Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!

jueves, 15 de octubre de 2026

Momentos mínimos


 

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Historia de un muerto" - Del escritor: Marcelo Colussi - Guatemala -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y Relatos Presenta A. . .


MARCELO COLUSSI

"Artista de Atrapados por la Imagen"


en..

- Historia de un muerto -

Cuento perteneciente a su libro:
RUBICUNDA

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es ese rincón donde siempre hay lugar para una historia nueva, una foto, un poema o una idea que pide ser compartida. Un espacio hecho entre todos, donde crear, descubrir y encontrarnos es parte de la aventura.

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Editorial Atrapados por la Imagen
- Historia de un muerto -
MARCELO COLUSSI

Fue por la avenida Ayacucho. Eran alrededor de las seis de la tarde, la hora en que sale  todo el mundo de sus trabajos. La calle era un río torrentoso de gente por lo que, en un  primer momento, nadie se dio cuenta que había sido él. Se escuchó el disparo –luego se  supo que era un policía privado repeliendo un atraco en una agencia de seguros– pero  nadie pudo precisar más detalles. La bala perdida le dio en la cabeza. 

En un momento la ambulancia ya estaba recogiéndolo. Los curiosos agolpados en torno  al cuerpo ensangrentado molestaron un poco a los paramédicos aunque, muy profesionales, en cuestión de segundos lograron cargarlo. Inmediatamente, a las pocas cuadras  de comenzar el recorrido, lo dijeron sin temor a equivocarse: estaba muerto. El balazo le  había destrozado el cerebro. Ya no valía la pena seguir con la sirena activada.  Al día siguiente lo estaban recogiendo en la morgue municipal. Viendo que no regresaba a su casa a la hora habitual –era sumamente puntual, rutinario– la familia se inquietó  y comenzó las averiguaciones del caso. En poco tiempo pudieron localizarlo. La esposa  y el hijo mayor –doce años– fueron a retirar el cuerpo. La hija menor esperó con unos  familiares mientras se cumplían todos los trámites.

Julián se alegró mucho cuando reconoció las voces de su mujer y de su hijo. Quería  hablarles, quería decirles todo lo que los quería… pero no le salía una palabra. Viendo  que no logra comunicarse así, trató de moverse… pero el cuerpo no le respondía. No  entendía qué pasaba. Recién ahora comenzaba a salir del aturdimiento y se había sorprendido –y asustado– al verse en medio de todos esos cadáveres. Sentía un poco de  frío en esa cámara congelada. No entendía bien qué había pasado. Recordaba vagamente la calle llena de gente por donde caminaba y, de pronto, un dolor en la cabeza. Después:  más nada. Y esta cámara fría de ahora…

Cuando lo preparaban para su velorio sintió una gran impotencia y mucha ira. Quería  decirles que no lo hicieran, que lo dejaran levantarse y salir. Quería agitar los brazos,  gritar, mover las piernas, pero no podía. Le pareció, en un momento, que podía levantar  una ceja. Se puso contento cuando creyó notar que eso le era posible. Pero evidentemente no lo era, pues nadie respondía a su gesto. Contra su pesar tuvo que aceptar sombrío  la situación: estaba muerto. 

Pero ¿cómo era posible? Si él no había hecho nunca mal a nadie, si todavía se sentía una  persona muy joven –tenía 38 años–, si jamás había dado que hablar con conductas reprobables…. Sí era casi un modelo de perfección como padre, como empleado, como  hijo, como ciudadano (bueno, recordó que una vez se había atrasado dos meses en el  pago de la tarjeta de crédito, ¡pero luego se puso al día, por supuesto!)… si todo eso era  así: ¿cómo esta injusticia ahora? ¿Por qué morirse por culpa de una bala perdida con la  que nada tenía que ver? 

Quiso enterarse de más detalles, por lo que aguzó el oído cuando alguien –parece que  era su primo, el gordo, ese con el que iba a pescar cuando adolescente– contaba los  pormenores de su muerte. No había muchas vueltas que darle al asunto: una bala perdida le había destrozado la cabeza y estaba muerto, bien muerto. Mañana iba a ser el entierro.

Recordó eso que había visto en la televisión la vez pasada, ese estado raro, medio anormal  por el que una persona parece muerta pero no lo está. No tenía presente el nombre, y  tampoco podía preguntarle a nadie. O, por más que intentara hacerlo, nadie le respondía. Le venía en mente la palabra "cataplasma", aunque sabía que no era esa. "Cata…  cata… ¡Cataclismo!", se dijo emocionado. Pero no era así. Además de la angustia de la situación, se le sumaba ahora la que le producía no poder recordar la palabra. De todos  modos, enseguida dejó eso. No importaba el nombre. Debía ser esa cosa de nombre raro, ese estado extraño, pensó, sin importar cómo se llamara. Y según había visto en la  televisión, la gente que sufría ese estado, después de un rato, unas horas, despertaba.  "Y… ¿si lo enterraban vivo?", se preguntó consternado. 

Al velorio llegó una regular cantidad de gente. Pocos lo lloraron con convicción: su  esposa, sus dos hijos, sus tres hermanos. La mayoría repetía las consabidas frases de  ocasión, las mismas que él decía cuando iba a otros velorios. Lo que no podía entender  es cómo era eso de sentirse vivo sabiendo que estaba muerto. Aunque, "¡no, no estaba  muerto!", se decía para sí. "Si tengo plena conciencia de todo lo que está pasando… ¿O  así será estar muerto?"

Pensó con honda consternación que si eso era estar muerto… era horrible. No podía  decir ahora: "entonces: mejor muerto", porque efectivamente, estaba muerto. Se había  imaginado la muerte de otra manera. No era un tema que le preocupara especialmente, pero tenía otra idea del asunto. Las pocas veces que le dedicaba algún tiempo a  pensar esto, esperaba que la muerte lo encontrara en una cama, sin sufrimientos, descansando. Era, según creía, un sueño largo del que uno ya no despierta más. ¡Pero nunca  hubiera imaginado que podía sobrevenirle en plena calle y en un horario pico, rodeado  de gente desconocida, entre los gritos de la muchedumbre y el ruido del tráfico! No, no  era eso lo que deseaba…

"Pero, claro… las cosas no son siempre como uno las desea", reflexionaba con amargura. "¿Y qué pasará luego, cuando cierren la tapa del ataúd?". Eso lo tenía desesperado.  "¿La noche eterna?... Pero, si yo puedo pensar aún… ¿Qué voy a hacer todo el tiempo  aquí, encerrado, con las manos cruzadas sobre el pecho sin poder moverme pero pensando y sintiendo todo?... ¡Es un espanto!"

