Fotografías de autor

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lunes, 19 de octubre de 2026

" Un atardecer entre Palmeras " .-

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Una postal para la Casa del Faro" - Un cuento del escritor: Pedro Pablo Lilli - Rosario - Argentina -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN


Cuentos y Relatos Presenta a:


PEDRO PABLO LILLI


"Artista de Atrapados por la Imagen"


en...

"Una postal para la Casa del Faro"


(Cuento autobiográfico)


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es una puerta siempre abierta a la imaginación, al talento y a las distintas formas de decir y de sentir.

Porque cuando una mirada logra despertar otra, algo nuevo comienza.




Un cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"Una postal para la Casa del Faro"
Pedro Pablo Lilli



A los Díaz Llanos y la barra de Quequén.


“Hubo un tiempo en que fui hermoso

y fui libre, de verdad,

guardaba todos mis sueños

en castillos de cristal…”


Charly García


          En enero de 2014 mi amigo, el artista plástico y maestro acuarelista Nicasio Díaz Llanos, Pocho, me envió un mensaje que me alegró muchísimo. Acababa de fundar, en Quequén, el Museo Casa del Faro donde, además de documentar con sus acuarelas la historia del puerto, los naufragios y encallamientos ocurridos frente a esa costa y los paisajes bucólicos circundantes, contaba con una galería para exposiciones de arte y espacios destinados a talleres de pintura y literatura.

En la misiva me pedía, también, que pasara a retirar una postal del Faro del año 1964, en manos de un tipo, no recuerdo el nombre, de quién me pasaba el teléfono y un número de catálogo. La quería para el Museo.

          Para entender lo que sentí al leer el mensaje, tengo que aclarar que Quequén es un lugar que adoro. Pasé allí todas mis vacaciones, desde que nací, hasta cumplir los diecisiete años. A inicios de los sesenta, la localidad era conocida, solo, como el puerto cerealero más importante de la Provincia de Buenos Aires. Su extensa playa, tanto en longitud como en ancho, enmarcada entre dunas altísimas y el mar, era poco frecuentada; ofrecía a penas, un par de hileras de carpas dispuestas en herradura, una al lado de la otra. Necochea, del otro lado del río, en cambio, era un balneario pujante en visible crecimiento.

Los veraneantes, éramos siempre los mismos e igualmente celosos de nuestro lugar de pertenencia. Nos conocíamos todos, aunque fuera solo de vista, por cruzarnos en la playa, en la Hostería Ri-San (la única), en Ailito (el único ramo generales) y en la iglesia vieja hasta que edificaron, frente al mar, la nueva, la Stella Maris.

           Más allá de la curiosidad por saber quién era, me generó un fastidio irracional, casi infantil, que un desconocido tuviese una postal de “mi Quequén” y, para colmo, de 1964 cuando cumplí los nueve, allí, en lo de los Diaz Llanos. ¿Qué hacía con esa postal que Pocho buscaba recuperar para la Casa del Faro?

Lo más probable, me dije, era que se tratara de algún familiar de Claudia Schmitt porque, además de mis viejos, mi hermana y yo, los únicos rosarinos que iban a Quequén por esos años, eran los Schmitt.

Sin dar más vueltas, lo llamé por teléfono. Resultó ser un mercader de postales de colección. Nos citamos para el sábado a las once, en la Feria del Boulevard, donde tenía su puesto, dentro del área reservada a los anticuarios.

          Salí temprano, esa mañana. Desayuné en un lindo bar un cappuccino acompañado con un croissant de jamón y queso, leí a disgusto el diario y, por la ansiedad, llegué al lugar media hora antes que él. Se me ocurrió que podía aprovechar la ocasión, ya que estaba, para indagar qué valor podía tener, la montaña de postales que guardaba en el altillo. Tenía tarjetas de los lugares más remotos del planeta, fruto de una frenética correspondencia familiar (mis viejos eran maníacos epistolares), especialmente con mis tíos italianos, Virgilio, enviado especial del Corriere della Sera, y Carlo, funcionario de la FAO, que vivían girando por el mundo, con predilección por los escenarios de guerra, revoluciones y calamidades de todo tipo.

