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EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Presenta:
"Mis Héroes Literarios"
IDEA Y CREACIÓN: Emilio Bertero
________
Juan Diego Incardona
Escritor argentino – Buenos Aires, 1971
Sí, Incardona es un escritor argentino nacido en Buenos Aires, pero primero
que nada es matancero, porque su obra literaria más conocida encuentra razón y
fuente originaria en La Matanza, y más precisamente en Villa Celina, barrio
matancero por excelencia en el que Juan Diego cansó suelas desde chico y pronto
encontró la mirada del escritor que es (pese a sus confesos primeros intentos
de escribir borgeano). De hecho “Villa Celina” (2008 y varias reediciones), un
compendio encantado de relatos breves, una de sus publicaciones más famosas y
lo primero que le leí, es adonde ancló con naturalidad sus inspiradas historias
(la mayoría con base autobiográfica), es adonde mostró al mundo literario sus
uñas de escritor con estilo propio y original.
Ya volveremos a “Villa Celina” porque de este libro hay mucho para decir. No
he leído y por ello me abstengo de comentar, “El ataque” (2007), contemporáneo
primigenio de “Objetos maravillosos” (2007), publicación con la que voy a
arrancar. Se trata para mí de una obra que se relaciona con la vocación
irrenunciable de Incardona, es buena parte de su vida real de aquel tiempo, en
la que privilegió escribir por encima de todo, y los trabajos convencionales o
el estudio formal no le dejaban tiempo para eso, así que eligió solventarse
económicamente vendiendo —entre las mesas de bares de la ciudad de Buenos
Aires, como los de Palermo Hollywood y otros de ese estilo— los “objetos
maravillosos” que él mismo fabricaba. Se lee de una sola sentada y se convierte
en una unidad llena de sentimientos inesperadamente intensos, a fuerza de un
poético fraseo urbano, esqueleto sólido de cada uno de los episodios, un chorro
en continuado de reconfortante emotividad.
Y de esas frases, como si fuera el
tráiler de una película, elijo transcribir acá algunas a mi capricho: “Ellos
(los anillos) están ansiosos por abrazar tus dedos”, “Ante mis ojos pasa,
fugaz, la imagen de una de mis gargantillas”, “A veces vuelvo, como ese día, y
mi vieja sigue ahí laburando, y mi hermana sigue ahí caminando”, “…con las
patitas inertes mojándose en la zanja de enfrente, el cuerpo blanco del gato
blanco se oscurecía…”, “…alto precio individual del sensible monomaníaco, del
angustiado sensible monomaníaco”, “Porque todavía quedaba vida en Villa Celina,
vida reconocible, pese a los prolijos epitafios que escribo con tanto esmero”,
“Tirados cuerpo a tierra, yo tenía miedo de que una bala me volara las papas
fritas de mi hot-dog”, “Yo no sé si fue para tanto la gracia, pero seguro que
todos encontramos ahí la catarsis de nuestros años viejos”, “¿Quién estaba por
encima del silencio?”, “¿Será que la vida misma es un chiste boludo?”.
Y elegida entre las elegidas: “Al
final las piedras son blandas como el pan fresco, y el pan si está servido en
una mesa está duro; al final la avenida es una loma verde llena de pasto, y el
pasto está seco y huele a muerto si está en los jardines. ¿Quieren ver objetos
maravillosos?”
El libro “Villa Celina” tiene, al menos la edición que yo leí de junio de
2008, veinte cuentos: “La culebrilla”, “El hombre gato”, “Los Reyes Magos
peronistas”, “El hijo de la maestra”, “El túnel de los nazis”, “El ataque a
Villa Celina”, “Emmeline Grangerford”, “Bichitos colorados”, “El Malasuerte”,
“La guerra”, “El midi”, “El Canon de Pachelbel o La chinela de Don Juan “, “El
80”, “Los rabiosos”, “Pity”, “Luzbelito y las sirenas”, “Víctor San La Muerte”,
“Metálica”, “Tino” y “Walter y el perro Dos Narices”. Cada uno de ellos remite
a personajes y vivencias en este barrio que Incardona conoce tan bien, en
muchos el personaje es él mismo, así que cómo no van a verse con nitidez las
imágenes, cómo no van a ser verosímiles las historias, cómo no van a tener la
intensidad, la tensión, los climas, las alegrías, tristezas o angustias con las
que convivió desde chiquito… Los relatos son una conjunción de aventura, mito,
nostalgia, épica, un folklore barrial de esa parte del conurbano bonaerense en
las décadas del 70 y 80, mosaico de laburantes como su padre obrero y su mamá
maestra, pasión por los fierros, el tango y el rock, más las barras en las
esquinas y los potreros llenos de fútbol hasta que hubiera luz… No obstante, y
acá estriba otro mérito, Incardona no descuidó adoptar estrategias para conformar
una literatura universal.
