San Francisco de Alfarcito es una pequeña comunidad de la Puna jujeña que ha sabido conservar, a través del tiempo, buena parte de las costumbres y formas de vida heredadas de sus antepasados kollas. Su nombre está ligado al cultivo de alfalfa, una actividad que históricamente formó parte de la vida de sus habitantes y que todavía permanece presente en las tareas del campo.
Ubicado a unos 3.400 metros sobre el nivel del mar, en el departamento de Cochinoca y a orillas de la laguna Guayatayoc, el pueblo se encuentra entre las cumbres de Alfar y rodeado por el río Cortaderas. Allí, el paisaje parece abrazar las pequeñas construcciones de piedra, adobe y paja, mientras los cerros que rodean la comunidad se recortan contra un cielo diáfano durante buena parte del año.
Son alrededor de 25 las familias que habitan este rincón de la Puna, donde las montañas también forman parte de la memoria colectiva. Fueron sus propios habitantes quienes dieron nombre a algunos de los cerros que rodean el pueblo, como el Maravilloso, el Negro y el Tres Pintores. La aldea, de tonos ocres y formas sencillas, tiene como protagonista visual a la blanca Iglesia de San Francisco de Asís, que sobresale entre las viviendas.
La vida cotidiana transcurre siguiendo los ritmos de la naturaleza y un antiguo calendario agropastoril y cultural. La comunidad se organiza para realizar las tareas del campo y muchas de ellas son rotativas entre las familias. Se cultivan maíz, alfalfa y habas, mientras que la cría de llamas, ovejas y cabras constituye otra de las actividades que sostienen la vida cotidiana.
Con el paso de los años se sumaron nuevas actividades, como la elaboración de artesanías y el turismo. Entre ellas se destacan los tejidos realizados con lana de llama, cuya elaboración continúa vinculada al calendario ancestral: las esquilas, por ejemplo, se realizan durante el verano.
Pero quizás una de las características más valiosas de Alfarcito sea la manera en que sus habitantes entienden la vida en comunidad. Allí permanece viva una filosofía del buen vivir heredada de sus ancestros, basada en la armonía, la colaboración y el cuidado compartido del lugar. Incluso la conservación de los espacios públicos y de los recursos naturales se decide y se lleva adelante de manera comunitaria.
Ese vínculo con la naturaleza también tiene una dimensión sagrada. En el pueblo existe un ojo de agua considerado un sitio de especial importancia, donde cada agosto se celebra a la Pachamama. Durante la tradicional corpachada se preparan comidas típicas, como el picante de mote, la tijtincha y el pire, que se comparten entre familiares y amigos junto con chicha y hojas de coca.
La tradición también se expresa en sus celebraciones religiosas. Cada 4 de octubre, la comunidad celebra sus fiestas patronales en honor a San Francisco de Asís, en una muestra de ese particular sincretismo que une las creencias católicas con las prácticas ancestrales andinas.
La iglesia del pueblo merece una mirada especial. Sus techos abovedados, realizados con madera de queñua y cubiertos con adobe, forman parte de una arquitectura sencilla pero profundamente ligada al paisaje y a la historia de la comunidad.
Al caer la noche, cuando la luna aparece entre los cerros, el ritmo de Alfarcito se vuelve todavía más sereno. Entonces, entre las montañas, el silencio apenas se interrumpe por el sonido del agua. En la parte alta del pueblo, tres grandes piletones destinados a la cría de truchas aportan además otro recurso para el sustento de sus habitantes.
Y en medio de esa tranquilidad hay dos habitantes muy particulares que se han ganado un lugar en la vida cotidiana del pueblo: Cholo y Blanca, dos llamas que quedaron sin sus progenitores y fueron adoptadas naturalmente por la comunidad. Hoy caminan libremente entre las casas, como si siempre hubieran pertenecido a ese paisaje.
Quizás sea justamente esa combinación de naturaleza, tradición y vida comunitaria la que permite comprender por qué San Francisco de Alfarcito conserva una identidad tan particular. Un pequeño pueblo donde las antiguas costumbres no parecen formar parte solamente del pasado, sino que continúan acompañando, silenciosamente, la vida de quienes lo habitan.