Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!

miércoles, 14 de octubre de 2026

OLVIDO.


 

martes, 13 de octubre de 2026

" El Masters con amigos, entrando a Puerto " .- Silvia Lanza

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Callejón del Gato - Madrid - CLAUDIA MOLINA

 


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"Flecha de lápices " - R. Jorge Ruiz Diaz

 


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Emilio hoy nos trae algo de . . .

 

EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN

Presenta: 

"Mis Héroes y Heroínas Literarios"


 IDEA Y CREACIÓN:


Emilio Bertero

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"Amantes y alquimistas" (2024)

 Ginés González García

Médico, profesor, político y escritor argentino

(1945 - 2024)




“Amantes y alquimistas” no pareciera ser la primera y única novela que escribió Ginés González García, porque cualquier lector desavisado, tranquilamente podría pensar que el autor lleva un largo recorrido anterior como escritor de ficción. En efecto, se trata de una obra en la que se encuentra el oficio de un relator experimentado, un texto que escurre con fluidez, un buen manejo de ritmos, gran seguimiento de imágenes y lenguaje perfectamente adecuado a cada circunstancia.

En cuanto a lo argumental, hay una idea interesante que Ginés plasma sabiamente, con elementos que traen reminiscencias de la literatura gauchesca y, se me ocurrieron, toques de realismo mágico. Muy presentes la historia y geografía argentina, el campo de la primera mitad del siglo XIX y sus personajes, criollos pobres y hacendados mandamases, el gobierno de Rosas, la guerra de la Triple Alianza que se avecinaba, los indios cada vez más alejados de sus tierras…

Y así, entre pulperías, cañas quemadas, vacas ajenas y duelos a cuchillo, emergen Hilario y María, protagonistas de un amor tan apasionado como peligroso, maravillas de paisano y china escapados del molde típico, flotando entre el calor que los imanta, el riesgo que los amenaza y la increíble atracción por la alquimia descubierta entre arcanos papeles descubiertos por Hilario en un recoveco de la iglesia, ocultos ahí, pensé, por alguna especie de un vernáculo Melquíades de García Márquez.

No solo los escenarios de los alrededores de San Nicolás, ciudad natal de Ginés, y la época, son marco de la la historia, sino también, y muy logrados, personajes laterales (y no tanto), como Carlo, hijo de rico padre estanciero (pretendiente despechado y violento), el papá maestro de María, y Mimbí, su abuela curandera, sus hermanas mellizas y los dos amigos incondicionales de Hilario, el uno un joven puestero, el otro el perro Tragavientos. Y no le faltan episodios notables enriqueciendo la novela, como las charlas entre Mimbí y su nieta, un torero en decadencia en una improbable corrida de toros, el memorable encuentro de Hilario con Rosas o el que tiene con un joven indio más allá del último fuerte, y que más adelante contribuiría a la resolución final.

Con un relato en tercera persona, Ginés González García lleva adelante una trama cuya intensidad crece conforme crece el amor y el deseo entre Hilario y María, su tierna explosión, y la violencia latente que ello instala, hasta unas últimas páginas que se leen con la ansiedad que supo crear el autor, en las que se desata el nudo dramático y el desenlace se precipita.

Dijo Jorge Asís: “Este texto capta la tensión emocional de la mitología cinematográfica del Leonardo Favio de Aniceto o, acaso, de Juan Moreira. La persistencia natural de la belleza es aquí un acto mecánico. El lenguaje se funde con la geografía, mientras la dinámica de la acción captura al lector… Leer Amantes & Alquimistas deriva en una aventura pasional”.

 

Ginés González García es sanitarista y profesor universitario. Nacido en San Nicolás de los Arroyos, su destino de vida lo hizo ávido lector y apasionado hincha de Racing. Es médico cirujano (Universidad Nacional de Córdoba), diplomado en Salud Pública (Universidad de Buenos Aires), máster en Economía y Gestión de la Salud (Isalud y Universidad Nacional de Lomas de Zamora) y Doctor Honoris Causa (Universidades de Córdoba, Buenos Aires y Morón). Fue ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires (1988-1991) y de la Nación (2002-2003, 2003-2007 y 2019-2021) y embajador de la República Argentina en Chile (2007-2015). Fundó en 1991 la Universidad Isalud, y es autor de artículos académicos y libros, entre otros: “Remedios políticos para los medicamentos” (1994), “Más salud por el mismo dinero” (1997), “Salud para los argentinos” (2004), “Medicamentos: salud, política y economía” (2005) y “Médicos: la salud de una profesión” (2012).


