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jueves, 20 de agosto de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: ¡QUÉ FRÍO! - Del escritor: Marcelo Colussi - Guatemala -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y Relatos Presenta A. . .


MARCELO COLUSSI

"Artista de Atrapados por la Imagen"


en..


¡QUÉ FRÍO!

Cuento Perteneciente a su libro: ¿Quién mató a la vaca?


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Un cuento para Atrapados por la Imagen

¡QUÉ FRÍO!

MARCELO COLUSSI

 

Pedro era atroz. Capataz en esa cámara frigorífica donde se almacenaban productos perecederos, parecía más el dueño de la empresa que un empleado, por la forma en que cuidaba el negocio. Pero más aún, por cómo trataba a los trabajadores.

Su pasado militar (había sido sargento en el ejército) lo seguía marcando. Se dirigía a los empleados como si fuese la tropa a su cargo. No solo daba órdenes terminantes: abusaba groseramente de su poder, de su situación de jefe - amo.

El odio que se había generado entre los obreros para con el capataz era descomunal. En secreto, lo habían bautizado “el monstruo”. Efectivamente, se comportaba como si lo fuera: insultos, ofensas, hasta incluso en algún momento llegó al maltrato físico con alguno.

En la compañía no había sindicato; eso estaba terminantemente prohibido. En los contratos de trabajo, en aquellos pocos que estaban emplanillados, figuraba en forma explícita la negativa a cualquier agrupación gremial. Eso era sacrílego; ni por asomo se podía mencionar. Por tanto, nadie defendía a los trabajadores.

La cámara donde trabajaban almacenaba productos perecederos por largos períodos, por lo que la temperatura rondaba los 20 grados bajo cero. Había allí carnes rojas, pescados, mariscos, además de medicinas y pruebas biológicas. Era la más grande de la ciudad, y contaba con todos los adelantos técnicos de última generación. Dado el frío reinante, los trabajadores no podían exceder las 6 horas diarias de trabajo, con no más de 45 minutos de permanencia continua en la cámara, y descansos intercalados de 15 minutos. Para ingresar, por supuesto, debían hacerlo con el equipo adecuado, consistente en ropa térmica especial.

Pedro, en un alarde de machismo, a veces ingresaba para revisar algo solo por un instante, apenas con un sweater y un gorro de lana. Se jactaba de ello, y trataba de “mariquitas” a los trabajadores, cuando llevaban toda su indumentaria para frío extremo.

La puerta de la cámara se podía abrir solo desde fuera. Era batiente, de 18 cm de espesor, super sellada, fabricada con materiales ultra resistentes, incluso a prueba de balas. No era fácil su apertura y, desde dentro, no se podía manipular. Si alguien quedaba dentro por error, debía sacárselo inmediatamente, por la posible hipotermia.

Nunca se supo cómo sucedió. Fue un sábado, cerca del mediodía. Pedro entró con un sweater liviano, y los operarios que estaban dentro, corrieron al unísono hacia fuera. El capataz se quedó solo en el recinto. Ya era casi la hora de finalización de la jornada, por lo que, terminado el turno, todo el personal se fue con total tranquilidad. Pero Pedro quedó dentro de la cámara.

Sus gritos desesperados no fueron oídos por nadie. Cuando el lunes por la mañana se le descubrió, ya no había nada que hacer. La fingida sorpresa de los siempre humillados trabajadores encubría una tremenda sonrisa de satisfacción.

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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Marcelo Colussi

República de Guatemala 

AGOSTO 2026


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis




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Editorial Atrapados por la Imagen.




Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

 

lunes, 17 de agosto de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: “ATAJOS” - De la escritora: Cristina Martín - Rosario - Argentina -

 

Editorial Atrapados por la Imagen

CUENTOS Y RELATOS


Presenta: 

a. . . 


Cristina Martín 


"Artista de Atrapados por la Imagen" 

en


“ATAJOS”

Cuento perteneciente a su libro:  "Mujeres valientes"


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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"Atajos"
CRISTINA MARTÍN

 

      La luz de la lámpara era apenas un haz de luz cuando Graciela cerró la puerta casi sin fuerzas. Se tiró sobre el sillón marrón opaco de los lunes a las diez.