A las once menos cuarto, ya impaciente, pregunté a los otros feriantes si sabían cuál era su parcela.

-          Al lado del muchacho de los discos. De este lado de acá ¿ve? Ya debe estar por llegar.

        Curioseé los long plays. Había de todo, de Sandro a Salvatore Adamo, Nicola di Bari y Johnny Hallyday; de Bach a Ray Conniff, pasando por Ariel Ramírez. Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Mina y Aznavour, intercalados con Mercedes Sosa, La Joven Guardia, Los Gatos y Almendra. ¡Aznavour! En la playa de Quequén había una casilla de madera color celeste que transmitía música y publicidad por los altoparlantes. Abría y cerraba la transmisión con la canción Avec de Charles Aznavour, en castellano… Para mi sorpresa, no había nada ni de Los Beatles ni de Sui Generis.

-          Me están faltando. Tenía ¡faltaría más! ¿Cuál anda buscando? – preguntó el feriante, un hombre alto que compensaba la calvicie con una corona hasta los hombros, rizada y brillosa. Lucía orgulloso una camiseta negra con la lengua de los Rolling Stones que le tapaba la panza cervecera.


Estaba por decirle Vida, primer LP de Charly y Nito, cuando llegó el poseedor de la tarjeta para la Casa del Faro. Bajó de la Kangoo, un tablón con sus caballetes, un prolijo mantel y se organizó ubicando con estudiado criterio, carpetas, cajas y cajitas.

-          Postales de colección – dije estúpidamente mientras lo miraba trabajar.

-          Hasta mil nueve cincuenta. Ni iglesias ni estatuas ecuestres.

-          Yo vengo a buscar una de 1964. Aquí tengo el número de referencia. Es el faro de Quequén.

-          Si tiene un número en el catálogo, por algo será – respondió bajando más carpetas, cajas y cajitas

-          ¿Porque solo hasta el cincuenta?

-          Más viejas son, más valor tienen para un coleccionista.

-          ¿Y porque desdeña iglesias y estatuas ecuestres? - parecíamos Juan y el preguntón, pero realmente me despertaba curiosidad

-          Iglesias y monumentos a caballo hay en todas las ciudades del mundo. Millones. Son todas iguales. Los coleccionistas buscan cosas particulares. Y yo las tengo.

-    ¿Hay tantos coleccionistas? - aproveché a indagar porque el hombre respondía despreocupadamente mientras seguía armando el estand.

-          ¡No se imagina! Tengo Clientes por todo el mundo. Ahora con Internet es más fácil y económico.

-          ¿Y de dónde saca tantas postales?

Se detuvo y me miró haciéndome entender que estaba poniéndome pesado. Pero me respondió.


-      Compro, canjeo con colegas que se especializan en temas puntuales como postales de fuentes, por ejemplo, o de bares…en su mayor parte me las regalan cuando muere alguno y venden la casa o la demuelen. Las demoliciones son minas de oro. Mis mayores proveedores son las empresas de demolición.

-          ¡Tomá mate! No se me había ocurrido.

-          ¡Y claro!

Terminó de acomodar la mercadería con un orden riguroso y me pidió el número de catálogo. Abrió, sin dudarlo un segundo, una de las tantas carpetas y -con la misma seguridad- fue directamente a una hoja bien precisa, con bolsillos transparentes que mostraban tarjetas numeradas. Sacó de uno de ellos, la postal del faro, despachada el veintiséis de enero de mil novecientos sesenta y cuatro.

-          Es esta – dijo con aire ganador, entregándomela.

