Cuentos y Relatos
Presenta:
"La cárcel dorada"
Del Escritor:
PEDRO PABLO LILLI
"Artista de Atrapados por la Imagen"
Ilustración: Generada con ayuda de la IA
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
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"La editorial de Atrapados por la Imagen, es un espacio accesible para todos, fomentando la participación y el intercambio creativo".
"La cárcel dorada"
PEDRO PABLO LILLI
I
No tenía dónde ir.
Entró a la Pensión Almendra, solo porque estaba en el centro y fue la primera que vio desde la ventanilla del colectivo, huyendo de su mujer y de su casa.
Subió la escalera de mármol del viejo edificio de dos plantas con la valija en mano, el bolso de la notebook en bandolera y una mochila de setenta y cinco litros sobre la espalda. Cruzó la puerta de cedro con cristales biselados del primer piso y se plantó frente a la recepción esperando que apareciera alguien para atenderlo.
El decorado recordaba con dignidad el barroco toscano del siglo XVIII. Una agradable fragancia a cera de lustrar emanaba del piso parqué y de una cómoda enaltecida por la pátina del tiempo. El empapelado combinaba discretamente con el tapiz persa en el centro del recinto y con el sillón apoyado a una de las paredes.
Acá deben arrancar la cabeza, pensó hasta que vio los precios expuestos y constatar que, en realidad, eran adecuados a su bolsillo.
La mochila, cargada al máximo con la cámara fotográfica, libros y zapatos, pesaba una enormidad. Se la descolgó y la apoyó en el taburete frente al mostrador. Una mujer de aspecto cadavérico, lo sorprendió mientras buscaba los documentos en el bolso.
- Buenas tardes.- ¡Hola, buenas tardes! Necesito una habitación sin compartir, por un par de días, quizás tres.- ¿Habitación privada, quiere decir?-Sí, privada.-Condiciones. Aclaro para evitar problemas...-Diga- la mujer parecía un bicho malo: desgarbada, de cabellos rubio descolorido que le llovían sobre la cabeza y una expresión dura de boca y mandíbula. Solo la fina nariz y los ojos marrones que brillaban melancólicos por encima de las ojeras, parecían humanos.
-Dentro de la Pensión está prohibido fumar.- ¿No tienen un reservado para fumadores?-No.- ¡Uh!
-De ocho a doce tiene que dejar libre la habitación para que la mucama la reacondicione.
-Si es por eso, puedo ordenarla yo mismo, no es un problema para mí.
-No. La habitación tiene que quedar desocupada en ese horario.
-Necesito quedarme. Trabajo en modo virtual.
-Vaya a una biblioteca, a un café.
-…
-A la una de la madrugada, el que está adentro queda adentro y el que está afuera, queda afuera. Hasta las siete.
- ¿Qué es esto? ¿Un monasterio?-Yo aclaro.- ¿No entregan una llave?-Por seguridad, no se le entrega una llave a nadie.- Pero, señora, ¡cuántas limitaciones!-Y todavía no le dije todo, señor: no se admiten visitas de ningún tipo ni por ningún concepto.
- ¡Faaaa! ¿No es mucho?-Si no le gusta, busque otro lugar.Trató de calmarse.-El baño es compartido, supongo.-Exacto, igual que la cocina y la sala de estar. Un baño, cada cuatro habitaciones. Si quiere agua caliente tiene que comprar un cospel.- ¿Un cospel?-Dura tres minutos, tiempo más que suficiente para una ducha.
Se quedó pensando. Estaba abatido y no tenía ganas de ponerse a buscar otro hospedaje, al menos para esa primera noche fuera de casa. El precio era aceptable y el lugar, salvo el mastín, se presentaba bien.
- ¿Puedo ver la pieza, el baño...?-Venga que lo acompaño. Mi Pensión es austera, pero decente y pulcra.-Sobre todo decente…- ironizó, como válvula de escape.-Usted lo ha dicho.
