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domingo, 30 de noviembre de 2025

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, BAR BRITÁNICO

 BAR BRITÁNICO, EL ICÓNICO CAFÉ CON VISTA AL PARQUE LEZAMA




El Bar Británico está ubicado en la esquina de Defensa y Brasil, frente al Parque Lezama, allí donde se sostiene que, el adelantado Pedro de Mendoza desembarcó en la primera de las excursiones fundacionales de estas tierras. Jamás se encontraron evidencias del rancherío, sin embargo, a partir de crónicas de la época, existe un consenso que concluye que por la altura de las barrancas, más la cercanía con el puerto natural sobre el Riachuelo, Don Pedro debió fundar la ciudad de Buenos Aires en algún lugar dentro del Parque Lezama.

Hoy en Domingos de Curiosidades, voy a contarte la historia de este mítico bar y algunas curiosidades que, tal vez, no conocías.



UN POCO DE HISTORIA

El café fue fundado como una pulpería a principios del siglo XX, con el nombre de La Cosechera.  Según el relato histórico, en las calles Brasil y Caseros se hallaba el conventillo de los ingleses, este edificio había sido construido para aquellos que habían venido hasta Buenos Aires a trabajar a los “Ferrocarriles del Sud”, una compañía del Reino Unido que operaba el tren que partía de plaza Constitución (hoy Ferrocarril Roca). Entre ellos, ingleses excombatientes de la Primera Guerra Mundial. Debido a que  los concurrentes, en gran parte eran  ingleses es que se le habría cambiado el nombre a la pulpería, por el de Bar Británico en 1928. 

Los registros disponibles en las fuentes no especifican los nombres individuales de los propietarios durante el período exacto desde sus inicios hasta 1960. La información histórica hasta ese momento es limitada.

José Trillo, Pepe Miñones y Manolo Pose, fueron los tres españoles que en la década de 1960 compraron el fondo de comercio del lugar y le dieron su impronta ya que, el Bar Británico comenzó a funcionar las 24 hs. Disponía de la típica subdivisión que ofrecía un salón familiar. Costumbre utilizada para que las clientas mujeres no fueran mal vistas. 



El Bar que nunca cierra logró constituirse en refugio de personalidades de la cultura y la bohemia. Su entorno inspiró a Ernesto Sábato para ambientar escenas de su novela Sobre héroes y tumbas y su continua vigilia lo hicieron refugio obligado de noctámbulos y "tacheros".

Durante la Guerra de Malvinas, en 1982, la fiebre bélica entre argentinos e ingleses forzó cambios de nombre. Al café le pusieron el cartel de Bar...Tánico,  aprovechando la caída de parte de su histórica luminaria, pero con el tiempo recuperó su nombre.

El "Británico" fue declarado bar notable en 1998 por la comisión respectiva, dependiente del Ministerio de Cultura, que también se movilizó por su continuidad. También ha sido locación para la filmación de escenas de varias películas argentinas e internacionales, como Diarios de motocicleta de Walter Salles y Tetro, de Francis Ford Coppola.

En los últimos años, antes de su primer cierre, las mesas del Británico también fueron visitadas por el músico Fito Páez, entre decenas de artistas que hicieron del lugar una usina de pensamiento, dispersión y creatividad.

En 2006, Juan Pablo Benvenuto, presidente de la Sociedad San Andrés, propietaria del inmueble, argumentó la “necesidad de mejoras” y se negó a renovar el contrato al local. Cuando intentó recuperar la posesión, se encontró con la oposición de vecinos y parroquianos, que en un gesto simbólico le arrojaron las llaves de sus casas, bajo la imagen de que preferían entregar sus casas antes que renunciar al bar donde se juntaban. Incluso el vicepresidente de la Nación, Daniel Scioli y el cantautor español Joaquín Sabina, durante su visita a Buenos Aires en ese año,  participaron del reclamo . Con una juntada de firmas, se demostró que al menos 14 000 personas estaban en contra del cierre del simbólico café.