         La di vuelta y… tuve que contener mi ahogo y las ganas de llorar. Era mi letra. ¡Esa postal la había escrito yo! “Querida Señora Laura, reciba mi saludo desde Quequén junto a su esposo. Pablito Lilli”. Era mi firma de chico, con la P y la L con caligrafía inglesa y la última i con la curvita para atrás como la arroba. Recordé perfectamente el contexto en el que la había escrito, porque ese año, para mi cumpleaños, me regalaron el reel Squalo para la caña de pescar… ¡y lo que siguió a raíz de eso!


         Todos los veranos, en medio de las vacaciones, mis padres (maníacos epistolares), nos sentaban a mi hermana y a mí, frente a una pila de postales en blanco para que enviáramos saludos a la mitad del planeta…Era en el patio grande del Hotel Nueva Pompeya, en la mesa de granito gris, redonda, frente a un duraznero junto a la bomba de agua cubierta con una caja de color verde…Ni hablar cuando se la agarraban con que “había que hacer todos los días un poquito de la Tarea de vacaciones”. Por suerte la barra de amigos que encabezábamos con Franco Fabbro y Santi Sobrero, era tan genial que enseguida te olvidabas de todas esas torturas…Las bicicleteadas al faro, bajar corriendo las dunas hasta tirarnos al mar… ¡Eso era vida!

No quise que el hombre notara mi estado de ensoñación. Con la cabeza estaba medio siglo atrás.  Tomé aire y pregunté:

-          ¿Qué tiene de especial?

-          Mire – y señalando con el dedo la estampilla, agregó- la despacharon con estampilla.

-          ¿Y cómo la iban a despachar, si no?

- En esos años, nadie en Argentina, enviaba postales pegando el sello directamente sobre el reverso. Se enviaban dentro de un sobre. Creo que era obligatorio, pero no estoy seguro. Solo las postales que llegaban del exterior venían así. La debe haber despachado un extranjero.

-          ¿Y eso tiene valor?

-          Para un coleccionista, sí. Es una rareza. Por eso la tengo, a pesar de ser de los años sesenta.

Saqué de la billetera el importe que me había pasado Pocho, equivalente a cinco cafés en un coqueto bar del centro, temeroso de que pasara algo que me impidiera quedarme con la postal. Cuando finalmente estaba por guardarla en el morral, dije:


-          Esta tarjeta la envié yo. ¿Ve? Esta es mi letra de cuando era pendejo.

      -         ¿Ahora me lo dice? Tendría que habérsela cobrado el doble o el triple.

Al ver mi cara se largó a reír.


-          Usted la hubiera pagado sin chistar ¿verdad? Este negocio es así, mi amigo. ¡Que le va a hacer!

Me fui bajo un aluvión imparable de recuerdos del que no quería salir. Había ido por una postal para la Casa del Faro y me encontré reviviendo las mejores escenas de mi infancia.

 

“A quien te quiere o te ayuda a crecer, le hace bien que le cuentes que lo recordás, aunque estés lejos. Por eso es importante.” era la voz de mi viejo cuando nos ponía a escribir postales.

“La Señora Laura” era mi profesora de inglés que vivía a dos puertas de casa, en la calle Felipe Moré. El marido usaba lentes ovalados, fumaba en pipa y tenía un Auto Unión que estaba siempre impecable. Ella jugaba al tenis y una vez la vi salir con la ropa de juego. La pollerita blanca a tablitas dejaba ver enteras, sus piernas hermosas. No lo hubiera imaginado cuando me hacía escribir “This is a pencil. The pencil is blue. The blue pencil is on the table.”

