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lunes, 6 de julio de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Cinco pasos" Un cuento de la escritora: Patricia Balda - Provincia de Buenos Aires - Argentina-

 

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen


RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

REGISTRO DE PROPIEDAD INTELECTUAL

ATRAPADOS POR LA IMAGEN




Cuentos y Relatos Presenta a...


PATRICIA BALDA


"Artista de Atrapados por la Imagen"


en: 


"Cinco pasos"

___ Relato inédito ___


Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"Cinco pasos"

PATRICIA BALDA

 

          

             El vestido se ve azul, es negro pero se ve azul brillante. Se puede explicar, está bordado con unos hilos plateados,la luz del lugar es azul,  al reflejarse en el vestido lo cambia, lo mejora, lo vuelve más bello. Igual ella no lo sabe.

Cinco, son cinco pasos, debe rozar apenas el talón con la punta de su zapato, acariciar el pie, extender la pierna con suavidad. El pie que avanza debe deslizarse apoyando  ligeramente el dedo pequeño y, al llegar, recién ahí pararse sobre el metatarso. ¡Ah! Importante trasladar el torso, no solo la pierna. Son cinco pasos . Después…después el abrazo. Pura ironía todo, siempre es más fácil con un buen abrazo, lo complicado es llegar.  

Tropieza en el segundo paso, lo supera, confía. Levanta la cabeza , se estira. Bien erguida se dispone a dar el siguiente.Solo faltan tres.  

 Es el centro de todas las miradas ¿Cuándo comenzó ésta locura?  El día que su amiga le dijo : “Cumplo 60, me jubilo y voy hacer una fiesta inolvidable” , y ella que odia las fiestas supo que no encontraría una excusa válida que la hiciera zafar . O cuando se quedó sola y tuvo que inventarse una vida y de tanto buscar, tropezar y volver a intentar, descubrió el tango.

Lo mejor del tango son los abrazos, después si tenés suerte, la conexión con el otro, si esto sucede los pies se sueltan y podrás bailar. Bailar se parece mucho a volar, ella nunca voló pero está segura, no tiene dudas, bailar se parece mucho a volar.  

A solo un paso está Diego, la mira, le sonríe. Su sonrisa le dice que siga, que todo está bien. Pura ironía todo siempre es más fácil con un buen abrazo, lo complicado es llegar.

La idea fue de Diego, el profe.”Si en vez de renegar le regalás un tango, algo sencillo, fácil. Un tango para tu amiga, no decís que te ha acompañado siempre, que menos que un tango”.  

Pero no fue así, no fue fácil ni sencillo.  El abc del tanguero: tu pie siempre buscará deslizarse por el piso, ligero, liviano cómo una brisa. Una vez llegado tu momento ahí si podés jugar y entonces levantarlo, suave pero con energía, y por supuesto  a tiempo , siempre a tiempo. El torso nunca abandona a la pierna. La cabeza, bueno, nada de moverla de un lado a otro.

-  No somos Chasman y Chirolita. No te quedes clavada. No,así no. No, Patri no. Hagámoslo otra vez.

Y otra vez, y otra vez.

- ¡No, Patri no!

No fue fácil, ella está acostumbrada a que las cosas no sean fáciles. Pero se volvió tortuoso.

_ ¡ Vos me mentiste, no dijiste que iba a ser así!

_ ¡ No podés tropezar! ¡ Si te equivocás tenés que seguir!

_ ¡ Cómo voy a seguir!¡Mírate la cara! ¡ Yo tengo que manejar mi frustración, y la tuya!!

Peleas, ensayos, los pies hinchados, elegir el vestido. Mirar el futuro como algo muy lejano. Cómo algo muy cercano. Estar a un paso del abrazo.

Estar en el abrazo, el rulo, la volcada, caminar hacia atrás, el cruce, el voleo y bailar: la parte difícil, la más difícil, la terriblemente difícil.


Tres minutos y un poquito más de treinta días de ensayo, tres o cuatro horas por día. Tres minutos y un poquito, bailar se parece mucho a volar. No se puede bailar sin un buen abrazo y mucha confianza en el otro . Se baila de a dos.

Tres minutos y un poquito, la figura final, los aplausos y después cinco pasos. Rozando el talón apenas con la punta del pie, acariciando el piso con el dedo chiquito hasta terminar parada en el metatarso.

