ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Cuentos y Relatos Presenta a . . .
EMILIO BERTERO
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en:
"Viernes Santo"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
Cuento inédito para Atrapados por la Imagen
"Viernes Santo"
EMILIO BERTERO
Estaba tranquilo, apenas eran las once y ya tenía mi
lugar en la cola del puesto de pescados de la feria, con tiempo suficiente para
comprar un par de filets de merluza y hacérmelos a la romana para el mediodía,
con eso y una lata de sardinas con cebolla para la noche, calculaba que listo,
cumplido el hombre con no comer carne en viernes santo.
Lejos los tiempos de paella, pulpo a la gallega o
chupín de congrio, todavía tengo para comer, pensaba para consolarme, peor
están los pescados me dije mirando a una boga con cara de yo estaba nadando lo
más pancha y por culpa de no ser chancho, tener que aguantar que me coma esta
gorda angurrienta que me revisa como si supiera de pescados, pensé yo que la
boga hubiera pensado de haber estado vivita y coleando, y no ahora así, toda
congelada la pobrecita.
La cuestión es que, pensando, pensando, una menos en
la cola me alivié, viéndome más cerca del mostrador. A ver, ¿ésta qué compra?,
me entretuve con la siguiente, vieiras pidió la agrandada, ¿vieiras?, ¿de qué
se la da?, ahora compra vieiras y en lo que queda de abril va a tener que comer
cogote, ¡vieiras!, y en su valva, en su concha, me distraje con lo rica que
estaba la mocosa a la que le tocó después. Menos mal que es viernes santo que
si no… me dije evitándome un seguro fracaso, mientras oía que aquel angelito
del pecado pedía pejerreyecitos enteros, muy lindos los pejerreyecitos pensé,
bien presentados con su colita y su cabecita pero a la hora de comer, pura piel
y espinas, seguro que la sirenita va a cocinárselos al novio, al cuete, porque, en lo único que el guacho va a estar pensando será en terminar de comer rápido
y apretársela de una vez por más viernes santo que fuese.
Bueno, me alegré cuando vi más cercano mi turno
porque le tocó al que estaba delante de mí, pulpo quería, ¿chileno o español?,
¿cuál me recomienda?, depende de su bolsillo, se enredó con el puestero, ¿qué
esperaba que le dijeran?, más bien que le terminó enchufando el español, tuve
ganas de decirle que mejor fuese al super de la vuelta a comprarse una lata de
la caballa en oferta, que seguro a la patrona una empanada gallega mal no le
iba a salir.
Entre pitos y flautas por fin me tocó y justo se armó
el batifondo, dos filets grandes sin espinas, me comí como un duque la mirada
de asco del puestero, ¿qué querés que te pida?, ¿langosta?, tuve ganas de
decirle pero me aguanté, yo tranquilito hasta no va que llega una mujer con una
bolsa de calamares, mire lo que me vendió, están todos pasados, qué digo
pasados, podridos están, mire, mire, le gritaba a más no poder, y saca los
calamares que ciertamente, un tufo horrible, y como el puestero ponía cara de
cómo me ofende así, a la mujer no se le ocurre mejor idea que querer ponerme de
testigo y hacérmelos oler, huela y diga usted, justo a mí que soy tan delicado
de estómago, la cuestión es que casi me estampa los calamares en la cara y
terminé vomitando la pascualina de la noche encima de la bacha con los
cornalitos, pobres bichos, quedaron hechos un estropicio, cualquier despistado
que justo hubiese pasado seguro pensaba que ya estaban preparados a la
provenzal, aunque no creo, porque entre la inmundicia del calamar y los
cornalitos a la bilis de pascualina, la pescadería era una peste, o casi,
porque una peste completa fue cuando los calamares fueron a parar al piso y
patinosos como son, cuando los pisé me caí de traste junto con la bacha de los
camarones y la de los berberechos, de las que me quise agarrar para no perder pie
y para colmo, a la mujer de los calamares se ve que le inspiré pena por
habérmelos hecho oler, porque trató de sujetarme y lo único que consiguió fue
ir al piso ella también, pero no sola, sino que arrastró a otro cliente que se
conoce venía de pasar por el almacén, porque en la bolsa llevaba leche, huevos
y aceite, que con cliente y todo también se desparramaron y empezaron a batirse
con los mariscos, los cornalitos y el vómito, una tortilla asquerosa y todo el
mundo a las carcajadas, menos el puestero que con los ojos abiertos como dos
huevos de pascua de los grandes, gritaba como un desaforado y decía que
teníamos que pagarle por toda la mercadería arruinada, y la mujer tirándole a
la cara los calamares podridos y el cliente del almacén revisando a ver si
algún huevo se había salvado y agarrándoselas conmigo, igual que una viejita,
seguro de esas a las que el puestero les regala las cabezas y los espinazos
para hacer caldo, que me decía que eso pasaba por tomar tan temprano.