      -Ayer Mariela menstruó por primera vez. No se imagina lo mal que estoy. Ando con el estómago revuelto, con náuseas. Tengo la sensación de que camino entre nubes. Y necesito estar bien por ella y por a Juan que se quedó sin trabajo.

      - ¿No le parece Graciela que es demasiado peso? ¿Por qué tiene que sostener usted a todos?

       -Y…porque eso es lo que una mujer debe hacer ¿no? Quiero estar bien para que Mariela viva este momento con naturalidad, sin temores. Y para que Juan se tranquilice. Tengo tantas ganas de llorar.

       -Llore nomás, porque nadie podrá hacerlo por usted.

 Graciela lloró como hacía mucho que no lo hacía, con sollozos fuertes y entrecortados.

     - ¿Cómo voy a llorar por algo tan simple como la menstruación de mi hija? Me siento la más ridícula de las mujeres.

       Se oían ruidos detrás de la puerta de cortinas tejidas al crochet. Conversación de mujeres y pasos en los peldaños de madera.

      -Espero que los de afuera no me escuchen. Odio mis contradicciones. Pensar que fui una de las primeras docentes que trató el tema de la sexualidad en la escuela.

      -Claro, la sexualidad de los demás. La de su hija es otra cosa.

      - ¿Cómo otra cosa? Yo misma la preparé para ser mujer. Charlamos sobre este tema desde que tenía cinco años. Me acuerdo de la noche en que me preguntó por dónde salían los chicos y yo le contesté que del agujero que tenemos las mujeres junto al del pis. Ni se me movió un pelo. Por eso no entiendo esta angustia.

      - ¿No tendrá que ver con ese nuevo agujero? Mariela tenía cinco años y no menstruaba. Ahora tiene trece. Hay una diferencia ¿no?

      -Sí. Bah, no sé. Yo no puedo pensar. Por eso vengo acá otra vez. No se imagina la bronca que me da volver.

       -Yo le expliqué, Graciela, que este lugar quedaba abierto para alguna situación especial.

       -Sí, ya sé, ya sé. Yo tenía argumentos bien claros. Y ahora se me cayeron todos. Creo que no me quedó ninguno en pie.

       -Nunca los argumentos son para toda la vida, Graciela. Estábamos en que había una diferencia entre los cinco y los trece de Mariela ¿Qué piensa usted de esto?

       -Y…que a los cinco no podía quedar embarazada, Mariela digo. Hasta me tocó contarles a sus amiguitas, porque ella me lo pidió una tarde que vinieron a tomar la leche a casa.

-Qué les contó?

-Que con la menstruación empezaban a ser mujeres, que iban a tener   ovulación. Bueno, todo eso que ya sabemos. Ah…y nada de semillita. Yo no la voy con esas estupideces.

- ¿Qué más les contó a Mariela, a sus amigas?

- No me acuerdo, pero varias cosas que sus madres no se animaban y siempre me agradecieron mucho.

   Graciela siguió hablando un rato, hasta que se paró abruptamente, le pagó a la psicóloga y se retiró con paso decidido y firme.

   En ese mismo momento decidió no hacerse tanto problema por un tema que quizás era menor frente a los verdaderos problemas que aquejaban a la sociedad.

 Los días pasaron tranquilos y sin inconvenientes mayores. Pero una noche, muy tarde ya, Mariela llegó llorando desesperadamente. Graciela la abrazó muy fuerte, sin mediar palabras.

   El papá se puso los pantalones de hombre y tomando a su hija de la cintura amorosamente, la llevó a charlar al balcón. Charlaron un rato largo. Él, con ademanes mesurados y ella, muy atenta.

             Juan volvió ensimismado, pero satisfecho.

             De golpe le largó a su mujer una bocanada de palabras.

        -   A Mariela la acosó un compañero.             

        - ¿Cómo que la acosó? -preguntó Graciela con un grito disimulado, por temor a que Mariela la escuchara desde su habitación.

-   Si, la acosó, pero no la penetró. Mariela le puso límites violentamente. Es una chica decidida y firme, gracias a vos. La verdad, estuviste muy bien todo este tiempo preparándola para estos momentos difíciles. Ahora comprendo lo que una madre siente y también comprendo que actúa como puede.

