Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!
Mostrando las entradas con la etiqueta HISTORIA DE BARES NOTABLES. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta HISTORIA DE BARES NOTABLES. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de enero de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, BAR "LOS GALGOS"

 LOS GALGOS, UN ÍCONO PORTEÑO EN EL CORAZÓN DE BUENOS AIRES


En pleno corazón de Buenos Aires, un bar que lleva más de nueve décadas en pie continúa atrayendo multitudes que no temen hacer fila para disfrutar de su legendaria coctelería y su tradicional vermú.


Hoy en Domingos de Curiosidades, te voy a contar la historia de este mítico bar porteño y algunas curiosidades que, tal vez, no conocías.




LA HISTORIA


En 1879 la familia Lezama se estableció en la esquina de Lavalle y Callao. La población de la ciudad ya superaba los 300 mil habitantes y en 15 años iba a duplicarse.

El desarrollo llevó en 1920 hasta la esquina a la firma Singer con sus máquinas de coser.

Un asturiano convirtió este espacio en un café.

"Los Galgos" abrió sus puertas por primera vez el 27 de marzo de 1930. En aquel entonces, este tipo de locales se construían a imagen y semejanza de los bares madrileños y muchos materiales, como la boiserie, se importaban de Europa.  

Desde el comienzo, el bar recibió el nombre de “Los Galgos” debido a que el dueño original era fanático de las carreras de galgos, una raza de perros que, en esa época, estaba muy ligada a las clases altas y la aristocracia porteña. justo en el cruce de lo aristocrático y lo popular, cuando la ciudad ya se perfilaba como un importante puerto de entrada para miles de inmigrantes.


Buenos Aires era puerto y puerta de miles y se erguía en los encuentros de sus esquinas, en el cruce entre los barrios aristocráticos y el arrabal, en la mezcla entre criollos y recién llegados.

A lo largo de los años, "Los Galgos" fue testigo de innumerables anécdotas y cambios sociales. La década de 1940 trajo consigo el auge de la música de tango y los cafés nocturnos, y fue en 1948 cuando la familia Ramos se hizo cargo del bar, transformándolo en un lugar frecuentado por leyendas del tango como Discépolo y su esposa, la cantante Tania,, Pugliese y Troilo. 

En ese año Discépolo, habitué del lugar,  escribió la letra que fue un himno a los cafés, "Cafetín de Buenos Aires",  inspirado en "Los Galgos" .

Los Galgos fue uno de los primeros en ser declarado “Bar notable de la Ciudad de Buenos Aires” en 1998 y también lleva el sello de “sitio de Interés Cultural” declarado por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.



el Bar “Los Galgos”, supo contar entre sus habitúes con personalidades además de los ya mencionados, Armando Discépolo y Aníbal Troilo, a Julio De Caro, Enrique Cadícamo, Oscar Alende, Ricardo Balbín, el ex presidente Arturo Frondizi,  Martín Karadagián, creador de "Titanes en el Ring",  y hasta Luca Prodan cantante de Sumo, era habitué del lugar. Se dice que allí tomaba ginebra y escribía canciones, en un ambiente que contrastaba con su vida rockera pero que formaba parte de su rutina en Buenos Aires.

Horacio Ramos, el último heredero y administrador de "Los Galgos", falleció en 2014,  su viuda y sobrinos nietos intentaron seguir, pero el bar bajó sus persianas en junio de 2015.

1 DE DICIEMBRE DE 2015 REABRE EL BAR "LOS GALGOS"

Julián Díaz y Florencia Capella fundaron el bar "878", la puerta sin cartel más buscada de Villa Crespo. Con sus jóvenes pero experimentados 34 años, en aquel momento, emprendieron una aventura notable y desafiante…la de recuperar la esquina de "Los Galgos":

"Caímos nosotros porque era un bar que yo frecuentaba en mi adolescencia. Siempre me gustaron los bares porteños, tengo como un romance con la idea. Y también por la historia familiar. Mi familia también es asturiana, y también cuando vinieron de España tuvieron un bar en La Plata, entonces para mi era como retomar una historia", cuenta Julián. en una entrevista.

"Cuando entramos por primera vez estaba todo desmantelado. Desde el principio lo sentimos como una responsabilidad, pero trabajamos lo gastronómico desde su lado cultural para que tenga una vinculación fuerte con la ciudad", dijo Florencia, mientras que Julián agregó: "Buscamos respetar el lugar pero no queríamos volverlo melancólico, sino que tuviera la identidad de un bar porteño pero con gastronomía". Además de ocuparse del área gerencial y administrativa, Florencia -diseñadora gráfica e ilustradora multipremiada en el mundo- rediseñó el logo de "Los Galgos" junto a Natalia Elichirigoity.  Le gusta la imagen romántica que se fue construyendo del bar, pero le atribuye a Julián (compañero de ruta en el amor y en los negocios) la mirada apasionada, obsesiva: "Se trajo una máquina Simonelli de Italia", sonríe ella. "La Ferrari de las máquinas de Café", aclara él, en dicha entrevista. 



Julio agregó: "Teníamos un lugar que realmente estaba detenido en el tiempo, al punto que los baños eran de letrina, no tenía aire acondicionado. Se había mantenido en el tiempo con lo bueno y lo malo. Ahora tiene los rasgos típicos del viejo Buenos Aires, pero desde lo vital, sin eso de museo para turistas sino desde recuperar un espacio propio de la idiosincrasia del porteño que resiste en la batalla cultural ante tanta cadena y lugar desalmado que invade la ciudad".




Lo cierto es que la mítica, elegante y vertical pareja de galgos, del logo original del bar, que se miraba mutuamente como en un espejo, hoy se encuentra en movimiento, corriendo alegre, a la par. Cambiaron de postura, parece que a los galgos no les gustaba estar sentados; ahora sin perder su norte. El blanco apunta con su hocico hacia adelante; el negro avanza también pero con la cabeza mirando hacia atrás, de algo no cabe ninguna duda, siempre serán los mismos.
 