 

Recordaba haber visto que la gente que sufría de esos raros estados que ahora no podía  recordar cómo se llamaban –"cata…. cata…. ¡catapulta!... No, no era catapulta… ¿Pero  cómo era?"–, bueno, recordaba que a veces, inmóviles como estaban en su féretro, antes  que los enterraran daban a entender que seguían vivos… llorando. Así vio una vez en  un documental por televisión. 

Decidió llorar entonces. Pero no podía. Primero, no le salían lágrimas. Y, además, no  tenía ningún motivo que lo hiciera sentirse con ganas de llorar. Lo que le estaba sucediendo más bien le producía terror. Pero no tristeza. 

Intentó serenarse y pensar en cosas tristes de su vida, a ver si de esa manera lograba  llorar. Pensó en la muerte de sus padres. Esos habían sido momentos feos; recordaba  que en ambos casos había llorado. No mucho, pero sí lo suficiente para que nadie dijera  que no quería a sus progenitores. Con su madre lloró un poco más; la quería mucho, sin  dudas. Pero ahora, al evocar aquel momento, no le venían las lágrimas. Pensó en otras  circunstancias tristes ... .pero nada: las lágrimas no venían.

Cuando comenzó a escuchar las palabras del cura diciendo el responso, se desesperó.  "¡¿Pero cómo nadie se da cuenta de que no estoy muerto?!... ¿O así es estar muerto?" Julián no sabía cuál de las dos cosas lo trastornaba más. Pensó que sería terrible pasar toda  su vida así, en un cajón… bueno, hasta le resultaba cómico descubrirse pensando eso. Si  era un difunto, lo que le tocaba de ahora en más no era "seguir pasando la vida". Era  ¡hacer de muerto! 

Pero nunca se imaginó que los muertos pensaban, sentían, podían tener todas las sensaciones que él ahora experimentaba. 

"La vida será una porquería… pero es más lindo que estar muerto", se dijo con aflicción. "¿Qué hacer entonces? ¿Resignarse?"

 

La tapa fue colocada entre el llanto de los más allegados. Al menos antes Julián podía  ver y escuchar a la gente; ahora no. Eso le llamó poderosamente la atención: si tenía los  ojos cerrados, ¿cómo era posible que viera a los asistentes a su velorio? Porque de ello  no le quedaban dudas: ¡estaba viendo a las personas! Ahí estaba su hijita Viviana, de  ocho años, con el vestido azul que le habían comprado hacía no más de un mes. Y su  hijo Omar, con muchos granitos en la cara –cosa que al jovencito lo tenía sumamente  preocupado y sobre lo cual Julián le hablaba siempre diciéndole que eso ya le iba a pasar, que no era nada grave–. Ahí lo podía ver perfectamente, no era una alucinación.  Cada vez entendía menos la situación.

Ahora, cerrado ya el féretro, no podía ver nada; e incluso escuchaba con mucha dificultad. Lo incomodaron los barquinazos cuando el ataúd era trasladado. "¡Esto no es vida!", se permitió bromear. Tuvo, por otro lado, la sensación de que sonreía por la humorada. Pero no podía compartir el chiste con nadie, lo cual lo afligió. "¿Le crecería la barba  ahora?", siguió cavilando. Algo inexplicable lo forzaba a reírse de la situación. No podía ser cierto todo eso que estaba atravesando. "¿Cómo voy a estar muerto si estoy pensando estas cosas? Los muertos no piensan, ¿verdad? No, no…no estoy muerto. Esto es  todo un chiste que me están haciendo".

Las paladas de tierra que iban tapando el cajón lo convencieron de que allí no se trataba de  ningún chiste. Por otro lado, si fuera un chiste…no entendía cómo podría ser posible.  ¿Quién iba a estar haciéndole un chiste de esa naturaleza? 

Muy a lo lejos escuchó los últimos llantos de sus familiares directos. Escuchó la voz de  su hija que lo llamaba desconsoladamente. Y eso lo paralizó. Nunca en su vida había  sentido tantas ganas de gritar. Ahora lo intentaba con desesperación, pero la voz no salía. "¡Aquí estoy, Vivianita del alma! Hija mía: no estoy muerto, no. Hay un error. Diles  a todos que me saquen. ¡No estoy muerto!" Sintió que todos iban retirándose. Le pareció escuchar, incluso, muy a lo lejos, motores de automóviles que se ponían en marcha y  se alejaban.

"¿Y qué hacer ahora?"

La sensación que tuvo fue horrible, espantosa. Si lo que le estaba pasando era un ataque  de esa enfermedad –"¡catalepsia!", por fin la recordó– ¿cuándo despertaría? Y cuando  despertara, ¿qué haría? ¿Cómo salir de ahí?

Perdió la noción del tiempo. No podría decir cuánto pasó encerrado en el cajón, y mucho menos de qué manera había sucedido, lo cierto es que en algún momento se encontró en un lugar conocido. No lo podía creer, no era posible. Enseguida reconoció el sitio:  ¡estaba en su barrio! 

No le importó mucho saber los porqués. Lo primero –¡y único!– que pensó fue en cómo  llegar a su casa. No estaba nada lejos, sólo un par de calles. Encontró todo igual, y sin  pensarlo dos veces, caminó apresuradamente. En realidad, no era caminar; era una carrera atropellada, aparatosa. Pero algo sentía que estaba mal: sus pasos no hacían ruido.  Se detuvo un momento en su alocada marcha y miró sus pies. Llevaba puestos los mismos zapatos que aquel día en que había recibido el balazo fatal. 

