Editorial Atrapados por la Imagen
Presenta:
"Pequeño julián (Mamá me mima)"
Pequeño
Julián elige tres papas fritas grandes y se las embucha juntas, incluso cuando
aún no ha terminado de tragar el puñado de maníes y palitos que se había metido
a la boca un momento antes. Solamente él permanece sentado a la mesa, el resto
de los chicos la han abandonado y están bailando. La mamá de Ana, la dueña de
casa que ha permitido a su hija celebrar allí el egreso de la escuela primaria,
mira con expresión divertida los contoneos incipientemente sensuales de los bailarines.
Con un largo trago de gaseosa, Pequeño Julián empuja el bollo de papas, maníes
y palitos, eructa y comienza a engullir un sandwich de miga. Consulta la hora,
se pone de pie y se marcha tratando de que nadie lo advierta.
Regresa a su casa caminando
despacio, encorvado y mirándose las zapatillas. Con el dorso de los dedos,
sacude de vez en cuando una mancha de mostaza que se ha hecho en su camisa
nueva. Camina en zig-zag, desde los frentes de las casas hasta los bordes de
las veredas, lleva un paso de tortuga pese a que ya han transcurrido quince
minutos desde la hora que su madre impuso para el regreso. Ya distingue el
frente de su casa y camina más lento todavía, evita pisar las juntas entre las
baldosas y encara con el pie izquierdo cada cambio de vereda.
Más que la mancha de mostaza
y llegar tarde, a Pequeño Julián le abruma tener que confesarle a su mamá que
le han regresado los malos pensamientos, esos de los que ella ya le había
hablado, los que debía espantar si no quería ser castigado por el cielo. Su
mamá le había advertido que algunos chicos no los ahuyentaban y Dios hacía que
les fuera mal en el colegio, que se enfermaran y hasta que se les muriera la
mamá. Él había vuelto a tener malos pensamientos y estaba seguro de no haber
hecho lo suficiente por alejarlos. Mientras sus compañeros bailaban, él se había
quedado comiendo mientras miraba a la madre de Ana, ella tenía puesta una blusa
blanca liviana y una pollera corta de color rosa, nunca había visto a una mamá
vestida así y quizás por eso se había quedado contemplándola, viéndole las
piernas por encima de las rodillas, imaginando estar viendo más arriba, debajo
de la pollera, y mirando también los dos bultos que sobresalían desde su pecho,
las tetas, como no se animaba a nombrarlas porque eran palabras prohibidas,
como concha, culo y otras así que había buscado en el diccionario para verlas
escritas, las tetas, como las que había visto unos días atrás, escondido en el
baño de la escuela con los otros chicos del grado, en una revista con fotografías
de mujeres desnudas.
Él le había contado de la
revista a su mamá porque sabía que estaba mal, que si no lo confesaba Dios lo
castigaría, su mamá siempre le decía que tenía que contarle si hacía alguna
cosa que no debía. Pequeño Julián veía que sus compañeros de la escuela se
tiraban con tizas, les levantaban las polleras a las chicas, se burlaban de la
maestra de música, pegaban chicles en los asientos, falsificaban las firmas de
los padres en los comunicados por mala conducta y hasta se hacían la rabona, y
siempre pensaba cómo no les daba miedo ser castigados por Dios, cómo soportaban volver a su casa y sentarse a la mesa sin confesar estos
pecados a sus padres. Antes que pasar por eso, él prefería no hacer ninguna de
esas cosas, aunque los demás se le rieran y le dijesen que era una marica.
Cuando le contó a su mamá de
la revista, por primera vez ella le habló de los malos pensamientos y, para
espantarlos, lo hizo arrodillar a su lado a rezarle a un sagrado corazón
entronizado en la sala. No obstante, Pequeño Julián se había dormido
acordándose de las fotos y se despertó mojado después de un sueño en el que una
de las mujeres de la revista, la de las tetas más grandes, se las acercaba para
que él chupase de unos pezones empinados en medio de enormes aureolas moradas.
Asustado, fue hasta el dormitorio de su mamá y la despertó para decírselo, le
dijo que se había hecho pis, pero no un pis como siempre sino un juguito blanco
y espeso. Su mamá se había enojado muchísimo y Pequeño Julián no pudo contener
el llanto cuando ella dijo que le había ocurrido por culpa de no espantar a los
malos pensamientos. Al rato, ambos se calmaron y ella le pidió que le contara
su sueño para liberarse de las incitaciones del diablo. Después lo abrazó y lo
besó, le dijo pobre mi varoncito, lo condujo hasta el baño y ayudó a
higienizarse. A Pequeño Julián le gustó recibir sus caricias envueltas por la
tibieza del agua y la suavidad del jabón. Pero de pronto ella había parecido
volver a disgustarse porque lo apartó de golpe, le puso un calzoncillo limpio y
lo mandó a la cama de mala manera, diciéndole que tuviera mucho cuidado con los
malos pensamientos, que una vez vaya y pase porque Dios era bueno y perdonaba,
pero que uno no podía hacer como esos perritos a los que baña y ellos van
enseguida a revolcarse en el barro, que Dios era capaz de enojarse mucho y
castigarlo sin lástima, que le tuviera mucho miedo al enojo de Dios.
