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domingo, 9 de agosto de 2026

¡Hoy 9 de Agosto, Atrapados está de Fiesta!

 

¡Celebramos el cumpleaños de Sebastián Rogelio Ocampo!


Artísta de Atrapados por la Imagen. 



«La palabra escrita es el espejo más fiel del alma» (Isabel Allende).

¡En este día tan especial, en nombre de toda la comunidad de Atrapados por la Imagen, extendemos un cálido saludo de cumpleaños a nuestro amigo, Sebastián!


Los invitamos a visitar la galería literaria de Sebastián,  haciendo clic en el siguiente link 👇


Administración de Atrapados por la Imagen.


Directora: Laura Jakulis
Correctora literaria: Isabel Santoro
Colaboradores: Marta Puey - Emilio Bertero


Diseño de Tarjeta: Julieta Casola Valussi (atrapadita)



lunes, 3 de agosto de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Con la cama a cuestas" - Un relato Inédito, del escritor: Sebastián Rogelio Ocampo - Rosario - Argentina -

 

Editorial Atrapados por la Imagen


Presenta: 

"Con la cama a cuestas"


Del escritor: 

Sebastián Rogelio Ocampo


"Artista de Atrapados por la Imagen"

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"Con la cama a cuestas"
SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO


            Un día desperté pegado a la cama. Abrí los ojos, con modorra, como siempre, y cuando quise moverme no pude. Intenté levantar el torso apoyando los brazos y nada. Una fuerza me empujaba hacia abajo. Intenté sentarme de golpe para ver si lo lograba pero no. ¿Qué me estaba pasando? Podía mover la cabeza de un lado a otro, pero no despegarla. No estaba triste o angustiado. Estaba sorprendido. Así que grité, para que alguien viniera a ayudarme. Me di cuenta de que mi hija y mi hijo estaban en el colegio y mi esposa en el trabajo. Giré la cabeza y alcancé a ver el celular sobre la mesa de luz pero no pude llegar a él. No me quedaba otra que esperar a que mi hija saliera del colegio al mediodía. Intenté volver a dormir pero no pude. Me puse a pensar en los viejos tiempos de la escuela secundaria cuando vivía en un internado. Las noches eran divertidas y siempre hacíamos cagadas con mis compañeros. Había uno a quien habíamos agarrado de punto y le poníamos crema de afeitar en el picaporte de la habitación. Siempre caía y se enchastraba todo. Ahora que lo pienso era una boludéz, pero nosotros nos matábamos de la risa. Esos eran buenos tiempos, pero ahora, la falta de trabajo, el aburrimiento, el agobio existencial.

            Un par de horas estuve ahí, divagando con la mente, con el cuerpo inmovilizado, finalmente, mi hija llegó del colegio. ¡Renataaaaa!, grité. Ella se asomó desde la puerta. ¿Qué pasa, papi? Renata, estoy pegado a la cama. Uhhhh, ¿y qué puedo hacer? Traeme algo para tomar. Tengo sed. Me trajo un poco de agua fresca, hacía mucho calor. Volteé un poco la cabeza para dar algunos sorbitos de costado. Papá estás todo transpirado. Me puso unos paños frescos sobre la cabeza y encendió el aire acondicionado. ¿Desde cuándo estás así, papá? Desde esta mañana. Me hubieras llamado a la escuela y venía. Pero si no puedo, no puedo ni mover los brazos. ¿Querés que te traiga algo para comer? Sí, un pedacito de pan con mermelada, algo blando y fácil de tragar porque viste que no puedo mover la cabeza demasiado. Me trajo el pan con mermelada y me lo dio de a pedacitos. Calmó mi hambre. ¿Qué le voy a decir a tu mamá? Decile que te despertaste pegado a la cama, y listo. Pero si se piensa que no me quiero levantar. Se va a dar cuenta, papá. Se nota que estás pegado. A lo mejor para cuando ella llegue se me pasa. 

