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domingo, 25 de octubre de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, LA MUNDIAL, CÓRDOBA

LA MUNDIAL, EL EDIFICIO QUE DESAFÍA LOS LÍMITES DE LA ARQUITECTURA 


Hay edificios que sorprenden por su altura, otros por la belleza de sus fachadas y algunos, como si desafiaran toda lógica, por el insólito espacio que ocupan. En una transitada esquina de Córdoba, una construcción centenaria despierta la curiosidad de quienes la contemplan: de frente parece un edificio como tantos otros, pero basta mirarlo desde la calle Rivadavia para descubrir su asombrosa estrechez. Se trata de La Mundial, conocida popularmente como La Gillette, una singular obra arquitectónica que, con apenas 3,70 metros en su parte más angosta, se ha ganado un lugar entre las construcciones más curiosas de Sudamérica. Pero detrás de su peculiar silueta se esconde una historia que no nació del deseo de convertirse en una atracción turística, sino de una inesperada disputa entre vecinos.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, voy a contarte la historia de este edificio cordobés que convirtió una estrechez insólita en una marca imborrable de la ciudad, y cómo una vieja disputa terminó dejando una huella singular en su paisaje urbano.



Una disputa que terminó en una construcción extraordinaria

A veces, las ciudades guardan historias que parecen nacidas de un capricho del destino. La de La Mundial comienza a principios del siglo XX, cuando Córdoba se preparaba para modificar el trazado de una de sus arterias céntricas. El ensanchamiento de la entonces avenida 24 de Septiembre, hoy avenida Emilio Olmos, exigió la demolición de parte de una construcción que se levantaba en aquella esquina.
Después de las obras, quedó una parcela de dimensiones poco habituales. El espacio era tan reducido que parecía difícil imaginar allí un edificio capaz de aprovecharlo de manera razonable. Sin embargo, lo que para algunos podía representar un terreno sin demasiado valor, para su propietario era una posesión de la que no estaba dispuesto a desprenderse.
Según la historia que se ha transmitido a lo largo de los años, el dueño del terreno vecino quiso comprar aquella estrecha fracción a un precio muy inferior al que su propietario consideraba justo. La propuesta no prosperó. Ninguno de los dos quiso ceder, y aquel desacuerdo terminó convirtiéndose en el punto de partida de una construcción que, con el tiempo, despertaría la curiosidad de miles de personas.



Hay versiones que señalan que los protagonistas de aquella disputa eran hermanos, aunque ese detalle no aparece confirmado de manera uniforme en las distintas crónicas. Lo que permanece en el relato es la negativa a desprenderse de la propiedad y la decisión de aprovechar un terreno que parecía destinado a quedar como un simple resto de la transformación urbana.

Así, de una diferencia entre vecinos nació una idea que parecía desafiar las limitaciones del espacio. Allí donde muchos habrían visto una dificultad insalvable, alguien imaginó un edificio.

Una fachada imponente y un secreto de apenas 3,70 metros

Para concretar el proyecto, se recurrió a dos arquitectos franceses, quienes debieron adaptar la construcción a la singular geometría del terreno. La obra demandó alrededor de cuatro años y finalmente fue inaugurada en 1931.

El edificio recibió el nombre de La Mundial, como la compañía de seguros que tenía allí sus oficinas. En aquellos tiempos, sus espacios estaban destinados tanto a actividades comerciales y profesionales como a viviendas que se alquilaban a personas de buenos ingresos.




A primera vista, nada parece anunciar su extraordinaria particularidad. Su fachada, de estilo neoclásico, conserva una presencia elegante y solemne. Las columnas de distintos órdenes, las pilastras ornamentales, las balaustradas y los balcones de hierro forjado componen una imagen que remite a una época en la que los detalles arquitectónicos tenían un papel esencial en la identidad de los edificios.
Pero el verdadero asombro aparece cuando se cambia de perspectiva.

Desde la avenida Emilio Olmos, La Mundial puede confundirse con otras construcciones de su tiempo. Basta rodear la esquina y observarla desde la calle Rivadavia para descubrir que su estructura se estrecha de una manera sorprendente. La construcción parece perder una parte de su volumen, como si una mitad hubiera desaparecido y solo quedara el filo de un edificio mucho más grande.

En su sector más ancho dentro de la estrecha parcela, el terreno alcanza apenas 3,70 metros, una dimensión que ayuda a comprender la singularidad de la obra.

