ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en..
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
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Fue por la
avenida Ayacucho. Eran alrededor de las seis de la tarde, la hora en que
sale todo el mundo de sus trabajos. La
calle era un río torrentoso de gente por lo que, en un primer momento, nadie se dio cuenta que había
sido él. Se escuchó el disparo –luego se
supo que era un policía privado repeliendo un atraco en una agencia de
seguros– pero nadie pudo precisar más
detalles. La bala perdida le dio en la cabeza.
En un momento
la ambulancia ya estaba recogiéndolo. Los curiosos agolpados en torno al cuerpo ensangrentado molestaron un poco a
los paramédicos aunque, muy profesionales, en cuestión de segundos lograron
cargarlo. Inmediatamente, a las pocas cuadras
de comenzar el recorrido, lo dijeron sin temor a equivocarse: estaba
muerto. El balazo le había destrozado el
cerebro. Ya no valía la pena seguir con la sirena activada. Al día siguiente lo estaban recogiendo en la
morgue municipal. Viendo que no regresaba a su casa a la hora habitual –era
sumamente puntual, rutinario– la familia se inquietó y comenzó las averiguaciones del caso. En
poco tiempo pudieron localizarlo. La esposa
y el hijo mayor –doce años– fueron a retirar el cuerpo. La hija menor
esperó con unos familiares mientras se
cumplían todos los trámites.
Julián se
alegró mucho cuando reconoció las voces de su mujer y de su hijo. Quería hablarles, quería decirles todo lo que los
quería… pero no le salía una palabra. Viendo
que no logra comunicarse así, trató de moverse… pero el cuerpo no le
respondía. No entendía qué pasaba.
Recién ahora comenzaba a salir del aturdimiento y se había sorprendido –y
asustado– al verse en medio de todos esos cadáveres. Sentía un poco de frío en esa cámara congelada. No entendía
bien qué había pasado. Recordaba vagamente la calle llena de gente por donde
caminaba y, de pronto, un dolor en la cabeza. Después: más nada. Y esta cámara fría de ahora…
Cuando lo
preparaban para su velorio sintió una gran impotencia y mucha ira. Quería decirles que no lo hicieran, que lo dejaran levantarse
y salir. Quería agitar los brazos,
gritar, mover las piernas, pero no podía. Le pareció, en un momento, que
podía levantar una ceja. Se puso
contento cuando creyó notar que eso le era posible. Pero evidentemente no lo
era, pues nadie respondía a su gesto. Contra su pesar tuvo que aceptar
sombrío la situación: estaba
muerto.
Pero ¿cómo era
posible? Si él no había hecho nunca mal a nadie, si todavía se sentía una persona muy joven –tenía 38 años–, si jamás
había dado que hablar con conductas reprobables…. Sí era casi un modelo de
perfección como padre, como empleado, como
hijo, como ciudadano (bueno, recordó que una vez se había atrasado dos
meses en el pago de la tarjeta de
crédito, ¡pero luego se puso al día, por supuesto!)… si todo eso era así: ¿cómo esta injusticia ahora? ¿Por qué
morirse por culpa de una bala perdida con la
que nada tenía que ver?
Quiso enterarse
de más detalles, por lo que aguzó el oído cuando alguien –parece que era su primo, el gordo, ese con el que iba a
pescar cuando adolescente– contaba los
pormenores de su muerte. No había muchas vueltas que darle al asunto:
una bala perdida le había destrozado la cabeza y estaba muerto, bien muerto.
Mañana iba a ser el entierro.
Recordó eso que
había visto en la televisión la vez pasada, ese estado raro, medio anormal por el que una persona parece muerta pero no
lo está. No tenía presente el nombre, y
tampoco podía preguntarle a nadie. O, por más que intentara hacerlo,
nadie le respondía. Le venía en mente la palabra "cataplasma", aunque
sabía que no era esa. "Cata… cata…
¡Cataclismo!", se dijo emocionado. Pero no era así. Además de la angustia
de la situación, se le sumaba ahora la que le producía no poder recordar la palabra.
