Atrapados por la Imagen
Presenta...
"Silencio"
Relato inédito para Atrapados por la Imagen
Del escritor:
SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO
"Artista de Atrapados por la Imagen"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
Todo comenzó con cosas pequeñas. Yo
le decía a Cecilia algo así como: ¿Me alcanzás la mayonesa? o ¿Preparás los
mates? Y ella nada. Seguía con sus cosas como si nada. Si estaba comiendo
seguía comiendo, si estaba barriendo seguía barriendo. Yo volvía a repetir: ¿me
alcanzás la mayonesa? y entonces sí, me miraba con una expresión de sorpresa, y
me pasaba la mayonesa. Fue cerca de la época en que llegó a mi casa una canasta
con un rompecabezas. Tocaron el timbre, miré por el postillo y había una
canasta frente a la puerta. Salí, la observé con desconfianza, después me di
cuenta de que adentro tenía la caja de un rompecabezas. Había que armar la
imagen de una galaxia. Hice espacio en mi escritorio y desparramé las fichas.
Quise contarle a Cecilia del
rompecabezas pero no me escuchó. Se lo dije una noche mientras cenábamos y
nada. Otra noche antes de dormir mientras estábamos acostados y nada. Se lo
repetí un par de veces, pero parecía no escuchar mis palabras. Después me pasó
con el verdulero de la esquina. Le pedí zapallitos y el tipo pasó de largo.
Tuve que agarrar los zapallitos del cajón, ponerlos en mi bolso y mostrárselos.
Ahí fue que me cobró. Cuando saludé al colectivero tampoco me escuchó. Para tratar
de calmarme me puse a armar el rompecabezas. Quinientas piezas había. La parte
del centro de la galaxia me pareció accesible. No renegué mucho. Se lo quise
contar a Cecilia. A la noche, los dos boca arriba en la cama, le conté lo del
rompecabezas. No me contestó nada. Volví a contarle. Ella siguió en silencio.
La sacudí.
-
¿Por qué no me escuchás? – le pregunté.
-
Dejame dormir – dijo. Se dio vuelta, se
tapó hasta los hombros y empezó a
roncar.
Esa noche di vueltas en la cama. No me podía dormir. Me levanté, me hice un té
de tilo y me puse a armar el rompecabezas. Al otro día, cuando entré en la
oficina y saludé:
-
¡Buenos días!
Nadie
contestó. Agaché la cabeza y me encerré a trabajar. Llamé a mi hermano.
Le
dije que algo raro me estaba pasando. No me escuchó. Volví a insistir, a tratar
de explicarle lo que me estaba pasando. Me dijo: te dejo me voy a trabajar, y
me cortó.
Me empeñé en armar el rompecabezas.
La parte del contorno era complicada. Todas las piezas oscuras. Me desesperé.
Estuve hasta tarde en la noche. Descubrí que Cecilia había empezado a dormir
sentada en el inodoro. Me hice más té de tilo. Golpeé la puerta del baño.
-
Cecilia… ¿Por qué dormís en el baño?
¿Qué está pasando? – le pregunté.
No
me contestó. Escuché los ronquidos. Al otro día me encontré con mi mejor
amigo.
Le quise contar que nadie me escuchaba, que no sabía qué estaba sucediendo, que
Cecilia había empezado a dormir sentada en el inodoro. Mis palabras se perdían
inconsistentes en el aire. Mi amigo no me escuchó. Me contó que se iba a tomar
unos días en el trabajo, que se iba de viaje.
Fui hasta la iglesia. En el
confesionario intenté decirle al cura lo que me estaba pasando.
-
Rezá diez padres nuestros y cinco avemarías – me contestó, no hizo ningún
comentario
sobre mi situación.
Empecé a buscar la forma de decir
las cosas más elegantemente, pensé que había algo en mi elocuencia que impedía
que me escucharan, pero nada. Intenté usar frases más cortas, contar sin
rodeos, cambiar el tono de voz. Nada. Nadie me escuchaba. Me concentré en la
resolución del rompecabezas. Logré avanzar en el armado. Cecilia seguía
durmiendo en el baño. Quise contarle de nuevo a algún amigo. Quise contarle lo que
me pasaba, lo de Cecilia, lo del rompecabezas. Hablaba, les hablaba, le contaba
a la gente lo que me pasaba y nada, mis palabras atravesaban el mundo sin decir
nada. Empecé a gritar. Nadie parecía darse cuenta. Fui a un psicólogo, él me
escucharía, era su deber, pero tampoco lo hizo. Me di cuenta porque miraba todo
el tiempo el reloj para ver cuando terminaba la sesión.
Hablar y que nadie te escuche.
Una noche subí a la terraza y grité,
grité con todos mis músculos, con todos mis pulmones, con toda mi fuerza. Grité
hasta quedar cansado. Después me tiré boca arriba. Las estrellas salpicadas
allá arriba como al capricho de algún Dios. Estaba agitado. De pronto pegué un
último grito, con la boca inmensa, hasta desgarrarme, escuché el estallido de
algunos vidrios. Tal vez el espejo del baño, eso despertaría a Cecilia.
Finalmente hubo silencio, mucho silencio, sordo silencio.
Editora Literaria: Isabel Santoro
Ilustración: Imagen libre de la Web
Colaboraciones de: Marta Puey - Emilio Bertero
Mayo 2026

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.







Tu cuento Sebastián me llegó profundamente. La forma, la brevedad, los recursos lograron acceder a la vivencia, la experiencia de una clase de soledad terrible: aquella que muestra que se han roto los vínculos para ser con otros, aquella que nos hace sentir desamparados en medio de un infinito universo en el que no podemos conocer ni armar su rompecabezas, ni sabemos que ficha somos dentro del mismo.
ResponderBorrarRaquel kreichman
Gracias, Raquel. Seba
ResponderBorrarEl relato logra trasuntar la honda angustia de sentirse invisible, ignorado, consigue que la sensacion vaya creciendo conforme avanza el texto, al punto que a uno lector esa angustia se le va contagiando. Clave en este tipo de cuentos: buen comienzo y buen final. Excelente trabajo
ResponderBorrarPrimero; por qué no lo escuchan, después el recurso más conocido, está muerto y no lo sabe. Más tarde el comentario de Raquel ( otra forma de mirarlo) , un poco más tarde si no te escuchan y no te ven aún respirando es otra forma de estar muerto , Pregunta necesitamos al otro para sentirnos vivos? . Mirá hasta dóndee llevaste con tu cuento Sebastián, creo que eso lo dice todo
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