EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Fotografías de autor
martes, 21 de julio de 2026
Fotografía: Hugo Filmore -

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Jardín Botánico- CABA - CLAUDIA MOLINA -
- Un susurro en color lila -

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Momentos....Ana Vaccari

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lunes, 20 de julio de 2026
BODEGÓN - Luisa Amador Robayna

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BODEGÓN. - Luisa Amador

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©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN PRESENTA : "Mutanza" - Relato inédito de la escritora: NATALIA CASOLA - Buenos Aires - Argentina
ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en:
"Mutanza"
___ Relato inédito ___
Cuento inédito para Atrapados por la Imagen
"Mutanza"
NATALIA CASOLA
Cuando la tarde comenzaba a morir,
Sara comprobó que la mancha de humedad que acechaba en el ángulo derecho del
techo de su habitación había crecido. Hacía casi quince días que no paraba de
llover y Buenos Aires, para esas cosas, es implacable.
Se subió a la cama para verla más
de cerca, pero apenas logró acortar la distancia. Entonces corrió con cuidado
el caminito blanco tejido al crochet y los alhajeros de la cómoda, se subió a
ella y ganó altura. Desde esa nueva posición la veía mucho mejor: la mancha
tenía formas raras. Era el signo inequívoco de que lo único que cabía hacer era
mudarse.
A la mañana siguiente comenzó la
campaña. Primero sutil, casi suave; después abierta y hostil. Se propuso, con
todas sus fuerzas, convencer a Héctor de que lo único capaz de poner fin a su
infelicidad era abandonar esa casa echada a perder.
Sara ya soñaba con su casa nueva.
Quizás, esta vez, podía acercarse un poco a la avenida. La idea la excitaba,
pero también le daba miedo. Más cerca implicaba ruido, bocinazos, movimiento:
todo lo que atentaba contra la pulcritud de su vereda. No estaba del todo
segura de eso. De lo que sí estaba segura era de que debía mudarse.
No era la primera vez que Sara se
mudaba. Siempre dentro del mismo barrio, eso sí: no fuera cosa de que el cambio
resultara excesivo. La primera vez fue por una lauchita que entró por el patio
trasero y se atrevió a cruzar, insolente, la cocina. La segunda, por el
botiquín del baño, que cometió el error de caerse.
Para Sara, esos eventos arruinaban
las casas. El enamoramiento con la siguiente duraba lo que tardaba en romperse
algo. Las roturas le resultaban insoportables. Después de eso, siempre venía
algo peor. Ella lo sabía.
La gimnasia de mudarse, sin
embargo, le había dejado una ventaja: un orden ya predispuesto. Como si las
cosas mismas quedaran a la espera del próximo traslado. Yacían tranquilas en
sus contenedores, listas para el siguiente viaje en camión. Sara nunca salía de
vacaciones. Quizás por eso se mudaba tanto: por cambiar de paisaje, por alterar
la rutina, incluso si ese cambio nacía de una fatalidad.
A Héctor, por su lado, le daba lo
mismo. Hacía tiempo que estaba resignado a esa vida nómade, siempre dentro de
un radio que lo dejara a tiro de Pizza 10. Esa era su única condición, su debilidad.
Casi le gustaba la idea de que la próxima casa quedara un poco más lejos, para
poder caminar y hacer algo de ejercicio entre empanada y empanada.
Héctor no tenía aspiraciones
particulares: la comida, Independiente y las peleas de boxeo por televisión le
alcanzaban. Todo eso podía ocurrir en cualquier casa. Solo quería que Sara
dejara de hablarle. Si mudarse era la forma de mantenerla entretenida por un
tiempo, que así fuera.
Al cabo de unos meses lograron
concretar la transacción. “A tiempo”, pensó Sara, que vigilaba varias veces al
día la mancha de humedad y siempre comprobaba que había crecido un poco más. A
veces le hacía marcas, como si midiera el crecimiento de un hijo.
La noche anterior a la mudanza soñó
que la mancha se abría en un hueco del que emergían hormigas que, a toda
velocidad, se dispersaban como un ejército tomando el dormitorio.
Cuando llegó a
la casa nueva, no tan cerca de la avenida, finalmente, respiró hondo.
—Al fin en casa —dijo.
El sueño la golpeó con fuerza. Se
dirigió a la habitación que la esperaba con la cama recién armada, se acostó
con la firme decisión de descansar y se durmió al instante.
A la mañana siguiente, después de
un sueño reparador, se levantó a hacerse unos mates y comprobó que Héctor ya no
estaba. Su soledad entera en esa casa. Su sola presencia.
Hasta que no.
Al principio le pareció que no,
pero sí. Sí.
El alambre del tejido apenas cedía
en dos hilos cuando Sara lo advirtió. Por ese agujero mínimo, un bichito pujaba
por entrar, usando todas sus fuerzas para agrandarlo. Como un preso en un campo
de concentración, buscaba el otro lado de esa enorme reja universal que lo
retenía afuera.
Cuando Sara se acercó, el bichito
se quedó inmóvil, fingiendo no existir, intentando mimetizarse con el tejido.
Imposible.
Y entonces ocurrió lo único que el
bichito no esperaba.
Sara se echó a llorar, maldiciendo
su mala suerte, su vida imperfecta, sus casas irremediablemente sucias,
imposibles de arreglar. Agarró la escoba, el balde y todo lo necesario para
limpiar esa pocilga que acababa de comprar.
Limpió como siempre: obsesivamente.
Sin dejar de pensar, ni un instante, en esos hilos del tejido que, a diferencia
de ella, habían logrado escapar a su destino.
Y así siguió: llorando, limpiando y
calculando cuánto tiempo debía dejar pasar antes de decirle a Héctor que
tampoco esa sería su última casa.
___________
Editora Literaria: Isabel Santoro
Ilustración: Imagen libre de la Web
Julio 2026
“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”

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domingo, 19 de julio de 2026
DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, LA TORRE DE PISA
LA TORRE DE PISA, CASI 853 AÑOS DE UNA HISTORIA QUE DESAFÍA AL TIEMPO

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