Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!

martes, 20 de octubre de 2026

SERIE FOTOGRÁFICA: Graffitis en El muro de Berlín-Berlín-Alemania - CLAUDIA MOLINA

 








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Recuerdos - OS OSMO


 

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Serie Bizantina - OS OSMO





 

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Categoría Artes plásticas: "Derrame cósmico" - R. Jorge Ruiz Diaz -

 



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Farmleigh - Dublin - Irlanda - CLAUDIA MOLINA -

 “Donde la naturaleza guarda silencio, el alma encuentra paz.”


 

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EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN PRESENTA: "Las series ganadoras del mes de Septiembre 2026" -

 


"Una serie fotográfica es un viaje visual que se adentra en lo oculto de lo cotidiano, donde cada imagen dialoga con las demás para tejer un relato silencioso. Su sentido nace de la secuencia, de los ecos y resonancias que emergen entre ellas, trascendiendo la instantánea individual."



¡¡Series fotográficas, felicita a las y los autores de cada una de las historias compartidas!!
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Elliott Erwitt: 
"El objetivo de tomar fotografías es que no tengas que explicar las cosas con palabras." 

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Primer premio
Giselle
Roberto Jorge Escudero






Segundo Premio
Abstracción ma non tropo
Silvia Elena Lanza 






Tercer Premio
Ojitos ... Miradas
Claudia Molina 






Cuarto Premio
 La Vida En Realidad Inventada
Os Osmo


Diseño gráfico: Laura Jakulis
Editora Literaria: Isa Santoro




 ¡Saludos Afectuosos para todos y todas!

Administración de Atrapados por la Imagen.

 Directora: Laura Jakulis




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lunes, 19 de octubre de 2026

Serie : " Hall de entrada del Palacio de Tribunales " .-

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" Un atardecer entre Palmeras " .- Silvia Lanza

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©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Una postal para la Casa del Faro" - Un cuento del escritor: Pedro Pablo Lilli - Rosario - Argentina -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN


Cuentos y Relatos Presenta a:


PEDRO PABLO LILLI


"Artista de Atrapados por la Imagen"


en...

"Una postal para la Casa del Faro"


(Cuento autobiográfico)


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es una puerta siempre abierta a la imaginación, al talento y a las distintas formas de decir y de sentir.

Porque cuando una mirada logra despertar otra, algo nuevo comienza.




Un cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"Una postal para la Casa del Faro"
Pedro Pablo Lilli



A los Díaz Llanos y la barra de Quequén.


“Hubo un tiempo en que fui hermoso

y fui libre, de verdad,

guardaba todos mis sueños

en castillos de cristal…”


Charly García


          En enero de 2014 mi amigo, el artista plástico y maestro acuarelista Nicasio Díaz Llanos, Pocho, me envió un mensaje que me alegró muchísimo. Acababa de fundar, en Quequén, el Museo Casa del Faro donde, además de documentar con sus acuarelas la historia del puerto, los naufragios y encallamientos ocurridos frente a esa costa y los paisajes bucólicos circundantes, contaba con una galería para exposiciones de arte y espacios destinados a talleres de pintura y literatura.

En la misiva me pedía, también, que pasara a retirar una postal del Faro del año 1964, en manos de un tipo, no recuerdo el nombre, de quién me pasaba el teléfono y un número de catálogo. La quería para el Museo.

          Para entender lo que sentí al leer el mensaje, tengo que aclarar que Quequén es un lugar que adoro. Pasé allí todas mis vacaciones, desde que nací, hasta cumplir los diecisiete años. A inicios de los sesenta, la localidad era conocida, solo, como el puerto cerealero más importante de la Provincia de Buenos Aires. Su extensa playa, tanto en longitud como en ancho, enmarcada entre dunas altísimas y el mar, era poco frecuentada; ofrecía a penas, un par de hileras de carpas dispuestas en herradura, una al lado de la otra. Necochea, del otro lado del río, en cambio, era un balneario pujante en visible crecimiento.

Los veraneantes, éramos siempre los mismos e igualmente celosos de nuestro lugar de pertenencia. Nos conocíamos todos, aunque fuera solo de vista, por cruzarnos en la playa, en la Hostería Ri-San (la única), en Ailito (el único ramo generales) y en la iglesia vieja hasta que edificaron, frente al mar, la nueva, la Stella Maris.

           Más allá de la curiosidad por saber quién era, me generó un fastidio irracional, casi infantil, que un desconocido tuviese una postal de “mi Quequén” y, para colmo, de 1964 cuando cumplí los nueve, allí, en lo de los Diaz Llanos. ¿Qué hacía con esa postal que Pocho buscaba recuperar para la Casa del Faro?

Lo más probable, me dije, era que se tratara de algún familiar de Claudia Schmitt porque, además de mis viejos, mi hermana y yo, los únicos rosarinos que iban a Quequén por esos años, eran los Schmitt.

Sin dar más vueltas, lo llamé por teléfono. Resultó ser un mercader de postales de colección. Nos citamos para el sábado a las once, en la Feria del Boulevard, donde tenía su puesto, dentro del área reservada a los anticuarios.