            Cuando llegó mi esposa ella estaba realmente cansada. Entró en la pieza. ¡Qué calor que hace en la calle, por Dios!, exclamó. ¿Te fuiste en bicicleta?, le pregunté. ¿Qué hacés vos acostado todavía? Estoy pegado a la cama. Pufff, lo que faltaba ¿Y desde cuándo? Desde esta mañana. ¿Renata te trajo algo de comer? Sí, sí. Bueno, me voy a tirar un rato al lado tuyo para descansar. Está lindo acá con el aire acondicionado, dijo. ¿Cómo te fue en el trabajo?, pregunté. Bien, bien, me dieron el ascenso. ¡Qué bueno, mi amor! La verdad que sí. Me tenía fe. ¡Más plata!, exclamó. Viene bien porque vaya a saber uno cuánto tiempo vas a estar vos pegado a la cama, así ni trabajo vas a poder buscar. Ya lo sé, dije.

            Pensé en los buenos momentos. Era vendedor de camionetas Volkswagen. Se vendían bien. Yo conozco el oficio y soy elocuente y tengo el don de seducir a la gente. Tenía buena comisión, así que vivíamos mejor que ahora. Después la concesionaria se mudó a otra ciudad y me quedé sin trabajo. Un garrón. Anduve errante por la ciudad buscando trabajo. Llené las páginas web con mi curriculum. Pero nada. Está dura la calle para un vendedor. Lo único que aparece para vender son cosas raras, chucherías chinas, o cosas invendibles como lanchas o luminarias para eventos sociales. Ahora, estoy pegado a la cama; lo único que me faltaba. A decir verdad, escuché de algunos otros que despertaron pegados a la cama. Un muchacho conocido que estaba jugando en la reserva de Central y se quebró los cruzados. Un amigo diabético al que le tuvieron que amputar una pierna. Una señora a quien se le murió el marido. Cuando mi esposa despertó le dije: ¿Te acordás de Martita? Cuando quedó viuda despertó pegada a la cama. Sí, me acuerdo, dijo. Pero mejor ni me hagás acordar, la tuvieron que sacrificar, agregó. Tenés razón, dije triste otra vez.  Mejor ni recordarlo. Mi esposa todavía estaba contenta por el ascenso. Empezó a besarme y yo hice lo que pude. La cosa se enfervorizó y se subió encima de mí y tuvimos relaciones. Me sentí bien. Un poco hombre. Algo que hacía tiempo no me sentía.

            Pasaron unos días. Un día entró mi esposa furiosa en la pieza. A ver dejame ver algo. Pasó la mano entre la cama y mi cuerpo. Te estás mandando la parte. No hay ningún pegamento. Vos no tenés voluntad para levantarte. Pero no, mi amor, no me puedo despegar. ¡Mentira!¡Yo no estoy para mantener vagos! Más vale que te levantes. Me apagó el aire acondicionado y salió de la pieza dando un portazo. Al rato entraron mi hija y mi hijo. Habló ella primero: papá, dice mamá que no estás pegado a la cama. Sí, eso dijo, manifestó mi hijo ¿Por qué haces esto, papá? ¿Ustedes tampoco me creen? No me puedo mover. ¿Ustedes se creen que yo quiero estar así? Papá, tenés que salir y buscar trabajo. Somos una familia. Todos tenemos que colaborar. ¡Dios mío!¿Por qué no me creen? ¿Te acordás de Gustavo, Renata? El muchacho que jugaba en Central y se rompió los cruzados. Él también apareció pegado a la cama. Tenés razón, sí, me acuerdo, cuando se curó le dijeron que podía volver a jugar y se despegó. Pensaron en sacrificarlo. Qué triste. Sí, por favor, denme una posibilidad, seguramente voy a despegarme pronto. Pero papá, mamá dice que no hay nada que te pegue a la cama, dice que pasó la mano por abajo de tu cuerpo y no tenés nada. ¡Pero no me puedo mover! Mis dos hijos me besaron y salieron de la pieza.