Juan Diego concluye su prólogo: “En sus noches se percibe una fina
niebla, iluminada parcialmente por los viejos faroles del alumbrado, se oyen
ladridos de perros (que abundan), tiros lejanos y muy cercanos, y una especie
de rumor difícil de clasificar que interrumpe con frecuencia el diálogo en las
veredas, quizás una especie de pasado, un sonido de pasado, un gol de Tino en
el campito mezclado con la risa de los pibes del grupo Perseverancia y las
puteadas de Carlitos el borracho”.
No hay cuento de Villa Celina que merezca ser salteado, pero para la
primera probada de los que aún no conocen a Incardona, mi preferido es “La
chinela de Don Juan”, un texto que arranca con una familia yendo al corso de
Carnaval en Tapiales, la fiesta se estropea culpa de una tormenta que se desata
con una lluvia tan intensa que los desagües son insuficientes, las calles se
inundan y se transforman en canales por los que la gente huye a refugiarse en
sus casas, y en el desparramo el padre de la familia pierde una de las chinelas
que lo calzaban… Lo mejor de todo es el apoteótico final, por el final mismo y
por la magnificencia con la que Juan Diego lo relata. Así es todo “Villa
Celina”, historias sencillas convertidas en leyendas al bañarlas de epopeya
barrial. Tal como otro de mis predilectos, “Los Reyes Magos peronistas”, un
reparto de juguetes a cargo de tres disfrazados de Melchor, Gaspar y Baltazar,
para la niñez de las barriadas más pobres, el vehículo que cargado de regalos
había partido de la Unidad Básica se estropea, y sin embargo, también con las
épicas pinceladas Incardona, los Reyes Magos cumplen su cometido. Ni hablar de
“El hijo de la maestra”, en el que gracias a ser reconocido como tal, nuestro
protagonista y su amigo zafan de una segura felpeada de parte de unos barras
violentos, cuando se bajan del colectivo volviendo a Celina después de haber
ido a ver un partido de Boca.
La siguiente publicación de Juan Diego Incardona es “El campito” (2009). No
he leído todavía su literatura completa, pero hasta ahora esta es la que más me
gusta. Responde a la segunda parte de su plan de obra: “Villa Celina” es el
barrio, “El campito” el conurbano, y es además una continuación, o quizás un
cuento largo del universo “Villa Celina”, al que también pertenecen “Rock
barrial” y “Las estrellas federales”, de las que más adelante hablaré.
Básicamente es una aventura de ciencia ficción, fuertemente anclada
espacialmente en un territorio cierto, con marcadas referencias a episodios del
peronismo, sus luchas históricas, más un muy interesante cruzamiento con
personajes o hechos notables de nuestra literatura, en especial Roberto Artl (los
Campos Galvanoplásticos de “Los
Siete Locos”), Leopoldo Marechal (la aparición de los siete de Saavedra
del “Adán Buenosayres”) y “El Eternauta” de Oesterheld (no tan unívocamente
como en el caso de Artl y Marechal, pero sí por la atmósfera del texto).
El protagonista esencial es
Carlitos el Ciruja, siempre acompañado de su gato montés, y ya en el primer
capítulo se revela que será el que cuente la historia. Es un capítulo muy
atrapante, agarra al lector y ya no lo suelta más, por la significancia que
revela Carlitos, un linyera que ha emprendido un camino entre alucinante y
fantasmal, en busca de los barrios secretos edificados como bustos de próceres
peronistas, cerca del Río Matanza, tal como en la realidad ocurre con Ciudad
Evita, barrio que visto desde el aire, o en los planos, está trazado siguiendo
el perfil de Eva Perón.
