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lunes, 21 de septiembre de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Pequeño Julián (Mamá me mima)" - Del escritor Emilio Bertero - Buenos Aires - Argentina

  

Editorial Atrapados por la Imagen


Presenta: 

"PEQUEÑO JULIÁN"

(Mamá me mima)


Del escritor: 

EMILIO BERTERO


"Artista de Atrapados por la Imagen"


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es ese rincón donde siempre hay lugar para una historia nueva, una foto, un poema o una idea que pide ser compartida. Un espacio hecho entre todos, donde crear, descubrir y encontrarnos es parte de la aventura.


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Cuentos y Relatos


"Pequeño julián (Mamá me mima)"
EMILIO BERTERO

 

               Pequeño Julián elige tres papas fritas grandes y se las embucha juntas, incluso cuando aún no ha terminado de tragar el puñado de maníes y palitos que se había metido a la boca un momento antes. Solamente él permanece sentado a la mesa, el resto de los chicos la han abandonado y están bailando. La mamá de Ana, la dueña de casa que ha permitido a su hija celebrar allí el egreso de la escuela primaria, mira con expresión divertida los contoneos incipientemente sensuales de los bailarines. Con un largo trago de gaseosa, Pequeño Julián empuja el bollo de papas, maníes y palitos, eructa y comienza a engullir un sandwich de miga. Consulta la hora, se pone de pie y se marcha tratando de que nadie lo advierta.

Regresa a su casa caminando despacio, encorvado y mirándose las zapatillas. Con el dorso de los dedos, sacude de vez en cuando una mancha de mostaza que se ha hecho en su camisa nueva. Camina en zig-zag, desde los frentes de las casas hasta los bordes de las veredas, lleva un paso de tortuga pese a que ya han transcurrido quince minutos desde la hora que su madre impuso para el regreso. Ya distingue el frente de su casa y camina más lento todavía, evita pisar las juntas entre las baldosas y encara con el pie izquierdo cada cambio de vereda.

Más que la mancha de mostaza y llegar tarde, a Pequeño Julián le abruma tener que confesarle a su mamá que le han regresado los malos pensamientos, esos de los que ella ya le había hablado, los que debía espantar si no quería ser castigado por el cielo. Su mamá le había advertido que algunos chicos no los ahuyentaban y Dios hacía que les fuera mal en el colegio, que se enfermaran y hasta que se les muriera la mamá. Él había vuelto a tener malos pensamientos y estaba seguro de no haber hecho lo suficiente por alejarlos. Mientras sus compañeros bailaban, él se había quedado comiendo mientras miraba a la madre de Ana, ella tenía puesta una blusa blanca liviana y una pollera corta de color rosa, nunca había visto a una mamá vestida así y quizás por eso se había quedado contemplándola, viéndole las piernas por encima de las rodillas, imaginando estar viendo más arriba, debajo de la pollera, y mirando también los dos bultos que sobresalían desde su pecho, las tetas, como no se animaba a nombrarlas porque eran palabras prohibidas, como concha, culo y otras así que había buscado en el diccionario para verlas escritas, las tetas, como las que había visto unos días atrás, escondido en el baño de la escuela con los otros chicos del grado, en una revista con fotografías de mujeres desnudas.

 

Él le había contado de la revista a su mamá porque sabía que estaba mal, que si no lo confesaba Dios lo castigaría, su mamá siempre le decía que tenía que contarle si hacía alguna cosa que no debía. Pequeño Julián veía que sus compañeros de la escuela se tiraban con tizas, les levantaban las polleras a las chicas, se burlaban de la maestra de música, pegaban chicles en los asientos, falsificaban las firmas de los padres en los comunicados por mala conducta y hasta se hacían la rabona, y siempre pensaba cómo no les daba miedo ser castigados por Dios, cómo soportaban volver a su casa y sentarse a la mesa sin confesar estos pecados a sus padres. Antes que pasar por eso, él prefería no hacer ninguna de esas cosas, aunque los demás se le rieran y le dijesen que era una marica.

Cuando le contó a su mamá de la revista, por primera vez ella le habló de los malos pensamientos y, para espantarlos, lo hizo arrodillar a su lado a rezarle a un sagrado corazón entronizado en la sala. No obstante, Pequeño Julián se había dormido acordándose de las fotos y se despertó mojado después de un sueño en el que una de las mujeres de la revista, la de las tetas más grandes, se las acercaba para que él chupase de unos pezones empinados en medio de enormes aureolas moradas. Asustado, fue hasta el dormitorio de su mamá y la despertó para decírselo, le dijo que se había hecho pis, pero no un pis como siempre sino un juguito blanco y espeso. Su mamá se había enojado muchísimo y Pequeño Julián no pudo contener el llanto cuando ella dijo que le había ocurrido por culpa de no espantar a los malos pensamientos. Al rato, ambos se calmaron y ella le pidió que le contara su sueño para liberarse de las incitaciones del diablo. Después lo abrazó y lo besó, le dijo pobre mi varoncito, lo condujo hasta el baño y ayudó a higienizarse. A Pequeño Julián le gustó recibir sus caricias envueltas por la tibieza del agua y la suavidad del jabón. Pero de pronto ella había parecido volver a disgustarse porque lo apartó de golpe, le puso un calzoncillo limpio y lo mandó a la cama de mala manera, diciéndole que tuviera mucho cuidado con los malos pensamientos, que una vez vaya y pase porque Dios era bueno y perdonaba, pero que uno no podía hacer como esos perritos a los que baña y ellos van enseguida a revolcarse en el barro, que Dios era capaz de enojarse mucho y castigarlo sin lástima, que le tuviera mucho miedo al enojo de Dios.

Pequeño Julián había regresado a su cama pero no pudo dormirse, escuchó a su mamá ir y venir hasta que se hizo de día, quedarse después un largo rato bajo la ducha, vestirse y prepararse unos mates. Se hizo el dormido cuando oyó llegar a la vieja de la parroquia, una que venía a cuidarlo cuando la mamá se iba a trabajar. Antes de partir, su madre entró a la habitación y se despidió besándole los párpados y acariciándole los labios con la yema de los dedos.

 

La mamá de Pequeño Julián había salido agitada rumbo a su empleo, una gran firma agropecuaria en la que se desempeñaba como telexista y mecanógrafa. Era algo tarde, aunque no demasiado pues el trabajo le quedaba cerca.

En la parada del colectivo, una situada junto a un quiosco de diarios, dos personas estaban esperando al transporte, una mujer muy entrada en carnes maquillada con exageración y un muchacho de unos veinte años, vestido con una camisa de algodón azul y un pantalón de hilo muy ajustado. La madre de Pequeño Julián había desviado la vista de la cola del colectivo y, apretando el crucifico que pendía de su cuello, se había puesto a recorrer con la mirada las tapas de las revistas colgadas en el ala más cercana del quiosco. La llegada del ómnibus la sorprendió sobre la tapa del semanario Apolo, una publicación de fisicoculturistas, en la que un levantador de pesas en slip sonreía mostrando su excesiva musculatura. El joven veinteañero, que le había cedido el turno para ascender, se sentó a su lado, en el único asiento que había quedado libre. Ella se apretó contra la ventanilla y se persignó tres veces seguidas al pasar frente a la iglesia de Santa Adela. Cuando le tocó descender, el muchacho se hizo a un lado para darle paso, aunque sin ponerse de pie. Al atravesar por el breve espacio, la mamá de Pequeño Julián no pudo evitar rozarse contra el chico.

Llegada a su puesto de trabajo, había hundido su atención en el tiquitlá-tiquitlá de su Olivetti. Esa jornada cometió muchos errores y unas cuantas hojas fueron a parar al cesto de papeles. Varias veces abandonó su puesto para ir al toilette, otras tantas para prepararse té en la kitchinette de la oficina. Más que otros días, resultó blanco de las bromas de sus compañeras del pull de dactilógrafas, quienes conocedoras de cuánto le fastidiaba, se divirtieron desplegando un vasto arsenal de vulgaridades soeces.

Al caer la tarde, la mamá de Pequeño Julián había regresado mordiéndose los labios y conteniendo las lágrimas. Su inmediato superior le había dicho algo así como que “si todas las chicas se llevan bien la que no cuadra debe ser usted”, cuando ella se presentó en su despacho, a quejarse por las bromas y las palabrotas. Indagada por su jefe acerca de cuáles eran esas palabrotas, la mamá de Pequeño Julián solo había atinado a responder que no se atrevía a repetirlas, a lo que él había replicado: “Vaya m´ija, búsquese un novio”.

Al llegar a la casa, había encontrado a la vieja de la parroquia mirando con Pequeño Julián “El amor tiene cara de mujer”. Se había enojado con la vieja y con el chico, porque bien sabían los dos que él tenía prohibido ver teleteatros. Una vez que su hijo abandonó la sala, se había sentado a mirar televisión junto a la vieja. En cierto momento, ésta le manifestó que le gustaba Jorge Barreiro. A mí también había dicho la mamá de Juliancito. Como actor, aclaró.

