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domingo, 28 de junio de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, LA CASA DE LOS LEONES

 LA CASA DE LOS LEONES, LA ANTIGUA LEYENDA DE BARRACAS QUE HOY ABRAZA OTRA HISTORIA



Barracas es un barrio atravesado por la historia. Sus orígenes se remontan al siglo XVIII, cuando el Riachuelo se convirtió en un recurso clave para el desarrollo de la zona. A su vera se levantaron las primeras “barracas”, construcciones rudimentarias destinadas a almacenar carne, cueros y, en algún momento, también esclavos. Por allí pasaba uno de los caminos más importantes hacia el puerto del Riachuelo: la antigua “calle larga”, hoy conocida como la avenida Montes de Oca.

Ya en el siglo XX, Barracas consolidó su perfil industrial con la llegada de grandes empresas alimenticias como Canale, Bagley y Águila, que marcaron el pulso económico del barrio. Hoy, esos espacios son ocupados por importantes emprendimientos que resignifican aquella herencia.

Pero Barracas no solo guarda memoria en sus fábricas y calles; también conserva historias y leyendas. Sobre la avenida Montes de Oca sobreviven relatos que van desde la antigua iglesia de Santa Lucía hasta la Iglesia de Santa Felicitas, ligada a la trágica historia de Felicitas Guerrero, de la que ya hablamos en otra oportunidad.

Sin embargo, en este mismo barrio existe una leyenda menos conocida, aunque no menos fascinante. Se trata de La Casa de los Leones, una casona de estilo francés ubicada al 100 de la avenida Montes de Oca, junto al Hospital General de Niños Pedro de Elizalde, el hospital de niños más antiguo del continente americano. Allí, entre muros que aún siguen en pie, sobrevive una historia que pasó de boca en boca entre generaciones de barraqueños y que todavía hoy sigue despertando curiosidad.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, voy a contarte la historia que se convirtió en leyenda y los detalles que fueron sucediendo después que, tal vez, deconocías.



LA HISTORIA

La casona perteneció a Eustoquio Díaz Vélez, uno de los hombres más acaudalados de mediados y fines del siglo XIX, cuya fortuna podía compararse con la de familias emblemáticas como los Anchorena, los Álzaga, los Cambaceres o los Guerrero.

A la izquierda puede verse la mansión, antes de su reforma

Su riqueza provenía, principalmente, de las vastas extensiones de tierra que poseía en el sur de la provincia de Buenos Aires. Sus estancias y su intensa actividad ganadera le aseguraban ingresos que lo ubicaban entre las altas esferas de la sociedad porteña. Gran parte de esas tierras abarcaban lo que hoy es la ciudad de Necochea y sus alrededores; una porción fue donada por la familia para la fundación de ese partido costero, aunque conservaron una enorme cantidad de hectáreas para continuar con sus negocios.

Sin embargo, quien llevó el apellido Díaz Vélez a un lugar central en la historia argentina fue su padre, el general Eustoquio Díaz Vélez. Combatió durante las Invasiones Inglesas al Río de la Plata y en las guerras de la independencia, donde alcanzó el rango de segundo de Manuel Belgrano en el Ejército del Norte.

Fue él, además, quien tuvo el honor de sostener la bandera argentina mientras Belgrano le juraba fidelidad. También fue quien adquirió, mediante actos de comercio, gran parte de aquellas tierras del sur bonaerense que luego heredaron sus hijos y que, en parte, dieron origen a Necochea.

Tras la muerte del general en 1856, su fortuna y sus extensas tierras quedaron repartidas entre sus hijos. Uno de ellos, Eustoquio Díaz Vélez, supo administrar con habilidad aquella herencia y multiplicarla, consolidándose como uno de los hombres más ricos y singulares de fines del siglo XIX.

Además de terrateniente y ganadero, formó parte de la élite porteña y llegó a presidir en dos oportunidades el Club El Progreso, uno de los espacios más exclusivos de la época, donde políticos y empresarios definían negocios y decisiones que marcarían al país.

