Titulo : " Revolución de colores "

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
Titulo : " Revolución de colores "

Atrapados por la Imagen
Marta Puey
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en: “Alto, alto”
Cuento inédito para Atrapados por la Imagen
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
___________________
____________
“Alto alto”
Marta Puey
Lunes. Salgo del estudio. Llego al consultorio a última hora, Germán me abre
la puerta. Los dos vinimos de Entre Ríos, su meta era ser médico, la mía abogado
penalista. Él sumó familia, yo aventuras ocasionales y logros en mi profesión. El
título de la semana fue: “Prisión perpetua para el senador acusado de
femicidio”, la nota destacaba mi labor como penalista exitoso. Volví a sentir el
sabor del triunfo. La sala de espera está vacía:
-Entrá sentémonos aquí ¿cómo te sentiste estos días? - dice Germán
-Te mandé las imágenes - contesto eludiendo la pregunta; sereno inclina
el torso acercándose. Hace una pausa:
- El tumor está alojado en el riñón, la buena noticia es que se lo ve
encapsulado. La intervención no es muy compleja a los tres días vas a poder
estar tranquilo en tu casa.
- ¡¿En mi casa?! yo tengo que estar en Bruselas la semana que viene y me
mandás a mi casa, mi casa es para dormir -. El silencio pesa, con la cabeza
gacha lo vuelvo a oír:
-¿Me escuchás?
Afirmo con un gesto.
-En un mes vas a estar otra vez en carrera, relájate, tenés esta semana
para ordenar el trabajo. El lunes te internás y hacemos la intervención, mi
asistente te va a ordenar todo, simple y rápido a tu estilo. Me paro, el me
sigue y remata con una palmada en la espalda, abre la puerta, salgo.
Ya es de noche, deambulo por la ciudad. Entro a un pub de penumbra espesa, en la barra pido un Johnny Walker. Al piano con sordina se acopla la voz, volteé, la vi pequeñita envuelta en un vestido rojo, pido otro wisky, silencio; pago salgo a la vereda enciendo un cigarrillo, la veo salir por la puerta lateral con un abrigo gris trajinado, nos miramos. Empezamos a caminar en silencio y cuando digo: -es muy tarde te acompaño hasta…. -de la nada aparece un colectivo que la absorbe.
Viernes. Todo en orden en el estudio, necesito estar solo. Salgo del edificio, la veo caminar con el mismo abrigo gris por la
vereda de enfrente. El semáforo corta el tráfico, es una señal, cruzo, la sigo
cuatro cuadras apurando el paso para acortar distancia. No la alcanzo dobla y a
pocos metros entra a un edificio de zaguán con escalones de mármol blanco, doble
puerta cancel con vidrio catedral, al costado una placa de bronce con letras
cinceladas deja leer: Conservatorio Superior de Música, enfrente un bar. Cruzo, entro
pido un café y no dejo de mirar la puerta por donde entra y sale gente, pero
ella no. Doy tiempo, cierran las puertas, quizás
haya otra salida, especulo. Me angustio, pago y salgo. Llego al departamento, abro el celular, un audio de mi hermana de mi querida hermana, su tono cariñoso, lento, el yo tuve y dejé en el pueblo, la escucho en 1,5, que llega el domingo
a la noche, que me quiere acompañar, que me quiere cuidar, que me quiere llevar
a su casa para la convalecencia, ¿volver al pueblo? no lo sobreviviría; aflojo
la corbata me acerco al ventanal veo las luces de medio Buenos Aires.
-Vos siempre alto, te felicito, me lo dijo de alma cuando compré este
piso treinta y tres, ayer tragó saliva dos veces antes de darme el diagnóstico.
Domingo. El fin de semana fue eterno. Ya es de noche. Espero a mi hermana en la terminal, baja del micro. Me ve rápidamente, nos
abrazamos fuerte, nos queremos, nos vemos poco y nada ¿por qué?:
-Mirá, yo voy a un hotel y mañana
temprano nos encontramos en el hospital, no quiero molestarte.
-Vos venís a mi casa -, contesto
sin darle opción. En el camino no deja de hablar.
-Leí lo del juicio qué bueno que lo
ganaste, matar a esa pobre chica.
-Me importó más destruir a ese
delincuente que aspiraba a la gobernación.
- Sí yo vi todo en la televisión, fotos
de ella, era muy linda, bajita, menudita.
-Yo no miro televisión -. Entramos
al ascensor marco el piso.
-¡Te compraste en un piso treinta y
tres! ¿cómo se te ocurrió?
- Por la edad de Cristo –contesto.
-La edad tuya, te recibiste a los veintiún
años y a los treinta y tres abogado y defensor de los vulnerables, como
Él.
- Me rebela esa decadencia. -La
puerta se abre y entramos al living. Dejó de hablar, se acercó al balcón.
- ¡Claro desde acá ves el río! no
es el Paraná, pero tenés río, es todo hermoso. Fue lo que primero vio yo nunca
miraba para ese lado. Se escuchó el timbre,
¿Viene alguien? - pregunta
encubriendo la curiosidad por saber de mi vida privada.
-Sí el delivery.
Lunes. Temprano entramos al hospital, no se despega de mi lado. Me
registro. Escucho a una enfermera que me dice: acompáñeme, nos volvemos a
abrazar fuerte, nos queremos ¿por qué nos vemos tan poco? vuelvo a preguntarme.
En el quirófano con la máscara puesta el anestesista me dice: cuente hasta diez, cuento uno, dos, tres, cuatr….
…desde lo alto veo a Germán y otros como manipulan mi cuerpo, más alto, ella pequeñita iluminada viene hacia mí….
____________
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Diseño y Maquetación: Laura Jakulis
lustración: Imagen libre de la Web
Editora Literaria: Isabel Santoro
Junio 2026