 

Pequeño Julián se demora porque tiene miedo de llegar a su casa, arrepentido y recriminándose porque, sabiendo que era pecado, siguió mirando a la mamá de Ana, sin poder quitarle los ojos de las tetas sacudiéndoseles por la risa que le provocaban las payasadas de los chicos, imaginándola sin la blusa blanca y sin la pollera, acercándole sus pechos para que él le chupase los pezones como hizo en su sueño la mujer de la revista. Pequeño Julián camina a paso de tortuga, encorvado y mirándose las zapatillas, con el peso en su conciencia de haber vuelto a tener malos pensamientos, con la certeza de que la única forma de aliviarlo es contándoselo a su mamá, pero sabiendo que ella va a enojarse de nuevo cuando escuche que, mirando a la madre de Ana, había sentido entre sus piernas primero un cosquilleo, y después la misma sensación de cuando se había despertado la otra noche mojado con el pis pegajoso.

Ni bien abre la puerta, la mamá lo recibe jurando que por su impuntualidad va a pasar mucho tiempo antes de que vuelva a darle permiso. Cuando le ve la camisa manchada, se la saca mientras vocifera que debe lavarla antes de que se seque la mostaza, que a él no le importa cuidar la ropa que tanto esfuerzo le cuesta comprarle. Interrumpe la tarea con la camisa cuando escucha a su hijo decirle que de nuevo ha tenido malos pensamientos, contarle lo de la mamá de Ana, la blusa blanca y la pollera rosa. Pequeño Julián se alivia porque su madre no lo reta, sino que le dice que seguramente la mamá de Ana debía ser una mujer de mala vida y le pregunta si esta vez también se mojó. Cuando su hijo le responde que no, regresa a la faena con la camisa, diciendo que ni bien termine de lavar van a ponerse a rezar, para pedirle a Dios que lo libre de las tentaciones y lo transforme en una buena persona, a salvo del infierno y de los castigos que sufren los que tienen malos pensamientos, esos chicos pecadores a los que les va mal en la escuela, se enferman o se les muere la mamá. Y la madre de Pequeño Julián, mientras estruja la camisa bajo el chorro de agua caliente, acaba por escupir que ojalá Dios lo libre de la mala hierba que parece haber heredado del padre, un mal hombre enfrentado con Jesucristo y lleno de malos pensamientos, por culpa del que ella tiene que llevar una vida de porquería.

Pequeño Julián recuerda entonces cuando cinco años atrás, ni bien se habían mudado al barrio, él le había preguntado por su papá y ella había respondido de mala manera que estaba peor que muerto y que jamás volviera a preguntarle por él, de modo que entonces Pequeño Julián se había quedado callado, guardándose de contarle que en la puerta del aula, ese primer día de clase en la que él era el nuevo del grado, oyó que una mamá le decía a otra algo así como “se llama Julián y me dijeron en la verdulería que es un bastardito”.

 

Durante todo el primer mes de vacaciones, Pequeño Julián permanece sin salir de su casa. Le había parecido justo lo propuesto por su mamá, de ofrendarle al sagrado corazón una penitencia para que le fueran perdonados sus malos pensamientos. El sacrificio le aliviaba el miedo a los castigos que pudiera recibir, había sido testigo de cuánto se sufría porque la única salida durante su expiación, fue para ir al velorio de la madre de Manuel, el que había llevado a la escuela la revista con las fotos de mujeres desnudas.

Todas las tardes aguarda el regreso de su mamá del trabajo con un cirio encendido frente al sagrado corazón, y juntos le rezan pidiéndole ayuda para que Pequeño Julián consiga mantener apartados los malos pensamientos. Cada vez que lo asaltan, él se pone a pensar en otras cosas, que es el árbitro de un partido entre Boca y River, que es el capitán de un ejército de la legión extranjera y cosas por el estilo.

El mayor temor lo vive por las noches, los malos pensamientos invaden sus sueños y debe estar alerta para despertar antes de mojarse, abandonar la cama de prisa y, tal como le ha indicado su mamá, hacer flexiones, empaparse con agua helada e ir a relatarle su sueño para librarse de las trampas del diablo. Tras estos episodios, desde su dormitorio Pequeño Julián escucha a su madre caminar un rato por la casa, ir al baño y recién después acostarse nuevamente. Se siente tan triste de que su mamá se apene tanto, que no puede volver a dormir enseguida.

Una de esas noches, un mal sueño se le presenta casi inmediatamente después de haberse acostado, consigue despertar a tiempo y cumplir con los ejercicios, la mojadura con agua fría y la narración del sueño a su mamá. Liberado de su peso, Juliancito retorna a la cama y se duerme enseguida. Sin embargo, al poco rato el mal sueño vuelve a presentarse. Se levanta con tanta premura que obvia la gimnasia, va hacia el baño casi a la carrera y abre de golpe la puerta sin advertir que su madre se encuentra dentro.

Ella acaba de tomar una ducha caliente y aún permanece desnuda frente al espejo, envuelta en la bruma del vapor, la cabellera suelta y húmeda, una pierna apoyada sobre una silla y una de sus manos hundida en el frondoso bosque de su entrepierna. Estremecida, la madre de Pequeño Julián ni siquiera atina a cubrirse y el chico, habituado a su mamá con el cabello recogido y vestida con ropas oscuras y sueltas, la ve ahora como a las mujeres de las fotos de la revista, la ve como había imaginado la desnudez de la mamá de Ana, su mirada recorre un vientre firme, unas nalgas carnosas y unos pechos opulentos subiendo y bajando al ritmo de una respiración agitada.

La madre permite por un momento el solaz del hijo con su desnudez. Luego se cubre con una toalla y lo rodea con sus brazos, haciendo que se apriete contra su cuerpo tibio y palpitante. Lo suelta, acaricia su espalda, mece sus cabellos con ternura, y con suavidad lo empuja hacia el lavatorio.

Tras recoger unas prendas esparcidas por el suelo, sale del baño, entorna la puerta y se aleja lento musitando una oración.

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©EMILIO BERTERO

Buenos Aires  - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro


Septiembre 2026

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Afectuosamente...

Editorial Atrapados por la Imagen.
Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”
 

Licencia Creative Commons
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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Emilio hoy nos trae algo de . . .

 


 EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN

Presenta: 

"Mis Héroes y Heroínas Literarios"


 IDEA Y CREACIÓN:


Emilio Bertero

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Antonio Dal Masetto

Escritor y periodista ítalo-argentino

(1938-2015)

 

                          Antonio vino a la Argentina los 12 años desde Italia, de modo que toda su carrera literaria la hizo acá. Radicado en Salto, provincia de Buenos Aires, su temprana afición por la literatura, entre otros detalles, se nota por haber aprendido castellano leyendo libros que elegía al azar en la biblioteca del pueblo.

Pese a haber dejado su país natal de tan chiquito, uno encuentra en sus textos esa especie de atmósfera tan propia del inmigrante tano (y en la mayoría de sus obras hay mucho vinculado con esto), pero asimismo varios están llenos de la impronta porteña y una bohemia que rápidamente incorporó, capaz ayudado por su recorrido laboral previo al de escritor profesional, como albañil, pintor, carnicero, heladero, vendedor ambulante, empleado público…

Y estas marcas se notan ya desde su primer libro de cuentos, “Lacre”, publicado a sus 26 años y exitoso de entrada, pues fue Primera Mención del Casa de las Américas de La Habana. Desde entonces desarrolló una obra muy profusa, no le leí todo, pero todo lo que le leí me gustó muchísimo, más que suficiente para tener a Dal Masetto entre mis “héroes literarios”.

 

Su segunda publicación fue su primera novela y una de las más conocidas, “Siete de Oro” (1969), un trabajo que él mismo calificó como marcadamente autobiográfico. Y en efecto, el narrador refiere los viajes de su abuelo a América para levantar las cosechas, relata como repite el esquema migratorio que años antes había realizado su padre y, finalmente, el apodo “Tanito” del personaje principal, permite establecer una identidad entre éste y el autor. Por si no bastara, “Tanito” escapa de su casa, tal como hizo Dal Masetto en su vida real a los 18 años, la novela se desarrolla partiendo de un viaje al sur hacia Bariloche (ciudad no nombrada pero que se adivina claramente), adonde Antonio vivió entre 1965 y 1969, y un episodio muy dramático vinculado con un niño pequeño, tiene correlato con una vez en que salvó de ahogarse, al hijito que tuvo en Bariloche con su primera esposa.