De todos modos, enseguida dejó eso. No
importaba el nombre. Debía ser esa cosa de nombre raro, ese estado extraño,
pensó, sin importar cómo se llamara. Y según había visto en la televisión, la gente que sufría ese estado,
después de un rato, unas horas, despertaba.
"Y… ¿si lo enterraban vivo?", se preguntó consternado.
Al velorio
llegó una regular cantidad de gente. Pocos lo lloraron con convicción: su esposa, sus dos hijos, sus tres hermanos. La
mayoría repetía las consabidas frases de
ocasión, las mismas que él decía cuando iba a otros velorios. Lo que no
podía entender es cómo era eso de
sentirse vivo sabiendo que estaba muerto. Aunque, "¡no, no estaba muerto!", se decía para sí. "Si
tengo plena conciencia de todo lo que está pasando… ¿O así será estar muerto?"
Pensó con honda
consternación que si eso era estar muerto… era horrible. No podía decir ahora: "entonces: mejor
muerto", porque efectivamente, estaba muerto. Se había imaginado la muerte de otra manera. No era un
tema que le preocupara especialmente, pero tenía otra idea del asunto. Las
pocas veces que le dedicaba algún tiempo a
pensar esto, esperaba que la muerte lo encontrara en una cama, sin
sufrimientos, descansando. Era, según creía, un sueño largo del que uno ya no
despierta más. ¡Pero nunca hubiera
imaginado que podía sobrevenirle en plena calle y en un horario pico,
rodeado de gente desconocida, entre los
gritos de la muchedumbre y el ruido del tráfico! No, no era eso lo que deseaba…
"Pero,
claro… las cosas no son siempre como uno las desea", reflexionaba con
amargura. "¿Y qué pasará luego, cuando cierren la tapa del ataúd?".
Eso lo tenía desesperado. "¿La
noche eterna?... Pero, si yo puedo pensar aún… ¿Qué voy a hacer todo el
tiempo aquí, encerrado, con las manos
cruzadas sobre el pecho sin poder moverme pero pensando y sintiendo todo?...
¡Es un espanto!"
Recordaba haber
visto que la gente que sufría de esos raros estados que ahora no podía recordar cómo se llamaban –"cata….
cata…. ¡catapulta!... No, no era catapulta… ¿Pero cómo era?"–, bueno, recordaba que a
veces, inmóviles como estaban en su féretro, antes que los enterraran daban a entender que
seguían vivos… llorando. Así vio una vez en
un documental por televisión.
Decidió llorar
entonces. Pero no podía. Primero, no le salían lágrimas. Y, además, no tenía ningún motivo que lo hiciera sentirse
con ganas de llorar. Lo que le estaba sucediendo más bien le producía terror.
Pero no tristeza.
Intentó
serenarse y pensar en cosas tristes de su vida, a ver si de esa manera
lograba llorar. Pensó en la muerte de sus
padres. Esos habían sido momentos feos; recordaba que en ambos casos había llorado. No mucho,
pero sí lo suficiente para que nadie dijera
que no quería a sus progenitores. Con su madre lloró un poco más; la
quería mucho, sin dudas. Pero ahora, al
evocar aquel momento, no le venían las lágrimas. Pensó en otras circunstancias tristes ... .pero nada: las
lágrimas no venían.
Cuando comenzó
a escuchar las palabras del cura diciendo el responso, se desesperó. "¡¿Pero cómo nadie se da cuenta de que no
estoy muerto?!... ¿O así es estar muerto?" Julián no sabía cuál de las dos
cosas lo trastornaba más. Pensó que sería terrible pasar toda su vida así, en un cajón… bueno, hasta le
resultaba cómico descubrirse pensando eso. Si
era un difunto, lo que le tocaba de ahora en más no era "seguir
pasando la vida". Era ¡hacer de
muerto!
