Queridos amigos, nos complace compartir con todos ustedes: Una mujer atravesada en la garganta.
Nueva obra literaria de Pedro Pablo Lilli, fotógrafo destacado de nuestra comunidad, y autor literario en la Editorial Online de Atrapados por la Imagen, espacio dedicado a nuevos artistas.
¡¡Felicitaciones y éxitos Pablo por esta nueva entrega!!
Agradecemos a todos ustedes por sus visitas y valoraciones.
Afectuosamente.
Administración de Atrapados por la Imagen.
"Un día, veo publicado en Facebook una foto de Marta Puey, escritora que admiro y sigo. Inmediatamente surgió en mi mente una frase, que podría cerrar un cuento. La llamo para comentárselo y, riendo, me dice: bueno, escribilo. ¡Es la primera vez, que comienzo por el final!"
Una mujer atravesada en la garganta.
“ No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya, pero tengo una mujer atravesada en la garganta.”
La noche/1.
El libro de los abrazos
Eduardo Galeano.
La profesora de música recorrió con sus dos manos una de sus piernas, deslizándolas desde la pantorrilla hasta la mitad del muslo, para reacomodar la media cristal. Un gesto inconsciente que, creo, sólo yo en el aula pude advertir ya que ocurrió entre mi banco y la ventana. Mis compañeros estaban concentrados en la actividad propuesta y yo, como de costumbre, estaba distraído, ¡afortunadamente!; un espectáculo así nunca imaginé me tocaría ver, y menos en exclusiva. Por supuesto que no se lo contaría a nadie, era un secreto entre ella y yo. Aunque ella no fuera a saberlo nunca.
Iniciaban los años '60. Frecuentaba, entonces, el primer año del Bachillerato y ese instante me marcó para siempre con un antes y un después.
Yo no era buen alumno, pero prefería ir al bosque, arriba de mi calle, antes que estudiar. Ése era mi feudo y los días de semana, por las tardes no iba nadie. En un claro poco accesible, a orillas del arroyo, me había construído, con ramas y lona de un viejo toldo que habían desarmado en casa, un pequeño refugio. En un pozo escondía mis pertenencias: una caña de pescar, un calderito, donde freía pescado o tostaba castañas, una parrilla sin patas, aceite y un mínimo de vajilla. Todas cosas heredadas de mis salidas con el Abuelo Quique. Allí me aislaba por las tardes.
No tenía buena relación con mis compañeros, no sé por qué. Era de hablar poco. No podía integrarme y participar de sus conversaciones; mientras ellos comentaban el disco de una nueva banda inglesa, The Beatles, mi preocupación pasaba por conseguir nuevos señuelos de pesca. Ellos sabían fumar y yo no, podían hablar y reír con las chicas, y a mí me daba vergüenza. Quería estar solo, pescar, nadar, juntar hongos o castañas, hachar leña, hacer un fuego.
Esa tarde, ansioso por la revelación de la mañana, me recosté en el refugio con los brazos detrás de la cabeza a escuchar correr el agua del arroyo e identificar a los pájaros por su canto. En realidad, solo quería pensar en la profesora. En sus cabellos color herrumbre. En sus ojos color musgo. En su cuerpo elástico, de mórbida belleza. En el perfume delicado que había podido percibir teniéndola a dos pasos de mi asiento. Cerré los ojos y pude verla, nuevamente, deslizar sus manos a lo largo de la pierna, larga, delgada, excitante, desde la pantorrilla hasta el borde de la falda a cuadros escoceses y seguir subiendo, paralelas, sutiles, por el muslo...mi mano fue hasta mi miembro desbordado y aprisionándolo comenzó a acariciarlo con movimientos ascendentes y descendentes. Con la profesora nos abrazamos y besamos con una intensidad infinita que nos llevó más allá del Universo y una delicia -desconocida hasta entonces- por primera vez, me estremeció de plenitud y goce el cuerpo entero. Caí después en un sueño profundo.
El último mes de clase estábamos todos efervescentes porque se avecinaban las vacaciones. Como era tradición en el colegio los muchachos de quinto salían a provocar a los de primero. Recuerdo cuando entraron a mi aula en el tercer recreo. Eran diez y nosotros quince. Yo ya empezaba a sentirme el más grande, el más fornido de mis compañeros y el único que sabía pelear. No retrocedí y quedé solo frente a ellos. Uno se me acercó con cara idiota pensando que me impresionaría. Cuando lo tuve a tiro le pegué un formidable puntapié en los testículos que lo dobló de dolor y acto seguido le propiné un gancho a la mandíbula seguido de un derechazo. Sus compañeros comenzaron a retroceder incrédulos al grito de "basta, basta, ya está!" y los míos los corrieron a reglazos y puntas de compás; la situación me hizo sentir integrado.
