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lunes, 3 de agosto de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Con la cama a cuestas" - Un relato Inédito, del escritor: Sebastián Rogelio Ocampo - Rosario - Argentina -

 

Editorial Atrapados por la Imagen


Presenta: 

"Con la cama a cuestas"


Del escritor: 

Sebastián Rogelio Ocampo


"Artista de Atrapados por la Imagen"

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"Con la cama a cuestas"
SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO


            Un día desperté pegado a la cama. Abrí los ojos, con modorra, como siempre, y cuando quise moverme no pude. Intenté levantar el torso apoyando los brazos y nada. Una fuerza me empujaba hacia abajo. Intenté sentarme de golpe para ver si lo lograba pero no. ¿Qué me estaba pasando? Podía mover la cabeza de un lado a otro, pero no despegarla. No estaba triste o angustiado. Estaba sorprendido. Así que grité, para que alguien viniera a ayudarme. Me di cuenta de que mi hija y mi hijo estaban en el colegio y mi esposa en el trabajo. Giré la cabeza y alcancé a ver el celular sobre la mesa de luz pero no pude llegar a él. No me quedaba otra que esperar a que mi hija saliera del colegio al mediodía. Intenté volver a dormir pero no pude. Me puse a pensar en los viejos tiempos de la escuela secundaria cuando vivía en un internado. Las noches eran divertidas y siempre hacíamos cagadas con mis compañeros. Había uno a quien habíamos agarrado de punto y le poníamos crema de afeitar en el picaporte de la habitación. Siempre caía y se enchastraba todo. Ahora que lo pienso era una boludéz, pero nosotros nos matábamos de la risa. Esos eran buenos tiempos, pero ahora, la falta de trabajo, el aburrimiento, el agobio existencial.

            Un par de horas estuve ahí, divagando con la mente, con el cuerpo inmovilizado, finalmente, mi hija llegó del colegio. ¡Renataaaaa!, grité. Ella se asomó desde la puerta. ¿Qué pasa, papi? Renata, estoy pegado a la cama. Uhhhh, ¿y qué puedo hacer? Traeme algo para tomar. Tengo sed. Me trajo un poco de agua fresca, hacía mucho calor. Volteé un poco la cabeza para dar algunos sorbitos de costado. Papá estás todo transpirado. Me puso unos paños frescos sobre la cabeza y encendió el aire acondicionado. ¿Desde cuándo estás así, papá? Desde esta mañana. Me hubieras llamado a la escuela y venía. Pero si no puedo, no puedo ni mover los brazos. ¿Querés que te traiga algo para comer? Sí, un pedacito de pan con mermelada, algo blando y fácil de tragar porque viste que no puedo mover la cabeza demasiado. Me trajo el pan con mermelada y me lo dio de a pedacitos. Calmó mi hambre. ¿Qué le voy a decir a tu mamá? Decile que te despertaste pegado a la cama, y listo. Pero si se piensa que no me quiero levantar. Se va a dar cuenta, papá. Se nota que estás pegado. A lo mejor para cuando ella llegue se me pasa. 

            Cuando llegó mi esposa ella estaba realmente cansada. Entró en la pieza. ¡Qué calor que hace en la calle, por Dios!, exclamó. ¿Te fuiste en bicicleta?, le pregunté. ¿Qué hacés vos acostado todavía? Estoy pegado a la cama. Pufff, lo que faltaba ¿Y desde cuándo? Desde esta mañana. ¿Renata te trajo algo de comer? Sí, sí. Bueno, me voy a tirar un rato al lado tuyo para descansar. Está lindo acá con el aire acondicionado, dijo. ¿Cómo te fue en el trabajo?, pregunté. Bien, bien, me dieron el ascenso. ¡Qué bueno, mi amor! La verdad que sí. Me tenía fe. ¡Más plata!, exclamó. Viene bien porque vaya a saber uno cuánto tiempo vas a estar vos pegado a la cama, así ni trabajo vas a poder buscar. Ya lo sé, dije.

