UNA CASA CON SEIS PINOS
Era una casa más bien tirando a pobre.
Con el baño afuera
como un desafío
a la insistencia helada del invierno.
Pero tenía un jardín con rosales
y un fondo con seis pinos.
Seis gigantes verdes
que levantaban sus cabezas
sobre los techos vecinos,
y se veían desde lejos,
y reinaban en el barrio
con sus coronas de nidos apretados.
En esa casa fuimos felices,
aún en invierno,
tiritando en las corridas hasta el baño,
esquivando la lluvia que nos mordía los talones
como un perro transparente y fiero.
En esa casa aprendimos la muerte
cuando descubrimos al primer pichón de gorrión
al que el viento no había perdonado
(rosado y desnudo,
pajarito muerto,
de boca enorme y patitas endebles
como hilitos de coser promesas
que no se van a cumplir,
que no se cumplieron nunca).
En esa casa nos tocó la muerte
cuando el corazón de papá
se detuvo como un relojito barato
al que se le acabó la pila
(blanco y frío,
papá muerto,
más blanco que las hojas del cuaderno Rivadavia,
más frío que las corridas hasta el baño en junio,
extraviado como el primer gorrión
al que el viento juzgó imperdonable).
Después de la muerte de papá
los pinos empezaron a molestar,
porque en esa época a mamá le molestaba todo.
Y los hizo cortar
para que nunca más reinaran sobre un barrio
que ya nos estaba quedando lejos.
Sin embargo,
cuando recuerdo la casa,
la recuerdo siempre como una casa con seis pinos.
Debe ser por la canción de Manal.
Seis pinos, diez pinos;
al final, para oxidarse o resistir,
da lo mismo.
Debe ser porque los pinos
marcaron un antes y un después
en la lejana postal de la infancia.
Cuando mamá los hizo cortar
supimos que esa casa casi tirando pobre
nunca más iba a ser la nuestra.
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Raquel G. Fernández
Me preguntaba, quién puedo resistir a un viaje hacia la casa de la propia infancia.
Un poema, un verso es un viaje seguro hacia alguna experiencia que hemos vivido.
La poesía es un género literario que se caracteriza por ser la más depurada manifestación, por medio de la palabra, de los sentimientos, emociones y reflexiones que puede expresar el ser humano en torno a la belleza, el amor, la vida o la muerte.
Graciela Ballesteros
Raquel G. Fernández. Nació en Avellaneda, en 1967, Buenos Aires, Argentina. Recibió más de cien premios nacionales por su actividad poética, otorgados por prestigiosas instituciones. A estos logros se le suman otros obtenidos en España, EEUU, Italia, Chile y Perú. Es autora de los poemarios “Ojos que miran el cielo”, “Revelaciones”, “Todos los hombres que me amaron”, “Hermano”, “La antigua enfermedad del otoño”, “Cierta condición nocturna”, “Como nosotros”, “Once upon a time”, “Interrumpidas”, “Pretty in Pink”, “Goodbye, Norma Jeane”, “Un rayo a tiempo” y “Enaguas de encaje rotas”. En 2015 fue nombrada Personalidad Destacada de la Ciudad de Avellaneda por el Honorable Concejo Deliberante de dicha ciudad. En 2019 recibió una distinción como Vecina Destacada por el su aporte cultural a la ciudad de Avellaneda otorgada por la Secretaria de Cultura, Educación y Promoción de las Artes del municipio.
Dejo a continuación sitios donde podrán disfrutar de su vasta obra literaria:
Hermoso poema, muy emotivo, nos remonta a la infancia, a las casas que habitamos y a los recuerdos que nos habitan.
ResponderBorrarAsí es. Gracias por tu mensaje. La infancia es refugio o es tormento. Gracias ..
BorrarMuy buen poema que habla de recuerdos de infancia, que siempre nos acompañan en la vida. Gracias Graciela por hacernos conocer esta poeta, y lograda tu presentación.
ResponderBorrarSi Tesi.. felices lo que pueden retrasar a la paz de ese refugio.
BorrarUn poema precioso, imposible no volver en recuerdos, y revivir momentos de la infancia. Muchas gracias Graciela, por presentarnos a esta destacada poeta, y por tu valioso aporte!!
ResponderBorrarMuchas gracias por la publicación y por los mensajes tan amables.
ResponderBorrarES Un placer Raquel!!! bienvenida a este sitio de Arte Colectivo!!!
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