En este recorrido, Carlitos se
encuentra con una catarata de personajes, animales, hechos y lugares
fantásticos instalados en La Matanza, con los que la imaginación de Juan Diego
nos impacta: Riachuelito, un bagre que se hace gigante por culpa de la
contaminación del Matanza, el Esperpento, una especie de “Frankestein” armado
por la oligarquía con cadáveres y al que le puso las manos de Perón, con lo
cual su gesto más amenazante es el tradicional saludo de la V de la victoria, el
Perro Dos Narices (que ya fuera protagonista del último relato de “Villa
Celina”), el Enano Gigante, el Cantor, los Barrios Gatica y Pérez habitados por
boxeadores leales al peronismo, el Río de Fuego, los ya mencionados Campos
Galvanoplásticos y el Jardinero, su creador, la Pista de Objetos Voladores
Justicialistas, el Basural Embalsamado, el Basural Petrificado y el Basural
Pantanoso, el Purgatorio, las Calles Muertas de una red vial secreta construida
por la CGT, la Nube Venenosa de lluvia ácida, los Teros Espadas, los Pájaros Zorrinos,
las piedritas maldicientes que putean cuando se las pisa, en fin, una lista tan
larga como llamativa.
Tras este devenir sobreviene en el
último gran capítulo la Batalla del Mercado Central, que opone a fuerzas partidarias
del peronismo contra fuerzas revolucionarias antiperonistas, con la
particularidad de que se mezclan en la misma y singular batalla, actores con
muchos años de diferencia entre su accionar en cada momento de la larga
historia de este enfrentamiento. Mucha acción, muchos personajes, un vértigo
tremendo, y sobre las últimas páginas Juan Incardona se enciende, desde
Carlitos derramado de amor por la delegada Candela y El Cantor dominando a El
Esperpento con su canto, y la novela termina altísimo. Un golazo.
De “Rock barrial” (2010), lo
primero que me sale es citar al prologuista de Henry Miller en "Trópico de
cáncer", "Escribe como habla, escribe como vive...",
porque creo que lo mismo es la clave del oficio de escritor de Juan Diego.
El libro tiene dos partes, en la
primera uno se encuentra con el cuentista que conoció en “Villa Celina” más
varias poesías que, como el cuento largo (o novela corta) de la segunda parte,
es un Incardona novedoso, por lo menos respecto a los libros anteriores que
comenté.
En cuanto a las poesías, género con
el que tengo muchas limitaciones así que mucho no voy a poder decir, son como
una prosa en verso y, pese a las limitaciones que declaro, las leí sin sentirme
ajeno, sobre todo "Peones de la cuenca" (en el que JDI aprovecha muy bien
el escenario Matanza-Riachuelo) y, por emotividad, el lado del que puedo hablar
si se habla de poesía, "Industria nacional", que me pareció la mejor
de todas.
A la secuencia Ampere-Volt-Watt-Ohm
de la segunda parte, recomiendo leerla más atento al oído que a la cabeza,
porque una vez que uno empieza a escuchar la música, la letra entra sola, y uno
se encuentra con un personaje sólido como un fierro, que a veces da repulsa, a
veces asusta y a veces despierta ternura, pero que siempre, siempre, pone la
cabeza a caminar por lugares que no están escritos y que vale la pena visitar.
Tras “Rock barrial” Incardona publicó “Amor bajo cero” (Poemario de 2013),
“La cárcel del fin del mundo” (2014) y “Melancolía I” (2015). De estos libros
aún no tuve oportunidad de leer el primero y el tercero de los nombrados.
Cito textual la sinopsis más
recurrente de “La cárcel del fin del
mundo”: “Como un moderno Dr. Frankenstein, Juan Diego Incardona
extrae fragmentos de otras historias y vuelve a unirlos con una técnica
impecable y original, creando un cuerpo nunca antes visto, entreverado de
personajes icónicos de la historia y mística argentina. Criminales, fantasmas y
resucitados, lejos de ser los típicos monstruos que perturban y han perturbado
a las sociedades, son criaturas que simbolizan los temores y deseos de una
comunidad. Algo extraño se combina en todos y cada uno de ellos, haciendo que
por momentos los monstruos parezcan héroes.”.
