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domingo, 20 de septiembre de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY SAN FRANCISCO DE ALFARCITO, JUJUY

 SAN FRANCISCO DE ALFARCITO, UN RINCÓN JUJEÑO CON MÍSTICA PROPIA

  



En la inmensidad de la Puna jujeña existen pequeños pueblos que parecen guardar sus historias en silencio, entre montañas, caminos y paisajes que conservan una belleza casi intacta. Son lugares donde el tiempo parece transcurrir de otra manera y donde la sencillez de sus habitantes se convierte también en parte de su encanto. Entre ellos se encuentra una verdadera perla del norte argentino: San Francisco de Alfarcito.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, te invito a conocer un poco más de este singular rincón de Jujuy, un pequeño pueblo ubicado a unos 170 kilómetros de la capital provincial, que sorprende no solo por la calidez de su gente y el paisaje que lo rodea, sino también por una particularidad que lo hace diferente: solo puede recibir hasta 22 visitantes a la vez.


UN POCO DE HISTORIA

San Francisco de Alfarcito es una pequeña comunidad de la Puna jujeña que ha sabido conservar, a través del tiempo, buena parte de las costumbres y formas de vida heredadas de sus antepasados kollas. Su nombre está ligado al cultivo de alfalfa, una actividad que históricamente formó parte de la vida de sus habitantes y que todavía permanece presente en las tareas del campo.



Ubicado a unos 3.400 metros sobre el nivel del mar, en el departamento de Cochinoca y a orillas de la laguna Guayatayoc, el pueblo se encuentra entre las cumbres de Alfar y rodeado por el río Cortaderas. Allí, el paisaje parece abrazar las pequeñas construcciones de piedra, adobe y paja, mientras los cerros que rodean la comunidad se recortan contra un cielo diáfano durante buena parte del año.




Son alrededor de 25 las familias que habitan este rincón de la Puna, donde las montañas también forman parte de la memoria colectiva. Fueron sus propios habitantes quienes dieron nombre a algunos de los cerros que rodean el pueblo, como el Maravilloso, el Negro y el Tres Pintores. La aldea, de tonos ocres y formas sencillas, tiene como protagonista visual a la blanca Iglesia de San Francisco de Asís, que sobresale entre las viviendas.




La vida cotidiana transcurre siguiendo los ritmos de la naturaleza y un antiguo calendario agropastoril y cultural. La comunidad se organiza para realizar las tareas del campo y muchas de ellas son rotativas entre las familias. Se cultivan maíz, alfalfa y habas, mientras que la cría de llamas, ovejas y cabras constituye otra de las actividades que sostienen la vida cotidiana.




Con el paso de los años se sumaron nuevas actividades, como la elaboración de artesanías y el turismo. Entre ellas se destacan los tejidos realizados con lana de llama, cuya elaboración continúa vinculada al calendario ancestral: las esquilas, por ejemplo, se realizan durante el verano.




Pero quizás una de las características más valiosas de Alfarcito sea la manera en que sus habitantes entienden la vida en comunidad. Allí permanece viva una filosofía del buen vivir heredada de sus ancestros, basada en la armonía, la colaboración y el cuidado compartido del lugar. Incluso la conservación de los espacios públicos y de los recursos naturales se decide y se lleva adelante de manera comunitaria.



Ese vínculo con la naturaleza también tiene una dimensión sagrada. En el pueblo existe un ojo de agua considerado un sitio de especial importancia, donde cada agosto se celebra a la Pachamama. Durante la tradicional corpachada se preparan comidas típicas, como el picante de mote, la tijtincha y el pire, que se comparten entre familiares y amigos junto con chicha y hojas de coca.

La tradición también se expresa en sus celebraciones religiosas. Cada 4 de octubre, la comunidad celebra sus fiestas patronales en honor a San Francisco de Asís, en una muestra de ese particular sincretismo que une las creencias católicas con las prácticas ancestrales andinas.

