Cuentos y Relatos presenta a.. .
Mario Kelman
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en..
"Crónica de gente simple"
Relato basado en hechos reales
Ilustración: Nora Kleinerman
Artísta plástica
Edición
Editorial Atrapados por la Imagen
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| Ilustración: Nora Kleinerman |
"Crónica de gente simple"
Por
Mario Kelman
En Memoria del
Padre
El sol despunta el día bañando el paraje campestre enorme y desolado.
La cinta de asfalto se
extiende a lo largo sin avistarse su fin. Una vaporosa bruma se alza en el
horizonte, configurando un espejismo que moja la ruta y diluye la escena en
torno al calor y a la humedad sofocante.
El aire acre adquiere
aspereza que seca las mucosas y la garganta, dificultando respirar.
A los costados, los
alambrados que protegen los campos rebosantes a punto de siembra acompañan la
ruta recta.
Kilómetro tras
kilómetro, el movimiento se hace eterno en una marcha uniforme del viejo y
noble automóvil hecho en Italia, un lujo para la época.
El camino al frente se
extiende, se extiende sin fin. Por ello,
a pesar del avance constante, parece estar inmóvil. Sólo la sucesión de los
postes de la conexión telefónica que a un costado van quedando atrás, da la
sensación de movimiento.
Ni siquiera la radio
localiza alguna emisora en tanta soledad.
Contar los segundos que
se demora en pasar de un poste telefónico a otro, para constatar la distancia
de cien metros según la velocidad del auto, parece el único entretenimiento
posible.
Manejar requiere una
concentración que con el tiempo se hace flotante, casi ausente de sí, mientras
los pensamientos se sueltan, vagan con autonomía sobrepasan la intencionalidad
y dibujan firuletes.
Detenerse de tanto en
tanto, beber y desbeber, algunas flexiones, movimientos de los miembros del
cuerpo para renovar la animación, mojar un pañuelo y refrescarse enjugando el
sudor.
Por fin, ya en pleno
atardecer se vislumbra la silueta del poblado de destino.
Un típico pueblo rural,
con una traza principal que atraviesa la plaza central, poblada de verde en
cuatro delimitaciones esquinadas y una fuente en el centro.
Dispersos al azar,
los juegos infantiles con alguna herrumbre y maderas despintadas. Hamacas, sube
y baja, una calesita y un tobogán sobresalen del paisaje.
Enfrente de la plaza,
el edificio de la Comuna, y en diagonal, la Iglesia reluce su pintura reciente
en tono pastel, con portones siempre abiertos y el campanario presto a llamar a
los fieles.
No podía faltar el almacén-bar
con su estaño y mesas donde los parroquianos sacian su sed y sacuden el
aburrimiento del día.
Las casas se alternan
discretamente en las calles, construidas por los colonos de la zona. Las
residencias más importantes, cerca de la plaza y otras declinan en tamaño y
valor, a medida que se alejan a la periferia.
La vía del tren corre
paralela a la ruta y divide el poblado, rebautizando a los vecinos agrupados
entre los que viven de un lado o del otro lado de la vía.
Sin estación destacada,
apenas un galpón que sirve de apeadero y más adelante, los silos se alzan como
gigantes en la vastedad, con su manga para cargar los vagones.
Al detener el auto, la
brisa lo sobrepasa arrastrando una nube de fino polvo. Buscar un alivio en la
sombra de un par de árboles lánguidos que se inclinan sobre las acequias al costado
de la calle, con agua de caudal exiguo. El croar de algunas ranas clama por
nuevas lluvias, mientras compiten en alcanzar sus presas en una nube abundante
de insectos.
El viejo albergue de
costumbre.
El ingreso en
semipenumbra se abre al paso del hombre que lo recorre con paso cansino. Tras el
mostrador acude el encargado con códigos compartidos y con una coreografía
repetida, le ofrece el formulario para registrar sus datos.
La mirada esquiva e
indiferente, un cigarrillo a medio consumir colgando de sus labios, con cenizas
sin desprender a pesar del movimiento.
Recibe el formulario
sin leerlo y sin pronunciar palabra, deja caer las llaves del cuarto engarzadas
por un llavero con un plástico gastado donde se lee el número de habitación.
El hombre sube las
estrechas escaleras de madera, gira por el pasillo y abre la puerta de su
cuarto. Arroja el bolso sobre una silla, entreabre las celosías de la ventana y
se deja caer pesadamente en el catre sobre un delgado colchón, blando y vencido.
Al frente descubre la
mesita con su jarra de agua y un vaso, sobre la que se alza un espejo
rectangular. Completa el cuadro, el juego de toallas blancas y de bordes raídos,
el jabón diminuto y el shampú con cierre hermético e imposible de abrir, cuidadosamente
apilados cerca de sus pies.