Idea, investigación y edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen




Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

domingo, 30 de noviembre de 2025

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, BAR BRITÁNICO

 BAR BRITÁNICO, EL ICÓNICO CAFÉ CON VISTA AL PARQUE LEZAMA




El Bar Británico está ubicado en la esquina de Defensa y Brasil, frente al Parque Lezama, allí donde se sostiene que, el adelantado Pedro de Mendoza desembarcó en la primera de las excursiones fundacionales de estas tierras. Jamás se encontraron evidencias del rancherío, sin embargo, a partir de crónicas de la época, existe un consenso que concluye que por la altura de las barrancas, más la cercanía con el puerto natural sobre el Riachuelo, Don Pedro debió fundar la ciudad de Buenos Aires en algún lugar dentro del Parque Lezama.

Hoy en Domingos de Curiosidades, voy a contarte la historia de este mítico bar y algunas curiosidades que, tal vez, no conocías.



UN POCO DE HISTORIA

El café fue fundado como una pulpería a principios del siglo XX, con el nombre de La Cosechera.  Según el relato histórico, en las calles Brasil y Caseros se hallaba el conventillo de los ingleses, este edificio había sido construido para aquellos que habían venido hasta Buenos Aires a trabajar a los “Ferrocarriles del Sud”, una compañía del Reino Unido que operaba el tren que partía de plaza Constitución (hoy Ferrocarril Roca). Entre ellos, ingleses excombatientes de la Primera Guerra Mundial. Debido a que  los concurrentes, en gran parte eran  ingleses es que se le habría cambiado el nombre a la pulpería, por el de Bar Británico en 1928. 

Los registros disponibles en las fuentes no especifican los nombres individuales de los propietarios durante el período exacto desde sus inicios hasta 1960. La información histórica hasta ese momento es limitada.

José Trillo, Pepe Miñones y Manolo Pose, fueron los tres españoles que en la década de 1960 compraron el fondo de comercio del lugar y le dieron su impronta ya que, el Bar Británico comenzó a funcionar las 24 hs. Disponía de la típica subdivisión que ofrecía un salón familiar. Costumbre utilizada para que las clientas mujeres no fueran mal vistas. 



El Bar que nunca cierra logró constituirse en refugio de personalidades de la cultura y la bohemia. Su entorno inspiró a Ernesto Sábato para ambientar escenas de su novela Sobre héroes y tumbas y su continua vigilia lo hicieron refugio obligado de noctámbulos y "tacheros".

Durante la Guerra de Malvinas, en 1982, la fiebre bélica entre argentinos e ingleses forzó cambios de nombre. Al café le pusieron el cartel de Bar...Tánico,  aprovechando la caída de parte de su histórica luminaria, pero con el tiempo recuperó su nombre.

El "Británico" fue declarado bar notable en 1998 por la comisión respectiva, dependiente del Ministerio de Cultura, que también se movilizó por su continuidad. También ha sido locación para la filmación de escenas de varias películas argentinas e internacionales, como Diarios de motocicleta de Walter Salles y Tetro, de Francis Ford Coppola.

En los últimos años, antes de su primer cierre, las mesas del Británico también fueron visitadas por el músico Fito Páez, entre decenas de artistas que hicieron del lugar una usina de pensamiento, dispersión y creatividad.

En 2006, Juan Pablo Benvenuto, presidente de la Sociedad San Andrés, propietaria del inmueble, argumentó la “necesidad de mejoras” y se negó a renovar el contrato al local. Cuando intentó recuperar la posesión, se encontró con la oposición de vecinos y parroquianos, que en un gesto simbólico le arrojaron las llaves de sus casas, bajo la imagen de que preferían entregar sus casas antes que renunciar al bar donde se juntaban. Incluso el vicepresidente de la Nación, Daniel Scioli y el cantautor español Joaquín Sabina, durante su visita a Buenos Aires en ese año,  participaron del reclamo . Con una juntada de firmas, se demostró que al menos 14 000 personas estaban en contra del cierre del simbólico café.

El periodista y escritor Enrique Symns relató escenas del pasado junto a los miembros de los Redonditos de Ricota, legendaria banda del rock argentino, y otros artistas nacionales como el actor Daniel Aráoz, el violinista Jorge Pinchevsky, el bajista Alejandro Medina, e integrantes de la banda Los Piojos. Fernando Iglesias relató también las reuniones del Foro del Bar Británico, organizado por Juan Carlos Gené en 2002, y reunió a intelectuales como Horacio González y Álvaro Abós, a músicos como Raúl Carnota, y a otros.​ A pesar de los esfuerzos, el bar fue finalmente desalojado en junio de 2006, con un operativo policial.
 

 

 
Finalmente, el local fue comprado por Agustín Souza, quien decidió restaurarlo y agregar muebles nuevos, colocó un piso de baldosas graníticas, un aire acondicionado, una chopera e hizo algunas otras adquisiciones;  lo reabrió en febrero de 2007, con un evento público festejado por vecinos y habitués y cubierto por todos los medios masivos de comunicación de la ciudad.
El 12 de agosto de 2014, por la imposibilidad de mantenerlo, fue nuevamente cerrado. Pero reabrió sus puertas el 11 de noviembre por los hermanos Aznarez.

Los Aznárez renovaron baños, cableado eléctrico y construyeron en el sótano, ocupando los mismos metros cuadrados de la planta baja, un área de producción. Por lo demás, el bar mantiene su revestimiento de roble original que llega hasta los taparrollos de las cortinas y gran parte de la parafernalia acumulada en años. El inmejorable aporte de los tres hermanos al local es una vieja foto apaisada, de los años sesenta, de la calle Defensa donde se alcanza a ver parte del bar. La encontraron en el cambalache vecino. El local de antigüedades que, al menos, hasta el año pasado sigue atendiendo  Teresita, con sus  85 años. Sin embargo, la foto no estaba a la venta. Pertenecía a Doña Pancha, viuda del fotógrafo. Tanto insistieron los Aznárez que, al final, la compraron.



Gonzalo Aznárez es quien está a cargo del Bar Británico. Tiene 36 años y hace once años que  tomó las riendas del bar. Pero había comenzado a trabajar con su padre cuando apenas tenía 10 años. Hoy acumula un cuarto de siglo de experiencia. “Todo lo que nos enseñó papá es a laburar”, comentó en una entrevista. El Bar Británico abre todos los días de la semana a las 5 de la mañana  y cierra a las 3 del día siguiente. Casi como antes. Apenas descansan para barrer y baldear.