Ese verano mi refugio se transformó en el lugar de encuentro de "la Barra del Fue Primero A". Teníamos el arroyo y la frescura del bosque para nosotros. Les enseñé a pescar y cazar a quienes no sabían, los muchachos me enseñaron a beber y fumar y las chicas nos enseñaron a bailar.
Organizamos fogones con guitarreadas, bailes y juegos. Lamentablemente a ellas no las dejaban quedarse de noche en el campamento, quedábamos solo los varones, así aprovechábamos para bañarnos desnudos en el arroyo en plena madrugada, hacer apreciaciones sobre todas las mujeres que conocíamos, concursos de eructos y beber demás.
Volvieron las clases y "la barra" se fortaleció. Había logrado superar, bastante, la timidez con las chicas. Mérito de mis compañeras, en especial, de María Fernanda, Ferchy, con quien estuvimos de novios, después, en Tercero y Cuarto. Fue ella quien me hizo conocer y amar a los Beatles.Con los muchachos, salíamos a buscar en otros lados lo que con las chicas de la barra no había garantías de conseguir; era divertido. Ferchy se enteró y me cambió por un bobo del otro curso. ¡Un “coso” que jugaba rugby y tocaba la guitarra… yo lo escuché una vez, tocaba muy mal! El día que me dejó yo le había llevado de regalo el álbum Rubber Soul que traía los temas que más le gustaban: Michelle, Girl, In my life. Mi preferido era Norwegian Wood.
En quinto volvimos a tener la misma profesora de música de primer año. Su cabello herrumbre tenía, ahora, dos hilitos de plata, hermosos, que resaltaban con el nuevo corte que, a mi entender, la hacía más leona. Y sus ojos color musgo eran más musgo que nunca. En el segundo recreo, el más largo, ella se sentaba a desayunar en el bar del colegio. Normalmente estaba en compañía de colegas y yo la contemplaba desde lejos. Una mañana la vi sola en la mesa, me acerqué con el corazón que hacía doler de cuanto golpeaba. Me senté frente a ella y, en modo apenas comprensible, dije:
-Con todo respeto...-y me corté acobardado. Realmente me dolía el pecho. Me miró sonriente y arqueando las cejas me invitó a seguir. ¡Era bellísima, realmente bellísima! Y yo no sabía cómo continuar.
-¿Qué necesitás decirme? Decilo tranquilo. ¿Un poco de agua? -me extendió el vasito que acompañaba su café.
-Ud. es bellísima yo le pido mil disculpas...-largué sin puntos ni comas.
Soltó una sonrisa, divertida. Bajó la mirada un instante y luego, fijándome con gran dulzura.
-¿Te disculpás por haberme dicho algo hermoso, que me encantó? -volvió a sonreír por mi ocurrencia y agregó -¡Me alegraste el día!
Ante mi silencio azorado me preguntó sobre mis planes para el año siguiente, terminado el Bachillerato.
-Estoy enamorado de Ud. - disparé.
-Bueno...¡qué privilegio el mío! Alguna compañera tuya, seguro, no me lo va a perdonar... ¡sabés cómo somos las mujeres! -apoyó una mano sobre la mía mientras yo, gacha la cabeza, guardaba silencio, arrepentido. El calor de su mano recorrió, como un río en fuga, todo mi cuerpo. Un mechoncito de cabello herrumbre le resbaló por el rostro que estaba tan cerca del mío que podía sentir la fineza de su fragancia.
-Tengo un hijo y una hija de edad cercana a la tuya. -continuó -mirá el jardín que te rodea! -y recorrió con la mirada la sala colmada de adolescentes bulliciosas, en plena efervescencia. Sonó el timbre de regreso a clase. Se levantó consultando el reloj de pulsera.
-Queda pendiente que me cuentes tus planes futuros; ¿prometido? mirame.
-Seguro...- balbuceé, poniéndome de pie yo también, y mirándola a los ojos. Me estrechó la mano.
