Llamada “cronista de los freaks” redefinió las fronteras de lo que se
puede fotografiar y desafió los conceptos de belleza y anormalidad.
Que la fotografía
tiene un fuerte impacto en el aspecto emocional sobre todos,
fotógrafos y no fotógrafos, aficionados y profesionales, no cabe duda alguna. En
fotografía, como en otras disciplinas artísticas, se suele decir que hay
que sentir lo que cada uno ve para plasmarlo de manera que llegue al
observador. Es esta una de las razones por las que nuestro mundo
puede experimentar cambios y generar vaivenes en la vida de las personas, tanto en las que se dedican a este arte como en las que observan. Un ejemplo es Diane
Arbus. Nacida en Nueva York en 1923 se suicida en 1971; es quien nos
ha mostrado como la vida personal de un artista puede provocar un
vuelco que modifica todo, su vida, sus obras y
su visión o modo de ver, sus fotografías no son
sencillas, muchas están muy lejos del ideal de belleza defendido por
modernistas como Edward Weston. En realidad las fotos de Diane generaron
un choque porque “… expresaban incredulidad, curiosidad, escándalo,
devoción, jamás indiferencia.”
Diane Arbus utilizaba
la fotografía como medio para obtener ciertas experiencias, experimentación que sólo podía satisfacer a través de la toma de imágenes. Una
actitud que hizo de su obra un documento para el estudio de una época,
alimentado por su fuerte presencia en las instantáneas; es donde el observador
puede percibir su ser proyectado. Ella aportó a la historia de la fotografía
una manera de acercarse a lo documental desde una perspectiva muy
visceral, muy sincera, y casi podría decirse que en
algunas ocasiones se involucró demasiado.
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