvert dejó el edificio a cargo de una inmobiliaria de la zona para su venta. Esta decidió subdividir la construcción en departamentos y destinarla al alquiler, convirtiéndola así en una vivienda colectiva. De este modo, la casa de la torre comenzó a recibir a sus nuevos inquilinos.

La mayoría de quienes se instalaron allí eran inmigrantes o artistas, atraídos por el aire bohemio que el lugar ofrecía en aquellos años. En el barrio de La Boca, de hecho, florecieron figuras destacadas de la cultura porteña, como Benito Quinquela Martín.

El último piso del edificio estaba ocupado por Clementina, una pintora de estilo clásico que había montado su atelier en la parte superior de su departamento, precisamente en la torre que sobresalía del conjunto. Era una mujer de gran belleza, de larga cabellera, alegre y muy apreciada por los vecinos.

Pasaba la mayor parte del día en su atelier. Por las tardes, tenía la costumbre de cruzar al bar de enfrente para tomar un café, donde podía quedarse durante horas leyendo. Quienes pasaban por allí solían detenerse a contemplarla a través de la ventana, cautivados por su presencia serena.

Además de pintar, Clementina estudiaba Historia del Arte en la facultad. Había llegado desde Venado Tuerto: su padre, un estanciero, financiaba su vivienda en Buenos Aires y sus estudios, decidido a que su hija pudiera formarse en aquello que deseara, y convencido de que las mejores oportunidades se encontraban en la ciudad.


Clementina era muy sociable y le gustaba rodearse de gente. De vez en cuando organizaba reuniones en su casa donde se juntaban distintos artistas. En una de esas ocasiones apareció Eleonora, una periodista interesada en entrevistarla. Para ese momento, Clementina ya había ganado cierto reconocimiento en el ambiente: sus obras habían sido expuestas en galerías y eventos importantes de la ciudad, por lo que su trabajo empezaba a generar atención.

Para la entrevista, ambas subieron al atelier, ubicado en la torre. Allí convivían cuadros terminados con otros aún en proceso. La luz suave de la tarde entraba por las ventanas y envolvía las pinturas, dándoles una presencia especial. Mientras conversaban, Eleonora sacaba fotos con la intención de incluirlas en la nota.

Sin embargo, después de ese encuentro, algo empezó a cambiar. En los días siguientes comenzaron a circular comentarios sobre situaciones extrañas en el edificio. Una noche, los vecinos escucharon gritos que provenían de la torre. Poco después ocurrió lo peor: Clementina se arrojó al vacío y murió al caer sobre la vereda.

La noticia sacudió a todo el barrio. Nadie podía entender qué había pasado. Quienes la conocían hablaban de una mujer llena de vida, con proyectos y expectativas. De hecho, estaba especialmente ilusionada con una obra en la que había trabajado durante años, un cuadro que pensaba presentar como pieza central de su próxima exposición y que, según decía, sería el más importante de su carrera.

Los enigmas no terminaron con la muerte de Clementina. Al recibir las fotos de la entrevista, Eleonora descubrió algo inquietante: en la imagen del cuadro inconcluso aparecían tres duendes que no estaban allí cuando tomó la fotografía. Intrigada, decidió investigar el caso, más allá de que la justicia lo hubiera cerrado como suicidio.

Sus averiguaciones la llevaron a la antigua dueña del edificio, Auvert, quien había abandonado el lugar de forma repentina y vivía recluida en Rauch. Tras coordinar una entrevista, Eleonora viajó hasta la estancia. Allí, Auvert la recibió y, casi de inmediato, le habló de una vieja leyenda catalana: los follets, pequeños duendes que habitan en los hongos llamados setas.

Según explicó, estas criaturas podían ser serviciales, pero también peligrosas si se las provocaba. La propia Auvert aseguró haber convivido con ellos: al principio ayudaban en las tareas domésticas, pero todo cambió cuando uno de ellos fue agredido al intentar sobrepasarse con una sirvienta. Desde entonces, la casa se volvió inhabitable: muebles que caían, objetos que se rompían y cuchillos que volaban por el aire, desatando un caos que puso en riesgo la vida de todos.



Por ese motivo, Auvert decidió abandonar el edificio de La Boca y refugiarse en su estancia de Rauch junto a sus sirvientes. Nunca hizo pública la historia: sabía que no le creerían y temía ser considerada insana, lo que podría costarle la administración de sus bienes.

Eleonora regresó a Buenos Aires sin pruebas concretas. Solo había escuchado una antigua leyenda en la que no creía, por lo que abandonó la investigación y cumplió su promesa de no divulgar el relato de Auvert.

Con el tiempo, la muerte de Clementina alimentó el mito de la llamada “torre del fantasma”. Algunos sostienen que los duendes, enfurecidos por haber sido fotografiados, sabotearon su trabajo hasta llevarla a la desesperación. Otros van más allá y afirman que fueron ellos quienes la empujaron, "o la incitaron", a arrojarse al vacío.

Hoy en día, quienes habitan el edificio aseguran escuchar pasos en la torre durante la noche y relatan la desaparición inexplicable de objetos, que a veces reaparecen años después en otros lugares.

El cuadro inconcluso de Clementina es uno de los elementos perdidos. Según la leyenda, los pasos que se oyen pertenecen a su espíritu, que revive una y otra vez su caída. Y hay quienes creen que solo encontrando esa pintura y dándole un último trazo podría finalmente ponerse fin a su pena.



Tal vez sea sólo una historia más, de esas que crecen con el tiempo. O tal vez no. Pero creo que en La Boca, cuando cae la noche, hay quienes todavía prefieren no mirar hacia La Torre.


Idea, Investigación y Edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



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sábado, 4 de abril de 2026

serie book - OS OSMO






 

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" Tan sólo una Rosa ..... SILVIA LANZA

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Caperucita Roja - Hugo Filmore

 

Workshop: Mirta Steinberg -

Modelo: Luz Delfina Saravia.




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Pierrot 4 elementos 1*Plano - Mirta Steinberg -

 

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CINE PARA FOTÓGRAFOS Y ALGO MÁS...

 

Cine en Atrapados por la Imagen


 Nuevo ciclo de Cortometrajes premiados 




 Se estrenó el 28 feb 2023  #relacionesdepareja #infidelidades #cortometrajes

Cortometraje  | HABLEMOS



"PREFIRIERON ALEJARSE ANTES QUE DAR EL PRIMER PASO "


- Cuando el miedo al que dirán es más fuerte -

Click aquí para ver el Cortometraje - 👇💙



"HABLEMOS" 
Es un cortometraje producido por Cine a Pulmón que explora la complejidad de las relaciones modernas, la amistad y el miedo a dar el primer paso. La trama sigue a dos amigos que se reúnen tras un distanciamiento, cuestionando si su vínculo se limita solo al ámbito laboral.

Cine a pulmón

Descripción:
 Cortometrajes hechos a  pulmón.

Nuestro equipo de trabajo en los cortometrajes  lo formamos 5 personas que trabajamos en sistema cooperativista.

Tomas Bascopé: Guionista, director, productor, montajista y encargado de redes sociales.

Chicho Serna: Director de fotografía, colorista y Co productor

Arturo Salva: Sonido directo, mezcla y Co productor

Arlett Galindo: Diseño grafico y Co productor

Alejandra Soto: Asistencia y Co productor


¡¡Esperamos que disfrutes de este, excelente cortometraje!! 


¡¡Muchas gracias y hasta la próxima!!


CINE PARA FOTÓGRAFOS Y ALGO MÁS... 

Idea y creación: Laura Jakulis

Directora de Atrapados por la Imagen






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