En 1880 decidió instalarse en Barracas, sobre la entonces llamada Calle Larga, actual avenida Montes de Oca, en una imponente mansión de estilo francés ubicada estratégicamente cerca del Puente Gálvez, antecesor directo del actual Puente Pueyrredón, el único paso habilitado sobre el Riachuelo para viajar hacia el sur y llegar a sus estancias.

El llamado Palacio Díaz Vélez era una de las residencias aristocráticas más antiguas de la ciudad: una gran casona rodeada de jardines, símbolo del poder económico y social de la familia. Con el tiempo, sus hijos heredaron la propiedad y transformaron parte de su arquitectura, dándole un aire aún más europeo con sus amplias mansardas.

Pero lo que terminó dándole a la casona su rasgo más singular, fue una de las excentricidades de Eustoquio. Como la zona aún estaba alejada del centro y temía robos durante la noche, en vez de recurrir a perros guardianes, se cuenta que mandó traer desde África tres leones para custodiar la propiedad. Según la tradición barrial, los animales se movían libremente por los jardines, y todavía hoy pueden verse restos de jaulas y pasadizos donde habrían sido alojados.

Los animales permanecían sueltos en los jardines durante la noche y, durante el día, eran encerrados en jaulas ubicadas debajo de la casa, a las que se accedía por una escalera exterior. Cada vez que había reuniones o celebraciones, los felinos quedaban encerrados para evitar cualquier accidente.

Fue en una de esas fiestas donde ocurrió la tragedia. La hija de Díaz Vélez se había enamorado de un joven de buena familia, Juan Aristóbulo Pittamiglio, y ambos decidieron comprometerse. Don Eustoquio, orgulloso y feliz, organizó una gran celebración en la mansión e invitó a socios del Club El Progreso, familias del barrio, amigos y hasta peones de sus estancias.

La noche transcurría entre música, brindis y alegría, hasta que el novio pidió silencio para anunciar formalmente el compromiso y entregarle el anillo a su prometida. El aplauso emocionado de los invitados apenas había terminado cuando, de forma inesperada, uno de los leones, que había escapado de su jaula por un descuido, salió desde los matorrales del jardín y se abalanzó sobre el joven.

El horror paralizó a todos. Mientras las mujeres gritaban y los invitados observaban sin saber cómo reaccionar, Díaz Vélez corrió hasta su despacho, tomó una escopeta y desde una ventana disparó con precisión, matando al animal en el acto. Pero ya era demasiado tarde: el prometido de su hija yacía muerto en el jardín, víctima de las garras y colmillos del león.

Aquella noche, que había comenzado como una celebración, terminó teñida de tragedia.

La muerte del joven desató el escándalo. La familia del novio culpó a don Eustoquio por lo sucedido, incapaz de comprender cómo alguien podía convivir con animales salvajes dentro de su propia casa. Pero el golpe más duro vino de su propia hija, quien, destrozada por la pérdida, lo enfrentó y lo responsabilizó por la tragedia.

El dolor se volvió aún más profundo cuando, tiempo después, la joven decidió quitarse la vida. Se cuenta que una noche de domingo, luego de asistir a misa en Santa Felicitas, tomó cianuro mezclado con licor de anís. Los periódicos de la época, según dicen, registraron aquel desenlace.

Tras enterrarla, don Eustoquio cayó en una profunda depresión. Dejó de visitar sus estancias, se encerró durante largos períodos en su habitación y, según algunos relatos, en un estado cercano a la locura decidió sacrificar a los leones, como si con ello pudiera apaciguar el dolor o recuperar lo perdido.

Sin embargo, su fascinación por esos animales no desapareció. Mandó levantar esculturas de leones en los jardines de la mansión, y una de ellas muestra a un hombre luchando contra las fauces de un felino. Para muchos, esa imagen sería una representación de aquella noche trágica que marcó para siempre a la familia.



Más allá de su historia y de los relatos que aún circulan sobre ella, el Palacio Díaz Vélez es uno de los edificios más emblemáticos de Barracas y el único de su tipo que todavía se conserva en pie sobre la avenida Montes de Oca.