No es extraño, entonces, que los vecinos hayan encontrado una manera muy gráfica de nombrarla. La llaman “la Gillette”, en alusión a su aspecto afilado, semejante al de una hoja de afeitar que parece abrirse paso entre las calles.




Con una altura aproximada de 32 metros, la construcción aprovecha verticalmente el espacio disponible. Según la descripción turística oficial, cuenta con cinco pisos y una terraza donde se encuentran dos departamentos. Su estructura, adaptada a los límites de la parcela, constituye una muestra de cómo la arquitectura puede responder a condiciones poco convencionales sin renunciar a una identidad propia.

La Mundial es considerada uno de los edificios más angostos de Sudamérica y forma parte del patrimonio arquitectónico de Córdoba. Su fama no depende únicamente de sus dimensiones, sino también de la historia que explica su origen y de la sorpresa que sigue provocando en quienes la descubren por primera vez.


Los misterios que alimentaron su leyenda

Como ocurre con tantas construcciones antiguas, La Mundial no tardó en convertirse en escenario de relatos que mezclan recuerdos, versiones transmitidas de boca en boca y leyendas urbanas.

El historiador Carlos Ighina recogió algunas anécdotas vinculadas con quien habría sido uno de sus propietarios. Según esos relatos, hacia fines de la década de 1940 solía estacionarse frente a la entrada principal un automóvil lujoso de siete asientos, perteneciente al hombre que por entonces era dueño del edificio.

Las crónicas cuentan que aquel propietario habría amasado su fortuna mediante la explotación de prostíbulos que funcionaban en las inmediaciones. También relatan que, después de enviudar, cayó en una profunda tristeza y murió al poco tiempo.

Como sucede con muchas historias antiguas, es importante distinguir entre lo que las crónicas recogen y aquello que ha podido comprobarse documentalmente. Estos relatos forman parte de la memoria popular asociada con La Mundial, pero no todos sus detalles cuentan con una verificación independiente.
Y los rumores no terminan allí.



Durante años circularon versiones según las cuales el edificio habría sido construido para ocultar túneles subterráneos destinados a actividades ilícitas. Otras hablaban de supuestos pasadizos que conectarían con iglesias de la zona, e incluso hubo quienes imaginaron que la construcción podía haber servido para esconder dinero.
No existen pruebas concluyentes que permitan dar por ciertas esas historias, por lo que deben entenderse como parte del folclore urbano que fue creciendo alrededor del edificio.



Quizás su propia forma haya contribuido a alimentar tantas especulaciones. Una construcción que parece incompleta, que guarda una geometría inesperada y que nació de una disputa tiene todos los ingredientes para despertar preguntas. Y cuando las respuestas no alcanzan, la imaginación suele encargarse de completar los espacios vacíos.

Una joya urbana que merece una mirada detenida

Hoy, La Mundial continúa formando parte de la vida cotidiana del centro cordobés. Sus espacios están ocupados principalmente por oficinas y actividades profesionales, mientras que en la planta baja funcionan locales comerciales. Entre ellos se encuentra la panadería Mediterránea, donde pueden verse fotografías antiguas que permiten asomarse a otros tiempos de aquella esquina.





El edificio ya no es solamente una construcción levantada para aprovechar un terreno estrecho. Se ha convertido en una referencia del paisaje urbano, una curiosidad arquitectónica que atrae a visitantes y despierta el orgullo de quienes reconocen en ella una parte singular de la historia de su ciudad.


Quienes deseen contemplarla con tranquilidad pueden acercarse a la tradicional confitería Real, situada frente al edificio, sobre la avenida Emilio Olmos. Desde sus ventanales hacia la calle Rivadavia, mientras disfrutan de un café, podrán observar esa perspectiva que vuelve tan particular a La Mundial: la de una construcción cuya apariencia cambia radicalmente según el lugar desde donde se la mire.



Tal vez esa sea una de las mejores maneras de descubrirla. Sin apuro, dejando que la mirada recorra primero la fachada, se detenga en sus balcones y columnas y, finalmente, siga la línea estrecha que parece desafiar las proporciones habituales de la arquitectura.

Porque hay lugares que no necesitan ser los más grandes ni los más altos para permanecer en la memoria. A veces, basta una parcela insólita, una historia de orgullo y desacuerdos, y la decisión de construir allí donde parecía no haber espacio suficiente.

La Mundial nació de una disputa, pero terminó convirtiéndose en parte de la identidad de Córdoba. Y casi un siglo después, sigue demostrando que las historias más extraordinarias no siempre necesitan grandes dimensiones: algunas pueden caber en apenas 3,70 metros.


