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jueves, 26 de marzo de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "EL vuelo azul de Anita" - de la escritora: Raquel Kreichman - Rosario - Argentina -

 

ATRAPADOS POR LA IMAGEN


Cuentos y Relatos Presenta a... 



RAQUEL KREICHMAN 



"Artista de Atrapados por la Imagen"


en...


"El  vuelo azul de Anita"

Una historia de tantas...

Raquel escribe este cuento en la década de los años 80, influenciada por el realismo mágico.


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen


RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

REGISTRO DE PROPIEDAD INTELECTUAL

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"La editorial de Atrapados por la Imagen, es un espacio accesible para todos, 
fomentando la participación y el intercambio creativo"




"El  vuelo azul de Anita"

 

Raquel Kreichman


     La noche ya estaba por asaltar el atardecer en el campo cuando, los Moreira, con movimientos rápidos y cortos terminaron de preparar su atadito de pilchas para partir. Las miradas inhóspitas que entre ellos intercambiaban las interpretaban cada uno perfectamente. Las sombras de sus contornos se reflejaban estoicos sobre el vidrio de la ventana que estaba al lado de la  puerta de entrada al rancho, que hasta allí los había habitado. 

Con un hijo en cada mano los dos partieron. El campo se extendía sobre ellos y los invadía por última vez. Afuera, quién sabe lo que el viento les susurraba con total libertad pero sus cuerpos de pieles curtidas y rugosas percibían su adiós definitivo. Los juncos del estanque mecían el cantar de los sapos y los grillos. Los pastos exhalaban su penetrante olor exhumados por los últimos rayos del sol. Por un instante, los niños se desprendieron de las manos de sus padres para juntar misteriosos tesoros en sus bolsillos raídos y volvieron a tomarlas. Llegaron, al fin, hasta el terraplén del ferrocarril. La luna asomó clara y los perros le ladraron jubilosos. El paso cansino del tren del norte se escuchaba a lo lejos.

       -  Rosa, rápido – Dijo el hombre

      - Sí, Ramón.

Subieron al tren. Cautelosos, se acomodaron. Antes que un profundo sueño los venciera, miraron admirados cómo, desde la noche, el universo viajaba con ellos.

El dolor agudo provocado por una sacudida en el costado despertó a Ramón con violencia.

 

     - Los pasajes, señor. Deme los pasajes – le dijo el uniformado a poco antes de llegar a la ciudad de destino.

Ramón no los pudo encontrar. Rosa miró con miedo el uniforme gris. Los niños miraron con miedo los ojos de miedo de sus padres. El miedo milenario retornó grabado y guardado desde siempre. Los ojos atemorizados de los niños tuvieron que despedirse de sus padres casi con una sola mirada. Al bajar, la pareja fue llevada detenida y   los niños quedaron con una mujer también uniformada.

 

Juancito no se apartaba del lado de su hermana. Su mano regordeta parecía anexada a la pollerita roja de Anita. Caminaron bastante hasta que la mano de la uniformada apretó el timbre. El sonido estridente sorprendió a los pequeños. Una voz aguda los hizo pasar y la de uniforme se marchó. Ellos siguieron con la mirada a la voz aguda que los conducía, y a su alrededor iban descubriendo  altas paredes, techos descascarados, amplias salas semidesnudas y una escalera casi al infinito. El asombro les borró el miedo por un momento. Otra voz les salió al encuentro y debieron seguirla. Era más dulce y los condujo milagrosamente hasta un caliente plato de sopa con pan que engulleron en un santiamén. Sosegada la profunda languidez pudieron reconocer los tonos cálidos de aquella voz milagrosa y sus ojos divisaron un rostro blanco que asomaba por sobre un delantal blanco. Escucharon con atención lo que les dijo con tibieza:

 

     -  Hasta que se aclare la situación de sus padres estarán con nosotros. No será por mucho tiempo. Unos días nomás. Aquí en la Casa Cuna hay muchos chicos. Todos tienen quien los cuide y yo soy la maestra.

 

Ahora sí, los hermanitos vieron más tranquilos el rostro hermoso de la maestra que los miraba con unos ojos casi violetas como las flores del jacarandá.

