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"Una serie fotográfica es un viaje visual que se adentra en lo oculto de lo cotidiano, donde cada imagen dialoga con las demás para tejer un relato silencioso. Su sentido nace de la secuencia, de los ecos y resonancias que emergen entre ellas, trascendiendo la instantánea individual."
Directora: Laura Jakulis

EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Presenta:
"Mis Héroes y Heroínas Literarios"
IDEA Y CREACIÓN:
Emilio Bertero
________
Fabio Morábito
Narrador, poeta, ensayista y traductor mexicano
Alejandría (1955)
Hijo de padres italianos, nació en Alejandría, Egipto, y vivió hasta sus 15
años en Milán antes de emigrar a Méjico. Escribió toda su literatura en
castellano, pero también destaco su oficio de traductor, porque en ese carácter
se lo considera uno de los mejores, resaltando, entre numerosos cuentos,
poemas, ensayos y libros infantiles que tradujo, la poesía completa de Eugenio
Montale (Premio Nobel de Literatura 1975) y el “Aminta” (1573), la famosa obra
de teatro pastoril de Torquato Tasso.
“Necesito escribir poesía como
necesito escribir relatos”, declaró en una entrevista, y tal cual, Morábito
edificó su carrera literaria dedicándose con igual enjundia a los dos géneros. En
cuanto al primero, ha publicado “Lotes baldíos” (1984, ganador del Premio
Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer), “El buscador de sombra
(1990), “De lunes todo el año” (1992, ganador del Premio Bellas Artes de Poesía
Aguascalientes), “Ocho poemas” (1997, reeditado en 2005), “El verde más oculto“
(2002), “La ola que regresa (2006), “Delante de un prado una vaca” (2011), “Alguien
de lava” (2011), “Ventanas encendidas” (2012), “A cada cual su cielo” (2021) y
“Canción segunda” (2024)”.
A propósito de “Alguien de lava”, aunque generalizable a toda su poesía, se
ha dicho: “Detenerse a observar es la actividad predilecta del
poeta Fabio Morábito. En la inquietud, en el silencio, en la atención total se
gesta el poema… Los poemas de Morábito comienzan con lo particular (el
microscopio) y poco a poco se esponjan, se expanden —con la ayuda de una
sabiduría dúctil— y terminan en lo universal (el telescopio)… La relación de
Morábito con su material verbal, vista así, es casi manual: lima, resta, reduce
asperezas y descubre, tal vez con sorpresa, que en esa bruñida superficie se
puede ver su rostro reflejado”.
Extraigo, de “Un náufrago jamás se seca” (2025, una compilación de
su obra poética entre 1984 y 2024), un poema que estimo representativo de su
obra en ese género:
“En
el pasillo,
mientras
leo,
se
abre una puerta y se cierra,
se
abre y se cierra,
y
yo espero que se acabe su agonía.
Dicen
que cuando el aire
abre
y cierra una puerta,
alguien
muy cerca está en peligro.
Hay
que prestar oído,
cerrar
el libro que leíamos
y
unirnos a ese rezo;
no
levantarnos a cerrar la puerta,
sino
quedarnos quietos y oír, oír
hasta
sacarle alguna música al crujido”
En cuanto a narrativa, el primer relato del que tengo referencia cronológica
es “Gerardo y la cama” (1986), un cuento muy divertido y bien escrito,
en el que Gerardo quiere tener una cama más y más grande, no por comodidad sino
para atenuar su miedo patológico a caerse de la cama mientras duerme, quiere una
cama enormísima para que sea imposible caerse de ella.
“Caja de herramientas” (1989) es de
gran ingenio, un texto complejo en apariencia, pero ese artificio solo persigue
el fin de darle una vida insólita a los objetos, y convertir lugares comunes en
sorprendentes.
En el libro de cuentos “La lenta
furia” (1989), veo el arte de Morábito sobre todo en el “cómo”, porque la forma
simple y sin rebuscamientos en que están escritas cada una de las historias, un
colmo de desmesuras plagadas de episodios y personajes objetivamente
inverosímiles, construye un “qué” aceptado, paladeado y vivenciado como lo más
natural del mundo.