“Siete de oro” es la novela imprescindible de leer si se quiere acceder al escritor de esta entrega, porque es la fundacional de su narrativa, y no por ser la primera cronológicamente hablando, sino porque exhibe con claridad los rasgos que marcarían esa narrativa, un realismo impactante, una forma de relato que no elude la aspereza en pro de la precisión, una gran intuición para poner tensión o intensidad en el momento justo, y para iluminar u oscurecer conforme el episodio lo requiera, más todos los signos de una indubitable identidad generacional.

Tengo una anécdota. Cuando el libro cobró cierta fama, un diario de Bariloche, aprovechando la volada, entrevistaba semanalmente a supuestos personajes de la novela, titulando la nota “Fulano de Tal, uno de los Siete de Oro...”. Pero si bien Dal Masetto se inspiró en algunos lugareños que conoció, “Siete de Oro” no contiene ningún retrato estricto y, sin embargo, cuando a cada entrevistado le preguntaban en la entrevista si se reconocía, respondía que por supuesto, nadie declaró no tener nada que ver, todos querían ser protagonistas.

 

En uno de los primeros párrafos de “Fuego a discreción” (1983) se lee: “Días densos, llenos de furia y gusto a nada. Imaginaba incendios. Fuegos fastuosos donde todo capitulaba y desaparecía. Por la noche y a menudo durante el día, las persianas bajas y el velador prendido, fumaba sin parar durante horas, dejaba que la pieza se llenara de humo y que los puchos se consumieran en el cenicero. Los miraba gastarse, sin pensar. En mi cabeza, aparentemente, no había otras presencias vivas que esas brasas humeantes. Así era mi vida durante ese verano”. Lo transcribo para que quien no lo leyó, pueda darle una probada a como escribía Antonio, pero más que nada para introducirlos tanto en el clima de época (“de tierra devastada” se lee en la sinopsis de la contratapa), como el clima íntimo en el que vive el personaje de la obra.

Dal Masetto la escribió hacia el final de la última dictadura, y nos hace revivenciar con maestría esa angustia de los patrullajes, los operativos, la ignominia, los suplicios, pero…Pero se vienen las elecciones. Y en esta negrísima novela, entonces emergen sentimientos puros y afectos, con los que, no resignándose a abandonar el realismo de toda su literatura, el Tano entremezcla bajezas, traiciones y remordimientos, pero aun así consigue sostener la ilusión, la esperanza, como si fuera una liturgia solo para los lectores a los que eligió dirigir este libro.

Esta novela recibió el Segundo Premio Municipal (Buenos Aires) de 1983.

 

“La tierra incomparable” (1994) es el libro de Antonio Dal Masetto que más me gustó. Como anticipé, mucho de su literatura está signado por la añoranza del inmigrante, y en esta conmovedora novela se encuentra especialmente de manifiesto. Con ochenta años recién cumplidos, Ágata, una inmigrante italiana, regresa a su pueblo natal luego de media vida en la Argentina.

Me resulta notable como de una manera muy concisa, Dal Masetto desarrolla un texto de gran profundidad “sobre el desarraigo, la nostalgia y la lucha contra la desesperanza, que se libra con ánimo inquebrantable por recuperar lo perdido.” (entre comillas, textual de la sinopsis de la solapa de mi libro). Al leerlo, sentí que Antonio estaba metido todo el tiempo en la piel de su personaje, que pese a haber venido tan pequeño a la Argentina y al tiempo transcurrido en el nuevo arraigo, nos decía que para el inmigrante la mejor tierra es la que se dejó, nos hablaba del choque entre aquello que se abandonó y lo encontrado en el retorno, y exhibía una intención desesperada por recobrar aunque sea un rastro de lo perdido al emigrar.

Esta novela fue galardonada con el Premio Planeta Biblioteca del Sur de 1994.

 



“La tierra incomparable” tiene raigambre en “Oscuramente fuerte es la vida” (1990, Primer Premio Municipal Buenos Aires de ese año) y, de hecho, si bien pueden leerse como unidades separadas, lo mejor es abordarlas como un díptico, en el que la primera de las novelas relata la infancia, juventud y los recuerdos de los avatares de Ágata en Italia, hasta el momento clave de su decisión de emigrar. Para escribir ambas novelas, el Tano entrevistó a su propia mamá con mucho tiempo, paciencia y profundidad, y es así como contaba que no solamente obtuvo información, sino que también, primordialmente, encontró la voz de Ágata.

Finalmente, Dal Masetto completa una trilogía con la publicación de “Cita en el lago Maggiore” (2011). Aquí, el hijo y la nieta de Ágata son los que viajan al pueblo de sus ascendientes, con un vínculo de una intensidad tal, que son artífices de la construcción de formidables puentes entre pasado y presente.

 

Hay unos tipos abajo(1998) está instalada básicamente en el llamado Bajo de Buenos Aires, una zona del Barrio Retiro no muy extendida cerca del puerto y del río, adonde Dal Masetto se afincó desde finales de los ´60, y vivenció los sucesivos cambios que tal zona fue experimentando, desde cuando particularmente en la calle 25 de Mayo estuvieron asentados piringundines frecuentados por los marineros de los buques mercantes que en ese entonces atracaban seguido en Buenos Aires, hasta tiempos actuales de boliches requintados con la influencia de Puerto Madero, pasando por una época más atractiva para mi gusto, la bohemia de los 90, durante la que gente del arte frecuentaba casi con exclusividad bares como “El Verde”, “Seddon”, “Bar O Bar” y otros por el estilo, verdaderos refugios culturales que tuvieron al Tano entre sus habitués.

Me dispersé. Pero bueh, como dijo Pilatos, lo escrito, escrito está. Yendo a la novela, año 1978, tiempos fuleros para Pablo, el protagonista de Hay unos tipos abajo, periodista que apenas sobrevive con notas descriptivas más que de opinión como a él le gustaría redactar, encima ocultando más que contando la verdad de lo que está pasando en Buenos Aires.

Se viene la final de Argentina contra Holanda, la elección de un especialísimo anclaje temporal muy funcional a la obra. El día antes una amiga, Ana, le dice que “hay unos tipos abajo” del edifico, y que le parecen muy sospechosos. Y ahí, de este episodio insustancial al que solo puede ponerle carne la época, la esplendorosa narrativa de Antonio monta en un texto económico, pero con más realismo imposible, todo el terror de esos tiempos, de una manera rotunda pero también sutil, es fantástico como hace eso. Uno lector se ve contagiado rápidamente del clima delirante en el que se sumerge Pablo, vive como propia su ¿paranoia?, sus ora certezas ora dudas sobre si esta vez los servicios le tocaron a él, o solamente son unos tipos vigilando las calles en la víspera de un evento deportivo en el que a menudo hay desbordes.

 

“Bosque” (2001) es la que me pareció la novela más imaginativa de todas las que le leí. Es un texto muy llano, fluido, fácil de leer, pero no exento de una variada profusión de entrelíneas, subtextos, que terminan siendo lo que da hondura y riqueza al libro.

La trama gira alrededor de Bosque, un pueblo bonaerense en el que cuatro tipos se mandaron un asalto más o menos importante para la escala del lugar. La acción se sitúa varios años después, cuando cae a Bosque el personaje principal, Muto, un hombre que se presenta como guionista de cine colectando información para hacer una película basada en el robo. A la gente les mete el verso de que existe el propósito de que aparezcan en la cinta haciendo de sí mismos, pero a Muto en realidad lo anima vengarse de uno de los asaltantes, alguien por el que su mujer lo dejó veinte años antes. Pero el hombre ya está muerto, de manera que la novela vira al encuentro de Muto con toda la gama de curiosos habitantes, básicamente con sus pobrezas, resentimientos y vilezas para, al cabo, llegar a una verdad desconocida. Como se aprecia, novela no exenta de intriga, pan comido para la maestría de Dal Masetto, un constante volar entre la fragilidad del pasado y un futuro amenazante.

 

En la periferia, “Tres genias en la magnolia” (2004) casi que podría ser un cuento de hadas, una fábula ingenua, tres niñas integradas alrededor de la magnolia, un árbol de sabiduría y magia, recuperando en las aventuras que viven, como en las urdimbres de un juego infantil, valores de sinceridad, honor y justicia que la niñez idealiza. El oficio del Tano es capaz de que “Tres genias en la magnolia” pueda ser leída por lectores de casi cualquier edad, y que cada uno la aborde y entienda con la simpleza de una mera parábola o la profundidad de poner en tela de juicio lo que aceptamos consuetudinariamente como valores incuestionables.

Tiene de todo un poco, cachorros extrañamente perdidos, mafiosos, corrupción, estafas, elementos con los que se encuentran las pequeñas e imaginativas aventureras, y sobrevienen episodios relatados con un lenguaje que abandona por esta vez la narrativa áspera del autor. Dal Masetto vuelca el mundo propio de fantasía de las protagonistas que, desde lo alto de la magnolia (a la sazón el equivalente a un castillo de cuentos), tratan de comprender el mundo de abajo.

“Cuando la terminé, en realidad no sabía bien qué había hecho”, dijo Antonio Dal Masetto cuando concluyó esta novela.

