Atrapados por la Imagen
Presenta...
"haCHaZo"
de:
SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO
"Artista de Atrapados por la Imagen"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Un hachazo me partía en dos. No sé
de dónde vino. Fue cerca de los 17 o 18 años. Ahí lo recibí casi sin darme
cuenta. En realidad nunca vi el hachazo. Sentí un dolor. Un dolor ardiente como
un volcán. Un dolor profundo hasta la más recóndita de mis entrañas. Un dolor
que me tenía revolcándome por las mañanas, por las tardes, por las noches. No
solo era el dolor. Era lo insoportablemente incómodo. Me partía al medio y por
ejemplo mi cara quedaba divida, un ojo por un lado, un ojo por el otro, tenía
que hacer extrañas maniobras oculares para poder mirar. Lo mismo para comer.
Tenía la boca partida al medio y el esófago abierto. No podía meterme de una la
comida en el esófago así que tenía que masticar haciendo malabares para poder
después tragar. Hacer saltar la comida de una hilera de dientes a la otra, lo
mismo de una mitad de lengua a la otra para al menos saborear un poco. A veces
el hachazo cerraba un poco es verdad. Cuando estaba con alguna chica. Cuando
estaba con algún amigo. Mi madre me decía que tenía que ir al psicólogo pero
qué mierda puede hacer un psicólogo con un hachazo. Decirle que siempre había
odiado a mi padre no solucionaría nada. Cuando el hachazo cerraba y besaba a
una chica sentía algo de placidez, como una marea de alivio que se echa sobre
una playa llena de vidrio al rojo vivo. Pero a pesar del agua de mar, fresca,
un beso de mujer, pleno, muscular, húmedo, el rojo vivo estaba por debajo
esperándome.
Leí en alguna revista de esas que
salen en el diario los domingos que los hachazos esos se alivian con ejercicio
físico. Así que salí a correr. Dios mío. Hice unas cincuenta cuadras corriendo
y esa mierda seguía ahí, viva y candente como ella misma. Me tiraba a la cama y
me retorcía de dolor. Me encerraba en mi pieza y me cortaba los brazos con la
hoja filosa de un sacapuntas para aliviarme pero no había manera. Un hachazo.
Imaginan un hachazo. No conocer el origen. Sentirlo. Que te siga a la panadería
a la mañana, al parque a la tarde, al boliche a la noche, a los museos, a los
billares, a las galerías donde venden aviones de plástico para armar, al cine.
Sentarse junto a la estatua del Negro Olmedo y sentir el hachazo. La palabra lo
dice todo con esa CH tan brutal y esa Z cínica.
Me sentía culpable. Algo debía haber
hecho. No creía que fuese un castigo de Dios. No creía en Dios. Más bien lo
creía un castigo de la vida. Algún gen perdido en mi organismo. Había tenido
una infancia feliz, salvo soportar unos años la depresión de mi madre y un
padre ausente. Empecé a fumar. Tal vez el tabaco, esa cierta estética del
cigarrillo aliviaran el hachazo, pero no. No había forma. Imposible. Comencé a
escuchar a Kurt Cobain, a leer a Hemingway. Algo aliviaba. Un momento de
calma.
El hachazo había aparecido en mi
vida de un día para el otro como una condena. Pensé en mudarme, pero escuché en
una canción de Fito Paez algo así como que puedes cambiar de lugar pero lo que
sos lo llevarás siempre encima. Lo intenté. Viajé a la Quebrada de Humahuaca.
Lugar hermoso si los hay. Algo alivió los primeros días pero después volvió con
una fuerza abrumadora. Me dolía como si un meteorito en llamas hubiera
impactado en el centro de mi cuerpo. Esto siguió así hasta que una noche fui a
un bar con karaoke. Canté una canción que se llamaba Freak, algo punk, y había
en el lugar unos pibes que querían armar una banda de rock y no tenían
cantante. Se emocionaron. Cuando bajé del escenario me invitaron a cantar para
ellos. Y ese look que tenés partido al medio es alucinante, dijeron. Así fue
que me largué, de a poco empezamos a sonar en diferentes bares y clubes de la
ciudad. Inventé una canción: EL HACHAZO ESTÁ AQUÍ. Y fue todo un hit. La gente
cantaba ¡El hachazo está aquí! Nananana ¡El hachazo está aquí! Y así fue,
mientras cantaba esos ritmos pesados y electrizantes aliviaba o se mezclaba con
toda la euforia y la adrenalina, sí, aliviaba con el furor, la ferocidad, pero
yo sabía en el fondo que, una vez terminado el show, una vez que las luces
se apagaran y los parlantes dejaran de rugir, y la gente de saltar, y las latas
de cerveza sean lo único que quedara en el suelo, yo sabía, tanto sabía, como
decía la canción, que EL HACHAZO ESTÁ AQUÍ.
Todos los derechos de autor y propiedad intelectual, pertenecen a:
©Sebastián Ocampo
Rosario - Argentina
Ilustración: Imagen libre de la Web
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Diseño y Edición: Laura Jakulis
Correctora Literaria: Isabel Santoro

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.






Já...qué notable la idea, qué notable la forma de plasmarla, el trágico no desaparece nunca, pese al creciente absurdo de las dificultades que acarrea estar hachado, los cada vez más ridiculos esfuerzos por cerrarlo (mas la ternura de que un beso de mujer sea lo único medianamente exitoso), "Y ese look que tenés partido al medio es alucinante", qué pico de genialidad, bien ahí Sebastian, toda una comedia dramática en unos pocos renglones
ResponderBorrarUn día algo se derrumba...y la pucha!, qué decir.?..Sebastián Ocampo lo dice como nadie.
ResponderBorrarConmovedor!!!