La actualización alcanzó al antiguo mobiliario. El menor de los Aznárez contó en la misma entrevista que, al tomar posesión del bar, las mesas y las sillas originales estaban en muy mal estado y con nulo margen de ser reparadas. Pero que, aún así, conocedores del valor inmaterial que representa el moblaje para un bar tan antiguo, lo dejaron todo resguardado en un depósito en Parque Patricios.

ALGUNAS HISTORIAS de amor

JORGE LUIS BORGES Y ESTELA CANTO

“¿Y fue por este río de sueñera y de barro que las proas vinieron a fundarme la patria?” se preguntó Jorge Luis Borges, haciéndose eco de ésta versión, en el primer verso de su Fundación Mítica de Buenos Aires. Luego, en los siguientes, ironizó al decir que eran todos “embelecos fraguados en La Boca”. Ya de adulto, Borges no dejó de recorrer los senderos del Parque de la mano de Estela Canto, su primer amor (1944-1950). 
Les cuento un resumen de su historia. Después de verse muchas noches en casa de  Bioy Casares y Silvina Ocampo, donde se habían conocido y ni siquiera se habían mirado;  quiso el destino que una noche salieran a la vez de la casa de los Bioy, como ellos se decían,  Bajaron juntos en el ascensor y caminaron unas pocas cuadras hasta la boca del subte. El diálogo debe haber sido banal, un poco tirante, con varios silencios. Pero, antes de llegar a la estación Pueyrredón estaban tan metidos en la conversación que, él le propuso seguir caminando. 

Llamó a la madre desde un teléfono público para avisarle que iba a llegar más tarde, como siempre lo hacía,  y cuando llegaron hasta la Plaza San Martín decidieron seguir todavía un poco más, hasta el Parque Lezama. Estela vivía en San Telmo. En algún momento entraron a un bar. Ella pidió un café y él un vaso de leche. Ahí fue cuando la miró. Y ella se dio cuenta. Esa noche se quedaron hablando en las escalinatas del parque que dan a la calle Brasil hasta las tres o cuatro de la mañana.
¿Tomaron café en el Británico? No consta en actas.
Pero seguramente los habrán visto pasar, a través de las ventanas panorámicas del bar, cientos de parroquianos, más de una vez.



LA HISTORIA DE LA MESA VACÍA CON UNA SOLA SILLA

Se cuenta que un catalán de Tarragona, apellidado Braun, vino a recalar a un conventillo de San Telmo huyendo de la Guerra Civil Española desatada en julio de 1936. En su fuga, tan repentina como rápida, debió separarse de un gran amor. Llegado a Buenos Aires consiguió empleo en el Archivo General de la Armada, en Bolívar y Caseros, a unas pocas cuadras del Bar Británico.

El catalán Braun encontró en este boliche un lugar seguro por fuera de la pieza que alquilaba y el trabajo en el Archivo. La dolorosa partida de España lo había atemorizado. Se volvió una persona cauta. De pocas palabras. Con casi nulo contacto con extraños. Sin embargo, entre ingleses se sentía a resguardo. Dios salve a la Reina, decían entonces. Para sostener su anonimato, el catalán, aprovechó la característica de su empleo, la historia de la barriada, su casual homonimia y, gracias a una fonética favorable, se apodó: el Almirante Braun. Nadie le pediría el documento para ver cómo se escribía su apellido. El Almirante Brown, digo ahora, el auténtico, Guillermo Brown, fue un marino irlandés que luchó defendiendo nuestra costa de bloqueos e intentos de agresión naval por parte de potencias extranjeras. Y hoy, además de héroe nacional, es motivo de orgullo y pertenencia en La Boca y Barracas.

La mesa con la silla vacía que viene a cuento el Almirante le pedía al dependiente del bar que se la reservara. La paga para mantenerla siempre disponible era el equivalente al producido por un comensal contabilizando las cuatro comidas de un día. La reserva se mantenía a la espera del arribo desde España de su pareja. Una llegada sin fecha ni confirmación posible. Las cartas dirigidas hacia España eran interceptadas y los destinatarios puestos en problema. Lo único que Braun pudo hacerle llegar a su amor, como toda información de paradero, fue que, al desembarcar en el puerto de Buenos Aires, se dirigiera hasta El Británico. Braun pasaría los restantes días de su vida hasta el reencuentro.

Esta es la anécdota que los tres españoles  recibieron al hacerse cargo del bar en la década de 1960. Por entonces, el Almirante Braun hacía largo rato que no frecuentaba la esquina de Brasil y Defensa. Con seguridad, habría fallecido. Sin embargo, José, Pepe y Manolo se ocuparon de sostener la costumbre de dejar una mesa con una silla vacía. También desestimaron la factibilidad de la reunión amorosa tanto en el bar como en cualquier otro lado. “En la España franquista”, contaban luego de chequear el dato, “ser judío y homosexual significaba la condena de muerte”.

Puede que esta leyenda, como sostenía Borges, sea otro “embeleco fraguado”  pero de los misteriosos barrios del sur, de todas maneras, la historia es bella y romántica también.




El Bar Británico es, sin lugar a dudas, un pedazo de Buenos Aires. Un emblema en San Telmo, su escenografía se completa con el afuera,  el Parque Lezama, el empedrado... y con sus historias.  






Idea, Investigación y Edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

domingo, 19 de octubre de 2025

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, CAFÉ MARGOT

 CAFÉ MARGOT, UN TÍPICO CAFÉ PORTEÑO




Buenos Aires cuenta con cafés y bares que han sido escenario de importantes actividades culturales y que, por su antigüedad, arquitectura o relevancia local, son declarados Cafés Notables y forman parte oficialmente del Patrimonio Cultural de la Ciudad.


En el barrio de Boedo , en la esquina de la Avenida Boedo y el antiguo Pasaje Camio (Ahora llamado San Ignacio) funciona el Café Margot , un lugar destacado y popular entre los turistas. 