Pero nunca se
imaginó que los muertos pensaban, sentían, podían tener todas las sensaciones
que él ahora experimentaba.
"La vida
será una porquería… pero es más lindo que estar muerto", se dijo con
aflicción. "¿Qué hacer entonces? ¿Resignarse?"
La tapa fue
colocada entre el llanto de los más allegados. Al menos antes Julián podía ver y escuchar a la gente; ahora no. Eso le
llamó poderosamente la atención: si tenía los
ojos cerrados, ¿cómo era posible que viera a los asistentes a su
velorio? Porque de ello no le quedaban
dudas: ¡estaba viendo a las personas! Ahí estaba su hijita Viviana, de ocho años, con el vestido azul que le habían
comprado hacía no más de un mes. Y su
hijo Omar, con muchos granitos en la cara –cosa que al jovencito lo
tenía sumamente preocupado y sobre lo
cual Julián le hablaba siempre diciéndole que eso ya le iba a pasar, que no era
nada grave–. Ahí lo podía ver perfectamente, no era una alucinación. Cada vez entendía menos la situación.
Ahora, cerrado
ya el féretro, no podía ver nada; e incluso escuchaba con mucha dificultad. Lo
incomodaron los barquinazos cuando el ataúd era trasladado. "¡Esto no es
vida!", se permitió bromear. Tuvo, por otro lado, la sensación de que
sonreía por la humorada. Pero no podía compartir el chiste con nadie, lo cual
lo afligió. "¿Le crecería la barba
ahora?", siguió cavilando. Algo inexplicable lo forzaba a reírse de
la situación. No podía ser cierto todo eso que estaba atravesando. "¿Cómo
voy a estar muerto si estoy pensando estas cosas? Los muertos no piensan,
¿verdad? No, no…no estoy muerto. Esto es
todo un chiste que me están haciendo".
Las paladas de
tierra que iban tapando el cajón lo convencieron de que allí no se trataba
de ningún chiste. Por otro lado, si
fuera un chiste…no entendía cómo podría ser posible. ¿Quién iba a estar haciéndole un chiste de
esa naturaleza?
Muy a lo lejos
escuchó los últimos llantos de sus familiares directos. Escuchó la voz de su hija que lo llamaba desconsoladamente. Y
eso lo paralizó. Nunca en su vida había
sentido tantas ganas de gritar. Ahora lo intentaba con desesperación,
pero la voz no salía. "¡Aquí estoy, Vivianita del alma! Hija mía: no estoy
muerto, no. Hay un error. Diles a todos
que me saquen. ¡No estoy muerto!" Sintió que todos iban retirándose. Le
pareció escuchar, incluso, muy a lo lejos, motores de automóviles que se ponían
en marcha y se alejaban.
"¿Y qué
hacer ahora?"
La sensación
que tuvo fue horrible, espantosa. Si lo que le estaba pasando era un
ataque de esa enfermedad
–"¡catalepsia!", por fin la recordó– ¿cuándo despertaría? Y
cuando despertara, ¿qué haría? ¿Cómo
salir de ahí?
Perdió la
noción del tiempo. No podría decir cuánto pasó encerrado en el cajón, y mucho
menos de qué manera había sucedido, lo cierto es que en algún momento se
encontró en un lugar conocido. No lo podía creer, no era posible. Enseguida
reconoció el sitio: ¡estaba en su
barrio!
No le importó
mucho saber los porqués. Lo primero –¡y único!– que pensó fue en cómo llegar a su casa. No estaba nada lejos, sólo
un par de calles. Encontró todo igual, y sin
pensarlo dos veces, caminó apresuradamente. En realidad, no era caminar;
era una carrera atropellada, aparatosa. Pero algo sentía que estaba mal: sus
pasos no hacían ruido. Se detuvo un
momento en su alocada marcha y miró sus pies. Llevaba puestos los mismos
zapatos que aquel día en que había recibido el balazo fatal.
