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jueves, 30 de julio de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Para aquellos que bebemos soledad" - Del escritor Rosarino: Cristian Bautista - Argentina

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y relatos presenta a . . .


CRISTIAN BAUTISTA


"Artista de Atrapados por la Imagen"

en...

"Para aquellos que bebemos soledad" 

Cuento perteneciente a su libro: 

"A veces el mundo es un buen lugar"

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.


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“Para aquellos que bebemos soledad”

 CRISTIAN BAUTISTA


—Todavía no llegó nadie  —me dice parada en el umbral, debajo de la luz y sin el más mínimo rastro en la pronunciación que haga pensar que estuvo diez años en España.

Le muestro la botella de vino y dice: —pasá.

La miro y busco algo de aquellos rasgos debajo del maquillaje; algo en la mandíbula angular ligeramente definida, en la  nariz recta; en el pelo que, si bien no es aquel castaño claro, el rubio platinado de ahora también hace que resalten sus ojos verdes.

Entramos.

Atravesamos el comedor y veo la larga mesa preparada. El mantel que hace juego con las servilletas, los cubiertos prolijos y acomodados al costado de los platos blancos, las copas altas, elegantes.

Todo alrededor tiene el brillo, el olor y el encantamiento de las cosas nuevas. 

—Por acá —dice.

La sigo. 

La cocina es amplia. En el medio hay una isla con dos butacas aerodinámicas con  el pie de hierro grueso, cromado. En un rincón está la heladera. Es grande, es plateada y no tiene imanes pegados en ninguna de las dos puertas, solo en la de la derecha hay empotrado un dispenser de hielo y agua.

En paredes blancas hay solo una repisa con copas que cuelgan enganchadas y un reloj de plástico sin números, sin segundero, adelantado cinco minutos.

Apoyo la botella de vino tinto sobre la mesada y ella desde el celular pone música.

 — ¿Te gusta? —dice.

Quisiera decirle que me encanta Edith Piaf. Quisiera contarle que los soldados alemanes, durante la segunda guerra mundial, dejaban de pelear para escucharla cantar, pero no. No lo digo. Solo muevo la cabeza y pienso que seguramente lo sabe. Que debe haberlo escuchado miles de veces de su papá, de sus abuelos.

Ella abre el primer cajón de la alacena y saca un descorchador.

Por el ventanal veo el jardín con el césped recién cortado; el agua transparente de la pileta oculta un fondo color jengibre y el cielo es violáceo, expectante.

Ella descorcha el vino de un tirón y  me pide que descuelgue dos copas.

Lo hago y las pongo sobre la mesada, juntas, tan cerca una de otra que cualquiera podría confundir los bordes.

Ella sirve un poco, apenas un poco de vino en cada copa.

 Después, se apoya en el mármol, de espalda a la puerta vidriada, al jardín, a la pileta, al cielo.

Lleva puesto un vestido negro con los breteles atados en la nuca, el pelo apenas  húmedo, los aros enormes y los ojos verdes con eso que tienen sus ojos verdes cuando la pupila se dilata.

Agarro una copa y se la doy.

Toma un sorbo largo.

La miro mejor. Quizás haya algo debajo de esa piel que ostenta un dorado artificial. Quizás. Pero la verdad es que no encuentro nada. Nada de aquella nena con la que compartimos el jardín de infantes, de la que en la primaria se sentaba en los primeros bancos, de la que llenaba la carpeta con figuritas de Sarah Key y, años después, ya promediando el secundario, iba a ser esa chica que nunca se iba a abotonar la camisa hasta el cuello, esa chica con la que compartiríamos cigarrillos, esa chica que solo me prestaría los resúmenes a cambio de que le grabe cassettes con canciones de rock nacional.

«Las conocidas», decía. «Grabame las más conocidas, no esas que escuchás vos», decía.

