Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!

martes, 22 de septiembre de 2026

" Pompas en el cielo " R. Jorge Ruiz Diaz -

 



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Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Editorial Atrapados por la Imagen, presenta: "Historias Mínimas" - Entrevistas de Marta Puey -

 

SEPTIEMBRE 2026




Historias Mínimas y la Editorial Atrapados por la Imagen se encuentran en este espacio para compartir algo que nos une: el deseo de crear y de contar.




Hoy tenemos el orgullo de presentar a:Silvana Caruso

Artista Visual, body Painter, caracterizadora, maquilladora, productora y realizadora artística.

Creadora en Argentina de Instalaciones Vivas/Realismo Pictórico ®


Silvana Caruso y el Realismo Pictórico.

Este enunciado plantea un interrogante que ella se encargará de develar. En este encuentro, como anticipo, me atrevo a decir que Silvana Caruso a diferencia de quien plasma imágenes en un lienzo de manera irreversible, ella se atreve a la instantaneidad de lo efímero, su infinita inspiración se lo permite.

Marta Puey


Los invitamos a escuchar una nueva "Historia Mínima"  de la Editorial Atrapados por la Imagen.


Para ver y escuchar a Silvana Caruso, hacé clic  acá👇



Historias Mínimas

 Idea y creación: Marta Puey

Trabajo de Montaje - Audiovisual: Laura Jakulis

Correctora literaria: Isa Santoro

Septiembre 2026
Buenos Aires - Argentina

Atrapados por la Imagen


Canal de Atrapados por la Imagen en YouTube

https://www.youtube.com/channel/UCL21gKBIy829bC5pNKNV4kg

Link directo al Reportaje👇




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lunes, 21 de septiembre de 2026

" Con este frío, las flores nos escondemos " .- Silvia Lanza

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" Mansedumbre " - R. Jorge Ruiz Diaz

 


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21 de Septiembre día de las y los Fotográfos -

¡Feliz día a esta maravillosa comunidad fotográfica!


Ser fotógrafo o fotógrafa es, en esencia, aprender a detener el tiempo. Es habitar el instante con los ojos bien abiertos para rescatar lo efímero, convertir la luz en emoción y regalarle a la memoria un refugio eterno. Es el arte de mirar más allá de lo evidente, de encontrar poesía en lo cotidiano y de narrar historias sin necesidad de palabras. Detrás de cada lente hay un latido, una pausa en el ruido del mundo y un compromiso sincero con la belleza, la verdad y la sensibilidad humana. ¡Feliz día a quienes elegimos, pintar la vida con luz! 


Editorial Atrapados por la Imagen.

Directora: Laura Jakulis

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Pequeño Julián (Mamá me mima)" - Del escritor Emilio Bertero - Buenos Aires - Argentina

  

Editorial Atrapados por la Imagen


Presenta: 

"PEQUEÑO JULIÁN"

(Mamá me mima)


Del escritor: 

EMILIO BERTERO


"Artista de Atrapados por la Imagen"


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es ese rincón donde siempre hay lugar para una historia nueva, una foto, un poema o una idea que pide ser compartida. Un espacio hecho entre todos, donde crear, descubrir y encontrarnos es parte de la aventura.


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Cuentos y Relatos


"Pequeño julián (Mamá me mima)"
EMILIO BERTERO

 

               Pequeño Julián elige tres papas fritas grandes y se las embucha juntas, incluso cuando aún no ha terminado de tragar el puñado de maníes y palitos que se había metido a la boca un momento antes. Solamente él permanece sentado a la mesa, el resto de los chicos la han abandonado y están bailando. La mamá de Ana, la dueña de casa que ha permitido a su hija celebrar allí el egreso de la escuela primaria, mira con expresión divertida los contoneos incipientemente sensuales de los bailarines. Con un largo trago de gaseosa, Pequeño Julián empuja el bollo de papas, maníes y palitos, eructa y comienza a engullir un sandwich de miga. Consulta la hora, se pone de pie y se marcha tratando de que nadie lo advierta.