Entonces, embarcado en esa
naturalidad, es posible aproximarse, aunque sea por intuición, a contenidos por
debajo de las capas superficiales de los textos. Por ejemplo, en “Los
Vetriccioli”, un contrapunto entre dos familias de traductores, encontré
familiaridad con los Cronopios y los Famas, y en “El huidor”, es soberbio como,
partiendo de un personaje absurdo, casi cómico, incluso grotesco, llega en el final
a una atmósfera muy triste y angustiosa.
Los dos cuentos del libro que más
me gustaron fueron el primero, “Las madres”, y el último y más corto de todos,
“Oficio de temblor”. “Las madres”, porque Morábito construye un texto de
contraste, entre el ritmo y las alternativas de una ola de tormenta furiosa (el
primitivo y salvaje mes durante el que las madres entran en celo), y el final
de la misma ola una vez que rompió y llega mansita a la playa. “Oficio de
temblor”, que es en cambio de una cadencia constante, me gustó especialmente
por el terremoto como personaje, tan bien imaginado por el autor como calculador,
paciente, pensante, casi siempre destinado a satisfacerse, pero incluso a
veces, frustrado. Transcribo como arranca: “El temblor no llegó con su
intenso cortejo de cristales ni su amplia funda de razones. Apenas se insinuó
de casa en casa, sedoso y delicado, palpando las esquinas y las puertas. Los
que dormían en los últimos pisos del edificio oyeron los golpes espaciados con
que tanteaba la solidez de la construcción, un tenue ¡pum! ¡pum! ¡pum! que la
mayoría confundió con los latidos de sus pechos. Era como el primer ruido del
mundo, no manchado por ninguna impureza.”
Según la sinopsis de la editorial
argentina, los personajes de “La vida ordenada” (2000), “se mueven como por
inercia, atravesando alguna crisis o a la espera de que suceda algo que tuerza
su camino. De la cárcel a un departamento heredado, de la casa familiar al
oasis de un pequeño estudio rentado, de un amplio departamento prestado a la
diminuta vivienda de uno, los espacios van marcando posibilidades, destinos,
aspiraciones, ofreciendo a sus ocupantes algo a que aferrarse. He aquí una
exquisita combinación de pequeños detalles y misterios extraños tamizados por
una de las sensibilidades más destacadas de la narrativa contemporánea”.
En 1998, Morábito participó en un
programa de artistas del Servicio Alemán de Intercambio Académico en Berlín, y sobre
esta experiencia, escribió la serie de cuentos “También Berlín se olvida” (2004).
Estos relatos discurren con detalle fragmentario por los recovecos más pequeños
de la ciudad, resultándole al autor tan inspiradora y reveladora, que acaba conformando
la imagen de una urbe fascinante.
“El río de Berlín, en realidad, es
su cielo”, leemos al final de un párrafo de profunda reflexión, tan
introspectiva como expansiva a la vez. O en otro, donde se le ocurre imaginar “…la
abolición de los signos de puntuación gramaticales tras la caída del Muro, lo
cual explicaría la supremacía de la poesía sobre la prosa en la producción
literaria alemana de la época”. (entre comillas, de la sinopsis de la
editorial).
Grieta de fatiga (2006) fue el
libro ganador del Premio de Narrativa Antonin Artaud en 2006. Conocí
tardíamente a Morábito, esto fue lo primero que le leí, más de veinte años
después de que empezara a publicar. Tras leer los 15 cuentos de este libro, las
ganas de leerlo crecieron, porque la prosa de Morábito es una vaselina de tanta
fluidez y ojo, este valor es de mérito, porque ninguno de los 15 cuentos puede
considerarse objetivamente fáciles, así que, como suele decirse, escribir fácil
es difícil. Igual, no es lo único y ni siquiera lo principal. Todos los relatos
están plagados de complejidades de la naturaleza humana, que se perciben y
provocan sin necesidad de que el autor las haga explícitas, muy por el
contrario, emergen con toda claridad de una escritura sutil, o al menos alejada
de lo directo, en fin, puro arte literario como yo lo concibo y me gusta.
Ninguno de los inicios de cuento
puede considerarse atrapante, pero todos desatan intriga, no esa clase de
intriga ligada con el suspenso o el secreto a develar, sino más bien una cosa
como de ¿a dónde me quiere llevar este tipo? Y uno quiere ir.