         Ese verano, para mi cumple, me regalaron un buen reel de pesca, en remplazo del que había venido con la caña. El veintiséis de enero, después de escribir la postal en cuestión, mientras nos preparábamos con la barra para ir a la escollera, Normita Sobrero me dijo que “la chica rubia” que había llegado el día anterior gustaba de mí. Era demasiado linda. No podía ser verdad. Le dije que la invitara a pescar con nosotros… Se llamaba Marisol, tenía ocho y medio. Fuimos inseparables toda la tarde. Me ayudaba a encarnar el anzuelo, me contaba de su escuela, que, además, a ella también le daban tareas de vacaciones, la hacían estudiar inglés y le costaba acordarse de las reglas de multiplicar, en especial la del siete. Con Santi, entre los dos, pescamos veinticuatro corvinotas, que se llaman así no porque sean enormes, sino porque, por el contrario, son una especie de corvinas chiquitas. Día inolvidable que, como todo lo inolvidable, duró nada. Mi admiradora partió al día siguiente y nunca más fui tan afortunado con la pesca, ni de peces, ni de rubias.  

No recuerdo un cielo nocturno más estrellado que los de la playa de Quequén cuando salíamos a caminar, después de cenar, con mis viejos, sus amigos y los chicos de la barra…Se cantaba, se corría…

Una vez una enorme tortuga marina apareció muerta en la zona de “la pileta” …

Después de una lluvia, había siempre un arco iris completo detrás de la escollera y, desde el puerto, llegaba olor a trigo mojado.

 

           Entre tantas imágenes, me vi saliendo de entre las olas, bronceado, flaquito, con escalofríos (mis amigos se la aguantaban más), tirándome boca abajo sobre la arena ardiente, con los brazos y las piernas abiertas; sentir el sol reconfortarme; escuchar el runrún del mar como el que reproducían los caracoles gigantes que vendían, barnizados, en el puerto. “Recuerdo de Quequén”, tenían escrito. Aprisionar puñados de arena dejándolos escurrir de a poquito y sentir – fuerte - esa cosa indefinible que, con el tiempo, llamamos felicidad.

 

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Pedro Pablo Lilli

Rosario - Argentina

OCTUBRE 2026

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Colaboradores: Marta Puey - Emilio bertero


Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


Afectuosamente...


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Directora: Laura Jakulis

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domingo, 18 de octubre de 2026

" Surcando mares " .- Silvia Lanza

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¡Feliz día de la Madre ! - Claudia Molina

 



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" Para todas las mamás, que de una u otra manera, siempre estamos presentes " .- Recién cortada - Silvia Lanza

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DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, PALACIO BAROLO

 PALACIO BAROLO, EL  RASCACIELOS QUE DESAFIÓ EL CIELO DE BUENOS AIRES 




La Ciudad de Buenos Aires está repleta de edificios que atesoran historia, belleza arquitectónica y un enorme valor patrimonial. Sin embargo, hay uno que parece pertenecer a otra dimensión, un lugar donde la arquitectura se encuentra con la literatura y cada rincón parece esconder un mensaje. Hablamos del Palacio Barolo, una construcción que, desde su inauguración en 1923, no deja de despertar admiración y curiosidad.

Al caminar por la Avenida de Mayo, a pocos metros del Congreso de la Nación, es difícil no detenerse para contemplar su imponente silueta. Sus 100 metros de altura, sus pasadizos, sus numerosos símbolos y una arquitectura cargada de referencias lo convierten en una de las construcciones más singulares de la capital argentina.

Pero el Barolo es mucho más que un edificio monumental. Es arquitectura inspirada en poesía, un homenaje de ladrillo, hierro y cemento a una de las obras más trascendentales de la literatura universal: La Divina Comedia, del escritor italiano Dante Alighieri. Sus espacios, sus formas y hasta algunos de sus detalles ornamentales remiten a un universo literario que, siglos después de haber sido escrito, encontró una manera sorprendente de hacerse presente en el corazón de Buenos Aires.

Hoy en Domingos de Curiosidades voy a contarte la fascinante historia del Palacio Barolo, el edificio que convirtió la literatura en arquitectura y que todavía guarda secretos capaces de sorprender a quienes se animan a descubrirlos.


