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lunes, 28 de septiembre de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: " ABUELO PEPE " De la escritora: Cristina Martín - Rosario - Argentina -


 Editorial Atrapados por la Imagen

CUENTOS Y RELATOS


Presenta: 

a. . . 


Cristina Martín 


"Artista de Atrapados por la Imagen" 

en


"Abuelo Pepe"


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es ese rincón donde siempre hay lugar para una historia nueva, una foto, un poema o una idea que pide ser compartida. Un espacio hecho entre todos, donde crear, descubrir y encontrarnos es parte de la aventura.

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Relato inédito para Atrapados por la Imagen

"Abuelo Pepe"
Cristina Martín 



Tía Dora trajinaba en la cocina, como todas las mañanas, para hacer el pan casero. Abuelo Pepe escuchaba noticias frescas en su vieja radio a galena. -Nada mejor que lo viejo- había dicho una vez que la abuela Ángela quería cambiar la cama antigua de bronce por otra de madera. Y no se lo permitió. El abuelo hablaba poco, pero sus palabras eran una sentencia en la casona de los Martín.

 

No hay amor como el primero

aunque el segundo más valga

porque el primero llegó

a los rincones del alma.

 

            Abuela Ángela insistía con sus coplas canarias, mientras pelaba papas y zanahorias para el puchero del mediodía, debajo de la parra de uvas chinches. Abuelo Pepe apagaba la radio y se acomodaba en su silla petisa para contarnos una vez más la Guerra Civil Española. Los ojos marrones le brillaban y su fuerza de viejo anarquista le hacía mover las manos ásperas de tanto hacer la quinta, pero que se movían, ágiles, como mariposas.

-Los falangistas eran los malos y los republicanos, los buenos- Mary, Graciela, Pepito, María Elena y yo escuchábamos con la boca abierta; porque nos contagiaba su entusiasmo, aunque no entendiéramos demasiado. Yo lo veía muy grande desde mis ojos de niña y pensaba que me miraba especialmente a mí. No entendía bien por qué.

 

Dicen que amor el primero

yo digo que no es así

para querer al que tengo

del primero desistí.

 

La abuela recitaba coplas, pero nunca abandonaba sus quehaceres cotidianos. Limpiaba puerros, albahaca, perejil, tomillo, para que la sopa quedara más apetitosa y de reojo espiaba a Pepito, el más desobediente de los nietos, quien deshojaba las cuantiosas flores del jardín de los Martín

 - Pepe, travieso, si pareces entenado, coño- se lo decía y le pegaba un coscorrón para intimidarlo.

El abuelo ponía pasión en esa historia tan suya y tan dolorosa

 - Un día los malos, que eran muy malos persiguieron a un poeta llamado Federico García Lorca y lo mataron

- ¿Qué es un poeta, abuelo?

- Es una persona que escribe versos

- ¿Es lindo ser poeta?

- Pues claro, niña, los poetas dicen cosas hermosas que después aparecen en los libros. Los poetas ponen alas a las palabras.

- A mí me gustaría ser poeta, abuelo, para poner alas a las palabras

- Bueno niña, deséalo mucho y lo serás. Pero claro, deberás leer mucha poesía.

            Eso fue una mañana fresca de primavera, mientras yo miraba cómo chorreaban flores lilas de la glicina. Tía Dora amasaba, como siempre, la harina con agua y levadura, hasta que la masa empezara a hacer ruiditos. Ese era el momento de ponerla a descansar un rato.

 

¡Oh, cementerio sagrado!

donde van el grande y el chico

allí no se ofende el rico

tener el pobre a su lado.

 

- Pepito, ¿cuándo escucharás tú una copla? deja el balde tranquilo de una buena vez ¡eh, niño!

- Abuela, yo quiero tirarlo por el aljibe, para ver cómo se mueve la ruedita

- Rondana, burro, cuándo aprenderás tú. Y acuérdate que en el aljibe están el vino y la soda refrescándose, para la hora de comer. ¡Ojo! que si tu padre te ve, no habrá quién te salve de una paliza.

            María Elena, Graciela y Mary se iban a jugar al pido gancho, debajo de la glicina, mientras yo le insistía al abuelo que me contara la historia del poeta Federico

- Federico fue terco como una mula ¿sabes, niña? Cuando se enteró de que los malos lo perseguían, se fue urgente a la casa de su amigo también poeta, Luis Rosales, quien vivía en la ciudad de Granada, cerca de Fuentevaqueros, donde había nacido Lorca, al sur de España. Pero tuvo mala suerte. Lo persiguieron tanto que lo encontraron. Y unos días después lo fusilaron.