            Traté de hacer un esfuerzo descomunal por despegarme pero no pude. Empecé a angustiarme. Un dolor opresivo en el pecho. Un ardor. Empecé a sentir un fuego adentro mío y la sensación vertiginosa de estar cayendo en un precipicio y la inminencia de que me iba a hacer mierda contra algo. Grité. No fue un pedido de socorro, fue una descarga, volví a gritar. Mi esposa se asomó a la pieza. Vago de mierda, dijo. Ahora hacés show, agregó. ¿Podés llamar a un médico?, le pregunté. Ni loca ¿un médico? ¿para hacer más teatro? Voluntad, papito, eso te hace falta. Levantate y déjate de mandar la parte. Nadie me comprendía. Yo hubiera sido el primero en levantarme de la cama y salir a buscar trabajo. No deseaba otra cosa que volver a ser un ciudadano digno. Un trabajador digno. Alguien capaz de sostener una familia. Pero, ahora estaba pegado a una cama sin esperanzas y sin que nadie me creyera. Escuché murmullos entre mi esposa y mis hijos. Lo único que faltaba era que pensaran en sacrificarme. Mi esposa no iba a hacerlo. ¿Saben por qué no iban a hacerlo? Porque mi esposa iba a preferir humillarme siendo ella la que mantenía la casa antes que dejarme morir. Iba a venir a sermonearme todos los días y hacerme sentir un inútil, un fracasado. Posiblemente se iba a conseguir un amante y disfrutar de la vida sintiéndose superior a mí. Solo una cosa podía salvarme: un milagro. Entonces pensé que él milagro sería yo. Me levanté de un saque con la cama pegada en la espalda. Pesaba como un baúl lleno de muertos. Mi esposa y mis hijos me miraban con los ojos hechos unas bolas de hielo inmensas. Yo parecía un transformer pero por dentro era un montón de vidrio destrozado. Caminé en piyamas, arrastrando sobre mí la cama, llevándome un montón de cosas por delante; las cosas caían y se rompían pero a mí no me importaba nada, tenía la convicción de que mi vida iba a cambiar. Manoteé los curriculums y salí a la calle.

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Sebastián Rogelio Ocampo

Rosario - Argentina

 Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Agosto 2026






Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen.
Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

lunes, 22 de junio de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Ratas" - Un relato del escritor: Sebastián Rogelio Ocampo - Rosario - Argentina -


Editorial Atrapados por la Imagen


Presenta: 


-RATAS-

Del escritor: 

Sebastián Rogelio Ocampo


"Artista de Atrapados por la Imagen"


 Cuento inédito  perteneciente al libro:

 "ESTA PORQUERÍA NO SE LA DESEO A NADIE" 

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen


RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"Ratas"
 SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO 

              Hay ratas en mi casa ¿Las escuchan? Corren de un lado a otro, se esconden debajo de la heladera, dentro del placard, entre los libros de mi biblioteca ¿De dónde salieron? No hay baldíos alrededor. Las casas del vecindario son modestas pero limpias. Las ratas llegaron a mi casa hace un par de meses. Mis hijos y mi esposa dicen no verlas, pero yo las veo y las escucho. Esos chirridos horribles que largan. Parece que se rieran o se burlaran de mí. A veces estoy mirando televisión y empiezan a gritar, y pasan a toda velocidad de un lado a otro. Me paro sobre el sillón, grito yo también. Mis hijos me preguntan qué me pasa. Mi esposa está cansada. Dice que me volví loco, pero no, las ratas existen, están ahí, escondidas en mi casa como malditos espíritus.

              Mi esposa me mandó al psiquiatra. Soy un buen hombre, dispuesto a resolver los problemas de la forma correcta, así que fui a ver al doctor. Me escuchó sin decir muchas palabras, asentía, hacía gestos con la boca, con las cejas. Me recetó un psicofármaco. Acepté tomarlo, una pastilla a la noche. Busqué en google y dice que es para el tratamiento de las alucinaciones. Pero no es así. Las ratas existen, yo las veo y las escucho y las padezco.

             Siempre me creí especial, puede que sea eso, que las ratas sean una especie de demonios que yo solo puedo ver. Tal vez vienen a darme algún mensaje. Vienen a decirme que las cosas no marchan bien. Estoy desempleado. Eso es verdad, las cosas no están bien, mi esposa trabaja de administrativa y la plata apenas alcanza. Mi hijo, el mayor, también hace changas de cadetería con la bici. Yo me la paso en casa. Hago las cosas, cocino, lavo la ropa, barro, plancho, todas esas cosas tristes que a nadie le importan. Mis amigos dicen que soy un vago, que no quiero trabajar, pero sí, quiero trabajar, soy oficial tornero, me canso de repartir currículums, y además trabajo, trabajo en casa ¿Qué les pasa?

