Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!

jueves, 28 de mayo de 2026

MALBA - Ciudad de Buenos Aires - Claudia Molina -

- Hay silencios que también pintan historias -



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Fotografía: Hugo Filmore -

- Bodypainting CC.Borges - 

Make Up Analía Gómez Lima - Model Naty Betancourt.



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©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Un café en la ruta" - Del escritor: Hansel Germán Monzón - Rosario, Argentina -

 


Atrapados por la Imagen


Presenta...


"Un café en la ruta"


Relato inédito para Atrapados por la Imagen


Del escritor: 

Hansel Germán Monzón


"Artista de Atrapados por la Imagen" 


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Relato inédito para Atrapados por la Imagen


"Un café en la ruta"
Hansel Germán Monzón

Oscar le había propuesto el viaje, a ese pueblito en las sierras, porque sabía que ese lugar le  gustaba mucho y no correría el riesgo de una negativa —Es mi lugar en el mundo— solía decir  ella. 

La idea le surgió repentinamente, como una epifanía, cuando, preocupado, pensaba alguna  manera de volver a estar como antes, de volver a enamorarla. 

Los preparativos no tuvieron mayores contratiempos.  Ella entusiasmada con volver una vez más a ese lugar y él con la idea de estar con ella  durante cuatro días. Solos. Sin nadie ni nada que se interponga en esa especie de luna de  miel.  

Nunca quisieron convivir, al menos eso creía cada uno del otro, aunque ninguno lo dijo nunca con claridad. Ambos venían de varias relaciones y, de algunas, en las que la experiencia de la cotidianidad  había hecho sus estragos.  De todas maneras, el mantener cada uno su bunker, no garantizaba nada. No se llevaban mal, pero no  estaban como antes.  

Cada vez tenían sexo más espaciado y cualquier discrepancia de pareceres dejaba una fría  grieta, aunque ya casi ni discutían. 

Hacía más de una hora que estaban viajando.  Él manejaba y ella, pendiente de los mensajes en su teléfono, ultimaba detalles con  familiares que se harían cargo de la casa y de darle de comer a su perro durante su ausencia. 

— ¿Querés hacer unos mates? —Propuso él. 

—Sí, aguantá. Ya hago. 

Aferrado al volante la miraba de reojo a ella que seguía con el teléfono en la mano.  Si bien le era necesario chatear con quien le cuidaría la casa, le daba bronca que, a más de  una hora de haber salido a la ruta, no había podido comenzar una charla profunda, o por lo  menos íntima. Ni hablar cuando recordó los planteos que ella hacía cada vez que era él quien se ponía a  contestar algún mensaje o se ponía a discutir de política en el feis con algún cabeza de  termo que ni siquiera conocía. Ella insistía que no eran celos ni inseguridad pero no podía dejar de suponer que del otro  lado del chat siempre había una mujer, sospechas totalmente infundadas ya que él estaba  enteramente con ella y se lo demostraba siempre, incluso llegó a querer mostrarle su teléfono en más de una ocasión, pero ella nunca lo aceptó —si alguna vez siento que quiero  revisar tu teléfono prefiero dejarte—  solía argumentar.  Se hacía la superada, pero después de haberlo colocado a él en el lugar del sospechoso, esa  respuesta le parecía una verdadera hijaputéz, ya que el teléfono era la única y contundente  prueba que él tenía de su inocencia.  Lo hacía siempre. Cada vez que lo veía con el teléfono le tiraba una frase tipo “¿Ya estás histeriqueando?” o  “Por qué te escondés para chatear” cuando salía del baño o entraba desde el jardín con el  celular en la mano.  Verla mensajear totalmente despreocupada le hizo sentir envidia.  Envidia de esa libertad que él no podía tener cuando agarraba su teléfono. ¿Por qué a él  jamás se le ocurrió que ella podría estar beboteando con un tipo? ¿Por qué él no sentía  celos?  