Hacía rato que el comisario me venía apurando de
malas maneras, para que acabase con mi declaración, es más, cuando me quedé
mudo viendo como dos agentes salían de un cuartito, arrastrando de los pelos a
un tipo con la cara llena de moretones, pegó un puñetazo sobre la mesa y a los gritos
me dijo que me concentrara y dejase de andar husmeando en lo que no me
importaba, que bastante delicada era mi situación como para meterme en asuntos
ajenos, así que cuando terminé de contar lo que había pasado, resopló como si
recién se hubiera sacado los borceguíes, le preguntó al sumariante si había
escrito todo y el sumariante, haciéndose el interesante, sacó la hoja de la
Olivetti y sin decir nada se la alcanzó haciendo una reverencia.
El milico apenas si revisó el papel y me lo pasó,
ordenando que lo leyera rápido y firmase, pero resulta que en la hoja no estaba
escrito nada de lo que yo había dicho, sino que me comprometía a pagarle al de
la pescadería tres kilos de berberechos, siete de cornalitos y cuatro de
camarones, más un surubí entero que la verdad nunca había visto en el
desparramo. Cuando estaba por protestar porque bien sabía que para pagar eso
iba a tener que sacar un crédito, el comisario me dijo que bastante barato la
había sacado y que le metiera porque se le enfriaba la pizza, abrió una caja
grasienta que hacía un rato le había dejado un agente sobre el escritorio, ¡y
para qué!, pegó un alarido como si adentro hubiese habido un sorete, entró el
agente pizzero y se ligó un sermón bestial, que del todo no me lo acuerdo bien
pero que en lo principal lo trató de hereje malnacido, cómo va a traer pizza
con jamón cuando estamos en vigilia, no le dije yo de mejillones y ananá, y
muerto de miedo el pichón de policía le contestó que él la había pedido así,
pero que el tano de la pizzería había contestado que pizzas así raras no hacía
y que demasiado para ser de garrón, cállese antes de que lo meta en el calabozo
le gritó el comisario antes de sacarlo carpiendo y ponerse a escarbar en la
pizza para arrancarle todas las fetas de jamón que encontró, no convido porque
tenemos prohibido gastar fondos públicos con los demorados, se disculpó con la
boca llena mientras tragaba media porción con cada mordiscón.
Cuando a ese ritmo ya iba por media pizza, se detuvo
para empujarse el último bocado con un trago que empinó de una botella de Coca,
pero que tenía otra cosa, y ahí se enojó más, porque a puro bramido me dijo que
si no veía lo ocupado que estaba, que dejase de mirarlo como un mamerto y
firmase de una vez, así que yo firmé, no fuera cosa que me agregaran más
mariscos a la cuenta.
El comisario se quedó satisfecho y hasta me había
pasado la mano para despedirse, aunque antes de que yo pudiera tomarla, la
retiró con cara de espanto, se metió cuatro dedos en la boca, los sacó con un pedacito
de jamón que se ve había quedado escondido en la pizza, y de un tinclazo se la
embocó al cuadro del General San Martín en la charretera, todo mientras con la
otra mano se hacía señales de la cruz una atrás de la otra.
