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jueves, 20 de agosto de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: ¡QUÉ FRÍO! - Del escritor: Marcelo Colussi - Guatemala -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y Relatos Presenta A. . .


MARCELO COLUSSI

"Artista de Atrapados por la Imagen"


en..


¡QUÉ FRÍO!

Cuento Perteneciente a su libro: ¿Quién mató a la vaca?


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Un cuento para Atrapados por la Imagen

¡QUÉ FRÍO!

MARCELO COLUSSI

 

Pedro era atroz. Capataz en esa cámara frigorífica donde se almacenaban productos perecederos, parecía más el dueño de la empresa que un empleado, por la forma en que cuidaba el negocio. Pero más aún, por cómo trataba a los trabajadores.

Su pasado militar (había sido sargento en el ejército) lo seguía marcando. Se dirigía a los empleados como si fuese la tropa a su cargo. No solo daba órdenes terminantes: abusaba groseramente de su poder, de su situación de jefe - amo.

El odio que se había generado entre los obreros para con el capataz era descomunal. En secreto, lo habían bautizado “el monstruo”. Efectivamente, se comportaba como si lo fuera: insultos, ofensas, hasta incluso en algún momento llegó al maltrato físico con alguno.

En la compañía no había sindicato; eso estaba terminantemente prohibido. En los contratos de trabajo, en aquellos pocos que estaban emplanillados, figuraba en forma explícita la negativa a cualquier agrupación gremial. Eso era sacrílego; ni por asomo se podía mencionar. Por tanto, nadie defendía a los trabajadores.

La cámara donde trabajaban almacenaba productos perecederos por largos períodos, por lo que la temperatura rondaba los 20 grados bajo cero. Había allí carnes rojas, pescados, mariscos, además de medicinas y pruebas biológicas. Era la más grande de la ciudad, y contaba con todos los adelantos técnicos de última generación. Dado el frío reinante, los trabajadores no podían exceder las 6 horas diarias de trabajo, con no más de 45 minutos de permanencia continua en la cámara, y descansos intercalados de 15 minutos. Para ingresar, por supuesto, debían hacerlo con el equipo adecuado, consistente en ropa térmica especial.

Pedro, en un alarde de machismo, a veces ingresaba para revisar algo solo por un instante, apenas con un sweater y un gorro de lana. Se jactaba de ello, y trataba de “mariquitas” a los trabajadores, cuando llevaban toda su indumentaria para frío extremo.

La puerta de la cámara se podía abrir solo desde fuera. Era batiente, de 18 cm de espesor, super sellada, fabricada con materiales ultra resistentes, incluso a prueba de balas. No era fácil su apertura y, desde dentro, no se podía manipular. Si alguien quedaba dentro por error, debía sacárselo inmediatamente, por la posible hipotermia.

Nunca se supo cómo sucedió. Fue un sábado, cerca del mediodía. Pedro entró con un sweater liviano, y los operarios que estaban dentro, corrieron al unísono hacia fuera. El capataz se quedó solo en el recinto. Ya era casi la hora de finalización de la jornada, por lo que, terminado el turno, todo el personal se fue con total tranquilidad. Pero Pedro quedó dentro de la cámara.

Sus gritos desesperados no fueron oídos por nadie. Cuando el lunes por la mañana se le descubrió, ya no había nada que hacer. La fingida sorpresa de los siempre humillados trabajadores encubría una tremenda sonrisa de satisfacción.

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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Marcelo Colussi

República de Guatemala 

AGOSTO 2026


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis




Gracias por acompañarnos en este recorrido de palabras e imágenes. Tu lectura y valoración ayudan a que estas historias sigan encontrando nuevos lectores.

Afectuosamente...


Editorial Atrapados por la Imagen.




Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

 

lunes, 15 de junio de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: “Una mano perdida” - Del escritor: Marcelo Colussi - Guatemala -


 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y Relatos Presenta A. . .


MARCELO COLUSSI

"Artista de Atrapados por la Imagen"


en..

"Una mano perdida" 


Cuento Perteneciente a su libro: ¿Quién mató a la vaca?


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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 "Editorial Atrapados por la Imagen, la editorial que te ayuda a cumplir tus sueños..."



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"Una mano perdida" 

MARCELO COLUSSI




                   Con sus 18 años recién cumplidos, Flor de María era la más admirada de su barrio. Las propuestas masculinas le llovían interminables. Ella, sin embargo, se mostraba imperturbable, distante. Su frialdad y lejanía, para muchos de sus admiradores, resaltaban más aún su belleza.