 Cinco pasos de bailarina con los brazos bien abiertos, abiertos como alas. Sin tropiezos ni titubeos.

Cinco pasos hasta el abrazo infinito, grandioso de la Canatita que cumple 60, se jubila y le acaba de regalar a ella , que se puso un vestido negro pero se ve azul, una noche maravillosa.

 

  Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©PATRICIA BALDA

Santa Clara del Mar - Buenos Aires  - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Julio 2026



 Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.



Afectuosamente...


Administración de Atrapados por la Imagen

Directora: Laura Jakulis


Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

jueves, 21 de mayo de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Crímenes perfectos" - Un cuento de la escritora: Patricia Balda - Provincia de Buenos Aires - Argentina-

 

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen


RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

REGISTRO DE PROPIEDAD INTELECTUAL

ATRAPADOS POR LA IMAGEN




Cuentos y Relatos Presenta a...


PATRICIA BALDA


"Artista de Atrapados por la Imagen"


en: 


"Crímenes perfectos"

___ Relato inédito ___


Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"Crímenes perfectos"

PATRICIA BALDA


                                         

Ella tiene un bollo de pelo en la base de la nuca. No es un rodete, tampoco una trenza, puede que alguna vez haya sido una cola retorcida sujeta con un broche. Pero hoy es un bollo, una pelota, un montón de pelo abandonado a su suerte, casi una rasta.

Sostiene que es mejor así, no tiene dudas, si se lo peina, se cae.  Y no quiere quedarse pelada. Igual ayer me dijo: “Cuándo vengas fijate si me lo podés acomodar”, por eso traje perdido en algún lugar de mi cartera un pote de crema desenredante.

Le miro el pelo mientras llora, mejor dicho, el bollo de pelo. El llanto comenzó con un berrinche, primero tiró la lapicera contra la pared y después llegaron las lágrimas. Su vida transcurre entre el dolor y la furia.

Se aniña cuando llora, también se aniña cuando quiere ser graciosa. A veces es una niña triste, otras una niña mala, otras una niña caprichosa. Nunca una niña feliz.

Está enojada, llena de rabia y… yo la miro.

—Te pintaste los ojos, le digo sin acercarme

—Y los labios para que no me vieras tan mal…, me contesta

Está sentada mirando la pared como si estuviera en penitencia. Gira la cabeza al responderme y lo hace desde unas ojeras moradas. Se puso el saco rojo, es un detalle, un mensaje sin duda más efectivo que el llanto. Me acerco, y apoyo mis manos sobre sus hombros. Ensayo una caricia, torpe, trabada, cautelosa.

—Haceme unos masajes, me duele la espalda.

—Dale.

Ahora las dos miramos la pared en una suerte de penitencia colectiva, un destino común. De a poco comienza a calmarse.

        — ¿Te hago el cuadro? Pregunto mientras huyo, de la pared y las caricias.

Es primavera del otro lado de la puerta, hay sol en el patio y el verde es más verde después de la lluvia. Los pájaros se bañan en una olla enlosada, recuerdo cuando esa olla era nueva, yo era niña en ese tiempo, Gastón aún no había llegado, la primavera habitaba de los dos lados de la puerta. “Éramos felices y no lo sabíamos", murmuro

“Éramos felices y no lo sabíamos”, dijo mi amiga Leti hace apenas unos días, y yo me quedé mirándola un poco sorprendida, un poco desorientada, mientras las palabras horadaban mi cuerpo.

“Éramos jóvenes” corrigió Betina. Lo suficiente para sentirnos eternas pensé, y las tres nos perdimos en ese tiempo no tan lejano en el que todo tenía otra dimensión, otro peso. 

Los pájaros revolotean por el patio, se paran en la cuerda de la ropa y desde ahí vuelan hasta la olla, se zambullen y despegan agitando las alas. Ramilletes de gotitas que quedan suspendidas en el aire, el sol las hace brillar.

— Solo doy trabajo.

— ¿Te hago el cuadro?

— Quiero que… Me explica lo que estuvo pensando.

Se levanta y ocupo su lugar, otra vez miro la pared, pero esta vez sentada en su silla. Sobre la mesa unas hojas, una regla y una lapicera. Comienzo a trabajar en un cuadro de doble entrada, arriba los días: 1, 2, 3, 4, 5, …30, 31, octubre trae 31. Al costado sobre el margen, el nombre de los remedios en orden descendentes según debe tomarlos.