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Idea y creación: Emilio Bertero, 

Colaborador de:
Atrapados por la Imagen

Buenos Aires - Argentina





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lunes, 12 de octubre de 2026

Hugo Filmore Fotografía -

 CC.Borgess - Art Festival Bodypainting - 

Make Up Artist Lucia Nos Model Ana Dolyenko



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" Ángulo de Nadir de la Basílica de María Auxiliadora y San Carlos " .- Silvia Lanza

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La Barra Brava - Ricky Kimmich

 

La Fotografía es para mi ....
como le cuento a mi gente lo que pasa en esta Tierra ...
Porque no soy de muchas palabras ...

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©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "El puerperio" de la Escritora y Periodista Sandra Russo-

 Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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CUENTOS Y RELATOS


Presenta: 

a. . . 


SANDRA RUSSO


Escritora, Periodista y Docente

en..


 "El Puerperio" 

CUENTO PERTENECIENTE A SU LIBRO:

- Ventidós Cuentos -

- Cortos y Ligeros - 


Biografía: Sandra Russo

Es periodista, docente y escritora. En periodismo, se inició en la última dictadura en las revistas El Expreso Imaginario y Humor Registrado. Desde 1987 es parte del diario Página/12, donde fue editora de Sociedad y Cultura y Espectáculos, además de dirigir los primeros cinco años del suplemento Las/12. Trabajó en radio (Nacional, Del Plata, Belgrano, Splendid, Mitre, AM 530). En televisión integró el equipo de 678 durante los siete años de emisión. Algunos de sus libros son La Presidenta, historia de una vida (Sudamericana), Jallalla, Milagro Sala (Colihue), Lo femenino (Debate), La reinvención del amor (Debate), 22 cuentos cortos y ligeros (Sudamericana) y varias ediciones de compilación de Contratapas de Página/12.

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 "El Puerperio" 

 SANDRA RUSSO

 

             

           Yo ya estaba entrando en el quinto mes de embarazo. El tiempo había pasado a una velocidad extraordinaria desde que lo había conocido a Ignacio. Para empezar, y esto nunca nadie me lo termina de creer del todo, o creen que es una manera de decir, decidimos tener un hijo en la primera cita, que había sido en un bodegón maltrecho de San Telmo. Hacía un par de meses que nos mirábamos fuerte cada vez que nos cruzábamos en la agencia. No era muy seguido, porque yo era redactora full time y él fotógrafo free lance. Yo sabía que él estaba en pareja. Yo estaba sola. Y estaba bien sola, pero a quién no le gusta enamorarse. A lo mejor eso que nadie me cree fue precisamente el único y gran motivo por el que nos atrajimos. Fue la mayor sincronía de mi vida. Estar en el momento y en el lugar justo en el que nuestros dos universos se cruzaban y la explosión vital daba lugar a un tercer universo, que sería ése en el que nacería nuestro hijo.

  (No creo en el instinto maternal. Aclaro por si parece que estoy arrancando por ahí. Pero no me queda más remedio que creer en el potente, intenso, visceral deseo de tener un hijo, ya sea hombre o mujer. De ahí estoy arrancando).   

  Después de ese mes de miradas intensas, Ignacio un día me invitó a cenar. Incluso ahora que lo escribo se hacen evidentes las miles de posibilidades que abría esa invitación. Una trampa, un chamuyo, un telo. Una relación entrecortada y llena de reproches y presiones. Un típico enamoramiento mío y la resistencia de él. Un atípico enamoramiento suyo y mi resistencia. Un encuentro agradable del que los dos nos retiráramos sin consecuencias. En fin, se me ocurren unas cuantas más. Pero en ese momento, cuando Ignacio me invitó a cenar, aun sabiendo que él no estaba disponible, yo lo tomé como el principio de una etapa trascendente de mi vida. Sería  madre. No llegué a decírmelo a mí misma con esas palabras, no es que me pasé delineador mirándome al espejo en el baño de la agencia y preparándome para convencer a un hombre de tener un hijo. Yo ya había estado embarazada y había abortado. Me había resultado inconcebible aquel embarazo diez años antes. Pero esa noche, mientras me pasaba el delineador en el baño de la agencia, me miré en el espejo y tuve un presentimiento. Como si hubiera visto en mi propia imagen otra imagen que estaba llegando y superponiéndose. Esos pálpitos.  

