Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!

martes, 21 de julio de 2026

" Juntos bailando los dos " .- SILVIA ELENA LANZA

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Fotografía: Hugo Filmore -

El Pierrot- Workshop Mirta Steinberg - Model Gonzalo Diaz.




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Serie: "Días de lluvia" - MIGUEL ÁNGEL CUESTA -

 






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Jardín Botánico- CABA - CLAUDIA MOLINA -

 - Un susurro en color lila -



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Momentos....Ana Vaccari


 

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lunes, 20 de julio de 2026

" Reflejos y Neblina en el Puerto " .- Silvia Elena Lanza

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" Autopista" autor: Juan José Vitiello

 



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Una tarde - Roberto Jorge Escudero -


 

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Firmes en la Niebla - Ricky Kimmich

 


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BODEGÓN - Luisa Amador Robayna


 

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BODEGÓN. - Luisa Amador


 

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"un día de lluvia" - Miguel Ángel Cuesta -


 

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©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN PRESENTA : "Mutanza" - Relato inédito de la escritora: NATALIA CASOLA - Buenos Aires - Argentina

 

ATRAPADOS POR LA IMAGEN 


Cuentos y Relatos Presenta a...

 NATALIA CASOLA

"Artista de Atrapados por la Imagen"

en: 

"Mutanza"


___ Relato inédito ___


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen


RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

REGISTRO DE PROPIEDAD INTELECTUAL

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"Mutanza"

NATALIA CASOLA

           

      Cuando la tarde comenzaba a morir, Sara comprobó que la mancha de humedad que acechaba en el ángulo derecho del techo de su habitación había crecido. Hacía casi quince días que no paraba de llover y Buenos Aires, para esas cosas, es implacable.

Se subió a la cama para verla más de cerca, pero apenas logró acortar la distancia. Entonces corrió con cuidado el caminito blanco tejido al crochet y los alhajeros de la cómoda, se subió a ella y ganó altura. Desde esa nueva posición la veía mucho mejor: la mancha tenía formas raras. Era el signo inequívoco de que lo único que cabía hacer era mudarse.

A la mañana siguiente comenzó la campaña. Primero sutil, casi suave; después abierta y hostil. Se propuso, con todas sus fuerzas, convencer a Héctor de que lo único capaz de poner fin a su infelicidad era abandonar esa casa echada a perder.

Sara ya soñaba con su casa nueva. Quizás, esta vez, podía acercarse un poco a la avenida. La idea la excitaba, pero también le daba miedo. Más cerca implicaba ruido, bocinazos, movimiento: todo lo que atentaba contra la pulcritud de su vereda. No estaba del todo segura de eso. De lo que sí estaba segura era de que debía mudarse.

No era la primera vez que Sara se mudaba. Siempre dentro del mismo barrio, eso sí: no fuera cosa de que el cambio resultara excesivo. La primera vez fue por una lauchita que entró por el patio trasero y se atrevió a cruzar, insolente, la cocina. La segunda, por el botiquín del baño, que cometió el error de caerse.

Para Sara, esos eventos arruinaban las casas. El enamoramiento con la siguiente duraba lo que tardaba en romperse algo. Las roturas le resultaban insoportables. Después de eso, siempre venía algo peor. Ella lo sabía.

La gimnasia de mudarse, sin embargo, le había dejado una ventaja: un orden ya predispuesto. Como si las cosas mismas quedaran a la espera del próximo traslado. Yacían tranquilas en sus contenedores, listas para el siguiente viaje en camión. Sara nunca salía de vacaciones. Quizás por eso se mudaba tanto: por cambiar de paisaje, por alterar la rutina, incluso si ese cambio nacía de una fatalidad.

A Héctor, por su lado, le daba lo mismo. Hacía tiempo que estaba resignado a esa vida nómade, siempre dentro de un radio que lo dejara a tiro de Pizza 10. Esa era su única condición, su debilidad. Casi le gustaba la idea de que la próxima casa quedara un poco más lejos, para poder caminar y hacer algo de ejercicio entre empanada y empanada.

Héctor no tenía aspiraciones particulares: la comida, Independiente y las peleas de boxeo por televisión le alcanzaban. Todo eso podía ocurrir en cualquier casa. Solo quería que Sara dejara de hablarle. Si mudarse era la forma de mantenerla entretenida por un tiempo, que así fuera.

Al cabo de unos meses lograron concretar la transacción. “A tiempo”, pensó Sara, que vigilaba varias veces al día la mancha de humedad y siempre comprobaba que había crecido un poco más. A veces le hacía marcas, como si midiera el crecimiento de un hijo.

La noche anterior a la mudanza soñó que la mancha se abría en un hueco del que emergían hormigas que, a toda velocidad, se dispersaban como un ejército tomando el dormitorio.