La iglesia del pueblo merece una mirada especial. Sus techos abovedados, realizados con madera de queñua y cubiertos con adobe, forman parte de una arquitectura sencilla pero profundamente ligada al paisaje y a la historia de la comunidad.




Al caer la noche, cuando la luna aparece entre los cerros, el ritmo de Alfarcito se vuelve todavía más sereno. Entonces, entre las montañas, el silencio apenas se interrumpe por el sonido del agua. En la parte alta del pueblo, tres grandes piletones destinados a la cría de truchas aportan además otro recurso para el sustento de sus habitantes.

Y en medio de esa tranquilidad hay dos habitantes muy particulares que se han ganado un lugar en la vida cotidiana del pueblo: Cholo y Blanca, dos llamas que quedaron sin sus progenitores y fueron adoptadas naturalmente por la comunidad. Hoy caminan libremente entre las casas, como si siempre hubieran pertenecido a ese paisaje.




Quizás sea justamente esa combinación de naturaleza, tradición y vida comunitaria la que permite comprender por qué San Francisco de Alfarcito conserva una identidad tan particular. Un pequeño pueblo donde las antiguas costumbres no parecen formar parte solamente del pasado, sino que continúan acompañando, silenciosamente, la vida de quienes lo habitan.


¿
POR QUÉ SÓLO 22 VISITANTES A LA VEZ?

En San Francisco de Alfarcito el turismo tiene una particularidad que sorprende desde el comienzo: sólo 22 visitantes pueden alojarse al mismo tiempo en el pueblo. Pero lejos de tratarse de una estrategia de exclusividad, la razón es mucho más sencilla. La pequeña comunidad cuenta únicamente con 22 plazas habilitadas para recibir turistas.




Sin embargo, detrás de ese número hay también una decisión que habla de la manera en que sus habitantes entienden el turismo. Aunque la llegada de visitantes representa una oportunidad para generar nuevos ingresos, la comunidad eligió mantener un equilibrio entre quienes llegan y la vida cotidiana del pueblo, procurando preservar sus costumbres, su entorno y esa tranquilidad que forma parte de su identidad.




Por eso, visitar Alfarcito no significa simplemente llegar a un destino y recorrerlo. La propuesta invita a acercarse a una comunidad que conserva sus formas de vida y que busca compartirlas sin que el turismo transforme aquello que la hace especial. Sus construcciones de piedra, adobe y paja, sus antiguas tradiciones y el paisaje inmenso de la Puna forman parte de una experiencia en la que el visitante puede sentirse, por un momento, dentro de la vida del lugar.




Esa misma idea de comunidad se refleja incluso en pequeños detalles de la vida cotidiana. En el pueblo existen dos espacios gastronómicos y, en lugar de competir entre ellos, se organizan para que cuando uno abre sus puertas, el otro permanezca cerrado. Una manera sencilla de entender que allí la cooperación tiene más valor que la competencia.

Llegar hasta este rincón jujeño también forma parte de la experiencia. Desde San Salvador de Jujuy, el camino conduce por la Ruta Nacional 9 hacia los paisajes de la Quebrada de Humahuaca y luego por la Ruta Nacional 52, hasta tomar el desvío que lleva hacia Alfarcito. El recorrido atraviesa algunos de los escenarios más imponentes de la Puna y prepara al viajero para encontrarse con un pueblo pequeño, silencioso y profundamente ligado a su territorio.




Quizás esas 22 plazas expliquen, en parte, el encanto de este lugar. Aquí el turismo parece tener otro ritmo: llegar, conocer, compartir y marcharse sin dejar que la presencia del visitante borre la esencia de quienes viven allí. Una invitación a descubrir la Puna desde adentro, pero respetando el pulso propio de la comunidad.