La Mundial nos recuerda que no hace falta ser grande para dejar huella, a veces, hasta el espacio más estrecho puede contener una historia inmensa y desafiar al tiempo con la eternidad de su memoria.







Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



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domingo, 18 de octubre de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, PALACIO BAROLO

 PALACIO BAROLO, EL  RASCACIELOS QUE DESAFIÓ EL CIELO DE BUENOS AIRES 




La Ciudad de Buenos Aires está repleta de edificios que atesoran historia, belleza arquitectónica y un enorme valor patrimonial. Sin embargo, hay uno que parece pertenecer a otra dimensión, un lugar donde la arquitectura se encuentra con la literatura y cada rincón parece esconder un mensaje. Hablamos del Palacio Barolo, una construcción que, desde su inauguración en 1923, no deja de despertar admiración y curiosidad.

Al caminar por la Avenida de Mayo, a pocos metros del Congreso de la Nación, es difícil no detenerse para contemplar su imponente silueta. Sus 100 metros de altura, sus pasadizos, sus numerosos símbolos y una arquitectura cargada de referencias lo convierten en una de las construcciones más singulares de la capital argentina.

Pero el Barolo es mucho más que un edificio monumental. Es arquitectura inspirada en poesía, un homenaje de ladrillo, hierro y cemento a una de las obras más trascendentales de la literatura universal: La Divina Comedia, del escritor italiano Dante Alighieri. Sus espacios, sus formas y hasta algunos de sus detalles ornamentales remiten a un universo literario que, siglos después de haber sido escrito, encontró una manera sorprendente de hacerse presente en el corazón de Buenos Aires.

Hoy en Domingos de Curiosidades voy a contarte la fascinante historia del Palacio Barolo, el edificio que convirtió la literatura en arquitectura y que todavía guarda secretos capaces de sorprender a quienes se animan a descubrirlos.


 
Un sueño entre ladrillos y versos

La historia comienza con Luis Barolo, un empresario italiano que llegó a la Argentina en 1890 y construyó una importante fortuna en la industria textil. En los primeros años del siglo XX conoció a Mario Palanti, un arquitecto milanés con quien compartía una visión audaz de la arquitectura. De aquel encuentro nació un proyecto extraordinario: levantar en Buenos Aires un edificio que desafiara los límites de su época.

La construcción comenzó en 1919 y requirió una autorización especial, ya que su altura superaba ampliamente la de los edificios vecinos. Finalmente, el 7 de julio de 1923, el Palacio Barolo fue inaugurado. Con sus cien metros de altura, se convirtió en el edificio más alto de Buenos Aires y en uno de los grandes hitos de la arquitectura latinoamericana. Su silueta monumental, coronada por un faro, desafió los límites constructivos de la época y se alzó como símbolo de una ciudad que aspiraba a crecer hacia el cielo.



Su silueta no se parecía a nada de lo que los porteños estaban acostumbrados a ver. En una avenida dominada por construcciones mucho más bajas, aquella torre despertaba asombro y hasta cierto temor. Palanti había concebido una obra de estilo ecléctico, con influencias del art nouveau, el neogótico y la arquitectura oriental. Su mirada abarcaba mucho más que la fachada: también diseñó numerosos detalles interiores, desde las lámparas hasta los picaportes y las rejas de los ascensores, procurando que cada elemento formara parte de un mismo universo.

El resultado fue una construcción adelantada a su tiempo, realizada con hormigón armado y destinada principalmente a oficinas. Pero detrás de aquella estructura monumental había algo que trascendía la arquitectura: un conjunto de símbolos que, con el paso de los años, alimentaría una de las historias más fascinantes de Buenos Aires.




El misterio de La Divina Comedia

Hay una asociación que acompaña al Palacio Barolo y que parece hecha a la medida de su arquitectura: su supuesto vínculo con La Divina Comedia, la obra inmortal de Dante Alighieri.

Las coincidencias resultan cautivantes. Los cien metros de altura del edificio recuerdan los cien cantos del poema, mientras que sus distintos sectores se han relacionado con el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. La cúpula, los pasajes y numerosos detalles ornamentales también han dado lugar a interpretaciones que vinculan el recorrido por el palacio con el viaje espiritual narrado por Dante.

