Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!

domingo, 18 de octubre de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, PALACIO BAROLO

 PALACIO BAROLO, EL  RASCACIELOS QUE DESAFIÓ EL CIELO DE BUENOS AIRES 




La Ciudad de Buenos Aires está repleta de edificios que atesoran historia, belleza arquitectónica y un enorme valor patrimonial. Sin embargo, hay uno que parece pertenecer a otra dimensión, un lugar donde la arquitectura se encuentra con la literatura y cada rincón parece esconder un mensaje. Hablamos del Palacio Barolo, una construcción que, desde su inauguración en 1923, no deja de despertar admiración y curiosidad.

Al caminar por la Avenida de Mayo, a pocos metros del Congreso de la Nación, es difícil no detenerse para contemplar su imponente silueta. Sus 100 metros de altura, sus pasadizos, sus numerosos símbolos y una arquitectura cargada de referencias lo convierten en una de las construcciones más singulares de la capital argentina.

Pero el Barolo es mucho más que un edificio monumental. Es arquitectura inspirada en poesía, un homenaje de ladrillo, hierro y cemento a una de las obras más trascendentales de la literatura universal: La Divina Comedia, del escritor italiano Dante Alighieri. Sus espacios, sus formas y hasta algunos de sus detalles ornamentales remiten a un universo literario que, siglos después de haber sido escrito, encontró una manera sorprendente de hacerse presente en el corazón de Buenos Aires.

Hoy en Domingos de Curiosidades voy a contarte la fascinante historia del Palacio Barolo, el edificio que convirtió la literatura en arquitectura y que todavía guarda secretos capaces de sorprender a quienes se animan a descubrirlos.


 
Un sueño entre ladrillos y versos

La historia comienza con Luis Barolo, un empresario italiano que llegó a la Argentina en 1890 y construyó una importante fortuna en la industria textil. En los primeros años del siglo XX conoció a Mario Palanti, un arquitecto milanés con quien compartía una visión audaz de la arquitectura. De aquel encuentro nació un proyecto extraordinario: levantar en Buenos Aires un edificio que desafiara los límites de su época.

La construcción comenzó en 1919 y requirió una autorización especial, ya que su altura superaba ampliamente la de los edificios vecinos. Finalmente, el 7 de julio de 1923, el Palacio Barolo fue inaugurado. Con sus cien metros de altura, se convirtió en el edificio más alto de Buenos Aires y en uno de los grandes hitos de la arquitectura latinoamericana. Su silueta monumental, coronada por un faro, desafió los límites constructivos de la época y se alzó como símbolo de una ciudad que aspiraba a crecer hacia el cielo.



Su silueta no se parecía a nada de lo que los porteños estaban acostumbrados a ver. En una avenida dominada por construcciones mucho más bajas, aquella torre despertaba asombro y hasta cierto temor. Palanti había concebido una obra de estilo ecléctico, con influencias del art nouveau, el neogótico y la arquitectura oriental. Su mirada abarcaba mucho más que la fachada: también diseñó numerosos detalles interiores, desde las lámparas hasta los picaportes y las rejas de los ascensores, procurando que cada elemento formara parte de un mismo universo.

El resultado fue una construcción adelantada a su tiempo, realizada con hormigón armado y destinada principalmente a oficinas. Pero detrás de aquella estructura monumental había algo que trascendía la arquitectura: un conjunto de símbolos que, con el paso de los años, alimentaría una de las historias más fascinantes de Buenos Aires.




El misterio de La Divina Comedia

Hay una asociación que acompaña al Palacio Barolo y que parece hecha a la medida de su arquitectura: su supuesto vínculo con La Divina Comedia, la obra inmortal de Dante Alighieri.

Las coincidencias resultan cautivantes. Los cien metros de altura del edificio recuerdan los cien cantos del poema, mientras que sus distintos sectores se han relacionado con el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. La cúpula, los pasajes y numerosos detalles ornamentales también han dado lugar a interpretaciones que vinculan el recorrido por el palacio con el viaje espiritual narrado por Dante.

Sin embargo, hay un detalle que vuelve esta historia todavía más intrigante: no se conocen documentos en los que Mario Palanti haya confirmado que diseñó el edificio siguiendo expresamente la estructura de La Divina Comedia. La relación entre ambos habría surgido o cobrado fuerza a partir de interpretaciones posteriores, difundidas con el tiempo y convertidas en parte de la identidad del palacio.