Proyectar un ángel
adolescente precozmente seductora
secreto de los pigmentos duraderos,
sonetos proféticos,
refugio del arte.

Make Up Aldana Sánchez Arte

Editorial Atrapados por la Imagen
Presenta:
-RATAS-
Del escritor:
Sebastián Rogelio Ocampo
"Artista de Atrapados por la Imagen"
Cuento inédito perteneciente al libro:
"ESTA PORQUERÍA NO SE LA DESEO A NADIE"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
Hay ratas en mi casa ¿Las escuchan?
Corren de un lado a otro, se esconden debajo de la heladera, dentro del
placard, entre los libros de mi biblioteca ¿De dónde salieron? No hay baldíos
alrededor. Las casas del vecindario son modestas pero limpias. Las ratas
llegaron a mi casa hace un par de meses. Mis hijos y mi esposa dicen no verlas,
pero yo las veo y las escucho. Esos chirridos horribles que largan. Parece que
se rieran o se burlaran de mí. A veces estoy mirando televisión y empiezan a
gritar, y pasan a toda velocidad de un lado a otro. Me paro sobre el sillón,
grito yo también. Mis hijos me preguntan qué me pasa. Mi esposa está cansada.
Dice que me volví loco, pero no, las ratas existen, están ahí, escondidas en mi
casa como malditos espíritus.
Mi esposa me mandó al psiquiatra.
Soy un buen hombre, dispuesto a resolver los problemas de la forma correcta,
así que fui a ver al doctor. Me escuchó sin decir muchas palabras, asentía,
hacía gestos con la boca, con las cejas. Me recetó un psicofármaco. Acepté
tomarlo, una pastilla a la noche. Busqué en google y dice que es para el
tratamiento de las alucinaciones. Pero no es así. Las ratas existen, yo las veo
y las escucho y las padezco.
Siempre me creí especial, puede que
sea eso, que las ratas sean una especie de demonios que yo solo puedo ver. Tal
vez vienen a darme algún mensaje. Vienen a decirme que las cosas no marchan
bien. Estoy desempleado. Eso es verdad, las cosas no están bien, mi esposa
trabaja de administrativa y la plata apenas alcanza. Mi hijo, el mayor, también
hace changas de cadetería con la bici. Yo me la paso en casa. Hago las cosas,
cocino, lavo la ropa, barro, plancho, todas esas cosas tristes que a nadie le
importan. Mis amigos dicen que soy un vago, que no quiero trabajar, pero sí,
quiero trabajar, soy oficial tornero, me canso de repartir currículums, y
además trabajo, trabajo en casa ¿Qué les pasa?
Y ahora las ratas. A veces a la
noche, me despierto, las escucho, agarro la escoba, las persigo, plaf, plaf,
golpeo el piso y las paredes, pero nunca las atrapo. Suben por las paredes, se
trepan, se trepan al techo, y pasan a todo lo que da sobre nuestras cabezas. Me
despierto varias veces a la noche. Las escucho. Malditas. ¿Serán acaso el
mensaje de que me estoy volviendo loco? ¿Será una condena divina por haberme
quedado sin trabajo? ¿Será que yo mismo soy una rata más?
A decir verdad a veces desaparecen. Unos días, mientras meto ropa a lavar me pongo a leer a las poetas suicidas Pizarnik o Alfonsina. Tengo los libros guardados entre la ropa porque mi esposa dice que pierdo el tiempo leyendo poesía. Separo las prendas de color de las prendas blancas. Me apoyo en el lavarropas, rodeado de detergentes, suavizantes, y otros líquidos. Leo de Pizarnik:
"Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa".
Siento que el mundo va a terminar, que ya no va a haber una vida para mí,
que sería mejor terminar con todo, que no soporto la humillación de ser un
ceniciento. Cuando desaparecen pienso, pienso mucho, demasiado, los
pensamientos me aturden, me duele el pecho y la cabeza, y cuando está todo por
explotar, ahí, aparecen las ratas, corren, gritan, se ríen. Se ríen como
hienas. Como se reían los chicos de la escuela al burlarse porque yo usaba
lentes.
A lo mejor tiene razón mi esposa.
Las ratas son alucinaciones. Pero no, me acuesto y las escucho roer el
machimbre de las paredes. Cuando meto al horno algunas supremas las veo salir de
ahí abajo a toda velocidad, pasándome entre las piernas. Últimamente tengo
miedo. Un miedo terrible de que puedan hacerme algo. ¿Si me muerden? ¿Si me