No entendía bien qué sucedía. ¿Por qué no hacía ruido? ¿Qué estaba pasando? Luego de  un pequeño instante de cavilación, siguió su loca carrera. A los pocos metros se encontró con un vecino conocido de años, don Ricardo, que venía caminando. Quiso ver cuál  era la reacción de este buen hombre, anciano ya, a quien había visto en su funeral. Pensó también que el pobre se podría morir de un paro cardíaco al verlo vivo nuevamente,  pero después de todo no era tan fea la muerte, porque él ya la había conocido, y en  realidad, más allá de la soledad, no se sufría tanto. 

Se acercó hasta el buen hombre y lo saludó efusivamente. "¡Hola, don Ricardo! ¿Se acuerda  de mí todavía?" El interpelado siguió su marcha cansina sin prestarle la más mínima atención. "¡Eh, don Ricardo. Soy Julián, su vecino. ¿No se acuerda? ¡El que se murió de  una bala perdida en la cabeza!". Don Ricardo continuó inmutable. Le pareció verlo más  avejentado. ¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde su muerte? El envejecimiento del  vecino lo asustó. "¿Habrán sido varios años?"

Siguió su marcha. Le quedaba como argumento pensar que don Ricardo, muy avejentado, estaba ya muy sordo, deteriorado por la edad, con demencia senil quizá, y por eso no  lo reconocía. De todos modos ahora no continuó corriendo. Iba caminando con tranquilidad observando atentamente cada detalle del sector. Era una sensación grata. No recordaba haber caminado por su barrio anteriormente de esa manera, disfrutando cada  cosa, cada esquina, cada casa que veía, cada árbol. El corazón le palpitaba, lo cual lo  hizo sentir vivo, bien vivo. Había llegado frente a la puerta de su casa.  Se detuvo un momento. Había muchos detalles cambiados. Eso le hizo suponer que había pasado ya un tiempo considerable desde su entierro. El frente de la casa tenía otro  color ahora, y las cortinas de la cocina que alcanzaba a ver eran nuevas.  Así estuvo por espacio de unos minutos, pensando qué iba a decirle a su familia. ¿Lo  reconocerían? ¿Se morirían de miedo al verlo nuevamente? ¿Cómo reaccionarían? Además de preocupado, estaba contento. Muy contento, rebosante de alegría. ¡Estaba  volviendo a su casa! ¡Ya no estaba muerto! ¡Ahora sí se iba a terminar el equívoco!  Aunque todos los cambios que veía le hicieron pensar en un mal presagio. "¿Cuánto  tiempo habrá pasado? ¿Y si ya no me recuerdan?"

De pronto vio salir a su esposa. Bueno… su ex esposa. "¿Cómo tendría que decirle: esposa o ex esposa?" Poco importaba eso. Lo cierto es que ahí estaba Marta, bonita como  siempre. 

Pero su sorpresa fue mayúscula. Casi muere de la impresión –por decirlo de alguna manera– cuando vio que ella estaba embarazada. "¿Será mío?" Inmediatamente recordó

 

que antes de recibir el balazo en la cabeza aquella tarde, Marta nunca le había hablado  de un nuevo embarazo. O podría ser que no se lo había querido contar aún y le iba a dar  una sorpresa…. Claro, eso tenía que ser. ¡Una sorpresa! Le iba a dar una sorpresa y la  muerte lo sorprendió antes… Eso era. "¿O sería de otro?..."

Julián se quedó sin palabras. Vio cómo ella salía lentamente de la casa, algo más avejentada, y caminaba con la misma parsimonia de siempre. La miró alejarse. Quería decirle  algo pero no podía. Además, ella había pasado a no más de dos metros de donde él estaba parado y no le había dirigido la palabra. ¿Sería posible que no lo hubiera visto? ¡No,  no, eso es imposible! "¿No me habrá querido saludar? Pero… ¿por qué?" Cuando Marta se alejaba, Julián la llamó. Sintió que pronunciaba su nombre claramente,  pero no escuchó su propia voz. ¿Cómo era posible eso? Insistió. Gritó. Gritó con todas  sus fuerzas. Pero nada… No se escuchaban sus gritos. Justo en ese momento pasaba por  la acera una vecina de años: doña Leonor (también recordaba que había estado en su  funeral). En forma precipitada, aún sabiendo que la pobre mujer podría no entender nada, sorprenderse de verlo de nuevo ahí parado frente a la puerta de su casa, aún a riesgo  de todo eso decidió hacerla participar en la escena. Acaloradamente, casi gritando, se  dirigió a la mujer: "¡¡Doña Leonor, no se asuste: soy yo, Julián!! Ya le voy a explicar  cómo es posible todo esto, pero ahora, por favor, por diosito lindo, ¡¡llámela a Marta!!  Por favor, doña Leonor: dígale que volví".

Pero doña Leonor siguió caminando ajena a todo. 

"¡Doña Leonor! ¿No me escucha? ¿No me ve, doña Leonor? Soy yo, ¡Julián!" La mujer siguió su camino imperturbable y dobló la esquina. 

A Julián lo ganó la desazón, la desesperanza. No entendía lo que estaba sucediendo.  "Pero, ¿estoy  muerto o no? ¿Esto es estar muerto? O sea que uno puede hablar, pensar, sentir, ver y escuchar a los demás… pero nadie puede verlo ni escucharlo a uno.

 

¡Qué cosa tan rara esto de estar muerto! Yo pensaba que era distinto: que uno se quedaba dormido para siempre, ya no sentía nada…"

Estaba atormentado con todas sus cavilaciones. En realidad no sabía bien qué hacer, si  valía la pena seguir insistiendo con los vivos, llamarlos, intentar presentarse ante ellos.  Empezaba ya a resignarse a que su actual existencia era eso: un estar sin estar, cuando  de pronto le pareció ver venir a su hija Viviana. Estaba irreconocible: era ya una muchachita y no la niña que él había dejado cuando murió. "¡Cómo nos cambia la vida!...  Bueno, pero más aún la muerte, ¿no?", reflexionaba con amargura.