 

Conocieron sus camitas, el parque que rodeaba los alrededores de la casona y desde el cerco vieron las casas con jardines que daban a calles asfaltadas, los chicos que corrían carreras con sus triciclos, hablaban a los gritos, reían y resplandecían en sus ropitas limpias y nuevas.

 

      - ¡Qué lindo parque, Juancito! Pronto van a venir por nosotros. De seguro no tardarán. De seguro. Eso dijo la maestra. ¡A quién sino le va a contar papá los cuentos de aparecidos y de la luz mala! ¡Quien sino su hijita le va a cebar el mate amargo como le gusta…! Dijo Anita esperanzada.

 

 Pasado el primer día interminable, los llevaron a dormir. Juancito no pudo con la noche y su llanto convulsivo la amaneció de golpe a su hermana.

 

       - Juancito, Juancito… Pará, pará … ¿Qué te pasa? ¿Tenís miedo? Aquí en la ciudad no hay aparecidos. Pará, pará… Señorita… Señorita…-  Gritó temblando.

 

A la mañana siguiente  Anita fue llevada a una pequeña salita. Iba a inaugurar el primer instigador interrogatorio de su vida. La buena disposición de la psicopedagoga no atenuaría el estado angustioso que provocaban sus preguntas. La catarsis, no obstante, sería de todos modos un medio para soltar a rienda suelta su corazón.

 

       - Me llamo Anita Moreira y mi hermanito Juan. Tengo siete años y mi hermanito tres. Vivíamos en un ranchito lindo. Nos quedábamos solitos hasta que nuestros padres volvían de trabajar en la cosecha. Yo preparaba el mate cocido y horneaba el pan que dejaba mamá. En verano  jugábamos bajo la sombra del paraíso y en una hamaca que de allí colgaba. A la tardecita cazábamos mariposas y luciérnagas y cuando me cansaba tomaba una muñeca que me había regalado una señora, la arropaba y le cantaba las canciones que aprendí cuando mi mamá  me las cantaba a mí Antes de dormir, papá nos contaba cuentos de zorros y lobizones, de aparecidos y de su abuelo que, sigún decía, era de la  raza de gauchos más valientes que pisaron la tierra. ¿Por qué salimos? No sé. Llegó esa tarde y dijo: “- Vamoslo Rosa pa la ciudá, el patrón dice que se  jundió el trabajo. Vamoslo”  Eso jue todo. Subimos al tren y de allí a ellos se los llevaron no  sé adónde y a nosotros nos trajeron aquí. Pero… van a venir prontito, ¿no? Van a venir pronto? ¿Cuándo, cuándo van a venir…? – Dijo exhausta
 

Cuando llegó el día sábado llegó Anita notó un alboroto distinto en la casona y es que ese día se preparaba el pequeño gran recibimiento de las visitas que tendrían algunos niños.

 La maestra, con cariño, vistió a los hermanitos. Anita sintió mucha vergüenza cuando tuvo que decirle que Juancito volvió, no se explicaba por qué, a hacerse pis encima. Pero, como hacía mucho tiempo se encontraba por demás excitada, nunca había estado en una fiesta como esa y la novedad crecía en expectativas. Juancito, en cambio, se retraía cada vez más.

 

Bajo los árboles del patio improvisaron un descanso, algunas mesas y sillas dispuestas en hileras enfrentadas a un pequeño retablillo. Los ojos de Anita volaban como una cometa de sitio en sitio, de cara en cara. De pronto, descubre  la existencia de un mundo gigantesco, múltiple, profundamente desconocido, anónimo. Sin darse cuenta, de pronto,  una canción esencial se elevó con fuerza  desde su pecho y salió potente desde su pequeña boca, no pudo refrenarla. Un  deseoso impulso se le impuso para  cantarla. 

Desconocía su significado, tampoco sabía que   provenía  de sus raíces ancestrales y la había mamado en los pechos maternos. Mágicamente su cantar trepó los árboles, cruzó techos y las calles de todo el barrio, la escucharon los pájaros que por allí volaban y sorprendió a  las nubes que se entretenían tejiendo diversas formas conforme al viento se le antojara. En fin, la telúrica canción atrapó la atención de todos y cada uno de los presentes.

 

Parecía imposible que, del frágil cuerpecito de esa niña, emergieran, elegíacos, los tonos más sensibles y potentes.  