A comienzos del siglo XX, la antigua mansión fue completamente transformada. Eugenio Díaz Vélez, hijo de don Eustoquio y arquitecto de refinados gustos estéticos, se instaló allí junto a su esposa María Escalada y sus dos hijas, impulsando una profunda remodelación que le dio el aspecto que conserva hasta hoy.

La residencia adoptó un marcado estilo francés Beaux Arts, inspirado en los clásicos grand hôtel particulier, con tres niveles bien definidos: la planta principal, los pisos privados y la mansarda con techo de pizarra. Sobre uno de sus laterales se levanta una elegante cúpula revestida con el mismo material.

El parque también fue rediseñado en 1913 por Carlos Thays, el célebre paisajista que embelleció gran parte de Buenos Aires, quien incorporó nuevas fuentes y esculturas que terminaron de darle al palacio su carácter aristocrático.

LA CARTA QUE SEMBRÓ LA DUDA

Con el paso de los años, la historia comenzó a mostrar algunas fisuras. En 2016, Inés Álvarez de Toledo, vicepresidenta de la Comisión Permanente de Homenaje al General Eustoquio Díaz Vélez y descendiente de la familia, publicó una carta en la que desmiente varios puntos centrales del relato.

En ese escrito aclara, en primer lugar, que el nombre correcto del propietario era Eustoquio, y no Eustaquio, como figura en algunos textos, y que la cronología de los hechos suele estar mal fechada. Pero la revelación más contundente apunta al corazón mismo de la leyenda: Eustoquio Díaz Vélez no tuvo hijas mujeres, sino solamente dos hijos varones, Carlos y Eugenio.

De ser así, la historia del prometido devorado por un león y el posterior suicidio de una hija quedarían desarmados como hecho histórico. La propia carta remarca además la ausencia de registros periodísticos sobre una tragedia de semejante magnitud, algo difícil de imaginar tratándose de una de las familias más influyentes de la Buenos Aires de fines del siglo XIX.

Sin embargo, las esculturas siguen allí. Los jardines también. Como si la casa, aún frente a los documentos, se negara a desprenderse del mito que la convirtió en leyenda.



DEL ESPLENDOR ARISTOCRÁTICO AL SERVICIO SOCIAL

En 1930, tras la muerte de Eugenio Díaz Vélez, su viuda e hijas vendieron el Palacio a la Ciudad de Buenos Aires. Desde entonces, la histórica residencia pasó a formar parte de la Casa Cuna, hoy conocida como el Hospital General de Niños “Dr. Pedro de Elizalde”, con el que comparte su predio.

Años más tarde, luego de la epidemia de poliomielitis que azotó a Buenos Aires durante la década de 1950, el edificio fue utilizado para la atención de pacientes afectados por esa enfermedad, sumando así un nuevo capítulo a su historia.

Actualmente, en la residencia funcionan la Fundación VITRA, dedicada a la vivienda, el trabajo y la capacitación de personas con discapacidad motriz desde 1965, y el Hospital María Ferrer, especializado en rehabilitación y tratamiento de enfermedades respiratorias. La fundación, además, alberga la única escuela primaria y secundaria de la Argentina destinada a personas con discapacidad motriz.



La gran casona aún permanece erguida sobre la avenida Montes de Oca, conservando buena parte de su estructura original, su centenario parque y las esculturas de leones que durante generaciones despertaron la curiosidad y alimentaron el imaginario de los vecinos.

Por su valor arquitectónico, paisajístico e histórico, el Palacio Díaz Vélez es considerado una pieza única del patrimonio de Barracas y uno de los últimos exponentes de este tipo de residencias en la ciudad. Junto a su parque, conserva singularidades patrimoniales y estéticas que lo convierten en un edificio de enorme valor cultural.

Actualmente existe un creciente interés para que sea declarado Monumento Histórico Nacional, en la categoría de Monumento Artístico, lo que le otorgaría una protección jurídica especial destinada a garantizar su preservación, enriquecimiento y exhibición.