No entendía
bien qué sucedía. ¿Por qué no hacía ruido? ¿Qué estaba pasando? Luego de un pequeño instante de cavilación, siguió su
loca carrera. A los pocos metros se encontró con un vecino conocido de años,
don Ricardo, que venía caminando. Quiso ver cuál era la reacción de este buen hombre, anciano
ya, a quien había visto en su funeral. Pensó también que el pobre se podría
morir de un paro cardíaco al verlo vivo nuevamente, pero después de todo no era tan fea la
muerte, porque él ya la había conocido, y en
realidad, más allá de la soledad, no se sufría tanto.
Se acercó hasta
el buen hombre y lo saludó efusivamente. "¡Hola, don Ricardo! ¿Se
acuerda de mí todavía?" El
interpelado siguió su marcha cansina sin prestarle la más mínima atención.
"¡Eh, don Ricardo. Soy Julián, su vecino. ¿No se acuerda? ¡El que se murió
de una bala perdida en la cabeza!".
Don Ricardo continuó inmutable. Le pareció verlo más avejentado. ¿Cuánto tiempo habría transcurrido
desde su muerte? El envejecimiento del
vecino lo asustó. "¿Habrán sido varios años?"
Siguió su
marcha. Le quedaba como argumento pensar que don Ricardo, muy avejentado,
estaba ya muy sordo, deteriorado por la edad, con demencia senil quizá, y por
eso no lo reconocía. De todos modos
ahora no continuó corriendo. Iba caminando con tranquilidad observando
atentamente cada detalle del sector. Era una sensación grata. No recordaba
haber caminado por su barrio anteriormente de esa manera, disfrutando cada cosa, cada esquina, cada casa que veía, cada
árbol. El corazón le palpitaba, lo cual lo
hizo sentir vivo, bien vivo. Había llegado frente a la puerta de su
casa. Se detuvo un momento. Había muchos
detalles cambiados. Eso le hizo suponer que había pasado ya un tiempo
considerable desde su entierro. El frente de la casa tenía otro color ahora, y las cortinas de la cocina que
alcanzaba a ver eran nuevas. Así estuvo
por espacio de unos minutos, pensando qué iba a decirle a su familia. ¿Lo reconocerían? ¿Se morirían de miedo al verlo
nuevamente? ¿Cómo reaccionarían? Además de preocupado, estaba contento. Muy
contento, rebosante de alegría. ¡Estaba
volviendo a su casa! ¡Ya no estaba muerto! ¡Ahora sí se iba a terminar
el equívoco! Aunque todos los cambios que
veía le hicieron pensar en un mal presagio. "¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Y si ya no me
recuerdan?"
De pronto vio
salir a su esposa. Bueno… su ex esposa. "¿Cómo tendría que decirle: esposa
o ex esposa?" Poco importaba eso. Lo cierto es que ahí estaba Marta, bonita
como siempre.
Pero su
sorpresa fue mayúscula. Casi muere de la impresión –por decirlo de alguna
manera– cuando vio que ella estaba embarazada. "¿Será mío?"
Inmediatamente recordó
que antes de
recibir el balazo en la cabeza aquella tarde, Marta nunca le había hablado de un nuevo embarazo. O podría ser que no se
lo había querido contar aún y le iba a dar
una sorpresa…. Claro, eso tenía que ser. ¡Una sorpresa! Le iba a dar una
sorpresa y la muerte lo sorprendió
antes… Eso era. "¿O sería de otro?..."