Sin embargo, hay un detalle que vuelve esta historia todavía más intrigante: no se conocen documentos en los que Mario Palanti haya confirmado que diseñó el edificio siguiendo expresamente la estructura de La Divina Comedia. La relación entre ambos habría surgido o cobrado fuerza a partir de interpretaciones posteriores, difundidas con el tiempo y convertidas en parte de la identidad del palacio.




Por eso, más que una certeza histórica, el vínculo con Dante debe entenderse como una lectura simbólica que despierta preguntas. ¿Fue una intención secreta del arquitecto o una serie de coincidencias que la imaginación terminó transformando en leyenda? Sin pruebas concluyentes, la respuesta permanece abierta.

Y quizás allí resida parte de la magia del Barolo: en esa frontera incierta donde la historia se encuentra con la literatura y el misterio invita a mirar más allá de lo evidente.

La cúpula, inspirada en la arquitectura de un templo de la India, corona el edificio con una silueta inconfundible. Dentro de la interpretación dantesca, se la ha relacionado con la unión de Dante y Beatriz y con la culminación de aquel viaje espiritual. La literatura, una vez más, parece encontrar su lugar en la piedra, el hierro y la luz.




En lo alto, el faro completa la escena. En sus primeros años, su potente luz podía divisarse a gran distancia y llegó a protagonizar un episodio memorable: en 1923, sus destellos transmitieron el resultado de la pelea por el título mundial de boxeo entre el argentino Luis Ángel Firpo y el estadounidense Jack Dempsey, disputada en Nueva York.

Décadas más tarde, después de un largo período de inactividad, el faro fue restaurado y volvió a iluminar Buenos Aires en el marco de las celebraciones del Bicentenario, en 2010. Desde entonces, esa luz se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles del edificio.




Hay algo profundamente poético en ese faro que vuelve a encenderse después de tantos años. Como si el palacio, nacido de una época de grandes sueños, se negara a quedar atrapado en el pasado.

Hoy, el Palacio Barolo continúa funcionando como edificio de oficinas, pero también se ha convertido en un espacio de encuentro con la historia, el arte y la cultura. Sus recorridos permiten descubrir detalles que desde la calle pasan inadvertidos y acercarse a una construcción que todavía despierta preguntas.

Quizás esa sea su mayor singularidad: no necesita revelar todos sus misterios para fascinarnos. Basta con levantar la vista, atravesar sus pasajes y dejar que la imaginación haga el resto. En plena Buenos Aires, entre el ruido del tránsito y el movimiento cotidiano, permanece este palacio que parece recordarnos que la literatura no vive solamente en los libros. A veces también puede elevarse cien metros sobre una avenida y encender un faro para que, incluso a la distancia, alguien encuentre el camino hacia una historia.






Una historia familiar ligada al Palacio

El Palacio Barolo no solo guarda secretos entre sus muros; también conserva historias familiares que atraviesan generaciones. Entre quienes mantienen vivo su legado se encuentran Tomás y Miqueas Thärigen, hermanos y descendientes de una familia cuya historia está ligada al edificio desde hace casi un siglo.

Todo comenzó con su bisabuelo, Carlos Eduardo Jorio, quien se recibió de contador y alquiló una oficina en el palacio en 1925. Desde entonces, distintas generaciones de la familia trabajaron allí y construyeron un vínculo que fue mucho más allá de lo profesional. Con el tiempo, los hermanos asumieron el compromiso de acercar este patrimonio a la sociedad a través de visitas guiadas y de la difusión de su historia.

Pero hubo una búsqueda que convirtió ese vínculo en una aventura extraordinaria: la de la escultura Ascensión, una pieza que había desaparecido del edificio. Durante décadas, Miqueas siguió las pistas para encontrarla. Finalmente, a fines de 2021, junto con Tomás, logró recuperar parte de la obra original, que hoy puede conocerse en el Museo de la Oficina del Palacio Barolo.

La historia de los hermanos demuestra que preservar un edificio histórico no consiste solamente en conservar sus paredes. También significa recuperar sus recuerdos, reconstruir lo que el tiempo dispersó y compartir con los demás aquello que, de otro modo, podría perderse para siempre.



Salón 1923, una máquina del tiempo en las alturas

En los planos originales del Palacio Barolo había un espacio destinado a reuniones de negocios o a una cafetería para los trabajadores de oficinas. Luis Barolo imaginó un edificio que no solo se destacara por su arquitectura monumental, sino que también tuviera vida propia en su interior. Sin embargo, murió antes de la inauguración, en 1923, y nunca pudo ver terminado aquel proyecto.