Repentinamente
sobreviene el cansancio de la jornada y sin darse cuenta, se abandona al sueño,
acunado por el chirrido del ventilador de techo cuyas palas acompasan
forzosamente una circulación anémica.
El crispado canto del
gallo y aves que sobrevuelan la cercanía, anuncian el nuevo día.
Invariablemente, la
satisfacción del agua tibia de la ducha generosamente baña el cuerpo y extiende
el placer un momento más.
Bajar la escalera con
paso animado para llegar al desayunador, donde aguarda a los huéspedes, la mesa
tendida con panes de campo recién horneados, generosa manteca y dulce frutal
para los más audaces.
Pedir el teléfono en el
mostrador al encargado que saluda con gesto anodino, para confirmar el arribo y
la visita inminente.
Subir al automóvil con
el fresco de la mañana, y apenas a unas cuadras, la única estación de servicio,
con su playa pequeña, un único surtidor frente a la oficina de cristales
desparejos con roturas emparchadas con cartones y chapas. Sobresale a la vista
la antigua caja registradora de relieve bombé, con teclas bien aceitadas que
obedecen a la presión y marcan los números y cálculo final en el visor
superior, a la vez que anuncia el importe de lo consumido con una sonora
campanilla. Sobre el costado, escaparates con viejas golosinas abrasadas por el
calor y el sol que pasa cada día destiñendo los papeles descoloridos.
Atrás, el galpón
garaje, donde aún reposan algunos autos de la década de los años ´50, que
duermen su estadía. El playero apoyado sobre su codo en la superficie bruñida de la
mesa, descansa pesadamente su cuerpo abúlico, inexpresivo, vacío de vida.
Con el tanque de nafta
lleno y fuerzas renovadas, transita las pocas cuadras asfaltadas que restan
para llegar a las afueras del poblado y tomar un desvío de camino de tierra,
que da ingreso a una chacra bien alambrada, con pasturas para ganado, algunas
hectáreas de cereal, un predio para la cría de cerdos, algunas cabras sueltas
que inquietas saltan nerviosamente de un lado a otro y por fin, el gallinero
entreabierto con las gallinas haciendo su ronda en sonoro cacareo, al costado
de la casa.
Bajo la galería aguarda
la mujer sentada en un sillón hamaca de mimbre. De apariencia avejentada a
pesar de su juventud, viste su delgadez con un batón de colores apagados que
cubre su cuerpo hasta debajo de las rodillas. El pelo lacio y entrecano,
recogido y sujeto con un elástico que agrupa la cabellera en una cola suave y
liviana.
La presentación y el
intercambio de saludos con el clásico apretón de manos, antecede el mate
espumoso que inicia el intercambio de la conversación, con un respetuoso pésame
y acompañamiento por la muerte del ser querido.
El visitante toma
asiento en la galería y su rostro adquiere intensidad, escucha con suma
atención a las palabras de la mujer.
El relato comienza con
voz queda y entrecortada, entre sollozos, con la mirada fija en algún horizonte
que evoca lejanía.
-Era un día como tantos, de duro trabajo. No volvía a casa como es su costumbre. Ante la demora, tomé la decisión de buscarlo en el campo y así lo encontré.
En el suelo, su cuerpo sangrante y lacerado, la máquina roturadora aún encendida que debió pasar por encima de él, para destrozar su cuerpo con la rastra de filosos discos.
Un trágico accidente….
Luego, el aviso a la policía, el cura del pueblo, el vértigo del velorio y el entierro. Todo parece irreal y aún no lo asimilo.
La mujer lleva el
pañuelo a su rostro, enjuga las lágrimas amargas, baja su vista y su cuerpo
todo se sacude en espasmos de tristeza, retraído y vuelto sobre sí ante el
desamparo.
El hombre escucha con
respeto y sin mencionar palabra se despide con un gesto comprensivo y se
retira.
A poco de andar, ingresa
a la comisaría del pueblo.
Una construcción de
adobe con techo de chapa pintada y cerradura simple.
La abertura de entrada
apenas cubierta por una puerta de madera sostenida por tres gruesas bisagras de
hierro cromado, pintada de naranja que contrasta con las paredes azules. La ventana,
con dos postigos abiertos de par en par, dejan pasar algo de aire ventilando la
atmósfera asfixiante del interior, por la concentración de calor.
Un amplio escritorio
apoya sobriamente sobre el piso de cemento crudo, al lado del cual se eleva un
mueble con tres grandes cajones con carpetas sostenidas por dos guías. Se
complementa con un ropero alto que se presta al archivo de un cúmulo de papeles
sueltos y desordenados.
El mobiliario se
complementa con un teléfono negro con disco y cable enrulado, un cesto de
alambre y una antigua máquina de escribir de origen alemán.