Julián se quedó
sin palabras. Vio cómo ella salía lentamente de la casa, algo más avejentada, y
caminaba con la misma parsimonia de siempre. La miró alejarse. Quería
decirle algo pero no podía. Además, ella
había pasado a no más de dos metros de donde él estaba parado y no le había dirigido
la palabra. ¿Sería posible que no lo hubiera visto? ¡No, no, eso es imposible! "¿No me habrá
querido saludar? Pero… ¿por qué?" Cuando Marta se alejaba, Julián la
llamó. Sintió que pronunciaba su nombre claramente, pero no escuchó su propia voz. ¿Cómo era
posible eso? Insistió. Gritó. Gritó con todas
sus fuerzas. Pero nada… No se escuchaban sus gritos. Justo en ese
momento pasaba por la acera una vecina
de años: doña Leonor (también recordaba que había estado en su funeral). En forma precipitada, aún sabiendo
que la pobre mujer podría no entender nada, sorprenderse de verlo de nuevo ahí
parado frente a la puerta de su casa, aún a riesgo de todo eso decidió hacerla participar en la
escena. Acaloradamente, casi gritando, se
dirigió a la mujer: "¡¡Doña Leonor, no se asuste: soy yo, Julián!!
Ya le voy a explicar cómo es posible
todo esto, pero ahora, por favor, por diosito lindo, ¡¡llámela a Marta!! Por favor, doña Leonor: dígale que
volví".
Pero doña
Leonor siguió caminando ajena a todo.
"¡Doña
Leonor! ¿No me escucha? ¿No me ve, doña Leonor? Soy yo, ¡Julián!" La mujer
siguió su camino imperturbable y dobló la esquina.
A Julián lo
ganó la desazón, la desesperanza. No entendía lo que estaba sucediendo. "Pero, ¿estoy muerto o no? ¿Esto es
estar muerto? O sea que uno puede hablar, pensar, sentir, ver y escuchar a los
demás… pero nadie puede verlo ni escucharlo a uno.
¡Qué cosa tan
rara esto de estar muerto! Yo pensaba que era distinto: que uno se quedaba
dormido para siempre, ya no sentía nada…"
Estaba
atormentado con todas sus cavilaciones. En realidad no sabía bien qué hacer,
si valía la pena seguir insistiendo con
los vivos, llamarlos, intentar presentarse ante ellos. Empezaba ya a resignarse a que su actual
existencia era eso: un estar sin estar, cuando
de pronto le pareció ver venir a su hija Viviana. Estaba irreconocible:
era ya una muchachita y no la niña que él había dejado cuando murió.
"¡Cómo nos cambia la vida!...
Bueno, pero más aún la muerte, ¿no?", reflexionaba con amargura.
Viviana no
venía sola; iba con su tío, el hermano menor de Julián. A una prudente
distancia él los observaba. No se decidía aún a presentarse ante ellos a ver
qué pasaba esta vez, cuando por la misma
acera, pero en sentido contrario, venía caminando Marta. Seguramente había ido
de compras. Traía un par de bolsas repletas con productos del mercado, ante lo
cual el hermano menor de Julián, Luis –"Luisito, para todos… ¡Cuántos recuerdos!..."– solícito salió hacia
ella. Se saludaron con un beso en la boca, beso que no podía ser de cuñados.
Julián quedó
estupefacto. No lo podía procesar. "¿Eran pareja entonces? Pero, ¿ese
embarazo?... ¿Será de Luisito?" Por varios minutos quedó atontado. En ese
instante, tanto Marta como Luis y Viviana
entraron en la casa. Julián quedó en la puerta, parado, trastabillando por la
emoción de lo visto.
Un momento
después vio llegar a su hijo, Omar, todo un muchachón ya. Venía en bicicleta.
La incipiente barba se le dibujaba en el rostro serio, ya sin granitos. Sin
pensarlo dos veces Julián corrió hacia
él y lo tomó de un brazo mientras le gritaba desesperadamente: "¡Hijo,
hijito mío! ¡Soy yo: tu padre! ¿No me escuchas?" Omar sintió algo en
el brazo, y con un rápido movimiento de
su mano izquierda pareció espantar algún insecto.