 

“Sacrificios en días santos” (2008) es una novela que también se desarrolla en el pueblo de Bosque. Arranca bien arriba, con un hecho insólito y escandaloso, protagonizado en un colegio de monjas y presenciado por las alumnas, entre un carpintero y una oveja. Qué linda locura la de Dal Masetto. Este episodio desata un texto con humor y a la vez suspenso no exento de drama y enigmas, sostenido de modo impecable por la acostumbrada precisión del autor y su manejo de los ritmos, acorde siempre con la trama argumental de la que se trate.

Lo cierto es que esta vez el Tano construye una historia lo suficientemente morbosa como para que vuelvan a instalarse prejuicios y miserias, y atrás de ellas maquinaciones de toda índole. Me gusta mucho lo que dijo Gabriel Lerman en la reseña que hizo al momento de la publicación: “… se funda en una idea pequeña, casi para un cuento. Solo que la pericia narrativa de Dal Masetto puede construir un paseo largo allí donde hay una vuelta a la manzana”.

Instalada bajo el famoso dicho “pueblo chico, infierno grande”, la historia tiene los ingredientes y condimentos propios de esa expresión, y se le ajusta cabalmente, creo que no podría construirse en la gran ciudad (aunque no sé, el Tano fue capaz de todo), de movida porque un golazo periodístico mayúsculo sea solo seguido por un semanario de morondanga, para molestia, pues de algún modo se ven relacionados, del intendente y del comisario, administrador del prostíbulo de la ruta, negocio que siente como su muerto en el placar pese a que no haya nadie que lo ignore. Y porque las perversiones, las tentaciones, las paranoias, las perfidias, las vergüenzas y desvergüenzas, están ceñidas a los límites de ese pequeño ejido urbano, como si un domo invisible impidiese que entraran o salieran otros personajes y sensaciones, aunque aún así, Dal Masetto no se priva de montar, a escala de Bosque, episodios de la gran urbe, como una convocatoria a la plaza central de las barras bravas de los dos clubes de Bosque. Para terminar, apelo nuevamente a Gabriel Lerman: “Tal vez la novela sea una gran metáfora de como un hecho nimio, aislado, activa paquetes de sentido que anidaban en estado larval”.

 

“La última pelea” (2017) es la novela póstuma del Tano, la que escribió con lo último que le quedaba de su salud quebrantada. Un albañil muere en un accidente de trabajo por culpa de un andamio defectuoso, y en ese momento a su hijo se le revelan las angustiosas diferencias de clase de donde vive, un lugar que se pinta tanto o más pequeño que Bosque, y en el que los ricachones (a quienes llaman los Príncipes), amparados por una policía corrupta, hacen lo que quieren sin que nada les importen sus semejantes, al contrario. Así es como se apiñan toda suerte de episodios violentos sin ser resueltos, o resueltos vidriosamente por una justicia inexistente, solo formal y también entongada con los privilegiados.

Con relato en una primera persona que nutre de intensidad al texto, Dal Masetto edifica en ese ámbito un protagonista —el hijo del albañil muerto— solitario, abatido, lleno de bronca y frustración. Decide hacerse boxeador, básicamente porque cuando golpea la bolsa en el gimnasio, imagina que está golpeando a los infames privilegiados del pueblo. Hace algunas peleas y, cuando muere su madre, se va del pueblo sin siquiera planear un destino, acabando instalado en una miserable pensión de Buenos Aires. Un buen tiempo vive de trabajos menores ocasionales, hasta que se ofrece en un circo para representar al “boxeador-hombre de las cavernas”, que en cada pueblo de las giras que el circo emprende, combate con algún lugareño.

Es inevitable que el circo caiga a su pueblo natal. Y es inevitable que le toque pelear contra uno de los Príncipes, justo uno de los que con más odio recuerda. Así que cuando arranca la parodia de pugilato, ni bien puede le surte una piña que deja knockout a su oponente. Y el tipo no reacciona. Temiendo las consecuencias el circo prácticamente huye del pueblo. Pero el hijo del albañil no. Solo lo (mal) protege el placer de la venganza de los vecinos pobres. Aun así, con todo el poder en contra, no escapa, no se esconde, se queda en la plaza a la vista de todo el pueblo, aferrado a sus recuerdos de niño, de su papá y de su mamá, de todo lo que Antonio Dal Masetto sugiere, nadie podrá quitarle le hagan lo que le hagan.

 

El resto de sus novelas publicadas son “El ojo de la perdiz” (1980), “Siempre es difícil volver a casa (1985), “Amores” (1991), “Demasiado cerca desaparece” (1997), “La culpa” (2010), “Imitación de la fábula” (2014) y “Crónica de un caminante” (2015, póstuma, terminada de corregir poco antes de su muerte).

En este punto, es dable mencionar que la producción de novelas de Dal Masetto recibió el Konex de Platino 2014, por el período 2011-2013.

 

En cuanto a antologías de narrativa corta, además de “Lacre” (1964), publicó “Ni perros ni gatos” (1987, por la que recibió el Segundo Premio Municipal Buenos Aires de ese año), “Reventando corbatas (1988), “Gente del bajo” (1995), “El padre y otras historias” (2002) y “Señores más señoras” (2006). Toda me resultó no solamente buena, sino muy entretenida de leer. Sin embargo, me quedo especialmente con dos: “Gente del bajo” y “Señores más señoras”.

La primera remite de nuevo a la zona de Buenos Aires de la que comenté cuando me referí a la novela “Hay unos tipos abajo”. El libro está lleno de personajes y episodios que relatados por Dal Masetto —con una estructura predominante de diálogo— no solo recrean la visión de un mundo especial y sus habitantes, sino que es como que revelaran una mítica oculta, una bohemia encantadora para los ajenos (o incluso no tanto) al Bajo, nos permite asomarnos a la vida de gentes particulares tanto en sus parecidos como en sus singularidades, todo anclado en ese espacio único de unas pocas calles y bares emblemáticos, no siempre nombrados, pero siempre fáciles de ver gracias a un preciso seguimiento de imágenes del que hace gala el Tano. Dicho todo esto, es ocioso mencionar la unidad temática de la obra, pero sí que, como un regalo para el lector, la misma se ve fortificada por la frecuente reaparición de unos cuantos de los personajes más interesantes, varios relatos después de su anterior incursión.

 


“Gente del Bajo” nos captura desde el primero de los 64 relatos y ya no nos suelta, y llegado al final, terminar el libro se experimenta como una triste despedida.

En cuanto a “Señoras más señores”, no en vano se llama así en lugar de Señoras “y” señores como sonaría más común, porque los hombres y mujeres de cada una de las historias son una suma eficaz, no un mero agregado, para contribuir a una deliciosa lectura sin efectos traídos de los pelos, sino tramas simples y a la vez originales, que como en mi caso y pese a que hace mucho las he leído, perduran de manera indeleble aunque sin avisar que están ahí, y cada dos por tres, una circunstancia cotidiana, por más nimia que pudiera ser, me trae a la memoria alguno de los relatos de este libro, y hacen que la nimiedad se resignifique con inesperada intensidad.

En definitiva, “Señoras más señores” es mucho más que “crónicas de hombres y mujeres en estado de búsqueda, encuentro, tristeza y felicidad” (la descripción sucinta de la mayoría de las sinopsis) pues, aunque tal descripción refleja el basamento de cada relato, una vez completada su lectura, uno advierte que esa descripción sin más, reduce, achica la hondura de la narración.

 

Cabe agregar que Antonio Dal Masetto, también publicó algunos de sus textos de ficción y no ficción en volúmenes colectivos, y que, como colaborador de medios y diarios, en particular Página 12, desarrolló también el oficio de periodista. “…supo brillar en Página/12 con contratapas que describieron la política, la economía, la sociedad y la cultura argentina entre finales de la década de 1980 y 2003. Sus microficciones tenían como punto de partida las charlas de bar o diálogos ocasionales entre vecinos del Bajo porteño. Si el periodismo muchas veces se piensa como el oficio de lo efímero, esos textos supieron traspasar el tiempo. Pero él las veía como una carga: ´Si pudiera evitarlo, no lo haría, pero uno tiene que vivir de algo´” (pequeño extracto de nota aparecida en Página 12 en febrero de 2025, firmada por Manuel Barrientos).

Entre sus publicaciones de “No ficción” también destaca “Crónicas argentinas” (2003), sobre las crisis económicas argentinas. Escrita en un tono novelesco y con el agregado de personajes reunidos en un bar, su lectura resulta mucho más palatable de lo que sería un simple ensayo.

 

Dos de sus novelas fueron llevadas al cine: “Hay unos tipos abajo” en 1985, con dirección conjunta de Rafael Filippelli, Emilio Alfaro, Andrés Di Tella y Julio Karp (Dal Masetto coescribió el guion), y en 1992 “Siempre es difícil volver a casa”, dirigida por Jorge Polaco.