Cuando se conocieron Oscar cometió uno de los errores más imperdonables que se pueden  cometer, hablar demasiado.  Sin saber que iban a tener una relación y encima una relación importante, le contó que le  había sido infiel a su ex.  Oscar sintió que a partir de ahí, o mejor dicho, por eso, siempre iba a estar en el banquillo  de los acusados y, tal vez por la culpa que sentía, es que no se guardaba ninguna ocasión de  demostrarle cuanto le gustaba ella. 

De pronto Oscar recordó una noche de pasión, de esas que extrañaba.  Estaban un poco borrachitos y ella le contó de un amante con el que se veía mientras estaba  de novia con un ex. Sin embargo él no la crucificó por eso. Son cosas que pasan. Es la vida. Ella es muy sexual y si bien lo destruiría imaginarla hacer con otro todo lo que hace con él,  sabe que, a veces, el amor pasa por otro lado.

Ella terminó de chatear. Buscó el bolso matero que había dejado a mano y se dispuso a  preparar el mate. Luego le pasó el primero a él. 

— ¿Ya arreglaste todo? 

— Sí, esta noche va Lucía a darle de comer a Woody. 

— ¿Y los demás días? 

—Ya está, se turnaran mis hijas, el problema era esta noche que ellas no iban a poder. Oscar termina de chupar la bombilla y le devuelve el mate. 

— ¿Estás contenta? 

Ella levantó los hombros y sonrió. 

—Sí, claro. 

Era cierto, Oscar la veía contenta, pero veía una contentura que no tenía que ver con él.  Se sentía afuera de su alegría.  Ella no le sostenía la mirada tierna como lo hacía antes.  Ya no se reía de cuanta pavada decía Oscar para, justamente, causarle gracia y recordó con  mucha pena el consejo que le diera una amiga —Si la querés coger hacela reír— . Cada tanto la volvía a mirar de reojo.  La veía a ella que solo miraba hacia adelante, el paisaje. 

Las ideas le pasaban por su mente de a montones, ideas para romper un silencio que, como  la fuerza de gravedad, insistía en permanecer.  Ideas que, así como se les ocurría, las descartaba por creerlas idiotas, inútiles u obvias.  Sabía que si algo no podía ser era obvio. Ella se tenía que volver a enamorar por su cuenta, sin percibir su injerencia, tal como había  ocurrido la primera vez. Sentía un gran dolor. Le costaba entender que eso nunca ocurre. El amor puede durar  mucho, sí, pero el enamoramiento es otra cosa, es como la fascinación que siente un chico  ante el truco del mago. Fascinación que durará en tanto y en cuanto el truco no sea develado  y eso es justamente lo que le ocurre a todas las parejas. Se les devela el truco. También recordó ese viaje a Victoria a unos pocos días de comenzar la relación.  Después de pasar un hermoso día manejó gran parte del regreso con la pija en la boca de  ella. Entonces confiaba en su pericia al volante, no como últimamente que no le deja mirar el  GPS porque dice que se puede distraer e insiste en ser ella la “navegante” cuando ni  siquiera aprendió a utilizar esa tecnología, más por una porfiada negación a las  explicaciones de él que por falta de talento. 

“2 km área de servicios” decía el cartel. 

—¿Querés que paremos? —Le dijo ella. 

—Si vos querés… 

—Yo por vos… ¿No querés ir al baño? 

—La verdad no, fui antes de salir y todavía no tengo ganas. 

Faltando ya unos pocos metros ella le dijo de parar. 

—Dale paremos que quiero ir al baño. 

Oscar salió de la ruta y buscó un buen lugar para estacionar el auto. Ella bajó con su bolsito  de mano. 

Él buscó el mate y el termo. Se lo llevó para lavar y a recargar agua caliente. Del tanque salía un chorro muy finito y mientras esperaba que se llene el termo no paró de  pensar: ¿Por qué no me dijo que quería parar para ir al baño? Siempre hace lo mismo ¿Tanto le cuesta decir lo que quiere? Pregunta si quiero hacer tal cosa esperando que le  conteste lo que ella quiere en lugar de ser directa.  Encima la quiero complacer y siento que no tengo margen para errarla. ¡No soy adivino!