Eso fue todo.
No contestó a los gritos de su padre. No vio nada, no sintió más nada en
el brazo. Tomó la bicicleta y entró en
la casa.
Desconsolado,
Julián ni siquiera quiso llamar a la puerta. ¿Para qué? Así permaneció un buen rato. Lo desesperaba, además de todo lo
que acababa de ver, pensar en su futuro.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Dónde dirigirse? No existía, nadie lo
reconocía… ¿Volver al cajón? Pero…
¿cómo? Ni siquiera sabía cómo había salido de ahí, cómo había llegado hasta su viejo barrio.
Con una congoja
que lo hacía sentir que se moría –bueno, es una forma de decir–, sin saber por qué, optó por tocar el timbre de la
que había sido su casa. Un instante después
salió a la puerta su hermano Luis. Julián no cabía en sí de la alegría.
Corrió hacia él, lo abrazó, quiso
besarlo, todo envuelto en expresiones de alegría. "¡Luisito, Luisito
querido! ¡Al final me escuchan! Hace una hora que estoy llamándolos,
gritándoles, y nadie me contesta.
¡Volví, Luis! ¡Volví!" Pero Luis lo único que dijo, contestando a
Marta que desde dentro de la casa le
pregunta quién tocaba, fue, no sin cierto desagrado: "nadie".
Julián no salía
de su asombro. Pero… si habían escuchado el timbre, ¿cómo era posible? Insistió. Ahora tocó con más vehemencia,
varias veces seguidas. Luis salió con cara de
pocos amigos, miró hacia todos lados, y no viendo a nadie, malhumorado
cerró dando un portazo.
"¿No
existo entonces? ¿Y el timbre?... ¿Cómo es posible?"
Nadie sabe con
exactitud cómo fue tejiéndose el mito popular. Hoy, incluso, hay varios estudios antropológicos sobre el asunto. La
habladuría repite siempre lo mismo: que a
cualquier hora, cualquier día de la semana, también por las noches,
tocan desaforadamente el timbre de cualquier casa, y nunca hay nadie cuando los
moradores salen a contestar. Hubo quienes se tomaron la molestia de dejar
cámaras de video filmando por un buen
tiempo, y hasta desde la universidad vinieron a hacer esa investigación. Pero
quedó claro que no son travesuras infantiles. De hecho, a todos los niños del
vecindario se les tiene terminantemente prohibido tocar los timbres. Cuenta la historia que Viviana, la solterona loca del barrio, una vez tuvo una sorpresa
tan grande cuando abrió la puerta a la que
habían llamado que prácticamente nunca más quiso salir de su casa, y ahí
envejeció, solitaria, casi sin volver a
hablar nunca más con nadie. Y si escucha tocar el timbre, entra en pánico.
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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Corrección literaria: Isa Santoro
Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.






Muy buen cuento, con un tema que nos interpela a todos, está bien escrito, con una prosa llana, clara, transparente sin firuletes innecesarios. Me gustó el cierre final. El detalle del timbre. Es un buen final. Felicitaciones. Sebastián Ocampo.
ResponderBorrarMuchas gracias. Me gustó eso de "una prosa llana, clara, transparente sin firuletes innecesarios". Muchas gracias por el piropo. Un abrazo.
BorrarMarcelo, tu cuento me pareció excelente. Particularmente siento que deja una sensación de tristeza y extrañeza. Julián, atrapado entre la vida y la muerte, descubre que lo más doloroso no es morir, sino seguir existiendo sin que nadie pueda verlo ni escucharlo. Con humor y algo de absurdo, el cuento nos muestra que quizás, el mayor miedo no sea la muerte, sino convertirnos en un eco invisible para quienes amamos.
ResponderBorrar¡Felicitaciones! ¡Me encantó! Un abrazo.
Muchas gracias a vos Isa. Sucede que muchos son eso, muertos en vida. Terrible ¿no?
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