II
La habitación, en el segundo piso, con perfume a Lysoform, ofrecía lo mínimo necesario. Hacían excepción, un pequeño lavabo con espejo y una pelela de esmalte blanco. Arriba de la mesa, una jarra con agua y un vaso de vidrio apoyaban sobre una bandejita de cerámica con motivos floreales. En la pared frente a la cama colgaban, a distinta altura, dos cuadros bastante oscuros: una naturaleza muerta y una bailarina clásica realizando un arabesque. La ventana, sin cortinas, daba a la calle que, por estar en el centro, era muy ruidosa. La dejó cerrada y encendió el velador.
Colgó la campera en el placar. Apagó el teléfono y lo puso a cargar sobre la mesita de luz. Se tiró en la cama boca arriba con los brazos detrás de la cabeza. Minutos después se levantó, sacó de la mochila una botella de wiski a medio terminar y el termo con hielo, se sirvió un trago. Urgente un equipo de mate.
Se descalzó y volvió a la cama. Cerró los ojos. Estaba Nicol. La provocó: “Voy al quiosco bajando por el frente del edificio como El Hombre Araña”. “¡Salí urgente de ese balcón! ¡Ni se te ocurra”! “Bueno, entonces devolvéme mis llaves”. “¡No hay ninguna necesidad de ir al quiosco a esta hora!”.
Fue hasta la ventana, la abrió de par en par y prendió un cigarrillo. Tráfico de sábado a la tarde; por las veredas, un ir y venir de gente vestida de sábado a la tarde. Tiene que haber una buena rotisería en la zona, para esta noche. Tiró el pucho al vacío, cuidando de no pegarle a nadie en la cabeza.
Arrimó el postigo. Vuelta a la cama. Terminó el vaso. Celular cargado al veintitrés por ciento. Boca arriba. La verdad que estaría bueno tener guantes de Hombre Araña, salir por el balcón del piso dieciocho y, en un descuido de la flaca, bajar hasta el dormitorio de Vero, en el catorce… ¿Me abriría, estando sola? La otra noche, en casa ¡qué tortura tenerla sentada en frente toda la cena, cuidando que nadie se avivara…! Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo...Lo sabe, no es tonta. Pero no, no es posible. Se estiró, para pensar en otra cosa. Soy un tarado.
¿A quién molestar un sábado a las cuatro de la tarde y decirle: me fui de casa, no doy más? Recorrió la lista de contactos. No tenía a quién llamar. Desde hacía un tiempo había perdido toda relación cercana con sus viejos amigos. No sabían nada de él, ni él de ellos. ¿Los compañeros de trabajo? No…mejor, no. Ellos comprenderían mejor que nadie, pero mejor, no.
Se sentó en la cama con las piernas afuera. Marcó un número apoyando el codo sobre la rodilla para que el cargador no se desconectara. Estaba incómodo.
- ¿Mauro?... bien, mejor dicho, mal… me fui de casa… no, no estoy jodiendo, me fui…está loca, enferma, está imposible…no, no es eso, vos me conocés… te lo puedo asegurar… en un monasterio… una pensión austera pero decente y pulcra; sobre todo, decente…no boludo ¿de qué te reís? ¡en serio! no se puede entrar o salir después de medianoche, no se puede fumar, no se puede recibir visitas, te tenés que duchar con agua fría, eso sí: tengo una pelela debajo de la cama ¡a que vos no tenés una!… Almendra, a dos cuadras del shopping cerca de la casa de Tito…sí, no me sale el nombre… ese, ¡tenés que ver a la dueña!... no, no tiene ojos de papel, muy mala onda, la vieja… peor estar en casa, pretende que sea un monje de clausura; pará que busco un pucho -.
Fue hasta la mesa a buscar los cigarrillos, prendió uno; carga al cuarenta y cinco por ciento. desconectó el celular y fue hasta la ventana.
-Hola… -escupió el humo para afuera, después ventilaría. -Por el momento no le digas nada a Vero… ¿Cómo que escuchó todo?... Manos libres, en el auto… ¿a Merlo?... Sí, hola Vero, por favor, ¡ni una palabra a Nicol!... cuando vuelvan, cuando vuelvan… Mauro, te necesito como abogado, les pido por favor ¡a los dos! silencio de tumba, no saben nada de mí, ni donde estoy -. Cortó.