Ahora, toma otro sorbo y deja la copa en la mesada. No tiene las uñas pintadas. Apenas bien cortadas, prolijas, redondas. Son los dedos de las manos que, según voy a saber después, cuando lleguen todos, después, cuando estemos sentados, comiendo, hablando, riendo, a veces atentos, a veces no, pero ahí, escuchándola a ella, voy a saber que sus manos son manos que  lucharon acá y en España, son manos que acariciaron, manos que supieron llevar un anillo dorado, manos que alzaron una hija que eligió quedarse allá, con el padre. Manos que ahora, de vuelta acá, solo piden un poco de vino tinto.

Ella alza la copa. La hace girar mientras mira el vino y antes de que tome un sorbo acerco mi copa, apenas. Un brindis mínimo. Un ruido de bordes que se esconde detrás de la voz de Edith Piaf, detrás de los golpecitos del reloj marcando los segundos.

— ¿Por qué? —dice ella.

—Por nosotros —digo.

—No me arrepiento de nada.

— ¿Cómo?

—La canción. Así se llama la canción.

Toma un sorbo; yo también.

Después, ella habla. Habla de Barcelona, de Ibiza, de Alicante. De veranos tibios y navidades con nieve. Habla de tranquilidad económica y de seguridad en las calles. Habla, y mientras habla, pienso en los días de la primavera en la ciudad deportiva, en la casa de fisherton, la de Silvina, donde hacíamos los asaltos en el garaje del fondo.

No necesito cerrar los ojos para verla bailar lentos toda la noche con Luciano, con Daniel; para verla subir al escenario del salón de actos con el paso seguro, la bandera alta y la pollera corta; para verla usando lentes negros que esconden ojos rojos; para verla vomitando a la salida de Grisú.

Nos quedamos en silencio.

Vacío la copa.

Ella apoya los labios en el vidrio y si toma son solo gotas. Después se pasa lentamente la lengua como asegurándose que el labial siga ahí.

Apoya la copa sobre el mármol y frunce la cara en un gesto común y corriente. Un gesto que cualquiera hace cuando el pensamiento es profundísimo, pero claro, a ella le queda mejor.

Pienso en decírselo pero ella dice: Se extraña. Se extraña mucho.

Inmediatamente después me pide que le cuente algo.

—Algo de vos, de tu vida, de cómo te fue en todos estos años —dice y se para frente a mí.

—Lo normal  —digo.

—Lo normal es aquello a lo que nos acostumbramos —dice y por un instante la veo más alta que yo. No sé si son los tacos, o esa postura que heredó de sus antepasados alemanes, (esa postura que, según las películas, los hace ver seguros, indestructibles, una raza superior) pero por un instante la veo más alta que yo.  

No tiene pulseras, ni cadenas, mucho menos medallas. Solo los ojos verdes que opacan los enormes aros plateados y la seguridad que dan las batallas perdidas.

Apoyo la copa en la mesada, muy cerca de la copa de ella que tiene una línea roja que va desde el borde hasta el pie. Es una línea fina, ligera. Como la sangre que brota al hurgar una cascarita.

Suena el timbre.

Es un ruido metálico pero a mí me suena como la campana del colegio cuando anunciaba que terminaba el recreo.

—Ya están llegando —dice.

Termina otra canción de Edith Piaf cuando la veo irse.

Miro sus zapatos. Quisiera poder ver aquellos zapatos con una tirita negra que abrazaba el tobillo y terminaba abrochada a un botón.

Pero no.

No son.

Estos zapatos son otros.

Estos hacen juego con el vestido extremadamente corto, con el tatuaje en el borde de la cintura que amenaza con escaparse.

Quizás sea un tribal, no alcanzo a distinguirlo y entonces, antes de salir de la cocina, ella gira.

Me mira.

La miro.

El lunar, la sonrisa y el iris dilatado de sus ojos verdes, por un segundo, se alinean y puedo ver ese gesto que siempre hacía, y entonces ya no me importa que se esté terminando el vino, ni el ruido del reloj, ni la voz de Edith Piaf.