           Y ahora las ratas. A veces a la noche, me despierto, las escucho, agarro la escoba, las persigo, plaf, plaf, golpeo el piso y las paredes, pero nunca las atrapo. Suben por las paredes, se trepan, se trepan al techo, y pasan a todo lo que da sobre nuestras cabezas. Me despierto varias veces a la noche. Las escucho. Malditas. ¿Serán acaso el mensaje de que me estoy volviendo loco? ¿Será una condena divina por haberme quedado sin trabajo? ¿Será que yo mismo soy una rata más?

             A decir verdad a veces desaparecen. Unos días, mientras meto ropa a lavar me pongo a leer a las poetas suicidas Pizarnik o Alfonsina. Tengo los libros guardados entre la ropa porque mi esposa dice que pierdo el tiempo leyendo poesía. Separo las prendas de color de las prendas blancas. Me apoyo en el lavarropas, rodeado de detergentes, suavizantes, y otros líquidos. Leo de Pizarnik:

"Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa".

Siento que el mundo va a terminar, que ya no va a haber una vida para mí, que sería mejor terminar con todo, que no soporto la humillación de ser un ceniciento. Cuando desaparecen pienso, pienso mucho, demasiado, los pensamientos me aturden, me duele el pecho y la cabeza, y cuando está todo por explotar, ahí, aparecen las ratas, corren, gritan, se ríen. Se ríen como hienas. Como se reían los chicos de la escuela al burlarse porque yo usaba lentes.

            A lo mejor tiene razón mi esposa. Las ratas son alucinaciones. Pero no, me acuesto y las escucho roer el machimbre de las paredes. Cuando meto al horno algunas supremas las veo salir de ahí abajo a toda velocidad, pasándome entre las piernas. Últimamente tengo miedo. Un miedo terrible de que puedan hacerme algo. ¿Si me muerden? ¿Si me contagian alguna peste extraña y me muero? Una ansiedad me recorre y quiero matarlas.

            Entonces me agarró un ataque de locura que podría salirme caro. Compré 126 tramperas y las distribuí por toda la casa, incluso debajo de las almohadas en la cama, de las sillas de la cocina y en los sillones del living. Yo sé qué posiblemente mi psiquiatra me mande a internación pero las ratas no van a vencerme. Las voy a liquidar, las liquidaré a todas, inclusive si me cuesta la vida, pero desaparecerán. Desaparecerán tanto si viven en mi cabeza o si andan dando vueltas por mi casa. Lo juro.

              ¡Las exterminaré!¡Las exterminaré!, gritaba. Cuando mi esposa y mis hijos descubrieron la cantidad de tramperas que puse en casa se espantaron. Mi esposa llamó al psiquiatra. El psiquiatra me citó. Me dijo ¿Qué es esto? Nada, quiero atrapar a las ratas. ¿No le parece desmedido? Acepté por el bien de mí mismo y para evitar una internación que había propuesto el doctor que el despliegue había sido demasiado. Así que prometí quitar las tramperas. Solo dejar algunas. Debajo de la heladera, de la cocina, de la cama. Algo coherente según consideraba mi familia y el psiquiatra.

¡Atrapé una! Finalmente atrapé una. Apareció enredada en el alambre de la trampera con un pedazo de queso todavía en la boca. La saqué agarrándola delicadamente de la cola. La hice pendular felizmente frente a mis ojos. ¡Atrapé una!, le grité a mi familia. Cuando se la mostré. Me miraron con ojos de pequinés tristes. Eso es una zanahoria, papá, dijo mi hijo. ¡¿Cómo que es una zanahoria?! La puta madre, ahora que agarré una tampoco me creen. No importa. Agarré la campera al vuelo. Salí de mi casa y me fui para el taller donde se juntan los muchachos. Las ratas me seguían como un grupo de adolescentes de fiesta. Estaban todos sentados en ronda tomando mate y hablando. Las ratas pululaban por todos lados.

¡Miren quién apareció!, dijo uno.

Muchachos, estoy desesperado ¡Miren las ratas!

¿Qué pasó, loco? Contanos.

Encontré esta rata en mi casa.

La sostuve de la cola frente a ellos.

Otra vez esa mirada de como quien ve a un elefante caminar por el medio de la calle.