Cuando llegó a la casa nueva, no tan cerca de la avenida, finalmente, respiró hondo.
—Al fin en casa —dijo.

El sueño la golpeó con fuerza. Se dirigió a la habitación que la esperaba con la cama recién armada, se acostó con la firme decisión de descansar y se durmió al instante.

A la mañana siguiente, después de un sueño reparador, se levantó a hacerse unos mates y comprobó que Héctor ya no estaba. Su soledad entera en esa casa. Su sola presencia.

Hasta que no.

Al principio le pareció que no, pero sí. Sí.

El alambre del tejido apenas cedía en dos hilos cuando Sara lo advirtió. Por ese agujero mínimo, un bichito pujaba por entrar, usando todas sus fuerzas para agrandarlo. Como un preso en un campo de concentración, buscaba el otro lado de esa enorme reja universal que lo retenía afuera.

Cuando Sara se acercó, el bichito se quedó inmóvil, fingiendo no existir, intentando mimetizarse con el tejido. Imposible.

Y entonces ocurrió lo único que el bichito no esperaba.

Sara se echó a llorar, maldiciendo su mala suerte, su vida imperfecta, sus casas irremediablemente sucias, imposibles de arreglar. Agarró la escoba, el balde y todo lo necesario para limpiar esa pocilga que acababa de comprar.

Limpió como siempre: obsesivamente. Sin dejar de pensar, ni un instante, en esos hilos del tejido que, a diferencia de ella, habían logrado escapar a su destino.

Y así siguió: llorando, limpiando y calculando cuánto tiempo debía dejar pasar antes de decirle a Héctor que tampoco esa sería su última casa.


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    Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©NATALIA CASOLA

Buenos Aires  - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Ilustración: Imagen libre de la Web

Julio 2026



 Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.



Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen

Directora: Laura Jakulis



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domingo, 19 de julio de 2026

" Diagonales en Fuga " .- Silvia Elena Lanza -

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DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, LA TORRE DE PISA

 

LA TORRE DE PISA, CASI 853 AÑOS DE UNA HISTORIA QUE DESAFÍA AL TIEMPO


Hay monumentos que se vuelven universales por su grandeza y otros que lo hacen por aquello que los hace únicos. La Torre de Pisa pertenece a esa rara categoría: desde hace casi 853 años desafía la lógica con su inconfundible inclinación y el paso del tiempo sin perder su elegancia. Se alza en la espectacular Piazza dei Miracoli, la Plaza de los Milagros, en el corazón de Pisa, capital de la Toscana, donde comparte escenario con la Catedral, el Baptisterio y el Camposanto, un conjunto monumental de extraordinaria belleza que recibe cada año a millones de visitantes y convierte a la ciudad italiana en uno de los destinos más admirados del mundo.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, voy a contarte toda la historia detrás de esta emblemática torre y algunos detalles curiosos que, tal vez, no conocías.


UN POCO DE HISTORIA

La historia de la Torre de Pisa comenzó mucho antes de que se convirtiera en uno de los monumentos más famosos del mundo. El 5 de enero de 1172, Donna Berta di Bernardo legó una suma de dinero destinada a la compra de las piedras que formarían la base del futuro campanario de la Catedral de Pisa. Un año después, el 9 de agosto de 1173, se colocaron los cimientos y comenzaron las obras de una construcción que, sin que nadie pudiera imaginarlo, tardaría casi dos siglos en completarse.

Levantada íntegramente en mármol blanco, la torre empezó a tomar forma durante una época de prosperidad y poder para la República de Pisa. Su planta baja fue concebida con elegantes arcadas ciegas, semicolumnas y capiteles corintios clásicos, siguiendo el estilo románico que caracteriza al conjunto monumental de la Piazza dei Miracoli. Durante siglos, el diseño fue atribuido a Guglielmo, aunque investigaciones más recientes señalan como principal autor al arquitecto y escultor Bonanno Pisano, quien abandonó la ciudad en 1185 para instalarse en Sicilia.

Sin embargo, el destino de la torre cambió muy pronto. Cuando apenas se habían construido los primeros niveles, hacia 1178, comenzó a inclinarse debido a una combinación de factores: unos cimientos de apenas tres metros de profundidad asentados sobre un terreno blando e inestable y un diseño que, desde su origen, presentaba importantes limitaciones estructurales. Lo que parecía anunciar un fracaso terminó siendo, paradójicamente, su salvación.

Las continuas guerras que enfrentaban a Pisa con Génova, Lucca y Florencia obligaron a detener las obras durante casi un siglo. Ese largo intervalo permitió que el terreno se asentara lentamente y evitó que la torre colapsara antes de tiempo. Cuando la construcción se reanudó en 1272, bajo la dirección del arquitecto Giovanni di Simone, también vinculado al Camposanto, los constructores intentaron corregir la inclinación levantando los nuevos pisos con un ligero desnivel, haciendo un lado más alto que el otro. Esa solución no consiguió enderezarla, pero dio lugar a la sutil curvatura que todavía hoy puede apreciarse en su estructura.