Regresa a su casa caminando despacio, encorvado y mirándose las zapatillas. Con el dorso de los dedos, sacude de vez en cuando una mancha de mostaza que se ha hecho en su camisa nueva. Camina en zig-zag, desde los frentes de las casas hasta los bordes de las veredas, lleva un paso de tortuga pese a que ya han transcurrido quince minutos desde la hora que su madre impuso para el regreso. Ya distingue el frente de su casa y camina más lento todavía, evita pisar las juntas entre las baldosas y encara con el pie izquierdo cada cambio de vereda.

Más que la mancha de mostaza y llegar tarde, a Pequeño Julián le abruma tener que confesarle a su mamá que le han regresado los malos pensamientos, esos de los que ella ya le había hablado, los que debía espantar si no quería ser castigado por el cielo. Su mamá le había advertido que algunos chicos no los ahuyentaban y Dios hacía que les fuera mal en el colegio, que se enfermaran y hasta que se les muriera la mamá. Él había vuelto a tener malos pensamientos y estaba seguro de no haber hecho lo suficiente por alejarlos. Mientras sus compañeros bailaban, él se había quedado comiendo mientras miraba a la madre de Ana, ella tenía puesta una blusa blanca liviana y una pollera corta de color rosa, nunca había visto a una mamá vestida así y quizás por eso se había quedado contemplándola, viéndole las piernas por encima de las rodillas, imaginando estar viendo más arriba, debajo de la pollera, y mirando también los dos bultos que sobresalían desde su pecho, las tetas, como no se animaba a nombrarlas porque eran palabras prohibidas, como concha, culo y otras así que había buscado en el diccionario para verlas escritas, las tetas, como las que había visto unos días atrás, escondido en el baño de la escuela con los otros chicos del grado, en una revista con fotografías de mujeres desnudas.

 

Él le había contado de la revista a su mamá porque sabía que estaba mal, que si no lo confesaba Dios lo castigaría, su mamá siempre le decía que tenía que contarle si hacía alguna cosa que no debía. Pequeño Julián veía que sus compañeros de la escuela se tiraban con tizas, les levantaban las polleras a las chicas, se burlaban de la maestra de música, pegaban chicles en los asientos, falsificaban las firmas de los padres en los comunicados por mala conducta y hasta se hacían la rabona, y siempre pensaba cómo no les daba miedo ser castigados por Dios, cómo soportaban volver a su casa y sentarse a la mesa sin confesar estos pecados a sus padres. Antes que pasar por eso, él prefería no hacer ninguna de esas cosas, aunque los demás se le rieran y le dijesen que era una marica.

Cuando le contó a su mamá de la revista, por primera vez ella le habló de los malos pensamientos y, para espantarlos, lo hizo arrodillar a su lado a rezarle a un sagrado corazón entronizado en la sala. No obstante, Pequeño Julián se había dormido acordándose de las fotos y se despertó mojado después de un sueño en el que una de las mujeres de la revista, la de las tetas más grandes, se las acercaba para que él chupase de unos pezones empinados en medio de enormes aureolas moradas. Asustado, fue hasta el dormitorio de su mamá y la despertó para decírselo, le dijo que se había hecho pis, pero no un pis como siempre sino un juguito blanco y espeso. Su mamá se había enojado muchísimo y Pequeño Julián no pudo contener el llanto cuando ella dijo que le había ocurrido por culpa de no espantar a los malos pensamientos. Al rato, ambos se calmaron y ella le pidió que le contara su sueño para liberarse de las incitaciones del diablo. Después lo abrazó y lo besó, le dijo pobre mi varoncito, lo condujo hasta el baño y ayudó a higienizarse. A Pequeño Julián le gustó recibir sus caricias envueltas por la tibieza del agua y la suavidad del jabón. Pero de pronto ella había parecido volver a disgustarse porque lo apartó de golpe, le puso un calzoncillo limpio y lo mandó a la cama de mala manera, diciéndole que tuviera mucho cuidado con los malos pensamientos, que una vez vaya y pase porque Dios era bueno y perdonaba, pero que uno no podía hacer como esos perritos a los que baña y ellos van enseguida a revolcarse en el barro, que Dios era capaz de enojarse mucho y castigarlo sin lástima, que le tuviera mucho miedo al enojo de Dios.