Esa negativa a aceptar las propuestas que se le acercaban por montones servían para disparar las más osadas especulaciones; había quien afirmaba categórico que la muchacha estaba por entrar en un convento para ordenarse monja, que era lesbiana, que había nacido asexual. ¿No será extraterrestre de incógnito por estas tierras y nos estará estudiando?, se aventuró a elucubrar alguien. Lo cierto es que cada vez que caminaba por las calles de su colonia, no faltaban interminables gestos de admiración, piropos y cumplidos. Su renegrido pelo negro hasta la cintura y sus ojazos de un penetrante verde no podían dejar impasible a nadie. Los hombres la admiraban; las mujeres la envidiaban.

Cuando conoció a Esteban, ambos se trataron con cierta desconfianza. Él no podía creer que una mujer de tanta belleza le hiciera caso. Era su posible primera novia. Su sempiterna timidez lo había alejado hasta entonces de contactos femeninos. Le daba una vergüenza indescriptible decirlo -de hecho, no lo hacía nunca- pero con sus 24 años aún no había tenido nunca un contacto sexo-genital. Para ella el encuentro fue un descubrimiento maravilloso: era la primera vez que un varón no la miraba con ojos concupiscentes y lascivos.

Fue Flor de María quien tomó la iniciativa. Coqueteando, usando toda la seducción que podía, fue llevando al joven a su primera relación sexual. Ella, que tampoco sabía nada del asunto -jamás había dado siquiera un beso- advirtió rápidamente que Esteban no era, precisamente, un experto en la materia. Aprenderían juntos.

Así fue. Había mucho para aprender y transitar, en todo sentido. Los noviazgos, y el sexo menos aún, eran desconocidos por la pareja. Ninguno de los dos tenía especiales expectativas para sus vidas.

 Pobres, provenientes de familias trabajadoras habitantes de una barriada popular plagada de carencias, sus sueños no pasaban de constituir una familia sólida, tener varios hijos y poder llegar a poseer, en el mejor de los casos, una vivienda propia. Flor de María ahora estaba desocupada, en búsqueda de trabajo; quizá podía entrar en la maquila textil que había en el sector. Esteban era operario en la fábrica de muebles del barrio. Sus respectivos padres eran trabajadores, siempre con la gran preocupación de ver si llegaban a fin de mes.

La primera relación sexual tuvo en los dos jóvenes un valor incalculable, aunque dispar en su significado. Para ella fue un golpe; la buscó, pero al mismo tiempo, le abrió una brecha en su ética, un cuestionamiento difícil de sobrellevar. Católica por tradición familiar -aunque nunca iba a misa-, sabía que la virginidad era un bien que debía atesorar; eso le enseñó su madre. De todos modos, las hormonas pudieron más; y no se arrepentía de lo hecho. Era una combinación compleja: satisfacción y cierto grado de culpa al mismo tiempo. Mezcla no fácil de llevar, pero tolerable, en definitiva. La transgresión siempre tenía ese sabor agridulce de la satisfacción oculta.

Para Esteban fue el despertar a un mundo nuevo. Pensó que se iba a enamorar de Flor de María, pero no fue así. Le gustaba enormemente la muchacha; de todos modos, algo sucedió en su interior que le despertó lo que había estado dormido, esperando durante muchos años. Él no lo quería siquiera pensar, pero su castidad la sufría como algo insoportable, una pesada carga. No entendía por qué otros muchachos de su edad podían salir con mujeres con tanta facilidad, y a él se le dificultaba tanto. Nunca se había atrevido a visitar una meretriz; eso lo avergonzaba. La posibilidad de acostarse con Florecita -así la llamaba- lo hizo sentir en las nubes. Era increíble que la joven más bonita del sector se fijara en él. Sin embargo, esa no era la única mujer posible. Comenzó a sentir que deseaba tomarse venganza del tiempo perdido. Ahí estaban las mujeres esperándolo.

Ambos jóvenes comenzaron un noviazgo. En principio, en secreto; paulatinamente fue haciéndose público. En sus respectivas casas ya había cierta preocupación, pues ninguno presentaba una pareja. Eso era llamativo en personas de su edad y de esa condición social. Mostrarse ahora en pareja calmó los ánimos de ambas familias.

             Las relaciones sexuales se comenzaron a repetir con mayor asiduidad. De una de ellas, vino el embarazo. Para los dos fue un balde de agua fría. Por supuesto, no lo esperaban. Reaccionaron como pudieron, con los recursos que tenían a mano.