La derrota de Pisa frente a Génova en la batalla de Meloria, en 1284, volvió a interrumpir los trabajos. Recién décadas después pudo completarse el séptimo piso y, finalmente, en 1372, Tommaso di Andrea Pisano construyó el campanario, logrando integrar con armonía el estilo gótico de la cámara de las campanas con la arquitectura románica de la torre. Allí se instalaron siete campanas, una por cada nota de la escala musical, aunque la mayor de ellas sería colocada recién en 1655.



Poco después de finalizar la obra, la inclinación volvió a incrementarse, esta vez hacia el sur, confirmando que la singularidad de la torre había quedado sellada para siempre. Con el paso de los siglos también comenzaron a aparecer daños en parte de su estructura, lo que obligó a reemplazar algunos elementos originales de mármol de San Giuliano por mármol blanco de Carrara. A esa historia se suma una de las leyendas más conocidas del monumento: la que sostiene que Galileo Galilei dejó caer desde lo alto dos esferas de distinto peso para demostrar que ambas descendían a la misma velocidad. Aunque el relato fue difundido por uno de sus discípulos, la mayoría de los historiadores considera que nunca ocurrió.


Durante siglos, la inclinación de la Torre de Pisa continuó aumentando y alimentando tanto su fama como la preocupación por su futuro. En 1964, el Gobierno italiano solicitó la colaboración de especialistas de todo el mundo para evitar un eventual derrumbe. Tras décadas de estudios y distintos proyectos, el 7 de enero de 1990 el monumento fue cerrado al público para iniciar una de las intervenciones de ingeniería más complejas realizadas sobre un edificio histórico.

Los trabajos comenzaron con la retirada de las siete campanas del campanario para aliviar el peso de la estructura. Al mismo tiempo, enormes cables de acero fueron anclados alrededor de la torre para impedir nuevos desplazamientos mientras se estudiaba una solución definitiva. Finalmente, los ingenieros optaron por una medida tan audaz como efectiva: extraer 38 metros cúbicos de tierra del lado opuesto a la inclinación. La operación permitió que el monumento recuperara cerca de medio grado de verticalidad, reduciendo el desplazamiento acumulado durante siglos sin alterar su característica silueta.

El ambicioso proyecto concluyó en 2001 y devolvió a la torre una estabilidad que no tenía desde comienzos del siglo XVIII. En total se retiraron unas 70 toneladas de tierra y la inclinación quedó reducida a poco menos de cuatro grados. Los especialistas estimaron entonces que la estructura permanecería estable durante al menos tres siglos. En 2008, los ingenieros confirmaron una noticia histórica: por primera vez desde que comenzó a inclinarse en el siglo XII, la Torre de Pisa había dejado de moverse. Tras veinte años de trabajos de restauración y consolidación, el monumento reabrió sus puertas al público en 2011, demostrando que era posible preservar uno de los grandes símbolos de la arquitectura mundial sin modificar aquello que lo hizo único.


Más allá de su célebre inclinación, la Torre de Pisa es considerada una de las grandes obras del arte románico europeo. En 1987, la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad a todo el conjunto monumental de la Plaza del Duomo o Piazza dei Miracoli, reconociendo el valor histórico y artístico que integran la Catedral de Santa María de la Asunción, el Baptisterio, el Camposanto y su inconfundible campanario. Incluso llegó a ser propuesta como una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno.

Construida como campanario de la catedral, la torre alcanza una altura de casi 56 metros, distribuidos en ocho niveles rodeados por elegantes galerías de arcos que reproducen el lenguaje arquitectónico de la iglesia. En su interior, una escalera de 251 peldaños conduce hasta la cámara de las siete campanas, cada una afinada en una nota distinta de la escala musical y bautizada con los nombres de Asunción, Crucifijo, San Ranieri, Dal Pozzo, Pasquereccia, Terza y Vespruccio. Aunque hoy funcionan mediante un sistema electrónico, sus campanas continúan marcando el inicio de las celebraciones litúrgicas y el mediodía, manteniendo viva una tradición que atraviesa los siglos.


Hay monumentos que deslumbran por su perfección y otros que alcanzan la inmortalidad gracias a sus imperfecciones. La Torre de Pisa pertenece a estos últimos. Aquello que alguna vez fue considerado un error terminó convirtiéndose en su mayor identidad. Desde hace casi 853 años desafía la gravedad, el paso del tiempo y la imaginación de quienes la contemplan. Inclinada, pero firme; imperfecta, pero eterna, continúa recordándole al mundo que, a veces, son precisamente las huellas de la fragilidad las que hacen inolvidables a las grandes obras de la humanidad.



Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por a Imagen




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