            Pensé en los buenos momentos. Era vendedor de camionetas Volkswagen. Se vendían bien. Yo conozco el oficio y soy elocuente y tengo el don de seducir a la gente. Tenía buena comisión, así que vivíamos mejor que ahora. Después la concesionaria se mudó a otra ciudad y me quedé sin trabajo. Un garrón. Anduve errante por la ciudad buscando trabajo. Llené las páginas web con mi curriculum. Pero nada. Está dura la calle para un vendedor. Lo único que aparece para vender son cosas raras, chucherías chinas, o cosas invendibles como lanchas o luminarias para eventos sociales. Ahora, estoy pegado a la cama; lo único que me faltaba. A decir verdad, escuché de algunos otros que despertaron pegados a la cama. Un muchacho conocido que estaba jugando en la reserva de Central y se quebró los cruzados. Un amigo diabético al que le tuvieron que amputar una pierna. Una señora a quien se le murió el marido. Cuando mi esposa despertó le dije: ¿Te acordás de Martita? Cuando quedó viuda despertó pegada a la cama. Sí, me acuerdo, dijo. Pero mejor ni me hagás acordar, la tuvieron que sacrificar, agregó. Tenés razón, dije triste otra vez.  Mejor ni recordarlo. Mi esposa todavía estaba contenta por el ascenso. Empezó a besarme y yo hice lo que pude. La cosa se enfervorizó y se subió encima de mí y tuvimos relaciones. Me sentí bien. Un poco hombre. Algo que hacía tiempo no me sentía.

            Pasaron unos días. Un día entró mi esposa furiosa en la pieza. A ver dejame ver algo. Pasó la mano entre la cama y mi cuerpo. Te estás mandando la parte. No hay ningún pegamento. Vos no tenés voluntad para levantarte. Pero no, mi amor, no me puedo despegar. ¡Mentira!¡Yo no estoy para mantener vagos! Más vale que te levantes. Me apagó el aire acondicionado y salió de la pieza dando un portazo. Al rato entraron mi hija y mi hijo. Habló ella primero: papá, dice mamá que no estás pegado a la cama. Sí, eso dijo, manifestó mi hijo ¿Por qué haces esto, papá? ¿Ustedes tampoco me creen? No me puedo mover. ¿Ustedes se creen que yo quiero estar así? Papá, tenés que salir y buscar trabajo. Somos una familia. Todos tenemos que colaborar. ¡Dios mío!¿Por qué no me creen? ¿Te acordás de Gustavo, Renata? El muchacho que jugaba en Central y se rompió los cruzados. Él también apareció pegado a la cama. Tenés razón, sí, me acuerdo, cuando se curó le dijeron que podía volver a jugar y se despegó. Pensaron en sacrificarlo. Qué triste. Sí, por favor, denme una posibilidad, seguramente voy a despegarme pronto. Pero papá, mamá dice que no hay nada que te pegue a la cama, dice que pasó la mano por abajo de tu cuerpo y no tenés nada. ¡Pero no me puedo mover! Mis dos hijos me besaron y salieron de la pieza.