—Con esa letra no. Yo no puedo leer eso nena, ya te dije que no veo. Sigue.

— Vos no prestas atención cuando te digo: no veo, no escucho, y ahora también…

Levanto los ojos, enfrente tengo la pared. Ella está parada detrás mío, sé que está parada detrás mío, y que también mira la pared. Otra vez la dos mirándola en una suerte de penitencia colectiva, unidas en un destino común.

Rompo la hoja, primero el berrinche, después, después nada porque yo no lloro, yo no sé llorar.

—Te enojaste. Afirma

—No. ¿Tenés plasticola?

—Sí, si tengo. Da media vuelta y sale a buscarla, es la primera vez en mucho tiempo que la veo caminar segura, tranquila, sin titubeos.

Recorto los nombres de los remedios cuidando que también se vea el color de la caja, los pego en el margen de la hoja respetando el orden en que debe tomarlos. En la parte superior anoto otra vez, 1,2, 3, 4, …30, 3l, octubre trae 31. Con la regla tiro rayas de arriba abajo, de izquierda a derecha. Listo, lo miro estoy conforme, me gusta.

— ¿No está buenísimo? Ahora no te vas equivocar. Buscá la caja por los colores, hacé una cruz en el cuadrado cuando los tomes, si no está la cruz es que no los tomaste. La miro esperando una sonrisa. Ella toma la hoja, la mira y contesta

—Me gusta.

Se la quito de las manos y la pego en la pared justo enfrente de su silla, ahora las dos miramos el cuadro, mientras yo completo las cruces de los remedios que ya tomó.

Siento sus manos sobre mi espalda, es su tiempo de caricias.

El sol que entra por la ventana de la cocina se desliza por los azulejos, alcanza el cuadro, subraya octubre y me recuerda que, del otro lado de la puerta, a unos pasos es primavera.

Gastón partió en Julio, los primeros días de Julio, con el inicio de invierno. Llegó en enero, partió en julio. Primavera, invierno, verano, por qué pienso pelototudeces, tiene razón no la escucho.

—Nena….

—Sí…

—Vos que sabés fijate en el teléfono la luna, hay que cortar unas ramas.

“Partió “así le dije, esa fue la palabra que elegí.

—Cómo que partió. Preguntó

—Partió, se fue, se murió tía, partió.

Ella anotó en el almanaque sobre el número 4, partió Gastón.

—Creciente, luna creciente. Miento y pago el costo de ver su desilusión

—Las corto igual.

—No, nena no, crecen con más fuerza, no en ésta luna.

No hace tanto, unos meses, tal vez un año, mientras mirábamos el gomero me pidió que le anotara las lunas, siempre le preocuparon las lunas.

Alguna vez fuimos felices juntas, antes de perdernos. ­Por aquellos años las lunas, los astros, las dietas sin carne, la meditación, los ayunos, la hacían única. En ese tiempo cuando ella decía quererme hasta más allá del infinito yo podía creerle.

 El infinito, nuestro infinito era un poco más grande que el de los demás. Era más grande, más exótico, era diferente, único. Una vez llegó al pueblo en una encomienda desde buenos aires, vino dentro de una valija llena de caramelos, collares, pulseras y una cartera de gamuza con flecos. Era hermoso nuestro infinito.

—Se está muriendo como yo. Dice con la mirada fija en el gomero.

—No tía no, mira las hojas, están verdes y brillantes.

—El tronco está podrido. Insiste.

Camino hasta la puerta para verlo mejor porque desde donde estoy lo veo dividido en cuatro, seis, ocho partes. Está viejo y feo, pero no estoy tan segura de que esté podrido.

—Gastón se fue.

—Sí, tía

—Partió

—Sí, tía

—Tuvimos suerte, yo le agradezco a Dios, no iba a poder cuidarlo, estoy vieja y cansada.

—. . .

Abro la puerta, camino al centro del patio buscando el sol, me paro junto a la olla enlosada. El aire de la mañana es fresco, huele a primavera, huele a pan tostado.