Pero es tan efímero el gesto, que apenas si puedo retener la imagen, y mientras se va la pienso con el blazer bordó de todas las mañanas, o con el vestido blanco la noche de la graduación, o la vez que cruzó las piernas mientras yo daba una lección de geografía, o cuando en los recreos me pedía un mordisco del alfajor y mordía más, mucho más de la mitad.

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  Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©CRISTIAN BAUTISTA

Rosario - Argentina

 Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Julio 2026



 Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen
Directora: Laura Jakulis

Colaboradores: Marta Puey - Emilio Bertero


                   Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”              
Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

lunes, 8 de junio de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: “Tiempo Íntimo” - Poema Inédito de la Escritora: Susi Santiago - Rosario - Argentina

 


 ATRAPADOS POR LA IMAGEN


"De Poetas  Y Poemas"


Presenta a...

SUSI SANTIAGO


"Artista de Atrapados por la Imagen" 


en...

"Tiempo Íntimo"


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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"Editorial Atrapados por la Imagen, la editorial que te ayuda a cumplir tus sueños..."


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Poema inédito para Atrapados por la Imagen

Tiempo Íntimo
SUSI SANTIAGO


I

Muero,

muriendo en vos,

mi vida es artera,

la Parca es esquiva

 

II

Me oculto en mis huesos

me cobijo en mi piel

y, aún así,

las palabras me punzan dolorosamente

 

III

El sonido impregna cada poro,

 resuena,

 al vibrato del corazón yerto

 

IV

Camino, caminando alucinada

mis pies echan raíces

y caigo

 

V

Aire espeso, caliente,

me sofoco respirando tu aliento,

en vano

 

VI

Integro y desarmo mi yo,

entre tus piernas,

aspiro con ansias el resto de tu alma

 

VII

¿Irte sin irme?

¿podés despojarme así de vos?

la espera me alcanza

estoy viva

 

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Susi Santiago

Rosario - Argentina

Ilustración: Imagen libre de la Web.

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Junio 2026


Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Colaboradores: Marta Puey - Emilio Bertero


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Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen.
Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 


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lunes, 23 de marzo de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN PRESENTA : "Rejas" - Del escritor NÉSTOR CASOLA - Buenos Aires - Argentina -

 

Atrapados por la Imagen


"De Poetas  Y Poemas"



Presenta...


"REJAS"


Poema inédito de:

NÉSTOR CASOLA


"Artista de Atrapados por la Imagen" 


Fotografía: Laura Jakulis


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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"La editorial de Atrapados por la Imagen, es un espacio accesible para todos, 
fomentando la participación y el intercambio creativo"


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"REJAS"

NÉSTOR CASOLA


La reja del muro ha sido enredada

un nido se mece

un pájaro vive allí

toma la flor

agita las hojas

duerme

después vuela

la planta no lo retiene

amplía su mundo

avanza por encima del límite

lleva la subversión de la existencia


Y nosotros...


hemos pasado

inadvertidamente

otra vez

otra era

atrapados en el barro gris

de las cadenas invisibles


esas cadenas

que hemos olvidado en su origen

y que han sido forjadas cuando enrejaron

el mundo


que heredamos una y otra vez

hasta olvidarlas


que legamos de generación en generación

a los pichones humanos


Convencidos de que no es fuerte

nuestra fuerza

que no es sabio nuestro canto

que no valen nuestras obras

nuestros edificios

nuestras manos

nuestro deseo innato de saltar los muros

de enredar las rejas


Así vamos...


resignados

perdidos en un mundo ajeno

tratando de no molestar

convencidos de que la primavera

es una cosa de pájaros

y que la vida es el derecho a la reja

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Néstor Casola.