Pensando en cómo iba a hacer para pagar, salí de la
comisaría y me fui derecho a casa. Se habían hecho más de las dos de la tarde y
tenía hambre, así que sin dar muchas vueltas, rescaté del congelador una
costeleta y me la comí con dos huevos fritos, un felipe que había sobrado de la
noche y media caja de blanco, que me tumbó en una siesta que mejor no la
hubiera hecho, porque me la pasé soñando con un pescado de más de dos metros,
pálido como una vieja de agua, que se me abalanzaba parado sobre la cola, pero
nunca me agarraba, porque antes de que pudiera llegar hasta donde estaba, las
aletas se le transformaban en brazos y a los brazos le crecían manos, sobre las
que de golpe me encontraba clavándoselas a una cruz, mientras al lado, el
comisario se lavaba las manos y el puestero de la pescadería remojaba una
esponja en vinagre. Así que ni bien me desperté me vestí y rumbeé para la
parroquia. Como el frente estaba en reparación, para entrar tuve que pasar por
el refectorio y aunque ya casi eran las cinco, todavía no habían levantado los
restos de una fuente con besugo a la vasca que pensé, había sido el almuerzo
del cura de guardia.
Salvo por tres viejas que estaban rezando un rosario
cerca del altar, la iglesia estaba vacía. Me acerqué al confesionario y aunque
no había mucha luz, adentro descubrí durmiendo a una sotana marrón, de la que
brotaba una perfecta pelada franciscana. Me arrodillé en el reclinatorio de la
derecha y di dos suaves golpes en la ventanita; recién cuando a la cuarta vez
sacudí la ventanita de tres trompazos, escuché que la sotana se movía. La
ventanita se abrió y junto al ave maría purísima recibí un eructo con el que me
di cuenta que me había equivocado, que en realidad el menú había sido bacalao a
la vizcaína y no besugo a la vasca, y que además lo habían regado como para que
el animalito no extrañara la humedad. Le respondí el sin pecado concebida
tapándome la nariz y, para terminar rápido, enseguida confesé que había comido
carne, y sin mucho más trámite la sotana me despachó con una penitencia de
veinticinco padrenuestros, cincuenta avemarías, diez credos y no sé cuántos
pésames, que con tal de no soñar más con el pescado crucificado me puse a rezar
ahí mismo, pero me confundía con el rosario de las viejas y perdía la cuenta a
cada rato, así que para cuando terminé, calculo que debo haber cumplido para
varias pascuas con asado. Cuando salí, la iglesia empezaba a llenarse para el
vía crucis. Se había hecho de noche.
Acabé el viernes santo mirando la tele, primero un
partido de fútbol americano de los Delfines de Miami, después, un documental
sobre los salmones que remontan el río para poner los huevos y, al final,
recetas de vigilia en el canal de cocina, gastando el tiempo para que se
hiciera sábado de gloria y poder comer con libertad, porque la verdad, de
pescado no quería saber más nada. Para mi desgracia, a las doce en punto
descubrí que la costeleta del almuerzo había sido la última, y que en la casa
ni siquiera tenía una latita de paté de foie, así que no tuve más remedio que comer
las sardinas. Y sin cebolla, porque entre tantas idas y vueltas, ni por la
verdulería había pasado. Para colmo tampoco pude dormir bien, porque aunque no
volví a soñarme clavando en la cruz a la vieja del agua gigante, me la pasé
toda la noche terminando de comer los pejerreyecitos en la casa de la mocosa de
la pescadería, pero cada vez que enfilaba para el dormitorio, se me aparecía la
sotana cerrándome el paso y repitiendo espíritu santo, espíritu santo, y que
dejara nomás, que él se iba a encargar.
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Ilustración: Imagen libre de la Web
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Corrección literaria: Isa Santoro
Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.






Siempre interesante leerte emilio!!
ResponderBorrarGracias Gustavo, muchas gracias!!!
Borrar¡Cielos! Después de tantas peripecias te merecés el Purgatorio. Con una buena purga limpias alma y tripas...¡Soñando pejerreyas olvídate del Paraíso!
ResponderBorrar¡Muy bueno, Emilio! No paro de reirme (y de tomar bicarbonato). Abrazo!
Ajajaja...gracias Pedro querido!!!!
Borrar