Cuentos y Relatos Presenta a...
CRISTIAN BAUTISTA
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en...
"El día que estuve así, pero así, de ayudar a Martín Karadagian"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
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"El día que estuve así, pero así, de ayudar a Martín
Karadagian"
CRISTIAN BAUTISTA
Flavia corta los tomates en rodajas finas. Me habla. Yo
muevo la cabeza. Afirmo. No escucho, pero afirmo. Faltan dos minutos para las
doce. Me acerco, le doy un beso, le robo una rodaja de tomate.
- ¿Carlitos? -digo.
- En la pieza -dice.
Camino hasta la pieza. Detrás del ruido de mi boca
masticando, de los golpes del cuchillo sobre la tabla, de la aguja del
segundero arrastrándose hasta las doce, Flavia, habla. Entro y me siento al
lado de Carlitos.
-¿Empezó? -digo. Carlitos no contesta. Está sentado. Inmóvil. Parece esculpido como un gran juguete. Los brazos estirados. Tensos. Los puños apretados sobre las rodillas. Los ojos bien abiertos. Fijos. Unidos al televisor como por un hilo de acero invisible.
El locutor habla. Su voz es grave. Segura. Poderosa.
Mientras dice que es un luchador invencible, la luz, despacio, baja. Enfocan el
telón. Son dos cortinas rojas, gruesas, pesadas, separadas en el medio. Se
abren y aparece: la Momia blanca. Miro a Carlitos que aprieta los dedos como
cuando se aprieta un limón después de haberlo exprimido dos o tres veces. Le
digo que no es invencible. Que una vez, yo la vi perder, le digo. Entonces me
mira. Fue hace mucho. Tenía la misma edad que vos ahora, le digo. El locutor
habla y Carlitos no me escucha más, no me mira más.
Un haz de luz blanquísima ilumina un círculo perfecto sobre
la cortina roja para que entre el campeón: Martín Karadagian.
- ¡Vamos! -grita Carlitos. Es un grito tan fuerte que, por un segundo, parece desprenderse de la silla y flotar en el aire. El armenio camina con los brazos levantados. Los chicos lo rodean, lo tocan. Cuando sube al ring, Carlitos, se acomoda en la silla.
Durante los no más de dos minutos que dura la pelea, los
ojos de Carlitos, a veces, brillan. A veces se nublan. Siempre, siempre, están
abiertos. Graba las imágenes. Talla los colores. Dibuja los gritos. Todo se
junta, se compagina y arma un recuerdo. Un recuerdo que va a quedar en su
memoria. Un recuerdo en el que yo, que estoy sentado al lado, no voy a estar.
-¡Carlitos! -grita Flavia cuando la momia esquiva una patada voladora. Flavia no entiende. No entiende que Carlitos no va a responder. No puede decir: ¿Qué? Mucho menos: ¿Qué, mamá? Y muchísimo menos: Ya voy. Flavia no entiende. Carlitos no puede decir nada porque no está acá. Esta allá. Del otro lado de la pantalla. En el ring. En la forma en que, ahora, pone las manos sobre el cuello de Martín Karadagian. Es tanta la fuerza con la que presiona la Momia, que la venda a la altura de su boca se agita con más fuerza. El locutor dice que es imposible zafarse. Que es una llave mortal, dice.
-¡Carlitos! -dice Flavia.
Miro a Carlitos, a sus pies que no llegan al piso, a sus
ojos con el brillo acuoso que produce la tristeza, a su boca apenas abierta, a
su respiración contenida.
La Momia hunde más las manos en el cuello del armenio hasta
que, Karadagian, apoya una rodilla en el suelo. Después, la otra. La momia lo
suelta y el campeón cae de espaldas sobre la lona. Se escucha un ruido a tablas
que se quiebran. El árbitro agita los brazos, la gente abuchea. Un médico sube
al ring. Karadagian tiene los ojos cerrados y mueve la cabeza como un títere
mal manejado. La voz en off dice: No. No va más. La momia baja del ring. Camina
lento. Tiembla. Las vendas parecen desprenderse del cuerpo, pero no. Se agitan.
Flamean como banderas rotas, cansadas de ganar batallas. Los chicos la ven
pasar y la abuchean; no se acercan. Algunos muestran los pulgares hacia abajo.
La momia cruza el telón rojo. Desaparece.