La vecina del departamento de arriba tiene la ventana abierta, por la ventana se escapa, el olor a pan y la música de la radio. Calamaro canta para ella, para miles de desconocidos y ahora también para mí:

                 Ella no va a volver

                 Y la pena me empieza a crecer adentro

                 La moneda cayo por el lado de la soledad

                  Y el dolor

Los pájaros siguen con su baño mañanero, se zambullen y al volar sacuden sus alas, unas gotas redondas, irreverentes, saladas, se deslizan por mi cara.

                   Ella no va a volver

                    Y la pena me empieza a crecer adentro.

 


  Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©PATRICIA BALDA

Santa Clara del Mar - Buenos Aires  - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Mayo 2026



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Directora: Laura Jakulis


“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra” 

 

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lunes, 13 de abril de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: " Jhonn Mccam y Greta Carrington" - De la escritora: PATRICIA BALDA - Provincia de Buenos Aires

 

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen


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REGISTRO DE PROPIEDAD INTELECTUAL

ATRAPADOS POR LA IMAGEN




Cuentos y Relatos Presenta a...


PATRICIA BALDA


"Artista de Atrapados por la Imagen"


en: 


"Jhonn Mccam y Greta Carrington"

- Relato inédito - 


"La editorial de Atrapados por la Imagen, es un espacio accesible para todos, fomentando la participación y el intercambio creativo".


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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen


"Jhonn Mccam y Greta Carrington"

PATRICIA BALDA

 

             Cuando miró el reloj supo que esa mañana llegaría tarde a la oficina. Saltó de la cama con los ojos pegados y el pelo revuelto. Churchill estiró sus patas con pereza y no dejó que la prisa de Greta estropeara su modorra. La mañana había llegado demasiado pronto para los dos. No durmieron lo necesario. Ella estaba inquieta y él sufrió las consecuencias. Todo por culpa de las flores que Greta había recibido la tarde anterior en su oficina. Cuando las vio, le costó aterrizar. Primero tomó distancia y después las estudió curiosa. Entonces, pensó, es un bouquet no es un simple ramo es casi lo mismo pero no es igual. Habían colocado dentro de una pecera de cristal pimpollos de rosas rojos, blancos, amarillos. Pimpollos del tamaño de un dedal en un colchón de helechos de distintos tonos de verde. Se dijo “Es muy hermoso”. Recién en ese momento le dio paso a la alegría, era la primera vez que recibía algo tan bonito. Cuando leyó la tarjeta “John”. Nada más, solo John. Ahí sintió sorpresa, inquietud y algo de miedo.

 

No fue un impulso de último momento, no. Hacía unos días que rumiaba la idea. Justo después de encontrarse con Peter. La mencionó al pasar entre cerveza y cerveza. Dijo algo sobre que estaba linda, que se la veía feliz, tranquila. Algo de una luz o que brillaba con otra luz. Entonces, John que casi se había olvidado de Greta se preguntó en qué momento su amigo se había vuelto poeta. Acto seguido se sintió molesto. Celos, no. Molesto, sí. Contrariado, eso es, contrariado. Y comenzó a recordar los primeros días antes de que Greta fuera su pareja cuando apenas eran compañeros de estudio. Le fue difícil saber quién vio primero a quién. Un día sus miradas se encontraron. Otro la mano de ella se demoró sobre la de él o fue al revés. Más tarde largas charlas, intercambio de apuntes, libros. Finalmente, un café, una cerveza, una tarde en el Hyde Park y una noche de sexo sin amor. Sexo de placer y después vemos. Le molestó que Peter dijera linda porque Greta no era linda. Era otra cosa o muchas cosas. Era atractiva, sensual, inteligente. Cuando defendía una idea, lo hacía en forma descarnada, lo que resultaba divertido o hiriente. Y con la indiferencia de los ignorantes podía convertir el simple hecho de comer un scon en el momento más erótico del día. Greta era todo menos linda.

Había soñado toda la noche con John. Se despertaba en medio del sueño entre nostálgica e inquieta tal vez con ganas de más. Atrapada en un laberinto de recuerdos que hasta ayer creía muertos pasó toda la noche con él. Sí John y ella en presente pero en pasado, porque era hoy pero jóvenes como ayer, como diez años atrás. Es maravilloso soñar, sí: maravilloso. Y se mordió los labios y estaba tan confundida que no supo si al hacerlo contenía una sonrisa o un puchero.