Oscar regresó al auto y ella apareció enseguida. Estaba contenta y, con una sonrisa le dijo: — ¿Querés que hagamos un café? 

Oscar no tenía ganas de tomar un café, ya venía saturado del mate, pero pensó un segundo, y  le respondió:

—¡Dale, me encantaría! 

Ella lo miró sonriente y sosteniéndole la mirada, con ternura, le dijo: 

—Buenísimo, a mí también me encanta tomar café en la ruta.

 

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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:

©Hansel Germán Monzón

Rosario  - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Ilustración: Imagen libre de la Web


Colaboraciones de: Marta Puey - Emilio Bertero

Mayo 2026



 Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.



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Directora: Laura Jakulis


“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”
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miércoles, 27 de mayo de 2026

" Una tarde de niebla ( detalle ) en Puerto Madero " .-Silvia Elena Lanza -

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San Antonio Oeste - Autor: R. Jorge Ruiz Diaz -

 


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Jardín Botánico Carlos Thays - CABA - Claudia Molina -

 

- Blanca como la calma - 

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- Workshop Mirta Steinberg - Modelo; Andrea.

 "Salvaje"

Fotografía: Hugo Filmore



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Momento de contemplación - Autor: Roberto Jorge Escudero -


 

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lunes, 25 de mayo de 2026

" El Pueblo siempre debe saber de que se trata " - " Feliz día de la Patria " .-

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Feliz Día de la Patria !! Claudia Molina -

 



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¡Otoño desde mi ventana! - Rubén Blanco


 

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HIELOS ETERNOS - Luisa Amador Robayna


 

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©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "El Padre Río" - Relato inédito del escritor: Pedro Pablo Lilli - Rosario - Argentina -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y relatos presenta a . . .


PEDRO PABLO LILLI


"Artista de Atrapados por la Imagen"


en: "El Padre Río"


Fotografía: Pedro Pablo Lilli

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Relato inédito para Atrapados por la Imagen

"El Padre Río"
PEDRO PABLO LILLI



A Tacho Journet y Mario “Pulso Azul” García


¿Desafiarías a muerte a tu mejor amigo, mucho más corpulento, infinitamente más fuerte y, por si fuera poco, experto en todas las artes marciales y espirituales? Sería estúpido o suicida, ¿verdad? Al Paraná, cuando todavía no lo frecuentaba, me acerqué con altanería, temor y prejuicios.  “¡Río insidioso!” “¡Río traicionero, más peligroso que el mar!” Hoy, que lo conozco, ni razono ni pienso así.

Soy de la última generación de rosarinos que creció “de espaldas al río”. Nací y crecí en la zona oeste de la ciudad, rodeado de gente que no pescaba ni tenía embarcación, en una familia que veraneaba en la costa atlántica. Conocí La Florida, la playa ciudadana de entonces, recién en la adolescencia, atraído solo por los bikinis.

Tenía entonces, hacia el Río, una actitud soberbia. Lo comparaba con el mar, sin saber todas las estupideces que decía: “Color feo; olor a yuyos; superficie sucia de plantas que traen víboras, arañas y otros animales peligrosos de la selva; lleno de remolinos traicioneros que te chupan hacia abajo y te hacen morir ahogado; agua blandengue que no te sostiene a flote, como la del mar; peces enormes de carne grasosa y con sabor a barro; fondo que -cuando lo pisás- sentís esa sensación asquerosa del limo que se te mete dentro de las uñas y entre los dedos de los pies; donde te enterrás hasta las rodillas con el peligro de pisar algún vidrio o una lata herrumbrada. Te va bien si no te atacan las palometas…”

Tuve gusto de emigrar a la tierra de mis ancestros, Italia, y tras quince años, tuve gusto de regresar, a mediados de los ´90, a mi pago natal. Objetivamente, en ese lapso, Rosario había cambiado mucho. Ahora, era una ciudad “a orillas de un río marrón”, enorme, impetuoso, evidentemente desconocido por mí. El cambio consistía, justamente, en que era él, el Río, la figura principal, y que a su margen se extendía un aglomerado heterogéneo de edificaciones que, algún día tendrán que rendir cuentas a un Plan Regulador.