III
¿Qué hacer un sábado a la noche, solo, en una escuálida habitación de monasterio?
Sonó el celular. Nicol. Lo tiró sobre la cama sin contestar, salió de la pieza y fue al baño, cuando volvía, antes de abrir la puerta, lo escuchó sonar nuevamente hasta interrumpirse.
Se puso la pelela de sombrero y tomó una selfie con la bailarina y las flores muertas de fondo. La compartió por WhatsApp en el grupo de compañeros de trabajo con un comentario: “Todas las personas mayores fueron primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). El Principito”.
Bajó en busca de una rotisería. En la recepción se encontró con la dueña que estaba revisando unas boletas, sentada sobre el taburete con las piernas cruzadas. No sabía que las brujas usaban faldas tan cortas… Ella lo detuvo con cara seria, mirándolo por encima de los anteojos de lectura.
- Buenas tardes, ¿me recuerda su nombre señor Martínez?
- Agustín. ¿y el suyo, señora?- Emilia.- Emilia, ¿dónde puedo encontrar una rotisería, por aquí cerca? - preguntó para estudiar cómo venía la tormenta en puerta. Su nombre de pila figuraba en la ficha de ingreso, imposible que lo ignorara.- Aquí a la vuelta, por San Martín, “Al gran caldero”, si no, la del super dentro del Shopping, es buena y tiene mejores precios.- ¡Esa es la mía!- Agustín, usted ha fumado dentro de la habitación.
- ¿Me controla con una cámara en la pieza?- No. El olor a cigarrillo salía por debajo de su puerta invadiendo todo el corredor.- ¡Pero si ventilé!
- Por favor, que no vuelva a suceder, cumpla las reglas.
IV
Eran las ocho cuando terminó de comer el pollo con papas, compartiendo la cocina con una parejita uruguaya de recién casados y tres chicas asiáticas que hablaban a los gritos en su idioma, mientras salteaban pescado con verduras en un wok.
Lavó lo que había usado y, antes de retirarse cargó, el termo con hielo.
Regresó a la habitación. Acomodó sus cosas en el placar. En el bolso de mochilero dejó solo los libros, la Nikon y su inseparable cabo de vida de seis metros de largo. Se sirvió el wiski que quedaba en la botella y abrió la laptop sin saber para qué. Exploró los mensajes de WhatsApp, veinte de Nicol, entre audios y escritos. No los escuchó ni leyó; apagó el celular y lo guardó en el cajón de la mesita de luz.
Bajó a la sala de estar con la notebook, el hielo y la botella de vodka al limón que había comprado en el supermercado. Las gritonas, ahora, comían torta con cerveza, sentadas en un ángulo del salón. ¡Son tres máquinas de hablar! El mastín no estaba a la vista, la parejita estaría en el séptimo cielo, dándose sin asco, y no se veía a nadie más.
Sacó un vaso de cristal tallado del aparador y se ubicó cómodamente en un sillón lo más alejado posible de las chicas. Se sirvió un trago generoso, para degustarlo sin apuro, seleccionó en Spotify una lista suave entre “Tus mixes más escuchados” y la disparó en modo aleatorio a bajo volumen. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Nicol apareció con el segundo vaso, linda como al principio, como ahora, como siempre; se sirvió un tercero ¿te acordás cómo te decía?: pequeño lince, ojos verdes de gata, Yaguareté en celo…eras disruptiva, radiante, volcánica. ¿Qué pasó?
- ¿Por qué bebe tanto Agustín? disculpe si soy indiscreta…- preguntó suavemente el mastín sacándolo de su mundo.
- ¿También eso está prohibido? Beber a solas, en silencio, en la oscuridad, sin molestar a nadie…
-Claro que no. Solo que me pregunto, yo también he bebido esta noche a solas en mi pieza, como todas las noches, me pregunto, repito, ¿por qué un joven como usted se refugia en una pensión, para emborracharse a solas, en la oscuridad, un sábado a la noche, en una ciudad que le ofrece un sinfín de oportunidades?