Churchill la miraba desde la cama atento, indulgente. La conocía lo suficiente para saber que algo no estaba bien. Se arqueó en una perfecta medialuna. Se estiró, más, y más y más, por último abrió los dedos de sus patas con mucha pereza. Todo sin quitar sus ojos azules de Greta. Azules como los de John y el pelo también. Azul, no. También como el de John color caramelo entre rubio y naranja. Cuando Greta lo eligió entre muchos y diferentes gatos no pensó en eso, más tarde encontró el parecido. O los parecidos, porque Churchill tiene muchas cosas de John. Algunas noches ronca, no le gustan las tormentas, se sobresalta con la alarma del despertador, muy de a poco se va apoderando de la cama cuando duermen. Le gusta el pescado y el queso chédar, odia la ensalada de cebolla. Se duerme cuando miran televisión y se pone cariñoso con Elton John. Los primeros días también le gustaba escaparse por las noches. Ser un gato libre, sí eso. Pero para problemas gatunos de infidelidad hay solución. “Castralo” le dijo el veterinario y Greta aceptó. Desde aquel día Churchill engorda junto al televisor o sobre su falda. Ahora disfruta de un solo amor y el felices para siempre dejó de ser una utopía para ellos. A un hombre libre no se le cortan las pelotas aunque una quiera, por eso lo dejó ir.

 

Días atrás Peter le había traído de vuelta a Greta. Primero se sintió raro, después como una amenaza. Entonces pensó que es increíble la cantidad de recuerdos que pueden desatarse cuando se activa la memoria. También que vuelven mezclados como si los trajera una cola de tornado. Pasando uno por sobre otro sin dejar lugar a que él pueda detenerse en alguno en particular. De pronto están ahí la horrible pollera de flores, el suéter naranja corto, muy corto, de mangas más largas que sus brazos.  Y no puede detenerse porque por sobre ellos se cuela la imagen de unas nalgas redondas, tersas, suaves como la piel de un durazno y para entonces ya tiene la boca llena de saliva. Y no la puede disfrutar porque en la espalda de Greta, el sudor se desliza dejando en ella finos, breves, surcos salados. Y cuando su lengua quiere alcanzarlos un gemido de placer se enreda en sus oídos, que le recuerdan sus tetas pequeñas, firmes, jugosas como naranjas y ya no la quiere de espaldas porque necesita llegar a su pezón. Los pezones de Greta dulces como la miel, dulces y esquivos para encenderlos más. Apenas cierra los ojos y está a punto de atrapar uno de ellos. Pero antes de lograrlo el olor a pan caliente de la tostada que acaba de dejar el mozo sobre la mesa de su vecino lo expulsan a la ensalada de cebolla. Entonces, la magia se rompe porque él odia la cebolla. Odia lo que le cuenta la cebolla. Le habla de peleas, de enojos irreconciliables, de castigo. Curiosa forma de castigarlo tenía Greta. John en algún momento había comenzado a sospechar que ese acto, nada ingenuo, de prepararle el plato que más detestaba encerraba un mensaje oculto, una intención oscura. Por lo repetido, lo obstinado y en especial por el silencio que lo acompañaba.

 

No tiene derecho se dijo por millonésima vez. John y sus flores de mierda irrumpían en su vida y eso no era bueno. Greta lo sabía. Como sabía que todo lo que tenía de apasionado lo tenía de voraz. Que era inteligente, seductor y destructivo. Que sus brazos la envolvían al igual que sus mentiras. Que los besos ardían y sus caprichos lastimaban. Que él dejaba heridas grabadas a fuego. Abandonarlo no había sido un acto de generosidad, había sido un acto de supervivencia. Fue así de sencillo.  Un día cualquiera hace diez años, ella se levantó y supo que ya no quería ese amor. Entonces le gritó

 

- Basta para mí, ya no seré tu Catherine.

 

- ¿Mi qué?

 

Respondió John y abrió los ojos como platos sin entender por qué lo dejaba y quien era Catherine. Y ella se fue sin golpear la puerta, sin más.

 Dejó atrás un amor impulsivo, intenso, visceral, apasionado hasta la locura, contradictorio y oscuro. Dejó atrás a su Heathcliff segura de que la vida le regalaría un Edgard Linton y no se equivocó.