No vi la de Polaco y tampoco leí la novela, así que nada propio puedo comentar. Los roles principales están a cargo de Miguel del Sel, Dady Brieva y Soledad Silveyra, y los géneros prevalentes son comedia, drama y crimen. Según la sinopsis de mi sitio predilecto de cine “Son cuatro hombres desesperados. No pretenden nada del futuro salvo lo poco que puedan arrebatarle. Han decidido asaltar un banco de provincia… pero algo sale mal… La abulia del pueblo se transforma en una colectiva reacción de defensa que adquiere ribetes de salvajismo… los delincuentes se convierten en perseguidos, las víctimas en victimarios”.

“Hay unos tipos abajo” es el inusual caso de la película precediendo a la novela. Dal Masetto tenía escritos algunos apuntes que había hecho durante el Mundial 78, Filippelli lo sabía y ya en democracia le pidió coescribir un guion de cine con él y con Alfaro. En base a sus apuntes y esa participación en el guion, el Tano elaboraría lo que sería la novela publicada en 1998.

Con este dato, resulta natural que la cinta refleje tanto la trama como el espíritu de la novela. Los directores tuvieron buen desempeño, principalmente logran plasmar el clima opresivo de época y que Brandoni, protagonista casi excluyente, se luzca mostrando su creciente paranoia, el miedo y la angustia imaginada por Dal Masetto. También me pareció destacada la actuación de Luisina Brando, aunque en verdad, a buena parte del elenco lo integran actrices y actores argentinos de nota.

Una notita curiosa: sobre el final de la película, Brandoni viajando en tren en un estado de gran tensión, la cual se le acrecienta cuando adelante se le sienta un tipo de aspecto intimidante. Es Dal Masetto, que se dio el gusto de reservarse ese pequeño papel.


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Idea y creación: Emilio Bertero, 

Colaborador de:
Atrapados por la Imagen

Buenos Aires - Argentina





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miércoles, 19 de agosto de 2026

Emilio hoy nos trae algo de . . .

 EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN

Presenta: 

"Mis Héroes y Heroínas Literarios"


 IDEA Y CREACIÓN:

Emilio Bertero

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Flannery O´Connor

Escritora estadounidense

(1925-1964)



Flannery O´Connor

EMILIO BERTERO

 

                 No hace mucho, “Atrapados por la imagen” publicó en este espacio una reseña que hice de Carson McCullers. Tras esa publicación, se me hace necesario proponerles también a Flannery O´Connor, otra mujer del sur norteamericano, contemporánea de Carson, también marcada por funestos episodios personales (lo peor, murió de lupus con tan solo 39 años), también vivenciando los resabios del enfrentamiento ideológico (y humano) entre el integracionismo y el segregacionismo, causante principal de la Guerra Civil estadounidense, la que pese a haber concluido en 1865, aún mostraba heridas abiertas en los tiempos de Flannery y de Carson. Hermanadas por la época, el ambiente en el que crecieron y se desarrollaron, ser ambas cultoras del denominado “gótico sureño” y, fundamentalmente, por el gran talento de las dos, se vieron enfrentadas en el plano personal. Flannery O´Connor llegó a decir que “Reloj sin manecillas” era el peor libro que había leído en su vida, que la obra de McCullers era detestable y que no tenía ningún sentido conocer a su colega, porque un eventual encuentro seguramente no le reportaría absolutamente nada. Y Carson McCullers fue aún más allá, manifestando que la O´Connor había “aprendido” de su estilo literario, y pongo “aprendido” entre comillas porque lo interpreto como una ironía, ya que también expresó que en el cuento “Un templo del Espíritu Santo”, Flannery se había copiado de su nouvelle “El miembro de la boda”.

Aunque de pronto, siendo Flannery una muy ferviente católica, y Carson haber manifestado en varias ocasiones que no creía en la existencia de Dios, capaz por ahí pasaba mucho de la tirria mutua, por más que nunca lo hayan dicho. Igual basta de puterío. La literatura de las dos es buenísima y no me parece justo la tierra que se echaron la una a la otra. Así que vamos de una vez por Flannery O´Connor.

 

               Flannery tenía sus bemoles (tengo temor de cansarlos trayendo, muy seguido, escritores y escritoras con bemoles). En efecto, Georgia, estado en el que nació y vivió, muy conservador en sus costumbres, fue segregacionista durante muchos años de los siglos XIX y XX, y creería que eso le dejó influencias porque, aunque nunca manifestó claramente una ideología política, aceptó mansamente el orden social y cultural sureño. En ese plano, se describió como “integracionista por principio, pero segregacionista por gusto", lo cual es, cuanto menos, bastante ambiguo.

Otra influencia que se nota en su obra, es la de una fe católica muy acentuada —que siempre sostuvo pese a que el sur norteamericano era marcadamente protestante—, de la que conjeturo devino su desinterés por la política, ya que rechazaba las ideas que postulaban el crecimiento del ser humano sin Dios, y subordinaba la importancia de la evolución de las sociedades, al concepto judeocristiano de salvación y pecado.

               Ahora bien, estos aspectos que señalo no impiden que me rinda ante su literatura. Es magnífica. Y además profundamente honesta, no hay ningún texto en el que Flannery intentase mostrarse diferente de lo que era. Detestaba la hipocresía, y en sus narraciones, apelando con maestría a la burla mordaz, irónica, sarcástica, apuntó e hizo blanco certero, sobre quienes hacían un culto de la impostura y la falsedad, y ahí no hubo distinción, porque la ligaron tanto los intelectuales del norte supuestamente iluminados, como los blancos del sur que se la daban de moralmente superiores.

Empezó a leer seriamente relativamente tarde, más o menos luego de completar su formación terciaria, principalmente a William Faulkner, James Joyce y Kafka, sus predilectos de ese momento. Quizás esa tardanza explique en parte que también demorase en publicar obras de mayor calidad. Recién en 1952 aparece la novela “Sangre sabia”, aunque ya había presentado sus primeros cuentos como tesis de graduación del Máster de Creación Literaria de la Universidad de Iowa. Esta novela fue el resultado de un largo proceso, que arrancó en Iowa en 1946, continuó hasta mediados de 1948 en la colonia de escritores de Yaddo en Nueva York (merced a una beca para terminación de primera novela de autores noveles), luego en la casa de campo de Robert Fitzgerald y su esposa en Connecticut, de los que se hizo gran amiga y publicaron tras su muerte numerosa obra inédita. En 1951 le diagnosticaron lupus, la enfermedad que la llevaría a la muerte, se mudó a Milledgeville (adonde había vivido con su familia de adolescente) y después a la granja Andalusia, adonde cuidada por su madre y aficionada a la cría de pavos reales, no solo concluyó “Sangre sabia”, sino que también escribió el resto de su obra literaria.

“Sangre sabia” es una novela tragicómica, sin éxito ni de crítica ni de venta cuando fue publicada. Recién desde los ´70 recibiría el reconocimiento del que goza actualmente. Está escrita primordialmente en tercera persona, y es una muy buena elección que se trate de un relator omnisciente, porque la idea argumental pide que a la trama la cuente alguien que sabe de Hazel Motes, el protagonista, más que el protagonista mismo.

                 En esta primera obra importante, Flannery canaliza de algún modo su relación intensa con la religión. Motes regresa de la guerra a Tennessee, encuentra su antigua casa en abandono y deterioro, y así es como, sin familia y una vieja fe religiosa perdida por culpa de la guerra, se va a vivir a Taulkinham, un pueblo de ficción soberbiamente imaginado por la autora. Allí es donde arranca su intento de comandar una nueva religión, la de una iglesia sin Cristo. Traba relación con Enoch Emery, un joven apenas emergido de la adolescencia, que lo persigue con el concepto que da título a la novela, la “sangre sabia”, conocer por puro instinto la senda que debe seguirse, sin necesidad de que nadie se la descubra y/o conduzca. Tanto Hazel como Enoch son una creación muy inspirada, justa para el argumento, sus imágenes y voces hacen que el lector pueda ver y oír de modo preciso, lo que debieron ser estos personajes del sur estadounidense en aquel entonces.

El largo periplo de Hazel en pro de llevar adelante su misión, que bajo las formas de una redacción muy seria O´Connor ridiculiza, acaba mal como era de esperar, un final tan trágico como le cabe a cualquier fanatismo absurdo. No es importante que medio lo esté revelando, porque lo mejor de la novela es el periplo a lo largo del cual Motes conocerá una galería de personajes de toda laya y color, entre los que sobresalen Asa Hawks, un predicador que se hace el ciego para limosnear, y su hija Sabbath Lily, quien en un giro inesperado se lo levanta a Hazel, quien vivirá éste y varios episodios más de todo tenor (de todo tenor en serio), y siempre bajo el contexto, muy bien pintado, conservador y racista de la mayoría de la población (“A este coche no lo fabricaron negros”, “Es igual que algunos negros que conozco”, y otras frases así en boca de los distintos personajes).