contagian alguna peste extraña y me muero? Una ansiedad me recorre y quiero
matarlas.
Entonces me agarró un ataque de
locura que podría salirme caro. Compré 126 tramperas y las distribuí por toda
la casa, incluso debajo de las almohadas en la cama, de las sillas de la cocina
y en los sillones del living. Yo sé qué posiblemente mi psiquiatra me mande a
internación pero las ratas no van a vencerme. Las voy a liquidar, las liquidaré
a todas, inclusive si me cuesta la vida, pero desaparecerán. Desaparecerán
tanto si viven en mi cabeza o si andan dando vueltas por mi casa. Lo juro.
¡Las exterminaré!¡Las exterminaré!,
gritaba. Cuando mi esposa y mis hijos descubrieron la cantidad de tramperas que
puse en casa se espantaron. Mi esposa llamó al psiquiatra. El psiquiatra me
citó. Me dijo ¿Qué es esto? Nada, quiero atrapar a las ratas. ¿No le parece
desmedido? Acepté por el bien de mí mismo y para evitar una internación que
había propuesto el doctor que el despliegue había sido demasiado. Así que
prometí quitar las tramperas. Solo dejar algunas. Debajo de la heladera, de la
cocina, de la cama. Algo coherente según consideraba mi familia y el
psiquiatra.
¡Atrapé una! Finalmente atrapé una. Apareció enredada en el alambre de la trampera con un pedazo de queso todavía en la boca. La saqué agarrándola delicadamente de la cola. La hice pendular felizmente frente a mis ojos. ¡Atrapé una!, le grité a mi familia. Cuando se la mostré. Me miraron con ojos de pequinés tristes. Eso es una zanahoria, papá, dijo mi hijo. ¡¿Cómo que es una zanahoria?! La puta madre, ahora que agarré una tampoco me creen. No importa. Agarré la campera al vuelo. Salí de mi casa y me fui para el taller donde se juntan los muchachos. Las ratas me seguían como un grupo de adolescentes de fiesta. Estaban todos sentados en ronda tomando mate y hablando. Las ratas pululaban por todos lados.
¡Miren quién apareció!, dijo uno.
Muchachos, estoy desesperado ¡Miren las ratas!
¿Qué pasó, loco? Contanos.
Encontré esta rata en mi casa.
La sostuve de la cola frente a ellos.
Otra vez esa mirada de como quien
ve a un elefante caminar por el medio de la calle.
Eso es una zanahoria, loco.
¡¿Cómo que una zanahoria?!¿No ven que es una rata? ¡Una maldita rata!
Las ratas reían.
Pará, pará, loco, vino uno y me puso la mano sobre el hombro.
Me saqué la mano del hombro de un
manotazo, yo no quería ningún consuelo.
¡Ustedes están todos pirados!¡Igual que mi familia!¡Chau manga de putos!
Y me fui rodeado de ratas.
Me fui con la rata ahora agarrándola del cuerpo como si fuera un peceto.
Sentía mi sangre hervir, hervir el
aire en los pulmones, hervirme el cerebro. Las ratas me perseguían como si yo
fuera el flautista de Hamelin.
Empecé a preguntarle a la gente si
veían una rata o una zanahoria y todos decían una zanahoria. ¡Una zanahoria!¡Hijos
de puta! Era una maldita rata. Le veía las orejitas, las patitas, la cola larga
como un cordel. Se las mostraba a los que pasaban. ¡Una zanahoria!, decían. Me
subí a un tacho de basura y grité ¡¿Qué ven acá?! La gente se empezó a
amontonar. La gente me miraba y gritaban ¡Una zanahoria! ¡Hijos de puta!, les
gritaba yo. Las ratas alborotadas a mí alrededor. Al final llegó la policía.
Terminé sentado frente al psiquiatra.
¿No le parece un poco excesivo todo esto?
Lo miré con furia.
Usted
no es un hombre para estar haciendo estas cosas.
Me
hubiera gustado decirle la pesadilla que las ratas significaban para mí.
¿Así
que esto es una zanahoria?, pregunté.
Claro.
Por supuesto.
Bueno,
dije.
Me
la puse en la boca y le mordí la cabeza. Pude sentir la sangre chorreando por
mi boca. Cayendo sobre mi camisa, sobre mis pantalones. El tipo empezó a tocar
un timbre que tenía a un costado, el timbre chirriaba y chirriaba, aparecieron
dos enfermeros y yo les sonreí con la boca llena sangre. Mientras tanto, a mis
pies, a los costados, pasaban ratas a todo lo que da llenando el consultorio.
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Diseño y Maquetación: Laura Jakulis
Editora Literaria: Isabel Santoro
Junio 2026