Su conservación no solo resguarda la belleza singular de la casona, sino también una parte viva de la memoria histórica y cultural del barrio.


Tal vez nunca sabremos con certeza qué ocurrió realmente entre esos muros. Puede que el tiempo haya borrado las pruebas y dejado apenas restos de verdad mezclados con imaginación. O tal vez fueron las propias estatuas, inmóviles y vigilantes, las que obligaron al barrio a inventar una historia para explicar su presencia.

Lo cierto es que hay casas que guardan algo más que ladrillos: conservan ecos, sombras y secretos. Y la Casa de los Leones, quieta sobre Montes de Oca, sigue ahí, entre el rumor de la memoria y el peso de la historia, como si todavía rugiera bajito en el corazón de Barracas.


Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen





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13 comentarios:

  1. Me encantan Isa tus investigaciones, no solo por lo atractivas de cada una de ellas, sino, y como particularmente en la de este domingo, la forma en la que nos das todos los detalles, despertando la curiosidad que hace honor al nombre de tu sección. Y por si fuera poco, la narración como la de un cuento, destaca rasgos de una muy buena escritora. Gracias Isa por estos regalos de cada domingo@

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    1. Emilio, amigo. Qué hermosa devolución. Muchísimas gracias. Me alegra un montón que te gusten mis investigaciones de los Domingos de Curiosidades. Realmente las hago con mucho amor. Gracias a Laura y a Atrapados, descubrí una faceta en mí que me encanta, la investigación. También es una forma de ejercer mi profesión desde otro ángulo súper interesante y que me ayuda a seguir aprendiendo, también. Lo bueno es que, además, guste. Abrazo enorme y muchas gracias nuevamente.

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  2. Gracias ISA.por regalarnos esta historia,muy bien documentada ,con una excelente narrativa.

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    1. Muchas gracias, qué bueno que te gustó. Me alegra mucho. No aparece tu nombre, pero te agradezco muchísimo por leerme. Un abrazo

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  3. Gracias Isa por esta narrativa llena de matices históricos, descriptivos y muy creíbles. Gracias por brindarnos tu saber con tanta sensibilidad.

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    1. Muchas gracias Cristina, que bueno que te haya gustado. Es una historia muy interesante, realmente. Mucha gracias por tu devolución. Abrazo grande.

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    1. Muchas gracias, lamento que no aparezca tu nombre, pero me súper alegra que te haya gustado la nota sobre este lugar tan interesante! Saludos

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  5. ¡Qué hermoso y completo artículo de investigación, Isa! Siempre me han fascinado las esculturas de la entrada principal con sus dos cabezas de león, y tu trabajo abarca desde la historia hasta la actualidad. ¡Felicidades!

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    1. Muchas gracias Lau, si realmente es un lugar fascinante con una historia fascinante. Me alegra muchísimo que te haya gustado, amiga. Besos

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  6. Cuánto placer me dió leer esta investigación tuya ISA. Lamento no conocer Barracas ni la Casa de los leones pero agradezco conocerla a través de tu hermosa escritura. Adhiero a todo el comentario de Emilio.Es una escritura literaria muy interesante dónde articulas la historia mítica con la documental y dónde como toda historia no tiene una verdad unica transparente. También muy interesante el devenir de la Casa hasta la actualidad.Gracias

    Raquel kreichman

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    1. Muchísimas gracias Raquel por tus bellas palabras. Es realmente una historia muy fascinante. Mi hijo es acompañante terapéutico y trabajó en VITRA y mi sobrina es docente desde hace muchísimos años ahí. Las jaulas, doy fe que están. Al menos eso es cierto. Abrazo enorme y muchísimas gracias por tu hermosa devolución.

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  7. ¡Isa! Casi una novela tu investigación. Tres generaciones implicadas en una historia de apasionantes contradicciones.
    Me encantó, me llevaste a mi barrio natal, y de largas estadías de mi infancia en la que el conjunto de esas construcciones ya las conocí como La Casa Cuna.
    Hermosa esta Curiosidad.

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