ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Cuentos y Relatos Presenta
EMILIO BERTERO
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en:
“Uno de los amateurs”
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
“Uno de los amateurs”
EMILIO BERTERO
(no fue así tal cual,
pero…)
Santa Fe-Coronda, la
maratón de aguas abiertas. A la largada la habíamos visto desde la costanera de
Santa Fe, pero antes de que los nadadores se perdieran de vista, ya nos
habíamos subido a la chata, para agarrar la ruta de la costa y estar en Coronda
para la llegada.
No es una Santa
Fe-Coronda cualquiera. Esta vez corre el tano Damburrino y por eso el apuro. Con
tiempo de sobra estamos acomodados en el murallón de la llegada, nos comemos un
chori y clavamos la vista como a medio kilómetro, en la última curva del río,
por donde van a aparecer los nadadores que vengan punteando, los botecitos de
los acompañantes y la lancha de la radio.
El tiempo no ayuda.
Nubes bajas, llovizna y un vientazo que cruza el río y lo acuesta contra la orilla
derecha, la más jodida del último tirón. La última curva es una mancha sucia en
la neblina, por adelante de unos sauces llorones borroneados sobre la costa. Por
toda la margen derecha se zangolotea un tren de camalotes, y la izquierda es un
zigzag de greda comido por la correntada.
El cielo, cada vez más
oscuro, es como si se aplastara sobre el lomo del río. Unos puntos nerviosos
vuelan allá en el fondo, adivino que son biguás, caraos o bandurrias.
— ¡Entraron al vado! —grita uno que tiene una transistores.
El vado. Si llegó bien
pisado, es ahí donde Damburrino puede sacar ventaja, él conoce el vado como
nadie. Capaz no llegó bien pisado, el río está muy marrón, el viento del oeste
se la tiene que haber hecho brava. Aunque a los otros también. Pero los otros
son profesionales y el tano es uno de los amateurs.
Ahora somos muchos los
que estamos en el murallón mirando para la última curva. El río vacío se mueve
como loco, como si lo pusiera nervioso tanto nervio de la gente. Encima, se
pone a llover más fuerte.
Veo, creo, que alguien
aparece en la curva.
—Es uno de los amateurs —dice el de la transistores.
—¿Dijeron quién?
—No saben, viene sin bote de apoyo.
¡Damburrino!, pego el
alarido y, por más lejos que esté, le veo la gorrita azul y blanca. Los que
vinieron conmigo también empiezan a gritar, la gorrita del tano es la que
agarró primero la última curva y gritamos a más no poder. Damburrino termina de
pegar la vuelta y el agua a su alrededor es un revoltijo, debe venir braceando
de puta madre, está entero, ¡vamos Tano carajo!
Ahora la curva escupe
al resto del pelotón de punta, apretados, por la orilla de la izquierda. Damburrino
va como chijete, primero y solo pero por la derecha, aislado, de la lancha de
la radio por el medio del río y de los demás nadando por la otra margen entre
sus botes de apoyo.
No me gusta, si desde
acá se ve el remanso en contra que hay a la derecha, ¿qué hacés tano?,
¡cruzate!
Ya sabía que esto iba
a pasar. Va perdiendo la ventaja, todavía faltan como trescientos,
cuatrocientos metros, y lo veo nadar cada vez más despacio. Se mete nomás en el
remanso, a los otros los tiene casi a la par y se lo ve frenado, como si
hubiera dejado de bracear y patalear.
Mientras quiere salir
del remanso, lo pasan todos. Es de no creer.
Faltan unos doscientos
y de los demás, cuatro se adelantan al resto. Pegaditos. La gente grita por Iglesias,
el argentino. Nosotros ya estamos callados. Damburrino salió pero apenas
avanza. ¿Qué le pasó?, ¿cómo le pudo errar así? La tenía, iba a hacer historia,
un amateur ganador de la Santa Fe-Coronda. La tenía.
Menos de cien metros.
El egipcio, ese al que le dicen el cocodrilo del Nilo, y el argentino, se
despegan de Travaglio, el italiano que viene tercero, y del holandés, el pez
volador, que quedó cuarto. Por lo menos así es como lo cuenta el de la radio a transistores.