  Es difícil de explicar, porque estas situaciones están casi siempre metidas en los fórceps de la mayoría de las historias conyugales. Las historias típicas. Pero hay otras. Yo tenía treinta y seis años, Ignacio también. Algo de lo que llaman reloj biológico había. Cuando esa noche salimos de la agencia y caminamos esas cuadras oscuras hasta el bodegón, todo empezó a fluir de un modo extraordinario. Quizá, como simplifica misóginamente Shopenhauer, fuera la especie la que estaba haciendo el trabajo por nosotros. Algo aceitaba, facilitaba ese contacto entre un hombre y una mujer que además de haberse mirado con ganas unos meses, en total hasta entonces habrían cambiado no más de ochenta palabras.   

  Cuando llegamos al bodegón, su pareja había dejado de ser un problema. No era ya una pareja sino dos personas que habían decidido separarse unos meses antes y estaban viendo juntas cómo resolver el tema de la mudanza de ella. Fue lo primero que me dijo, Ignacio eligió el tema apenas empezamos a caminar. Yo escuchaba, en trance. No escuchaba solamente la información que él me estaba dando, sino mi presentimiento. O sea que, ya entonces, apenas a una cuadra y media de la agencia, a mitad de camino hasta el bodegón, yo lo que escuché era que esa cena era importante. Y eso hizo que, instantáneamente, yo confirmara casi esotéricamente mi percepción de que aquella noche íbamos a hablar desde un lugar de nosotros que se abriría apenas nos sentáramos y pidiéramos los canelones que después él comió y yo no.     

-Hace como un año que todo está terminado. Me quedo con las ganas de tener un hijo –me dijo en un momento.

-Yo quiero tener un hijo –le dije –. Con pareja, sin pareja, como sea, yo quiero –le contesté (yo no era así. No digo ese tipo de cosas. No soy tan excéntrica. Me estaba pasando algo muy raro). 

El soltó los cubiertos, alzó la mirada y me buscó los ojos que, un poco abochornada por lo que había dicho, yo hundía sin tentarme en el plato desbordado de tuco y salsa blanca. Nos miramos sin hablar, dejando que creciera el batifondo del bodegón, salpicado de voces alcoholizadas que terminaban en carcajadas. Me buscó la mano por encima de la mesa. Ese fue el primer roce físico que hubo entre nosotros: los dedos de su mano izquierda acariciando mis dedos de la mano derecha, que yo dejé apoyada sobre la mesa, ligeramente extendida hacia él, en un camino que se abría entre el sifón y los vasos.        

-Tengámoslo –me dijo. Yo lo miré. No se reía. Yo no me reí. Nos miramos bastante, como si mientras tanto miles de dispositivos internos se hubieran puesto en funcionamiento reelaborando la vida de cada uno y poniéndola a tiro de esa situación generada de pronto.

-Sí, tengámoslo –le dije y alejé de mí, con la mano que él me había acariciado, el plato de canelones. Tenía el estómago cerrado. El amor es así: yo lo veía a él comer con avidez, lo veía después pasar el pan por el plato, y pensé que íbamos a complementarnos perfectamente en la aventura vital que teníamos por delante.

   Al mes siguiente ya estábamos viviendo juntos en mi departamento de San Cristóbal –tres pisos por escalera – y cuatro meses más tarde estaba embarazada. Estábamos contentos. Todo era novedoso: la pareja, el embarazo, nuestros amigos en común, nuestros ritos, que empezaban a escribirse sobre un papel en blanco. Queríamos estar como estábamos, desbordados, todavía un poco desconocidos, con los pocos muebles que había traído entorpeciendo el paso entre el living y el dormitorio, deslumbrados por ese ser que iba creciendo en mí y para quien teníamos la mejor de las intenciones.  Vivíamos muy apretados en ese dos ambientes minúsculo, el más feo que ocupé en mi vida y uno de los lugares en los que, dios mío, fui más feliz. Decidimos mudarnos a un lugar con más luz y un cuarto más. Mi papá iba a ayudar con algunos ahorros.