Pienso que, quizás la magia de San Francisco de Alfarcito esté justamente en aquello que no necesita grandes explicaciones: sus montañas, el silencio de sus calles, las historias que guardan sus habitantes y esa manera tan particular de entender la vida en comunidad.

En un mundo que muchas veces parece avanzar demasiado rápido, este pequeño rincón de la Puna invita a detenerse, mirar y escuchar. A descubrir que todavía existen lugares donde las tradiciones siguen vivas y el tiempo parece andar más despacio.

Y tal vez sea eso lo que uno se pueda llevar al partir, la sensación de haber conocido un lugar que no se visita solamente, sino que se guarda para siempre en la memoria.



Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen





Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

domingo, 13 de septiembre de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, ARROYO TURQUESA, SAN JUAN

 ARROYO TURQUESA, LA JOYA OCULTA DE LAS MONTAÑAS SANJUANINAS


Hay paisajes que parecen inventados por la naturaleza para sorprendernos. Colores intensos que se derraman entre las montañas, tonalidades celestes que contrastan con la inmensidad de la cordillera y rincones tan extraordinarios que cuesta creer que existan. En San Juan, uno de esos secretos se esconde a casi 4.000 metros sobre el nivel del mar, en plena Cordillera de La Ramada. Allí, bajo la mirada imponente del Cerro Mercedario, una de las cumbres más altas de América, el Arroyo Turquesa desciende entre las montañas como una joya de aguas cristalinas, convirtiendo a este remoto rincón de Barreal en un paisaje único, imponente y codiciado.


Hoy, en Domingos de Curiosidades, te voy a contar qué se esconde detrás de ese intenso color turquesa que convierte a este arroyo en un paisaje casi irreal, cómo nació este rincón perdido entre las montañas sanjuaninas y cuáles son los secretos que guarda uno de los lugares más sorprendentes de la Cordillera.



ARROYO TURQUESA, EL SECRETO AZUL DE SAN JUAN

En un rincón de la cordillera sanjuanina, entre montañas, piedras y tierras de tonos rojizos, un pequeño curso de agua sorprende por una tonalidad que parece salida de un sueño. es el arroyo turquesa, una de esas maravillas naturales que llaman la atención por la intensidad de sus aguas y por el paisaje que las rodea.

Su recorrido es breve, pero suficiente para dejar una imagen difícil de olvidar. durante unos 250 metros, el agua conserva ese característico color turquesa antes de mezclarse con otros cursos de agua y perder paulatinamente su tono vibrante.


UN NACIMIENTO ENTRE HIELO Y MONTAÑAS

El arroyo no tiene una historia humana de batallas o fundaciones, sino una rica historia natural ligada a la evolución de la cordillera.

Sus aguas provienen del deshielo del glaciar Caballito, ubicado en las entrañas del cerro mercedario, una de las grandes cumbres de los andes. desde allí, el agua comienza un pequeño recorrido entre las piedras de la montaña hasta dar forma a este particular paisaje.

Y aunque el tramo del arroyo es corto, guarda una de sus mayores sorpresas en el lugar donde nace, cuando el agua aparece entre las piedras, en la ladera de la montaña, aparentemente de la nada.


¿POR QUÉ SUS AGUAS SON TURQUESAS?

La explicación de este color tan particular está en los minerales presentes en el lugar, especialmente en el cobre. las aguas vertientes pasan en algún punto de su recorrido por una veta de este mineral y, al oxidarse, adquieren esa tonalidad azulada que hace único al arroyo.

Pero el fenómeno no queda solamente en el agua. al avanzar por el lecho, la corriente arrastra sedimentos minerales que terminan depositándose sobre las piedras y las van cubriendo poco a poco con el característico azul del óxido de cobre.

De esta manera, el color del agua y el de las rocas se unen para crear una escena de una intensidad sorprendente.


LAS PIEDRAS TAMBIÉN SE TIÑEN

Las rocas que se encuentran en el lecho del arroyo se van tiñendo lentamente con los sedimentos del mineral de cobre que arrastra el agua. con el paso del tiempo, esa acumulación les da una apariencia azulada que parece pintada sobre la superficie de las piedras.