- ¿Por qué matan a los poetas, abuelo, si ellos son buenos? - pregunté llorosa.

- Ah, niña ¿sabes qué pasa? - La mayoría de ellos, piensan diferente de los gobiernos tiranos que no permiten que nadie tenga ideas distintas. Esto le pasó a Federico. Él deseaba un país libre, donde todos pudieran pensar y decir lo que sentían y quería un presidente elegido por los habitantes de España. Además, llevaba un clavel rojo en la solapa de su saco, y eso no estaba bien visto para los hombres

- Abuelo, ¿vos sabrás alguna poesía de ese poeta que a mí me pueda gustar?

- Conozco muchas, pero de memoria, sólo algunas. Ya tengo memoria de viejo, niña. ¿A ver ésta?

 

Mamá

Yo quiero ser de plata.

Hijo, tendrás mucho frío.

Mamá

Yo quiero ser de agua.

Hijo, tendrás mucho frío.

Mamá

Bórdame en tu almohada.

Eso sí

Ahora mismo.

 

- Me gusta, abuelo. ¿Cómo se llama?

- Canción tonta

- ¿Por qué se llama tonta? A mí no me parece tonta, abuelo

- Cuando seas grande, ya entenderás que las palabras quieren decir más de una cosa, especialmente en poesía

- ¿Te gustaría, abuelo, que cuando yo sea grande, me convierta en escritora como tío Antonio?

- Me gustaría mucho, niña, por supuesto. Entonces escribirás las historias de esta familia.

- Te lo prometo, abuelo.

            Tía Dora ponía en el horno los panes redondos con una cruz en el centro, hecha con un cuchillo grande y puntudo con mango de madera, que las niñas y Pepito teníamos prohibido tocar. La abuela Ángela arrastraba sus piernas flacas hasta el aparador de la cocina, para sacar el moscato con el que invitaba a mi hermano Juancho, el único nieto en edad de compartir una copita con ella. La tía pretendía que las niñas le ayudáramos a poner la mesa debajo de la parra de uvas chinches, bien temprano. Porque si volvía el tío Benito del taller mecánico y no encontraba la mesa lista, frunciría el ceño, seguramente. Siempre me acuerdo de él, de su musculosa blanca, de su paso recto, de su seriedad. Me llamaba la atención que nunca se riera. Yo pensaba de chica que era un ser triste y que como no podía hablar de su vida, era enojoso. Pero a la vez, muy correcto.

            Mientras mi hermana y mis primas acudían presurosas a colaborar con la mesa, yo me escabullía silenciosa para sentarme, aunque sea por un ratito, al lado de la sillita petisa por si podía escuchar alguna historia más. Eso tan pequeño me colmaba de una enorme felicidad. En ese tiempo no entendía bien por qué. Ahora pienso que el abuelo Pepe también ponía alas a las palabras.

 

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            Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:


©CRISTINA MARTÍN

Rosario - Argentina

Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro


SEPTIEMBRE 2026



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Editorial Atrapados por la Imagen.


Directora: Laura Jakulis

“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”


Colaboradores: Marta Puey - Emilio Bertero


                                                                                                               

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Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional

jueves, 24 de septiembre de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "El cantante" - Un relato Inédito, del escritor: Sebastián Rogelio Ocampo - Rosario - Argentina -

 

Editorial Atrapados por la Imagen


Presenta: 


"El cantante"


Del escritor: 

Sebastián Rogelio Ocampo


"Artista de Atrapados por la Imagen"

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

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Cuento inédito para Atrapados por la Imagen

"El cantante"
SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO


           Detesto los lugares con música fuerte y llenos de gente. Se suponen que deberían gustarme. Tengo 17 años. A mí no me gustan. Cuando entramos a ese tenedor libre en Florianópolis estaba la música al palo y la gente comía desesperada como si fuera la última vez. En un rincón menos iluminado, con una luz más tenue, casi en penumbras, cantaba un tipo. Tenía el pelo canoso, un poco largo, y me recordó a algún jugador de fútbol de los años 70 que había visto en alguna revista. Había luces de colores giratorias que lo iluminaban y cada tanto se lo podía ver mejor, una remera con unas palmeras, un jean gastado, zapatillas de lona, y cada tanto se sumía en la opacidad; aparecía iluminado a cada rato como si fuera un fantasma.