Flavia entra a la pieza.
-¿Nadie me escucha? -dice. No mira a Carlitos. Me mira a mí.
-Ya terminó -digo.
Carlitos no dice nada. Karadagian se retuerce sobre el ring
como una babosa a la que le echaron sal. A Carlitos no le importa que el
locutor anuncie que va a haber una revancha. Dentro de un mes, dice. En el
Olimpia Basketball Club de Venado Tuerto, dice.
Miro a Carlitos. Le digo que dentro de un mes son las
vacaciones. Le cuento que planeamos ir a algún lado. Miro a Flavia. Ella habla
de olas, de lobos marinos y churros rellenos. A Carlitos la pupila se le achica
y el azul del iris se nubla. Va a ser un domingo de mierda para Carlitos.
-¿Me podés decir que voy a hacer yo en Venado Tuerto? -dijo Flavia.
-No va a durar más de una hora. A lo sumo, dos -dije.
-Yo pensé a la costa. O a Córdoba. O a Mendoza.
-Pensá en Carlitos.
-¿Me podés decir que voy a hacer yo en Venado Tuerto? -dijo.
Esa noche y la otra y todas las que siguieron hasta el día
de la fecha del show, Carlitos durmió abrazado a una foto de Karadagian. Lo sé
porque yo dormí al lado de su cama, en el piso.
Tiene los brazos estirados. Tensos. Los puños apretados sobre las rodillas. Los ojos bien abiertos. Fijos en el ring. Un cuadrado alto, grande y acolchado a solo tres metros de nosotros. El locutor habla. Su voz es grave. Segura. Poderosa. Dice que es un luchador invencible. La luz, despacio, baja. El telón se abre. Aparece. La Momia blanca. Miro a Carlitos que aprieta los dedos, los dientes. Entonces le digo que no es invencible. Que una vez, yo la vi perder, le digo. Carlitos no me escucha. No me mira.
Un haz de luz blanquísima ilumina un círculo perfecto sobre
el telón para que entre el campeón: Martín Karadagian.
-¡Vamos! -grita Carlitos. Es un grito tan fuerte que por un segundo parece desprenderse de la silla y flotar en el aire. El armenio camina con los brazos levantados. Los chicos bajan de la platea y lo rodean, lo tocan. Cuando sube al ring, Carlitos, se para sobre la silla. Empieza la lucha. La Momia esquiva una patada voladora y el campeón termina enredado entre las cuerdas. La Momia se acerca y pone las manos sobre el cuello de Martín Karadagian. Es tanta la fuerza con la que presiona la Momia que la venda a la altura de su boca se agita con más fuerza. El locutor dice que es imposible zafarse. Que es una llave mortal, dice.
Miro a Carlitos. Los ojos vidriosos. La boca apenas abierta.
La respiración contenida.
Entonces, me paro. Salto las vallas de contención y corro
hasta el ring. Subo. Karadagian está en el piso. Las luces hacen que todo se
vea muy claro. La Momia, tiembla. Sube y baja los brazos en un claro signo de
triunfo.
El árbitro se agacha. Me agarra del brazo. Me dice algo. No
escucho. Busco con la mirada a Carlitos. Lo veo parado arriba de la silla.
Salta. La cara roja, las manos abiertas alrededor de la boca. Meto las manos
por debajo de los brazos de Karadagian y tiro. Tiro con todas mis fuerzas.
-¡Soltáme! -dice el armenio.
Y entonces imagino las pupilas de Carlitos: dos puntos
enormes que se agigantan. Y en el centro del iris todo se vuelve tan azul, tan
claro.
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
©Cristian Bautista
Rosario - Argentina
Cuento perteneciente a su libro:
"A veces el mundo es un buen lugar"
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Edición 2026: Editorial Atrapados por la Imagen
Foto 1: Afiche pormocional de la época.
Foto 2: Imagen tomada por Cristian Bautista
Editora Literaria: Isabel Santoro
Febrero 2026

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¡Ay Cristian! ¡Qué cuento tan maravilloso y conmovedor! Me retrotrajo a mi propia infancia, cuando creía y sufría por lo mismo. ¡Gracias por traeme esos recuerdos!
ResponderBorrar¡Todo lo que somos capaces de hacer!
¡Me encantó! Muchas gracias por traerlo a Atrapados. Un abrazo.