            Traté de hacer un esfuerzo descomunal por despegarme pero no pude. Empecé a angustiarme. Un dolor opresivo en el pecho. Un ardor. Empecé a sentir un fuego adentro mío y la sensación vertiginosa de estar cayendo en un precipicio y la inminencia de que me iba a hacer mierda contra algo. Grité. No fue un pedido de socorro, fue una descarga, volví a gritar. Mi esposa se asomó a la pieza. Vago de mierda, dijo. Ahora hacés show, agregó. ¿Podés llamar a un médico?, le pregunté. Ni loca ¿un médico? ¿para hacer más teatro? Voluntad, papito, eso te hace falta. Levantate y déjate de mandar la parte. Nadie me comprendía. Yo hubiera sido el primero en levantarme de la cama y salir a buscar trabajo. No deseaba otra cosa que volver a ser un ciudadano digno. Un trabajador digno. Alguien capaz de sostener una familia. Pero, ahora estaba pegado a una cama sin esperanzas y sin que nadie me creyera. Escuché murmullos entre mi esposa y mis hijos. Lo único que faltaba era que pensaran en sacrificarme. Mi esposa no iba a hacerlo. ¿Saben por qué no iban a hacerlo? Porque mi esposa iba a preferir humillarme siendo ella la que mantenía la casa antes que dejarme morir. Iba a venir a sermonearme todos los días y hacerme sentir un inútil, un fracasado. Posiblemente se iba a conseguir un amante y disfrutar de la vida sintiéndose superior a mí. Solo una cosa podía salvarme: un milagro. Entonces pensé que él milagro sería yo. Me levanté de un saque con la cama pegada en la espalda. Pesaba como un baúl lleno de muertos. Mi esposa y mis hijos me miraban con los ojos hechos unas bolas de hielo inmensas. Yo parecía un transformer pero por dentro era un montón de vidrio destrozado. Caminé en piyamas, arrastrando sobre mí la cama, llevándome un montón de cosas por delante; las cosas caían y se rompían pero a mí no me importaba nada, tenía la convicción de que mi vida iba a cambiar. Manoteé los curriculums y salí a la calle.

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Sebastián Rogelio Ocampo

Rosario - Argentina

 Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Agosto 2026






Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen.
Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

jueves, 30 de julio de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Para aquellos que bebemos soledad" - Del escritor Rosarino: Cristian Bautista - Argentina

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y relatos presenta a . . .


CRISTIAN BAUTISTA


"Artista de Atrapados por la Imagen"

en...

"Para aquellos que bebemos soledad" 

Cuento perteneciente a su libro: 

"A veces el mundo es un buen lugar"

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.


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“Para aquellos que bebemos soledad”

 CRISTIAN BAUTISTA


—Todavía no llegó nadie  —me dice parada en el umbral, debajo de la luz y sin el más mínimo rastro en la pronunciación que haga pensar que estuvo diez años en España.

Le muestro la botella de vino y dice: —pasá.

La miro y busco algo de aquellos rasgos debajo del maquillaje; algo en la mandíbula angular ligeramente definida, en la  nariz recta; en el pelo que, si bien no es aquel castaño claro, el rubio platinado de ahora también hace que resalten sus ojos verdes.

Entramos.

Atravesamos el comedor y veo la larga mesa preparada. El mantel que hace juego con las servilletas, los cubiertos prolijos y acomodados al costado de los platos blancos, las copas altas, elegantes.

Todo alrededor tiene el brillo, el olor y el encantamiento de las cosas nuevas. 

—Por acá —dice.

La sigo. 

La cocina es amplia. En el medio hay una isla con dos butacas aerodinámicas con  el pie de hierro grueso, cromado. En un rincón está la heladera. Es grande, es plateada y no tiene imanes pegados en ninguna de las dos puertas, solo en la de la derecha hay empotrado un dispenser de hielo y agua.

En paredes blancas hay solo una repisa con copas que cuelgan enganchadas y un reloj de plástico sin números, sin segundero, adelantado cinco minutos.

Apoyo la botella de vino tinto sobre la mesada y ella desde el celular pone música.

 — ¿Te gusta? —dice.

Quisiera decirle que me encanta Edith Piaf. Quisiera contarle que los soldados alemanes, durante la segunda guerra mundial, dejaban de pelear para escucharla cantar, pero no. No lo digo. Solo muevo la cabeza y pienso que seguramente lo sabe. Que debe haberlo escuchado miles de veces de su papá, de sus abuelos.

Ella abre el primer cajón de la alacena y saca un descorchador.

Por el ventanal veo el jardín con el césped recién cortado; el agua transparente de la pileta oculta un fondo color jengibre y el cielo es violáceo, expectante.

Ella descorcha el vino de un tirón y  me pide que descuelgue dos copas.