 
Un sueño entre ladrillos y versos

La historia comienza con Luis Barolo, un empresario italiano que llegó a la Argentina en 1890 y construyó una importante fortuna en la industria textil. En los primeros años del siglo XX conoció a Mario Palanti, un arquitecto milanés con quien compartía una visión audaz de la arquitectura. De aquel encuentro nació un proyecto extraordinario: levantar en Buenos Aires un edificio que desafiara los límites de su época.

La construcción comenzó en 1919 y requirió una autorización especial, ya que su altura superaba ampliamente la de los edificios vecinos. Finalmente, el 7 de julio de 1923, el Palacio Barolo fue inaugurado. Con sus cien metros de altura, se convirtió en el edificio más alto de Buenos Aires y en uno de los grandes hitos de la arquitectura latinoamericana. Su silueta monumental, coronada por un faro, desafió los límites constructivos de la época y se alzó como símbolo de una ciudad que aspiraba a crecer hacia el cielo.



Su silueta no se parecía a nada de lo que los porteños estaban acostumbrados a ver. En una avenida dominada por construcciones mucho más bajas, aquella torre despertaba asombro y hasta cierto temor. Palanti había concebido una obra de estilo ecléctico, con influencias del art nouveau, el neogótico y la arquitectura oriental. Su mirada abarcaba mucho más que la fachada: también diseñó numerosos detalles interiores, desde las lámparas hasta los picaportes y las rejas de los ascensores, procurando que cada elemento formara parte de un mismo universo.

El resultado fue una construcción adelantada a su tiempo, realizada con hormigón armado y destinada principalmente a oficinas. Pero detrás de aquella estructura monumental había algo que trascendía la arquitectura: un conjunto de símbolos que, con el paso de los años, alimentaría una de las historias más fascinantes de Buenos Aires.




El misterio de La Divina Comedia

Hay una asociación que acompaña al Palacio Barolo y que parece hecha a la medida de su arquitectura: su supuesto vínculo con La Divina Comedia, la obra inmortal de Dante Alighieri.

Las coincidencias resultan cautivantes. Los cien metros de altura del edificio recuerdan los cien cantos del poema, mientras que sus distintos sectores se han relacionado con el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. La cúpula, los pasajes y numerosos detalles ornamentales también han dado lugar a interpretaciones que vinculan el recorrido por el palacio con el viaje espiritual narrado por Dante.

Sin embargo, hay un detalle que vuelve esta historia todavía más intrigante: no se conocen documentos en los que Mario Palanti haya confirmado que diseñó el edificio siguiendo expresamente la estructura de La Divina Comedia. La relación entre ambos habría surgido o cobrado fuerza a partir de interpretaciones posteriores, difundidas con el tiempo y convertidas en parte de la identidad del palacio.




Por eso, más que una certeza histórica, el vínculo con Dante debe entenderse como una lectura simbólica que despierta preguntas. ¿Fue una intención secreta del arquitecto o una serie de coincidencias que la imaginación terminó transformando en leyenda? Sin pruebas concluyentes, la respuesta permanece abierta.

Y quizás allí resida parte de la magia del Barolo: en esa frontera incierta donde la historia se encuentra con la literatura y el misterio invita a mirar más allá de lo evidente.

La cúpula, inspirada en la arquitectura de un templo de la India, corona el edificio con una silueta inconfundible. Dentro de la interpretación dantesca, se la ha relacionado con la unión de Dante y Beatriz y con la culminación de aquel viaje espiritual. La literatura, una vez más, parece encontrar su lugar en la piedra, el hierro y la luz.




En lo alto, el faro completa la escena. En sus primeros años, su potente luz podía divisarse a gran distancia y llegó a protagonizar un episodio memorable: en 1923, sus destellos transmitieron el resultado de la pelea por el título mundial de boxeo entre el argentino Luis Ángel Firpo y el estadounidense Jack Dempsey, disputada en Nueva York.

Décadas más tarde, después de un largo período de inactividad, el faro fue restaurado y volvió a iluminar Buenos Aires en el marco de las celebraciones del Bicentenario, en 2010. Desde entonces, esa luz se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles del edificio.