Por eso, más que una certeza histórica, el vínculo con Dante debe entenderse como una lectura simbólica que despierta preguntas. ¿Fue una intención secreta del arquitecto o una serie de coincidencias que la imaginación terminó transformando en leyenda? Sin pruebas concluyentes, la respuesta permanece abierta.

Y quizás allí resida parte de la magia del Barolo: en esa frontera incierta donde la historia se encuentra con la literatura y el misterio invita a mirar más allá de lo evidente.

La cúpula, inspirada en la arquitectura de un templo de la India, corona el edificio con una silueta inconfundible. Dentro de la interpretación dantesca, se la ha relacionado con la unión de Dante y Beatriz y con la culminación de aquel viaje espiritual. La literatura, una vez más, parece encontrar su lugar en la piedra, el hierro y la luz.




En lo alto, el faro completa la escena. En sus primeros años, su potente luz podía divisarse a gran distancia y llegó a protagonizar un episodio memorable: en 1923, sus destellos transmitieron el resultado de la pelea por el título mundial de boxeo entre el argentino Luis Ángel Firpo y el estadounidense Jack Dempsey, disputada en Nueva York.

Décadas más tarde, después de un largo período de inactividad, el faro fue restaurado y volvió a iluminar Buenos Aires en el marco de las celebraciones del Bicentenario, en 2010. Desde entonces, esa luz se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles del edificio.




Hay algo profundamente poético en ese faro que vuelve a encenderse después de tantos años. Como si el palacio, nacido de una época de grandes sueños, se negara a quedar atrapado en el pasado.

Hoy, el Palacio Barolo continúa funcionando como edificio de oficinas, pero también se ha convertido en un espacio de encuentro con la historia, el arte y la cultura. Sus recorridos permiten descubrir detalles que desde la calle pasan inadvertidos y acercarse a una construcción que todavía despierta preguntas.

Quizás esa sea su mayor singularidad: no necesita revelar todos sus misterios para fascinarnos. Basta con levantar la vista, atravesar sus pasajes y dejar que la imaginación haga el resto. En plena Buenos Aires, entre el ruido del tránsito y el movimiento cotidiano, permanece este palacio que parece recordarnos que la literatura no vive solamente en los libros. A veces también puede elevarse cien metros sobre una avenida y encender un faro para que, incluso a la distancia, alguien encuentre el camino hacia una historia.






Una historia familiar ligada al Palacio

El Palacio Barolo no solo guarda secretos entre sus muros; también conserva historias familiares que atraviesan generaciones. Entre quienes mantienen vivo su legado se encuentran Tomás y Miqueas Thärigen, hermanos y descendientes de una familia cuya historia está ligada al edificio desde hace casi un siglo.

Todo comenzó con su bisabuelo, Carlos Eduardo Jorio, quien se recibió de contador y alquiló una oficina en el palacio en 1925. Desde entonces, distintas generaciones de la familia trabajaron allí y construyeron un vínculo que fue mucho más allá de lo profesional. Con el tiempo, los hermanos asumieron el compromiso de acercar este patrimonio a la sociedad a través de visitas guiadas y de la difusión de su historia.

Pero hubo una búsqueda que convirtió ese vínculo en una aventura extraordinaria: la de la escultura Ascensión, una pieza que había desaparecido del edificio. Durante décadas, Miqueas siguió las pistas para encontrarla. Finalmente, a fines de 2021, junto con Tomás, logró recuperar parte de la obra original, que hoy puede conocerse en el Museo de la Oficina del Palacio Barolo.

La historia de los hermanos demuestra que preservar un edificio histórico no consiste solamente en conservar sus paredes. También significa recuperar sus recuerdos, reconstruir lo que el tiempo dispersó y compartir con los demás aquello que, de otro modo, podría perderse para siempre.



Salón 1923, una máquina del tiempo en las alturas

En los planos originales del Palacio Barolo había un espacio destinado a reuniones de negocios o a una cafetería para los trabajadores de oficinas. Luis Barolo imaginó un edificio que no solo se destacara por su arquitectura monumental, sino que también tuviera vida propia en su interior. Sin embargo, murió antes de la inauguración, en 1923, y nunca pudo ver terminado aquel proyecto.