Lo hago y las pongo sobre la mesada, juntas, tan cerca una de otra que cualquiera podría confundir los bordes.

Ella sirve un poco, apenas un poco de vino en cada copa.

 Después, se apoya en el mármol, de espalda a la puerta vidriada, al jardín, a la pileta, al cielo.

Lleva puesto un vestido negro con los breteles atados en la nuca, el pelo apenas  húmedo, los aros enormes y los ojos verdes con eso que tienen sus ojos verdes cuando la pupila se dilata.

Agarro una copa y se la doy.

Toma un sorbo largo.

La miro mejor. Quizás haya algo debajo de esa piel que ostenta un dorado artificial. Quizás. Pero la verdad es que no encuentro nada. Nada de aquella nena con la que compartimos el jardín de infantes, de la que en la primaria se sentaba en los primeros bancos, de la que llenaba la carpeta con figuritas de Sarah Key y, años después, ya promediando el secundario, iba a ser esa chica que nunca se iba a abotonar la camisa hasta el cuello, esa chica con la que compartiríamos cigarrillos, esa chica que solo me prestaría los resúmenes a cambio de que le grabe cassettes con canciones de rock nacional.

«Las conocidas», decía. «Grabame las más conocidas, no esas que escuchás vos», decía.

Ahora, toma otro sorbo y deja la copa en la mesada. No tiene las uñas pintadas. Apenas bien cortadas, prolijas, redondas. Son los dedos de las manos que, según voy a saber después, cuando lleguen todos, después, cuando estemos sentados, comiendo, hablando, riendo, a veces atentos, a veces no, pero ahí, escuchándola a ella, voy a saber que sus manos son manos que  lucharon acá y en España, son manos que acariciaron, manos que supieron llevar un anillo dorado, manos que alzaron una hija que eligió quedarse allá, con el padre. Manos que ahora, de vuelta acá, solo piden un poco de vino tinto.

Ella alza la copa. La hace girar mientras mira el vino y antes de que tome un sorbo acerco mi copa, apenas. Un brindis mínimo. Un ruido de bordes que se esconde detrás de la voz de Edith Piaf, detrás de los golpecitos del reloj marcando los segundos.

— ¿Por qué? —dice ella.

—Por nosotros —digo.

—No me arrepiento de nada.

— ¿Cómo?

—La canción. Así se llama la canción.

Toma un sorbo; yo también.

Después, ella habla. Habla de Barcelona, de Ibiza, de Alicante. De veranos tibios y navidades con nieve. Habla de tranquilidad económica y de seguridad en las calles. Habla, y mientras habla, pienso en los días de la primavera en la ciudad deportiva, en la casa de fisherton, la de Silvina, donde hacíamos los asaltos en el garaje del fondo.

No necesito cerrar los ojos para verla bailar lentos toda la noche con Luciano, con Daniel; para verla subir al escenario del salón de actos con el paso seguro, la bandera alta y la pollera corta; para verla usando lentes negros que esconden ojos rojos; para verla vomitando a la salida de Grisú.

Nos quedamos en silencio.

Vacío la copa.

Ella apoya los labios en el vidrio y si toma son solo gotas. Después se pasa lentamente la lengua como asegurándose que el labial siga ahí.

Apoya la copa sobre el mármol y frunce la cara en un gesto común y corriente. Un gesto que cualquiera hace cuando el pensamiento es profundísimo, pero claro, a ella le queda mejor.

Pienso en decírselo pero ella dice: Se extraña. Se extraña mucho.

Inmediatamente después me pide que le cuente algo.

—Algo de vos, de tu vida, de cómo te fue en todos estos años —dice y se para frente a mí.

—Lo normal  —digo.

—Lo normal es aquello a lo que nos acostumbramos —dice y por un instante la veo más alta que yo. No sé si son los tacos, o esa postura que heredó de sus antepasados alemanes, (esa postura que, según las películas, los hace ver seguros, indestructibles, una raza superior) pero por un instante la veo más alta que yo.  

