PATRICIA BALDA
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en. . . .
"El Chulengo"
- Relato inédito -
Cuento inédito para Atrapados por la Imagen
"El Chulengo"
PATRICIA BALDA
El día que regalé el chulengo lloré. Miento,
lloré cuando se lo llevaron veinte días después de regalarlo.
Lloré porque el dolor es como el agua, por más
insignificante que sea la grieta se filtra. El chulengo fue la grieta por donde
se filtró todo lo perdido.
No había razón para conservarlo, no sé hacer
asados y además está la parrilla que hicimos un tiempo después de comprarlo.
El chulengo era grande muy grande. Sus patas
terminaban en cuatro ruedas que, en teoría, debían facilitar su traslado de un
lugar a otro. No era así. Resultaba difícil moverlo, pesaba mucho, tal vez por
los ladrillos refractarios que tenía en el piso y las paredes, o por la
parrilla o la mesad o la suma de todas esas cosas, no sé.
El tema era que molestaba, había que taparlo
para evitar que se oxidara y correrlo de un lado a otro del jardín en el
momento de cortar el césped.
No encontraba dónde ponerlo, ningún lugar
parecía el adecuado.
En la parte de abajo apenas encima de las
ruedas tenía una rejilla de hierro, una especie de estante, que impedía el paso
de la luz. Cualquiera fuera el lugar donde lo dejaba quedaba un lamparon
amarillo en el pasto. Existía una única forma de evitarlo, era moverlo todos
los días.
Como la lona con la que lo tapaba se caía o la
tiraba el viento le hice una funda de color blanco. Una tontería. A partir de
eso fue como tener un iglú itinerante.
Cada vez que miraba por la ventana de la
cocina, mis ojos chocaban con él.
Un día amanecía al lado de la pileta, al
siguiente pegado al limonero, o a la pérgola o a el rosal . Le fui tomando bronca,
siempre estaba en el medio o por, lo menos, eso era lo que yo sentía.
Pasó el invierno y al llegar la primavera
comencé a estar más tiempo en el jardín. Una tarde, una amiga entre mate y mate
me preguntó señalándolo.
- ¿Qué es ese armatoste que tenés junto a la pileta?
Vi la oportunidad y la tomé
-Es un chulengo, ¿lo querés ?, te lo regalo.
- ¿Me lo das con la lona?
Le dije que sí y quedamos en que el hermano
vendría a buscarlo.
Los días pasaron. La primavera fue adueñándose
de a poco del jardín. Los jazmines florecieron, la coronita de novia se vistió
de blanco y despacio, muy despacio, el chulengo comenzó a guardar una curiosa
armonía con el lugar.
Yo no dejé de pasearlo, moverlo se volvió una
rutina.
El tiempo alisa, relaja, equilibra. Empujarlo
comenzó a ser placentero, movía el chulengo y brotaban los recuerdos.
Una mañana, lo dejé junto a la coronita de novia
y, sin pretender hacerlo, volví a caminar por la feria de la plaza Rocha. Volví
a elegirla, soñarla florecida, tomar el colectivo, llegar a casa, buscarle el
lugar dónde plantarla.
Si lo llevaba hasta la pérgola, podía ver el
asado sobre la mesa, la alegría de los amigos, la fiesta, el vino, sentir el
olor a pan.
Cuándo sentía el alivio del agua helada en mi
cuerpo caliente era porque lo había dejado junto a la pileta.
No estoy diciendo que el chulengo fuera mágico,
digo que se había convertido en el puente que yo utilizaba para viajar al
pasado.
Moverlo dejó de ser algo molesto. Era mi
momento para la nostalgia, una nostalgia dulzona, tibia como el sol de otoño,
sin tropiezos. Fue entonces que al hacerlo comencé a sonreír. Con esas sonrisas
que despiertan sospechas en aquellos que las miran, cómo si ellas escondieran algún
secreto.
El día que el hermano de Sole vino a buscarlo,
lo empujé hasta la camioneta. Lo empujé con el cuidado amoroso que una mamá
trata al cochecito de su bebé.
Mientras lo llevaba, él se desprendía de los
recuerdos, yo los veía flotar en el aire y los dejaba pasar.
Lo vi partir y dejé que mis ojos lo siguieran.
Él se perdió al final de la calle y yo entré a casa.
Ya en la cocina, mientras calentaba el agua
para tomar unos mates, miré por la ventana. Con desgano vagué por el jardín, del rosal al limonero, a
la camelia , al jazmín amarillo. Otra vez a la camelia para terminar en un
descuido en la coronita de novia.
Ahí estaba ella, exultante, cubierta de flores
blancas y pequeñas.
Primero rodó una, atrevida marcó mi mejilla con
un surco salado. Detrás de esa vino otra y otra. Se deslizaban suaves y
silenciosas. Fue así, sin quererlo, mientras miraba a través de la ventana el
jardín .
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Editora Literaria: Isabel Santoro
Marzo 2026

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Hermoso, tierno, conmovedor. Es así, tal cual, con cosas materiales ( ocurre también con las personas)que no sabemos cuánto queremos hasta que las perdemos.
ResponderBorrarHermoso, tierno, conmovedor. Es así, tal cual, con cosas materiales ( ocurre también con las personas)que no sabemos cuánto queremos hasta que las perdemos.
ResponderBorrarQue maravilloso viaje a tu casa, tu jardín, tus recuerdos! El olor de la casa, los asados, imaginar la persona que los hacía y que ya no está. El chulengo era una parte de esa vida que fue y que solo queda hoy en el recuerdo.. Maravilloso relato! Felicitaciones
ResponderBorrarLos chulengos, esos que de verdad son chulengos aún partiendo del espacio concreto quedan en ese otro espacio, el que nos hace sentir humanos.
ResponderBorrarEs precioso tu cuanto Patri!
Me encantó tu cuento Patri, muy dulce ,lleno de sentimientos y emociones profundas. Un objeto ,en este caso el chulengo,puede guardar muchos recuerdos
ResponderBorrar.A veces es necesario desprendernos de eso material, como pasó en tu cuento,para que las añoranzas se transformen y den paso a la resiliencia. Yo la sentí representada con el comienzo de la primavera y la coronita de novia.Gracias! Un abrazo grande!
Un cuento lleno de emoción. Esas cosas que para otros parecen insignificantes pero que tan trascendentes son para uno. Me pasó algo semejante con una higuera que había en el patio de casa. Qué linda relación que armaste entre el chulengo y los recuerdos. Sebastián Rogelio Ocampo
ResponderBorrarUn relato hermoso con imágenes que describen sentimientos.
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