Pequeño Julián había regresado a su cama pero no pudo dormirse, escuchó a su mamá ir y venir hasta que se hizo de día, quedarse después un largo rato bajo la ducha, vestirse y prepararse unos mates. Se hizo el dormido cuando oyó llegar a la vieja de la parroquia, una que venía a cuidarlo cuando la mamá se iba a trabajar. Antes de partir, su madre entró a la habitación y se despidió besándole los párpados y acariciándole los labios con la yema de los dedos.

 

La mamá de Pequeño Julián había salido agitada rumbo a su empleo, una gran firma agropecuaria en la que se desempeñaba como telexista y mecanógrafa. Era algo tarde, aunque no demasiado pues el trabajo le quedaba cerca.

En la parada del colectivo, una situada junto a un quiosco de diarios, dos personas estaban esperando al transporte, una mujer muy entrada en carnes maquillada con exageración y un muchacho de unos veinte años, vestido con una camisa de algodón azul y un pantalón de hilo muy ajustado. La madre de Pequeño Julián había desviado la vista de la cola del colectivo y, apretando el crucifico que pendía de su cuello, se había puesto a recorrer con la mirada las tapas de las revistas colgadas en el ala más cercana del quiosco. La llegada del ómnibus la sorprendió sobre la tapa del semanario Apolo, una publicación de fisicoculturistas, en la que un levantador de pesas en slip sonreía mostrando su excesiva musculatura. El joven veinteañero, que le había cedido el turno para ascender, se sentó a su lado, en el único asiento que había quedado libre. Ella se apretó contra la ventanilla y se persignó tres veces seguidas al pasar frente a la iglesia de Santa Adela. Cuando le tocó descender, el muchacho se hizo a un lado para darle paso, aunque sin ponerse de pie. Al atravesar por el breve espacio, la mamá de Pequeño Julián no pudo evitar rozarse contra el chico.

Llegada a su puesto de trabajo, había hundido su atención en el tiquitlá-tiquitlá de su Olivetti. Esa jornada cometió muchos errores y unas cuantas hojas fueron a parar al cesto de papeles. Varias veces abandonó su puesto para ir al toilette, otras tantas para prepararse té en la kitchinette de la oficina. Más que otros días, resultó blanco de las bromas de sus compañeras del pull de dactilógrafas, quienes conocedoras de cuánto le fastidiaba, se divirtieron desplegando un vasto arsenal de vulgaridades soeces.

Al caer la tarde, la mamá de Pequeño Julián había regresado mordiéndose los labios y conteniendo las lágrimas. Su inmediato superior le había dicho algo así como que “si todas las chicas se llevan bien la que no cuadra debe ser usted”, cuando ella se presentó en su despacho, a quejarse por las bromas y las palabrotas. Indagada por su jefe acerca de cuáles eran esas palabrotas, la mamá de Pequeño Julián solo había atinado a responder que no se atrevía a repetirlas, a lo que él había replicado: “Vaya m´ija, búsquese un novio”.

Al llegar a la casa, había encontrado a la vieja de la parroquia mirando con Pequeño Julián “El amor tiene cara de mujer”. Se había enojado con la vieja y con el chico, porque bien sabían los dos que él tenía prohibido ver teleteatros. Una vez que su hijo abandonó la sala, se había sentado a mirar televisión junto a la vieja. En cierto momento, ésta le manifestó que le gustaba Jorge Barreiro. A mí también había dicho la mamá de Juliancito. Como actor, aclaró.