     Hubo un silencio cómplice entre Graciela y Juan, además de un abrazo largo y sostenido que hablaba del compromiso de volver al vínculo apacible que habían tenido durante largos años antes de la adolescencia de Mariela.


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            Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:


©CRISTINA MARTÍN

Rosario - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro


AGOSTO 2026



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Editorial Atrapados por la Imagen.



Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”


Colaboradores: Marta Puey - Emilio Bertero


                                                                                                                
Licencia Creative Commons
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jueves, 16 de julio de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Un Mack en la Ruta 3" - Un cuento del escritor: Pedro Pablo Lilli - Rosario - Argentina -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y relatos presenta a . . .

PEDRO PABLO LILLI


"Artista de Atrapados por la Imagen"


En: "Un Mack en la Ruta 3"


Ilustración realizada especialmente por el artísta: Os Osmo

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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RELATO INÉDITO PARA EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN

"Un Mack en la Ruta 3"
PEDRO PABLO LILLI
 
 
             Raúl "el Oso" Ferraroni entró en un parador de la Ruta 3 y detuvo el gigantesco Mack de los años cuarenta, a la par de otros camiones de última generación. Cargaba sobre el chasis, obviamente adaptado, una cabaña de madera rústica con techo a dos aguas y chimenea. 

- ¡No te lo puedo creer! - dijo, al verlo, uno de los cuatro camioneros que almorzaban en el comedor -Mirá el motor home que se fabricó ese chabón.
- Es un Mack, de la segunda guerra- ilustró Soria, el más veterano, con un escarbadientes en la boca - Un fierro. Mi viejo manejaba uno. Allá por los cincuenta, era lo único que podía transportar los tubos y las cisternas de YPF por el barro.
- Hay que manejar semejante bestia. Te hace mierda los brazos y los riñones, esa porquería -puntualizó, otro, señalándolo con el mentón mientras limpiaba el plato con el pan.
- Culiao, ¡ni en pedo me subo a eso!
- Paren, que ahí viene el caracol – rio el primero. 

En la provincia de Santa Cruz, el otoño se presentaba con días soleados pero muy fríos. Afortunadamente, soplaba un viento moderado.

"El oso" Ferraroni hacía honor a su apodo. Superaba el metro noventa y cinco y, a pesar de los sesenta y nueve años, intimidaba con su corporatura. Parecía un boxeador de peso pesado recién bajado del ring. Saltó de la cabina y se encaminó hacia el restaurante con andar decidido, levantándose con las dos manos el cuello de la campera. Desde adentro, todos lo seguían con curiosidad como si se tratara de un alieno.

Cuando entró al local, calefaccionado con una salamandra en un extremo y un hogar a leña en el otro, se hizo un silencio elocuente. En la única mesa ocupada, los camioneros agacharon la cabeza mirando de reojo. 

- Con permiso, buenos días… – el recién llegado saludó afable sacándose el gorro de lana y los anteojos oscuros. Sorprendió a todos con sus rasgos finos y la actitud amigable de quién no quiere problemas.
 Olía a grasa y a gasoil. 

- Buenos días - respondieron ladinos los cuatro hombres.
 Rayén, la dueña del comedor, una joven mujer de belleza andina, fue a su encuentro presurosa.

- Bienvenido. Ya le preparo una mesa. - dijo sintiéndose atrapada en la mirada segura, sin poder disimularlo.

- ¿Qué hay de rico?
-Polenta con estofado de cordero. - respondió ella, reacomodando innecesariamente los platos y los cubiertos, ya ubicados en su lugar. Ese hombre, que le doblaba la edad, acababa de ponerla incómoda. Alisó el mantel a cuadros rojos y blancos y agregó: -Le va a gustar.
-Super recomendable- se entrometió Soria desde su ubicación, sosteniendo el palillo entre los dientes.
- ¡Ah, qué bueno! Gracias. Vamos por la polenta, entonces.
- Estábamos admirando el Mack. - siguió el camionero con sutil sorna queriendo aparentar sincero- ¡Firme por las rutas! 
- Siempre. Me hace renegar, pero no le aflojo.
 