Los siete relatos del libro tienen la
especial particularidad de que están acompañados por prefacio, posfacio y
apéndice, los que lejos de ser un mero relleno, son muy funcionales a la
integralidad de toda la obra. El texto principal es el que da título al libro,
y ya había tenido una versión anterior en “Melancolía I”, y más atrás aún,
2007, formando parte de la antología “In fraganti”. Está inspirado en el
seguramente más famoso habitante del penal, Cayetano Santos Godino, el Petiso
Orejudo, y es una historia contada por un compañero de presidio. Debo decir
que, si “vale un botón para muestra”, este relato paga el libro entero. A Godino no se lo refiere por su apodo en
ninguna parte, los dichos del narrador bastan y sobran, al
igual que para crear, con un ritmo más adecuado imposible, la expectante
tensión del funesto desenlace. Es la primera vez que leo algo que de algún modo
muestra momentos de cierta humanización del personaje, “la ambigüedad de lo
monstruoso” es una frase que la crítica ha utilizado con recurrencia.
Sigue la parte de un párrafo que elegí entre tantos muy bien edificados,
éste a cuento de la afición del Petiso Orejudo por atrapar gaviotas a las que
luego torturaba mutilándolas hasta matarlas: “En ocasiones, el
lamento de los pájaros se mezclaba con la voz de Cayetano, que hablaba en voz
baja, o gemía de placer… A veces, en el pasillo volaban plumas. Era algo de
suma belleza, pero de una tristeza profunda, de una angustia que no era de este
mundo. Yo creo que el infierno debe ser parecido, algo lindo de ver y terrible
de sentir”.
Los otros seis relatos de “La cárcel…” son “Ejércitos del Norte”, “Niño
Juan Pérez”, “Fábula”, “La diligencia”, “Agujeros de agua” y “Los ahorcados de
Aquilea”. La creciente expectativa, la incertidumbre de lo por venir (algo similar
hablaba a cuento de la narración del Petiso Orejudo), son denominador común de
estos relatos y a mi entender, la herramienta clave para dotarlos de la gran
fuerza temática y literaria que tienen.
“Las estrellas federales” (2016) es la culminación del espacio que abrió
“Villa Celina” y continuó “El campito” y “Rock barrial”. Como los tres libros anteriores,
comparte una geografía, un mismo narrador y varios personajes, en este caso
tanto aquellos propios y lamentablemente familiares del campo arrasado del
menemismo, tales como el tornero que ahora es remisero, el empresario que de
dueño de una Pyme pasó a dueño de un quiosquito, el obrero que se hizo
cartonero, como los personajes fantásticos del universo Matanza: el Hombre
Regenerativo, la Mano, la Mujer Lagartija, el Escarabajo Gigante, los Caballos
Miniatura, todos fenómenos del Circo ambulante de las Mutaciones, con el que
Juan Diego, el relator, se cruza en 1989 durante la invasión de unas flores que
cubrieron Villa Celina de un rojo furioso. Ya esta altura, Juan Diego es
personaje y/o relator recurrente, ni en “El Campito”, adonde como conté Carlos
el Ciruja lleva la voz dominante, Incardona se pierde de que Juan Diego
aparezca, cuando Carlitos el Ciruja se presenta en la esquina adonde para la
barra.
Más adelante en la trama, 1994. Juan Diego se cruza con el circo mutante durante
una tormenta de lluvia ácida ensañada con Villa Celina, y ahí arranca la
aventura, un éxodo desde el territorio arrasado hacia otro, no estricta o
solamente geográfico, sino, textualmente: “tiempos pasados o tiempos
futuros, de una tierra roja que alguna vez se llamó, o se llamaría, conurbano
bonaerense”.
“Las estrellas federales” tiene un prólogo muy interesante, no diría que es
imprescindible para entender cabalmente la novela (una aventura del fantástico
que como tal se disfruta muchísimo), pero contribuye a que también la leamos
como una alegoría: “…Los personajes que cruzan el campito también se
vuelven mutantes. El obrero desocupado se corta el dedo y le vuelve a crecer.
¿Qué está pasando? Se corta la oreja y le vuelve a crecer. Se corta la lengua y
le vuelve a crecer. En los alrededores del Mercado Central, hombres gato,
lobizones, luces malas, criaturas más ligadas al universo rural que al universo
de la ciudad. Es como si en la decadencia…uno volviera al origen de los
tiempos…”. Es decir, y completo con otra cita: “…están los
sobrevivientes que, al resistir la epidemia y el cierre de las fábricas, crean
anticuerpos y se regeneran…”.
El neoliberalismo ha transformado y
deshumanizado todo. Sin embargo, los héroes comunes, ordinarios, los agobiados
por la economía, la falta de trabajo, refugiándose en sus orígenes y en sus
emblemas, le plantan cara a la desgracia.