La imagen resulta todavía más llamativa cuando el agua cristalina corre por encima de ellas y refleja la luz, haciendo que el turquesa se vuelva protagonista absoluto del paisaje.


UN COLOR QUE CAMBIA CON LA LUZ

La tonalidad del arroyo no siempre se percibe exactamente de la misma manera. puede variar según las condiciones del día y, especialmente, de acuerdo con el ángulo de incidencia de la luz solar.

Por momentos puede verse más claro, en otros más intenso, pero cualquiera sea su tonalidad, el espectáculo resulta sorprendente para quienes llegan hasta este rincón de la montaña.


UN PEQUEÑO RECORRIDO, UNA GRAN MARAVILLA

Frente a esta maravilla poco visitada, uno podría quedarse durante horas observando el agua discurrir por el lecho turquesa, siguiendo su recorrido entre las piedras y contemplando el contraste con las montañas que la rodean.

Con un resto de energías, el camino permite acercarse un poco más hasta llegar al lugar exacto donde surge el arroyo entre la piedra, en la ladera de la montaña.

Allí, donde el agua nace del deshielo y se encuentra con los minerales de la tierra, comienza este breve recorrido que la naturaleza convirtió en una de las imágenes más sorprendentes de san juan.


EL SECRETO AZUL DE LA MONTAÑA

El arroyo turquesa es pequeño en su recorrido, pero enorme en la impresión que deja. apenas unos 250 metros alcanzan para que el agua, las piedras, los minerales y la luz se encuentren y formen un paisaje extraordinario.

Es uno de esos lugares donde la naturaleza no necesita grandes dimensiones para sorprender. basta mirar el agua correr sobre las piedras teñidas de azul para entender que, en algún rincón escondido de la cordillera, la montaña guarda todavía pequeños secretos capaces de dejar sin palabras a quien se detiene a contemplarlos.


UN PEQUEÑO RECORRIDO, UNA GRAN MARAVILLA

Frente a esta maravilla poco visitada, uno podría quedarse durante horas observando el agua discurrir por el lecho turquesa, siguiendo su recorrido entre las piedras y contemplando el contraste con las montañas que la rodean.

El acceso hasta el arroyo puede hacerse a pie, mediante trekking, o en vehículos 4x4, una alternativa para quienes prefieren realizar el recorrido sobre ruedas por este particular paisaje de montaña.

Con un resto de energías, el camino permite acercarse un poco más hasta llegar al lugar exacto donde surge el arroyo entre la piedra, en la ladera de la montaña.

Allí, donde el agua nace del deshielo y se encuentra con los minerales de la tierra, comienza este breve recorrido que la naturaleza convirtió en una de las imágenes más sorprendentes de san juan.


Entre montañas y silencio, el Arroyo Turquesa parece guardar un secreto que la naturaleza solo revela a quienes se animan a llegar hasta él.

El agua nacida del hielo, las piedras teñidas de azul y la luz de la cordillera se unen en un paisaje que parece irreal.

Y quizás por eso, al emprender el regreso, queda la sensación de haber descubierto un pequeño pedacito de cielo escondido entre las montañas.


Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen





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domingo, 6 de septiembre de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, CUEVAS DE ACSIBI, SALTA

 CUEVAS DE ACSIBI, EL MISTERIO ROJO ESCONDIDO EN LAS MONTAÑAS DE SALTA



Hay lugares que parecen haber sido dibujados por la naturaleza con una imaginación desbordante. Entre montañas, formas caprichosas y tonos rojizos que parecen encenderse bajo el sol, las Cuevas de Acsibi guardan uno de esos paisajes que sorprenden a cada paso.