No tardaron en entablar una larga conversación de mesa a mesa sobre repuestos, mecánica y rutas. Después del café fueron todos a escudriñar el camión y la casa a cuestas. Rayén y el marido se sumaron, especialmente ansiosos por ver la cabaña.

- ¿Para dónde va? - preguntó Soria.
- Está por verse. Mi idea es tomar la 43 y empalmar la 40 hacia el norte. Donde encuentre el lugar justo, final del viaje. Me gusta pintar y pescar. 
A las tres y media los camioneros partieron. Rayén y Tincho volvieron al parador seguidos por el Oso.

- Tengo que quedarme estacionado hasta que llegue un comisionista. Prometió para mañana, pero no sé. Viene de Misiones. 
- ¡Flor de viajecito! – reconoció Tincho, ligeramente excedido de peso, ojos claros y una calvicie apenas insinuada.
El Oso los observó con benevolencia, atraído por el armonioso, singular contraste: él, un fornido muchachote rubio con cara casi infantil, ella, de contextura mediana, con un hermoso cabello oscuro trenzado con cuidado y expresión conectada.

- Disculpe, pero las mujeres somos curiosas - preguntó Rayén acomodándose junto al marido - ¿Qué trae el comisionista?
- Un ataúd.
- ¿Con el muerto? 
- ¡Pero no, mujer! Es para mí.
Por cábala, Tincho se tocó el testículo izquierdo.
-Es un ataúd personalizado. Algo muy especial. - continuó Ferraroni.
- ¿O sea...?
- Está hecho a mi medida con lianas y raíces de mi pueblo, en Misiones. Donde me encuentre la muerte, quiero ser enterrado ahí adentro. 
- ¡Qué locura! -Tincho se cruzó de brazos y miró fuera de la ventana los autos y camiones que pasaban por la ruta. 
- ¿Por qué? Es ecológico. -continuó el Oso -Una vez bajo tierra, nos vamos a pudrir juntos, el ataúd y yo, para transformarnos, primero en compost y, después, en humus fértil donde crecerán plantas, árboles, flores...
- ¡Flores! Se lo van a comer los gusanos. - se rio el hombre.
El Oso no contestó enseguida. Se echó hacia atrás en su respaldo y después, volviendo a su posición, dijo serenamente como quien reflexiona en voz alta:

- ¿Le parece poco? Será mi contribución para que el mundo siga girando, mi modo de honrar la vida, el Universo, aun de muerto.
- ¡La puta madre! - Tincho se levantó impaciente -Es mucho para mí. Me voy a dormir la siesta. Nos vemos después.

Quedaron a solas.

-Discúlpelo. Hay cosas que él no entiende. Pero es una muy buena persona, se lo aseguro.
El Oso, hizo un gesto de asentimiento, se puso de pie, sacó el gorro del bolsillo y la miró divertido.

- No lo juzgo, la verdad es que yo soy un poco loco- giró el índice derecho sobre la sien- ¡Pero manso!
A ella se le escapó una carcajada.
- Es muy lindo su pensamiento. Me hizo recordar a mi abuela mapuche. Decía esas cosas.
- ¿En serio?
- Sí, por eso yo, de chica, quería que a mi muerte me enterraran con semillas de foye en la boca, ¡pero sin ataúd!
- ¿Y ahora? 
Fueron interrumpidos por una familia que entró al local. Los chicos, dos hermanos de seis y siete años, reían molestándose el uno al otro. El varón le tiraba de la trenza a la nena y ella, de la bufanda amarilla a él. El padre, un Ken gerente de empresa “en carrera y por más”, se aseguró que la SW4 quedara cerrada, mientras su mujer, una Barbie de carne y huesos con aire cansado, instaba a los hijos a interrumpir el juego y sentarse. Rayén fue a atenderlos.

El Oso esperó a que se desocupara y cuando ella pasó para preparar el pedido, le avisó que salía a correr “la bestia” de lugar. 