Flor de María, llorando. Esteban, pensando en salir corriendo. El aborto no era opción para ninguno de los dos. Criados en la fe católica -aunque ninguno se la tomara demasiado en serio- su formación ética les indicaba que había que afrontar la situación, y por tanto, hacerse cargo del nuevo ser en camino. Las respectivas familias, a quienes no le sobraban recursos precisamente, se comprometieron a ayudar en la medida de sus posibilidades. Esteban pensó en tomar algún trabajo extra.

El joven, que en realidad estaba bastante desorientado por la novedad, no se pudo sentir padre responsable. Entendió que eso era lo que correspondía, pero algo más le hacía ruido. Decidió irse a vivir con Florecita; sin embargo, su interés comenzó a moverse hacia otras cosas. El “tiempo perdido” -como él lo consideraba- no era fácil de recuperar. Se maldecía por lo timorato que había sido por años, perdiéndose algo que ahora le resultaba tan voluptuoso, tan maravilloso. Es por eso que se hizo el firme propósito de buscar cuanta mujer pudiera, en un acto que consideraba casi de resarcimiento, de compensación.

Flor de María se sintió ya toda una mujer, una futura madre, esposa fiel y una buena ama de casa. Tomó su embarazo con la mayor seriedad y dedicación. La búsqueda de trabajo quedó pospuesta hasta nuevo aviso.

              La pareja, siempre en el mismo barrio, se instaló en una habitación en casa de una tía de Esteban, quien solícitamente ofreció el espacio. Con precariedad, pero con lo mínimo indispensable, ahí se acomodaron. No se puede decir que estuvieran en las mejores condiciones, pero con las ayudas familiares, la vida parecía acomodárseles. Al menos, para Flor.

Para Esteban empezaba algo nuevo, que él comenzó a sentir como una vorágine, algo que lo arrastraba. Sabía que no era correcto eso que estaba comenzando, pero no podía -ni quería- detenerlo. Una vez más: las hormonas mandan.

En realidad, nunca consiguió un segundo trabajo. Sin embargo, para su pareja así era. Esa supuesta ocupación extra era una buena coartada para salir a cualquier hora cualquier día, fundamentalmente los fines de semana. La explicación oficial de Esteban era que ayudaba en una carpintería, y muchas veces había entregas de urgencia que realizar, por lo que lo llamaban en cualquier momento. No había horarios fijos. La explicación era creíble. Flor de María, por lo pronto, la creyó, suponiendo ver en eso la entrega de su padre por el niño que esperaban.

Cada vez era menos el tiempo que el muchacho pasaba en la casa con su pareja. Siempre la explicación era que “felizmente había mucho trabajo”. Como Flor no se metía en las finanzas del esposo -así le habían enseñado en su casa: una buena esposa no pregunta eso- nunca sabía con exactitud cuánto dinero disponían.

Por su parte Esteban era muy cuidadoso con los gastos. Esas salidas, supuestamente laborales, eran encuentros furtivos con distintas mujeres, muchas, nunca del barrio,eran muchachas que iba conociendo de diversas maneras. Jamás nada serio, un compromiso que lo amarrara; solo salidas ocasionales para sexo. En poco tiempo -unos escasos meses- encontró haberse desquitado de la sequía de mujeres que lo había acompañado en su adolescencia y primeros años de su vida adulta.

 Pero la venganza con aire de revancha, aunque ya cumplida, no terminó ahí. Le gustó esa sensación de complacencia magnífica, de satisfacción plena que le daba, no tanto el placer sexual propiamente dicho, sino el saberse que ahora sí podía, que ya no era un tonto. Por años había mantenido el concepto de ser un pusilánime fracasado, cosa que, por supuesto, jamás la manifestaba. Ahora todo había cambiado, y eso no lo podía perder.

Gastaba lo mínimo indispensable en esas salidas. Por lo general lograba que la muchacha elegida cargara con la mayor parte del gasto, incluido el motel. Secretamente, Esteban se ufanaba de eso; se sentía haber aprendido muy rápido la lección. Trataba de hacer todo de tal modo de no levantar la más mínima sospecha en Florecita.

El embarazo siguió adelante sin complicaciones, y en vísperas de una Nochebuena nació una hermosa niña, también de ojos verdes como la madre. La llamaron María de Jesús, en homenaje a la virgen sacrosanta y a su hijo, el Redentor. Sin decirlo, los dos sabían que ahí había mucha hipocresía. Flor de María sabía -aunque no parecía importarle mucho, en definitiva- que la recién nacida era fruto de un pecado, según le habían enseñado: fornicación. En secreto ella se decía que eso era “el pecado más rico del mundo”; de todos modos, la elección del nombre para su hija sentía que la redimía. Esteban, algo más descarado, como “buen padre” que se decía ampulosamente, se las había ingeniado para comprar una cadenita de oro con una cruz como pendiente, que con ostentación había colgado del cuello de la bebé. También con eso, más riéndose en secreto que otra cosa, sentía expiar culpas.