A solo 15 kilómetros de Seclantás, en el corazón de los Valles Calchaquíes, se esconde esta maravilla natural de Salta, conocida también como el “lugar de fuego”. Un rincón donde las montañas parecen contar historias antiguas y donde la inmensidad del paisaje invita a detenerse, contemplar y dejarse llevar por la fuerza de una naturaleza todavía salvaje.

Las Cuevas de Acsibi son, además, un destino ideal para quienes disfrutan del trekking, la fotografía, la historia ancestral y de esos lugares donde el contacto con la naturaleza se convierte en una experiencia difícil de olvidar.

Hoy, en Domingos de Curiosidades, voy a contarte los secretos de las Cuevas de Acsibi, un paisaje de montañas rojizas, formas sorprendentes y huellas de un pasado ancestral que convierten a este rincón de Salta en un lugar único.




UN PAISAJE ESCULPIDO POR EL TIEMPO Y EL FUEGO


Millones de años de viento, agua y movimientos de la tierra fueron modelando las areniscas y arcillas hasta convertirlas en un paisaje de formas caprichosas. La erosión, sumada al levantamiento de la cordillera de los Andes, dio origen a sinuosos cañadones, túneles y cuevas cuyas paredes parecen velas derretidas. Los colores van desde el gris hasta un rojo intenso, producto de la presencia de óxido de hierro en los sedimentos.


El nombre  Acsibi proviene del cacán y significa “lugar de fuego” o “rincón de fuego”. La denominación parece encontrar su explicación en el intenso color rojizo de las rocas, pero también en las tormentas eléctricas que suelen atravesar la región y en la gran cantidad de rayos que impactan sobre este particular paisaje.



Pero Acsibi no guarda solamente una historia escrita en sus piedras. En sus cuevas fueron hallados fragmentos de cerámica fina y antiguas pipas, evidencias que permiten pensar que estos espacios fueron utilizados para ceremonias y rituales por comunidades originarias como los sichas y malcachiscos, integrantes de los pueblos de la nación calchaquí.



La riqueza de sus rocas también fue aprovechada por las sociedades prehispánicas. La diversidad de materiales disponibles permitió elaborar piezas de alfarería, puntas de flecha y otros elementos destinados a las actividades cotidianas. La producción de estos objetos formaba parte de una compleja organización social, política y económica desarrollada por quienes habitaron este territorio durante siglos.



El valle también conserva las huellas de un pasado todavía más profundo. Pinturas rupestres y otros vestigios arqueológicos revelan la presencia humana en estas tierras, mientras que el lugar formó parte del antiguo Camino del Inca, sumando otra página a la extensa historia de los Valles Calchaquíes.



Y mientras las piedras guardan la memoria de quienes pasaron por allí, la naturaleza continúa escribiendo su propia historia. Pumas, llamas y cóndores forman parte de la fauna que habita esta región, acompañando un paisaje donde la luz se filtra por pequeñas aberturas entre las cavernas y transforma, a medida que avanza la tarde, los colores y las sombras de las rocas.



Es justamente ese juego entre piedra, luz y silencio el que convierte a las Cuevas de Acsibi en un escenario difícil de olvidar, donde la naturaleza parece haber trabajado durante millones de años para crear un rincón tan extraño como fascinante.




EL CAMINO HACIA EL MISTERIO

Llegar hasta las Cuevas de Acsibi es parte de la aventura. El recorrido comienza atravesando un desfiladero de sorprendentes formaciones de arenisca rojiza, donde las paredes van ganando altura y los colores se vuelven cada vez más intensos. El camino continúa entre quebradas, pasillos estrechos y formaciones que, esculpidas por el tiempo, parecen enormes velas derretidas.



Uno de los grandes protagonistas del recorrido es la luz. A través de pequeños huecos y aberturas, los rayos del sol ingresan en determinados momentos del día y se reflejan sobre las paredes rojas, ocres y amarillas, creando un extraordinario juego de luces y sombras que transforma el paisaje a cada instante.