Muchos de los cuentos no son
absolutamente cerrados, sino que siguen más allá del punto final o, como en
“Huellas”, es uno quien se queda queriendo cerrarlo. Es el primero en el índice
y el que más me gustó de una antología en la que cuesta elegir un favorito. Es
una montaña rusa, en menos de seis páginas la cabeza del protagonista pone al
lector en alternativos estados de intensidad, tensión y, digamos, desinfle, con
una consistencia de tanque blindado.
En fin, tal como dice el fragmento
final de la sinopsis de la editorial, “Estas quince historias reflejan un
sentido de urgencia y de suspenso que se ve resuelto, en cada caso, con
desenlaces memorables”.
"Emilio, los chistes y la
muerte” (2009) se trata de la primera incursión de Morábito en la novela.
Habiéndolo conocido (y gustado) por su narrativa breve, tenía mucha curiosidad
e intriga por saber qué pasaba con un relato de mayor extensión. No me
decepcionó para nada, al contrario. Igual que en los cuentos, sobresalen
enseguida la fluidez de la prosa (y su sencillez, aún para decir cosas para
nada sencillas), y la habilidad para que luego de pocas páginas, uno se crea y
acepte todo, aún lo poco razonable y/o verosímil.
Así es el universo Morábito, los
personajes “son”, y lo que pasa “es”. Y en esta novela, Emilio, 12 años, hijo
de padres separados, es un chico rarísimo, pero su rareza no tiene nada de
ordinario, muy por el contrario, los síntomas, los ribetes, siempre sorprenden
y siempre están diciendo algo más allá del texto, incluso en los detalles
absolutamente accesorios, como por ejemplo sus pensamientos cuando se concentra
en la observación de una fila de hormigas. Eurídice, la coprotagonista, es una
cuarentona que vive sola y ha perdido a un hijo de la edad de Emilio, ¡y se encuentran
en un cementerio!, sí, el escenario principal es un cementerio, al que Emilio
va todos los días a cazar chistes y a memorizar nombres de muertos. Dicho así
parece una tontería, bueno, nada de tontería, montado en ese absurdo solo
aparente si se lo piensa en términos de su funcionalidad a la trama, Morábito
teje una historia notable, desprende un haz de situaciones muy provocadoras,
que nos llevan a cada rato a lugares muy reflexivos acerca de la naturaleza
humana, e inclusive a lugares propios e íntimos.
Morábito hace todo con sutileza, o
casi todo, porque las excepciones que elige son las necesarias para crear un
fuerte contraste, romper un ritmo, hacer sonar una alarma, como cuando Eurídice
se desnuda para orinar entre un yuyal del cementerio, y después vuelve a lo
sutil, pero el efecto buscado ya se instaló y el perfume con el que se sigue
leyendo ya no puede dejar de percibirse.
Accesorios a los dos protagonistas,
hay un abanico de personajes, todos imprescindibles, todos muy bien delineados
y todos tan borders como Emilio y Eurídice, entre otros la madre y el
padre de Emilio, el policía que custodia la puerta del cementerio, un fulanito
que acomoda las flores en los nichos, un monaguillo en los entierros… Y a
cuento del monaguillo una curiosidad: Morábito se copia a sí mismo del cuento
“Hormigas” que está en “Grieta de Fatiga”.
Para terminar lo inherente a esta novela: “Esta es la historia de la relación entre un niño de 12 años que tiene un exceso de memoria y una mujer de 40 quisiera olvidarlo todo”. Así arranca la reseña en la contratapa del libro y es un resumen excelente, pero que apenas se asoma a la densidad que tiene el texto.
“El idioma materno” (2014) contiene
84 cuentos breves que, matizados con cierta ironía y algo de humor, se vinculan
entre sí por, al decir de la crítica, los ejes que determinaron el destino de
escritor de Morábito, quien emprende “…un viaje en busca de sus raíces,
entregándonos un libro que es también la celebración de nuestra capacidad de
escapar de la tiranía del concepto y llegar al límite del lugar en el que el
mundo se revela libre de cualquier mirada”.