Eso es una zanahoria, loco.

¡¿Cómo que una zanahoria?!¿No ven que es una rata? ¡Una maldita rata!

Las ratas reían.

Pará, pará, loco, vino uno y me puso la mano sobre el hombro.

Me saqué la mano del hombro de un manotazo, yo no quería ningún consuelo.

¡Ustedes están todos pirados!¡Igual que mi familia!¡Chau manga de putos!

Y me fui rodeado de ratas.

Me fui con la rata ahora agarrándola del cuerpo como si fuera un peceto.

Sentía mi sangre hervir, hervir el aire en los pulmones, hervirme el cerebro. Las ratas me perseguían como si yo fuera el flautista de Hamelin. 

              Empecé a preguntarle a la gente si veían una rata o una zanahoria y todos decían una zanahoria. ¡Una zanahoria!¡Hijos de puta! Era una maldita rata. Le veía las orejitas, las patitas, la cola larga como un cordel. Se las mostraba a los que pasaban. ¡Una zanahoria!, decían. Me subí a un tacho de basura y grité ¡¿Qué ven acá?! La gente se empezó a amontonar. La gente me miraba y gritaban ¡Una zanahoria! ¡Hijos de puta!, les gritaba yo. Las ratas alborotadas a mí alrededor. Al final llegó la policía.

Terminé sentado frente al psiquiatra. 

¿No le parece un poco excesivo todo esto?

Lo miré con furia.

                Usted no es un hombre para estar haciendo estas cosas.

                Me hubiera gustado decirle la pesadilla que las ratas significaban para mí.

                ¿Así que esto es una zanahoria?, pregunté.

                Claro. Por supuesto.

                Bueno, dije.

                Me la puse en la boca y le mordí la cabeza. Pude sentir la sangre chorreando por mi boca. Cayendo sobre mi camisa, sobre mis pantalones. El tipo empezó a tocar un timbre que tenía a un costado, el timbre chirriaba y chirriaba, aparecieron dos enfermeros y yo les sonreí con la boca llena sangre. Mientras tanto, a mis pies, a los costados, pasaban ratas a todo lo que da llenando el consultorio.

                                 __________                                                 


 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


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Rosario - Argentina

 Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

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Junio 2026



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Afectuosamente...


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Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 


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Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

lunes, 18 de mayo de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Silencio" - Del escritor: Sebastián Rogelio Ocampo - Rosario - Argentina.


Atrapados por la Imagen


Presenta...

"Silencio"


Relato inédito para Atrapados por la Imagen

Del escritor: 


SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO 


"Artista de Atrapados por la Imagen" 


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Relato inédito para Atrapados por la Imagen


"Silencio"
SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO


            Todo comenzó con cosas pequeñas. Yo le decía a Cecilia algo así como: ¿Me alcanzás la mayonesa? o ¿Preparás los mates? Y ella nada. Seguía con sus cosas como si nada. Si estaba comiendo seguía comiendo, si estaba barriendo seguía barriendo. Yo volvía a repetir: ¿me alcanzás la mayonesa? y entonces sí, me miraba con una expresión de sorpresa, y me pasaba la mayonesa. Fue cerca de la época en que llegó a mi casa una canasta con un rompecabezas. Tocaron el timbre, miré por el postillo y había una canasta frente a la puerta. Salí, la observé con desconfianza, después me di cuenta de que adentro tenía la caja de un rompecabezas. Había que armar la imagen de una galaxia. Hice espacio en mi escritorio y desparramé las fichas.

            Quise contarle a Cecilia del rompecabezas pero no me escuchó. Se lo dije una noche mientras cenábamos y nada. Otra noche antes de dormir mientras estábamos acostados y nada. Se lo repetí un par de veces, pero parecía no escuchar mis palabras. Después me pasó con el verdulero de la esquina. Le pedí zapallitos y el tipo pasó de largo. Tuve que agarrar los zapallitos del cajón, ponerlos en mi bolso y mostrárselos. Ahí fue que me cobró. Cuando saludé al colectivero tampoco me escuchó. Para tratar de calmarme me puse a armar el rompecabezas. Quinientas piezas había. La parte del centro de la galaxia me pareció accesible. No renegué mucho. Se lo quise contar a Cecilia. A la noche, los dos boca arriba en la cama, le conté lo del rompecabezas. No me contestó nada. Volví a contarle. Ella siguió en silencio. La sacudí.