  Yo estaba entrando en el quinto mes cuando llegamos al PH de Boedo. Uno de esos clásicos PH de Buenos Aires con una puerta antigua y alta para la PB con el patio, y una puerta idéntica al lado con la escalera para subir al del primer piso, que tenía terraza. Esa era la que estaba en venta y muy barata. Hicimos una obra sencilla. Tiramos muchas paredes y al final quedó una casa preciosa, con un hogar a leña, con cuartos enormes pero sin ventanas y el clásico pasillo vidriado que llevaba a la terraza pintado de amarillo huevo.

  Cuando terminó la obra, ya estábamos a días de  mudarnos cuando, en San Cristóbal todavía, me desperté una mañana con sangre entre las piernas. Se me había desprendido la placenta y el bebé nació de apuro, al octavo mes. Mientras yo estaba internada por la cesárea, su familia y la mía –nuestras madres – hicieron la mudanza. Nunca más abandonaron el fastidio que les había provocado primero la unión de hecho tan repentina, después el embarazo fulminante, coronado por el nacimiento prematuro que las puso a limpiar placares, espejos, restos de obra, canillas y azulejos.

  Volvimos a casa seis días después del nacimiento de Nino, con él en brazos. A pesar de ser prematuro había nacido con buen peso y no pasó por la incubadora. Pero llegar al PH de Boedo siendo madre, sin haber hecho ninguna transición entre una casa y la otra, recordándome con panza al salir del departamento de San Cristóbal y viéndome gorda y fea cuando entré al de Boedo, sin saber preparar correctamente ni una mamadera, con las tetas todavía secas de leche por lo anticipado del parto, con un compañero al que yo amaba mucho pero intuitivamente, porque ni siquiera habíamos tenido tiempo de contarnos historias del secundario ni conocer ni a tías ni a primos ni a amigos de la infancia, algo tronó. 

 Me debo haber tronado yo. Nino no durmió una noche entera durante todo su primer año. Era un bebé delicioso, cuyo olor me parecía el perfume más exquisito. Era vivaz y muy activo, literalmente, las veinticuatro horas del día. No dormía seguido más que un rato, justo el que yo tardaba en dormirme. A veces el que se levantaba era Ignacio, pero no alcanzaba, no me alcanzaba ni para volver a conciliar el sueño hasta la próxima despertada de Nino. En aquella época en el PH de abajo vivía una pareja de mujeres que llevaba una vida tranquila. El único escándalo circunstancial eran cada tanto los reproches a los gritos del hijo de una de ellas, que se negaba terminantemente a tener una madre lesbiana. Yo me tapaba los oídos, porque me parecía que no tenía que estar escuchando esas intimidades, pero todo lo que se hablaba en el patio de abajo se infiltraba como un rumor por los ventanales restaurados de mi pasillo. 

   Pero cuando Nino cumplió tres meses, a esa pareja de mujeres tranquilas se le terminó el contrato. Para mi desgracia, para mi azoramiento y para mi insomnio perenne, ocupó el PH de abajo una banda de hard rock. Eran pibes agradables, seguramente en otro contexto me hubiesen caído muy bien. Pero cuando ensayaban, a pesar de que habían tapizado las paredes del cuarto de debajo de mi dormitorio con cajas de huevos –y hasta me llevaron a verlo en una especie de visita guiada - , uno sentía que los músculos de la cara y de las piernas se movían solos, que todo temblaba, que había que ir a protegerse debajo de los marcos de las puertas. Los veladores se caían de las mesas de luz, los cuadros de las paredes se deslizaban hacia sus costados izquierdos, y la vibración del bajo hacía rechinar los dientes. Nino aullaba en su cuna. Yo desesperaba. Yo, y juro que Nino es el ser que más amo y amé en toda mi vida, quería hacer abandono del hogar. 

  Empezamos a tener roces con Ignacio. Era inevitable. Mi humor era insufrible. No dormir te pone mala. Yo le gritaba a Ignacio, le gritaba a Nino y después abría las ventanas del pasillo y les gritaba a los pibes que se dejaran de romper las pelotas con semejante estruendo a esa hora de la tarde. Me salía la voz de Linda Blair en El Exorcista. Estaba fuera de mí. Supongo que el puerperio me jugó una mala pasada, y encima yo no tenía la menor idea de qué era el puerperio. Me enteré después, cuando ya las cosas eran irreparables.  

