Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!

lunes, 26 de octubre de 2026

" Mi psicodélica Luna Llena de hoy a las 2 am. " .- Silvia Elena Lanza

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

" La sombra perfumada " - Autor: R. Jorge Ruiz Diaz -

 


Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Serie : Faroles - CABA - Claudia Molina

 








Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Salvaje - Workshop: Mirta Steinberg -Model: Humana Lince

 Fotografía: Hugo Filmore




Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "La novia de Alain" Un cuento Inédito del escritor: Hansel Germán Monzón - Rosario, Argentina -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y Relatos Presenta A. . .


HANSEL GERMÁN MONZÓN

"Artista de Atrapados por la Imagen"


en..

- La novia de Alain -

Relato inédito para Atrapados por la Imagen


Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

________________

Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

______



Relato inédito para Atrapados por la Imagen

"La novia de Alain"
Hansel germán monzón


Cuando Gustavo le mostró la revista, Luis no lo podía creer. Una semana atrás, trabajando en un guion para el práctico que tenían que entregar a fin de año, habían hablado de las hermanas. Gustavo, que era de Villa Eloísa,  las había conocido. Luis recordó esa época, su infancia en la casa de pasillo en Pichincha, cuando estaba en segundo grado y se aburría en la clase de italiano. En realidad, en todas las clases. Recorría el antiguo cielo raso del aula con la mirada. Siempre le llamaban la atención esas rosetas. Unas flores chatas de yeso en relieve. Había cuatro, una en cada esquina, de las que salían dos  finas molduras ondulantes a noventa grados una de otra.  En el centro de cada flor había un agujero por donde él se perdía transformado en abejorro. Desde ese orificio observaba toda la clase o se escapaba para sobrevolar la escuela, el barrio, la ciudad. Y desde donde volvía repentinamente cuando escuchaba la resonante voz de la maestra preguntando  si  habían entendido.  Sin que nadie se hubiese percatado de su ausencia  aparecía en su pupitre, intrigado y con la sensación de haber fallado otra vez, como si fallar fuese un designio que jamás podría cambiar.  El pizarrón completamente cubierto de escrituras, incomprensibles para él, era  la contundente prueba de la magnitud  del tiempo que había estado ausente. Miraba sin entender, y luego miraba a sus compañeros tratando de captar alguna señal, un gesto, algo que le indicara de qué se había tratado la clase.

Al sonar el timbre metía el cuaderno y la cartuchera en su portafolio. Los lápices, por lo general, los tiraba adentro, sueltos. Así era como se rompían o perdían. Formaba fila y tomaba distancia displicentemente. En el fragor que causaban los últimos minutos se empujaban unos con otros, algo que solía ponerlo mal, aunque, últimamente, no le importaba. Hacía meses que en lo único que pensaba, a esa hora, era en regresar a su casa, o mejor dicho a la vecina. 

El transporte amarillo estaba ahí, el de todos los días, el de las mismas caras, el del mismo insoportable recorrido, ese recorrido que lo dejaba con la fastidiosa sensación de que lo relegaban siempre para lo último. Subió aferrando su portafolio y, tomándose del pasamanos, se ubicó en el lugar de siempre. En el trayecto hasta su asiento algunos chicos le hablaron pero él no escuchó. “Llegás y te vas a merendar a lo de Chele que te va a estar esperando, cuando yo vuelva te voy a buscar”. Le retumbaba la voz de su mamá mientras apoyando su frente en la ventanilla veía pasar los techos pálidos de las casas por entre el gastado y sucio cielo de las tarde de invierno. En un último plano, escuchaba a  los compañeritos más zarpados, los que hacían todo el barullo, los que gritaban cosas a los automovilistas y peatones, los que pasaban derecho para el fondo, como en el aula.

Ya no era como los demás chicos, ya no se sumaba al bochinche, se sentía algo mayor,  prefería quedarse solo mientras, con una mano en el bolsillo del guardapolvo, jugaba, sin darse cuenta, con las migas de una Manón rota, disfrutando del secreto que tenía, un secreto tan perturbador que resultaba casi inconfesable hasta para él mismo. Salvo a esa hora, la hora en que volvía de la escuela: era ahí cuando comenzaba a disfrutarlo.