Hoy, en Domingos de Curiosidades, voy a contarte su historia y algunos detalles que, tal vez, no conocías.



la historia

El histórico edificio donde está actualmente ubicado Café Margot, en Av. Boedo 857, data de 1904 y fue diseñado por el constructor y arquitecto italiano Lorenzo Berisso. 

Día de su Inauguración

De aquella época se mantiene la fachada y estructura: techos altos con durmientes de madera, paredes de ladrillos a la vista y los bellos pisos damero originales, entre otras reliquias de antaño. 



Desde sus inicios en aquella esquina hubo diferentes emprendimientos gastronómicos. En la década del 20´ allí funcionó la reconocida bombonería “Roses” con local y fábrica abierta al público. Dos décadas más tarde, abrió sus puertas la mítica confitería Trianón (que hoy se encuentra a media cuadra en Av. Boedo 845). Dicen que fue en aquella época, cuando a sus anteriores dueños españoles, don Gabino Torres y su esposa María, se les ocurrió la fantástica idea de comenzar a ofrecer un novedoso sándwich de pavita al escabeche.



“Boedo y San Ignacio. En esta tradicional esquina, en la década del 40, se inventó el sándwich de pavita”, afirma un antiguo cartel de chapa con fileteado porteño en la entrada de Café Margot, un clásico del barrio de Boedo.

La fórmula es sencilla y sabrosa: pan casero, pavita al escabeche, tomate, lechuga y algún aderezo según el gusto del comensal. Su fama logró traspasar generaciones y conquistó paladares de políticos, artistas, escritores y habitués.




Corrían los años 50, cuando el entonces presidente Juan Domingo Perón recorría la Avenida Independencia junto a su comitiva. Al llegar a Boedo, decidió hacer un desvío inesperado que sorprendería a todos.

Perón ordenó detener los vehículos en la esquina de San Ignacio, y ante la mirada atónita de los vecinos, bajó del coche y entró a Trianón. El motivo de su visita era simple pero significativo: deseaba probar el famoso sandwich de pavita en escabeche del que tanto había escuchado hablar.

En aquella época María y Gabino Torres, dueños de Trianón, conocieron a Julio Durán un proveedor de hielo. Con el tiempo cosecharon un vínculo de amistad. Enseguida, Don Durán se volvió fanático del sándwich. En el descanso de su jornada laboral de repartos por el barrio, se acodaba en la barra para deleitarse con su sabor inigualable. Una tarde, entre charlas y anécdotas, el matrimonio le confesó los secretos de aquella receta. Él la atesoró para siempre en su memoria.

Tiempo después, Trianón se mudó a media cuadra y en 1986 aquella mítica esquina se reinventó como restaurante. Un año más tarde, cambió nuevamente de rubro: se convirtió en una fábrica de pastas italianas: “Lo Pienso Io”. Su identidad definitiva llegaría en 1994 con Café Margot, nombre en homenaje a un tango de 1919 con letra de Celedonio Flores y musicalizada por Carlos Gardel y José Ricardo.

Cuando el bar abrió sus puertas Pablo Durán, uno de los hijos del antiguo proveedor de hielo y dueño del Margot, en ese momento, recordó la inigualable receta del sándwich de pavita que tantas veces le había mencionado su padre. Le traía gratos recuerdos. En su honor lo incorporó en el menú. Así, regresó este clásico entre dos panes.




Lo que hoy es el Café Margot no sólo alimentó a políticos, también fue punto de encuentro para escritores, anarquistas, futbolistas y tangueros. Por sus mesas pasaron Julio De Caro, Homero Manzi, Ringo Bonavena, el Mono Gatica, y hasta escritores de renombre internacional como Mario Vargas Llosa, Juan Villoro y Julian Barnes. Su salón, bohemio y cálido, parece detener el reloj.

Uno de sus hitos más poéticos ocurrió gracias al ingeniero y poeta José Muchnik, oriundo de Boedo y radicado en Francia. Fue él quien impulsó la hermandad entre el Café Margot y la brasserie Le Petit Diable de Toulouse, consolidando un lazo cultural entre dos mundos unidos por el café, la palabra y la nostalgia.

Por "El Margot" han pasado desde el ex jugador de fútbol José Francisco Sanfilippo; el recordado  Gerardo Rozín hasta la banda de rock Attaque 77, artistas, políticos, escritores y deportistas unidos por un sándwich.

En 1999, el café fue declarado "Bar Notable" por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, un reconocimiento que destaca su valor histórico y cultural. Hoy en día, Café Margot sigue siendo un ícono de Boedo, ofreciendo a sus visitantes una experiencia única que combina historia, cultura y gastronomía.

Además, obtuvo varios reconocimientos, entre ellos un diploma de la Secretaría de Educación de la Ciudad de Buenos Aires por su participación en el Programa “Buenos Aires lee”, y otro del Museo de la Ciudad, que lo declara “Testimonio Vivo de la Memoria Ciudadana”.


El Café Margot es más que un simple café; es un pedazo vivo de la historia de Buenos Aires.

Sin duda, es un destino imperdible tanto para los vecinos del barrio como para aquellos que desean explorar la esencia auténtica de la ciudad.


Idea, Investigación y Edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la imagen




Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

domingo, 21 de septiembre de 2025

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY, BAR DE CAO

 BAR DE CAO, EL EMBLEMA DE SAN CRISTOBAL



A principios del siglo XX existía una categoría de comercio que hoy ha caído en desuso, el "Almacén-Bar". Eran sitios, generalmente ubicados en esquinas, que funcionaban como despacho de comestibles y que se comunicaban por una pequeña puerta con el bar. En muchos barrios, sobre todo en aquellos donde los espacios verdes no abundaban, estos lugares servían de espacios públicos de sociabilidad, encuentros, novedades y celebraciones. El barrio de San Cristóbal luce con orgullo una auténtica joya patrimonial que supo llamarse "Despacho de comestibles al por menor. Venta de bebidas en general y despacho de bebidas alcohólicas. Cao Hermanos". Hoy, Bar de Cao.

Hoy en Domingos de Curiosidades, voy a contarte su historia y algunas curiosidades que , tal vez, no conocías.