          Salí temprano, esa mañana. Desayuné en un lindo bar un cappuccino acompañado con un croissant de jamón y queso, leí a disgusto el diario y, por la ansiedad, llegué al lugar media hora antes que él. Se me ocurrió que podía aprovechar la ocasión, ya que estaba, para indagar qué valor podía tener, la montaña de postales que guardaba en el altillo. Tenía tarjetas de los lugares más remotos del planeta, fruto de una frenética correspondencia familiar (mis viejos eran maníacos epistolares), especialmente con mis tíos italianos, Virgilio, enviado especial del Corriere della Sera, y Carlo, funcionario de la FAO, que vivían girando por el mundo, con predilección por los escenarios de guerra, revoluciones y calamidades de todo tipo.

A las once menos cuarto, ya impaciente, pregunté a los otros feriantes si sabían cuál era su parcela.

-          Al lado del muchacho de los discos. De este lado de acá ¿ve? Ya debe estar por llegar.

        Curioseé los long plays. Había de todo, de Sandro a Salvatore Adamo, Nicola di Bari y Johnny Hallyday; de Bach a Ray Conniff, pasando por Ariel Ramírez. Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Mina y Aznavour, intercalados con Mercedes Sosa, La Joven Guardia, Los Gatos y Almendra. ¡Aznavour! En la playa de Quequén había una casilla de madera color celeste que transmitía música y publicidad por los altoparlantes. Abría y cerraba la transmisión con la canción Avec de Charles Aznavour, en castellano… Para mi sorpresa, no había nada ni de Los Beatles ni de Sui Generis.

-          Me están faltando. Tenía ¡faltaría más! ¿Cuál anda buscando? – preguntó el feriante, un hombre alto que compensaba la calvicie con una corona hasta los hombros, rizada y brillosa. Lucía orgulloso una camiseta negra con la lengua de los Rolling Stones que le tapaba la panza cervecera.


Estaba por decirle Vida, primer LP de Charly y Nito, cuando llegó el poseedor de la tarjeta para la Casa del Faro. Bajó de la Kangoo, un tablón con sus caballetes, un prolijo mantel y se organizó ubicando con estudiado criterio, carpetas, cajas y cajitas.

-          Postales de colección – dije estúpidamente mientras lo miraba trabajar.

-          Hasta mil nueve cincuenta. Ni iglesias ni estatuas ecuestres.

-          Yo vengo a buscar una de 1964. Aquí tengo el número de referencia. Es el faro de Quequén.

-          Si tiene un número en el catálogo, por algo será – respondió bajando más carpetas, cajas y cajitas

-          ¿Porque solo hasta el cincuenta?

-          Más viejas son, más valor tienen para un coleccionista.

-          ¿Y porque desdeña iglesias y estatuas ecuestres? - parecíamos Juan y el preguntón, pero realmente me despertaba curiosidad

-          Iglesias y monumentos a caballo hay en todas las ciudades del mundo. Millones. Son todas iguales. Los coleccionistas buscan cosas particulares. Y yo las tengo.

-    ¿Hay tantos coleccionistas? - aproveché a indagar porque el hombre respondía despreocupadamente mientras seguía armando el estand.

-          ¡No se imagina! Tengo Clientes por todo el mundo. Ahora con Internet es más fácil y económico.

-          ¿Y de dónde saca tantas postales?

Se detuvo y me miró haciéndome entender que estaba poniéndome pesado. Pero me respondió.


-      Compro, canjeo con colegas que se especializan en temas puntuales como postales de fuentes, por ejemplo, o de bares…en su mayor parte me las regalan cuando muere alguno y venden la casa o la demuelen. Las demoliciones son minas de oro. Mis mayores proveedores son las empresas de demolición.

-          ¡Tomá mate! No se me había ocurrido.

-          ¡Y claro!

Terminó de acomodar la mercadería con un orden riguroso y me pidió el número de catálogo. Abrió, sin dudarlo un segundo, una de las tantas carpetas y -con la misma seguridad- fue directamente a una hoja bien precisa, con bolsillos transparentes que mostraban tarjetas numeradas. Sacó de uno de ellos, la postal del faro, despachada el veintiséis de enero de mil novecientos sesenta y cuatro.

-          Es esta – dijo con aire ganador, entregándomela.

         La di vuelta y… tuve que contener mi ahogo y las ganas de llorar. Era mi letra. ¡Esa postal la había escrito yo! “Querida Señora Laura, reciba mi saludo desde Quequén junto a su esposo. Pablito Lilli”. Era mi firma de chico, con la P y la L con caligrafía inglesa y la última i con la curvita para atrás como la arroba. Recordé perfectamente el contexto en el que la había escrito, porque ese año, para mi cumpleaños, me regalaron el reel Squalo para la caña de pescar… ¡y lo que siguió a raíz de eso!