Durante décadas, el espacio que hoy ocupa el Salón 1923 funcionó como oficina. Recién en 2019, casi un siglo después del inicio de la construcción del palacio, el lugar recuperó parte de su espíritu original y abrió sus puertas como cafetería y restaurante. Su nombre no es casual: Salón 1923 remitiendo al año en que se inauguró el Palacio Barolo, un homenaje a la historia del edificio y al sueño de sus creadores.

Llegar hasta allí es parte de la experiencia. Después de atravesar la galería central de la planta baja, hay que tomar uno de los antiguos ascensores, revestidos en madera y espejos, hasta el piso 14. Desde allí, dos tramos de escaleras conducen al piso 16, donde el edificio parece revelar otra de sus vidas.




El recorrido conserva el encanto de otra época: paredes de concreto, ventanas antiguas por las que entra la luz natural y pasillos que parecen guardar el eco de quienes los transitaron durante más de un siglo. Al cruzar la puerta del salón, los sombreros de estilo años veinte, los uniformes de los mozos, los espejos, los detalles de bronce y la música de jazz crean una atmósfera que invita a viajar en el tiempo.




La decoración incluye una barra que evoca la del legendario Titanic, pero son las ventanas circulares, similares a los ojos de buey de un transatlántico, las que refuerzan esa sensación de viajar a otra época. uno podría imaginarse a bordo de aquel célebre barco, aunque esté en el corazón de Buenos Aires y a varios pisos por encima de sus calles.



El espacio combina interiores ambientados en los dorados años veinte con dos terrazas al aire libre: una orientada hacia el Obelisco y otra hacia el Congreso. Desde allí, Buenos Aires se despliega a los pies del visitante y, en los días despejados, la vista puede extenderse mucho más allá del centro porteño.

Pero hay algo que vuelve especialmente singular a este lugar: la posibilidad de contemplar desde las alturas el faro que corona el propio Palacio Barolo. Entre una copa, la música y el horizonte de la ciudad, el edificio parece cerrar un círculo que comenzó mucho antes de que existiera el salón tal como lo conocemos hoy.




Así, el Salón 1923 recupera una idea que había quedado dormida en los planos originales. No es solo una cafetería en lo alto de un edificio histórico; es una invitación a detener el tiempo por un instante y descubrir que, en el Palacio Barolo, incluso los espacios cotidianos pueden convertirse en parte de una historia extraordinaria.



Quizás el mayor misterio del Palacio Barolo sea ese vínculo, real o imaginado, con La Divina Comedia de Dante. Como si entre sus muros aún se desplegara el viaje del Infierno al Paraíso, este edificio desafía al tiempo y convierte la arquitectura en poesía. Y allí, en lo más alto, su faro sigue iluminando Buenos Aires, recordándonos que algunos sueños no se construyen para ser olvidados, sino para volverse eternos.



Idea,investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



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domingo, 20 de septiembre de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY SAN FRANCISCO DE ALFARCITO, JUJUY

 SAN FRANCISCO DE ALFARCITO, UN RINCÓN JUJEÑO CON MÍSTICA PROPIA

  



En la inmensidad de la Puna jujeña existen pequeños pueblos que parecen guardar sus historias en silencio, entre montañas, caminos y paisajes que conservan una belleza casi intacta. Son lugares donde el tiempo parece transcurrir de otra manera y donde la sencillez de sus habitantes se convierte también en parte de su encanto. Entre ellos se encuentra una verdadera perla del norte argentino: San Francisco de Alfarcito.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, te invito a conocer un poco más de este singular rincón de Jujuy, un pequeño pueblo ubicado a unos 170 kilómetros de la capital provincial, que sorprende no solo por la calidez de su gente y el paisaje que lo rodea, sino también por una particularidad que lo hace diferente: solo puede recibir hasta 22 visitantes a la vez.


UN POCO DE HISTORIA

San Francisco de Alfarcito es una pequeña comunidad de la Puna jujeña que ha sabido conservar, a través del tiempo, buena parte de las costumbres y formas de vida heredadas de sus antepasados kollas. Su nombre está ligado al cultivo de alfalfa, una actividad que históricamente formó parte de la vida de sus habitantes y que todavía permanece presente en las tareas del campo.



Ubicado a unos 3.400 metros sobre el nivel del mar, en el departamento de Cochinoca y a orillas de la laguna Guayatayoc, el pueblo se encuentra entre las cumbres de Alfar y rodeado por el río Cortaderas. Allí, el paisaje parece abrazar las pequeñas construcciones de piedra, adobe y paja, mientras los cerros que rodean la comunidad se recortan contra un cielo diáfano durante buena parte del año.