En Madres y Perros (2016), ganador
del Premio Bellas Artes Narrativa Colima para Obra Publicada, Fabio muestra que
la cotidianidad puede ser cualquier cosa menos monótona e invariante, que el
concepto de uniformidad no existe: un hombre que no alimenta por tres días a la
perra de su hermano por miedo a que lo ataque, mientras el hermano prodiga
cuidados a su madre moribunda, otro que se hace el interesado en la compra del departamento
de su infancia, cuando lo cierto es que quiere direccionar a los actuales
ocupantes para que dispongan los muebles del mismo modo que cuando fue niño, dos
desconocidos entre sí que esperan su transporte en un camino desierto, y que acaban
intercambiando sus destinos… En fin, Morábito hace que circunstancias comunes
viren a extremos impensados, y que entonces broten de las páginas a veces desesperación,
a veces comicidad, y momentos a veces aciagos, a veces luminosos.
“El lector a domicilio” (2018) fue
galardonada con el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para
Escritores. Se trata de una nueva novela, en la que el protagonista, en
cumplimiento de una pena de trabajo comunitario que consiste en ir a leerles a
enfermos y ancianos, de repente queda atrapado en medio de episodios siniestros
que entrecruzan a este lector a domicilio —con la originalidad habitual de
Morábito— con un padre enfermo, una poeta misteriosa, una familia de sordos… “Sus
cuentos y poemas tienen algo de suspenso que se extiende también a su trabajo.
Empieza a escribir un relato o una poesía, pero nunca sabe cómo lo va a
terminar. Y traiciona siempre la idea previa” (extracto de la reseña de Bernardo
Marín, El País)
En los cuentos de “La sombra del
mamut” (2023), Fabio muestra una madurez total, un oficio pulido, ya no puede
ser mejor su habilidad para iluminar —a veces con una sola palabra bien elegida—
lo que de ordinario pasamos de largo con indiferencia, surgiendo así un cúmulo
de historias tan fabulosas como imprevisibles.
A modo de muestra, en el relato que
da título a la antología, se da una charla entre paralelos de dos tiempos muy distantes,
y lo real en el antiguo se vuelve mágico en el actual. Una maravilla el primer
cuento del índice, “El clavo en la pared”, un matrimonio se rompe luego de que
el protagonista pone un clavo para colgar un cuadro, pero visualizando perfecta
su obra, decide dejarlo sin colgarle nada, el clavo solo, como un adorno. Y
resumiendo toda la naturaleza del libro, en “Extras”, un director de cine se
transporta a sus tiempos de extra y, enfatizando la identificación con un
relator en primera persona del plural, filma la cinta con el foco puesto en las
caras fugaces de los márgenes de una película, mientras de las estrellas solo
se oyen sus voces como de fondo, haciendo que el centro se vuelva contorno y que
el contorno se vuelva centro. Morábito parece decirnos que la vida y la
literatura serían más profundas si prestáramos atención a lo secundario.
“Jardín de noche” (2024), otro
libro de narrativa breve, el último que le conozco al autor de hoy, es ganador
del Premio Mazatlán de Literatura 2025. Tiene la particularidad de que todas
las protagonistas son mujeres, todas sin ser conscientes de que están en una
encrucijada, aunque sí convencidas de que su vida no fue, no está siendo, tan
plena como pudo ser, lo cual las predispone al evento o nudo dramático de la
historia. “El tiempo siempre pasa veloz cuando miro el jardín” es la
frase inicial de cada relato, y desde allí Morábíto forja el evento aludido,
insuflando en cada personaje tanto el anhelo de vivir más intensamente, como el
miedo a perder sus seguridades o certezas por más aburridas que fueran.
Fabio Morábito también ha escrito dos libros de ensayos muy conocidos, “El
viaje y la enfermedad” (1984) y “Los pastores sin ovejas” (1996), un libro
infantil, “Cuando las panteras no eran negras” (1997, ganador del Premio
Internacional White Raven concedido por la Jüngenbibliotheke de Munich), y ha
recopilado y adaptado un libro de 125 cuentos cortos orales mexicanos,
"Cuentos populares mexicanos" (2014, también galardonado con el White
Raven).