No tiene pulseras, ni cadenas, mucho menos medallas. Solo los ojos verdes que opacan los enormes aros plateados y la seguridad que dan las batallas perdidas.

Apoyo la copa en la mesada, muy cerca de la copa de ella que tiene una línea roja que va desde el borde hasta el pie. Es una línea fina, ligera. Como la sangre que brota al hurgar una cascarita.

Suena el timbre.

Es un ruido metálico pero a mí me suena como la campana del colegio cuando anunciaba que terminaba el recreo.

—Ya están llegando —dice.

Termina otra canción de Edith Piaf cuando la veo irse.

Miro sus zapatos. Quisiera poder ver aquellos zapatos con una tirita negra que abrazaba el tobillo y terminaba abrochada a un botón.

Pero no.

No son.

Estos zapatos son otros.

Estos hacen juego con el vestido extremadamente corto, con el tatuaje en el borde de la cintura que amenaza con escaparse.

Quizás sea un tribal, no alcanzo a distinguirlo y entonces, antes de salir de la cocina, ella gira.

Me mira.

La miro.

El lunar, la sonrisa y el iris dilatado de sus ojos verdes, por un segundo, se alinean y puedo ver ese gesto que siempre hacía, y entonces ya no me importa que se esté terminando el vino, ni el ruido del reloj, ni la voz de Edith Piaf.

Pero es tan efímero el gesto, que apenas si puedo retener la imagen, y mientras se va la pienso con el blazer bordó de todas las mañanas, o con el vestido blanco la noche de la graduación, o la vez que cruzó las piernas mientras yo daba una lección de geografía, o cuando en los recreos me pedía un mordisco del alfajor y mordía más, mucho más de la mitad.

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  Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©CRISTIAN BAUTISTA

Rosario - Argentina

 Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Julio 2026



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lunes, 27 de julio de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "LA VERDAD" - Poema Inédito de la escritora: Raquel Kreichman - Rosario - Argentina

 

Atrapados por la Imagen


De Poetas y Poemas presenta
a. . . 

Raquel Kreichman 


"Artista de Atrapados por la Imagen" 

en


"La Verdad"

Poema inédito para Atrapados por la Imagen


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

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"Editorial Atrapados por la Imagen, la editorial que te ayuda a cumplir tus sueños..."


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-Diosa de la Verdad-

Poema inédito para Atrapados por la Imagen

"La verdad"
RAQUEL KREICHMAN
(Poema partido en dos)


“La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”, George Orwell “1984”

 I

La piel vulnerable de mi vida

por tantas lágrimas, exilios y muertes

donde se  me suicidaron tantas ingenuas esperanzas,

tantas ciegas ilusiones y amores imposibles,

miró con ojos tristes mis fracasos, mis vacíos ¿sólo míos?

La piel vulnerable, íntimamente dolorida de mi alma

necesitada de besos y caricias verdaderas,

miró con irónica  y dulce complicidad:

el sillón de mis lecturas,

los muchos libros abarrotados en  estantes

desde los cuales tejí innumerables  tramas errantes

como varios vitales sentires y sentidos

que me dieron luminosos horizontes y corajes

La piel vulnerable de mi cotidianidad

miró mis ollas, sartenes, budineras

a las que supe aromar con deliciosos perfumes,

miro mi cama que cobija placeres, sueños, miedos,

caricias efímeras que culminaban en guerras frías e inútiles .

La piel vulnerable de mi cuerpo, hecho lengua subjetiva,

en  este tiempo distópico, sin ley, de un mundo del revés,

terminó helando mi sangre,

y lo siniestro, retorno de lo reprimido,

me sacudió con torrentes de punzantes angustias,

lacerantes dolores en alguna uña, algún mechón de mis cabellos

o alguna parte de mi gil corazón.

 

Pero, hoy milagrosamente,

gracias al llamado vital de la palabra, mi palabra,

la piel vulnerable de mi vida cuerpo - alma,

fue rescatada de la barca de Caronte hacia el Averno.