 

En un santiamén la maestra la subió al retablo y al momento fue el primer y mejor número no programado de la fiesta.  Muchas veces más aquel albergue fue conmovido en sus cimientos por la voz inocente que esperaba confiada el regreso de sus padres.

 

Sin embargo, ni la maestra, ni la asistente social, pudieron contra el polvo amarillo de las disposiciones, reglamentos y juzgados. Los padres, demorados primero y desocupados después, no podían, ni sabían exigir el reclamo vital.

 

La voz de Anita se apagaba a veces, otras resurgía. Por último entibió la mano regordeta pero definitivamente fría de Juancito.

   

     Mucho tiempo Anita se sostuvo entre los ojos celestes de la maestra y su corazón que cobijaba tanto cuento y canciones misteriosas. Otras se hundía amordazada entre las escalinatas infinitas y amuralladas.

 

Pasado el tiempo  y “fue ubicada” para trabajar. Desde ese momento, la búsqueda de sus padres se convirtió en una intención tan obsesiva como inútil. El trabajo lo cristalizaba en canto. Se daba cuenta que cada vez tenía más y más canciones en su interior y no las podía parar, no las podía parar. La canción la llevaría al mismo tiempo al camino del reencuentro y del futuro. Casi sin darse cuenta y naturalmente su voz ancestral y renovada pobló los estadios populares. Y cantó, cantó … multitud de corazones volaron esperanzados para siempre con su canto.

    

Un día, en que el sol sin obstáculos en su camino iluminaba los campos anegados por las inundaciones en el norte santafesino, Anita bajó del tren luego de haber entregado su pasaje. El pelo renegrido y la mirada morena recorrieron el reencuentro. Caminó. El patio del rancho ya estaba con agua. Como ya sabía, nada y todo podía encontrar allí. No estaba ni la hamaca, ni el gato, ni… Pero, sin embargo, el lugar lo contenía todo, no faltaba ninguna de todas las cosas que faltaban

. Conversó con las gentes del lugar. Les contó que allí había nacido. Eso fue suficiente para la amistad. El sancochado con que la convidaron le devolvió todos los gustos y sabores. Antes de marcharse les cantó aquella primera canción del retablillo. Y entonces, le pidieron otra y otra, como siempre. Luego, la acompañaron hasta el camino. Antes de irse le recordó a un abuelo que la miraba  dulcemente:

 

        - Abuelo, no deje de contar a los chicos los cuentos de zorros y aparecidos. Grábeselos a fuego, cánteles todas las canciones de este cielo y esta tierra y así se conservarán eternamente. Ningún hombre lo podrá borrar. Y eso es mucho decir, siendo bicho tan dañino.

 

       -  ¡Qué Dios la conserve y bendiga m hija y le dé buena cría. – Le contestó el viejo.

 

Las manos arrugadas del abuelo abrazaron el alma de Anita y entonces, como si nada, Anita alzó vuelo, sus pies se elevaron del suelo y voló, voló como un pájaro, cada vez más alto, hasta perderse en el cielo azul. Todos y, sobre todo el abuelo y los niños,  sabían que así debió suceder y la saludaron con alegría y con las manos en alto hasta que la dejaron de ver porque Anita, como un ángel, se fundió con el infinito.

 

      - ¿Quién sabe? Quizás el Tata o Mandinga, un día, la haigan leyenda … murmuró el abuelo.

 

Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 

©RAQUEL KREICHMAN

Rosario - Argentina

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Diseño y Edición: Laura Jakulis

Correctora Literaria: Isabel Santoro

Ilustración: Libre de la Web


Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


Afectuosamente...


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Directora: Laura Jakulis


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2 comentarios:

  1. Termino de leer con un nudo en la garganta, una emoción muy grande, pero a la vez cierto albozoro viendo volar a Anita, el vuelo de Anita, y todas las imágenes del relato se ven con precisión, la escritora las describe de tal modo que cada frase es como un tiro en la página, y atrás de esas visiones, es inevitable que las sensaciones lleguen, calen, conmociones...

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  2. Anita transmuta el dolor en música.
    Anita vuelve a sus raíces y les canta.
    Anita transformadora, sí, Anita una mujercita que era música.
    ¡Hermoso cuento Raquel!!!

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