  Los pibes de abajo se llamaban Kiki, Omarcho y José. Había más, a veces se llenaba la casa de una fauna con mucho cuero y metal, pero esos tres eran los que vivían allí. Kiki era alto y flaco, estaba todo vestido de negro pero la campera le quedaba grande y los pantalones le quedaban cortos. Tenía un aire a Cantinflas. Omarcho era bien clase popular, jujeño venido de muy chico a José C. Paz, ojos achinados, muy tierno. José era algo así como el frontman, las minitas que venían siempre le estaban revoloteando. No era lindo, pero era seguro. Y cantaba mal, pero no le importaba. Pese a mis gritos, a mis súplicas sollozantes, a mis cadenas de oración y a las amenazas que algún día descentrado les proferí, Kiki, Omarcho y José no bajaron nunca el volumen ni se fueron a la mierda a la que yo los debo haber mandado centenares de veces. El que sí se mudó de pronto, un martes, fue Ignacio.

  Me acuerdo que era un martes porque los martes llevábamos a Nino a la consulta con el pediatra y ese día Ignacio me dijo que no podía acompañarnos, que tenía que hacer una nota. Cuando volvimos con Nino, su placard estaba vacío y había una nota, como las que dejan los suicidas pero no era éste el caso: “Linda, pensé que podía pero no puedo. Tenemos un hijo maravilloso pero es lo único maravilloso que tenemos. Hace meses que ni sabés cómo me llamo, no creo que me extrañes. Yo que vos iría a un psicólogo. Estás muy alterada. Lo que nos terminó de joder fue este grupito de acá abajo. Fue mala suerte. Yo también necesito dormir y necesito dejar de escuchar a estos pibes y también necesito dejar de escuchar tus gritos. A Nino llorando lo banco. Te llamo y combinamos para que me lo lleve dos o tres noches por semana para que duermas mejor. Si querés tenemos tenencia compartida. Vas a ver que todo se va a arreglar, no te pongas loca. Me voy a lo de Germán que me hace un lugar en el living. Te quiero mucho”.

  Sé que puede parecer raro, pero cuando leí esas líneas se me caían las lágrimas por la emoción de haber encontrado a Ignacio para esa empresa tan enorme de tener un hijo. Era un gran padre. Y al mismo tiempo lloraba porque me había dejado sola en esa casa con todo el circo. Deseé llamarlo y decirle que lo comprendía, pero que viniera él a quedarse ahí y que nos dejara a mí y al nene el sofá en el living de Germán. Yo creo que entré en shock. Ver el placard vacío de Ignacio me hizo el efecto de un cóctel de ansiolíticos. O dicho de otra manera: entré en mi zona zen. La tenía, pero hacía un par de años que no accedía a ella. De pronto todo se alejó dos o tres centímetros de mí. La cómoda de algarrobo, la pared del fondo de mi cuarto, el techo, las ventanas que daban al patio de abajo. Hasta el llanto de Nino se alejó unos centímetros de mis tímpanos: lo vi en su cuna, berreando, y me dio una ternura infinita ese bebé que había venido al mundo en una casa en la que vibraban las paredes, en la que su madre gritaba enloquecida y su padre vaciaba su placard y nos dejaba una nota tan delicada, pero finalmente de despedida. Ignacio no había aguantado. ¿Y yo? Yo tampoco aguantaba, ¿y qué? ¿Dónde me iba? Me daba un poco de pena, y más, hasta algún tipo de desilusión verlo a Ignacio tan flojo. Yo no sabía qué iba a hacer, pero si todo seguía manteniéndose algunos centímetros más lejos de mí, si lograba esa mínima distancia del ruido, quizá podría salir adelante. Mientras tanto había agarrado a Nino y juntos bajábamos lentamente la escalera y salíamos a la calle y tocábamos el timbre de la PB de abajo.

  Me abrió Kiki. Cuando me vio la cara empapada de lágrimas y lo vio a Nino dormir tan tranquilo –ahí descubrí que las escaleras lo dormían –, se apuró a hacerme entrar, me abrazó suavemente mientras me acarició la cabeza y me dijo, terminante, mientras acercaba un tambor de la batería:

-Sentate acá. Ya te traigo un vaso de agua.