Flannery dijo cierta vez, y creo que con esto se justifica lo dicho más arriba acerca de su apego a la fe religiosa, que la grandeza de Dios puesta en esta novela, estriba en que Hazel no puede librarse de Dios, a pesar del tesón con que lo intenta, tesón al que se lo muestra como una caricatura de religiosidad enfermiza.

 

              Flannery O´Connor es especialmente reconocida por los 31 cuentos que escribió. En 1955 publica su antología más famosa, “Un hombre bueno es difícil de encontrar”. Póstumamente, en 1965 se publicó su segundo libro de cuentos, “Todo lo que asciende tiene que converger”, y en 1971 “Cuentos completos”, que contiene sus 31 relatos, 19 de los dos volúmenes antes publicados y 12 más, seis de los cuales corresponden a su tesis de maestría de 1947.

De un modo u otro, en la mayoría de los casos con finales asociados a eventos trágicos, surgen claramente en la cuentística de Flannery mensajes cristianos, es recurrente la presencia de pecado, culpa y castigo, es como si tuviese la intención de convertir en católicos a sus lectores. Ojo, no es esto lo que me encanta de esta autora, sino que me maravilla su estilo literario, traducido en relatos que fluyen sin trabas, ritmos precisos, un gran manejo de tensión e intensidad, más la construcción de memorables personajes, las sutiles entrelíneas, el apropiadísimo mechado de símbolos, el seguimiento de imágenes, el punto de vista.

             Fuera de los contenidos religiosos, en cuanto a temática y objetivos perseguidos por muchas de sus narraciones, una de las cuestiones que me agradan, y mucho, es cuando mi heroína literaria de esta entrega, descarga sarcasmo sobre tanto sureño blanco lleno de moralina que conoció (y detestó) desde chiquita, sobre los pagados de sí mismos, sobre los que se creen superiores, sobre los que diciéndose cristianos son lo más anticristo que uno puede encontrar. Y se disfruta cuando las circunstancias en un par de los relatos, hacen que estos seres despreciables se sientan dependientes de aquellos a los que siempre rebajó y consideró inferiores, y se los vea impotentes ante la certeza de que no los verá acudir obedientes y voluntariosos en su auxilio (recomiendo al respecto “Un círculo de fuego” y “La buena gente del campo”).

Si bien me gustan los 31 cuentos, dejo un salpicadito, muy limitado, de los cuentos que me han resultado más impactantes. Por lejos, el más famoso de Flannery, el imprescindible, es “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, que da título a la antología editada en 1965. Una familia —padre, madre, tres hijos y abuela— se alista para salir de vacaciones a la Florida, pero la vieja preferiría ir a Tennessee adonde tiene conocidos, así que, con el afán de torcer el plan a su gusto, empieza a llenarles la cabeza con la cuestión de que un asesino loco huyó de la cárcel, y que según el diario podría rondar por los caminos a Florida. No le llevan el apunte y, por la forma en que la tratan los nietos desde que arranca el viaje, se nota que la familia no le tiene ningún respeto. Paran a comer y durante el almuerzo sigue con la cantinela del asesino.

               Cuando reemprenden el viaje el relato pega el primer sacudón, la abuela se ha llevado escondido a su gato en una canasta, a la que accidentalmente golpea y el animal salta a las espaldas del padre que va conduciendo el coche, provocando que el mismo vuelque y se salga de la ruta. Con los chicos matándose de risa, la madre lastimada, la abuela ilesa y el padre enfurruñado, les alivia ver que aparece un coche al que pedir ayuda. Y ahí la gran sorpresa, no eran todas macanas lo de la vieja, porque uno de los tres hombres del auto es el asesino, y sin dar muchas vueltas ordena a sus secuaces que lleven al padre y al hijo mayor a un bosque cercano y los maten.

Flannery O´Connor transforma un viaje plácido de vacaciones (solo la vieja jorobando), con un ritmo de relato que acompaña esa placidez, en un vértigo de angustiosa tensión, se oyen dos tiros y los tipos regresan para llevarse al bosque a la madre y a los otros dos hijos. La abuela, mientras tanto, en otro pasaje difícil de aceptar si la autora no hubiese construido tan bien al personaje, se limita a hacerle el filo al demente para que no la mate también a ella. Y en un desenlace muy posible, pero que aun así uno no espera del todo, el tipo la mata de un disparo.

¿Cuál es la intención de Flannery con este relato? Como yo lo veo, por un lado, exhibir la hipocresía de la abuela, haciendo cualquier cosa para que se haga lo que ella quiere, el egoísmo de que en el momento más álgido solo está preocupada de ella, el que se llene la boca hablando de valores y virtudes perdidas (“Un hombre bueno es difícil de encontrar” es una de sus frases), pero a la hora de mostrar esos valores y virtudes es una miserable. Y como contrapartida, el loco asesino es si se quiere más honesto, no se hace el bueno, no defiende su maldad e incluso cuestiona que haya un Dios que castigue sus actos.

            Pero lo realmente impactante del cuento es el revelador final: tras matarla, el criminal dice que la vieja habría sido mejor mujer "si hubiera habido alguien ahí para dispararle cada minuto de su vida", todo porque ya ante su inevitable final, una vez que comprende que será asesinada pese a sus ruegos, la abuela se redime. En efecto, O´Connor de alguna manera induce en el lector la idea de que, ante la violencia, ante la muerte, Dios se manifiesta en la abuela para que muestre una faz oculta de amor, generosidad y bondad, incluso llama “hijo” a quien va a matarla, como si comprendiera que el asesino pertenece de todas maneras a la humanidad.

Desde luego que este final responde a la fe católica de Flannery. Los católicos creen que los humanos son pecadores por defecto, y que para ser redimidos es necesaria la intervención divina. A pesar de lo difícil que es ver divinidad en tanta bestialidad desde que los tres tipos se detienen junto al auto accidentado, es parte del plan de Dios para salvar a la horrible abuela. Para Flannery, los seres humanos son perversos por naturaleza, y solo la violencia y la muerte les dan chance de salvación.

             En “Un templo del Espíritu Santo”, una altiva nena de 12 años, recibe de visita a dos primas mayores que ella, a las que desprecia notoriamente. Sin embargo, le impresiona que se denominen a sí mismas “templo del Espíritu Santo”, como les inculcaron en la escuela católica a la que asisten. La madre de la nena, en su afán de que sus sobrinas la pasen bien, les organiza con dos pibes de su edad un paseo a una feria, al que la nena no va. Al regresar, cuentan la “atracción” que más les llamó la atención, un hermafrodita en el espectáculo de rarezas, en particular su manifestación de que “Así es como Él (Dios) quería que fuera y no voy a discutir su voluntad”. Y aquí brota el nudo del cuento. En un sueño la nena ve al hermafrodita diciendo “soy un templo del Espíritu Santo”, y entonces al despertar deja de pensarlo como un freak como sus primas, sino que acepta su humanidad y así comienza su apertura a la gracia cristiana.

“El negro artificial” es un cuento al que Flannery consideraba su favorito, un cuento que en los foros sobre O´Connor desata mucha discusión con respecto a la interpretación de su final. Los protagonistas son el señor Head y su nieto Nelson, con el que un día se cayó la madre, “con el caballo cansado” a casa de su papá, tras haberse fugado a Atlanta y quedado embarazada de padre desconocido. La chica muere al poco tiempo, y el viejo Head queda a cargo del nene, que para cuando el relato arranca, joroba con que quiere conocer Atlanta, ciudad a la que su abuelo odia. Tanto como odia a los negros, y eso le ha inculcado a su nieto. Finalmente viajan a Atlanta, el viejo con la esperanza de hacérsela pasar mal a Nelson, así el chico también empieza a detestar la ciudad donde fue concebido.

                 Una vez en Atlanta, pierden el rumbo en un barrio de gente de color, pero el viejo se niega rotundamente a pedir indicaciones a un negro. Sentados a descansar, Nelson se queda dormido, y su abuelo se esconde de él simulando que lo abandonó. Al despertar, el chico aterrorizado echa a correr y atropella a una anciana que se rompe un tobillo. El viejo reaparece, pero como toda la gente le exige hacerse cargo de los gastos médicos, declara que no conoce al chico. Y los “despreciables negros”, que enseguida se avivan de la verdad, muestran hacia Nelson una cariñosa piedad, suficiente para que el chico empiece, en principio, a revisar en su cabecita el mandato de odio del señor Head.