Chele vivía en la casa contigua a la suya, en el mismo pasillo. Para él era “de avanzada” porque estaba separada. Tenía dos  hijas de quince y dieciséis años, de una belleza perturbadora. Habían llegado de un pueblo, Villa Eloísa, eran tan bellas que no podían tener amigas en el barrio. Ninguna chica se sentía cómoda al lado de ellas. Opacaban a cada una que  intentase acercarse. Casi podría afirmarse que las odiaban. Salvo los muchachos, que, por el mismo motivo, vivían alborotados.

Las hijas de Chele eran raras. Luis a sus siete años jamás había conocido gente con esa impronta, salvo en programas de televisión. Se llamaban Ana y Cristina y esa rareza, a Luis, le producía fascinación. Cada vez que las cruzaba se sentía feliz, poco importaba su estado de ánimo previo. El solo hecho de ver a alguna de las hermanas lo reconciliaba con cualquier cosa que hasta el momento lo hubiese afligido. Estaba enamorado. No sabía de cual. Le daba lo mismo.

Any y Cris eran, como se dio cuenta de grande, lo que se dice progresistas. Escuchaban los Beatles, Bob Dylan y Serrat, cuando en casi todos lados sonaban Ortega y Roberto Sánchez. Tenían en su dormitorio un poster grande con la foto de un barbudo que Luis tenía ya visto y en el que, años después,  reconocería al Che. Esa casa era especial, los vasos de vidrio de colores, el reloj pop de la pared, el tocadiscos portátil (última tecnología), y una réplica en miniatura de un escenario de teatro sobre una mesa ratona, con luces que se encendían a voluntad, le hacían intuir a Luis que había otro mundo, otra forma de vivir que no era la que le enseñaban en su casa ni en la escuela y, esa otra forma,  le atraía demasiado.

Any y Cris estudiaban teatro y, cada tanto, hacían fiestas en su casa a las que iban personas igualmente raras, y que, obviamente, no eran del barrio. Él, desde su casa, veía llegar a los invitados. Escuchaba esa música  y  soñaba con pertenecer, algún día, a ese círculo de amigos. Se moría de ganas por estar ahí.

El transporte se detenía en su puerta después de un serpenteante recorrido. Luis tomaba su portafolio de cuero marrón y bajaba casi sin saludar a los pocos pasajeros que quedaban. Si saludaba, lo hacía en forma automática, en voz muy baja y sin ganas. Caminaba con paso firme, refregándose la cara con el puño del guardapolvo. El peso del portafolio ya no le importaba. Entraba al pasillo que le era muy ancho e interminable. Una excitación se apoderaba de él. Durante el largo recorrido trataba de pensar en otra cosa como para calmarse, pero le era imposible. La sola idea de entrar a esa casa lo ponía muy ansioso. Pasaba  por delante de la suya y ni la miraba, sabía que adentro no había nadie. Cuando llegaba al porche de Chele tocaba timbre.

Recorrido y sensaciones que se repetían todas las tarde a la misma hora. Siempre lo recibía la abuela de las chicas que también vivía con ellas. Por lo general,  a esa hora, no había nadie más. Eso no le importaba. El solo hecho de entrar a la casa de sus vecinas, al lugar donde ellas vivían, donde dormían, donde comían, donde habían transcurrido esas fiestas, le daba mucha felicidad y vértigo.

Durante ese año fue siempre igual, la abuela lo esperaba con la merienda y mientras la tomaba  miraba televisión. Primero Meteoro. Le encantaba, aunque le daba bronca que su héroe no se diera cuenta de que su rival enmascarado era su hermano. Después Kimba, un dibujo animado que miraba molesto porque le parecía una telenovela. Todos los capítulos empezaban siempre con la dramática y lacrimógena introducción: un leoncito al que unos cazadores le habían asesinado a su madre. No se lo bancaba. El plato fuerte venía después, cuando empezaba Batman, el de Adam West. Era entonces cuando disfrutaba en serio. Sentía una profunda atracción por esa estética psicodélica que, sin darse cuenta, emparentaba con la onda de Any y Cris. Sabía que tanto Batman como Robin saldrían sanos y salvos de las trampas que le tendían los villanos, pero no podía dejar de sufrir hasta el día siguiente cuando la salvación se concretaba. Soñaba con ser Batman, con tener una baticueva y un baticinturón lleno de artilugios, y un traje de verdad, pero se tuvo que conformar con el que, de un apurón y para que se dejara de molestar, le hiciera su madre utilizando una vieja sábana, que completó con unas orejitas de murciélago de pañolenci anaranjado. Él se lo ponía casi todos los días y, con esa inexplicable abstracción propia con que suelen jugar los niños, se veía a si mismo como el inexorable hombre murciélago de la pantalla. Así vestido jugaba, hacía sus deberes, cenaba y se iba a dormir lleno de orgullo, orgullo que después fue ridiculez, cuando unos amiguitos le hicieron ver que su traje era blanco y anaranjado.