 

Pequeño Julián se demora porque tiene miedo de llegar a su casa, arrepentido y recriminándose porque, sabiendo que era pecado, siguió mirando a la mamá de Ana, sin poder quitarle los ojos de las tetas sacudiéndoseles por la risa que le provocaban las payasadas de los chicos, imaginándola sin la blusa blanca y sin la pollera, acercándole sus pechos para que él le chupase los pezones como hizo en su sueño la mujer de la revista. Pequeño Julián camina a paso de tortuga, encorvado y mirándose las zapatillas, con el peso en su conciencia de haber vuelto a tener malos pensamientos, con la certeza de que la única forma de aliviarlo es contándoselo a su mamá, pero sabiendo que ella va a enojarse de nuevo cuando escuche que, mirando a la madre de Ana, había sentido entre sus piernas primero un cosquilleo, y después la misma sensación de cuando se había despertado la otra noche mojado con el pis pegajoso.

Ni bien abre la puerta, la mamá lo recibe jurando que por su impuntualidad va a pasar mucho tiempo antes de que vuelva a darle permiso. Cuando le ve la camisa manchada, se la saca mientras vocifera que debe lavarla antes de que se seque la mostaza, que a él no le importa cuidar la ropa que tanto esfuerzo le cuesta comprarle. Interrumpe la tarea con la camisa cuando escucha a su hijo decirle que de nuevo ha tenido malos pensamientos, contarle lo de la mamá de Ana, la blusa blanca y la pollera rosa. Pequeño Julián se alivia porque su madre no lo reta, sino que le dice que seguramente la mamá de Ana debía ser una mujer de mala vida y le pregunta si esta vez también se mojó. Cuando su hijo le responde que no, regresa a la faena con la camisa, diciendo que ni bien termine de lavar van a ponerse a rezar, para pedirle a Dios que lo libre de las tentaciones y lo transforme en una buena persona, a salvo del infierno y de los castigos que sufren los que tienen malos pensamientos, esos chicos pecadores a los que les va mal en la escuela, se enferman o se les muere la mamá. Y la madre de Pequeño Julián, mientras estruja la camisa bajo el chorro de agua caliente, acaba por escupir que ojalá Dios lo libre de la mala hierba que parece haber heredado del padre, un mal hombre enfrentado con Jesucristo y lleno de malos pensamientos, por culpa del que ella tiene que llevar una vida de porquería.

Pequeño Julián recuerda entonces cuando cinco años atrás, ni bien se habían mudado al barrio, él le había preguntado por su papá y ella había respondido de mala manera que estaba peor que muerto y que jamás volviera a preguntarle por él, de modo que entonces Pequeño Julián se había quedado callado, guardándose de contarle que en la puerta del aula, ese primer día de clase en la que él era el nuevo del grado, oyó que una mamá le decía a otra algo así como “se llama Julián y me dijeron en la verdulería que es un bastardito”.

 

Durante todo el primer mes de vacaciones, Pequeño Julián permanece sin salir de su casa. Le había parecido justo lo propuesto por su mamá, de ofrendarle al sagrado corazón una penitencia para que le fueran perdonados sus malos pensamientos. El sacrificio le aliviaba el miedo a los castigos que pudiera recibir, había sido testigo de cuánto se sufría porque la única salida durante su expiación, fue para ir al velorio de la madre de Manuel, el que había llevado a la escuela la revista con las fotos de mujeres desnudas.

Todas las tardes aguarda el regreso de su mamá del trabajo con un cirio encendido frente al sagrado corazón, y juntos le rezan pidiéndole ayuda para que Pequeño Julián consiga mantener apartados los malos pensamientos. Cada vez que lo asaltan, él se pone a pensar en otras cosas, que es el árbitro de un partido entre Boca y River, que es el capitán de un ejército de la legión extranjera y cosas por el estilo.

El mayor temor lo vive por las noches, los malos pensamientos invaden sus sueños y debe estar alerta para despertar antes de mojarse, abandonar la cama de prisa y, tal como le ha indicado su mamá, hacer flexiones, empaparse con agua helada e ir a relatarle su sueño para librarse de las trampas del diablo. Tras estos episodios, desde su dormitorio Pequeño Julián escucha a su madre caminar un rato por la casa, ir al baño y recién después acostarse nuevamente. Se siente tan triste de que su mamá se apene tanto, que no puede volver a dormir enseguida.