Viviana no venía sola; iba con su tío, el hermano menor de Julián. A una prudente distancia él los observaba. No se decidía aún a presentarse ante ellos a ver qué pasaba esta  vez, cuando por la misma acera, pero en sentido contrario, venía caminando Marta. Seguramente había ido de compras. Traía un par de bolsas repletas con productos del mercado, ante lo cual el hermano menor de Julián, Luis –"Luisito, para todos… ¡Cuántos  recuerdos!..."– solícito salió hacia ella. Se saludaron con un beso en la boca, beso que  no podía ser de cuñados. 

Julián quedó estupefacto. No lo podía procesar. "¿Eran pareja entonces? Pero, ¿ese embarazo?... ¿Será de Luisito?" Por varios minutos quedó atontado. En ese instante, tanto  Marta como Luis y Viviana entraron en la casa. Julián quedó en la puerta, parado, trastabillando por la emoción de lo visto.

Un momento después vio llegar a su hijo, Omar, todo un muchachón ya. Venía en bicicleta. La incipiente barba se le dibujaba en el rostro serio, ya sin granitos. Sin pensarlo  dos veces Julián corrió hacia él y lo tomó de un brazo mientras le gritaba desesperadamente: "¡Hijo, hijito mío! ¡Soy yo: tu padre! ¿No me escuchas?" Omar sintió algo en el  brazo, y con un rápido movimiento de su mano izquierda pareció espantar algún insecto.

Eso fue todo. No contestó a los gritos de su padre. No vio nada, no sintió más nada en el  brazo. Tomó la bicicleta y entró en la casa.

Desconsolado, Julián ni siquiera quiso llamar a la puerta. ¿Para qué? Así permaneció un  buen rato. Lo desesperaba, además de todo lo que acababa de ver, pensar en su futuro.  ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Dónde dirigirse? No existía, nadie lo reconocía… ¿Volver al  cajón? Pero… ¿cómo? Ni siquiera sabía cómo había salido de ahí, cómo había llegado  hasta su viejo barrio.

Con una congoja que lo hacía sentir que se moría –bueno, es una forma de decir–, sin  saber por qué, optó por tocar el timbre de la que había sido su casa. Un instante después  salió a la puerta su hermano Luis. Julián no cabía en sí de la alegría. Corrió hacia él, lo  abrazó, quiso besarlo, todo envuelto en expresiones de alegría. "¡Luisito, Luisito querido! ¡Al final me escuchan! Hace una hora que estoy llamándolos, gritándoles, y nadie  me contesta. ¡Volví, Luis! ¡Volví!" Pero Luis lo único que dijo, contestando a Marta  que desde dentro de la casa le pregunta quién tocaba, fue, no sin cierto desagrado: "nadie". 

Julián no salía de su asombro. Pero… si habían escuchado el timbre, ¿cómo era posible?  Insistió. Ahora tocó con más vehemencia, varias veces seguidas. Luis salió con cara de  pocos amigos, miró hacia todos lados, y no viendo a nadie, malhumorado cerró dando  un portazo. 

"¿No existo entonces? ¿Y el timbre?... ¿Cómo es posible?"

Nadie sabe con exactitud cómo fue tejiéndose el mito popular. Hoy, incluso, hay varios  estudios antropológicos sobre el asunto. La habladuría repite siempre lo mismo: que a  cualquier hora, cualquier día de la semana, también por las noches, tocan desaforadamente el timbre de cualquier casa, y nunca hay nadie cuando los moradores salen a contestar. Hubo quienes se tomaron la molestia de dejar cámaras de video filmando por un  buen tiempo, y hasta desde la universidad vinieron a hacer esa investigación. Pero quedó claro que no son travesuras infantiles. De hecho, a todos los niños del vecindario se  les tiene terminantemente  prohibido tocar los timbres. Cuenta la historia que Viviana, la solterona  loca del barrio, una vez tuvo una sorpresa tan grande cuando abrió la puerta a la que  habían llamado que prácticamente nunca más quiso salir de su casa, y ahí envejeció,  solitaria, casi sin volver a hablar nunca más con nadie. Y si escucha tocar el timbre,  entra en pánico.

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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Marcelo Colussi

República de Guatemala 

OCTUBRE 2026


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis




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Afectuosamente...


Editorial Atrapados por la Imagen.


Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 

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miércoles, 14 de octubre de 2026

martes, 13 de octubre de 2026

" El Masters con amigos, entrando a Puerto " .- Silvia Lanza

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Callejón del Gato - Madrid - CLAUDIA MOLINA

 


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"Flecha de lápices " - R. Jorge Ruiz Diaz

 


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Emilio hoy nos trae algo de . . .

 

EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN

Presenta: 

"Mis Héroes y Heroínas Literarios"


 IDEA Y CREACIÓN:


Emilio Bertero

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"Amantes y alquimistas" (2024)

 Ginés González García

Médico, profesor, político y escritor argentino

(1945 - 2024)




“Amantes y alquimistas” no pareciera ser la primera y única novela que escribió Ginés González García, porque cualquier lector desavisado, tranquilamente podría pensar que el autor lleva un largo recorrido anterior como escritor de ficción. En efecto, se trata de una obra en la que se encuentra el oficio de un relator experimentado, un texto que escurre con fluidez, un buen manejo de ritmos, gran seguimiento de imágenes y lenguaje perfectamente adecuado a cada circunstancia.

En cuanto a lo argumental, hay una idea interesante que Ginés plasma sabiamente, con elementos que traen reminiscencias de la literatura gauchesca y, se me ocurrieron, toques de realismo mágico. Muy presentes la historia y geografía argentina, el campo de la primera mitad del siglo XIX y sus personajes, criollos pobres y hacendados mandamases, el gobierno de Rosas, la guerra de la Triple Alianza que se avecinaba, los indios cada vez más alejados de sus tierras…

Y así, entre pulperías, cañas quemadas, vacas ajenas y duelos a cuchillo, emergen Hilario y María, protagonistas de un amor tan apasionado como peligroso, maravillas de paisano y china escapados del molde típico, flotando entre el calor que los imanta, el riesgo que los amenaza y la increíble atracción por la alquimia descubierta entre arcanos papeles descubiertos por Hilario en un recoveco de la iglesia, ocultos ahí, pensé, por alguna especie de un vernáculo Melquíades de García Márquez.