-Sos un perfecto caballero. No te avergüences de confesar emociones como ésta. Cautivan a la destinataria -y me dejó solo. Sentí como si hubiese alivianado mi mochila. Estaba casi contento a pesar del papelón. Me había tirado a un precipicio y en vez de estrellarme contra los peñascos del fondo estaba flotando en el aire o en algo parecido. Cuando volví en mí, descubrí que Ferchy había estado observándonos. Me hice el distraído, pero ya era tarde. Ella tenía el poder de leer dentro mío.
Supe que, Silvia, así se llamaba la profesora, integraba con colegas del conservatorio un trío de jazz que ofrecía, esporádicamente, audiciones en el Museo de Arte Contemporáneo, galerías de arte y algunos bares temáticos. Preguntarle por la próxima fecha era un buen pretexto para hablarle.
-Todavía no la fijamos. Te voy a avisar –me dijo al final de una clase.
Una mañana, en uno de los recreos, volví a verla en el pasillo conversando con el profesor de Historia. El personaje me caía decididamente mal: fatuo, siempre elegante, muy buen gusto para las corbatas, objeto de culto para las chicas del colegio. Aunque, no para todas. Por ejemplo, Ferchy, me había contado que a muchas de ellas les molestaba el modo en que las miraba. Las ponía incómodas y alguna tuvo que ponerle freno.
-¿Se te tiró? - le pregunté furioso.
-¡A mí no, bobo!.
Me acerqué a ellos curioso de saber de qué hablaban. Él, siempre con actitud de galán de telenovela, Silvia seria, parecía disgustada. La escuché decir fastidiada.
- ¡Ahora basta! ¡Me cansaste! ¡Dejame en paz!
No lo pensé un segundo, lo tomé por las solapas, lo arrinconé contra la pared y furioso le dije:
-¡Dejala porque te voy a matar, me entendiste?! -le grité en presencia de medio colegio. Me suspendieron hasta final de año. No me echaron porque Silvia escribió una nota que a la institución no le convenía que trascendiera fuera de las cuatro paredes de la oficina del Rector. Ella amenazó con publicarla si no me aceptaban a los exámenes de final de año.
En los tres meses sucesivos fui a escuchar al trío en otras tantas oportunidades. Silvia ejecutaba el piano y cantaba. La escuchaba con los ojos cerrados, era una cantante negra de las que te hacen estallar de emoción. Abriéndolos, solo dejaba lugar al embeleso.
Fueron meses difíciles para mí, mis padres se disgustaron mucho por lo sucedido me redujeron víveres para que me concentrara en los estudios sumado a contadas salidas y horas de encierro sobre los libros.
Un día me encontré con Ferchy por unos apuntes que ponía a mi disposición. Propuso que nos viéramos en la Cremería de Mirko, a la vuelta de su casa, porque en cualquier momento podía llegar el “coso” a estudiar con ella. Sabía que teníamos ganas de trompearnos. Cuando entré al local ya estaba sentada a la vieja mesita, la nuestra, con las carpetas apiladas en mi lugar. El olor a café tostado, chocolates y masas finas me trajo recuerdos. Ella llevaba puesta una remera dos talles más chicos, le quedaba demasiado bien, como siempre. Sentí angustia y rabia por mí, pero tenía que disimular. Fue derecho al grano.
-No los necesito hasta el sábado - dijo palmeando los apuntes. Siguió - ¿Puedo darte un consejo? ¿Sí? ¡Dejá de quedar como un pobre ridículo por la vieja de música! - y con el mohín que me volvía loco, exhaló el humo del cigarrillo hacia un costado mientras tiraba hacia adelante sus hermosos pechos, desperezándose. Tuve ganas de saltarle encima y comerla a besos y apretarla y pedirle "¡volvé!". Ella podía leer dentro mío. Sintió que la partida era suya. Me fijó con mirada burlona esperando una respuesta, pero, de repente, se traicionó:
` -¿Le hiciste conocer tu refugio? Seguro que los padres la dejan pasar la noche.
Fue cuando me salió la pregunta de lo más profundo de las tripas:
-¿Ya te acostaste con el “coso” ese?
-¡Qué imbécil! - me gritó en la cara, los ojos se le llenaron de lágrimas y salió de lo de Mirko con un portazo. "¿Qué habrá querido decir?", me pregunté. En el tocadiscos del local sonaba Yesterday. Demasiado azucarado para mi gusto.
La Fiesta de Graduación pasó sin pena ni gloria, para mí. Terminado el brindis, me fui para el lado del puerto.