-Ignacio se fue, nos dejó –le dije ahogada por el llanto.

-Ya, ya. Quedate ahí que te traigo el agua.

  Miré el patio, ya sentada con Nino en los brazos. Miré desde allí abajo las ventanas de mi casa desde las que tan frecuentemente esos chicos veían salir mi cabeza de Medusa. Vino Omarcho con el vaso de agua. Era re chiquito visto tan de cerca. Tendría apenas unos veinte, si llegaba. Me puso el vaso en la boca y me dijo:

-Abrala, madrecita, que necesita agüita para tranquilizarse. Así, muy bien, usted toma el agüita y respira serena. Todo se pone después en su lugar.

  Yo lo miré fijo a Omarcho. Me hablaba como si supiera que todo se había salido de lugar, que el mundo se había alejado dos o tres centímetros de mí. Yo no estaba segura de querer volver a tener el mundo más cerca. Así como estaba era más soportable. Podía ver, sin experimentar la furia en la que había estado atrapada los últimos meses, esa sala de ensayo revestida con cajas de huevos que quedaba justo debajo de mi dormitorio. Habían pintado las paredes tapadas por las cajas de un azul muy oscuro, casi negro. La habitación de cuatro por cuatro parecía una cajita de bombones gigantes. Vi los instrumentos, los cables, los atriles con papeles, la pequeña tarima donde estaba el teclado: calculé que justo ahí, arriba, estaba mi cama.  

  Vino José, se arrodilló al lado de Omarcho. Me acarició la cabeza y después me hizo un gesto para saber si podía acariciar la de Nino. Le dije que sí con los ojos, y no sólo lo acarició, sino que lentamente me lo fue sacando de los brazos y lo cargó él. Lo paseó por el patio. Le hablaba al oído. Nino emitía quejiditos placenteros mientras seguía durmiendo. Yo seguí tomando sorbos de agua que me daba Omarcho. Kiki me ataba los cordones de las zapatillas.

-Es peligroso que bajes las escaleras así –me dijo.

-Cuando quieras volver a subir nosotros te acompañamos, madrecita –dijo Omarcho.

-Y a este chocolatín lo podemos tener con nosotros cuando lo necesites –dijo José.  

  Quise volver a mi casa una media hora después, cuando Kiki, Omarcho y José ya me habían prodigado muchos otros cuidados, como un té de pasionaria que me hicieron y me dieron de tomar con una cucharita. José se había ocupado todo ese largo rato de Nino. Le estiré los brazos: vino y me lo dio. El bebé, dormido, me estaba diciendo algo que yo no podía descifrar. Hay que tener cuidado con lo que uno cree que quieren decirle los bebés, porque a veces uno escucha lo que quiere escuchar, no lo que quiere decir el bebé. Pero bueno, ¿cómo saberlo? Yo escuché que Nino me decía que siguiéramos así, a dos o tres centímetros del mundo, porque se podía dormir y la gente era más agradable. Los chicos, los tres, nos acompañaron hasta arriba.

-Vamos a poner horarios, quedate tranquila –me dijo José –. Mañana venimos y hacemos una grilla con horarios, así vos sabés cuándo ensayamos y el resto del tiempo relajás. Cumpas –les dijo a Kiki y a Omarcho –, vamos a tener que ordenarnos un poco. Esa preciosura tiene que dormir.

  Y eso hicimos. La vida se fue ordenando. Ignacio reapareció a las dos semanas y arreglamos para que dos o tres noches por semana Nino durmiera con él. Según me dijo, en la casa de Germán dormía muy bien. En casa también el sueño volvió, como un manto amoroso que nos volvió a cubrir. En los horarios en los que los pibes ensayaban, todo seguía moviéndose y temblando, pero no sólo yo, hasta Nino, parecíamos escuchar ya no un estruendo insoportable, sino la música que hacían nuestros amigos. Los pibes subían a casa a cada rato, especialmente José porque le encantaba darle de comer a Nino su polenta, y de paso él se comía un plato. Omarcho trajo un charango y lo dejó en casa. Cuando venía, le tocaba a Nino melodías muy suaves que lo tranquilizaban. Kiki era el encargado de dormirlo cuando Nino estaba en un día bravo: lo cargaba en brazos y subía y bajaba las escaleras hasta que el bebé caía en un sueño tan profundo que tiraba hasta la mañana. De alguna forma atípica, como había sido la llegada al mundo de Nino, el día que nos abandonó su padre, la familia se agrandó.                                 