El acceso combina un tramo en vehículo 4x4 con una caminata entre cañadones y formaciones rocosas. Según los relatos de los lugareños, algunas excursiones parten de la finca Montenieva, ubicada unos kilómetros al sur de Seclantás, y desde allí continúan en vehículos todoterreno hasta el inicio de la caminata. El recorrido se realiza con asistencia de guías locales, quienes conocen el terreno y acompañan a los visitantes durante la travesía.



Uno de los nombres vinculados a este recorrido es el de  Fido Abán, nacido en la zona y perteneciente a una familia con una larga historia en estas tierras. Los lugareños cuentan que fue quien descubrió las cuevas y que durante años se dedicó a acompañar a quienes llegaban hasta este rincón escondido de los Valles Calchaquíes.


Las Cuevas de Acsibi se encuentran a unos 15 kilómetros de Seclantás y a aproximadamente 30 minutos de Cachi. Por las características del terreno, se recomienda realizar la visita con guías locales y consultar previamente las condiciones del camino. La época más conveniente suele ser entre marzo y noviembre, evitando los períodos de lluvias intensas.


El esfuerzo del recorrido tiene su recompensa. Después de atravesar el cañadón, las quebradas y los túneles naturales, aparecen finalmente las Cuevas de Acsibi, con sus paredes rojizas y sus formas extraordinarias. Un paisaje que no solo se contempla, sino que se recorre paso a paso, como si cada curva del camino condujera un poco más hacia un secreto guardado durante miles de años.


Las Cuevas de Acsibi son mucho más que un paisaje. Entre rocas rojizas, túneles y haces de luz, la naturaleza parece revelar una historia escrita durante millones de años.

Tal vez por eso, cuando el silencio de las cuevas se mezcla con los tonos rojos de sus paredes, se tiene la sensación de estar frente a algo que pertenece a otro tiempo. Un lugar donde la naturaleza escribió su propia historia y todavía conserva, entre sombras y rayos de sol, el misterio de aquello que permanece intacto.

Un rincón de Salta donde la naturaleza, la historia y la memoria ancestral se encuentran para crear un paisaje difícil de olvidar.

Idea, investigación y edición: Isa Santoro
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domingo, 30 de agosto de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, CAMPO DE PIEDRA PÓMEZ, CATAMARCA

CAMPO DE PIEDRA PÓMEZ, LA MARAVILLA ESCONDIDA DE CATAMARCA



En medio de la inmensidad de la Puna catamarqueña, a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, aparece un paisaje que parece salido de otro planeta. Gigantescas formaciones de piedra blanca, modeladas durante miles de años por la naturaleza, se extienden hasta donde alcanza la mirada y transforman el paisaje en una postal casi irreal. El Campo de Piedra Pómez es una de las maravillas naturales más sorprendentes de la Argentina y, quizás por su aislamiento, también una de las menos conocidas.


Hoy, en Domingos de Curiosidades, voy a contarte la historia de este extraordinario rincón de Catamarca, cómo nació este paisaje único y qué secretos se esconden entre sus enormes formaciones de piedra.



DONDE EL FUEGO Y EL VIENTO ESCULPIERON LA TIERRA

El origen del Campo de Piedra Pómez se remonta, según las investigaciones, a unos 100.000 años atrás, cuando la intensa actividad volcánica transformó esta región de la Puna catamarqueña. En las cercanías se encuentra el Volcán Blanco o Robledo, considerado una de las principales fuentes del material que dio origen a este singular paisaje.



Las erupciones expulsaron enormes cantidades de material volcánico que se extendieron sobre la superficie en forma de flujos y depósitos de cenizas e ignimbritas. Al enfriarse rápidamente, los gases atrapados en su interior dejaron una estructura llena de pequeñas cavidades, característica de la piedra pómez, una roca liviana y porosa.