No solo los escenarios de los alrededores de San Nicolás, ciudad natal de Ginés, y la época, son marco de la la historia, sino también, y muy logrados, personajes laterales (y no tanto), como Carlo, hijo de rico padre estanciero (pretendiente despechado y violento), el papá maestro de María, y Mimbí, su abuela curandera, sus hermanas mellizas y los dos amigos incondicionales de Hilario, el uno un joven puestero, el otro el perro Tragavientos. Y no le faltan episodios notables enriqueciendo la novela, como las charlas entre Mimbí y su nieta, un torero en decadencia en una improbable corrida de toros, el memorable encuentro de Hilario con Rosas o el que tiene con un joven indio más allá del último fuerte, y que más adelante contribuiría a la resolución final.

Con un relato en tercera persona, Ginés González García lleva adelante una trama cuya intensidad crece conforme crece el amor y el deseo entre Hilario y María, su tierna explosión, y la violencia latente que ello instala, hasta unas últimas páginas que se leen con la ansiedad que supo crear el autor, en las que se desata el nudo dramático y el desenlace se precipita.

Dijo Jorge Asís: “Este texto capta la tensión emocional de la mitología cinematográfica del Leonardo Favio de Aniceto o, acaso, de Juan Moreira. La persistencia natural de la belleza es aquí un acto mecánico. El lenguaje se funde con la geografía, mientras la dinámica de la acción captura al lector… Leer Amantes & Alquimistas deriva en una aventura pasional”.

 

Ginés González García es sanitarista y profesor universitario. Nacido en San Nicolás de los Arroyos, su destino de vida lo hizo ávido lector y apasionado hincha de Racing. Es médico cirujano (Universidad Nacional de Córdoba), diplomado en Salud Pública (Universidad de Buenos Aires), máster en Economía y Gestión de la Salud (Isalud y Universidad Nacional de Lomas de Zamora) y Doctor Honoris Causa (Universidades de Córdoba, Buenos Aires y Morón). Fue ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires (1988-1991) y de la Nación (2002-2003, 2003-2007 y 2019-2021) y embajador de la República Argentina en Chile (2007-2015). Fundó en 1991 la Universidad Isalud, y es autor de artículos académicos y libros, entre otros: “Remedios políticos para los medicamentos” (1994), “Más salud por el mismo dinero” (1997), “Salud para los argentinos” (2004), “Medicamentos: salud, política y economía” (2005) y “Médicos: la salud de una profesión” (2012).


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Idea y creación: Emilio Bertero, 

Colaborador de:
Atrapados por la Imagen

Buenos Aires - Argentina





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lunes, 12 de octubre de 2026

Hugo Filmore Fotografía -

 CC.Borgess - Art Festival Bodypainting - 

Make Up Artist Lucia Nos Model Ana Dolyenko



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" Ángulo de Nadir de la Basílica de María Auxiliadora y San Carlos " .- Silvia Lanza

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La Barra Brava - Ricky Kimmich

 

La Fotografía es para mi ....
como le cuento a mi gente lo que pasa en esta Tierra ...
Porque no soy de muchas palabras ...

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©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "El puerperio" de la Escritora y Periodista Sandra Russo-

 Editorial Atrapados por la Imagen

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CUENTOS Y RELATOS


Presenta: 

a. . . 


SANDRA RUSSO


Escritora, Periodista y Docente

en..


 "El Puerperio" 

CUENTO PERTENECIENTE A SU LIBRO:

- Ventidós Cuentos -

- Cortos y Ligeros - 


Biografía: Sandra Russo

Es periodista, docente y escritora. En periodismo, se inició en la última dictadura en las revistas El Expreso Imaginario y Humor Registrado. Desde 1987 es parte del diario Página/12, donde fue editora de Sociedad y Cultura y Espectáculos, además de dirigir los primeros cinco años del suplemento Las/12. Trabajó en radio (Nacional, Del Plata, Belgrano, Splendid, Mitre, AM 530). En televisión integró el equipo de 678 durante los siete años de emisión. Algunos de sus libros son La Presidenta, historia de una vida (Sudamericana), Jallalla, Milagro Sala (Colihue), Lo femenino (Debate), La reinvención del amor (Debate), 22 cuentos cortos y ligeros (Sudamericana) y varias ediciones de compilación de Contratapas de Página/12.

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 "El Puerperio" 

 SANDRA RUSSO

 

             

           Yo ya estaba entrando en el quinto mes de embarazo. El tiempo había pasado a una velocidad extraordinaria desde que lo había conocido a Ignacio. Para empezar, y esto nunca nadie me lo termina de creer del todo, o creen que es una manera de decir, decidimos tener un hijo en la primera cita, que había sido en un bodegón maltrecho de San Telmo. Hacía un par de meses que nos mirábamos fuerte cada vez que nos cruzábamos en la agencia. No era muy seguido, porque yo era redactora full time y él fotógrafo free lance. Yo sabía que él estaba en pareja. Yo estaba sola. Y estaba bien sola, pero a quién no le gusta enamorarse. A lo mejor eso que nadie me cree fue precisamente el único y gran motivo por el que nos atrajimos. Fue la mayor sincronía de mi vida. Estar en el momento y en el lugar justo en el que nuestros dos universos se cruzaban y la explosión vital daba lugar a un tercer universo, que sería ése en el que nacería nuestro hijo.

  (No creo en el instinto maternal. Aclaro por si parece que estoy arrancando por ahí. Pero no me queda más remedio que creer en el potente, intenso, visceral deseo de tener un hijo, ya sea hombre o mujer. De ahí estoy arrancando).   