-Por el mismo motivo que lo hace una mujer como usted.
- Y, ¿cómo sería yo?
-Le gusta el papel de la mala y fea de la película.
- ¿Quién le dice que no lo soy?-Tiene lindas piernas.- ¡Lo único que faltaba!, ¡deje de beber!- ¿Por qué está siempre en bulldog?-Hay que perder marido y dos hijos en un accidente para entenderlo - se dejó caer sobre un puf. -Fue Gustavo quién quiso que pusiéramos la pensión, austera pero decente y pulcra; figuramos en todas las guías turísticas con buenos comentarios… nos conocimos en un recital…era el compañero perfecto…- ¡Uh!-Mientras espero la muerte, cumplo con su legado. La vida, ya fue.
-Mañana, estando sobrio, se lo discuto.-Le tomo la palabra, pero cuénteme ¿de qué se esconde?
-Manifestación contra la reforma universitaria, estudiantes, la vi con toda la furia frente a la policía sobresaliendo entre los compañeros de su agrupación porque era la que puteaba más fuerte, era hermosa y la remera partidaria le marcaba divinamente todo. En el tumulto perdí a los míos y quedé pegado a ellos. Cuando empezamos a cagarlos a piedrazos los milicos largaron a reprimir. Nicol le calzó un adoquinazo a uno y se nos vinieron encima. Salimos corriendo, la calle era un desconche que no se entendía nada: gritos, sirenas, disparos, gases lacrimógenos. Nos refugiamos en un bar. Café y cigarrillos. Nos pusimos a hablar entre los dos, sin darle bola a los otros que se fueron yendo, sin que nos diéramos cuenta. Quedamos solos y seguimos hablando como si nada. Era de una preciosura desarmante, con su melenita de nena traviesa y los ojos de gata al acecho. “Este es mi teléfono, llamáme”, me dijo al separarnos en la parada de su colectivo. No lo hice por fiaca o no sé, salía con una compañera que todos me envidiaban. En un plenario universitario, Nicol nos encontró, vino hacia nosotros, se colgó de mi brazo con gran naturalidad y preguntó, retándome: “Agu, ¿quién es esta chica?” ¡Para qué!... Tenía eso, era capaz de dar vuelta cualquier situación, como si nada. Se valía de su belleza felina, es cierto, pero sus armas más poderosas eran la intuición, el arrojo y un enorme desenfado, condiciones que nunca tuve. Terminamos juntos al poco tiempo. Me hizo menos prejuicioso, más lanzado. Se metió en el bolsillo a todas las amistades que me habían apartado por solidaridad con mi ex. ¡Los viajes de mochileros que hicimos! ¡Nos metimos en cada lugar! recorrimos a dedo lo mejor de Sudamérica, conocimos gente divina. Cuando nos recibimos, ella en Ciencias Políticas y yo en Sistemas, no tuvo mejor idea, en complicidad con mi vieja, de que nos casáramos; fue el inicio del fin.
- Espere. Traigo un vaso y más hielo.
Las gritonas se fueron a dormir con un: See you tomorrow! y una gentil inclinación de cabeza.
- Sounds good! Take care! - respondió Emilia sentándose en el sillón y estirando el vaso con hielo para que se lo sirviera. - El inicio del fin… ¡me intriga!
- Se aburguesó.
- ¿Nicol?
- Apenas puse el gancho, involucró a sus viejos y a los míos y ¡todos contentos! Departamento piso dieciocho, vista estupenda, amueblado de revista de decoración. A decir verdad, nada del otro mundo, pero sí elegido con criterio y muy buen gusto, el suyo; diseño, colores… A los dos nos gusta cocinar, preparar cosas ricas, invitar amigos… y aquí la primera señal de alarma: seleccionó ella, sin que me diera cuenta, con quienes nos reuníamos y con quienes no. Las mochilas en la baulera y las vacaciones en auto o en avión a destinos convencionales en cabañas u hoteles; ella, que había sido capaz de estar días sin bañarse ni cambiarse la bombacha en medio de la selva; yo no caía, atropellado y envuelto en su belleza, en sus modos encantadores, preso de la fascinación que me provocaba, y me provoca, ese es el problema. Poco a poco construyó una muralla alrededor nuestro, una cárcel dorada, de la cual solo ella tenía la llave. Una cárcel dónde todos mis gustos eran satisfechos, donde me hacía sentir amo y señor… pero encarcelado.