 

Churchill siempre había sido feliz con Greta pero lo fue más cuando Peter comenzó a visitarlos. Porque Peter trae pescado y a él le gusta el pescado y porque lo deja sentarse en sus piernas y lo acaricia todo el tiempo y más. Los tres saben que la mano de Peter sueña con acariciar a Greta, también saben que puede esperar todo el tiempo y más. Lo que sea necesario está dispuesta a esperar la mano de Peter. Ella confía, está tranquila porque mientras acaricia a Churchill, Peter derriba obstáculos, expulsa miedos, borra heridas.

 

Era la mañana del 7 de julio del 2005 Londres disfrutaba del verano y John de un café amargo  como era su costumbre. Pero ese día a diferencia de otros tenía un tenue casi imperceptible sabor a nostalgia. Los recuerdos de Greta primero se habían filtrado en forma aislada, como quien no quiere la cosa. Esa mañana ya eran tumultuosos, incontrolables. Igual se sentía confiado, optimista. Estaba seguro de que Peter tramaba algo, algo para quedarse con Greta. Pero él con su jugada magistral la traería nuevamente a su pecera. Después vería. Al fin de cuentas el sexo con ella siempre había sido bueno, más que bueno, extraordinario. Ya cargaba cuarenta y tantos, si se dejaba estar, en un abrir de ojos se encontraría viejo y solo. Miró a través de la ventana del bar, sus ojos azules siguieron a una morocha que cruzaba la calle. A él le gustan las latinas, si son colombianas o venezolanas mejor. Curvas redondas, altas, piernas firmes, el pelo negro, los ojos más negros aún, voluptuosas, exuberantes. Ama las latinas. El mozo tropezó con algo y derramó un vaso de limonada sobre su mesa. Le iba a decir algo cuando escuchó

 

- Qué desastre

 

- Sí, tiene que tener más cuidado

 

Se apresuró John mientras se corría hacia atrás para evitar que el jugo manchara sus pantalones. Pero el mozo no le hablaba a él, el mozo le  hablaba al plasma. Estaban pasando las noticias. 

La ducha fría le sirvió a Greta para aclarar sus ideas y tomar dos decisiones importantes. La primera  iba a llamar a un mensajero para así devolver las flores a John con un  “No molestes, no llames, sos historia”. La segunda tenía que ver con Peter. No le llevó mucho tiempo estar lista para ir a trabajar aunque se demoró un poco más de lo acostumbrado frente al espejo. Le gustaba estar linda aunque no pudiera verla. Tomó el celular y llamó.

 

- ¿Peter ?

 

- ¿Si?

 

- Soy Greta

 

- ya sé. ¿Qué le pasa a mi princesa?

 

A ella le gustaba mucho que le dijera princesa, hasta ese día se había hecho la tonta. Había pretendido ignorarlo, poner distancia. Pero aquella mañana se deslizó en un coqueteo sutil delicado propio de una princesa. Que fue transformándose en uno dulzón al filo de lo empalagoso. El reía, ella reía, el susurraba, ella susurraba. Greta no retorció el cable del teléfono como lo hacen las chicas de las novelas simplemente porque era un celular y no tenía cable. Ella terminó la conversación con un

 

- Te espero a cenar

 

Él agitó su brazo con el puño cerrado en señal de victoria y le dijo protector.

 

- Toma un taxi al trabajo, ya es muy tarde.

 

Eran las 8 y 30 horas cuando Greta salió de su casa, corrió hasta la estación de Liverpool Street debía tomar el metro que la llevaba a Aldgate iba feliz.

 

John estaba en el bar tratando de evitar que una limonada manchara sus pantalones cuando se enteró que cuatro explosiones habían paralizado el sistema de transporte público de Londres. A las 8 y 50  tres bombas con cincuentas segundos de diferencia entre una y otra habían explotado en tres vagones del metro de Londres. La última lo hizo aproximadamente una hora después en un autobús en la plaza Tavistock. John no se preocupó no sabía nada de la nueva Greta, sus costumbres, sus horarios.

 

Peter flotó en una nube de amor y éxito parte del día . Churchill durmió al sol frente a la ventana hasta la hora de la cena.

 

Y Greta, bueno Greta perdió el tren, tomó el taxi y nunca se dio cuenta de que, tal vez, el bouquet de pimpollos de rosas y la arrogancia de John habían salvado su vida.

 

 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


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Santa Clara del Mar - Buenos Aires  - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

ABRIL 2026



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