Habíamos viajado a Brasil con la familia de mi mamá. Es una familia numerosa. Varios tíos y tías, muchos primos, una prima en especial, casi todos más chicos que yo. Me senté lo más lejos del disturbio, si es que había un lugar así. En realidad estaba en la punta de una mesa pero en medio de esa muchedumbre nauseabunda. Miré al tipo que cantaba. Cantaba y bailaba y hacía gestos para levantar al público. Sentí que él pensaba lo mismo que yo de toda aquella gente y que debía sentir asco por tener que animarlos a cantar y bailar. Era argentino. Lo dijo cuándo preguntó -como suelen hacer esos personajes- de qué nacionalidades éramos. Había uruguayos, algunos paraguayos, y cuando toda mi familia saltó gritando que éramos argentinos el tipo aprovechó y dijo que él también. 

En un momento dejó de cantar, fue y se sentó en una mesa en un rincón. Fue con un plato y se sirvió un montón de pescado frito, rabas, y papas fritas. Yo comía papas fritas solas. No me interesaba probar más nada. Las papas fritas eran comida chatarra decía mi madre. A mí no me importaba. El tipo fue a servirse tres o cuatro veces. Pensé que él también comía como si fuera la última vez y posiblemente sería la última vez hasta mañana a la noche. Se metía grandes bocados en la boca que le sobresalían y los apuraba con el dorso de la mano o los dedos directamente. Pensé en su soledad. Pensé en la vida solitaria de un cantante popular en medio del verano feliz argento-brasilero. ¿Qué haría durante el día? Durante el día yo me quedaba con el celular en la cabaña mientras todos iban a la playa. Mis viejos se quejaban por lo bajo pero ya no me decían nada, a mi edad ya estaba perdido. Sé que ellos pensaban eso. No tenía razón alguna intentar llevarme a la playa porque yo detestaba todo eso de las ojotas, y los lentes de sol, sombrillas, reposeras, mate, toallas, negros vendiendo choclos y parlantes; toda esa mierda me daba asco. Solo quería quedarme con el celular viendo cosas en Instagram. Cosas que eran más interesantes. No quiero hacerme el literato porque no lo soy, pero quedarme leyendo poemas de Bukowski era mucho más gratificante que ir a la muchedumbre hambrienta de felicidad en la playa. A decir verdad yo iba a la playa. Cuando caía la noche y ya no quedaba casi gente y se podía ver el cielo estrellado y el mar alto hasta mis pies y entonces caminaba por la playa tratando de adivinar constelaciones, pensando en cosas que valían la pena, frases de Kerouac, Burroughs, Celine, no en pelotudeces veraniegas. ¿Qué haría aquel cantante durante el día? ¿Ensayaría formas de cantar o formas de suicidio? ¿Tendría algún amigo con quien ir a tomar mate o caipirinha? ¿Se la pasaría tirado en la cama? Apuesto a que se la pasaba tirado en la cama pensando en alguna familia que dejó atrás después de gritos y muchas guerras nucleares y pensando en hijos a quienes no veía y tal vez en algún nieto del cual tampoco tenía noticias. ¿Cómo había llegado a Brasil? Además cantaba bastante mal. No sé mucho de música pero lo escuchaba desafinar sobre todo cuando intentaba alguna nota prolongada. 

Ahora miraba a la gente meterse los fideos en la boca embadurnada de salsa, gente pinchar en un mismo tenedor varias torrejas y llenarse la boca a reventar, la cerveza ir y venir para agujerear mil estómagos. Decidí concentrarme en algo mejor. Antes mencioné a una prima en especial. Estoy enamorado de mi prima. Ella es apenas unos años más chica que yo. Es un poco más que una nena pero ya está desarrollada y es madura. Ella es una morocha, morena, a diferencia del resto de la familia que somos todos blancos y rubiones. Ella es adoptada. En cierto modo que sea adoptada, no sea mi sangre, hace que mi amor hacia ella se vuelva menos inmoral. Me gusta tanto que no tengo fantasías sexuales con ella. Pienso que cualquier cosa de esas podría corromper su magnífica belleza. Esos labios carnosos, esos ojos almendrados de mujer latina, ese cabello enrulado que se deja hasta por debajo de los hombros, esa nariz ancha y chata pero redondita que es perfecta. Me encanta. El hombre que canta también debe estar enamorado de una adolescente. En las tardes de soledad, mientras en su habitación de pensión, un taburete con una jarra de mate cocido encima, canta un poco para practicar otro poco porque su vida misma es cantar, una chica, una adolescente lo visita, y al cantante se le vidrian los ojos e irradian una luz diferente. Él tampoco se atrevería a tocarla. A corromperla. Él la escucha porque siempre llega con historias de pescadores, su padre es pescador, y las historias son realmente buenas y lo entretienen. Él la mira y la desea y la devora con los ojos. Ella no se da cuenta, o sí, tal vez, pero nada de eso importa, ella cuenta historias y él escucha y por un momento tanta soledad se vuelve cálida y tal vez adquiera sentido. Después ella se va y él se tira en la cama con un montón de imágenes en la cabeza, imágenes de las historias e imágenes de la chica, que se le mezclan y se transforman en un triste aquelarre que termina con él leyendo poesía para después dormirse.