Asimismo, integró numerosas
publicaciones de literatura conjunta tanto de poesía como de narrativa breve,
entre las que destacan “Macrocefalia” (1986), “Poetas de una generación :
1950–1959” (1988), “Antología del poema en prosa en México” (1993), “Antología del
cuento latinoamericano del siglo XXI : las horas y las hordas” (1997), “Las
flores de la dicha” (2003), “Solo cuento I” (2009), “México sabe México :
textos de cincuenta prosistas contemporáneos” (2010), “La poesía del siglo XX
en México” (2011), “Antología general de la poesía mexicana : poesía del México
actual, de la segunda mitad del siglo XX a nuestros días” (2014), “Del río que
corre : poesía en Blanco Móvil a través de treinta años” (2017), “Las etapas
del día : 50 años del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes (1968-2018)”
(2018) e “Infancias” (2022).
Finalmente, en 2007 fue incluido
como entrevistado seleccionado en la publicación “De oficio traductor, panorama
de la traducción literaria en México”.
Morábito cuenta con solo una adaptación al cine. Se trata de “La perra”, un cortometraje de 2004 basado en el cuento homónimo que se encuentra en el libro “La lenta furia”. Es una producción chilena dirigida por Hugo Maza, que coescribió el guion con Fabio. Los protagonistas de la cinta fueron conocidas figuras del momento (Claudia Celedón, Boris Quercia y Catalina Saavedra).
El cuento se trata de una pareja
excéntrica viviendo en un mundo paranoico, urdiendo historias acerca de una chica
a la que han contratado para tareas domésticas. La adaptación cinematográfica
es discreta. Si bien es fiel al relato, las actuaciones de los miembros del
matrimonio no resultan convincentes, no reflejan la intensidad de los
personajes del texto. Mejor en cambio la empleada, merced a un buen manejo
gestual y sin caer en la sobreactuación.

Editorial Atrapados por la Imagen
CUENTOS Y RELATOS
Presenta:
a. . .
Cristina Martín
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en
"Abuelo Pepe"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
________
Tía Dora trajinaba en la cocina, como todas las mañanas, para hacer el pan casero. Abuelo Pepe escuchaba noticias frescas en su vieja radio a galena. -Nada mejor que lo viejo- había dicho una vez que la abuela Ángela quería cambiar la cama antigua de bronce por otra de madera. Y no se lo permitió. El abuelo hablaba poco, pero sus palabras eran una sentencia en la casona de los Martín.
No hay amor como el primero
aunque el segundo más valga
porque el primero llegó
a los rincones del alma.
Abuela
Ángela insistía con sus coplas canarias, mientras pelaba papas y zanahorias
para el puchero del mediodía, debajo de la parra de uvas chinches. Abuelo Pepe apagaba
la radio y se acomodaba en su silla petisa para contarnos una vez más la Guerra
Civil Española. Los ojos marrones le brillaban y su fuerza de viejo anarquista
le hacía mover las manos ásperas de tanto hacer la quinta, pero que se movían,
ágiles, como mariposas.
-Los falangistas eran los malos y los republicanos, los buenos- Mary, Graciela, Pepito, María Elena y yo escuchábamos con la boca abierta; porque nos contagiaba su entusiasmo, aunque no entendiéramos demasiado. Yo lo veía muy grande desde mis ojos de niña y pensaba que me miraba especialmente a mí. No entendía bien por qué.
Dicen que amor el primero
yo digo que no es así
para querer al que tengo
del primero desistí.
La abuela recitaba coplas, pero
nunca abandonaba sus quehaceres cotidianos. Limpiaba puerros, albahaca,
perejil, tomillo, para que la sopa quedara más apetitosa y de reojo espiaba a
Pepito, el más desobediente de los nietos, quien deshojaba las cuantiosas
flores del jardín de los Martín
- Pepe, travieso, si pareces entenado, coño- se lo decía y le pegaba un coscorrón para intimidarlo.
El abuelo ponía pasión en esa
historia tan suya y tan dolorosa
- Un día los malos, que eran muy malos persiguieron a un poeta llamado Federico García Lorca y lo mataron
- ¿Qué es un poeta, abuelo?
- Es una persona que escribe versos
- ¿Es lindo ser poeta?
- Pues claro, niña, los poetas dicen cosas hermosas que después aparecen en los libros. Los poetas ponen alas a las palabras.
- A mí me gustaría ser poeta, abuelo, para poner alas a las palabras
- Bueno niña, deséalo mucho y lo serás. Pero claro, deberás leer mucha poesía.