Y desde ahí, una suerte de metamorfosis vehiculizada solo merced a la escritura magistral de Flannery O´Connor. Yendo de regreso a la estación de tren para abandonar Atlanta, el viejo deshaciéndose en disculpas y Nelson ofendido no aceptándolas, se topan con una estatua de yeso medio maltrecha, una caricatura grotesca que pretende representar a un negro como una redención del sufrimiento, el “negro artificial”, cuya visión desata un momento de gracia en el viejo racista, como si entendiera que los actos pecaminosos devuelven consecuencias gravosas. Pero a la vez, pese al embeleso que causa en Nelson el primer vistazo a la estatua, pese a que ante su presencia pareciera reconciliado con su abuelo, ha cambiado para siempre, y no necesariamente en el correcto sentido.

“La persona desplazada” es el último de los diez relatos que contiene la primera antología de 1965. Es el más largo, diría que se trata de una novela corta. Una granja en el sur muy venida abajo, cuya dueña es una viuda, la señora McIntyre, contrata al señor Guizac, un polaco católico, refugiado de la guerra, la “persona desplazada” a causa del conflicto bélico.

              Trabajando, el polaco resulta ser una bestia, y enseguida a los demás empleados les atemoriza perder en la comparación a los ojos de su patrona, y tanto blancos como negros, uno más miserable que el otro, conforman una alianza para que la mujer eche a Guizac, inundándola de conceptos prejuiciosos que tratan de despertar su xenofobia. Va de suyo que conocen bien a la terrateniente, saben qué fibra tocarle para lograr su cometido. Defendiendo al polaco, solamente anda por ahí un cura católico.

En principio, la viuda no toma acción en contra del inmigrante, no por moralidad sino porque un trabajador como Guizac no se encuentra todos los días. Sin embargo, un episodio cambia el escenario. Un empleado de la granja le tira unos dólares al inmigrante para que se case con su prima, y el tipo agarra viaje, no tanto por el dinero sino porque casarse con una norteamericana es sinónimo de abandonar para siempre el campo de refugiados polaco. La macana es que a la señora McIntyre el asunto le cae como el traste, concluye que el polaco es uno más de los tantos empleados de baja estofa que tuvo, y amenaza con echarlo si no rompe el compromiso matrimonial.

Justo vuelve a la granja Shortley, un ex empleado al que McIntyre había despedido para aumentarle el sueldo al polaco. Se le ha muerto la mujer, a la viuda le da lástima y lo contrata de nuevo. Encima le comunica que va a echar a Guizac. Pero no lo hace, y toda la peonada, azuzada por Shortley, se para de manos y respalda a su líder cuando éste asesina al polaco.

             Cada personaje incurrió en algún pecado, es obvio que, escrito por Flannery, la cosa no termine bien para nadie: el polaco muerto, los peones con Shortley a la cabeza teniendo que huir de la ley y la viuda vendiendo la propiedad por falta de trabajadores para explotarla. El único que queda a su lado es el sacerdote católico, afanoso por convertirla a la fe católica como en toda la nouvelle.

“Todo lo que asciende tiene que converger” es el cuento que da título a la segunda antología, la primera publicación póstuma. O'Connor dijo alguna vez que este relato es el único que toca el tema racial. No lo comparto del todo, aunque sí veo que pretende vincular la posición social de la raza negra post guerra civil, con una imposible comunión espiritual con los blancos.

Julian, el protagonista, vive a disgusto con su madre, una sureña racista que se la pasa añorando la situación acomodada que llevaba antes de la abolición de la esclavitud, cuando en la plantación de su padre tenían muchísimos negros a su servicio. Pero más que nada, a Julian le exaspera que la vieja espere vanamente que sea él quien la devuelva a esos tiempos, porque solo tiene un modesto empleo que no permite ni soñar con algo semejante.

La explosión ocurre durante un viaje en ómnibus. A la ex ricachona le toca sentarse al lado de una mujer de color, que tiene puesto un sombrero igual al suyo. A Julian se le despierta la expectativa de que esta casualidad sirva para que su madre reflexione con respecto a la igualdad racial. Lejos de eso, simulando amabilidad, pero con la clara intención de mostrarse superior, la vieja le da una monedita al hijo de su compañera de asiento, con la actitud de quien entrega una limosna. La madre del chico negro se enfurece de tal modo que le pega un bolsazo en la cabeza. Ya descendidos del colectivo, Julian se pone a recriminar a su mamá, hasta que ésta se descompone y cae pesadamente al suelo. Comprendiendo que la mujer está muriéndose, desaparece toda su furia, le habla con el cariño del niño que de repente vuelve a ser, y entra, textual del relato, “en el mundo del remordimiento y el pesar”.

                  A ”La espalda de Parker” se lo ha catalogado como uno de los relatos más misteriosos de O'Connor. Parker es un ateo que se casa con Sarah Ruth, una fundamentalista que tiene entre ceja y ceja “salvar el alma” de su esposo. Pero no hay caso. Sin embargo, en un accidente medio raro, Parker se estampa contra un árbol, y solito, comienza a experimentar una conversión a la fe cristiana. Una de las que se manda es tatuarse a Cristo en la espalda. Lejos de alegrar a su mujer, ella lo acusa de idólatra y el clímax del cuento se da cuando, incapaz de reconocer la naturaleza divina y a la vez humana de Cristo, le asesta a Parker un escobazo en la espalda tatuada.

La mayoría de los analistas especializados en la literatura de Flannery O´Connor, han manifestado que la autora desea mostrar que Sarah Ruth es incapaz de ver “la conexión mística entre el sufrimiento de su esposo y el de Cristo crucificado”. Es muy posible que así sea, porque cuando Flannery escribió este relato, empleaba muchos símbolos poco convencionales para hablar de la redención, como cuando tras la frustración vivida, Parker acaba sufriendo recostado contra un árbol, el cual ha sido interpretado como “una representación de la cruz en la que Jesús fue crucificado”.

“Los cojos entrarán primero” es un cuento emparentado con la novela “Los violentos lo arrebatan” (la segunda novela de Flannery O´Connor), a partir de que el protagonista, Rufus, un adolescente sociópata, y un trabajador social que quiere borrarle de la cabeza las pavadas bíblicas que le enseñaron, tienen marcados puntos de contactos con personajes de la novela aludida.

               Se trata de un relato sobrecogedor. Rufus convence a Norton, el hijo de Sheppard (el trabajador social que, tan empeñado en Rufus, descuida a su chico) de que puede reunirse con su mamá muerta si se convierte al cristianismo (sí, el espanto de persona que es Rufus, idolatra al Diablo, pero incomprensiblemente también cree en Dios). Norton agarra el consejo para cualquier lado, se suicida para adelantar su encuentro con la mamá, y recién ahí Sheppard reflexiona sobre sus creencias y propósitos. Nasrullah Mambrol, un analista que me resulta muy esclarecedor, ha dicho: “La actitud de O'Connor hacia el humanista secular (Sheppard) es, una vez más, satírica: sin una fuente divina, no puede haber salvación”.

Los críticos más reconocidos consideran que “Revelación” es un relato que está en la cumbre de la cuentística estadounidense. Muy marcadamente, Flannery O´Connor quiere exhibir que en el Reino de Dios los últimos serán los primeros. En la sala de espera de un consultorio se halla la señora Turpin, muy creída de ser una dama cristiana ejemplar, pero que es lo más anticristiano que uno podría encontrar, porque se siente superior a la gente de color y a los de clase social baja, es más, se acuerda de Dios principalmente para agradecerle ser blanca y pertenecer a la clase que pertenece. Imprevistamente (o no tanto), mientras la Turpin está haciendo estos agradecimientos para sus adentros, Mary Grace, una jovencita diagnosticada con trastornos mentales y caracterizada como una "chica gorda con el rostro azulado por el acné”, le tira por la cabeza el libro “Desarrollo humano”, gritándole que es “un chancho del infierno”. A la vieja la frase le queda retumbando y, cuando vuelve a su propiedad a manguerear a los chanchos que cría, un claro símbolo de inmundicia, tiene una visión de las almas oprimidas entrando al cielo antes que ella y su esposo.

“El día del juicio final” es el último relato que escribió, una versión revisada de su primer cuento publicado (“El geranio”). Llegando al final de su vida, Flannery entrega una historia en la que pone el acento en un pilar de la religión que profesó: el destino de todo cristiano es regresar al hogar celestial.

El personaje principal es Tanner, un anciano sureño que vive con su hija en Nueva York, y que desea volver a morir a su antigua casa. Recordando con afecto, nostalgia, una relación amistosa con un hombre de color durante sus años jóvenes en el sur, desearía hacerse amigo de un negro que vive en el mismo edificio de Nueva York. Con esto ya puede apreciarse, comparando con lo hasta ahora leído y/comentado de la autora que, a diferencia de casi todas sus demás obras, este relato presenta las relaciones raciales basadas en el respeto mutuo.

Pero Tanner es incapaz de reconocer las diferencias en las actitudes del sur y del norte hacia la raza, y acaba siendo atacado con violencia por el vecino con quien hubiera querido trabar amistad. No obstante, Flannery lo perfila como un verdadero creyente y su premio es alcanzar descanso eterno en el cielo, el destino de todo buen cristiano.