El tipo canta, y ahora sí, después de haber comido como chanchos salen todos a bailar, y se mezclan, los paraguas, los uruguayos, los argentos;
 bailan canciones latinas, entre ellas se mezclan cuartetos de Rodrigo y la Mona Gimenez y alguna que otra cumbia de Los Palmeras, porque claro, el cantante es argentino y aquello no puede faltar. Yo veo a toda esa gente contonearse, manosearse, babearse, con los estómagos llenos a reventar, posiblemente tirándose pedos al pasar, besuqueos, apretadas, bailecitos sexies. Yo me quedo solo en la mesa. Nadie me ha dicho nada. Solo alguno de mis primos más chicos que no me entiende todavía. Pero yo me quedo solo en la mesa. En un momento, en un momento en que una de las luces ilumina la cara del cantante, y puedo verlo, se hace un silencio, un silencio profundo y aturdidor; el cantante me mira, me mira y veo sus labios enarcarse, veo de a poco como la boca se le transforma en una sonrisa, sonríe de verdad, Dios mío, y si después de todo, mi soledad, mi falta de mundo, la vileza de la humanidad, la porquería de todo esto, si después de todo, sí, no, sí, sí, tal vez el cantante es feliz ¿Y si es feliz?


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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Sebastián Rogelio Ocampo

Rosario - Argentina

 Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

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Septiembre 2026




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jueves, 17 de septiembre de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Pingüinos en Chapadmalal" Relato del escritor Rosarino: Cristian Bautista - Argentina-

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y relatos presenta a . . .


CRISTIAN BAUTISTA


"Artista de Atrapados por la Imagen"

en...

"Pingüinos en Chapadmalal"

Cuento perteneciente a su libro: "A veces el mundo es un buen lugar"

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

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 EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN

"Pingüinos en Chapadmalal"

CRISTIAN BAUTISTA

 

Luis deja el taxi estacionado casi en la esquina y toca dos timbres. Cuando se abre la puerta, lo primero que ve es la sonrisa de su mamá que, sin decir nada, lo abraza.  Luis siente los brazos finos y largos, y piensa en esas plantas invasivas que suben por los árboles hasta asfixiarlos.

—Te traje la plata.

—Viniste —dice ella.

Luis está ahí porque ella lo llamó. Piensa que podría haberlo esperado un poco más con la plata, pero la mira a los ojos que a veces están grises como los días de lluvia y los ve verdes. Un verde nuevo, vivo. Como el pasto que despunta después del invierno.

Entran.  Caminan por el pasillo en silencio. Ella está aferrada al brazo de Luis. Colgada del brazo como se cuelga una campera gruesa los días de calor. Cuando llegan al departamento, Luis entra primero.

—¿La dejo donde siempre? — dice Luis.

—Sí. Donde siempre.

«Donde siempre» es adentro de una jarra de cerámica con forma de pingüino gordo. Ella siempre guardó la plata ahí.  Luis recuerda volver de hacer los mandados, a los siete u ocho años, y dejar el vuelto adentro del pingüino. Tiraba las monedas para que ella escuchara el ruido contra las paredes de cerámica hasta caer en el fondo. Cuando le sobraba un billete, no. El billete, Luis se lo guardaba sin decir nada.

—Comamos en la cocina —dice ella.