El periodista y escritor Enrique Symns relató escenas del pasado junto a los miembros de los Redonditos de Ricota, legendaria banda del rock argentino, y otros artistas nacionales como el actor Daniel Aráoz, el violinista Jorge Pinchevsky, el bajista Alejandro Medina, e integrantes de la banda Los Piojos. Fernando Iglesias relató también las reuniones del Foro del Bar Británico, organizado por Juan Carlos Gené en 2002, y reunió a intelectuales como Horacio González y Álvaro Abós, a músicos como Raúl Carnota, y a otros.​ A pesar de los esfuerzos, el bar fue finalmente desalojado en junio de 2006, con un operativo policial.
 

 

 
Finalmente, el local fue comprado por Agustín Souza, quien decidió restaurarlo y agregar muebles nuevos, colocó un piso de baldosas graníticas, un aire acondicionado, una chopera e hizo algunas otras adquisiciones;  lo reabrió en febrero de 2007, con un evento público festejado por vecinos y habitués y cubierto por todos los medios masivos de comunicación de la ciudad.
El 12 de agosto de 2014, por la imposibilidad de mantenerlo, fue nuevamente cerrado. Pero reabrió sus puertas el 11 de noviembre por los hermanos Aznarez.

Los Aznárez renovaron baños, cableado eléctrico y construyeron en el sótano, ocupando los mismos metros cuadrados de la planta baja, un área de producción. Por lo demás, el bar mantiene su revestimiento de roble original que llega hasta los taparrollos de las cortinas y gran parte de la parafernalia acumulada en años. El inmejorable aporte de los tres hermanos al local es una vieja foto apaisada, de los años sesenta, de la calle Defensa donde se alcanza a ver parte del bar. La encontraron en el cambalache vecino. El local de antigüedades que, al menos, hasta el año pasado sigue atendiendo  Teresita, con sus  85 años. Sin embargo, la foto no estaba a la venta. Pertenecía a Doña Pancha, viuda del fotógrafo. Tanto insistieron los Aznárez que, al final, la compraron.



Gonzalo Aznárez es quien está a cargo del Bar Británico. Tiene 36 años y hace once años que  tomó las riendas del bar. Pero había comenzado a trabajar con su padre cuando apenas tenía 10 años. Hoy acumula un cuarto de siglo de experiencia. “Todo lo que nos enseñó papá es a laburar”, comentó en una entrevista. El Bar Británico abre todos los días de la semana a las 5 de la mañana  y cierra a las 3 del día siguiente. Casi como antes. Apenas descansan para barrer y baldear.

La actualización alcanzó al antiguo mobiliario. El menor de los Aznárez contó en la misma entrevista que, al tomar posesión del bar, las mesas y las sillas originales estaban en muy mal estado y con nulo margen de ser reparadas. Pero que, aún así, conocedores del valor inmaterial que representa el moblaje para un bar tan antiguo, lo dejaron todo resguardado en un depósito en Parque Patricios.

ALGUNAS HISTORIAS de amor

JORGE LUIS BORGES Y ESTELA CANTO

“¿Y fue por este río de sueñera y de barro que las proas vinieron a fundarme la patria?” se preguntó Jorge Luis Borges, haciéndose eco de ésta versión, en el primer verso de su Fundación Mítica de Buenos Aires. Luego, en los siguientes, ironizó al decir que eran todos “embelecos fraguados en La Boca”. Ya de adulto, Borges no dejó de recorrer los senderos del Parque de la mano de Estela Canto, su primer amor (1944-1950). 
Les cuento un resumen de su historia. Después de verse muchas noches en casa de  Bioy Casares y Silvina Ocampo, donde se habían conocido y ni siquiera se habían mirado;  quiso el destino que una noche salieran a la vez de la casa de los Bioy, como ellos se decían,  Bajaron juntos en el ascensor y caminaron unas pocas cuadras hasta la boca del subte. El diálogo debe haber sido banal, un poco tirante, con varios silencios. Pero, antes de llegar a la estación Pueyrredón estaban tan metidos en la conversación que, él le propuso seguir caminando. 