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¡Agradecemos muy especialmente a Pedro Pablo Lilli, quién hizo posible esta publicación!


            Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:


©SANDRA RUSSO

Buenos Aires - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro


OCTUBRE 2026



 Gracias por acompañarnos en este recorrido de palabras e imágenes. Tu lectura y valoración ayudan a que estas historias sigan encontrando nuevos lectores.



Afectuosamente...

Editorial Atrapados por la Imagen.




Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”


Colaboradores: Marta Puey - Emilio Bertero


                                                                                                               
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domingo, 11 de octubre de 2026

" En Blanco y Niebla " .- Silvia Lanza

Y que viva España ! - Madrid - Claudia Molina

 



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DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, NUEVA DEMOCRACIA, DE DAVID ALFARO SIQUEIROS

  NUEVA DEMOCRACIA, DE ALFARO SIQUEIROS, EL MEXICANO QUE HIZO DE LOS MUROS UNA VOZ COLECTIVA



David Alfaro Siqueiros fue una de las figuras fundamentales del muralismo mexicano, un movimiento que encontró en los muros un espacio para contar la historia, expresar la identidad cultural y llevar al arte los grandes conflictos sociales y políticos de su tiempo. Junto a Diego Rivera y José Clemente Orozco, convirtió la pintura mural en mucho más que una expresión artística: fue también una forma de compromiso con su país y con las causas que atravesaban a su pueblo.


Hoy, en Domingos de Curiosidades, vamos a detenernos en la historia de Nueva Democracia, una de las obras más representativas de Siqueiros, que puede contemplarse en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México. Pero también nos acercaremos a los otros dos murales que la acompañan, para comprender el conjunto y descubrir qué quiso decir Siqueiros cuando convirtió aquellos muros en una poderosa voz colectiva.



Nueva Democracia, el mural que nació para hablar de libertad

En 1944, el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México encargó a David Alfaro Siqueiros la realización de un mural para su interior, con motivo de la conmemoración de la Revolución Mexicana de 1910. El artista comenzó entonces una obra que originalmente llevó por título México por la democracia y la independencia y cuyo panel central fue inaugurado el 20 de noviembre de ese año, precisamente en la fecha que recuerda el inicio de la Revolución.



Desde el comienzo, Siqueiros concibió la pintura como algo más que una imagen para contemplar. El mural debía expresar, a través de una composición monumental y cargada de movimiento, la idea de una humanidad que rompe sus ataduras y avanza hacia la libertad. Por eso, en el centro de la escena aparece una figura de anatomía poderosa que emerge de un volcán mientras rompe las cadenas que todavía aprisionan sus muñecas.

Aunque la modelo que inspiró el personaje fue Angélica Arenal, esposa de Siqueiros, el artista decidió alejarse de una representación exclusivamente femenina. Fusionó rasgos masculinos y femeninos hasta crear una figura andrógina, deliberadamente concebida como una representación universal. No se trata entonces de un individuo ni de un sexo determinado: es la humanidad en su conjunto, enfrentada a la opresión y buscando liberarse.



La fuerza de ese personaje está también en su anatomía. El torso desnudo y la musculatura vigorosa, casi monumental, transmiten una energía que parece a punto de desbordar el espacio del mural. Y en esa figura hay un detalle que refuerza todavía más su carácter simbólico: de uno de sus costados emerge un tercer brazo, cuyo puño cerrado se levanta como una señal de triunfo.

Los otros dos brazos sostienen elementos cargados de significado. En una mano lleva una antorcha, vinculada con la idea del fuego nuevo y con el indigenismo; en la otra, una flor amarilla, asociada al desarrollo de la ciencia y el arte. Sobre su cabeza lleva un gorro frigio, símbolo de la libertad que tiene sus raíces en la tradición revolucionaria francesa.

Cada uno de estos elementos parece hablar un lenguaje propio, pero todos forman parte de una misma idea. La libertad no aparece como un concepto abstracto, sino como una fuerza que rompe cadenas, se levanta y avanza. Siqueiros construye así una imagen en la que el cuerpo humano se convierte en símbolo de una lucha colectiva.