Ese llamado  supo regresarme suavemente a mi antigua calma.

Nuevamente, mis palabras me convocan ansiosas a bucearlas en distintos alfabetos

para reencontrarme en  las más mías y más propias,

Hoy, milagrosamente, presiento,

que todas las pieles,  las diversas capas de mi vulnerable ser,

me regresan con calma

al interior de un nuevo ser – estar mío en el mundo, 

 a asumir esta nueva orfandad,

a no sentirme sola en este inédito y distópico aquelarre.

Así, hoy percibo retornar, amorosamente libre, a mi compañía interior,

a rencontrarme como mi verdadera amiga

con la que seguir discurriendo, discutiendo,

disfrutando de las buenas compañías, si las hay,

a continuar gozando del sol como del tango, el cine, el teatro

y cómo desde siempre y más de la literatura.

Las palabras lograron despertar nuevamente mi deseo de escribir

Vuelvo a  hacer  oídos sordos a los nuevos cantos de sirena

para escuchar mi voz más profunda.

Con los ojos  abiertos como nunca,

hoy  deseo pensar, indagar y escribir sobre  la verdad,

aunque sea de modo sesgado y provisorio.


II


La verdad perdió todo poder

El imperio de la mentira

le ganó todas las partidas

y no precisamente las del truco

donde viveza, mentira y azar

se entrelazan para determinar

al ganador.

Cierto posmodernismo sentenció

que todo se reduce a  relatos

y sólo existen interpretaciones.

Los hechos, casi, como consecuencia natural,

dejaron de existir

No obstante los hechos existen.

Los hechos son los gritos sordos de las millones de víctimas

de todos los tiempos,

de todas las edades, todos los colores y olores.

En el imperio del relato de la mentira cínica, fascista,

hoy algorítmica, de transparencia mafiosa y pornográfica,

se hace silencio para escuchar la voz única universal

del gran poder del hermano totalitario

dueño de todo el histórico milenario, diverso, creativo

y simbólico trabajo humano.

 

¡Ojalá hiciéramos silencio!

Ojalá apagáramos todos los

 viejos y nuevos medios

del “progreso” científico – tecnológico,

base de la fe y la ideología de este capitalismo salvaje,

“progreso” orientado a la finalidad de una dominación y control total

sobre toda nuestra madre tierra y toda sociedad humana!

¡Ojala hiciéramos silencio

para oír los sordos ruidos

de los millones de seres martirizados!

¡Ojalá fuéramos capaces de escuchar, ver y amar

los miserables rostros que la tele pasa sin parar

para espectadores morbosos

que obedecen las órdenes de odiarlos, temerles

y creerles los causantes de todos los males!

¡Ojalá esos estúpidos se libraran de ese sentir perverso

sea ya, motivados por el miedo a la diferencia,

por el deseo de pertenecer, por ambición

o por creer que ese es el camino para acceder

al goce del consumo infinito que  prometen!

Esos miles de espectadores morbosos, especulativos

olvidaron historia, valores, cultura

y se suman al llamado deshumanizante

de la única voz omnipresente, totalitaria.

Ojalá hiciéramos silencio para escuchar

la verdad de tanta sangre derramada

que reclama: ¡humanicémonos!  

¡Ojalá nos reencontremos en las calles!

¡Ojalá nos reencontremos en la propuesta feminista

de un mundo mejor, sororo, inclusivo, diverso, transversal para todes!

¡Ojalá respondamos a la verdad

que clama memoria y justicia y nos dice:

“Si eligen no escuchar, ni  ver, ni amar

no crean que cuando les toque gritar

alguien acudirá a socorrerlos”!

 

Raquel Kreichman
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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 

©RAQUEL KREICHMAN

Rosario - Argentina

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Diseño y Edición: Laura Jakulis

Correctora Literaria: Isabel Santoro

Colaboradores: Marta Puey y Emilio Bertero

Ilustración: Libre de la Web


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