Una vez terminada la serie se preparaba mentalmente para lo que iba a hacer. Se concentraba tratando de calmarse. Tenía poco tiempo. En cualquier momento pasaría su madre a buscarlo. Con voz que él creía tranquila, y esquivando la mirada de la abuela, le pedía permiso para pasar al baño. Una vez ahí se aseguraba de cerrar bien la puerta. Se bajaba el pantaloncito y se sentaba en el inodoro a orinar mientras repasaba con la vista cada rincón. Sabía que en algún lugar encontraría lo que buscaba y por lo general lo encontraba. Si no era colgado del caño de la cortina de la ducha, era en el grifo, sino en el canasto de la ropa sucia. Casi siempre encontraba una bombacha, de Any o de Cris, vaya a saber de quién. Su amor era indistinto. Nunca se había masturbado, ni sabía lo que era una erección, pero algo del orden del placer  sentía. Y era sexual. Era atracción pura. Lo miraba y lo tocaba, imaginaba a una de las chicas o a las dos. Se lo acercaba a la cara. Lo olía.

El ritual duraba unos pocos minutos, pero intensos. Después dejaba la prenda donde estaba, tratando que nadie notara su intervención y luego salía del baño feliz. Tan feliz como se sentiría  de grande al hacer el amor.

Pasó poco más de un año. Un año de hacerle el amor a sus dos amores sin que ellas lo supiesen, hasta que un día Chele le contó a sus padres que se irían a vivir a España, argumentando: “Las chicas estudian teatro e idioma, están muy preparadas, quieren vivir de eso  y acá no tienen futuro”. Las extrañó poco tiempo. Enseguida se acostumbró a no verlas. Luis continuó transformándose en abejorro para escaparse de la clase, pero cada vez con menos frecuencia. Terminó la escuela y luego el secundario. Conoció el sexo y el amor correspondido. Su madre continuó una comunicación epistolar con su amiga Chele durante un tiempo. Inclusive la visitó en España años después, donde se enteró que Any continuaba con su carrera de actriz, pero años después la correspondencia cesó.

Al tiempo Luis comenzó a estudiar cine. Gustavo apareció en la casa de Luis, a la semana siguiente de aquella charla en la que le contó que había conocido a las hermanas. Llegó con una revista española, de esas con chimentos de la farándula. Abrió la revista en una página que tenía marcada  y le mostró a su amigo. El titular decía: “La argentina que enamoró a Alain Delon” y una foto de Any de la mano con el galán. Luis tomó la revista con los ojos clavados en ella y la boca abierta. Lo invadió una inexplicable emoción y no pudo dejar de sentir orgullo. Un orgullo tan ridículo como el que sintió con su disfraz de Batman.

______________

                                       
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:

©Hansel Germán Monzón

Rosario  - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro


Colaboraciones de: Marta Puey - Emilio Bertero

Octubre 2026



 Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.



Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen
Directora: Laura Jakulis




“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Cadetes detras de las Rejas - Ricky Kimmich

 


Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

domingo, 25 de octubre de 2026

" Catedral de San Juan El Divino, New York " .-Silvia Lanza

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Colores - Howth - Irlanda - Claudia Molina

 



Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

" Descontrol de luces y colores " R. Jorge Ruiz Diaz

 



Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, LA MUNDIAL, CÓRDOBA

LA MUNDIAL, EL EDIFICIO QUE DESAFÍA LOS LÍMITES DE LA ARQUITECTURA 


Hay edificios que sorprenden por su altura, otros por la belleza de sus fachadas y algunos, como si desafiaran toda lógica, por el insólito espacio que ocupan. En una transitada esquina de Córdoba, una construcción centenaria despierta la curiosidad de quienes la contemplan: de frente parece un edificio como tantos otros, pero basta mirarlo desde la calle Rivadavia para descubrir su asombrosa estrechez. Se trata de La Mundial, conocida popularmente como La Gillette, una singular obra arquitectónica que, con apenas 3,70 metros en su parte más angosta, se ha ganado un lugar entre las construcciones más curiosas de Sudamérica. Pero detrás de su peculiar silueta se esconde una historia que no nació del deseo de convertirse en una atracción turística, sino de una inesperada disputa entre vecinos.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, voy a contarte la historia de este edificio cordobés que convirtió una estrechez insólita en una marca imborrable de la ciudad, y cómo una vieja disputa terminó dejando una huella singular en su paisaje urbano.