            María de Jesús fue la alegría de la madre y de los cuatro abuelos, pero no tanto del padre. Por supuesto, éste demostraba un gran amor por la niña, sabiendo que había mucho de actuación ahí. Se percataba que este vivir fingiendo, no solo le salía con excesiva facilidad, sino que lo hacía sentir tremendamente gozoso, dominador de la situación. En sus andanzas amoroso-sexuales se había topado con alguien que le prometía cambiar la vida.

Esteban, según la mirada femenina, era guapo. Alto, fornido, musculoso, con un poblado bigote bien renegrido y mirada pícara, ya había comprobado que concitaba la atención de muchas mujeres. La sensación de revancha lo colmaba. A su modo, quería a su hija, pero en este momento de su vida lo más importante era continuar sintiéndose ese “macho semental”, como gustaba pensarse.

 Todo esto lo vivía en el más sepulcral silencio, en la más absoluta privacidad. Jamás ni una palabra de todo esto a nadie, ni a sus dos hermanos ni a los pocos amigos que tenía. Era algo por completo personal, y así como había vivido en secreto su horrible angustia por sentirse un fracasado en el amor, de igual modo ahora vivía en solitario su, para él, apoteósico triunfo.

En esas vueltas donjuanescas había contactado con una mujer, ya cuarentona, de mucho dinero. Esteban no, pero ella sí, había desarrollado una poderosa corriente de enamoramiento. Él sentía que nunca se había enamorado plenamente; a Florecita la quería, sin dudas. Pero, en todo caso, la admiraba por su belleza, no más que eso. Quizá a María de Jesús la amaba más sinceramente. Sentía que esa era su obra, lo que podía dejar en el mundo. El mundo sentimental, más allá de todas las “conquistas” que iba acumulando -de hecho, llevaba una lista con el nombre de todas- no era lo suyo.

            Flor se sentía toda una madre. Había comenzado a dedicarse casi en exclusividad a su hija, habiéndose descuidado bastante en su cuidado personal. El sobrepeso ya se dejaba sentir. Con su pareja las relaciones sexuales se iban haciendo más escasas, alejadas en el tiempo. Esa figura descollante de algún tiempo atrás, que tenía fascinado a medio mundo en el barrio, había ido desapareciendo. Esteban buscaba estar lo menos posible en la casa. Su mujer comenzó a resultarle molesta.

El nuevo amorío del obrero ahora convertido en seductor, le fue transformando la vida lentamente. Esta mujer, viuda y heredera de una cuantiosa fortuna, sabía que Esteban era su muñeco sexual, su juguete, no más que eso. Pero eso era suficiente para invertir en él algunos buenos pesos. El muchacho, que seguía trabajando en la fábrica de muebles y haciendo supuestos trabajitos extras, comenzó a tener nuevas actitudes que llamaron la atención de Flor de María. Su indumentaria cambió. Los trabajitos extras se multiplicaron, y apenas si estaba en casa con su compañera y su hija.

Flor intuyó que había algo raro, algo no dicho que no encajaba con el discurso oficial de su esposo. La relación se tensionó. Al cumplir el año María de Jesús, ya casi no había vida matrimonial entre sus padres. Un día Esteban avisó que se iba a ir de la casa, que ya estaba harto de esa distancia, de las negativas de Flor de María a mantener relaciones sexuales. Para la muchacha, que de algún modo veía venir un desenlace así, la situación se tornó terrible. Ella no tenía ningún ingreso, y el cuarto donde vivían era de un familiar de Esteban. No había ningún vínculo legal entre ellos, por lo que se sintió en la más extrema vulnerabilidad.

             El joven, finalmente, se fue. Prometió que seguiría pasando algo de dinero para su hija, pero no hubo ningún documento que lo estipulara en términos jurídicos. Flor se sintió desfallecer. Por vergüenza, aunque los tíos le dijeron que permaneciera en esa habitación sin pagar renta hasta que pudiera arreglar su situación, prefirió marcharse con la bebé. No le quedó más alternativa que regresar a casa de sus padres. Toda la familia vivió eso como un fracaso, como una tremenda afrenta.