LA HISTORIA

La historia, sin lugar a dudas, comienza con la llegada de los primeros Cao a Buenos Aires.

Familia oriunda de San Tirso de Abres (Asturias, España) que trasladó una porción de sus tierras y tradiciones a la clásica esquina porteña. Nace así entonces "La Armonía", como fue bautizado en un principio aquel almacén con despacho de bebidas. No es casual el nombre ya que recuperaba parte del espíritu de aquellas tierras bucólicas que los vieron crecer.




Entre los hermanos Julio, Vicente y Pepe se repartían los quehaceres. Si bien abrían de 8 a 23, se turnaban para dormir la siesta. Para ese entonces el local se encontraba separado en bar y almacén y la división la marcaba una fideera que aún forma parte del mobiliario actual. Fieles a sus tradiciones, los jueves por la tarde cerraban para reunirse con sus compatriotas en los centros españoles de Olivos y disfrutar de sus orquestas, bailes y comidas típicas.

Esas comidas también se vendían en su propio almacén y eran de las más aclamadas por la clientela del barrio. Los fiambres cortados en el momento, el jamón crudo y las sardinas españolas eran algunas de las especialidades de "La Armonía". Los fideos, el azúcar, el arroz suelto para venta al peso, las galletitas de lata, las legumbres, las conservas y los artículos para el hogar se vendían como pan caliente en el vecindario. El vínculo era tal que los clientes más fieles anotaban su compra en el cuaderno de los Cao para saldarla a fin de mes. La famosa libreta.
Tras la muerte de Vicente en 1999, su hermano Pepe sostiene el negocio sólo 6 meses más. Y en el año 2000 cierra.

Lo que sigue es una lucha de supervivencia. Lo reabre un vecino, fotógrafo, Rosales, y lo llama "El almacén". Fracasa. Lo maneja  el músico Jorge Muhary , lo llama "Bar de Cao", pero no prospera.
Hasta que es administrado por el grupo gastronómico de Pablo Durán, y es reabierto en 2005 con una fisonomía que respeta el espíritu original y mantuvo no sólo las paredes, muebles y vitrinas de lo que fue aquel clásico almacén y bar sino también, las picadas, el jamón crudo, las sardinas con cebollas y los escabeches que corren a la orden del día como hace más de cien años en este clásico bar porteño.
 


El local conserva el mostrador, la puerta de entrada, las grandes vitrinas y las baldosas que decoran el piso. Una chapa enlozada en blanco y azul es testimonio de esa época, así como las mesas, las heladeras antiguas, y la estantería, poblada de botellas cubiertas de polvo, ubicada detrás de la barra. El espíritu del local original se mantuvo a pesar de las modificaciones hechas cuando se instaló el café.

El trabajo de restauración que se realizó es notable. “La gente queda fascinada por el estilo del bar y por objetos como la fideera, que es una de las pocas de aquella época que se encuentran en Buenos Aires”, cuenta Guillermo Pérez Bravo, artista plástico y encargado del restaurante.

El salón, con mesas y sillas de madera; exhibe antiguos carteles de Coca-Cola, Hesperidina y Cinzano y retratos de artistas como Mariano Mores, Carlos Gardel u Osvaldo Pugliese. Las ventanas y las vitrinas están decoradas con clásicos fileteados porteños que pintó el propio Pérez Bravo. Al fondo, se instaló un espacio dedicado a las artes plásticas, donde hay exposiciones que se renuevan cada 15 días. Bar de Cao también cuenta con mesas en la vereda, ideales para los fumadores y para quienes quieran observar el movimiento del barrio.


El "Cao" representa hoy un patrimonio cultural y arquitectónico, no sólo para San Cristóbal sino también para el resto de la ciudad. Su estilo italianizado, sus techos altos y el grado de conservación del edificio muestran que el tiempo transcurrió, pero esa esquina aún mantiene su espíritu. Tal es así que la legislatura porteña lo declaró Bar Notable y sitio de interés cultural.



El "Bar de Cao" forma parte del patrimonio vivo de la ciudad desde hace 110 años.


Idea, Investigación y Edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

domingo, 19 de enero de 2025

DOMINOS DE CURIOSIDADES. HOY, EL CAFÉ TORTONI

 CAFÉ TORTONI, LA HISTORIA VIVA DE BUENOS AIRES.


El Café Tortoni es la cafetería más antigua de la Argentina. Fue fundada en 1858 y es paradigma del café porteño que pertenece al selecto grupo de Bares Notables de la Ciudad de Buenos Aires. Representa fielmente la quintaesencia de la vida cultural y gastronómica porteña. Conozcamos un poco más de su historia.




Un destino de grandeza. 

 
El Café Tortoni es fundado en Buenos Aires por el francés Jean Touan, que lo bautiza así en homenaje al famoso café homónimo de París. Comienza su actividad en el año 1858, en la esquina de Rivadavia y Esmeralda. En 1879 Touan vende el negocio a sus familiares, el matrimonio vasco-francés Célestin Curutchet y su esposa Ana Artcanthurry. En el decir de Ulises Petit de Murat en La noche de mi ciudad, Célestin era “un pequeño caballero de barbita a la Poincaré (cosa poco frecuente en el Buenos Aires de capilaridad restringida para los varones a patilla y bigotes) y que conocía la sed desaforada de la bohemia finisecular y de principios de este siglo XX”

 Hacia mediados de 1880 mudan unos metros el local sobre la misma Rivadavia. Cuando en julio de 1894 se inaugura la Avenida de Mayo, el café terminaría por delinear su perfil definitivo, ya que sus propietarios tres meses más tarde deciden cambiar el ingreso principal del local a la nueva y elegante arteria (tarea a cargo del destacado arquitecto español Alejandro Christophersen) siendo el primer café porteño en colocar mesas y sillas en la vereda. Una costumbre bien parisina, con una variante: En la bella “Ciudad Luz” se ubicaban alineadas con el frente del negocio, en cambio en el caso del Tortoni se colocaron pegadas al cordón de la vereda. Los Curutchet tienen dos hijos varones, Pedro y Mauricio, quienes se hacen cargo del Café al fallecer en 1925 monsieur Célestin. Inesperadamente a fines de 1926 fallece Mauricio, lo que derivó al poco tiempo en la decisión de su hermano Pedro de vender el negocio a la firma Rey Hnos. y Pego, quienes en 1943 dejan de manejar el Café, coincidiendo con el año que cesa su actividad La Peña. Hoy en día el Tortoni es el café más antiguo de todos los que aún existen en nuestra ciudad.