Una de esas noches, un mal sueño se le presenta casi inmediatamente después de haberse acostado, consigue despertar a tiempo y cumplir con los ejercicios, la mojadura con agua fría y la narración del sueño a su mamá. Liberado de su peso, Juliancito retorna a la cama y se duerme enseguida. Sin embargo, al poco rato el mal sueño vuelve a presentarse. Se levanta con tanta premura que obvia la gimnasia, va hacia el baño casi a la carrera y abre de golpe la puerta sin advertir que su madre se encuentra dentro.

Ella acaba de tomar una ducha caliente y aún permanece desnuda frente al espejo, envuelta en la bruma del vapor, la cabellera suelta y húmeda, una pierna apoyada sobre una silla y una de sus manos hundida en el frondoso bosque de su entrepierna. Estremecida, la madre de Pequeño Julián ni siquiera atina a cubrirse y el chico, habituado a su mamá con el cabello recogido y vestida con ropas oscuras y sueltas, la ve ahora como a las mujeres de las fotos de la revista, la ve como había imaginado la desnudez de la mamá de Ana, su mirada recorre un vientre firme, unas nalgas carnosas y unos pechos opulentos subiendo y bajando al ritmo de una respiración agitada.

La madre permite por un momento el solaz del hijo con su desnudez. Luego se cubre con una toalla y lo rodea con sus brazos, haciendo que se apriete contra su cuerpo tibio y palpitante. Lo suelta, acaricia su espalda, mece sus cabellos con ternura, y con suavidad lo empuja hacia el lavatorio.

Tras recoger unas prendas esparcidas por el suelo, sale del baño, entorna la puerta y se aleja lento musitando una oración.

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©EMILIO BERTERO

Buenos Aires  - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro


Septiembre 2026

Gracias por acompañarnos en este recorrido de palabras e imágenes. Tu lectura y valoración ayudan a que estas historias sigan encontrando nuevos lectores.

Afectuosamente...

Editorial Atrapados por la Imagen.
Directora: Laura Jakulis

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Vela latina - Roberto Jorge Escudero


 

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Feliz Día de la Primavera - Feliz Día del Fotógrafo - Ricky Kimmich -

 


Feliz Día de la Primavera 
Feliz Día del Fotógrafo

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domingo, 20 de septiembre de 2026

" Nave Central Iglesia San Juan Bautista " ( Montevideo ) .- Silvia Lanza

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" Follaje de nubes " - R. Jorge Ruiz Diaz

 

 " Follaje de nubes " 

Lugar : La Chacra, Carhué.



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Zona del Puerto de Buenos Aires - CABA - Claudia Molina

 - Silencios que se posan sobre el agua - 



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Despedida a Mónica Dubois -

 

A nuestros amigos de Atrapados por la Imagen:

Fotografía Mónica Dubois

Hoy nos toca compartir una noticia que nos llena de tristeza: la partida de nuestra querida amiga Mónica Dubois.

Mónica fue una presencia muy especial entre nosotros, de esas personas que dejan una huella que el tiempo no consigue borrar. Hoy sentimos profundamente su ausencia y queremos acompañar a su familia y seres queridos con todo nuestro cariño, respeto y amor

Nos quedará su recuerdo, su presencia en tantos momentos compartidos y ese lugar especial que supo ganarse en nuestros corazones.


Descansa en paz, querida Mónica.

Te vamos a recordar siempre con muchísimo cariño.