Durante décadas, el espacio que hoy ocupa el Salón 1923 funcionó como oficina. Recién en 2019, casi un siglo después del inicio de la construcción del palacio, el lugar recuperó parte de su espíritu original y abrió sus puertas como cafetería y restaurante. Su nombre no es casual: Salón 1923 remitiendo al año en que se inauguró el Palacio Barolo, un homenaje a la historia del edificio y al sueño de sus creadores.

Llegar hasta allí es parte de la experiencia. Después de atravesar la galería central de la planta baja, hay que tomar uno de los antiguos ascensores, revestidos en madera y espejos, hasta el piso 14. Desde allí, dos tramos de escaleras conducen al piso 16, donde el edificio parece revelar otra de sus vidas.




El recorrido conserva el encanto de otra época: paredes de concreto, ventanas antiguas por las que entra la luz natural y pasillos que parecen guardar el eco de quienes los transitaron durante más de un siglo. Al cruzar la puerta del salón, los sombreros de estilo años veinte, los uniformes de los mozos, los espejos, los detalles de bronce y la música de jazz crean una atmósfera que invita a viajar en el tiempo.




La decoración incluye una barra que evoca la del legendario Titanic, pero son las ventanas circulares, similares a los ojos de buey de un transatlántico, las que refuerzan esa sensación de viajar a otra época. uno podría imaginarse a bordo de aquel célebre barco, aunque esté en el corazón de Buenos Aires y a varios pisos por encima de sus calles.



El espacio combina interiores ambientados en los dorados años veinte con dos terrazas al aire libre: una orientada hacia el Obelisco y otra hacia el Congreso. Desde allí, Buenos Aires se despliega a los pies del visitante y, en los días despejados, la vista puede extenderse mucho más allá del centro porteño.

Pero hay algo que vuelve especialmente singular a este lugar: la posibilidad de contemplar desde las alturas el faro que corona el propio Palacio Barolo. Entre una copa, la música y el horizonte de la ciudad, el edificio parece cerrar un círculo que comenzó mucho antes de que existiera el salón tal como lo conocemos hoy.




Así, el Salón 1923 recupera una idea que había quedado dormida en los planos originales. No es solo una cafetería en lo alto de un edificio histórico; es una invitación a detener el tiempo por un instante y descubrir que, en el Palacio Barolo, incluso los espacios cotidianos pueden convertirse en parte de una historia extraordinaria.



Quizás el mayor misterio del Palacio Barolo sea ese vínculo, real o imaginado, con La Divina Comedia de Dante. Como si entre sus muros aún se desplegara el viaje del Infierno al Paraíso, este edificio desafía al tiempo y convierte la arquitectura en poesía. Y allí, en lo más alto, su faro sigue iluminando Buenos Aires, recordándonos que algunos sueños no se construyen para ser olvidados, sino para volverse eternos.



Idea,investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

2 comentarios:

  1. Qué bueno Isa haberle dedicado espacio al Barolo, me tocó trabajar alguna vez en una de sus oficinas, pero desde siempre iba a recorrerlo a cuento de nada, balconear hacia abajo o hacia arriba desde algún piso intermedio es para quedarse un buen rato extasiado, y ahí es cuando no me importa nada, es cuando creo acabadamente todos sus vínculos con la Divina Comedia...ahora Isa, cuando uno cree que se las sabe todas, siempre tenes una historia más, conozco el 1923 pero tu Domingo de Curiosidades me obligará a ir de vuelta uno de estos días para estar ahí con todo lo que me has hecho saber, y otro bonus, fantástica la investigación de los Tharigen...muy buena nota Isa, felicitaciones y gracias!

    ResponderBorrar
    Respuestas
    1. Emilio, querido amigo, tampoco conozco el salón 1923, por lo que sé tiene precios muy accesibles y una vista increíble, realmente digna de ver. Qué lindo lo que contás. Me alegra que te haya gustado la nota, es un placer para mí. Muchas gracias por tus lindas y cálidas devoluciones de siempre. Un gran abrazo.

      Borrar

deja tu comentario gracias!