-Puede dejarla ahí, hasta que llegue su comisionista. – respondió haciendo girar la bandeja entre sus manos.
- ¿Seguro que no molesta?
- Por supuesto que no. ¿Vendrá a cenar esta noche? - preguntó interesada - Tincho va a hacer guiso de lentejas. Le sale muy bien.
- Entonces, me anoto. Con su permiso- se palpó los bolsillos para no olvidar las llaves ni los anteojos -me voy a ordenar mis cosas mientras tomo unos verdes.
- ¡Qué rico, unos mates! - le salió espontáneo accionando la palanca de la máquina de café para tirar dos espresso. La larga trenza relucía bajo la luz del spot arriba de su cabeza -Tincho no es de tomar mate…a veces… y para hacerlo a solas...Aquí no tengo a nadie. -acomodó los pocillos en la bandeja -A decir verdad, tampoco hay dónde ir.
- Si gusta, compartimos unos matecitos... -propuso el Oso, con cierto pudor -pero necesitaría que me caliente un termo, porque el agua del tanque ya no es tan potable. Después dígame dónde la puedo cambiar. Voy a buscarlo.

Volvió y se sentaron uno de cada lado de la barra. El Oso cebaba mientras ella secaba y acomodaba los utensilios.

- Usted dijo que tomará la Ruta 43 ¿no es cierto? – preguntó mientras recibía un mate.
- ¡Ajá!
- Pasará cerca de mi lof, entonces. 
- Puede ser. ¿Hace mucho que no va?
- ¡Ufff! - dio un largo sorbo haciendo sonar la bombilla.
- ¿Quiere que la lleve?
- Me gustaría poder ir, pero ¿cómo hago? No puedo dejar solo a Tincho con el negocio.
- Cierran por unos días y los llevo a los dos.
- ¡Imposible! -hizo sonar nuevamente el mate y se lo devolvió. En el pasaje de mano, involuntariamente de ambas partes, los dedos se acariciaron.
La familia del SW4 llamó para pagar y seguir viaje. Entraron un par de enfermeros que bajaron de una ambulancia, que llegó con la sirena apagada y, detrás, una pareja con una perrita que como entró, orinó debajo de la mesa. Mientras Rayén se ocupaba de todos ellos, Ferraroni recibió el mensaje del comisionista que llegaría a la mañana siguiente, antes del mediodía.
Se cebó un mate siguiendo el ir y venir de Rayén y sus modos gentiles. “Para mí, todavía no tiene los cuarenta, esta hermosura” pensó.

Ella se acercó trayendo la bandeja con las tazas vacías que acababa de retirar. Al pasar junto a él, le cuchicheó con coquetería:

-Acepto otro mate. Ya vengo.
“Me apuré en nacer” se dijo el Oso, sonriente, mientras vertía agua en el porongo de calabaza, con mucho cuidado, para lograr una buena espuma.
- Aquí estoy- reapareció alegre. Sorbió un trago y después otro, con expresión reconfortada- ¡Muy rico! Me llaman, ya vuelvo.

Continuaron con interrupciones, los dedos se rozaban cada vez y sin cuidado, hasta terminar el termo que coincidió con el regreso de Tincho al local. El Oso salió para hacer lugar al ataúd, dentro de la cabaña. 

Kuarahy Duarte le había enviado la foto del cajón realizado con lianas de isipó cruz, ramas de guayabira y raíces de guatambú que lo hacían altamente resistente pero liviano. Aprovechaba la capacidad para enviarle mandioca “que allá no hay” y una bolsa grande de yerba “de la cooperativa, esperando que los milicos coimeros no paren al comisionista, que es el primo de Ramos, el del aserradero”. Verificó en mensajes anteriores haberle enviado a su compañero de la escuela primaria, las medidas correctas de un ataúd para un difunto talle XXL. “Quedate tranquilo, lo hice amplio para que estés cómodo. De todos modos, probátelo y me decís”.

Prendió el grupo electrógeno y se duchó con agua caliente. Como era temprano, se acostó a dormir, bien abrigado y cuando despertó ya eran las ocho y media pasadas.

La playa de camiones estaba casi repleta, como así también los boxes para autos. Rayén le había reservado una mesa junto a la ventana, cerca del hogar a leña. Los dos televisores colgados en las paredes transmitían, sin voz, un partido intranscendente que nadie seguía. El local, muy iluminado, resultaba poco confortable por el griterío. La joven dueña no daba abasto corriendo entre las mesas con los pedidos que Tincho preparaba con asombrosa celeridad. “Estos chicos merecen que les vaya bien” pensó mientras atacaba los grisines en la panera.