Esteban, en un primer momento, cumplió con la manutención que había prometido para su hija. Luego, paulatinamente, la fue haciendo más escasa y más espaciada. Llegó un momento en que solo pasaba algunos pocos pesos luego de los reiterados ruegos de Flor de María. Sus visitas para ver a la niña casi desparecieron. Así la muchachita llegó a los dos años de vida, con grandes penurias económicas por parte de la madre, pero más aún, con una enorme postración que la invadía.

            Ante el panorama que se le pintaba, pensó en el suicidio, pero “una buena católica”, se decía, “no puede hacer eso”. Además, el amor inconmensurable por su hija la mantenía con vida, sacando fuerzas de no se sabe dónde. Finalmente consiguió un trabajo.

No era lo que más le agradaba, pero la necesidad no se fija en esos detalles: la contrataron para hacer la limpieza en una oficina. De todos modos, aunque el oficio no era de su agrado -pero había un sueldo al menos-, la suerte, ¿la providencia?, la acompañó. Era una organización feminista.

Rápidamente fue trabando amistad con las mujeres encargadas de la institución. Les contó su caso, sus indecibles penurias y el estado de abandono en que se encontraba. La reacción de sus empleadoras fue inmediata: comenzaron a indicarle un nuevo camino a transitar. Para Flor era inconcebible todo eso; criada en la tradición de una familia término medio, patriarcal, religiosa, había papeles fijos ya establecidos que se debían cumplir. Las mujeres, así lo enseñaban las “buenas costumbres”, estaban para sufrir. “Sufrir no era lo correcto”, enseñaban su madre, su abuela y sus tías, pero así había sido siempre y no se podía modificar. “Diosito lindo así lo quiere”, se cansaban de repetir.

            Al escuchar otra versión de las cosas, Flor se sintió renacer. No podía creer que tenía el derecho de protestar, de exigir. Todo eso la hizo sentir una nueva persona.

Combinaba el aseo de la oficina con largas charlas con algunas de las mujeres del grupo. Encontró que lo que le sucedía era común a infinidad de mujeres; por ello fue perdiendo la vergüenza de lo sufrido. En todo caso, fue enojándose y saliendo de la profunda tristeza -y resignación- en que estaba sumida. Conocer ideas nuevas le significó toda una revelación.

Al poco tiempo habló con Esteban. El muchacho, ya viviendo con su mecenas, con quien concibió una hija, trató de hacerse el desentendido. Dijo que no tenía ninguna obligación para con María de Jesús, porque no le constaba que fuera suya. Eso indignó sobremanera a Flor de María. Le obligó a hacerse una prueba de ADN para contrarrestar su afirmación, cosa que Esteban no aceptó. Nunca se hizo la dichosa prueba.

Siguiendo consejo de sus amigas/jefas, buscó la forma de conseguir esa muestra. Se las ingenió de tal manera que pudo obtener un pequeño mechón de cabello de su ex pareja. De ahí en más, las abogadas de la institución se encargaron de continuar el proceso.

            Esteban, cuando fue convocado por un juzgado de familia, entró en pánico. Sabía que su proceder era muy cuestionable; en realidad no tenía justificación válida. El actual sobrepeso de Flor podía ser, en el peor de los casos, una “explicación”, por cierto que muy discutible, para haberla dejado, por preferir otra mujer. Pero no había nada que decir de su desatención intencionada para con su hija.

Las abogadas dejaron en evidencia la conducta de abandono del padre, independiente de su estado civil -nunca se habían casado legalmente-. La paternidad obligaba a atender a su hija, de lo que Esteban se había desentendido por completo. La situación, tremendamente traumática para él, lo dejó atormentado. Pasó varios días alcoholizado, sin querer ver a su actual pareja, y mucho menos a su nueva hija. Esta vez, cuando había debido elegir nombre para la bebé, no buscó mostrar su religiosidad como con la hija anterior. Junto con la madre de la criatura la nombraron Clyde Jacqueline, nombre, sin dudas, que significaba un intento de distanciarse de su barrio de origen, donde abundaban las Marías y las Ramonas, las Juanas y las Petronilas.

Luego de interminables cavilaciones, decidió volver con Flor de María. Sus enormes ojazos verdes seguían fascinándolo, aunque tuviera algún peso de más. Esta vez, sin embargo, fue la muchacha la que puso un alto. Le dijo que no, que se limitara a pasar el dinero establecido para su hija, pero que ya era demasiado tarde para intentar arreglar las cosas.

           El golpe para Esteban fue tremendo. En verdad, si sopesaba las dos hijas, a la que realmente amaba era la primera, María de Jesús. La segunda era otra cosa; podía prescindir de ella. También de su madre, aunque le ayudara económicamente. Se encontró en un laberinto del que no sabía cómo salir.