- ¡Qué horrible! ¿cómo tardó tanto tiempo en reaccionar?
-No sé, se adueñó de mi capacidad de discernir ¡qué sé yo, siempre fui un boludo!
- No diga eso. ¿Y entonces?
- Creo que su psiquis enfermó, me aisló de todo el mundo no solo de los amigos sino también de mi familia. Nos reuníamos solo con dos parejas, siempre las mismas ¡y solo en casa!, la de su mejor amiga con el marido, que viven en el catorce y otra, donde los dos son de una frivolidad insoportable.
- ¿Ninguno de ustedes dos hace terapia?
- No, después, a la psicosis, se sumaron los celos enfermizos, injustificados, que la llevaron a cometer locuras. Se aparecía de sorpresa en mi trabajo y armaba escándalos, una vez porque una compañera me azucaró el café y después chupó la cucharita, otra porque, a la misma, le presté mi celular para que buscara un dato, trabajamos codo a codo todos los días, no hay otra cosa…Para no echarme me pidieron que trabajara desde casa, y el colmo, ayer cuando me senté en la compu, salió, cerró con llave y se llevó mi copia. ¡Me dejó encerrado!
- ¡Es una enferma!
- ¡Mierda, si lo es! Quiero ayudarla, pero no lo permite. No escucha a nadie.
V
Como era domingo iba a dormir hasta tarde. Lo despertó el celular. Se había olvidado de silenciarlo antes de acostarse. Le dolía fuerte la cabeza. Era Emilia.
- Agustín, en la puerta de ingreso está su mujer. Le dije por el portero que puedo abrirle dentro de diez minutos, que me estoy duchando. ¿Qué hago? Se prendió al timbre como una condenada.
- Dígale que me vio salir a desayunar.
- De acuerdo.
Se vistió a las apuradas. Se asomó a la ventana. La calle estaba desierta, eran las ocho. “Esta loca va a entrar y va a hacer un desastre”. Buscó la soga de seis metros en la mochila. Volvió a sonar el teléfono. Era Nicol. Lo dejó sobre la mesa. Corrió la cama hasta la ventana. Ató firmemente un extremo del cabo a una pata. Golpearon a la puerta. Emilia:
-Mejor que baje a atenderla. Va a derribar el portón de ingreso.
Sonó el celular.
-Ya voy. Trate de ganar tiempo.
-Agustín voy a llamar a la policía.
Se asomó nuevamente a la ventana, tiró la cuerda afuera, verificó que la pata de la cama resistiese un tirón fuerte. El celular seguía sonando.
-Emilia ¿me escucha? Hágala entrar…
- ¡Ni loca!
Miró para abajo. “¡Vamos Hombre Araña!” No pasaba nadie. Se aferró a la soga y comenzó a bajar por el frente desde el segundo piso. Un transeúnte se detuvo a observarlo. Una anciana con la bolsa del pan, curiosa al verlo mirar para arriba con tanta atención, hizo lo mismo.
- ¡Llamen a los bomberos! – gritó.
Un par de vecinos salieron al balcón. Ya estaba en el primer piso. Le dolían las manos. Se detuvo apoyando un codo en la cornisa. Se escuchaban las sirenas de la policía que estaba por llegar.
-Tranquilizáte y bajá despacito. Yo te sostengo la cuerda. - Era la voz de Nicol en la vereda.

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Pablo, querido amigo, cada vez disfruto más de tus relatos. Este me tuvo atrapada hasta lo último, para saber cómo iba a salvarse ese pobre hombre. Me hiciste reír tanto con ese final inesperado. Te felicito, realmente maravilloso. ¡Bravo Pablo! ¡Me encantó! Un abrazo enorme.
ResponderBorrarMil gracias, Isa! A veces, las cosas se complican y no es fácil encontrar la salida.
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