Son alrededor de 25 las familias que habitan este rincón de la Puna, donde las montañas también forman parte de la memoria colectiva. Fueron sus propios habitantes quienes dieron nombre a algunos de los cerros que rodean el pueblo, como el Maravilloso, el Negro y el Tres Pintores. La aldea, de tonos ocres y formas sencillas, tiene como protagonista visual a la blanca Iglesia de San Francisco de Asís, que sobresale entre las viviendas.




La vida cotidiana transcurre siguiendo los ritmos de la naturaleza y un antiguo calendario agropastoril y cultural. La comunidad se organiza para realizar las tareas del campo y muchas de ellas son rotativas entre las familias. Se cultivan maíz, alfalfa y habas, mientras que la cría de llamas, ovejas y cabras constituye otra de las actividades que sostienen la vida cotidiana.




Con el paso de los años se sumaron nuevas actividades, como la elaboración de artesanías y el turismo. Entre ellas se destacan los tejidos realizados con lana de llama, cuya elaboración continúa vinculada al calendario ancestral: las esquilas, por ejemplo, se realizan durante el verano.




Pero quizás una de las características más valiosas de Alfarcito sea la manera en que sus habitantes entienden la vida en comunidad. Allí permanece viva una filosofía del buen vivir heredada de sus ancestros, basada en la armonía, la colaboración y el cuidado compartido del lugar. Incluso la conservación de los espacios públicos y de los recursos naturales se decide y se lleva adelante de manera comunitaria.



Ese vínculo con la naturaleza también tiene una dimensión sagrada. En el pueblo existe un ojo de agua considerado un sitio de especial importancia, donde cada agosto se celebra a la Pachamama. Durante la tradicional corpachada se preparan comidas típicas, como el picante de mote, la tijtincha y el pire, que se comparten entre familiares y amigos junto con chicha y hojas de coca.

La tradición también se expresa en sus celebraciones religiosas. Cada 4 de octubre, la comunidad celebra sus fiestas patronales en honor a San Francisco de Asís, en una muestra de ese particular sincretismo que une las creencias católicas con las prácticas ancestrales andinas.

La iglesia del pueblo merece una mirada especial. Sus techos abovedados, realizados con madera de queñua y cubiertos con adobe, forman parte de una arquitectura sencilla pero profundamente ligada al paisaje y a la historia de la comunidad.




Al caer la noche, cuando la luna aparece entre los cerros, el ritmo de Alfarcito se vuelve todavía más sereno. Entonces, entre las montañas, el silencio apenas se interrumpe por el sonido del agua. En la parte alta del pueblo, tres grandes piletones destinados a la cría de truchas aportan además otro recurso para el sustento de sus habitantes.

Y en medio de esa tranquilidad hay dos habitantes muy particulares que se han ganado un lugar en la vida cotidiana del pueblo: Cholo y Blanca, dos llamas que quedaron sin sus progenitores y fueron adoptadas naturalmente por la comunidad. Hoy caminan libremente entre las casas, como si siempre hubieran pertenecido a ese paisaje.




Quizás sea justamente esa combinación de naturaleza, tradición y vida comunitaria la que permite comprender por qué San Francisco de Alfarcito conserva una identidad tan particular. Un pequeño pueblo donde las antiguas costumbres no parecen formar parte solamente del pasado, sino que continúan acompañando, silenciosamente, la vida de quienes lo habitan.


¿
POR QUÉ SÓLO 22 VISITANTES A LA VEZ?

En San Francisco de Alfarcito el turismo tiene una particularidad que sorprende desde el comienzo: sólo 22 visitantes pueden alojarse al mismo tiempo en el pueblo. Pero lejos de tratarse de una estrategia de exclusividad, la razón es mucho más sencilla. La pequeña comunidad cuenta únicamente con 22 plazas habilitadas para recibir turistas.




Sin embargo, detrás de ese número hay también una decisión que habla de la manera en que sus habitantes entienden el turismo. Aunque la llegada de visitantes representa una oportunidad para generar nuevos ingresos, la comunidad eligió mantener un equilibrio entre quienes llegan y la vida cotidiana del pueblo, procurando preservar sus costumbres, su entorno y esa tranquilidad que forma parte de su identidad.