Una disputa que terminó en una construcción extraordinaria

A veces, las ciudades guardan historias que parecen nacidas de un capricho del destino. La de La Mundial comienza a principios del siglo XX, cuando Córdoba se preparaba para modificar el trazado de una de sus arterias céntricas. El ensanchamiento de la entonces avenida 24 de Septiembre, hoy avenida Emilio Olmos, exigió la demolición de parte de una construcción que se levantaba en aquella esquina.
Después de las obras, quedó una parcela de dimensiones poco habituales. El espacio era tan reducido que parecía difícil imaginar allí un edificio capaz de aprovecharlo de manera razonable. Sin embargo, lo que para algunos podía representar un terreno sin demasiado valor, para su propietario era una posesión de la que no estaba dispuesto a desprenderse.
Según la historia que se ha transmitido a lo largo de los años, el dueño del terreno vecino quiso comprar aquella estrecha fracción a un precio muy inferior al que su propietario consideraba justo. La propuesta no prosperó. Ninguno de los dos quiso ceder, y aquel desacuerdo terminó convirtiéndose en el punto de partida de una construcción que, con el tiempo, despertaría la curiosidad de miles de personas.



Hay versiones que señalan que los protagonistas de aquella disputa eran hermanos, aunque ese detalle no aparece confirmado de manera uniforme en las distintas crónicas. Lo que permanece en el relato es la negativa a desprenderse de la propiedad y la decisión de aprovechar un terreno que parecía destinado a quedar como un simple resto de la transformación urbana.

Así, de una diferencia entre vecinos nació una idea que parecía desafiar las limitaciones del espacio. Allí donde muchos habrían visto una dificultad insalvable, alguien imaginó un edificio.

Una fachada imponente y un secreto de apenas 3,70 metros

Para concretar el proyecto, se recurrió a dos arquitectos franceses, quienes debieron adaptar la construcción a la singular geometría del terreno. La obra demandó alrededor de cuatro años y finalmente fue inaugurada en 1931.

El edificio recibió el nombre de La Mundial, como la compañía de seguros que tenía allí sus oficinas. En aquellos tiempos, sus espacios estaban destinados tanto a actividades comerciales y profesionales como a viviendas que se alquilaban a personas de buenos ingresos.




A primera vista, nada parece anunciar su extraordinaria particularidad. Su fachada, de estilo neoclásico, conserva una presencia elegante y solemne. Las columnas de distintos órdenes, las pilastras ornamentales, las balaustradas y los balcones de hierro forjado componen una imagen que remite a una época en la que los detalles arquitectónicos tenían un papel esencial en la identidad de los edificios.
Pero el verdadero asombro aparece cuando se cambia de perspectiva.

Desde la avenida Emilio Olmos, La Mundial puede confundirse con otras construcciones de su tiempo. Basta rodear la esquina y observarla desde la calle Rivadavia para descubrir que su estructura se estrecha de una manera sorprendente. La construcción parece perder una parte de su volumen, como si una mitad hubiera desaparecido y solo quedara el filo de un edificio mucho más grande.

En su sector más ancho dentro de la estrecha parcela, el terreno alcanza apenas 3,70 metros, una dimensión que ayuda a comprender la singularidad de la obra.

No es extraño, entonces, que los vecinos hayan encontrado una manera muy gráfica de nombrarla. La llaman “la Gillette”, en alusión a su aspecto afilado, semejante al de una hoja de afeitar que parece abrirse paso entre las calles.




Con una altura aproximada de 32 metros, la construcción aprovecha verticalmente el espacio disponible. Según la descripción turística oficial, cuenta con cinco pisos y una terraza donde se encuentran dos departamentos. Su estructura, adaptada a los límites de la parcela, constituye una muestra de cómo la arquitectura puede responder a condiciones poco convencionales sin renunciar a una identidad propia.