  Después de ese mes de miradas intensas, Ignacio un día me invitó a cenar. Incluso ahora que lo escribo se hacen evidentes las miles de posibilidades que abría esa invitación. Una trampa, un chamuyo, un telo. Una relación entrecortada y llena de reproches y presiones. Un típico enamoramiento mío y la resistencia de él. Un atípico enamoramiento suyo y mi resistencia. Un encuentro agradable del que los dos nos retiráramos sin consecuencias. En fin, se me ocurren unas cuantas más. Pero en ese momento, cuando Ignacio me invitó a cenar, aun sabiendo que él no estaba disponible, yo lo tomé como el principio de una etapa trascendente de mi vida. Sería  madre. No llegué a decírmelo a mí misma con esas palabras, no es que me pasé delineador mirándome al espejo en el baño de la agencia y preparándome para convencer a un hombre de tener un hijo. Yo ya había estado embarazada y había abortado. Me había resultado inconcebible aquel embarazo diez años antes. Pero esa noche, mientras me pasaba el delineador en el baño de la agencia, me miré en el espejo y tuve un presentimiento. Como si hubiera visto en mi propia imagen otra imagen que estaba llegando y superponiéndose. Esos pálpitos.  

  Es difícil de explicar, porque estas situaciones están casi siempre metidas en los fórceps de la mayoría de las historias conyugales. Las historias típicas. Pero hay otras. Yo tenía treinta y seis años, Ignacio también. Algo de lo que llaman reloj biológico había. Cuando esa noche salimos de la agencia y caminamos esas cuadras oscuras hasta el bodegón, todo empezó a fluir de un modo extraordinario. Quizá, como simplifica misóginamente Shopenhauer, fuera la especie la que estaba haciendo el trabajo por nosotros. Algo aceitaba, facilitaba ese contacto entre un hombre y una mujer que además de haberse mirado con ganas unos meses, en total hasta entonces habrían cambiado no más de ochenta palabras.   

  Cuando llegamos al bodegón, su pareja había dejado de ser un problema. No era ya una pareja sino dos personas que habían decidido separarse unos meses antes y estaban viendo juntas cómo resolver el tema de la mudanza de ella. Fue lo primero que me dijo, Ignacio eligió el tema apenas empezamos a caminar. Yo escuchaba, en trance. No escuchaba solamente la información que él me estaba dando, sino mi presentimiento. O sea que, ya entonces, apenas a una cuadra y media de la agencia, a mitad de camino hasta el bodegón, yo lo que escuché era que esa cena era importante. Y eso hizo que, instantáneamente, yo confirmara casi esotéricamente mi percepción de que aquella noche íbamos a hablar desde un lugar de nosotros que se abriría apenas nos sentáramos y pidiéramos los canelones que después él comió y yo no.     

-Hace como un año que todo está terminado. Me quedo con las ganas de tener un hijo –me dijo en un momento.

-Yo quiero tener un hijo –le dije –. Con pareja, sin pareja, como sea, yo quiero –le contesté (yo no era así. No digo ese tipo de cosas. No soy tan excéntrica. Me estaba pasando algo muy raro). 

El soltó los cubiertos, alzó la mirada y me buscó los ojos que, un poco abochornada por lo que había dicho, yo hundía sin tentarme en el plato desbordado de tuco y salsa blanca. Nos miramos sin hablar, dejando que creciera el batifondo del bodegón, salpicado de voces alcoholizadas que terminaban en carcajadas. Me buscó la mano por encima de la mesa. Ese fue el primer roce físico que hubo entre nosotros: los dedos de su mano izquierda acariciando mis dedos de la mano derecha, que yo dejé apoyada sobre la mesa, ligeramente extendida hacia él, en un camino que se abría entre el sifón y los vasos.        

-Tengámoslo –me dijo. Yo lo miré. No se reía. Yo no me reí. Nos miramos bastante, como si mientras tanto miles de dispositivos internos se hubieran puesto en funcionamiento reelaborando la vida de cada uno y poniéndola a tiro de esa situación generada de pronto.

-Sí, tengámoslo –le dije y alejé de mí, con la mano que él me había acariciado, el plato de canelones. Tenía el estómago cerrado. El amor es así: yo lo veía a él comer con avidez, lo veía después pasar el pan por el plato, y pensé que íbamos a complementarnos perfectamente en la aventura vital que teníamos por delante.

   Al mes siguiente ya estábamos viviendo juntos en mi departamento de San Cristóbal –tres pisos por escalera – y cuatro meses más tarde estaba embarazada. Estábamos contentos. Todo era novedoso: la pareja, el embarazo, nuestros amigos en común, nuestros ritos, que empezaban a escribirse sobre un papel en blanco. Queríamos estar como estábamos, desbordados, todavía un poco desconocidos, con los pocos muebles que había traído entorpeciendo el paso entre el living y el dormitorio, deslumbrados por ese ser que iba creciendo en mí y para quien teníamos la mejor de las intenciones.  Vivíamos muy apretados en ese dos ambientes minúsculo, el más feo que ocupé en mi vida y uno de los lugares en los que, dios mío, fui más feliz. Decidimos mudarnos a un lugar con más luz y un cuarto más. Mi papá iba a ayudar con algunos ahorros.

  Yo estaba entrando en el quinto mes cuando llegamos al PH de Boedo. Uno de esos clásicos PH de Buenos Aires con una puerta antigua y alta para la PB con el patio, y una puerta idéntica al lado con la escalera para subir al del primer piso, que tenía terraza. Esa era la que estaba en venta y muy barata. Hicimos una obra sencilla. Tiramos muchas paredes y al final quedó una casa preciosa, con un hogar a leña, con cuartos enormes pero sin ventanas y el clásico pasillo vidriado que llevaba a la terraza pintado de amarillo huevo.

  Cuando terminó la obra, ya estábamos a días de  mudarnos cuando, en San Cristóbal todavía, me desperté una mañana con sangre entre las piernas. Se me había desprendido la placenta y el bebé nació de apuro, al octavo mes. Mientras yo estaba internada por la cesárea, su familia y la mía –nuestras madres – hicieron la mudanza. Nunca más abandonaron el fastidio que les había provocado primero la unión de hecho tan repentina, después el embarazo fulminante, coronado por el nacimiento prematuro que las puso a limpiar placares, espejos, restos de obra, canillas y azulejos.