Por eso, visitar Alfarcito no significa simplemente llegar a un destino y recorrerlo. La propuesta invita a acercarse a una comunidad que conserva sus formas de vida y que busca compartirlas sin que el turismo transforme aquello que la hace especial. Sus construcciones de piedra, adobe y paja, sus antiguas tradiciones y el paisaje inmenso de la Puna forman parte de una experiencia en la que el visitante puede sentirse, por un momento, dentro de la vida del lugar.




Esa misma idea de comunidad se refleja incluso en pequeños detalles de la vida cotidiana. En el pueblo existen dos espacios gastronómicos y, en lugar de competir entre ellos, se organizan para que cuando uno abre sus puertas, el otro permanezca cerrado. Una manera sencilla de entender que allí la cooperación tiene más valor que la competencia.

Llegar hasta este rincón jujeño también forma parte de la experiencia. Desde San Salvador de Jujuy, el camino conduce por la Ruta Nacional 9 hacia los paisajes de la Quebrada de Humahuaca y luego por la Ruta Nacional 52, hasta tomar el desvío que lleva hacia Alfarcito. El recorrido atraviesa algunos de los escenarios más imponentes de la Puna y prepara al viajero para encontrarse con un pueblo pequeño, silencioso y profundamente ligado a su territorio.




Quizás esas 22 plazas expliquen, en parte, el encanto de este lugar. Aquí el turismo parece tener otro ritmo: llegar, conocer, compartir y marcharse sin dejar que la presencia del visitante borre la esencia de quienes viven allí. Una invitación a descubrir la Puna desde adentro, pero respetando el pulso propio de la comunidad.





Pienso que, quizás la magia de San Francisco de Alfarcito esté justamente en aquello que no necesita grandes explicaciones: sus montañas, el silencio de sus calles, las historias que guardan sus habitantes y esa manera tan particular de entender la vida en comunidad.

En un mundo que muchas veces parece avanzar demasiado rápido, este pequeño rincón de la Puna invita a detenerse, mirar y escuchar. A descubrir que todavía existen lugares donde las tradiciones siguen vivas y el tiempo parece andar más despacio.

Y tal vez sea eso lo que uno se pueda llevar al partir, la sensación de haber conocido un lugar que no se visita solamente, sino que se guarda para siempre en la memoria.



Idea, investigación y edición: Isa Santoro
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domingo, 13 de septiembre de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, ARROYO TURQUESA, SAN JUAN

 ARROYO TURQUESA, LA JOYA OCULTA DE LAS MONTAÑAS SANJUANINAS


Hay paisajes que parecen inventados por la naturaleza para sorprendernos. Colores intensos que se derraman entre las montañas, tonalidades celestes que contrastan con la inmensidad de la cordillera y rincones tan extraordinarios que cuesta creer que existan. En San Juan, uno de esos secretos se esconde a casi 4.000 metros sobre el nivel del mar, en plena Cordillera de La Ramada. Allí, bajo la mirada imponente del Cerro Mercedario, una de las cumbres más altas de América, el Arroyo Turquesa desciende entre las montañas como una joya de aguas cristalinas, convirtiendo a este remoto rincón de Barreal en un paisaje único, imponente y codiciado.


Hoy, en Domingos de Curiosidades, te voy a contar qué se esconde detrás de ese intenso color turquesa que convierte a este arroyo en un paisaje casi irreal, cómo nació este rincón perdido entre las montañas sanjuaninas y cuáles son los secretos que guarda uno de los lugares más sorprendentes de la Cordillera.



ARROYO TURQUESA, EL SECRETO AZUL DE SAN JUAN

En un rincón de la cordillera sanjuanina, entre montañas, piedras y tierras de tonos rojizos, un pequeño curso de agua sorprende por una tonalidad que parece salida de un sueño. es el arroyo turquesa, una de esas maravillas naturales que llaman la atención por la intensidad de sus aguas y por el paisaje que las rodea.

Su recorrido es breve, pero suficiente para dejar una imagen difícil de olvidar. durante unos 250 metros, el agua conserva ese característico color turquesa antes de mezclarse con otros cursos de agua y perder paulatinamente su tono vibrante.


UN NACIMIENTO ENTRE HIELO Y MONTAÑAS

El arroyo no tiene una historia humana de batallas o fundaciones, sino una rica historia natural ligada a la evolución de la cordillera.

Sus aguas provienen del deshielo del glaciar Caballito, ubicado en las entrañas del cerro mercedario, una de las grandes cumbres de los andes. desde allí, el agua comienza un pequeño recorrido entre las piedras de la montaña hasta dar forma a este particular paisaje.