Sobre el sillón reposa
la humanidad del inefable comisario. Un hombre robusto, ganado por la inercia y
el aburrimiento, que se mece de costado a costado haciendo chirriar los
engranajes del asiento. La ropa austera, gastada por el uso, pero limpia.
- Adelante, pase y tome asiento. Mientras extiende su brazo alcanzando un mate, expresa una suposición, seguro de haber acertado con su sagaz intuición. No era frecuente la llegada de un forastero a ese poblado donde cada cosa ocurre cada día de la misma manera.
¿ Usted?. debe venir por el accidente en el campo de Braulio
Triste, muy triste.
Hace
una pausa, recibe el mate y vuelve a cebarlo sorbiendo con fruición.
Bajó de la máquina, dejando el motor encendido y sin freno puesto, se agachó a remover unas piedras, y parece que debe haberse descompuesto.
Debe haberse mareado por el calor espantoso que hace en los sembradíos.
Caído, nadie pudo evitar la tragedia. La rastra con los discos de arado le pasaron por encima. Pobrecito.
Ya cerré el expediente y se lo llevé al Juez de Paz para que lo rubrique.
Pobrecito el Braulio, y la pobre viuda, sola con tanto trabajo que ahora va a necesitar de la presencia de un hombre.
Nuevamente
ofrece un mate, que el visitante rechaza con cortesía.
Saliendo de la
comisaría, sacude sus zapatos golpeando varias veces sobre la vereda alta. Hace
calor y es hora de refrescarse en el almacén de ramos generales que también
ofrece a la comunidad el único bar, donde los parroquianos abrevan y calman su
sed.
El almacén tiene un
amplio galpón, con ventilación estudiada que, pone al resguardo del sol y del
calor. Allí se respira. El aire fresco es renovado por una hilera de ventiladores
de techo que generosamente mueven sus aspas al unísono. A la derecha, el largo
mostrador, tras el cual se apilan objetos de toda clase y tipo, que se
continúan en un depósito cuyo acceso se sitúa en un estrecho pasadizo al fondo.
A la izquierda, otro
mostrador de brillante superficie estañada, con bebidas y copas. Luces en
demasía y un grupo de mesas desperdigadas, ocupadas a pesar de la hora.
El visitante saluda a
todos como es costumbre en el pueblo, se dirige a la persona tras la barra y
ordena una botella de ginebra y dos vasos pequeños. Se dirige a una mesa
retirada, pide permiso para compartir la mesa y ante el asentimiento del
lugareño, se sienta a su lado. Pone los dos vasos próximos uno de otro, destapa
el porrón marrón y llena generosamente hasta el borde. Invita a tomar con un
brindis.
La conversación
transcurre ágilmente, empujada por repetidos brindis y una extraña sed, que
crece a medida en que se bebe.
Al fin, el momento clave.
- Una tragedia del destino, un accidente fatal.- ¡Qué desgracia lo que pasó en el campo de Braulio!
- Si, compañero.
- ¿Accidente? No fue un accidente….
-No?
Haciendo
señas para que se llene el vaso, para consumar un nuevo brindis con la mirada
puesta febrilmente en la ginebra y las manos agitadas como aleteo de mariposas
que anticipan el movimiento de llevar el alcohol a la boca, el lugareño se
despachó sin reserva alguna.
-Fueron la viuda y su amante. El amante se acercó y lo golpeó. Luego entre ambos lo arrastraron por el campo y pusieron en marcha la máquina. Le pasaron por encima. Pobre Braulio.
El visitante se puso de pie, dejó el porrón como obsequio, suspiró largamente y con movimientos lentos sale del bar.
Nuevamente,
otra historia secreta. El descubrimiento no le hizo feliz. Por el contrario,
vuelve a sentir un regusto amargo en la boca.
En
el hotel toma sus pertenencias, paga la cuenta y ya en el auto emprende el
regreso a su hogar. No sin antes llenar el baúl con naranjas, limones y pomelos
que, los amigos de siempre, le regalan a su paso periódico. En el asiento
trasero, el lugar para los envases con conserva de vizcacha y perdices en
escabeche y algunas liebres que aguardan convertirse en guisados para alegría
de la familia.
Emprender
el retorno por la misma ruta recta, a velocidad uniforme, en la soledad del
camino. Nuevamente a la derecha, los postes telefónicos van quedando atrás en
una sucesión interminable cada 100 metros que se avanza.
Volver
con la sensación de haber obtenido lo esperado, una vez más. Ya tiene los
elementos probatorios para hacer el Informe a su cargo, encomendado por la
Empresa Aseguradora que cubre el millonario seguro de vida de Braulio.
Mientras
transcurre el tiempo que pasa lentamente y ya habiendo tomado distancia de los
hechos, un pensamiento se abre paso tenuemente.
- Al fin, un pueblo con gente simple.
Gente simple que en circunstancias particulares pueden producir hechos no
ordinarios.