  Volvimos a casa seis días después del nacimiento de Nino, con él en brazos. A pesar de ser prematuro había nacido con buen peso y no pasó por la incubadora. Pero llegar al PH de Boedo siendo madre, sin haber hecho ninguna transición entre una casa y la otra, recordándome con panza al salir del departamento de San Cristóbal y viéndome gorda y fea cuando entré al de Boedo, sin saber preparar correctamente ni una mamadera, con las tetas todavía secas de leche por lo anticipado del parto, con un compañero al que yo amaba mucho pero intuitivamente, porque ni siquiera habíamos tenido tiempo de contarnos historias del secundario ni conocer ni a tías ni a primos ni a amigos de la infancia, algo tronó. 

 Me debo haber tronado yo. Nino no durmió una noche entera durante todo su primer año. Era un bebé delicioso, cuyo olor me parecía el perfume más exquisito. Era vivaz y muy activo, literalmente, las veinticuatro horas del día. No dormía seguido más que un rato, justo el que yo tardaba en dormirme. A veces el que se levantaba era Ignacio, pero no alcanzaba, no me alcanzaba ni para volver a conciliar el sueño hasta la próxima despertada de Nino. En aquella época en el PH de abajo vivía una pareja de mujeres que llevaba una vida tranquila. El único escándalo circunstancial eran cada tanto los reproches a los gritos del hijo de una de ellas, que se negaba terminantemente a tener una madre lesbiana. Yo me tapaba los oídos, porque me parecía que no tenía que estar escuchando esas intimidades, pero todo lo que se hablaba en el patio de abajo se infiltraba como un rumor por los ventanales restaurados de mi pasillo. 

   Pero cuando Nino cumplió tres meses, a esa pareja de mujeres tranquilas se le terminó el contrato. Para mi desgracia, para mi azoramiento y para mi insomnio perenne, ocupó el PH de abajo una banda de hard rock. Eran pibes agradables, seguramente en otro contexto me hubiesen caído muy bien. Pero cuando ensayaban, a pesar de que habían tapizado las paredes del cuarto de debajo de mi dormitorio con cajas de huevos –y hasta me llevaron a verlo en una especie de visita guiada - , uno sentía que los músculos de la cara y de las piernas se movían solos, que todo temblaba, que había que ir a protegerse debajo de los marcos de las puertas. Los veladores se caían de las mesas de luz, los cuadros de las paredes se deslizaban hacia sus costados izquierdos, y la vibración del bajo hacía rechinar los dientes. Nino aullaba en su cuna. Yo desesperaba. Yo, y juro que Nino es el ser que más amo y amé en toda mi vida, quería hacer abandono del hogar. 

  Empezamos a tener roces con Ignacio. Era inevitable. Mi humor era insufrible. No dormir te pone mala. Yo le gritaba a Ignacio, le gritaba a Nino y después abría las ventanas del pasillo y les gritaba a los pibes que se dejaran de romper las pelotas con semejante estruendo a esa hora de la tarde. Me salía la voz de Linda Blair en El Exorcista. Estaba fuera de mí. Supongo que el puerperio me jugó una mala pasada, y encima yo no tenía la menor idea de qué era el puerperio. Me enteré después, cuando ya las cosas eran irreparables.  

  Los pibes de abajo se llamaban Kiki, Omarcho y José. Había más, a veces se llenaba la casa de una fauna con mucho cuero y metal, pero esos tres eran los que vivían allí. Kiki era alto y flaco, estaba todo vestido de negro pero la campera le quedaba grande y los pantalones le quedaban cortos. Tenía un aire a Cantinflas. Omarcho era bien clase popular, jujeño venido de muy chico a José C. Paz, ojos achinados, muy tierno. José era algo así como el frontman, las minitas que venían siempre le estaban revoloteando. No era lindo, pero era seguro. Y cantaba mal, pero no le importaba. Pese a mis gritos, a mis súplicas sollozantes, a mis cadenas de oración y a las amenazas que algún día descentrado les proferí, Kiki, Omarcho y José no bajaron nunca el volumen ni se fueron a la mierda a la que yo los debo haber mandado centenares de veces. El que sí se mudó de pronto, un martes, fue Ignacio.

  Me acuerdo que era un martes porque los martes llevábamos a Nino a la consulta con el pediatra y ese día Ignacio me dijo que no podía acompañarnos, que tenía que hacer una nota. Cuando volvimos con Nino, su placard estaba vacío y había una nota, como las que dejan los suicidas pero no era éste el caso: “Linda, pensé que podía pero no puedo. Tenemos un hijo maravilloso pero es lo único maravilloso que tenemos. Hace meses que ni sabés cómo me llamo, no creo que me extrañes. Yo que vos iría a un psicólogo. Estás muy alterada. Lo que nos terminó de joder fue este grupito de acá abajo. Fue mala suerte. Yo también necesito dormir y necesito dejar de escuchar a estos pibes y también necesito dejar de escuchar tus gritos. A Nino llorando lo banco. Te llamo y combinamos para que me lo lleve dos o tres noches por semana para que duermas mejor. Si querés tenemos tenencia compartida. Vas a ver que todo se va a arreglar, no te pongas loca. Me voy a lo de Germán que me hace un lugar en el living. Te quiero mucho”.