Mi “encuentro” con el Río se dio a raíz de mi deseo de remar. Nunca fui muy deportista. De grande, y estimulado por mis amigos milaneses, aprendí a esquiar. “Si vivís a los pies de los Alpes, tenés que esquiar”, me convencieron. Ahora – parado ante esa masa gigantesca de agua dorada que fluía poderosa hacia el Atlántico – me dije: “Si vivís a orillas del Paraná, tenés que remar”. No me costó nada comprender que, esquí y canotaje, son dos deportes genéticamente hermanos: requieren técnicas análogas para el equilibrio, el balanceo, el cambio de dirección y la corrección de ruta. En los dos, se desliza sobre superficies que se reservan siempre la última palabra y nunca son iguales a sí mismas. Son deportes que se pueden practicar en solitario o en compañía. En ambos casos, se está obligado a interactuar con la Naturaleza, en paisajes hermosos. Y lo que más me gusta: al finalizar la práctica y colgar los bastones o los remos, seas creyente o no, sentís que te reconciliaste con la Vida y con el Universo.

Hace más de treinta años que remo. Lamento no haberlo hecho de niño. Me encanta constatar que cada vez son más las personas de todas las edades que se lanzan a la práctica de distintos deportes en nuestro Río. Un pasaporte hacia la Felicidad.

Llevo muchos quilómetros navegados a partir de repetidas salidas entre las islas frente a la ciudad y de travesías de mediana y larga distancia. Me he perdido más de una vez entre los humedales, sacando fotos o avistando aves o curioseando canalitos y lagunas. Por imprudente me encontré lejos de ambas costas en medio de sudestadas o me sorprendió la noche sin una mísera linternita y una carpa. Aun así, no soy un experto del Río: sigo aprendiendo. Y, tengo una convicción, puede dar risa (por eso lo digo bajito): el Paraná y yo, nos hablamos.

Una señal la tuve en mi primera travesía (De la ciudad de Paraná a Rosario, que luego repetí otras diez veces) apenas me dieron en el Club Regatas Rosario la autorización para salir sin el Instructor. En la última etapa del largo derrotero, a la hora de partir desde la Isla del Pelado, el capitán del grupo, mi inolvidable “Tacho” Journet, dio la orden de salir bajo un diluvio impresionante. “¡Está loco, yo muero en el intento!”, pensé, pero no lo dije, para no quedar como un cagón frente a los otros (eran expertos) que vi muy tranquilos. Remé clavando la mirada en el agua mientras la lluvia golpeaba con fuerza contra la capucha de mi campera, chorreaba por mis lentes y, andá a saber cómo, se colaba hasta los huesos. Pensé que el Rio se crisparía, pero no: permaneció calmo y, más lo miraba, más tranquilidad me transmitía. Me acompañó así todo el tiempo. Hacia el final del viaje era el tipo más empapado y feliz de la Tierra. Cuando llegamos, después de abrazar a mis compañeros por el raid compartido, palmeé en la popa al bote, por haber sido un genial compinche y… levanté un puñado de agua del Río para besarlo y decirle “¡Gracias!”.