©Mario Kelman
Mayo 2024
Rosario - Argentina
Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.





Me gustó mucho. La descripción detallada de cada cosa, gota a gota, a ritmo constante, involucra eficazmente al lector en el relato y recrea perfectamente el clima de época. El extenuante y aburrido viaje de ida, la plaza, la viuda, el comisario en su despacho, el almacén de ramos generales, la pesquisa, los cítricos y los frascos de conserva al regreso...permiten estar presentes, en cada paso, junto al protagonista. ¡Cuántas historias como ésta se habrán repetido en nuestros pueblos rurales! El final es certero: el zoom se aleja velozmente de la escena, abandona los planos en macro, y cierra con una reflexión aséptica del investigador.
ResponderBorrarGracias amigo por tu lectura. He recibido esta historia hace muchos años. Con sorpresa, luego de la publicación del cuento, he recibido varias comunicaciones que afirman que es un tema muy actual. Aparentemente, en la actualidad se ha alterado la tranquilidad apacible de los pueblos rurales, y ocurren hechos como el que se narra. La época incide en los lazos, incluso en comunidades pequeñas.
BorrarEstupendas las ilustraciones de Nora Kleinerman!!!
ResponderBorrarMario, un cuento con tanta descripción, que es imposible no adentrarse y sentirse en ese pueblo. La historia, tal vez, sea como tantas otras que quedan sin resolver, en esos pueblos pequeños que, para muchos, parece que no existieran. La pregunta sería, ¿Dónde termina la ficción y comienza la realidad? Nunca lo sabremos...
ResponderBorrarEl final es, en definitiva, el que parece hacer justicia ante tamaño asesinato, urdido por la viuda y su amante. Felicitaciones, muy bueno!!!
Gracias Isa por tu lectura y comentario. La realidad es ficticia. Lo real es el acto irrepresentable, traumático del asesinato. La realidad actual, no solo en pueblos pequeños, sino también en grandes ciudades y aún en países enteros, empuja a la constitución de hecho de zonas sin ley. Vemos en el mundo más de una tragedia, incluso mostrada obscenamente por los medios, donde ocurre lo peor cada día, con la mayor impunidad. Al contrario del saber secreto de los pobladores del cuento, hoy sabemos, sabemos demasiado hechos que agobian, y aprendemos a vivir con eso.
BorrarMario y Nora, un trabajo en equipo maravilloso! Nora, tu ilustración nos permite situarnos en el pueblo y su gente, gracias!
ResponderBorrar¡Mario! Tu relato es excelente, a medida que voy leyendo tu descripción de este pueblo rural, recordé el pueblo, donde aún vive parte de mi familia, General Rodríguez, muy cerca de Luján, que seguramente ante un suceso tan terrible como el de tu relato, cada uno de los lugareños tejerían su propia historia sobre los hechos acontecidos, Una viuda y su amante... ¡esto es suficiente para encontrar el supuesto motivo de una muerte sin explicación! O no? O simplemente como otros dijeron... el pobre Braulio fué víctima de un ¿accidente? Otra pregunta al vuelo... ¿La viuda, cobrará el seguro por la muerte de Braulio?. Tantas preguntas sin respuestas. ¡Propio de un pueblo con gente simple!. "Gente simple que en circunstancias particulares pueden producir hechos no ordinarios". ¡felicitaciones, amigo, y el mayor de los éxitos, te deseamos desde Atrapados por la Imagen!! Vamos por más!
ResponderBorrarGracias Laura por el comentario y sobre todo, por tu trabajo siempre presente que hace posible este blog. Es un relato ficcionado basado en hechos reales. En las comunidades pequeñas, la intimidad se reduce. Por lo general, sus pobladores conocen la vida privada de cada uno y los acontecimientos y pasiones acaecidos. Para el inspector de seguros, la cuestión era sólo encontrar a alguien dispuesto a hablar, hacer público ese saber que se transmite en forma secreta y hasta chismosa. Un secreto que no es un secreto, que comparten y gozan en las sombras.
BorrarMario, gracias! Un relato minucioso, congruente, crudo y que muestra la anatomía del pueblo rural. Me hiciste revivir historias conocidas, Gracias de nuevo, excelente trabajo!
ResponderBorrarMuchas gracias Susi por la lectura y los recuerdos.
ResponderBorrar"Mientras transcurre el tiempo que pasa lentamente y ya habiendo tomado distancia de los hechos, un pensamiento se abre paso tenuemente".
ResponderBorrarEn estas líneas encontramos un relato atroz que dado el contexto quedará enraizado en la memoria del lugar. Descripto a la manera de Truman Capote, donde cada frase en su lentirud penetra de manera determinante.
Muy bueno!!
Muchas gracias Marta por su comentario. Pondero mucho su criterio literario y su escritura, por lo que valoro su juicio. Gracias.
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