 


El nacimiento de un emblema cultural.

 
El lunes 24 de mayo de 1926, a las 22 horas, se funda oficialmente la Agrupación de Gente de Arte y Letras La Peña, cuya sede está ubicada en el amplio y reacondicionado sótano del Café Tortoni, en la Avenida de Mayo 829, Buenos Aires.
La parte más relevante de su Acta de Declaración expresa lo siguiente:
“Para ser socio de la agrupación se requerirá -previo acuerdo de la Junta Directiva- contraer el compromiso de abonar, durante un período mínimo de dos años, una cotización trimestral de cinco pesos m/n. Las normas de incorporación y cesación para los socios estarán estipuladas en su Programa de acción, y serán las de práctica en instituciones análogas, jurídicamente constituidas. Serán Socios Fundadores de La Peña los que hayan contraído el correspondiente compromiso de adhesión antes del 25 de mayo de 1926, y Socios Benefactores los que contribuyan con donaciones o subsidios al desarrollo de la Sociedad.
La Junta Directiva: Jorge Bunge, Germán de Elizalde, Benito Quinquela Martín, Arturo Romay, Edmundo J. Rosas, Alejandro Savelieff, Gastón O. Talamón”.

Tiempo más tarde, el 17 de diciembre de 1928, a las 21.30 horas en el local de La Peña, sus integrantes reunidos en Asamblea Extraordinaria, discuten y aprueban los estatutos en cuyo Preámbulo se puede leer el siguiente párrafo: “El éxito inmediato de La Peña, su creciente, ininterrumpido desarrollo (debido en gran parte a los señores Curutchet, primero, y a los señores Rey, actuales propietarios del Café Tortoni, luego) que han hecho de La Peña una institución cultural sin precedentes, han dado a ella el derecho de cimentar definitivamente sus bases, y a sus iniciadores el deber de proclamarlo”.
En su autobiografía, recogida por Andrés Muñoz, el propio Benito Quinquela Martín narra cómo se originó la señera agrupación:
“Mi adhesión al puerto de la Boca no me impedía frecuentar las tertulias de los cafés de la Avenida de Mayo, sobre todo aquella de “La Cosechera”, que el maestro Viñes bautizó con el madrileñísimo nombre de “La Peña”, que se trasladó durante una noche de verano a la vereda de enfrente. De “La Cosechera” pasamos al Café Tortoni, donde nos recibieron con sonrisas esperanzadas, que desde hacía tiempo no veíamos en nuestra sede anterior, pues las habíamos ido perdiendo progresivamente a causa de la desproporción entre lo poco que gastábamos y lo mucho que discutíamos. Un modesto café por cada dos horas de chala resultaba evidentemente un negocio ruinoso para los accionistas de “La Cosechera (…) que quedaba en Perú y Avenida de Mayo. Allí tuvo su origen “La Peña”, nombre con que bautizó nuestra tertulia el gran pianista Ricardo Viñes, que era uno de los más asiduos contertulios. Asistentes más o menos frecuentes eran también Francisco Isernia, Tomás Allende Iragorri, Antonio González Castro, Pedro Herreros, Pascual de Rogatis, Alfredo Schiuma, Juan José de Soiza Reilly, Héctor Pedro Blomberg, José María Samperio, Celestino Fernández, Manuel López Palmero, Atilio García Mellid, Germán de Elizalde, Luis Perlotti, Alejandro S. Tomatis, Juan de Dios Filiberto, Carlos de Jovellanos y Passeyro, Daniel Marcos Agrelo, Rafael de Diego, Miguel A. Camino, Pedro V. Blake, Enrique Loudet, Celestino Piaggio, Manuel López de Mingorance, Gregorio Passianoff y otros, a los que se agregaban los invitados o visitantes.
Tuvimos la suerte de que el dueño del Café Tortoni sustentara otras ideas con respecto al negocio cafeteril. Los artistas podrán gastar poco, pero pueden dar lustre y fama a un establecimiento público. Así debía pensar don Pedro Curutchet, el propietario del Tortoni, que, como buen francés, sabía ser práctico y romántico a la vez. En nuestro caso, quizá fue más lo segundo que lo primero, lo que impulsó a nuestro mecenas a brindarnos desde el primer momento su generosa protección, no exenta de paternal tolerancia. El viejo Tortoni tenía su clientela segura y abundante, pero nuestra “Peña” bohemia siempre encontraba la manera de instalarse en las mejores mesas de la vereda o del salón, según lo requiriera la temperatura. Como entre los peñistas o peñófilos abundaban los desocupados, nunca faltaba alguno de la rueda que acudía temprano al café para tomar posiciones. Y la rueda iba creciendo a medida que la noche iba avanzando. Tanto llegó a crecer, al cabo de algún tiempo, que uno de los nuestros, Germán de Elizalde, resolvió abordar a don Pedro Curuchet. Y para convencerlo mejor, se dirigió en francés a “Monsieur Pierre”. Necesitábamos espacio vital para nuestra “Peña”. ¿No podría proporcionárnoslo “monsieur” Curutchet? Y el viejo francés, que usaba perilla francesa y gorro turco, nos ofreció entonces su cueva de vinos, previo traslado de las empolvadas botellas, naturalmente. Además de brindarnos el espacio vital que necesitábamos-vital y subterráneo, “monsieur” Pierre Curutchet nos obsequió con unos preceptos que habrían de quedar como lema de nuestra flamante agrupación. Decían así, en su idioma original: “Ici on peut causer, dire, boire, avec mesure, et donner de son savoir faire la mesure. Mais seuls l’art et l’esprit, ont le droit de sans mesure se manifester ici”. (“Aquí se puede conversar, decir, beber con mesura y dar de su “savoir faire” la medida. Pero sólo el arte y el espíritu tienen el derecho de sin medida manifestarse aquí”)
Otras cosas había que tenían también derecho a manifestarse allí sin medida, además del arte y el esprit. Eran nuestro entusiasmo y nuestra impaciencia por instalarnos cuanto antes en aquel subsuelo con que nos obsequiaba la munificencia de un comerciante artista y altruista -rara avis- que, atentando contra sus propios intereses, empezaba por recomendarnos mesura en el comer y en el beber. Nos pusimos a trabajar febrilmente, sans mesure, en pocas semanas la acreditada bodega del Tortoni quedó convertida en un local apto todo servicio artístico, literario y gastronómico. Nosotros mismos nos encargamos personalmente de las obras de refacción y embellecimiento. Empezamos por limpiar y arreglar el piso, el techo y las paredes. Nos agenciamos mesas y bancos de madera ordinaria, entonados en un gris oscuro. En base a clavos, tablas y arpillera dorada todo quedó listo, como mandado hacer a medida. Construimos un tablado bajo, que oficiaba de pequeño escenario, engalanado con un gran cortinaje de terciopelo rojo, que era como una llamarada que, al abrirse, dejaba ver un soberbio piano de cola, piano y cortinaje que obtuvimos no sé cómo, creo que por arte de encantamiento”