Lo pensó infinitas veces, le dio todas las vueltas posibles, pero no hallaba la solución. Pensó en suicidarse, aunque rápidamente desechó el plan. También en algún momento se le cruzó la idea de matar a las dos madres y quedarse con ambas niñas. Sin embargo, casi al instante se rió de tamaña ocurrencia. No podía con una sola… ¿cómo lidiar con dos?, fue su sencillo razonamiento.

Finalmente, después de interminables reflexiones, optó por lo que le parecía menos perjudicial: se fue a Estados Unidos como migrante irregular. Ahora trabaja, sin papeles, en una carpintería en Houston.

Flor de María, muy bien asesorada por las abogadas de la institución a la que seguía perteneciendo, ahora en calidad de acompañante social y ya no en su papel de personal de limpieza, siguió insistiendo en el asunto: “un padre debe hacerse cargo de lo que engendra. Punto. Y eso no se discute”. Su determinación era total; tanto, que sorprendió a las otras mujeres del grupo. Su paso por varias capacitaciones en derechos humanos le había ido despertando una veta de la que ella misma se sorprendía.

          Cuando cursaba el tercer año de la carrera de Derecho, vino su segundo embarazo. Su actual pareja -Agustín, músico de profesión- también había quedado deslumbrado por los enormes ojazos verdes, pero más aún, por la desenvoltura de Flor. Ella era la primera sorprendida con ese cambio; no sabía que tenía esas potencialidades. El barrio, la tradición católica y “lo que debe ser una buena mujer” no se lo habían permitido ver hasta entonces. Ahora afloraba todo eso, con una fuerza contenida que parecía cobrarse venganza por el tiempo perdido.

El odio que arrastraba por las andanzas de Esteban, pero mucho más aún, por la desatención que él había tenido para con su hija, la exasperaban. A toda costa, quería un escarmiento ejemplar. Su nuevo puesto en la organización feminista le había disparado nuevas ideas, nuevos puntos de vista. Se le hacía absolutamente inadmisible esa conducta desaprensiva por parte de un padre; eso no se podía admitir de ninguna manera.

           Tal era su encono que buscó todos los medios posibles para llegar a dar con el paradero de Esteban. Después de meses de búsqueda, supo que trabajaba como ayudante en una carpintería en esa ciudad de Texas. Moviendo cielo y tierra, a través del consulado de su país en Houston, tuvo conocimiento que el joven -ya no tan joven- residía sin papeles en Estados Unidos. Era un inmigrante irregular más, uno de tantos que vivía escondiéndose de la Migra para evitar ser deportado. En su meticulosa y detectivesca búsqueda, encontró también su dirección en redes sociales. Envalentonada, Flor de María se comunicó terminante con un mensaje lapidario: o regresaba al país de origen a enmendar el error con su hija, o ella denunciaría ante las autoridades migratorias su condición de ilegal.

Esteban no podía creer lo que estaba leyendo. Sin perder tiempo, se comunicó telefónicamente con la mamá de su hija, a quien ahora temía. Tenía a Flor por una mujer de agallas, y aunque durante su relación de pareja sabía que él se había impuesto según los patrones patriarcales dominantes, en el fondo reconocía en Florecita una persona muy íntegra, que lograba siempre lo que se proponía.

No regresó al país, al menos no inmediatamente, pero comenzó a enviar con regularidad una buena cantidad de dólares para el mantenimiento de María de Jesús. Después de algunos años, habiendo juntado una cantidad de dinero que le pareció suficiente, entonces sí retornó.

         Flor de María no quiso recibirlo, y María de Jesús, ya una niña de nueve años con criterio bastante propio, tampoco. Ya se sentía muy a gusto con su nuevo padre, Agustín, quien le estaba enseñando música. De Esteban tenía una vaga idea, transmitida por su madre y acentuada por su padrastro, por lo que la impresión que guardaba de su padre biológico era bastante deplorable.

Esteban, ante todas esas adversidades, se quebró. Comenzó a alcoholizarse con frecuencia. En ese estado, ya un consumidor frecuente de aguardiente, consiguió trabajo en una carpintería, siempre en el barrio de su infancia. Alcoholizado como solía estarlo, tuvo un tremendo accidente con una sierra sin fin, perdiendo su mano derecha. Ahora se lo suele ver en un semáforo del centro de la ciudad mendigando. El día que, pasando en su vehículo particular Flor de María y su hija, lo vieron con su mano izquierda suplicante, prefirieron cerrar las ventanillas y seguir de largo.