Días antes de Navidad, el Municipio organizó un pequeño festival que tuvo un gran éxito en términos de bandas y público, compatiblemente con nuestra realidad local. Fuimos toda la barra, eufóricos, a vivar al trío. Por la presencia de una orquesta norteamericana que cerraría el evento, el clima era verdaderamente triunfal. Nos hacía sentir importantes, internacionales. El trío de Silvia era el favorito entre los grupos vernáculos, por eso sería el último en presentarse antes de los norteamericanos.
Nos dispusimos en las primeras filas de la platea del Teatro Comunal al completo. La profesora nos había conseguido algunas entradas de invitados especiales y entre todos pagamos las que faltaban. La casualidad hizo que, al ocupar las butacas de terciopelo rojo, terminara sentado al lado de Ferchy. Podría haberme cambiado de lugar, pero en ese momento se apagaron las luces y tuve que quedarme allí. La velada era realmente emotiva. Yo no sabía de la existencia de tantos buenos músicos en nuestra ciudad. En un momento sentí la pierna de Ferchy apoyada en la mía o la mía en la suya. La retiré. A disgusto, pero la retiré. El Festival estaba en un momento álgido, la pieza que sonaba era de una profunda melancolía. Ferchy apoyó firmemente su pierna contra la mía no dejándome posibilidad de correrla. “¡Está loca!”, pensé “Si el “coso” nos ve, esto es un desastre...” Miré de reojo y él dormitaba, después de una tarde de entrenamientos con su equipo de rugby. Disimuladamente la tomé de la mano, sentí la leve presión de la suya. Con la mirada fija en el escenario, nos dijimos tanto, pierna contra pierna, mano en la mano, mientras un saxo hacía de fondo a nuestra angustiosa felicidad reprimida. Reviví el momento cuando ella visitó por primera vez, con el resto de la barra, el refugio, y en bikini, vino directo hacia mí que ya estaba en el arroyo… Se prendieron las luces para un intermezzo. Me separé del grupo y me fui a fumar, solo, en un rincón. Algo me atravesaba la garganta. Cuando volvimos a la sala, Guilllermo (así se llamaba el “coso”) estaba despierto y Ferchy, erguida en su butaca, me ignoraba. Las bandas se superaban las unas a las otras y yo no veía la hora que llegara el Trío. Llegó el momento y una ovación lo recibió. Silvia entró con un vestido negro que realzaba su piel blanca y su belleza. Se sentó al piano y luego de una prolongada introducción para armar el clima comenzó a cantar con su voz de diosa negra que contrastaba con su piel de nieve. Después de cada tema aplaudíamos de pie. Ferchy fingía aplaudir y en medio de la confusión, al verme feliz, me dejó leer en sus labios “¡Qué estúpido!"
Al promediar la presentación, problemas técnicos de sonido, comenzaron a provocar acoples e interrupciones intermitentes que malograron el espectáculo. El público se impacientó y comenzó a silbar. Ferchy me miró entre burlona y triunfante y luego besó aparatosamente al “coso” que, a su vez, me miró socarrón. Vi salir a Silvia tremendamente ofuscada del escenario. La seguí, llamándola por los corredores hasta llegar a su camarín. Antes de entrar se detuvo.
-Esperame un segundo, por favor. ¿Sí?
Minutos después salió, cambiada y con la cara lavada. Quedaba un vago rastro de rimmel corrido.
-¡Estoy horrible!
-Te juro que no...
-Necesito caminar...pero en silencio... ¿no te molesta?
-Prometo no hablar -reí, haciendo una reverencia.
Caminamos hasta la rambla, vacía a esa hora. La brisa que llegaba del mar era leve y fresca. Había luna. Ella tomada de mi brazo y yo bendiciendo el cielo. Me dolía su desencanto, pasé mi mano por su cintura, estrechándola contra mí intentaba transmitirle seguridad y contención.
