ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Artista de Atrapados por la Imagen"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
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CRISTIAN BAUTISTA
Luis deja el taxi estacionado casi
en la esquina y toca dos timbres. Cuando se abre la puerta, lo primero que ve
es la sonrisa de su mamá que, sin decir nada, lo abraza. Luis siente los brazos finos y largos, y piensa
en esas plantas invasivas que suben por los árboles hasta asfixiarlos.
—Te traje la plata.
—Viniste —dice ella.
Luis está ahí porque ella lo llamó. Piensa que podría
haberlo esperado un poco más con la plata, pero la mira a los ojos que a veces
están grises como los días de lluvia y los ve verdes. Un verde nuevo, vivo.
Como el pasto que despunta después del invierno.
Entran. Caminan por
el pasillo en silencio. Ella está aferrada al brazo de Luis. Colgada del brazo
como se cuelga una campera gruesa los días de calor. Cuando llegan al
departamento, Luis entra primero.
—¿La dejo donde siempre? — dice Luis.
—Sí. Donde siempre.
«Donde siempre» es adentro de una jarra de cerámica con
forma de pingüino gordo. Ella siempre guardó la plata ahí. Luis recuerda volver de hacer los mandados, a
los siete u ocho años, y dejar el vuelto adentro del pingüino. Tiraba las
monedas para que ella escuchara el ruido contra las paredes de cerámica hasta
caer en el fondo. Cuando le sobraba un billete, no. El billete, Luis se lo
guardaba sin decir nada.
—Comamos en la cocina —dice ella.
Luis no contesta. Va al living. Mira la repisa. El elefante
blanco, el muñeco de un coya de bigotes cargando morrales llenos de trigo y maíz,
el buda dorado y sonriente, la foto de Perón montando un caballo blanco, el
porta sahumerio de hojalata, pero el pingüino no. El pingüino no está. Luis se
encoge de hombros y saca la plata del bolsillo, la deja sobre la repisa y va a
la cocina. Se sienta en la punta de la
mesa. Frente al aparador. Ella acomoda los vasos y la panera. Luis corta un
pedazo de pan y se lo mete en la boca. Mastica. Se pregunta dónde estará el
pingüino. Ella se acerca con el plato hondo lleno hasta el borde y se lo pone
delante. Después, trae el plato de ella. Tiene poco. Dice que no tiene hambre.
Mira a Luis comer y le cuenta que todas las noches le reza a una estampita de
San Cayetano para que a él no le falte ni la salud, ni el pan, ni el trabajo.
Luis arrastra la cuchara entre las hojas de acelga la papa y
las zanahorias. La arrastra hasta que choca con el borde y se la lleva a la
boca.
—¿Está caliente?
—Un poco.
-Echale un chorro de soda.
Luis se levanta, va a la heladera y cuando agarra el sifón
lo ve: el pingüino. A Luis siempre le pareció un bicho horrible. El pantalón a
rayas, un moño ajustado, los zapatos de punta redonda. Un gordo con la postura
soberbia de los que quieren ser elegantes.
Luis lo agarra. Lo lleva hasta la mesa y lo pone entre ella
y él.
Ahora comen los dos. El silencio es más fuerte que los
golpes de las cucharas contra el borde del plato, que las bocas sorbiendo. Terminan
la sopa. Ella se para y junta los platos.
Luis se acomoda en la silla y mete la punta del dedo meñique
en el pico del pingüino.
—¿Sabías que los pingüinos pueden aguantar hasta veinte minutos sin respirar?
—Es una jarra muy cómoda.
—Era de una época.
—Era de tu abuelo.
—¿De mi abuelo?
Luis sabe que su
abuelo trabajó en el ferrocarril hasta que se jubiló. No mucho más.
—Cuando era mozo —dice ella.
—¿Mozo? ¿El abuelo fue mozo?—dice Luis y saca el dedo del pico del pingüino.
—En la costa —dice ella y cuando lo dice el iris se agranda y habla de veranos en hoteles al lado del mar. La arena, las olas, los caracoles. Y entonces, antes de terminar de hablar dice: Perón. Sonríe. Y cuando dice Evita los ojos tienen el mejor verde que se pueda imaginar.
—¿Es así como pasó?
—¿Querés ver fotos?
No, piensa Luis. —Bueno —dice.
Ella va a la pieza y vuelve con una caja de zapatos. La abre
y saca las fotos de a una. Despacio. Son fotos con los bordes recortados con
una tijera de picos; algunas están pegadas en cartones y protegidas por un
papel traslúcido y fino.Luis ve sombrillas, caras sonrientes, familias con
muchos chicos que miran el mar. En una hay varios edificios enormes. Uno al
lado del otro. Atrás, con birome y en letra cursiva lee: diciembre/48. Entre
paréntesis: Chapadmalal.
—El día que se inauguró.
—¿El abuelo estuvo ahí?
—Trabajó de mozo.
—¿La vio?
—De lejos.
La mirada de los dos se junta sobre el lomo esmaltado del
pingüino y por un instante a Luis le parece que el marrón se tiñe de verde.
-—¿Es de ese día?
—Elijo creer que sí.
—Guardabas la plata —dice Luis.
—Las monedas —dice ella—. Durante mucho tiempo, ahí, juntaba las monedas. Cada vez que tiraba una adentro, mientras la escuchaba rebotar, pedía un deseo.
—¿Como en las fuentes?
—Pero sin agua.
—¿Se te cumplió alguno?
-—Algunos, sí. Otros, no.
Luis se levanta y agarra el pingüino con las dos manos. Lo
acaricia. La cerámica esmaltada tiene grietas finitas y largas.
—Es hermoso —dice Luis.
Ella sonríe con la timidez propia de los que no están
acostumbrado a recibir elogios y se para. Agarra la frutera y la deja en la
mesa.
Luis sostiene el pingüino, lo gira y mira en su interior.
Ella agarra una manzana, la pela y la corta en trozos.
—No se consiguen más de estos —dice Luis sopesando el pingüino.
Ella guarda las fotos con la delicadeza que exige un rito.
De a una las mete en la caja una sobre otra.
—Es hermoso —dice Luis.
Ella se levanta y se aleja con la caja. Luis se levanta, va
al living y deja el pingüino sobre la repisa. Después saca una moneda, la tira
adentro y, antes de que deje de rebotar en las paredes, pide un deseo.
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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Diseño y Maquetación: Laura Jakulis
Editora Literaria: Isabel Santoro
Septiembre 2026

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Cristian, tu cuento me conmovió tanto. Me encantó cómo el pingüino va tomando otro significado a medida que avanza la historia. Primero es una simple jarra, después aparece Chapadmalal, el abuelo, las fotos, Perón, Evita… y de pronto ese objeto cotidiano se convierte en un pedacito de historia familiar. Y el final, con Luis tirando una moneda y pidiendo un deseo, me pareció hermoso. Como si finalmente hubiera entendido que dentro de ese pingüino no solo se guardaba dinero, sino también memoria, deseos y una parte de su propia historia. Me pareció tan conmovedor y bello, realmente. Te felicito y te agradezco que lo hayas traído a Atrapados.
ResponderBorrarUna historia finamente contada, en una sucesión de pequeños gestos que pintan la vida y el retorno de su transmisión
ResponderBorrarHermoso y sentido relato. Transmite nostalgia. Me encantó.
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