Con todo nuestro amor,


Editorial Atrapados por la Imagen

Isa Santoro – Laura Jakulis

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY SAN FRANCISCO DE ALFARCITO, JUJUY

 SAN FRANCISCO DE ALFARCITO, UN RINCÓN JUJEÑO CON MÍSTICA PROPIA

  



En la inmensidad de la Puna jujeña existen pequeños pueblos que parecen guardar sus historias en silencio, entre montañas, caminos y paisajes que conservan una belleza casi intacta. Son lugares donde el tiempo parece transcurrir de otra manera y donde la sencillez de sus habitantes se convierte también en parte de su encanto. Entre ellos se encuentra una verdadera perla del norte argentino: San Francisco de Alfarcito.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, te invito a conocer un poco más de este singular rincón de Jujuy, un pequeño pueblo ubicado a unos 170 kilómetros de la capital provincial, que sorprende no solo por la calidez de su gente y el paisaje que lo rodea, sino también por una particularidad que lo hace diferente: solo puede recibir hasta 22 visitantes a la vez.


UN POCO DE HISTORIA

San Francisco de Alfarcito es una pequeña comunidad de la Puna jujeña que ha sabido conservar, a través del tiempo, buena parte de las costumbres y formas de vida heredadas de sus antepasados kollas. Su nombre está ligado al cultivo de alfalfa, una actividad que históricamente formó parte de la vida de sus habitantes y que todavía permanece presente en las tareas del campo.



Ubicado a unos 3.400 metros sobre el nivel del mar, en el departamento de Cochinoca y a orillas de la laguna Guayatayoc, el pueblo se encuentra entre las cumbres de Alfar y rodeado por el río Cortaderas. Allí, el paisaje parece abrazar las pequeñas construcciones de piedra, adobe y paja, mientras los cerros que rodean la comunidad se recortan contra un cielo diáfano durante buena parte del año.




Son alrededor de 25 las familias que habitan este rincón de la Puna, donde las montañas también forman parte de la memoria colectiva. Fueron sus propios habitantes quienes dieron nombre a algunos de los cerros que rodean el pueblo, como el Maravilloso, el Negro y el Tres Pintores. La aldea, de tonos ocres y formas sencillas, tiene como protagonista visual a la blanca Iglesia de San Francisco de Asís, que sobresale entre las viviendas.




La vida cotidiana transcurre siguiendo los ritmos de la naturaleza y un antiguo calendario agropastoril y cultural. La comunidad se organiza para realizar las tareas del campo y muchas de ellas son rotativas entre las familias. Se cultivan maíz, alfalfa y habas, mientras que la cría de llamas, ovejas y cabras constituye otra de las actividades que sostienen la vida cotidiana.




Con el paso de los años se sumaron nuevas actividades, como la elaboración de artesanías y el turismo. Entre ellas se destacan los tejidos realizados con lana de llama, cuya elaboración continúa vinculada al calendario ancestral: las esquilas, por ejemplo, se realizan durante el verano.




Pero quizás una de las características más valiosas de Alfarcito sea la manera en que sus habitantes entienden la vida en comunidad. Allí permanece viva una filosofía del buen vivir heredada de sus ancestros, basada en la armonía, la colaboración y el cuidado compartido del lugar. Incluso la conservación de los espacios públicos y de los recursos naturales se decide y se lleva adelante de manera comunitaria.



Ese vínculo con la naturaleza también tiene una dimensión sagrada. En el pueblo existe un ojo de agua considerado un sitio de especial importancia, donde cada agosto se celebra a la Pachamama. Durante la tradicional corpachada se preparan comidas típicas, como el picante de mote, la tijtincha y el pire, que se comparten entre familiares y amigos junto con chicha y hojas de coca.

La tradición también se expresa en sus celebraciones religiosas. Cada 4 de octubre, la comunidad celebra sus fiestas patronales en honor a San Francisco de Asís, en una muestra de ese particular sincretismo que une las creencias católicas con las prácticas ancestrales andinas.

La iglesia del pueblo merece una mirada especial. Sus techos abovedados, realizados con madera de queñua y cubiertos con adobe, forman parte de una arquitectura sencilla pero profundamente ligada al paisaje y a la historia de la comunidad.




Al caer la noche, cuando la luna aparece entre los cerros, el ritmo de Alfarcito se vuelve todavía más sereno. Entonces, entre las montañas, el silencio apenas se interrumpe por el sonido del agua. En la parte alta del pueblo, tres grandes piletones destinados a la cría de truchas aportan además otro recurso para el sustento de sus habitantes.