Y esa sensación de fuerza no termina en las figuras. El artista rompe también con los límites tradicionales de la pintura: los cuerpos parecen proyectarse hacia el espacio del espectador y adquirir movimiento según el lugar desde donde se los observa. La obra no propone una mirada quieta; invita a recorrerla, a descubrirla desde distintos ángulos y a formar parte de esa dinámica.

En Nueva Democracia, entonces, el muro deja de ser una superficie inmóvil. Se convierte en un escenario donde la libertad parece estar ocurriendo delante de nuestros ojos. Las cadenas que se quiebran, el cuerpo que emerge, el puño que se eleva y los símbolos que lo acompañan construyen una poderosa alegoría de una humanidad que busca desprenderse de la opresión.

Pero la historia de aquella obra todavía no había terminado. En 1945, Siqueiros incorporaría dos nuevos paneles que ampliarían el sentido de su propuesta y transformarían aquel mural inicial en el tríptico que hoy conocemos como Nueva Democracia.

El nacimiento de un tríptico

En 1945, un año después de la inauguración del panel central, Siqueiros decidió ampliar aquella obra para conmemorar la victoria de los Aliados sobre el Eje Berlín-Roma-Tokio. A ambos lados de México por la democracia y la independencia incorporó dos nuevos paneles: Víctimas de la guerra y Víctimas del fascismo. De este modo nació el tríptico que hoy conocemos como Nueva Democracia.

A la izquierda, Víctimas de la guerra muestra la violencia llevada hasta sus últimas consecuencias. Dos cuerpos cercenados aparecen entre espadas y restos humanos, en una escena que no deja lugar para el heroísmo: solo queda la huella devastadora de la guerra y sus víctimas.

La escena funciona como un contrapunto de la figura central. Frente a la humanidad que se libera de sus cadenas, estos cuerpos recuerdan aquello que la violencia puede destruir.



En el lado derecho se encuentra Víctimas del fascismo. Allí, un hombre maniatado, con señales de tortura y el cuerpo vencido, representa al ser humano sometido por una ideología que intenta arrebatarle su libertad.




Así, los tres murales terminan formando una misma historia. En el centro, la humanidad rompe sus cadenas; a los lados, la guerra y el fascismo muestran aquello de lo que intenta liberarse. Siqueiros convirtió el muro en una escena de lucha y esperanza, donde el dolor del pasado y el deseo de libertad parecen seguir hablando, todavía hoy, frente a nuestros ojos.


Quizás ese sea el mayor legado de Siqueiros: haber convertido un muro en una voz que todavía resiste al paso del tiempo. Una voz que habla de libertad, memoria y esperanza, y que sigue allí, frente a quien la mira, recordándole que ninguna cadena es para siempre.


Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen






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sábado, 10 de octubre de 2026

" ... y la paloma se posó sobre la Abadía de San Benito " .- Silvia Lanza

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FLORES. Luisa Amador Robayna


 

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CULTIVA PAZ. Luisa Amador


 

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CINE PARA FOTÓGRAFOS Y ALGO MÁS - Hoy presentamos: Cortometraje INFIDELIDAD | Prisma Films - 2025 - 6:37 minutos

INFIDELIDAD | Prisma Films


 CINE EN ATRAPADOS POR LA IMAGEN PRESENTA:

"Los cortos que cambiarán tu opinión sobre los cortos"

INFIDELIDAD 

6:37 minutos

 Dirección: Ariana Portal

Producción: Alessandra Tello

Dirección de Fotografía: Franco Gutierrez

Dirección de Arte: Camila Chang

Dirección de Sonido: Antonella Vildoso

Postproducción: Franco Gutierrez


Click aquí para ver el Cortometraje - 👇💙



Sinopsis:
Eduardo, un profesor de 45 años, decide conocer al amante de su esposa Connie: Paul Martel. Sin embargo, al entrar a su departamento, se da cuenta de que el joven no es lo que él esperaba...

Cortometraje realizado con fines académicos para el curso de Taller de Realización Audiovisual.


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CINE PARA FOTÓGRAFOS Y ALGO MÁS...

 Idea y creación: Laura Jakulis
 Directora de Atrapados por la Imagen

 ¡¡Esperamos que disfrutes de este, excelente cortometraje!! 

 ¡¡Muchas gracias y hasta la próxima!!

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