(…)
A su vez Juan de Dios Filiberto recuerda en el libro de Lesly Dinah: “Durante casi dos años buscamos un lugar para reunirnos que fuera solamente nuestro. Después de haber pasado del café La Cosechera al Madrid (N. del A.: Av. de Mayo 701), Germán de Elizalde consiguió que nos alquilaran el subsuelo del Café Tortoni. Este año regresó Quinquela de Europa y junto con Miguel Camino, Gastón Talamón, Francisco Balbi, Celestino Piaggio, el músico Vicente Forte, Pascual de Rogatis, yo y otros, inauguramos nuestra Peña”.
Otros fundadores de la agrupación son: Fortunato Lacámera, Francisco Isernia, Roberto Capurro, Miguel C. Victorica, Tuñín de la Boca, Vicente Vento, José Imazio, Carlos A. Tarelli, Antonio González, Augusto González Castro, J. Molinari, Tomás Allende Yragorri, Rafael González y el Ingeniero Longino Vitale. Cinco días más tarde de la fundación, el sábado 29, a las 22 horas, organizada por una comisión de festejos, se inauguran “Los sábados de La Peña” con una fiesta superior a la realizada el lunes 24 cuando se crea la agrupación. Ofrece, entre otros, una charla el prestigioso escritor español Federico García Sanchiz, “charlista” (como él mismo gustaba denominarse) que acababa de llegar a nuestro país, titulada “Charla Lírica”. Completan el programa Juan de Dios Filiberto y la cantante Patrocinio Díaz. Se sirve una tasa de café gratuitamente a la concurrencia.
El escritor Enrique Abal, secretario de la gaceta que se editaba en La Peña, recuerda las actividades que allí se efectúan: “Se dividían en dos fases: una era la de los contertulios, la de los verdaderos peñistas, que se reunían de domingo a viernes y otra la de los sábados a la noche en que se desarrollaban las veladas músico-literarias. Abría sus puertas a las cinco de la tarde y se cerraban a las doce de la noche” (…)
“Los 24 de mayo conmemorando el aniversario de su fundación y la fiesta patria, tenía lugar una comida de camaradería que se hacía en el salón y a la que concurrían prestigiosas personalidades de la vida artística del país” (…)
En su sede del sótano del Tortoni desfilaron famosas personalidades de la época y se efectuaron gran cantidad de exposiciones individuales: como las de los pintores españoles José Gutiérrez Solana, Daniel Vázquez Díaz y Darío de Regoyos, el pintor francés Lucien Simon; el uruguayo Norberto Berdía y entre la larga lista de artistas argentinos, los pintores Fray Guillermo Butler, Pablo Molinari, Francisco Ramoneda, César Pugliese, Roberto Rossi, Marcos Viberti, Adolfo Ollavaca, Camilo Lorenzo, José Arato, Juan Carlos Miraglia, Carlos Heim, Antonio Parodi, Arturo De Luca, Francis de Laperuta, Guillermo Teruelo, Roberto Pallas, Antonio Bermúdez Franco, María Bochatón y los escultores Luis Perlotti, Pablo Tosto, Antonio Gargiulo; exposiciones colectivas de artistas italianos, españoles, brasileños, chilenos y uruguayos; Muestra histórica del Aguafuerte en el país; muestras póstumas: las de Santiago Stagnaro, Santiago Palazzo, Martín Malharro, Walter de Navazio, Gonzalo del Villar y Nicolás Lamanna. Concurrían habitualmente para realizar sus notas críticas de arte José León Pagano, del diario La Nación, y Fernán Félix de Amador del diario La Prensa. Sesiones diarias de dibujo libre con modelo vivo durante los meses de junio a noviembre; audiciones poéticas: como las de Alfonsina Storni con sus “Poemas inéditos de Emilia Bertolé”; Juana de Ibarbourou y Baldomero Fernández Moreno; audiciones musicales: del genial polaco-estadounidense Arthur Rubinstein, el ruso-estadounidense Alexander Borovsky, Ricardo Viñes, Juan de Dios Filiberto, Héctor Panizza, etc., con el auténtico piano de cola Steinway que posee la agrupación (cada tanto había que pagar los servicios al Sr. Richart, el afinador); disertaciones y lecturas: la del controvertido Filippo Marinetti, titulada “El futurismo”, y José León Pagano titulada “Pío Collivadino y Carlos Ripamonte”, entre otras; espectáculos y festivales. Se patrocinan estrenos cuyos autores son de la talla de García Lorca, con sus “Bodas de sangre” por la Compañía de Lola Membrives; y de Miguel de Unamuno con “Todo un hombre”.
Tienen de huéspedes a celebridades como: el italiano Luigi Pirandello, dramaturgo y futuro Premio Nobel de Literatura (de quien el 15 de junio de 1927 el Teatro Intimo, que dirigían Milagros de la Vega y Carlos Perelli, pone en escena en el Teatro Odeón una de sus piezas breves “Diana e la Tuda” ofrecida por la propia Compañía de Pirandello y días más tarde, en la madrugada del 26 de ese mes, recibe el agasajo de La Peña con la presencia de Quinquela Martín, siendo presentado por el escritor Roberto Mariani y, entre otras expresiones artísticas, la actuación como broche final de Carlos Gardel, acompañado de sus guitarristas Guillermo D. Barbieri y José Ricardo, interpretando los tangos “Mi noche triste”, “Rosas de otoño” y “Senda florida”); la bailarina y cantante Josephine Baker y la soprano Lily Pons. Se efectúan homenajes al mencionado Luigi Pirandello, a los pintores, Miguel C. Victorica, Pío Collivadino, Carlos Ripamonte, Tito Cittadini, al ruso Borís Grigóriev, al escultor Agustín Riganelli, a los pianistas Arthur Rubinstein y Héctor Ruiz Díaz, al Dr. Ricardo Rojas, etc. Entre sus más notorios habitués se encuentra el presidente de la Nación, Dr. Marcelo T. de Alvear y su esposa Regina Pacini.
A decir del escritor, poeta y pintor Joaquín Gómez Bas “El ambiente recogía en su atmósfera opaca de humo, alegre de esperanzas, entristecida de sueños irrealizables, la palpitación de la bohemia ciudadana”.