Desde entonces, somos inseparables. Aprendí a escucharlo. Como a un chico, cuando lo desoí, me reprendió. Como un buen Padre fue severo pero cuidadoso de no dañarme y me sentí protegido. Así, las sudestadas, la navegación a oscuras entre lanchas lanzadas a velocidad y buques sojeros, el perderme sin encontrar el camino de regreso, las quemaduras del sol, el ataque de batallones de mosquitos, el quedarme enterrado o perder el calzado en el limo…

Como un Viejo que te hace pata, me enseñó cuándo salir y cuándo no; a disfrutar la adrenalina, pero en modo racional; por cuál costa viajar para encontrar menos correntada en contra o cómo aprovecharla para avanzar más rápidamente. Me hizo conocer rinconcitos paradisíacos accesibles solo en kayak, el perfume de las hierbas que crecen abundantes en la isla, la belleza de los pajonales, de los camalotes en flor, dónde encontrar los escondidos irupés; la complicidad entre los animales avisándose de la llegada de intrusos; la variedad de pájaros y de flores; los habitantes del agua que salen al sol, las comunidades de isleños, sus quehaceres, sus “ventajas” sobre los urbanos, su solidaridad, sus recelos, sus dificultades, sus fiestas. El placer de calentar una pava para el mate, o un asadito o cocinar un guiso en un fogón armado fácilmente con la leña siempre a mano, en buena compañía. Los acampes inolvidables, siempre anecdóticos. El interés por querer indagar siempre más sobre la fauna y la flora, sobre nuevos recorridos…El ser parte de una comunidad informal de jóvenes y de viejos que compartimos los mismos sentimientos por el Río, por su cuidado y por su respeto.

Aprendí así que “el color feo” (¡pucha si es lindo!), es una rareza preciosa porque es con el que lo tiñen la tierra roja del Mato Grosso, la selva donde nace, y el limo proveniente de los Andes, que le aporta el Bermejo; “el olor a yuyos” es perfume a hierbas curativas o simplemente aromáticas, que “las plantas que traen víboras, arañas y otros animales peligrosos”, los camalotes desintoxican las aguas y, gracias a eso, nuestro Paraná no está todo lo contaminado que podría, por la desidia humana; que dan flores de una belleza superlativa, que son cobijo de todos los animales del humedal cuando se encuentran en problemas; que “los  remolinos traicioneros que te chupan hacia abajo y te hacen morir ahogado” son fruto de irregularidades del lecho en lugares no balneables; que en “el  agua blandengue que no te sostiene a flote como la del mar” se realizan competencias internacionales de natación en las que participan campeones de todo el mundo; que “los peces enormes de carne grasosa y con sabor a barro”, bien preparados, son exquisitos; que “el fondo del río, barroso” es un limo utilizado en cosmética y alfarería; “…el peligro de pisar algún vidrio o una lata herrumbrada” no es responsabilidad del Río sino de la mala educación. “Las palometas…” el Paraná es un Universo vivo, dentro del Universo, con sus propias leyes y estaciones. Para disfrutarlo a pleno hay que conocerlas y respetarlas.

Decía antes que con el Río nos hablamos. Cada vez que salgo a navegar, lo acaricio en superficie a modo de “¡Buenos días!”. Me bastan pocas paladas para entender de qué humor anda y, en base a eso, me comporto. Me deja avanzar un trecho antes de responderme, para estudiar qué mambos traigo. En general, espera que termine el cruce de tierra firme a la isla, a veces, se demora un poco más. Su juego es tomarme de sorpresa y ¡ahí está!: una cardenilla o un Martín pescador sobre una rama muy cercana, el despegue en vuelo de un biguá a pocos metros, un carancho en pose de inspector de tránsito, una tortuga disfrazada de piedra, un ramillete de campanitas violetas, un intensísimo perfume a salvia mora, un camalote que me viene en contra girando sobre su eje como una bailarina… ¡siempre se inventa una! Devuelto el saludo, mientras vamos, nos contamos nuestras cosas.

Los pobladores del Noroeste veneran la Pachamama, la Madre Tierra. Yo, y no es por machismo, además, al Padre Río.

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Pedro Pablo Lilli

Rosario - Argentina

Mayo 2026

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Colaboradores: Marta Puey - Emilio bertero


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Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 
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