Buenos Aires - Argentina

 

Marzo 2026

Fotografía: Laura Jakulis




Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro


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lunes, 8 de diciembre de 2025

Editorial: Atrapados por la Imagen, la editorial que te ayuda a cumplir tus sueños...



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lunes, 15 de septiembre de 2025

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN PRESENTA : "Mario, el viejo" de la escritora: CRISTINA EQUISITO - Buenos Aires - Argentina.

 

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

REGISTRO DE PROPIEDAD INTELECTUAL



Cuentos y Relatos Presenta a...


CRISTINA EQUISITO


"Artista de Atrapados por la Imagen"


en...


"Mario, el viejo"


- Cuento Inédito -
Ilustración: imagen libre de la Web

Editorial Atrapados por la Imagen, es un espacio dedicado al arte.




Cuento Inspirado en: “ La balada del álamo Carolina” de Haroldo Conti


"Mario, el viejo"

                                             

Creyó por un tiempo, que no iba ser más que eso, hasta que un día se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por trepar en dirección al cielo.

   Mario sintió que ese desánimo que lo acompañaba desde hacía tiempo, era un sentimiento reiterado, triste, desesperanzado; el final del trayecto. El cierre de un viaje inexorable.

   Ese día despertó distinto. Sus mejillas se encendieron y un ímpetu inusitado lo hizo bajar de la cama con rapidez. No dudó. Se bañó y afeitó la barba con entusiasmo. Desayunó  y salió a caminar hacia la plaza. Quiso retomar un andar distinto, de manera diferente. Vinieron a su memoria esos jardines floridos con especies tan distintas de colores exóticos. Se detuvo a contemplar las flores, observar los árboles; siguió caminando y a medida que avanzaba descubrió lugares que no había registrado a pesar de los años vividos allí, en su pueblo natal.

   Pudo percibir el aroma de la naturaleza viva; de la gente. Hasta se atrevió a patear una pelota a un grupo de niños que jugaban. Siguió, se cruzó con algún conocido de antes, recordó momentos vividos en esas calles y en otras.

   Quiso tomar un café en el bar al que había ido durante años cada mañana a juntarse con amigos. En un rato la mesa estaba ocupada por tres más; uno de ellos empezó a recordar los nombres de los que ya no estaban. Mario propuso hablar de los buenos momentos vividos y empezar a celebrar ese  reencuentro. Los convenció más tarde, de salir a caminar y acompañarlos en la visualización de lugares que él acababa de descubrir. Lo hicieron durante largo rato. Contó a sus amigos que ese álamo carolina que había visto crecer a lo largo de los años, y del que tantas veces les había hablado, hoy tenía las hojas más verdes y sus ramas más erguidas. También les dijo que muchas de las preguntas que se hacía a medida que iba envejeciendo encontraron la respuesta en esta caminata. Supo de la ligereza con la que había vivido una vida donde cumplió a rajatabla  los mandatos culturales y sociales. Estudiar, recibirse, casarse, tener hijos, nietos, amigos de pocos encuentros, de historias parecidas, de un recorrido transitado en armonía. Deseos postergados, acuerdos respetados. Un andar prolijo como solía decir en las charlas con el dueño del kiosco de diarios. Que nunca se había detenido a mirar los pájaros ni el brillo intenso de las vías del ferrocarril que pasaba por detrás de la casa, ni otros árboles que  veía desde su ventana

   Pero ese día se despertó distinto. Se pensó para atrás, sin pena, y en medio de aquélla soledad se llenaba de tantas preguntas como de pájaros a la tardecita.

   Igual que el árbol, Mario se conmovió al ver caer las hojas en ese otoño, pero esta mañana, algún rayo de luz de la primavera temprana, invadió la cama y sus arrugas.

                                                                                                 

                                                           

Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:


©Cristina Equisito

Buenos Aires - Argentina

año 2025

"Mario, el viejo"

Cuento inédito, Edición Atrapados por la Imagen.

Diseño: Laura Jakulis

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