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jueves, 30 de abril de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "MARACAS" - Del escritor: Marcelo Colussi - Guatemala -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN




Cuentos y Relatos Presenta a...

MARCELO COLUSSI

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"MARACAS" 

MARCELO COLUSSI


   Petronio era un virtuoso del violín. Con sus ocho años apenas cumplidos, tenía un dominio del instrumento único, inigualable. Son raros los niños prodigio. Y, por pura coincidencia o por razones históricas bien concretas, más raros aún lo son en los países pobres del Sur, allí donde se pasa hambre y penurias varias, donde la inteligencia superior y las más grandes potencialidades pueden quedar extraviadas en la más descarnada sobrevivencia.

Lo cierto es que Petronio, incluso sin haber tenido los mejores maestros —era casi un autodidacta—, llegó a un manejo extraordinario del instrumento. Tanto que varias personas que lo escucharon en algunas de las presentaciones que hacía en el club barrial lo estimularon a continuar su carrera. Virtuosos de esa talla son muy contados.

Nunca faltan almas bondadosas por allí: algún mecenas con ínfulas de salvador, gente solidaria. Lo cierto es que, a sus nueve años, Petronio, junto con su madre —era madre soltera—, disfrutaba de una beca en un país del Norte donde, además de enseñárseles a ambos el idioma en un curso ultraacelerado, asistía a clases de su instrumento con algunos de los más encumbrados maestros del mundo.

A los diez ya había ganado varios premios en concursos juveniles y le era de lo más habitual presentarse en renombradas salas de concierto. Pero a los once algo raro comenzó a sucederle. Su impresionante destreza comenzó a decrecer. Petronio no podía explicarse qué le estaba sucediendo. Lo único que sentía es que sus dedos ya no le respondían como antes.

Nadie entendía el porqué de este descenso; el jovencito seguía estudiando asiduamente, con la misma intensidad de siempre. Nada en su vida, al menos en lo sustancial, había cambiado: asistía a la escuela por las mañanas y las tardes casi por completo las dedicaba a practicar violín. Jugar le era algo casi desconocido.

Su madre, trasplantada de un modo casi brutal a ese nuevo país, pese a todo se sentía muy a gusto. Como Petronio era hijo único y ella no tenía pareja, no había nadie más en quien pensar. Su estadía en este frío lugar no le era tan gravosa, porque su sacrificio —al menos así lo sentía— valía la pena al ver los progresos de Petronio. Para una madre soltera muy humilde como ella, que se arreglaba lavando ropa ajena para sobrevivir con precariedad, ver salas de concierto donde al que aplaudían de pie era su vástago constituía la gloria más absoluta que podía concebir.

Al igual que Petronio, su desconcierto fue total cuando la calidad interpretativa de su hijo comenzó a descender. El jovencito lloraba su descenso con amargura, con tremendo sentimiento de culpa. A instancias de sus propios maestros, que veían esta disminución, junto con su madre consultó a médicos. Fueron varias consultas, hasta que alguno —un traumatólogo muy reconocido en la ciudad— acertó el diagnóstico o, al menos, propuso uno con fundamento. Por cierto, era un raro diagnóstico que provocó sorpresa entre sus colegas. Tan raro, que Petronio fue motivo de estudio por varios catedráticos en la materia. Cursaba un proceso de gigantismo, pero dadas sus tan peculiares características —únicas, dignas de debate en congresos médicos— fue considerado como acromegalia juvenil.

La acromegalia, producto de una disfunción de la hipófisis, se manifiesta en adultos con síntomas específicos ya bien conocidos por la ciencia médica. Si esos síntomas aparecen en un púber, que no es ni un niño ni un adulto, la situación se torna confusa. En los niños, esa disfunción glandular se denomina gigantismo, lo cual ocasiona un inusual y desmedido crecimiento de los huesos largos de las extremidades, pero no dolores articulares en las manos, como sucede en los adultos. Petronio, en una rara, inusual combinación de problemas, crecía en forma desproporcionada y presentaba horribles padecimientos en sus manos. Fue por eso que no pudo continuar con el violín.

Por un corto período entró en depresión. La psicóloga que lo apoyó pudo hacerlo porque hablaba muy buen español. Petronio chapuceaba su nueva lengua, pero no estaba especialmente entusiasmado en profundizarla. Se le planteó entonces una disyuntiva: radicaba en ese país, junto con su madre, solo para continuar sus estudios de violín. Si eso ya no sucedería, no tenía mayor sentido seguir allí. Fue su progenitora la que le dio la idea.