  Sé que puede parecer raro, pero cuando leí esas líneas se me caían las lágrimas por la emoción de haber encontrado a Ignacio para esa empresa tan enorme de tener un hijo. Era un gran padre. Y al mismo tiempo lloraba porque me había dejado sola en esa casa con todo el circo. Deseé llamarlo y decirle que lo comprendía, pero que viniera él a quedarse ahí y que nos dejara a mí y al nene el sofá en el living de Germán. Yo creo que entré en shock. Ver el placard vacío de Ignacio me hizo el efecto de un cóctel de ansiolíticos. O dicho de otra manera: entré en mi zona zen. La tenía, pero hacía un par de años que no accedía a ella. De pronto todo se alejó dos o tres centímetros de mí. La cómoda de algarrobo, la pared del fondo de mi cuarto, el techo, las ventanas que daban al patio de abajo. Hasta el llanto de Nino se alejó unos centímetros de mis tímpanos: lo vi en su cuna, berreando, y me dio una ternura infinita ese bebé que había venido al mundo en una casa en la que vibraban las paredes, en la que su madre gritaba enloquecida y su padre vaciaba su placard y nos dejaba una nota tan delicada, pero finalmente de despedida. Ignacio no había aguantado. ¿Y yo? Yo tampoco aguantaba, ¿y qué? ¿Dónde me iba? Me daba un poco de pena, y más, hasta algún tipo de desilusión verlo a Ignacio tan flojo. Yo no sabía qué iba a hacer, pero si todo seguía manteniéndose algunos centímetros más lejos de mí, si lograba esa mínima distancia del ruido, quizá podría salir adelante. Mientras tanto había agarrado a Nino y juntos bajábamos lentamente la escalera y salíamos a la calle y tocábamos el timbre de la PB de abajo.

  Me abrió Kiki. Cuando me vio la cara empapada de lágrimas y lo vio a Nino dormir tan tranquilo –ahí descubrí que las escaleras lo dormían –, se apuró a hacerme entrar, me abrazó suavemente mientras me acarició la cabeza y me dijo, terminante, mientras acercaba un tambor de la batería:

-Sentate acá. Ya te traigo un vaso de agua.

-Ignacio se fue, nos dejó –le dije ahogada por el llanto.

-Ya, ya. Quedate ahí que te traigo el agua.

  Miré el patio, ya sentada con Nino en los brazos. Miré desde allí abajo las ventanas de mi casa desde las que tan frecuentemente esos chicos veían salir mi cabeza de Medusa. Vino Omarcho con el vaso de agua. Era re chiquito visto tan de cerca. Tendría apenas unos veinte, si llegaba. Me puso el vaso en la boca y me dijo:

-Abrala, madrecita, que necesita agüita para tranquilizarse. Así, muy bien, usted toma el agüita y respira serena. Todo se pone después en su lugar.

  Yo lo miré fijo a Omarcho. Me hablaba como si supiera que todo se había salido de lugar, que el mundo se había alejado dos o tres centímetros de mí. Yo no estaba segura de querer volver a tener el mundo más cerca. Así como estaba era más soportable. Podía ver, sin experimentar la furia en la que había estado atrapada los últimos meses, esa sala de ensayo revestida con cajas de huevos que quedaba justo debajo de mi dormitorio. Habían pintado las paredes tapadas por las cajas de un azul muy oscuro, casi negro. La habitación de cuatro por cuatro parecía una cajita de bombones gigantes. Vi los instrumentos, los cables, los atriles con papeles, la pequeña tarima donde estaba el teclado: calculé que justo ahí, arriba, estaba mi cama.  

  Vino José, se arrodilló al lado de Omarcho. Me acarició la cabeza y después me hizo un gesto para saber si podía acariciar la de Nino. Le dije que sí con los ojos, y no sólo lo acarició, sino que lentamente me lo fue sacando de los brazos y lo cargó él. Lo paseó por el patio. Le hablaba al oído. Nino emitía quejiditos placenteros mientras seguía durmiendo. Yo seguí tomando sorbos de agua que me daba Omarcho. Kiki me ataba los cordones de las zapatillas.

-Es peligroso que bajes las escaleras así –me dijo.

-Cuando quieras volver a subir nosotros te acompañamos, madrecita –dijo Omarcho.

-Y a este chocolatín lo podemos tener con nosotros cuando lo necesites –dijo José.  

  Quise volver a mi casa una media hora después, cuando Kiki, Omarcho y José ya me habían prodigado muchos otros cuidados, como un té de pasionaria que me hicieron y me dieron de tomar con una cucharita. José se había ocupado todo ese largo rato de Nino. Le estiré los brazos: vino y me lo dio. El bebé, dormido, me estaba diciendo algo que yo no podía descifrar. Hay que tener cuidado con lo que uno cree que quieren decirle los bebés, porque a veces uno escucha lo que quiere escuchar, no lo que quiere decir el bebé. Pero bueno, ¿cómo saberlo? Yo escuché que Nino me decía que siguiéramos así, a dos o tres centímetros del mundo, porque se podía dormir y la gente era más agradable. Los chicos, los tres, nos acompañaron hasta arriba.

-Vamos a poner horarios, quedate tranquila –me dijo José –. Mañana venimos y hacemos una grilla con horarios, así vos sabés cuándo ensayamos y el resto del tiempo relajás. Cumpas –les dijo a Kiki y a Omarcho –, vamos a tener que ordenarnos un poco. Esa preciosura tiene que dormir.

  Y eso hicimos. La vida se fue ordenando. Ignacio reapareció a las dos semanas y arreglamos para que dos o tres noches por semana Nino durmiera con él. Según me dijo, en la casa de Germán dormía muy bien. En casa también el sueño volvió, como un manto amoroso que nos volvió a cubrir. En los horarios en los que los pibes ensayaban, todo seguía moviéndose y temblando, pero no sólo yo, hasta Nino, parecíamos escuchar ya no un estruendo insoportable, sino la música que hacían nuestros amigos. Los pibes subían a casa a cada rato, especialmente José porque le encantaba darle de comer a Nino su polenta, y de paso él se comía un plato. Omarcho trajo un charango y lo dejó en casa. Cuando venía, le tocaba a Nino melodías muy suaves que lo tranquilizaban. Kiki era el encargado de dormirlo cuando Nino estaba en un día bravo: lo cargaba en brazos y subía y bajaba las escaleras hasta que el bebé caía en un sueño tan profundo que tiraba hasta la mañana. De alguna forma atípica, como había sido la llegada al mundo de Nino, el día que nos abandonó su padre, la familia se agrandó.                                 


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¡Agradecemos muy especialmente a Pedro Pablo Lilli, quién hizo posible esta publicación!


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Buenos Aires - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro


OCTUBRE 2026



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