Pequeño Julián había regresado
a su cama pero no pudo dormirse, escuchó a su mamá ir y venir hasta que se hizo
de día, quedarse después un largo rato bajo la ducha, vestirse y prepararse
unos mates. Se hizo el dormido cuando oyó llegar a la vieja de la parroquia,
una que venía a cuidarlo cuando la mamá se iba a trabajar. Antes de partir, su
madre entró a la habitación y se despidió besándole los párpados y
acariciándole los labios con la yema de los dedos.
La mamá de Pequeño Julián
había salido agitada rumbo a su empleo, una gran firma agropecuaria en la que
se desempeñaba como telexista y mecanógrafa. Era algo tarde, aunque no
demasiado pues el trabajo le quedaba cerca.
En la parada del colectivo,
una situada junto a un quiosco de diarios, dos personas estaban esperando al
transporte, una mujer muy entrada en carnes maquillada con exageración y un
muchacho de unos veinte años, vestido con una camisa de algodón azul y un
pantalón de hilo muy ajustado. La madre de Pequeño Julián había desviado la
vista de la cola del colectivo y, apretando el crucifico que pendía de su
cuello, se había puesto a recorrer con la mirada las tapas de las revistas
colgadas en el ala más cercana del quiosco. La llegada del ómnibus la
sorprendió sobre la tapa del semanario Apolo, una publicación de
fisicoculturistas, en la que un levantador de pesas en slip sonreía mostrando
su excesiva musculatura. El joven veinteañero, que le había cedido el turno
para ascender, se sentó a su lado, en el único asiento que había quedado libre.
Ella se apretó contra la ventanilla y se persignó tres veces seguidas al pasar
frente a la iglesia de Santa Adela. Cuando le tocó descender, el muchacho se
hizo a un lado para darle paso, aunque sin ponerse de pie. Al atravesar por el
breve espacio, la mamá de Pequeño Julián no pudo evitar rozarse contra el
chico.
Llegada a su puesto de
trabajo, había hundido su atención en el tiquitlá-tiquitlá de su Olivetti. Esa
jornada cometió muchos errores y unas cuantas hojas fueron a parar al cesto de
papeles. Varias veces abandonó su puesto para ir al toilette, otras tantas para
prepararse té en la kitchinette de la oficina. Más que otros días, resultó
blanco de las bromas de sus compañeras del pull de dactilógrafas, quienes
conocedoras de cuánto le fastidiaba, se divirtieron desplegando un vasto
arsenal de vulgaridades soeces.
Al caer la tarde, la mamá de
Pequeño Julián había regresado mordiéndose los labios y conteniendo las
lágrimas. Su inmediato superior le había dicho algo así como que “si todas las chicas se llevan bien la que
no cuadra debe ser usted”, cuando ella se presentó en su despacho, a
quejarse por las bromas y las palabrotas. Indagada por su jefe acerca de cuáles
eran esas palabrotas, la mamá de Pequeño Julián solo había atinado a responder
que no se atrevía a repetirlas, a lo que él había replicado: “Vaya m´ija, búsquese
un novio”.
Al llegar a la casa, había
encontrado a la vieja de la parroquia mirando con Pequeño Julián “El amor tiene
cara de mujer”. Se había enojado con la vieja y con el chico, porque bien
sabían los dos que él tenía prohibido ver teleteatros. Una vez que su hijo
abandonó la sala, se había sentado a mirar televisión junto a la vieja. En
cierto momento, ésta le manifestó que le gustaba Jorge Barreiro. A mí también
había dicho la mamá de Juliancito. Como actor, aclaró.
Pequeño Julián se demora
porque tiene miedo de llegar a su casa, arrepentido y recriminándose porque,
sabiendo que era pecado, siguió mirando a la mamá de Ana, sin poder quitarle
los ojos de las tetas sacudiéndoseles por la risa que le provocaban las
payasadas de los chicos, imaginándola sin la blusa blanca y sin la pollera,
acercándole sus pechos para que él le chupase los pezones como hizo en su sueño
la mujer de la revista. Pequeño Julián camina a paso de tortuga, encorvado y
mirándose las zapatillas, con el peso en su conciencia de haber vuelto a tener
malos pensamientos, con la certeza de que la única forma de aliviarlo es
contándoselo a su mamá, pero sabiendo que ella va a enojarse de nuevo cuando
escuche que, mirando a la madre de Ana, había sentido entre sus piernas primero
un cosquilleo, y después la misma sensación de cuando se había despertado la
otra noche mojado con el pis pegajoso.