Eso
fue una mañana fresca de primavera, mientras yo miraba cómo chorreaban flores
lilas de la glicina. Tía Dora amasaba, como siempre, la harina con agua y
levadura, hasta que la masa empezara a hacer ruiditos. Ese era el momento de
ponerla a descansar un rato.
¡Oh, cementerio sagrado!
donde van el grande y el chico
allí no se ofende el rico
tener el pobre a su lado.
- Pepito, ¿cuándo escucharás tú una copla? deja el balde tranquilo de una buena vez ¡eh, niño!
- Abuela, yo quiero tirarlo por el aljibe, para ver cómo se mueve la ruedita
- Rondana, burro, cuándo aprenderás tú. Y acuérdate que en el aljibe están el vino y la soda refrescándose, para la hora de comer. ¡Ojo! que si tu padre te ve, no habrá quién te salve de una paliza.
María
Elena, Graciela y Mary se iban a jugar al pido gancho, debajo de la glicina, mientras
yo le insistía al abuelo que me contara la historia del poeta Federico
- Federico fue terco como una mula ¿sabes, niña? Cuando se enteró de que los malos lo perseguían, se fue urgente a la casa de su amigo también poeta, Luis Rosales, quien vivía en la ciudad de Granada, cerca de Fuentevaqueros, donde había nacido Lorca, al sur de España. Pero tuvo mala suerte. Lo persiguieron tanto que lo encontraron. Y unos días después lo fusilaron.
- ¿Por qué matan a los poetas, abuelo, si ellos son buenos? - pregunté llorosa.
- Ah, niña ¿sabes qué pasa? - La mayoría de ellos, piensan diferente de los gobiernos tiranos que no permiten que nadie tenga ideas distintas. Esto le pasó a Federico. Él deseaba un país libre, donde todos pudieran pensar y decir lo que sentían y quería un presidente elegido por los habitantes de España. Además, llevaba un clavel rojo en la solapa de su saco, y eso no estaba bien visto para los hombres
- Abuelo, ¿vos sabrás alguna poesía de ese poeta que a mí me pueda gustar?
- Conozco muchas, pero de memoria, sólo algunas. Ya tengo memoria de viejo, niña. ¿A ver ésta?
Mamá
Yo quiero ser de plata.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá
Yo quiero ser de agua.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá
Bórdame en tu almohada.
Eso sí
Ahora mismo.
- Me gusta, abuelo. ¿Cómo se llama?
- Canción tonta
- ¿Por qué se llama tonta? A mí no me parece tonta, abuelo
- Cuando seas grande, ya entenderás que las palabras quieren decir más de una cosa, especialmente en poesía
- ¿Te gustaría, abuelo, que cuando yo sea grande, me convierta en escritora como tío Antonio?
- Me gustaría mucho, niña, por supuesto. Entonces escribirás las historias de esta familia.
- Te lo prometo, abuelo.
Tía
Dora ponía en el horno los panes redondos con una cruz en el centro, hecha con
un cuchillo grande y puntudo con mango de madera, que las niñas y Pepito
teníamos prohibido tocar. La abuela Ángela arrastraba sus piernas flacas hasta
el aparador de la cocina, para sacar el moscato con el que invitaba a mi
hermano Juancho, el único nieto en edad de compartir una copita con ella. La
tía pretendía que las niñas le ayudáramos a poner la mesa debajo de la parra de
uvas chinches, bien temprano. Porque si volvía el tío Benito del taller mecánico
y no encontraba la mesa lista, frunciría el ceño, seguramente. Siempre me
acuerdo de él, de su musculosa blanca, de su paso recto, de su seriedad. Me
llamaba la atención que nunca se riera. Yo pensaba de chica que era un ser
triste y que como no podía hablar de su vida, era enojoso. Pero a la vez, muy
correcto.
Mientras
mi hermana y mis primas acudían presurosas a colaborar con la mesa, yo me
escabullía silenciosa para sentarme, aunque sea por un ratito, al lado de la
sillita petisa por si podía escuchar alguna historia más. Eso tan pequeño me
colmaba de una enorme felicidad. En ese tiempo no entendía bien por qué. Ahora
pienso que el abuelo Pepe también ponía alas a las palabras.
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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Editora Literaria: Isabel Santoro
SEPTIEMBRE 2026