-          ¿Por qué no me escuchás? – le pregunté.

-          Dejame dormir – dijo. Se dio vuelta, se tapó hasta los hombros y empezó a

roncar. Esa noche di vueltas en la cama. No me podía dormir. Me levanté, me hice un té de tilo y me puse a armar el rompecabezas. Al otro día, cuando entré en la oficina y saludé:

-          ¡Buenos días!

Nadie contestó. Agaché la cabeza y me encerré a trabajar. Llamé a mi hermano.

Le dije que algo raro me estaba pasando. No me escuchó. Volví a insistir, a tratar de explicarle lo que me estaba pasando. Me dijo: te dejo me voy a trabajar, y me cortó.

            Me empeñé en armar el rompecabezas. La parte del contorno era complicada. Todas las piezas oscuras. Me desesperé. Estuve hasta tarde en la noche. Descubrí que Cecilia había empezado a dormir sentada en el inodoro. Me hice más té de tilo. Golpeé la puerta del baño.

-          Cecilia… ¿Por qué dormís en el baño? ¿Qué está pasando? – le pregunté.

No me contestó. Escuché los ronquidos. Al otro día me encontré con mi mejor

amigo. Le quise contar que nadie me escuchaba, que no sabía qué estaba sucediendo, que Cecilia había empezado a dormir sentada en el inodoro. Mis palabras se perdían inconsistentes en el aire. Mi amigo no me escuchó. Me contó que se iba a tomar unos días en el trabajo, que se iba de viaje.

            Fui hasta la iglesia. En el confesionario intenté decirle al cura lo que me estaba pasando.

-          Rezá diez padres nuestros y cinco avemarías – me contestó, no hizo ningún

comentario sobre mi situación.

            Empecé a buscar la forma de decir las cosas más elegantemente, pensé que había algo en mi elocuencia que impedía que me escucharan, pero nada. Intenté usar frases más cortas, contar sin rodeos, cambiar el tono de voz. Nada. Nadie me escuchaba. Me concentré en la resolución del rompecabezas. Logré avanzar en el armado. Cecilia seguía durmiendo en el baño. Quise contarle de nuevo a algún amigo. Quise contarle lo que me pasaba, lo de Cecilia, lo del rompecabezas. Hablaba, les hablaba, le contaba a la gente lo que me pasaba y nada, mis palabras atravesaban el mundo sin decir nada. Empecé a gritar. Nadie parecía darse cuenta. Fui a un psicólogo, él me escucharía, era su deber, pero tampoco lo hizo. Me di cuenta porque miraba todo el tiempo el reloj para ver cuando terminaba la sesión.

            Hablar y que nadie te escuche.

            Una noche subí a la terraza y grité, grité con todos mis músculos, con todos mis pulmones, con toda mi fuerza. Grité hasta quedar cansado. Después me tiré boca arriba. Las estrellas salpicadas allá arriba como al capricho de algún Dios. Estaba agitado. De pronto pegué un último grito, con la boca inmensa, hasta desgarrarme, escuché el estallido de algunos vidrios. Tal vez el espejo del baño, eso despertaría a Cecilia. Finalmente hubo silencio, mucho silencio, sordo silencio.

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©Sebastián Rogelio Ocampo

Rosario - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

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Ilustración: Imagen libre de la Web


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Mayo 2026



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jueves, 9 de abril de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN PRESENTA : "haCHaZo" - Del escritor: Sebastián Rogelio Ocampo - Rosario - Argentina.

 

Atrapados por la Imagen






Presenta...