Y aunque el tramo del arroyo es corto, guarda una de sus mayores sorpresas en el lugar donde nace, cuando el agua aparece entre las piedras, en la ladera de la montaña, aparentemente de la nada.


¿POR QUÉ SUS AGUAS SON TURQUESAS?

La explicación de este color tan particular está en los minerales presentes en el lugar, especialmente en el cobre. las aguas vertientes pasan en algún punto de su recorrido por una veta de este mineral y, al oxidarse, adquieren esa tonalidad azulada que hace único al arroyo.

Pero el fenómeno no queda solamente en el agua. al avanzar por el lecho, la corriente arrastra sedimentos minerales que terminan depositándose sobre las piedras y las van cubriendo poco a poco con el característico azul del óxido de cobre.

De esta manera, el color del agua y el de las rocas se unen para crear una escena de una intensidad sorprendente.


LAS PIEDRAS TAMBIÉN SE TIÑEN

Las rocas que se encuentran en el lecho del arroyo se van tiñendo lentamente con los sedimentos del mineral de cobre que arrastra el agua. con el paso del tiempo, esa acumulación les da una apariencia azulada que parece pintada sobre la superficie de las piedras.

La imagen resulta todavía más llamativa cuando el agua cristalina corre por encima de ellas y refleja la luz, haciendo que el turquesa se vuelva protagonista absoluto del paisaje.


UN COLOR QUE CAMBIA CON LA LUZ

La tonalidad del arroyo no siempre se percibe exactamente de la misma manera. puede variar según las condiciones del día y, especialmente, de acuerdo con el ángulo de incidencia de la luz solar.

Por momentos puede verse más claro, en otros más intenso, pero cualquiera sea su tonalidad, el espectáculo resulta sorprendente para quienes llegan hasta este rincón de la montaña.


UN PEQUEÑO RECORRIDO, UNA GRAN MARAVILLA

Frente a esta maravilla poco visitada, uno podría quedarse durante horas observando el agua discurrir por el lecho turquesa, siguiendo su recorrido entre las piedras y contemplando el contraste con las montañas que la rodean.

Con un resto de energías, el camino permite acercarse un poco más hasta llegar al lugar exacto donde surge el arroyo entre la piedra, en la ladera de la montaña.

Allí, donde el agua nace del deshielo y se encuentra con los minerales de la tierra, comienza este breve recorrido que la naturaleza convirtió en una de las imágenes más sorprendentes de san juan.


EL SECRETO AZUL DE LA MONTAÑA

El arroyo turquesa es pequeño en su recorrido, pero enorme en la impresión que deja. apenas unos 250 metros alcanzan para que el agua, las piedras, los minerales y la luz se encuentren y formen un paisaje extraordinario.

Es uno de esos lugares donde la naturaleza no necesita grandes dimensiones para sorprender. basta mirar el agua correr sobre las piedras teñidas de azul para entender que, en algún rincón escondido de la cordillera, la montaña guarda todavía pequeños secretos capaces de dejar sin palabras a quien se detiene a contemplarlos.


UN PEQUEÑO RECORRIDO, UNA GRAN MARAVILLA

Frente a esta maravilla poco visitada, uno podría quedarse durante horas observando el agua discurrir por el lecho turquesa, siguiendo su recorrido entre las piedras y contemplando el contraste con las montañas que la rodean.

El acceso hasta el arroyo puede hacerse a pie, mediante trekking, o en vehículos 4x4, una alternativa para quienes prefieren realizar el recorrido sobre ruedas por este particular paisaje de montaña.

Con un resto de energías, el camino permite acercarse un poco más hasta llegar al lugar exacto donde surge el arroyo entre la piedra, en la ladera de la montaña.

Allí, donde el agua nace del deshielo y se encuentra con los minerales de la tierra, comienza este breve recorrido que la naturaleza convirtió en una de las imágenes más sorprendentes de san juan.


Entre montañas y silencio, el Arroyo Turquesa parece guardar un secreto que la naturaleza solo revela a quienes se animan a llegar hasta él.

El agua nacida del hielo, las piedras teñidas de azul y la luz de la cordillera se unen en un paisaje que parece irreal.

Y quizás por eso, al emprender el regreso, queda la sensación de haber descubierto un pequeño pedacito de cielo escondido entre las montañas.


Idea, investigación y edición: Isa Santoro
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