En 2020 Juan Diego Incardona
publica “La culpa fue de la noche”. Todavía no he podido leer este libro que, escrito
al comienzo de la pandemia de coronavirus, se trata de una compilación de
cuentos cortos, cada uno con su estilo. Según la sinopsis de Sudestada, “Juan
Diego Incardona viaja desde su encierro pandémico en el Abasto hasta su
infancia en el conurbano bonaerense, en Villa Celina. Los primeros amores, que
también hablan de los actuales, la vida autogestionada –en la literatura o en
la venta ambulante–, la mutación de la política vivida como ajena en los
noventa al fragor identitario después del 2001. ¿El presente le habla al pasado
o el pasado viene a darle algún sentido al presente? ´La culpa fue de la noche´
encuentra la respuesta en la electricidad y su alternancia: esa fuerza
inconmensurable que mueve y funciona como puente metafórico para unir fantasía
y realidad, crónica y ficción, dualidades que en 2020 parecieron fundirse con
nuestras vidas cotidianas como nunca antes”.
Hasta donde sé, la última
publicación de Juan Diego Incardona es “Quebranto” (2024). El narrador “aborda
el duelo por sus padres fallecidos y las transformaciones apocalípticas que
sufre el barrio de su infancia… las largas mesas navideñas, los olores a
tuco casero que despide la cocina, partidos de fútbol en la calle y el mate en
la vereda con los vecinos, en las largas tardecitas de verano. A todo eso
vuelve Incardona… en apenas cien páginas narra los días finales de su madre,
Celina, con el mundial de fútbol como telón de fondo y, un año más tarde, los
de su padre, Juan, en un contraste de estados de ánimo difícil de igualar” (crónica
de Marcial Amiel).
Se trata de una gran obra,
edificada con el recurso de repetir el relato del mismo episodio desde distintas
miradas y vivencias, todas las que el autor ha necesitado para volcar los a la
vez tantos modos con los que se nos imprimen las muertes de nuestros más
cercanos. Pero además, e identificándome porque yo mismo, también como Juan
habitante nativo de un barrio suburbano de provincia, lo viví tras la muerte de
mis viejos hace más de veinte años, con la que uno no solamente se despide de
ellos, sino también del barrio, de la niñez, de la adolescencia, de la juventud.
Y también me identifiqué, recordando cuando cerca de donde yo vivía de chico
cerró la Bahco, con una suerte de despedida de aquella Argentina a la que no
dejaron crecer como potencia industrial y no solamente como proveedora de
materia prima sin valor agregado, de aquella Argentina que garantizaba pleno
empleo y ocupación como se lo garantizó casi toda su vida al papá de Juan, de
una Argentina que aseguraba igualdad de oportunidades a través de una educación
de calidad con maestros como Celina Incardona, la figura que salvó a Juan y a
su amigo de los barras brava boquense en aquel ómnibus memorado por “El hijo de
la maestra”.
Y como si fuera poco, abandonando
el realismo, Incardona aporta el plus de contenido de una marca registrada,
unos cuantos episodios del autor sumido en un mundo alucinado y alucinante, un
protagonista más junto al Juan Salvo de Oesterheld, sepultando los restos de la
nevada incandescente al pie del mítico tanque de Villa Celina, el mismo adonde
en “Rock barrial” tocaron Chapa, Catán y Rocky.
Cierro con lo que dijo Juan Pablo
Cinelli: “Quebranto, un libro que, como un sueño muy vívido, seguirá
acompañando al lector mucho después de dar vuelta la última página”.
Como conocen los que me han leído
antes, en los últimos años me he aficionado muchísimo al cine de todos los
géneros y tiempos, e incluyo en estas notas las adaptaciones cinematográficas
basadas en la obra del escritor o escritora de turno, es más, confieso que muchas
veces he privilegiado reseñar para “Atrapados por la Imagen” a aquellos o
aquellas que las tuvieran por encima de las que no. No es el caso de Incardona,
y realmente lamento mucho la injusticia de que hasta ahora, apuesto que solo
hasta ahora, nada de su mundo literario haya sido llevado al cine. Sé de mentas
que alguna vez se ha imaginado, como a una especie de Tom Sawyer y Huckleberry
Finn, ver a los protagonistas de una película navegando el Riachuelo y
cruzándose con los escenarios y personajes de “Villa Celina” o de “El campito”.