         Todos los veranos, en medio de las vacaciones, mis padres (maníacos epistolares), nos sentaban a mi hermana y a mí, frente a una pila de postales en blanco para que enviáramos saludos a la mitad del planeta…Era en el patio grande del Hotel Nueva Pompeya, en la mesa de granito gris, redonda, frente a un duraznero junto a la bomba de agua cubierta con una caja de color verde…Ni hablar cuando se la agarraban con que “había que hacer todos los días un poquito de la Tarea de vacaciones”. Por suerte la barra de amigos que encabezábamos con Franco Fabbro y Santi Sobrero, era tan genial que enseguida te olvidabas de todas esas torturas…Las bicicleteadas al faro, bajar corriendo las dunas hasta tirarnos al mar… ¡Eso era vida!

No quise que el hombre notara mi estado de ensoñación. Con la cabeza estaba medio siglo atrás.  Tomé aire y pregunté:

-          ¿Qué tiene de especial?

-          Mire – y señalando con el dedo la estampilla, agregó- la despacharon con estampilla.

-          ¿Y cómo la iban a despachar, si no?

- En esos años, nadie en Argentina, enviaba postales pegando el sello directamente sobre el reverso. Se enviaban dentro de un sobre. Creo que era obligatorio, pero no estoy seguro. Solo las postales que llegaban del exterior venían así. La debe haber despachado un extranjero.

-          ¿Y eso tiene valor?

-          Para un coleccionista, sí. Es una rareza. Por eso la tengo, a pesar de ser de los años sesenta.

Saqué de la billetera el importe que me había pasado Pocho, equivalente a cinco cafés en un coqueto bar del centro, temeroso de que pasara algo que me impidiera quedarme con la postal. Cuando finalmente estaba por guardarla en el morral, dije:


-          Esta tarjeta la envié yo. ¿Ve? Esta es mi letra de cuando era pendejo.

      -         ¿Ahora me lo dice? Tendría que habérsela cobrado el doble o el triple.

Al ver mi cara se largó a reír.


-          Usted la hubiera pagado sin chistar ¿verdad? Este negocio es así, mi amigo. ¡Que le va a hacer!

Me fui bajo un aluvión imparable de recuerdos del que no quería salir. Había ido por una postal para la Casa del Faro y me encontré reviviendo las mejores escenas de mi infancia.

 

“A quien te quiere o te ayuda a crecer, le hace bien que le cuentes que lo recordás, aunque estés lejos. Por eso es importante.” era la voz de mi viejo cuando nos ponía a escribir postales.

“La Señora Laura” era mi profesora de inglés que vivía a dos puertas de casa, en la calle Felipe Moré. El marido usaba lentes ovalados, fumaba en pipa y tenía un Auto Unión que estaba siempre impecable. Ella jugaba al tenis y una vez la vi salir con la ropa de juego. La pollerita blanca a tablitas dejaba ver enteras, sus piernas hermosas. No lo hubiera imaginado cuando me hacía escribir “This is a pencil. The pencil is blue. The blue pencil is on the table.”

         Ese verano, para mi cumple, me regalaron un buen reel de pesca, en remplazo del que había venido con la caña. El veintiséis de enero, después de escribir la postal en cuestión, mientras nos preparábamos con la barra para ir a la escollera, Normita Sobrero me dijo que “la chica rubia” que había llegado el día anterior gustaba de mí. Era demasiado linda. No podía ser verdad. Le dije que la invitara a pescar con nosotros… Se llamaba Marisol, tenía ocho y medio. Fuimos inseparables toda la tarde. Me ayudaba a encarnar el anzuelo, me contaba de su escuela, que, además, a ella también le daban tareas de vacaciones, la hacían estudiar inglés y le costaba acordarse de las reglas de multiplicar, en especial la del siete. Con Santi, entre los dos, pescamos veinticuatro corvinotas, que se llaman así no porque sean enormes, sino porque, por el contrario, son una especie de corvinas chiquitas. Día inolvidable que, como todo lo inolvidable, duró nada. Mi admiradora partió al día siguiente y nunca más fui tan afortunado con la pesca, ni de peces, ni de rubias.  

No recuerdo un cielo nocturno más estrellado que los de la playa de Quequén cuando salíamos a caminar, después de cenar, con mis viejos, sus amigos y los chicos de la barra…Se cantaba, se corría…

Una vez una enorme tortuga marina apareció muerta en la zona de “la pileta” …

Después de una lluvia, había siempre un arco iris completo detrás de la escollera y, desde el puerto, llegaba olor a trigo mojado.

 

           Entre tantas imágenes, me vi saliendo de entre las olas, bronceado, flaquito, con escalofríos (mis amigos se la aguantaban más), tirándome boca abajo sobre la arena ardiente, con los brazos y las piernas abiertas; sentir el sol reconfortarme; escuchar el runrún del mar como el que reproducían los caracoles gigantes que vendían, barnizados, en el puerto. “Recuerdo de Quequén”, tenían escrito. Aprisionar puñados de arena dejándolos escurrir de a poquito y sentir – fuerte - esa cosa indefinible que, con el tiempo, llamamos felicidad.

 

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Pedro Pablo Lilli

Rosario - Argentina

OCTUBRE 2026

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Colaboradores: Marta Puey - Emilio bertero


Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen.


Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 
 
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