Y en medio de esa tranquilidad hay dos habitantes muy particulares que se han ganado un lugar en la vida cotidiana del pueblo: Cholo y Blanca, dos llamas que quedaron sin sus progenitores y fueron adoptadas naturalmente por la comunidad. Hoy caminan libremente entre las casas, como si siempre hubieran pertenecido a ese paisaje.




Quizás sea justamente esa combinación de naturaleza, tradición y vida comunitaria la que permite comprender por qué San Francisco de Alfarcito conserva una identidad tan particular. Un pequeño pueblo donde las antiguas costumbres no parecen formar parte solamente del pasado, sino que continúan acompañando, silenciosamente, la vida de quienes lo habitan.


¿
POR QUÉ SÓLO 22 VISITANTES A LA VEZ?

En San Francisco de Alfarcito el turismo tiene una particularidad que sorprende desde el comienzo: sólo 22 visitantes pueden alojarse al mismo tiempo en el pueblo. Pero lejos de tratarse de una estrategia de exclusividad, la razón es mucho más sencilla. La pequeña comunidad cuenta únicamente con 22 plazas habilitadas para recibir turistas.




Sin embargo, detrás de ese número hay también una decisión que habla de la manera en que sus habitantes entienden el turismo. Aunque la llegada de visitantes representa una oportunidad para generar nuevos ingresos, la comunidad eligió mantener un equilibrio entre quienes llegan y la vida cotidiana del pueblo, procurando preservar sus costumbres, su entorno y esa tranquilidad que forma parte de su identidad.




Por eso, visitar Alfarcito no significa simplemente llegar a un destino y recorrerlo. La propuesta invita a acercarse a una comunidad que conserva sus formas de vida y que busca compartirlas sin que el turismo transforme aquello que la hace especial. Sus construcciones de piedra, adobe y paja, sus antiguas tradiciones y el paisaje inmenso de la Puna forman parte de una experiencia en la que el visitante puede sentirse, por un momento, dentro de la vida del lugar.




Esa misma idea de comunidad se refleja incluso en pequeños detalles de la vida cotidiana. En el pueblo existen dos espacios gastronómicos y, en lugar de competir entre ellos, se organizan para que cuando uno abre sus puertas, el otro permanezca cerrado. Una manera sencilla de entender que allí la cooperación tiene más valor que la competencia.

Llegar hasta este rincón jujeño también forma parte de la experiencia. Desde San Salvador de Jujuy, el camino conduce por la Ruta Nacional 9 hacia los paisajes de la Quebrada de Humahuaca y luego por la Ruta Nacional 52, hasta tomar el desvío que lleva hacia Alfarcito. El recorrido atraviesa algunos de los escenarios más imponentes de la Puna y prepara al viajero para encontrarse con un pueblo pequeño, silencioso y profundamente ligado a su territorio.




Quizás esas 22 plazas expliquen, en parte, el encanto de este lugar. Aquí el turismo parece tener otro ritmo: llegar, conocer, compartir y marcharse sin dejar que la presencia del visitante borre la esencia de quienes viven allí. Una invitación a descubrir la Puna desde adentro, pero respetando el pulso propio de la comunidad.





Pienso que, quizás la magia de San Francisco de Alfarcito esté justamente en aquello que no necesita grandes explicaciones: sus montañas, el silencio de sus calles, las historias que guardan sus habitantes y esa manera tan particular de entender la vida en comunidad.

En un mundo que muchas veces parece avanzar demasiado rápido, este pequeño rincón de la Puna invita a detenerse, mirar y escuchar. A descubrir que todavía existen lugares donde las tradiciones siguen vivas y el tiempo parece andar más despacio.

Y tal vez sea eso lo que uno se pueda llevar al partir, la sensación de haber conocido un lugar que no se visita solamente, sino que se guarda para siempre en la memoria.



Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen





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