A sus doce y sus trece años, la situación patológica se fue agravando. Las manos se transformaron, deformándose monstruosamente. Ya le resulta imposible siquiera sostener el instrumento. Por ello, lo abandonó para siempre. La idea de su madre, que en principio tomó como descabellada, luego fue adquiriendo forma. En definitiva, no parecía tan loca.

Evaluando muy al detalle la situación, decidieron continuar en ese gélido país del Norte, viendo que allí Petronio sí podía hacer carrera. En su patria natal, con esa deformidad a cuestas, con un sistema sanitario siempre en ruinas, ineficiente y corrompido por políticas antipopulares, no podría esperar la mejor suerte. Por tanto, bien arropados, pudieron resolver su situación migratoria en forma legal y continuar viviendo allí. Los calores tropicales quedaron atrás.

Aunque no tanto. Petronio, aprovechando su nueva anatomía, empezó a sacar provecho de su anormalidad: bongó, conga, tambores, cajón, redoblante, raspador, maracas, güira; es decir, toda la parafernalia de instrumentos de percusión que hace parte de los ritmos latinos, también llamados tropicales, pasaron a ser de su uso cotidiano. La fuerza de sus manos le permitía ahora ya no la sutileza del violín sino la energía para percutir estruendosamente cualquiera de esos instrumentos. Su repertorio pasó de Paganini, van Beethoven y Brahms al merengue, la cumbia, la bachata, la bossa nova, el chachachá, la guaracha y la salsa. Mutó el saco y corbata por la guayabera multicolor.

Su madre, con el correr del tiempo y los nuevos contactos que fue estableciendo, cambió enormemente. Empezó a noviar. Su aspecto también cambió; jamás se había permitido antes una minifalda o un escote pronunciado. Ahora sí, y de manera muy provocativa. Sus treinta y tantos años dejaban ver una sensual mulata con una energía que, hasta el momento, había estado demasiado oculta.

Acompañando las lecturas de su hijo, que seguía siempre muy ligado a la música —obsesivamente ligado, se diría—, se devanaba pensando en si Jean-Baptiste Lully, nacido Giovanni Battista Lulli, pertenecía al barroco francés por haber actuado en la corte parisina o al italiano por su lugar de nacimiento; al igual que le pasaba con George Frideric Handel, de quien dudaba si pertenecía al barroco inglés por haber compuesto para la realeza británica o al barroco alemán por ser originalmente Georg Friedrich Haendel, nacido en Halle, Sajonia teutona. Ella también fue eligiendo este ámbito artístico como el campo donde moverse, no solo porque bailaba en numerosas presentaciones al son de los tambores que su hijo percutía, sino por las fabulosas ocurrencias que empezó a tramar.

Quizá la más disparatada —pero, sin dudas, la que más diversas y enloquecidas repercusiones tuvo— fue el mito que empezó a tejer en torno a Petronio. Este, movido por la sed de venganza que guardaba al no haber podido desarrollarse en el violín donde prometía ser eximio, pasó a ser un percusionista de primera, increíblemente virtuoso. Incluso, ligado a la música llamada clásica o académica europea, tocaba los timbales, pero sin baquetas. En cuanto a la música pop o rock, realizaba la proeza —no se le puede decir de otro modo— de tocar la batería directamente con las manos. Incluso, dada la tremenda destreza que había logrado, hacía redobles en los tambores solo con los dedos.

La desfiguración teratológica de Petronio servía para dotarlo de un talento único, inigualable. Su madre, casualmente también llamada Teresa, al igual que la de Paganini —a la cual, según la leyenda, se le apareció el demonio en sueños asegurándole que su vástago sería un excelso concertista—, hizo rondar la idea de que, como con el violinista italiano, existía un pacto con Lucifer.

Entrado el siglo XXI, parecía increíble que un mito de ese calibre pudiera ser aceptado por el público. Quizá, exagerando mucho las cosas, podría darse en cierta gente en el Sur del mundo, de donde provenían Petronio y su madre; tal vez en los segmentos menos desarrollados, donde la prédica de las iglesias era muy fuerte y de ahí el programado embrutecimiento. Pero parecía inconcebible en los presuntos desarrollados países prósperos del Norte. Lo cierto es que la anécdota se echó a rodar por buena parte del mundo y Petronio fue considerado un nuevo Paganini, ahora de las tumbadoras y las panderetas, en alianza con Satán.

Por lo pronto, casi burlándose de sus primeros pasos en la música, ahora utiliza un violín como instrumento de percusión, golpeando su caja de resonancia. Por la potencia de sus dedos, ya quebró varios.


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Abril 2026


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