Ni bien abre la puerta, la
mamá lo recibe jurando que por su impuntualidad va a pasar mucho tiempo antes
de que vuelva a darle permiso. Cuando le ve la camisa manchada, se la saca
mientras vocifera que debe lavarla antes de que se seque la mostaza, que a él
no le importa cuidar la ropa que tanto esfuerzo le cuesta comprarle. Interrumpe
la tarea con la camisa cuando escucha a su hijo decirle que de nuevo ha tenido
malos pensamientos, contarle lo de la mamá de Ana, la blusa blanca y la pollera
rosa. Pequeño Julián se alivia porque su madre no lo reta, sino que le dice que
seguramente la mamá de Ana debía ser una mujer de mala vida y le pregunta si
esta vez también se mojó. Cuando su hijo le responde que no, regresa a la faena
con la camisa, diciendo que ni bien termine de lavar van a ponerse a rezar,
para pedirle a Dios que lo libre de las tentaciones y lo transforme en una
buena persona, a salvo del infierno y de los castigos que sufren los que tienen
malos pensamientos, esos chicos pecadores a los que les va mal en la escuela,
se enferman o se les muere la mamá. Y la madre de Pequeño Julián, mientras
estruja la camisa bajo el chorro de agua caliente, acaba por escupir que ojalá Dios lo libre de la mala hierba que parece haber heredado del padre, un mal
hombre enfrentado con Jesucristo y lleno de malos pensamientos, por culpa del
que ella tiene que llevar una vida de porquería.
Pequeño Julián recuerda
entonces cuando cinco años atrás, ni bien se habían mudado al barrio, él le
había preguntado por su papá y ella había respondido de mala manera que estaba
peor que muerto y que jamás volviera a preguntarle por él, de modo que entonces
Pequeño Julián se había quedado callado, guardándose de contarle que en la
puerta del aula, ese primer día de clase en la que él era el nuevo del grado,
oyó que una mamá le decía a otra algo así como “se llama Julián y me dijeron en
la verdulería que es un bastardito”.
Durante todo el primer mes
de vacaciones, Pequeño Julián permanece sin salir de su casa. Le había parecido
justo lo propuesto por su mamá, de ofrendarle al sagrado corazón una penitencia
para que le fueran perdonados sus malos pensamientos. El sacrificio le aliviaba
el miedo a los castigos que pudiera recibir, había sido testigo de cuánto se
sufría porque la única salida durante su expiación, fue para ir al velorio de
la madre de Manuel, el que había llevado a la escuela la revista con las fotos
de mujeres desnudas.
Todas las tardes aguarda el
regreso de su mamá del trabajo con un cirio encendido frente al sagrado
corazón, y juntos le rezan pidiéndole ayuda para que Pequeño Julián consiga
mantener apartados los malos pensamientos. Cada vez que lo asaltan, él se pone a
pensar en otras cosas, que es el árbitro de un partido entre Boca y River, que
es el capitán de un ejército de la legión extranjera y cosas por el estilo.
El mayor temor lo vive por
las noches, los malos pensamientos invaden sus sueños y debe estar alerta para
despertar antes de mojarse, abandonar la cama de prisa y, tal como le ha
indicado su mamá, hacer flexiones, empaparse con agua helada e ir a relatarle
su sueño para librarse de las trampas del diablo. Tras estos episodios, desde
su dormitorio Pequeño Julián escucha a su madre caminar un rato por la casa, ir
al baño y recién después acostarse nuevamente. Se siente tan triste de que su
mamá se apene tanto, que no puede volver a dormir enseguida.
Una de esas noches, un mal
sueño se le presenta casi inmediatamente después de haberse acostado, consigue
despertar a tiempo y cumplir con los ejercicios, la mojadura con agua fría y la
narración del sueño a su mamá. Liberado de su peso, Juliancito retorna a la
cama y se duerme enseguida. Sin embargo, al poco rato el mal sueño vuelve a
presentarse. Se levanta con tanta premura que obvia la gimnasia, va hacia el
baño casi a la carrera y abre de golpe la puerta sin advertir que su madre se
encuentra dentro.
Ella acaba de tomar una
ducha caliente y aún permanece desnuda frente al espejo, envuelta en la bruma
del vapor, la cabellera suelta y húmeda, una pierna apoyada sobre una silla y
una de sus manos hundida en el frondoso bosque de su entrepierna. Estremecida,
la madre de Pequeño Julián ni siquiera atina a cubrirse y el chico, habituado a
su mamá con el cabello recogido y vestida con ropas oscuras y sueltas, la ve
ahora como a las mujeres de las fotos de la revista, la ve como había imaginado
la desnudez de la mamá de Ana, su mirada recorre un vientre firme, unas nalgas
carnosas y unos pechos opulentos subiendo y bajando al ritmo de una respiración
agitada.
La madre permite por un
momento el solaz del hijo con su desnudez. Luego se cubre con una toalla y lo
rodea con sus brazos, haciendo que se apriete contra su cuerpo tibio y
palpitante. Lo suelta, acaricia su espalda, mece sus cabellos con ternura, y con
suavidad lo empuja hacia el lavatorio.
Tras recoger unas prendas
esparcidas por el suelo, sale del baño, entorna la puerta y se aleja lento
musitando una oración.
Editora Literaria: Isabel Santoro
Septiembre 2026

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