Ojalá alguna vez eso que se imaginó lo podamos ver en una pantalla.
Como notas finales, además de las
publicaciones aquí destacadas, Juan Diego Incardona ha publicado cuentos en
distintas antologías, diarios y revistas. Fue co-fundador y director de la
revista virtual “El interpretador”, una de las primeras y más logradas
experiencias en la materia, principalmente porque estuvo organizada con las
mismas pautas que una revista papel. También trabajó en el programa Memoria en
Movimiento de la Secretaría de Comunicación Pública, dirigió ciclos de cine en
el ECuNHi (Espacio Cultural Nuestros Hijos), ha realizado actividades en
escuelas y bibliotecas en representación de la Comisión Nacional de Bibliotecas
Populares y fue columnista de literatura en el programa “Viaje al centro de la noche”
(Radio América AM 1190). Finalmente, durante años mantuvo y administró el blog
“diasqueseempujanendesorden”, y desde mucho tiempo atrás coordina talleres
literarios.

"A veces la belleza no está en lo que vemos, sino en cómo se refleja en nuestra mirada"

Atrapados por la Imagen
Cristina Martín
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en: “Una Mujer Bella”
Cuento perteneciente al libro: "Mujeres valientes"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
Hoy les quiero contar la historia de un país con nombre de mujer y brillo de plata que nació con grandes ilusiones de ser libre algún día, pero por ser tan seductora muchos ojos la miraban con ganas de poseerla, dominarla, aplastarla.
Esta silueta
de mujer bella se recorta en mares, ríos, bosques, valles, llanuras y montañas.
Generosamente la visitan inviernos fríos y veranos de calor suave. Ella, que
sabe de amplitudes, aceptó a mujeres y hombres de todas las razas.
Este país
mujer sufrió y sufre dominaciones de diferentes identidades: coronas, flotas
invencibles y la de un tío (a quien le llaman Sam) que a diferencia de los tíos
habituales no es para nada generoso, tiene voraces ambiciones y todo lo quiere
para sí.
Ella hizo
frente a muchos poderosos que la deseaban con codicia para desarroparla:
- a veces con agua hirviendo
- otras con sables y cañones
- otras con palabras más o menos hábiles, pero casi siempre, resignando la sangre de sus
hijos más inocentes.
Y este país
de gran intuición femenina fue vislumbrando que había otros enemigos tanto o
más peligrosos que los de afuera, que son los que pisan su propia tierra. Y ahí
la pelea se le volvió y se le vuelve más difícil. Porque ¿cómo hacer para
luchar con los hijos malos que son hijos al fin y se quieren tanto?
Esta mujer
se posicionó sucesivamente como granera del mundo, como ganadera, como
industrial, como exportadora de manufacturas, como sociedad tecnificada.
Y pese a
algunos dolores intestinos le fue bastante bien. Se sintió firme y segura, pero
al pisar el fin de milenio le hicieron creer (aunque no tanto) que debía
pertenecer al mundo globalizado, porque eso la haría más prestigiosa. Y la
cautivaron los espejitos de colores, porque ¿a quién no deslumbran las luces de
un caleidoscopio?
Entonces
rápidamente se insertó en este mundo vertiginoso, de imágenes subyugantes, de
marketing, de informática, de internet, de telefonía celular. "No es
cuestión de quedar fuera del sistema", dicen muchos de sus hijos, pero hay
otros que sufren al camino de la pérdida de identidad y de memoria. Y ellos
saben muy bien que sin ayer no hay hoy ni mañana que valga.
Pero esta
mujer-madre que pare hijos a cada rato, llora porque muchos de ellos tienen
hambre, otros están enfermos y no tienen medicamentos para curarse, otros están
sin trabajo, mientras muchos otros que tienen vendas en los ojos quieren tener
más dinero, más poder, más popularidad, librando una lucha despiadada.
Además, está
tristona esta madre tierra porque su cielo no es tan claro, ni su aire tan
puro, ni sus aguas tan potables.
Pero
Argentina, mujer de espíritu valiente y brillo de plata, si bien llora por
todos sus costados, aún mantiene intactas las ilusiones de ser, en serio y
definitivamente libre, algún día no tan lejano.
_______
Editora Literaria: Isabel Santoro
Junio 2026
“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”

- El otoño convierte cada calle en un poema de colores suaves -

PASAJE PAN, LA GALERÍA MÁS MISTERIOSA