Llamó a la madre desde un teléfono público para avisarle que iba a llegar más tarde, como siempre lo hacía,  y cuando llegaron hasta la Plaza San Martín decidieron seguir todavía un poco más, hasta el Parque Lezama. Estela vivía en San Telmo. En algún momento entraron a un bar. Ella pidió un café y él un vaso de leche. Ahí fue cuando la miró. Y ella se dio cuenta. Esa noche se quedaron hablando en las escalinatas del parque que dan a la calle Brasil hasta las tres o cuatro de la mañana.
¿Tomaron café en el Británico? No consta en actas.
Pero seguramente los habrán visto pasar, a través de las ventanas panorámicas del bar, cientos de parroquianos, más de una vez.



LA HISTORIA DE LA MESA VACÍA CON UNA SOLA SILLA

Se cuenta que un catalán de Tarragona, apellidado Braun, vino a recalar a un conventillo de San Telmo huyendo de la Guerra Civil Española desatada en julio de 1936. En su fuga, tan repentina como rápida, debió separarse de un gran amor. Llegado a Buenos Aires consiguió empleo en el Archivo General de la Armada, en Bolívar y Caseros, a unas pocas cuadras del Bar Británico.

El catalán Braun encontró en este boliche un lugar seguro por fuera de la pieza que alquilaba y el trabajo en el Archivo. La dolorosa partida de España lo había atemorizado. Se volvió una persona cauta. De pocas palabras. Con casi nulo contacto con extraños. Sin embargo, entre ingleses se sentía a resguardo. Dios salve a la Reina, decían entonces. Para sostener su anonimato, el catalán, aprovechó la característica de su empleo, la historia de la barriada, su casual homonimia y, gracias a una fonética favorable, se apodó: el Almirante Braun. Nadie le pediría el documento para ver cómo se escribía su apellido. El Almirante Brown, digo ahora, el auténtico, Guillermo Brown, fue un marino irlandés que luchó defendiendo nuestra costa de bloqueos e intentos de agresión naval por parte de potencias extranjeras. Y hoy, además de héroe nacional, es motivo de orgullo y pertenencia en La Boca y Barracas.

La mesa con la silla vacía que viene a cuento el Almirante le pedía al dependiente del bar que se la reservara. La paga para mantenerla siempre disponible era el equivalente al producido por un comensal contabilizando las cuatro comidas de un día. La reserva se mantenía a la espera del arribo desde España de su pareja. Una llegada sin fecha ni confirmación posible. Las cartas dirigidas hacia España eran interceptadas y los destinatarios puestos en problema. Lo único que Braun pudo hacerle llegar a su amor, como toda información de paradero, fue que, al desembarcar en el puerto de Buenos Aires, se dirigiera hasta El Británico. Braun pasaría los restantes días de su vida hasta el reencuentro.

Esta es la anécdota que los tres españoles  recibieron al hacerse cargo del bar en la década de 1960. Por entonces, el Almirante Braun hacía largo rato que no frecuentaba la esquina de Brasil y Defensa. Con seguridad, habría fallecido. Sin embargo, José, Pepe y Manolo se ocuparon de sostener la costumbre de dejar una mesa con una silla vacía. También desestimaron la factibilidad de la reunión amorosa tanto en el bar como en cualquier otro lado. “En la España franquista”, contaban luego de chequear el dato, “ser judío y homosexual significaba la condena de muerte”.

Puede que esta leyenda, como sostenía Borges, sea otro “embeleco fraguado”  pero de los misteriosos barrios del sur, de todas maneras, la historia es bella y romántica también.




El Bar Británico es, sin lugar a dudas, un pedazo de Buenos Aires. Un emblema en San Telmo, su escenografía se completa con el afuera,  el Parque Lezama, el empedrado... y con sus historias.  






Idea, Investigación y Edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



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