Después de media hora, Rayén, finalmente le trajo el guiso y una botella de vino.

- ¿Novedades del ataúd? – preguntó risueña.
- Llega mañana antes del mediodía.
Se puso seria.
- ¿Y cuándo parten?
- Apenas lo acomode y lo fije bien para que no se mueva. Primero tengo que probármelo y ver que me quede bien.
Ella se tentó de la risa. Desde el mostrador, Tincho no le quitaba la mirada.

- Me lo hará ver, supongo.
- Por supuesto. ¿Le gustaría probárselo?
Rayén se hechó a reír con ganas.

- Noooo- mientras se acomodaba con gracia el cabello, sonó su celular.
-Dejá de boludear y seguí atendiendo las mesas- le gritó Tincho.
- ¡Voy!

A las nueve de la mañana, el Oso tenía todo predispuesto para recibir el ataúd y salir de viaje. Había controlado agua, aceite y desocupado el tanque de agua de la cabaña para reabastecerlo apenas posible. Entró al local, abierto desde las siete, para desayunar y cargar el termo. Había solo un par de clientes. Rayén no estaba. Lo atendió Tincho que no parecía de buen humor. Terminó el café con leche con tostadas y se quedó unos minutos más, siguiendo las noticias en uno de los televisores, mientras esperaba el agua caliente y que apareciera Rayén. Se sorprendió que demorara tanto. La noche anterior le había pedido si podía llevarle a su madre un paquetito, que todavía tenía que preparar, junto a unas chucherías para sus sobrinos.

En el último mensaje, el comisionista confirmaba estar ahí entre la diez y media y las once. 

- Aquí está su termo. Le dejé la leña que me encargó en la puerta de la cabaña. Si quiere desagotar el tanque y recargarlo, acá a la vuelta, al lado del baño, tiene una manguera. -dijo Tincho forzando una sonrisa, extendiéndole la cuenta.
El Oso pagó e intentó ser cortés.

- Muchas gracias. El comisionista está por llegar, cargo el agua y me pongo en camino. A propósito, Rayén me pidió si podía llevar a su madre…
-Rayén no está, salió. Tenía que hacer un trámite. Le dejó saludos.


Se hizo un silencio incómodo que el camionero supo desarmar: 

- Tincho -le estiró la mano poniéndose de pie- les agradezco, a los dos, la hospitalidad y les deseo lo mejor. Muy buena su comida.  
- Gracias, maestro. Que tenga buen viaje.

A las doce el Mack, con el motor gasolero ya caliente regulando, con la cabaña a cuestas y el ataúd a buen resguardo, estaba listo para afrontar la Ruta 3. El Oso vaciló en engranar la primera y salir. Le dolía irse así, sin verla, sin despedirse de esos ojos negros como el petróleo bajo la tierra dura de su lof.
 De su luz mágica que, por un día, lo había sacado de la obsesión por la muerte y la oscuridad. 

- Viejo boludo. Ridículo. -se dijo. Enganchó la marcha, avanzó dos metros y paró. - Tincho está celoso. ¿De qué? No vez que soy un pajero, no pasó nada. No busqué nada. Nada pasó. No pasó nada. Vamos.


Volvió a poner en movimiento el gigantesco camión y volvió a frenarlo.

- ¿Y si este hijo de puta le pegó? 
Se estiró para atrás con los brazos extendidos sobre el volante.
Se bajó y fue hacia el restaurante. Había varios vehículos estacionados, el local estaría muy concurrido ya que era la hora del almuerzo. Trató de serenarse para no cometer estupideces. Entró, efectivamente estaba lleno. Rayén atendía una de las mesas del fondo. Estaba de espaldas y no lo vio. Tincho corrió a su encuentro.

- Maestro, déjenos en paz. -lo dijo firme, pero con los ojos brillosos -Por favor.

El Oso le dio dos golpecitos comprensivos en el hombro y se volvió al camión sin decir nada.

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Pedro Pablo Lilli

Rosario - Argentina

Julio 2026

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Colaboradores: Marta Puey - Emilio bertero


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Directora: Laura Jakulis

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