Pero la historia no terminó con los volcanes. Durante miles de años, el viento, las lluvias y otros procesos naturales fueron desgastando lentamente aquellas formaciones. La erosión actuó como un escultor paciente, abriendo pasadizos, creando cavidades y modelando enormes bloques hasta convertirlos en las formas caprichosas que hoy sorprenden a quienes llegan hasta este rincón de Catamarca.



Algunas de estas formaciones superan los cuatro metros de altura y se extienden a lo largo de más de 25 kilómetros, componiendo un paisaje donde las huellas del fuego que alguna vez emergió de la tierra conviven con la paciente obra del viento y del tiempo.




ENTRE PIEDRAS BLANCAS, SILENCIOS Y RELATOS DE LA PUNA

El Campo de Piedra Pómez todavía guarda algunas sorpresas para quienes se aventuran a recorrerlo. Una de las más curiosas está en la propia naturaleza de la roca. Aunque sus formaciones pueden alcanzar varios metros de altura, la piedra pómez es extremadamente porosa y liviana. Sus numerosos pequeños huecos se originaron por los gases atrapados durante su formación volcánica y hacen que, en determinadas condiciones, un fragmento de esta roca pueda incluso flotar en el agua.

También sorprende la manera en que el paisaje cambia con la luz. El blanco de las formaciones puede transformarse en tonos dorados, ocres y rosados durante las primeras y últimas horas del día, mientras las sombras resaltan las crestas y los corredores naturales. Por momentos, las enormes estructuras parecen olas detenidas para siempre en medio de la Puna.



Llegar hasta allí es parte de la aventura. El principal acceso se realiza desde El Peñón y el recorrido requiere vehículos 4x4 y el acompañamiento de guías habilitados, debido a las características del terreno y a la dificultad de orientarse entre las formaciones. El viento puede modificar las huellas y borrar las marcas del camino, haciendo que la inmensidad blanca parezca todavía más remota.




Quizás por eso, y por su aspecto casi extraterrestre, el Campo de Piedra Pómez despierta una sensación difícil de explicar. Sus corredores, sus formas caprichosas y el silencio de la Puna crean la impresión de estar frente a un paisaje que no pertenece a la Tierra. Esa apariencia ha alimentado comparaciones con la superficie de la Luna o de Marte y convirtió al lugar en uno de los escenarios naturales más singulares de la Argentina.




Pero junto a las explicaciones científicas también aparecen los relatos que nacen de la imaginación y de la tradición oral. Entre pobladores y baqueanos circulan historias que hablan de la Pachamama y de un misterioso “mar blanco”, como si la Madre Tierra hubiera extendido una enorme manta sobre la Puna para proteger sus secretos. No se trata de leyendas prehispánicas documentadas, sino de relatos populares transmitidos de boca en boca, nacidos al calor del misterio que provoca este paisaje.




Otra historia habla del llamado “Viento Blanco”. Cuando las ráfagas atraviesan las grietas y pasadizos de las formaciones, el aire produce silbidos que pueden resultar sobrecogedores. La imaginación popular convirtió esos sonidos en lamentos de antiguos viajeros o espíritus que, según el relato, se perdieron alguna vez en la inmensidad de la Puna.




Y están también las formas que la erosión fue dejando a su paso. Algunas siluetas reciben nombres entre quienes conocen el lugar y alimentan la sensación de encontrarse frente a gigantes petrificados. Tal vez allí esté una de las mayores fascinaciones del Campo de Piedra Pómez: la ciencia explica su nacimiento, el viento cuenta su historia y la imaginación termina de darle un alma propia.


Entre el viento y el silencio de la Puna, las piedras blancas parecen guardar la memoria de un tiempo lejano. El Campo de Piedra Pómez no es solo un paisaje extraordinario, es el resultado de miles de años de fuego, viento y paciencia.

Y quizás ahí esté su mayor encanto, en contemplar cómo la naturaleza puede convertir el paso del tiempo en una obra de arte.




Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen





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