 

Quinquela y  La Peña del Café Tortoni.
 
 
Alfonsina Storni.
 
Entre las talentosas mujeres que pasaron por La Peña sobresale la figura de la poeta Alfonsina Storni, cuya sonrisa amplia y acogedora cautivaba de inmediato a quienes la trataban. Se la considera una de las pioneras del movimiento feminista, al que ella definió como el “ejercicio del pensamiento de la mujer en cualquier campo de la actividad.”
 
 
 
Alfonsina Storni en el centro, en una velada dedicada a la poesía femenina.
 
 Jorge Luis Borges
 
Uno de los más reconocidos escritores argentinos considerado una figura clave tanto para la literatura de habla hispana como para la literatura universal. Concurría al Café para reunirse y conversar con literatos de la época.
 

 Gustavo Fernández realizó para el Café Tortoni, las esculturas de,  Alfonsina Storni, Jorg Luis Borges y Carlos Gardel, los tres  alrededor de una mesa.



El fin de un ícono porteño.
 
El martes 19 de octubre de 1943, la ya por ese entonces alicaída vida de “La Peña”, recibe el golpe final al llegar una intimación, de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, para desalojar su sede en el Tortoni, por ser el sótano un lugar cerrado que no reúne las condiciones necesarias de seguridad.
Enrique Abal recuerda las palabras de Quinquela, quien sostenía que la agrupación ya había cumplido con creces su cometido y dejarla en manos de otros corría el peligro, a corto plazo, de llegar a una disgregación absurda. Se prefirió que muriera con honor. Y así sucedió.
Años más tarde rememora Quinquela en la revista Siete Días del día 11 de diciembre de 1972: “Éramos como una treintena de artistas, entre ellos Filiberto, Atilio García y Soiza Reilly. Nos reuníamos semanalmente (…) Era bárbaro…pero como todas las cosas “La Peña” tuvo que morir. Al final, ya se iba por obligación, desapareció la espontaneidad y se fue al carajo”.
En 1944 se liquidan sus bienes, entre los que figura el valioso piano Steinway, la marca más prestigiosa de su época y con lo obtenido de la venta del piano se compra la piedra necesaria para realizar en la ciudad de Mar del Plata el monumento en homenaje a Alfonsina Storni, obra de Luis Perlotti, que será inaugurado en 1948, a diez años de la muerte de la poetisa. También les alcanza el dinero para erigir un monolito donde el escritor Leopoldo Lugones se había suicidado en una habitación de la hostería del recreo El Tropezón, en el Delta de San Fernando, y otro monumento en memoria de Fernando Fader en la entrada de su casa en Loza Corral, provincia de Córdoba que se inaugura en 1944, asistiendo a la inauguración Quinquela y varios de los que fueran miembros de La Peña.
 El 24 de mayo de 1976, el escritor y poeta Alberto Mosquera Montaña pronunció unas emotivas palabras  en el mítico sótano del Café Tortoni ante la “Agrupación de Gente de Arte y Letras La Peña”,  y con la presencia del gran artista boquense:
“Quinquela respetuoso del misterio sin indagar, aceptó este tránsito terreno y su misión en esta vida, la cumplió sin rencores, sin envidias, callado siempre, con pocas palabras, para hechos duraderos. Por eso hoy le decimos ciertas y permanentes gracias, por haber fundado “La Peña” hace cincuenta años, y habernos alegrado el vivir. Por suerte querido Quinquela, lo que usted nos legó, hoy continúa.”


Café Tortoni es un rincón único para disfrutar del tango y el jazz


Además de su gran valor histórico, el Café Tortoni sigue siendo un lugar lleno de vida. En su subsuelo, se presentan regularmente espectáculos de tango y jazz, que mantienen vivo el espíritu artístico del lugar.

Justo al lado del café, se encuentran la Academia Nacional del Tango y el Museo Mundial del Tango, ambos destinos obligados para quienes desean profundizar en la historia de este género musical tan arraigado en la cultura porteña.
 
 

Curiosidades del menú del Café Tortoni

El Café Tortoni no solo es famoso por su ambiente y sus visitantes ilustres. También fue pionero en la gastronomía porteña. Fue el primer lugar en Buenos Aires en ofrecer sidra tirada, una de las bebidas preferidas por quienes lo frecuentan.

Además, su menú incluye deliciosos clásicos, como las abundantes picadas y el emblemático chocolate con churros, que siguen siendo un éxito entre turistas y locales.
 

 
Con más de 160 años de historia, el Café Tortoni sigue siendo un ícono indiscutible de Buenos Aires, un refugio para quienes buscan disfrutar de una atmósfera única y transportarse a otra época con solo cruzar sus puertas.



Idea, Investigación y Edición: Isa Santoro.
Administradora de Atrapados por la Imagen.
 
 


Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.