Hay algo profundamente poético en ese faro que vuelve a encenderse después de tantos años. Como si el palacio, nacido de una época de grandes sueños, se negara a quedar atrapado en el pasado.

Hoy, el Palacio Barolo continúa funcionando como edificio de oficinas, pero también se ha convertido en un espacio de encuentro con la historia, el arte y la cultura. Sus recorridos permiten descubrir detalles que desde la calle pasan inadvertidos y acercarse a una construcción que todavía despierta preguntas.

Quizás esa sea su mayor singularidad: no necesita revelar todos sus misterios para fascinarnos. Basta con levantar la vista, atravesar sus pasajes y dejar que la imaginación haga el resto. En plena Buenos Aires, entre el ruido del tránsito y el movimiento cotidiano, permanece este palacio que parece recordarnos que la literatura no vive solamente en los libros. A veces también puede elevarse cien metros sobre una avenida y encender un faro para que, incluso a la distancia, alguien encuentre el camino hacia una historia.






Una historia familiar ligada al Palacio

El Palacio Barolo no solo guarda secretos entre sus muros; también conserva historias familiares que atraviesan generaciones. Entre quienes mantienen vivo su legado se encuentran Tomás y Miqueas Thärigen, hermanos y descendientes de una familia cuya historia está ligada al edificio desde hace casi un siglo.

Todo comenzó con su bisabuelo, Carlos Eduardo Jorio, quien se recibió de contador y alquiló una oficina en el palacio en 1925. Desde entonces, distintas generaciones de la familia trabajaron allí y construyeron un vínculo que fue mucho más allá de lo profesional. Con el tiempo, los hermanos asumieron el compromiso de acercar este patrimonio a la sociedad a través de visitas guiadas y de la difusión de su historia.

Pero hubo una búsqueda que convirtió ese vínculo en una aventura extraordinaria: la de la escultura Ascensión, una pieza que había desaparecido del edificio. Durante décadas, Miqueas siguió las pistas para encontrarla. Finalmente, a fines de 2021, junto con Tomás, logró recuperar parte de la obra original, que hoy puede conocerse en el Museo de la Oficina del Palacio Barolo.

La historia de los hermanos demuestra que preservar un edificio histórico no consiste solamente en conservar sus paredes. También significa recuperar sus recuerdos, reconstruir lo que el tiempo dispersó y compartir con los demás aquello que, de otro modo, podría perderse para siempre.



Salón 1923, una máquina del tiempo en las alturas

En los planos originales del Palacio Barolo había un espacio destinado a reuniones de negocios o a una cafetería para los trabajadores de oficinas. Luis Barolo imaginó un edificio que no solo se destacara por su arquitectura monumental, sino que también tuviera vida propia en su interior. Sin embargo, murió antes de la inauguración, en 1923, y nunca pudo ver terminado aquel proyecto.

Durante décadas, el espacio que hoy ocupa el Salón 1923 funcionó como oficina. Recién en 2019, casi un siglo después del inicio de la construcción del palacio, el lugar recuperó parte de su espíritu original y abrió sus puertas como cafetería y restaurante. Su nombre no es casual: Salón 1923 remitiendo al año en que se inauguró el Palacio Barolo, un homenaje a la historia del edificio y al sueño de sus creadores.

Llegar hasta allí es parte de la experiencia. Después de atravesar la galería central de la planta baja, hay que tomar uno de los antiguos ascensores, revestidos en madera y espejos, hasta el piso 14. Desde allí, dos tramos de escaleras conducen al piso 16, donde el edificio parece revelar otra de sus vidas.




El recorrido conserva el encanto de otra época: paredes de concreto, ventanas antiguas por las que entra la luz natural y pasillos que parecen guardar el eco de quienes los transitaron durante más de un siglo. Al cruzar la puerta del salón, los sombreros de estilo años veinte, los uniformes de los mozos, los espejos, los detalles de bronce y la música de jazz crean una atmósfera que invita a viajar en el tiempo.