             En “El pavo”, un niño atrapa a un pavo herido, con la ilusión de recibir al fin en su casa, el reconocimiento que siente merecer. Pero en el camino una mujer lo engaña y le arrebata el animal. El chico le echa la culpa a Dios por haberlo ilusionado agarrando al pavo, y después hacer que lo perdiera. Flannery expone el pecaminoso orgullo que el chico experimenta pensado en el reconocimiento familiar que nunca logra, y la intervención divina para conducirlo a una toma de conciencia.

Fuera de los mencionados, el resto de los 31 cuentos publicados de Flannery O´Connor son: “El río”, “La vida que salves puede ser la tuya”, “Un golpe de buena suerte”, “Un encuentro tardío con el enemigo” (en el libro “Un hombre bueno es difícil de encontrar”), “Las comodidades del hogar”, “Una vista del bosque”, “El frío persistente” y “Greenleaf” (en el libro “Todo lo que asciende tiene que converger”), y “El barbero”, “El lince”, “La cosecha”, “El tren”, “El pelador”, “El corazón del parque”, “Enoch y el gorila”, “Usted no puede ser más pobre que muerto”, “Fiesta en Partridge” y “¿Por qué braman las naciones? (en el libro “Cuentos completos”).

 

En 1960 Flannery O´Connor publica “Los violentos lo arrebatan”, su segunda novela. Extraigo porque me parece brillante (como reflejo, no solo de esta novela sino de toda la obra de la autora) de una nota de Alan Pauls de un suplemento Radar de Página 12: “…la fe aporta energía, obstinación, voluntad de sacrificio. Pero esa dinámica arrolladora, eminentemente física –hay en las novelas de O’Connor un registro atlético, casi porno, de la convicción religiosa–, gira de algún modo en el vacío, como el eco furioso pero estéril de una era extinta”.

En el caso de esta novela, un huérfano de 14 años, Francis Marion Tarwater, y un maestro de escuela, se revelan ante el vaticinio de un tío abuelo ya muerto, de que el huérfano será un profeta. Desde allí, a Tarwater se le desencadena una lucha interna entre su fe y el llamado a ser profeta como le fuera anunciado. A la narrativa la lleva adelante un relator omnisciente, lo cual posibilita que, a través de él, uno lector pueda meterse bien adentro de lo que le pasa al protagonista, incluso de lo que ignora, y en la del maestro coprotagonista, quien brega por sacarle al chico de la cabeza, todo lo que le metió su tío abuelo, quiere desatarlo de un mandato opresor, educarlo, darle una oportunidad en la vida… Pero ojo, Rayber (así se llama el maestro), si bien liberado del fanatismo religioso, tiene sus propios demonios, el principal su hijo Bishop, con síndrome de Down, al que encima el tío abuelo le hizo prometer a Francis que bautizaría.

Bishop configura una creación genial de Flannery en términos de funcionalidad a la novela, porque es un nexo entre los dos personajes, desatando dolores y culpas como en el caso del padre, y siendo para Taywer una presencia que constantemente le representa su batalla interior.

             En lo personal, y pese a ser menos difundida, me gustó tanto o más que “Sangre sabia”, y me permito redondear este comentario con un extracto de la sinopsis de la contratapa de la edición que poseo (una en que las dos novelas fueron publicadas juntas): “Lúcida y tormentosa, radical y sobrecogedora, la obra de Flannery O´Connor constituye una de las aventuras más intensas de la literatura de todos los tiempos”.

 

También después de su muerte, fueron publicados los ensayos “Misterio y maneras. Prosa ocasional” (1969) y “La presencia de la gracia” (1983), la recopilación de cartas “El hábito de ser” (1979), un libro, “Tiras cómicas” (2012), conteniendo ilustraciones de humor que hizo de joven, y un diario (“Diarios de oración”, 2013).

 

En 1979, John Huston llevó “Sangre sabia” al cine, una buena adaptación que sigue la trama de la novela con bastante fidelidad, consiguiendo respetar el tono de sátira, el pesimismo, la oscuridad de los personajes y el ambiente tan bien pintado por Flannery en su novela. El guion adaptado es de Michael Fitzgerald (el hijo de Robert Fitzgerald). responsable de haber convencido a John Huston para que se hiciera cargo de la dirección, la que de paso digo, es excelente como no podía ser de otro modo con tal monstruo.

Quizás Enoch Emery, actuado por Dan Shor, tuvo menos protagonismo que en el libro en cuanto a minutos en el film, pero sí estuvo presente en las partes más trascendentes. En el papel de Hazel Motes hay una destacada labor de Brad Dourif, quien cuatro años antes se había lucido encarnando a un tartamudo en “Atrapado sin salida”, la famosísima película que protagonizó Jack Nicholson. Y en lo que para mí fue un hallazgo, me encantó Amy Wright desempeñando el papel de Sabbath Lily.

Un párrafo final dedicado a la locación del ficticio pueblo de Taulkinham, para la que se eligió Macon, Geogia, cerca de Andalusia, donde Flannery vivió sus últimos años. Las imágenes del poblado y sus alrededores, me resultaron sumamente fidedignas con respecto a lo que mi imaginación forjó leyendo la novela.

 

Otras adaptaciones cinematográficas menos conocidas de la obra de Flannery O´Connor fueron, en orden cronológico:

1957: “La vida que salves puede ser la tuya”. Fue una producción para la TV de EEUU, la dirigió Herschel Daugherty y protagonizó Gene Kelly. La única versión cinematográfica de algo suyo que vio Flannery, y experimentó tal decepción, sobre todo porque le cambiaron el final, que no permitió otra adaptación por el resto de su vida.

1974: “Un círculo de fuego”. Mediometraje norteamericano que dirigió Victor Nunez.

1977: “La persona desplazada“. Glenn Jordan dirigió esta adaptación filmada en Andalusia, última morada de Flannery O´Connor. Se trata de un telefilm para la serie estadounidense “The American Short Story”, y los papeles principales estuvieron a cargo de Irene Worth (como la Sra. McIntyre), actuación muy elogiada por la crítica, y Shirley Stoler. También aparece, muy joven, Samuel Jackson en el papel de Sulk, uno de los trabajadores del campo que conspira contra el inmigrante polaco contratado por la dueña de la granja.

1977: “El río”. Cortometraje estadounidense de Barbara Noble.

1990: “Katafalk”. De la URSS, dirigida por Valeriy Todorovskiy e inspirada, muy libremente según he leído por ahí, en “La vida que salves puede ser la tuya”.

1992: Con el título “Corazones negros sangran rojo”, Jeri Cain Rossi dirigió este cortometraje, adaptación del cuento "Un hombre bueno es difícil de encontrar". Creo que a Flannery no le hubiese gustado, es más que nada una cinta de terror que no refleja ni de cerca la profundidad del mensaje del cuento.

1993: “Khromiye vnidut pervymi”. Largometraje ucraniano de Mikhail Kats, basada en “Los cojos serán los primeros”.

1995: “Gül ile Adem”. De Baris Pirhasan. Uno de los cinco segmentos del largometraje turco "Yerçekimli Asklar". Basado en "La buena gente del campo".

2014: “Verloren Zoon”. Mediometraje de Jaap van Heusden para la TV holandesa, basado en "Los cojos serán los primeros".

2020: "Un hombre bueno es difícil de encontrar". Cortometraje de animación realizado por Sean Silleck (USA).

 

             Para ir terminando, dos películas que no son adaptaciones de la obra de Flannery O´Connor, sino trabajos relacionados con su vida y literatura. En 2019, Mark Bosco y Elizabeth Coffman filmaron “Flannery”, un episodio documental de la serie de USA "American Masters", recibido por la crítica especializada con opiniones encontradas. Por mencionar solo a dos de los medios más importantes, el New York Times dijo que era desastroso, visión totalmente opuesta a la del Boston Herald. Y en 2023 Ethan Hawke dirige “Wildcat”, sobre la vida y obra de Flannery O´Connor, con Maya Hawke interpretando a Flannery. A mí me pareció una propuesta muy digna que vale la pena verse, pero la crítica la trató mal.

Y una anécdota que vincula indirectamente al cine con Flannery. En la película “American Fiction” (Cord Jefferson, 2023), la primera escena muestra a un profesor universitario negro dirigiendo con cierta dificultad, un debate en clase sobre "El negro artificial". Una de las estudiantes, blanca, se queja varias veces de la palabra “nigger” escrita en el pizarrón. El profesor le dice: "Con todo respeto, Brittany, yo lo superé, estoy seguro de que tú también puedes". La chica abandona el aula y la universidad suspende al profe. En fin…


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Idea y creación: Emilio Bertero, 

Colaborador de:
Atrapados por la Imagen

Buenos Aires - Argentina




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