La Mundial es considerada uno de los edificios más angostos de Sudamérica y forma parte del patrimonio arquitectónico de Córdoba. Su fama no depende únicamente de sus dimensiones, sino también de la historia que explica su origen y de la sorpresa que sigue provocando en quienes la descubren por primera vez.


Los misterios que alimentaron su leyenda

Como ocurre con tantas construcciones antiguas, La Mundial no tardó en convertirse en escenario de relatos que mezclan recuerdos, versiones transmitidas de boca en boca y leyendas urbanas.

El historiador Carlos Ighina recogió algunas anécdotas vinculadas con quien habría sido uno de sus propietarios. Según esos relatos, hacia fines de la década de 1940 solía estacionarse frente a la entrada principal un automóvil lujoso de siete asientos, perteneciente al hombre que por entonces era dueño del edificio.

Las crónicas cuentan que aquel propietario habría amasado su fortuna mediante la explotación de prostíbulos que funcionaban en las inmediaciones. También relatan que, después de enviudar, cayó en una profunda tristeza y murió al poco tiempo.

Como sucede con muchas historias antiguas, es importante distinguir entre lo que las crónicas recogen y aquello que ha podido comprobarse documentalmente. Estos relatos forman parte de la memoria popular asociada con La Mundial, pero no todos sus detalles cuentan con una verificación independiente.
Y los rumores no terminan allí.



Durante años circularon versiones según las cuales el edificio habría sido construido para ocultar túneles subterráneos destinados a actividades ilícitas. Otras hablaban de supuestos pasadizos que conectarían con iglesias de la zona, e incluso hubo quienes imaginaron que la construcción podía haber servido para esconder dinero.
No existen pruebas concluyentes que permitan dar por ciertas esas historias, por lo que deben entenderse como parte del folclore urbano que fue creciendo alrededor del edificio.



Quizás su propia forma haya contribuido a alimentar tantas especulaciones. Una construcción que parece incompleta, que guarda una geometría inesperada y que nació de una disputa tiene todos los ingredientes para despertar preguntas. Y cuando las respuestas no alcanzan, la imaginación suele encargarse de completar los espacios vacíos.

Una joya urbana que merece una mirada detenida

Hoy, La Mundial continúa formando parte de la vida cotidiana del centro cordobés. Sus espacios están ocupados principalmente por oficinas y actividades profesionales, mientras que en la planta baja funcionan locales comerciales. Entre ellos se encuentra la panadería Mediterránea, donde pueden verse fotografías antiguas que permiten asomarse a otros tiempos de aquella esquina.





El edificio ya no es solamente una construcción levantada para aprovechar un terreno estrecho. Se ha convertido en una referencia del paisaje urbano, una curiosidad arquitectónica que atrae a visitantes y despierta el orgullo de quienes reconocen en ella una parte singular de la historia de su ciudad.


Quienes deseen contemplarla con tranquilidad pueden acercarse a la tradicional confitería Real, situada frente al edificio, sobre la avenida Emilio Olmos. Desde sus ventanales hacia la calle Rivadavia, mientras disfrutan de un café, podrán observar esa perspectiva que vuelve tan particular a La Mundial: la de una construcción cuya apariencia cambia radicalmente según el lugar desde donde se la mire.



Tal vez esa sea una de las mejores maneras de descubrirla. Sin apuro, dejando que la mirada recorra primero la fachada, se detenga en sus balcones y columnas y, finalmente, siga la línea estrecha que parece desafiar las proporciones habituales de la arquitectura.

Porque hay lugares que no necesitan ser los más grandes ni los más altos para permanecer en la memoria. A veces, basta una parcela insólita, una historia de orgullo y desacuerdos, y la decisión de construir allí donde parecía no haber espacio suficiente.

La Mundial nació de una disputa, pero terminó convirtiéndose en parte de la identidad de Córdoba. Y casi un siglo después, sigue demostrando que las historias más extraordinarias no siempre necesitan grandes dimensiones: algunas pueden caber en apenas 3,70 metros.


La Mundial nos recuerda que no hace falta ser grande para dejar huella, a veces, hasta el espacio más estrecho puede contener una historia inmensa y desafiar al tiempo con la eternidad de su memoria.







Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Mar del Norte, Penarth, Gales - Viviana García


 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

sábado, 24 de octubre de 2026

" Quién dijo que ya no existen los románticos ? " Silvia Lanza

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

RIBERA - Luisa Amador


 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

SERIE LIBROS - Luisa Amador





 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.