Llegados al puerto quiso que nos detuviéramos en una de las tabernas. Eligió una al azar, la Black Cat. Yo no estaba muy convencido, porque la conocía, la frecuentaba. Pero las otras eran peores. El ambiente de marinos borrachos, turistas sin esperanzas, coperas prostitutas y músicos rendidos no eran para ella. Pero accedí ante su insistencia. Quería verla feliz. No quiso una mesa, prefirió que fuéramos a la barra. Pidió una botella de vodka en un balde de hielo y dos copas. (Yo nunca había tomado vodka). La orquesta tenía un repertorio variado que ejecutaba bajo tenues luces de colores. Ella era una mujer llamativa, nada me puso incómodo y a ella tampoco. Me arrepentí de mis pre-conceptos. La orquesta comenzó con los lentos. Ella apuró su vaso de vodka con la pericia de un cosaco, me tomó de la mano y me arrastró hasta la pista de baile. Me cruzó los brazos alrededor del cuello y apoyó su cabeza en la mía. La abracé por la cintura y la atraje hacia mí. Sentí sus senos contra mi pecho. Cerré los ojos convenciéndome de que todo esto era cierto, besé sus cabellos perfumados, una, dos veces. La escuché sollozar y me interrumpí. Nos mecimos suavemente al compás de la música y la escuché decir “Nunca, nunca me humillaron así...con silbidos...” Se serenó y me pidió volver a la barra. Tomamos otra medida y la orquesta inició el tema maldito malogrado en el Teatro. Yo quería morirme. Corrió furibunda al escenario y pidió el micrófono. Comenzó a cantar con su voz de negra. Se hizo un silencio de tumba. Cantó con voz de terciopelo, profunda, cargada de dramatismo, un tiempo imprecisable entre aplausos y bises que pedía el público. Ella compartía cerveza con los músicos en el escenario entre tema y tema y yo me terminé la botella de vodka.
Kathy, que trabajaba allí, y a la que le debía mi debut sexual y otros encuentros, se me acercó sonriente. Chocó su vaso de té simil whisky con el mío, vacío.
- Por lo que veo no me vas a necesitar más – dijo aludiendo a Silvia que venía a nuestro encuentro.
- No digas eso...
- Haceme quedar bien. Creo haber sido una buena Maestra.
- Insuperable, Kathy. Magnífica.
Cuando Silvia llegó junto a nosotros, le guiñó un ojo, maliciosa, señalándome con la cabeza.
- ¡No te lo pierdas! - y desapareció entre las mesas.
No hicimos comentarios: ella estaba disfrutándose su momento de gloria después del disgusto y yo, con los vapores del aguardiente que me subían y bajaban por el esófago, tenía ganas de reír, de gritar y de caminar por las paredes.
Salimos, caminamos hasta su casa tomados de la cintura, sin hablar, cada uno envuelto en sus propios pensamientos, ganadores ambos, ¿ambos?; eso me preguntaba; nos habíamos rehabilitado, en mi caso ¿cómo?, de las respectivas mortificaciones en el teatro. Quizás, yo era un pobre ridículo, pero no me importaba nada, era más fuerte que yo. Eso me dije, con un nudo en la garganta.
Llegados a la puerta, al unísono dijimos “¡Gracias!”, aferrados por las manos, mirándonos a los ojos. Le besé una mano y después la otra.
-Lo aprendí en una película- bromeé para verla sonreír con sus ojos color musgo.
Sin soltarme, trémula, Silvia me pidió:
-Entrá y cerrá con llave.
Pedro Pablo Lilli.
Rosario, enero 2021
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| Puerta azul - Marta Puey. |



Pablo, tu relato pleno de detalles, registra los pensamientos y emociones juveniles . Me gusta la innovación de comenzar el cuento por el final y también el enlace logrado en la obra entre dos escritores fotógrafos. Gracias por confiar en Atrapados para su publicación y te deseo muchos éxitos. Bss
ResponderBorrarUna historia de Amor, dentro una novela de Amor!!!!!! me encanta querido Pablo!!!!! felicitaciones amigo!!!!! te queremos mucho y te deseamos éxitos!!!!!
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ResponderBorrarPedro Pablo Lilli desarrolla el relato sin rodeos. La adolescencia con sus sentimientos encontrados, el despertar sexual, las dualidades propias de esa etapa de la vida asociada personajes bien definidos que se mueven visualmente enriqueciendo un relato que va in crescendo para terminar con una puerta abierta por la que saldrá, quien fue invitado a entrar, convertido en otra persona.
“Atrapados por la imagen” sigue dando oportunidades a la creatividad e inclusión. Celebro y agradezco que esta captura haya sido el punto de partida de una historia plena de emociones.
Muy pero muy bueno... bien contado, con todos de humor y ese despertar de la adolescencia tan bien escrito.. Te felicito. Me encantó.
ResponderBorrarPedro Pablo Lili, tan lindo relato...como tus fotografías!!! quiero conocer los otrossss. patricia
ResponderBorrarEn el mes del amor, una historia que cautiva y enamora de principio a fin. Felicitaciones Pablo!!! Gracias por confiar en Atrapados, sumándote a este proyecto que sigue creciendo y enriquece nuestro espacio literario. Éxitos totales amigo!! Un gran abrazo.
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