La decoración incluye una barra que evoca la del legendario Titanic, pero son las ventanas circulares, similares a los ojos de buey de un transatlántico, las que refuerzan esa sensación de viajar a otra época. uno podría imaginarse a bordo de aquel célebre barco, aunque esté en el corazón de Buenos Aires y a varios pisos por encima de sus calles.



El espacio combina interiores ambientados en los dorados años veinte con dos terrazas al aire libre: una orientada hacia el Obelisco y otra hacia el Congreso. Desde allí, Buenos Aires se despliega a los pies del visitante y, en los días despejados, la vista puede extenderse mucho más allá del centro porteño.

Pero hay algo que vuelve especialmente singular a este lugar: la posibilidad de contemplar desde las alturas el faro que corona el propio Palacio Barolo. Entre una copa, la música y el horizonte de la ciudad, el edificio parece cerrar un círculo que comenzó mucho antes de que existiera el salón tal como lo conocemos hoy.




Así, el Salón 1923 recupera una idea que había quedado dormida en los planos originales. No es solo una cafetería en lo alto de un edificio histórico; es una invitación a detener el tiempo por un instante y descubrir que, en el Palacio Barolo, incluso los espacios cotidianos pueden convertirse en parte de una historia extraordinaria.



Quizás el mayor misterio del Palacio Barolo sea ese vínculo, real o imaginado, con La Divina Comedia de Dante. Como si entre sus muros aún se desplegara el viaje del Infierno al Paraíso, este edificio desafía al tiempo y convierte la arquitectura en poesía. Y allí, en lo más alto, su faro sigue iluminando Buenos Aires, recordándonos que algunos sueños no se construyen para ser olvidados, sino para volverse eternos.



Idea,investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



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MADRES

 


MUY FELIZ DíA de las MADRES

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sábado, 17 de octubre de 2026

CINE PARA FOTÓGRAFOS Y ALGO MÁS... - Hoy presentamos: "COCODRILO" "Una historia en 5' minutos"

 

Cortometraje

"Cocodrilo"

España año 2019

"Una historia en 5 minutos"


"Cine en Atrapados por la Imagen"



Calificación: Apta para todos los públicos

Versión original: Español


Cartel de Cocodrilo (Jorge Yúdice, 2019) © Esther Bernal





Click aquí para ver el Cortometraje - 👇💙



Dirección y guion: Jorge Yúdice

Producción: Japónica Films

Fotografía: Julieta Lutti

Sonido: Marc Solá

Dirección de arte: Nill Boada

Edición: Guillermo A. Chaia

Intérpretes: Marta Bayarri, Alejandro Bordanove y Javier Casamayor



Sinopsis:

Alicia, como cada tarde, se prepara un té y ve su canal de YouTube preferido: VictorGaming. Un canal dedicado a videojuegos de rol de acción. Víctor, el youtuber, retransmite hoy un directo donde los fans pueden hacerle preguntas. Alicia tiene algo muy importante que decirle. [Base de datos del ICAA].

Cocodrilo se estrenó en el Festival de Cine de Berlín de 2019 en la sección Generation 14plus, y desde entonces ha estado presente en cerca de doscientas selecciones de festivales de todo el mundo cosechando aproximadamente cincuenta premios, tanto locales, como internacionales (entre los que se encuentra el Premio a Mejor Cortometraje en el FanCineGay 2019 —ahora FanCineQueer—, el Festival Internacional de Cine LGTBI de Extremadura), y que culminó con una candidatura a los premios Goya 2020, aunque se quedó a las puertas de la nominación.



CINE PARA FOTÓGRAFOS Y ALGO MÁS... 

Idea y creación: Laura Jakulis
Directora de Atrapados por la Imagen

¡¡Esperamos que disfrutes de este, excelente cortometraje!! 


¡¡Muchas gracias y hasta la próxima!!




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