Y atrás, ya sin chance, van como veinte. Y más atrás, entregado, Damburrino.
La gente nos empuja,
nos aprieta contra el murallón. Nos dan ganas de irnos pero salirnos de ahí es
más difícil que quedarnos. Ahora se ven bien a los dos de la punta. Era cierto
nomás que el egipcio tenía un traje de neopreno. Turco manda parte. Va a la par
con Iglesias, el ganador no sale de ellos dos, el holandés y el italiano ya se
ve que corren por el tercer puesto. La gente es una sola locura.
Miro para la última
curva, de la que todavía siguen saliendo algunas cabecitas, seguro la de los
otros amateurs, esos no van a llegar más. Y miro para donde va la gorrita azul
y blanca del tano, emperrada por la derecha, Damburrino ya ni bracea, lo lleva
la corriente nomás, lo que le quedaba se lo gastó para salir del remanso.
Y me pudren los que
gritan como pelotudos y me sacuden, diez últimos metros, Iglesias y el
cocodrilo van tan juntos que todavía no se sabe quién va a ganar. Con todo el
mundo saltando, el murallón tiembla como si fuera a caerse. Parece que Iglesias
lo quiebra, los brazos más largos van a hacerlo ganar, pero el egipcio lo
emparda a fuerza de un pataleo que no sé de dónde saca la fuerza, de nuevo uno
al lado del otro, hasta sincronizados en las brazadas.
Y al final, los dos
tocan iguales el murallón con la mano izquierda: es el primer empate de la
Santa Fe-Coronda.
Al ratito, el pez
volador y Travaglio. Y con más de cinco minutos, un porteño y un rosarino.
Justo dos culo rotos tenían que figurar y Damburrino perdido entre el requecho.
Después, las mellizas de Bélgica, hasta dos minas le ganan al tano.
Se larga a llover como
el carajo, unos gotones así de grandes, el río parece como si lo estuvieran cagando
a tiros. La gente se raja del murallón, a los nadadores que siguen llegando no
los juna nadie. Un manchón plateado de mojarras, se hacen un picnic cerca del
borde donde estaba el carrito de los choripanes. Lejos y bajo techo, los
aplausos, las coronas de laureles, las medallas y las fotos. Nosotros,
empapados, nos quedamos en la escalera del murallón.
La gorrita azul y
blanca no termina nunca de llegar. Pero llega, a la antigua, qué traje de
neopreno, toda la piel un azul cuarteado enchastrado de grasa.
—Pibes, van a pescarse una gripe —nos dice.
— ¿Se murió alguien? —pregunta.
—Me acalambré, ¿está bien? —explica, medio caliente.
— ¿Te volvés con nosotros en la chata? —le ofrezco.
—Dale —acepta, y me devuelve las antiparras Plaf que le presté.
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Ilustración: Imagen libre de la Web
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Corrección literaria: Isa Santoro
Maquetación y Edición: Laura Jakulis

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Emilio!, piel de gallina!, qué angustia ché, esperando al tano, hasta pensé que había muerto!.
ResponderBorrarAtrapante cuento!!!
Gracias 🫂
El final está cantado pero esperé un milagro hasta la a última frase. Emilio, siempre ansiosa por leerte, podría comentar como escribís los paisajes, cómo creas el clima o como trasmitir la desepcion del amigo. Pero lo que destacó, lo que me encanta como tus cuentos me toman de la mano y me llevan hasta el final sin titubeos. Felicitaciones
ResponderBorrarSoy el segundo anónimo
ResponderBorrarFelicitaciones Emilio, muy lindo cuento narrado con la adrenalina característica de esas maravillosas competencias en nuestro hermoso Río Paraná!
ResponderBorrarEmilio, qué cuento maravilloso, tan conmovedor. Con tu descripción logra meternos en la carrera, en la tensión de la espera. Se siente la euforia de los amigos luego de esa espera silenciosa, cuando alcanzan a ver la gorrita azul y blanca del tano; y el final tiene una humanidad que conmueve y deja una sensación de ilusión frustrada pero digna.
ResponderBorrar¡Felicitaciones, amigo!