Luis no contesta. Va al living. Mira la repisa. El elefante blanco, el muñeco de un coya de bigotes cargando morrales llenos de trigo y maíz, el buda dorado y sonriente, la foto de Perón montando un caballo blanco, el porta sahumerio de hojalata, pero el pingüino no. El pingüino no está. Luis se encoge de hombros y saca la plata del bolsillo, la deja sobre la repisa y va a la cocina.  Se sienta en la punta de la mesa. Frente al aparador. Ella acomoda los vasos y la panera. Luis corta un pedazo de pan y se lo mete en la boca. Mastica. Se pregunta dónde estará el pingüino. Ella se acerca con el plato hondo lleno hasta el borde y se lo pone delante. Después, trae el plato de ella. Tiene poco. Dice que no tiene hambre. Mira a Luis comer y le cuenta que todas las noches le reza a una estampita de San Cayetano para que a él no le falte ni la salud, ni el pan, ni el trabajo.

Luis arrastra la cuchara entre las hojas de acelga la papa y las zanahorias. La arrastra hasta que choca con el borde y se la lleva a la boca.

—¿Está caliente?

—Un poco.

-Echale un chorro de soda.  

Luis se levanta, va a la heladera y cuando agarra el sifón lo ve: el pingüino. A Luis siempre le pareció un bicho horrible. El pantalón a rayas, un moño ajustado, los zapatos de punta redonda. Un gordo con la postura soberbia de los que quieren ser elegantes.

Luis lo agarra. Lo lleva hasta la mesa y lo pone entre ella y él.

Ahora comen los dos. El silencio es más fuerte que los golpes de las cucharas contra el borde del plato, que las bocas sorbiendo. Terminan la sopa. Ella se para y junta los platos.

Luis se acomoda en la silla y mete la punta del dedo meñique en el pico del pingüino.

—¿Sabías que los pingüinos pueden aguantar hasta veinte minutos sin respirar? 

—Es una jarra muy cómoda.

—Era de una época.

—Era de tu abuelo.

—¿De mi abuelo?

 Luis sabe que su abuelo trabajó en el ferrocarril hasta que se jubiló. No mucho más.

—Cuando era mozo —dice ella.

—¿Mozo? ¿El abuelo fue mozo?—dice Luis y saca el dedo del pico del pingüino.

—En la costa —dice ella y cuando lo dice el iris se agranda y habla de veranos en hoteles al lado del mar. La arena, las olas, los caracoles. Y entonces, antes de terminar de hablar dice: Perón. Sonríe. Y cuando dice Evita los ojos tienen el mejor verde que se pueda imaginar. 

—¿Es así como pasó?

—¿Querés ver fotos?

No, piensa Luis. —Bueno —dice.

Ella va a la pieza y vuelve con una caja de zapatos. La abre y saca las fotos de a una. Despacio. Son fotos con los bordes recortados con una tijera de picos; algunas están pegadas en cartones y protegidas por un papel traslúcido y fino.Luis ve sombrillas, caras sonrientes, familias con muchos chicos que miran el mar. En una hay varios edificios enormes. Uno al lado del otro. Atrás, con birome y en letra cursiva lee: diciembre/48. Entre paréntesis: Chapadmalal.

—El día que se inauguró.

—¿El abuelo estuvo ahí?

—Trabajó de mozo.

—¿La vio?

—De lejos.

La mirada de los dos se junta sobre el lomo esmaltado del pingüino y por un instante a Luis le parece que el marrón se tiñe de verde.

-—¿Es de ese día?

—Elijo creer que sí.

 —Guardabas la plata —dice Luis.

—Las monedas —dice ella—. Durante mucho tiempo, ahí, juntaba las monedas. Cada vez que tiraba una adentro, mientras la escuchaba rebotar, pedía un deseo.

—¿Como en las fuentes?

—Pero sin agua.

—¿Se te cumplió alguno?

-—Algunos, sí. Otros, no.

Luis se levanta y agarra el pingüino con las dos manos. Lo acaricia. La cerámica esmaltada tiene grietas finitas y largas.

—Es hermoso —dice Luis.

Ella sonríe con la timidez propia de los que no están acostumbrado a recibir elogios y se para. Agarra la frutera y la deja en la mesa.

Luis sostiene el pingüino, lo gira y mira en su interior.

Ella agarra una manzana, la pela y la corta en trozos.

—No se consiguen más de estos —dice Luis sopesando el pingüino.

Ella guarda las fotos con la delicadeza que exige un rito. De a una las mete en la caja una sobre otra.

—Es hermoso —dice Luis.

Ella se levanta y se aleja con la caja. Luis se levanta, va al living y deja el pingüino sobre la repisa. Después saca una moneda, la tira adentro y, antes de que deje de rebotar en las paredes, pide un deseo.

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©CRISTIAN BAUTISTA

Rosario - Argentina

 Diseño y Maquetación: Laura Jakulis

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Septiembre 2026



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