"haCHaZo"

de:


SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO 


"Artista de Atrapados por la Imagen" 


 Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

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"haCHaZo"

SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO

                                     

            Un hachazo me partía en dos. No sé de dónde vino. Fue cerca de los 17 o 18 años. Ahí lo recibí casi sin darme cuenta. En realidad nunca vi el hachazo. Sentí un dolor. Un dolor ardiente como un volcán. Un dolor profundo hasta la más recóndita de mis entrañas. Un dolor que me tenía revolcándome por las mañanas, por las tardes, por las noches. No solo era el dolor. Era lo insoportablemente incómodo. Me partía al medio y por ejemplo mi cara quedaba divida, un ojo por un lado, un ojo por el otro, tenía que hacer extrañas maniobras oculares para poder mirar. Lo mismo para comer. Tenía la boca partida al medio y el esófago abierto. No podía meterme de una la comida en el esófago así que tenía que masticar haciendo malabares para poder después tragar. Hacer saltar la comida de una hilera de dientes a la otra, lo mismo de una mitad de lengua a la otra para al menos saborear un poco. A veces el hachazo cerraba un poco es verdad. Cuando estaba con alguna chica. Cuando estaba con algún amigo. Mi madre me decía que tenía que ir al psicólogo pero qué mierda puede hacer un psicólogo con un hachazo. Decirle que siempre había odiado a mi padre no solucionaría nada. Cuando el hachazo cerraba y besaba a una chica sentía algo de placidez, como una marea de alivio que se echa sobre una playa llena de vidrio al rojo vivo. Pero a pesar del agua de mar, fresca, un beso de mujer, pleno, muscular, húmedo, el rojo vivo estaba por debajo esperándome.

            Leí en alguna revista de esas que salen en el diario los domingos que los hachazos esos se alivian con ejercicio físico. Así que salí a correr. Dios mío. Hice unas cincuenta cuadras corriendo y esa mierda seguía ahí, viva y candente como ella misma. Me tiraba a la cama y me retorcía de dolor. Me encerraba en mi pieza y me cortaba los brazos con la hoja filosa de un sacapuntas para aliviarme pero no había manera. Un hachazo. Imaginan un hachazo. No conocer el origen. Sentirlo. Que te siga a la panadería a la mañana, al parque a la tarde, al boliche a la noche, a los museos, a los billares, a las galerías donde venden aviones de plástico para armar, al cine. Sentarse junto a la estatua del Negro Olmedo y sentir el hachazo. La palabra lo dice todo con esa CH tan brutal y esa Z cínica.

            Me sentía culpable. Algo debía haber hecho. No creía que fuese un castigo de Dios. No creía en Dios. Más bien lo creía un castigo de la vida. Algún gen perdido en mi organismo. Había tenido una infancia feliz, salvo soportar unos años la depresión de mi madre y un padre ausente. Empecé a fumar. Tal vez el tabaco, esa cierta estética del cigarrillo aliviaran el hachazo, pero no. No había forma. Imposible. Comencé a escuchar a Kurt Cobain, a leer a Hemingway. Algo aliviaba. Un momento de calma. 

            El hachazo había aparecido en mi vida de un día para el otro como una condena. Pensé en mudarme, pero escuché en una canción de Fito Paez algo así como que puedes cambiar de lugar pero lo que sos lo llevarás siempre encima. Lo intenté. Viajé a la Quebrada de Humahuaca. Lugar hermoso si los hay. Algo alivió los primeros días pero después volvió con una fuerza abrumadora. Me dolía como si un meteorito en llamas hubiera impactado en el centro de mi cuerpo. Esto siguió así hasta que una noche fui a un bar con karaoke. Canté una canción que se llamaba Freak, algo punk, y había en el lugar unos pibes que querían armar una banda de rock y no tenían cantante. Se emocionaron. Cuando bajé del escenario me invitaron a cantar para ellos. Y ese look que tenés partido al medio es alucinante, dijeron. Así fue que me largué, de a poco empezamos a sonar en diferentes bares y clubes de la ciudad. Inventé una canción: EL HACHAZO ESTÁ AQUÍ. Y fue todo un hit. La gente cantaba ¡El hachazo está aquí! Nananana ¡El hachazo está aquí! Y así fue, mientras cantaba esos ritmos pesados y electrizantes aliviaba o se mezclaba con toda la euforia y la adrenalina, sí, aliviaba con el furor, la ferocidad, pero yo sabía en el fondo que, una vez terminado el show, una vez que las luces se apagaran y los parlantes dejaran de rugir, y la gente de saltar, y las latas de cerveza sean lo único que quedara en el suelo, yo sabía, tanto sabía, como decía la canción, que EL HACHAZO ESTÁ AQUÍ.  

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