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jueves, 9 de abril de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN PRESENTA : "haCHaZo" - Del escritor: Sebastián Rogelio Ocampo - Rosario - Argentina.

 

Atrapados por la Imagen






Presenta...


"haCHaZo"

de:


SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO 


"Artista de Atrapados por la Imagen" 


 Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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"La editorial de Atrapados por la Imagen, es un espacio accesible para todos, fomentando la participación y el intercambio creativo".

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<< Cuento inédito para Atrapados por la Imagen >>

"haCHaZo"

SEBASTIÁN ROGELIO OCAMPO

                                     

            Un hachazo me partía en dos. No sé de dónde vino. Fue cerca de los 17 o 18 años. Ahí lo recibí casi sin darme cuenta. En realidad nunca vi el hachazo. Sentí un dolor. Un dolor ardiente como un volcán. Un dolor profundo hasta la más recóndita de mis entrañas. Un dolor que me tenía revolcándome por las mañanas, por las tardes, por las noches. No solo era el dolor. Era lo insoportablemente incómodo. Me partía al medio y por ejemplo mi cara quedaba divida, un ojo por un lado, un ojo por el otro, tenía que hacer extrañas maniobras oculares para poder mirar. Lo mismo para comer. Tenía la boca partida al medio y el esófago abierto. No podía meterme de una la comida en el esófago así que tenía que masticar haciendo malabares para poder después tragar. Hacer saltar la comida de una hilera de dientes a la otra, lo mismo de una mitad de lengua a la otra para al menos saborear un poco. A veces el hachazo cerraba un poco es verdad. Cuando estaba con alguna chica. Cuando estaba con algún amigo. Mi madre me decía que tenía que ir al psicólogo pero qué mierda puede hacer un psicólogo con un hachazo. Decirle que siempre había odiado a mi padre no solucionaría nada. Cuando el hachazo cerraba y besaba a una chica sentía algo de placidez, como una marea de alivio que se echa sobre una playa llena de vidrio al rojo vivo. Pero a pesar del agua de mar, fresca, un beso de mujer, pleno, muscular, húmedo, el rojo vivo estaba por debajo esperándome.

            Leí en alguna revista de esas que salen en el diario los domingos que los hachazos esos se alivian con ejercicio físico. Así que salí a correr. Dios mío. Hice unas cincuenta cuadras corriendo y esa mierda seguía ahí, viva y candente como ella misma. Me tiraba a la cama y me retorcía de dolor. Me encerraba en mi pieza y me cortaba los brazos con la hoja filosa de un sacapuntas para aliviarme pero no había manera. Un hachazo. Imaginan un hachazo. No conocer el origen. Sentirlo. Que te siga a la panadería a la mañana, al parque a la tarde, al boliche a la noche, a los museos, a los billares, a las galerías donde venden aviones de plástico para armar, al cine. Sentarse junto a la estatua del Negro Olmedo y sentir el hachazo. La palabra lo dice todo con esa CH tan brutal y esa Z cínica.

            Me sentía culpable. Algo debía haber hecho. No creía que fuese un castigo de Dios. No creía en Dios. Más bien lo creía un castigo de la vida. Algún gen perdido en mi organismo. Había tenido una infancia feliz, salvo soportar unos años la depresión de mi madre y un padre ausente. Empecé a fumar. Tal vez el tabaco, esa cierta estética del cigarrillo aliviaran el hachazo, pero no. No había forma. Imposible. Comencé a escuchar a Kurt Cobain, a leer a Hemingway. Algo aliviaba. Un momento de calma. 

            El hachazo había aparecido en mi vida de un día para el otro como una condena. Pensé en mudarme, pero escuché en una canción de Fito Paez algo así como que puedes cambiar de lugar pero lo que sos lo llevarás siempre encima. Lo intenté. Viajé a la Quebrada de Humahuaca. Lugar hermoso si los hay. Algo alivió los primeros días pero después volvió con una fuerza abrumadora. Me dolía como si un meteorito en llamas hubiera impactado en el centro de mi cuerpo. Esto siguió así hasta que una noche fui a un bar con karaoke. Canté una canción que se llamaba Freak, algo punk, y había en el lugar unos pibes que querían armar una banda de rock y no tenían cantante. Se emocionaron. Cuando bajé del escenario me invitaron a cantar para ellos. Y ese look que tenés partido al medio es alucinante, dijeron. Así fue que me largué, de a poco empezamos a sonar en diferentes bares y clubes de la ciudad. Inventé una canción: EL HACHAZO ESTÁ AQUÍ. Y fue todo un hit. La gente cantaba ¡El hachazo está aquí! Nananana ¡El hachazo está aquí! Y así fue, mientras cantaba esos ritmos pesados y electrizantes aliviaba o se mezclaba con toda la euforia y la adrenalina, sí, aliviaba con el furor, la ferocidad, pero yo sabía en el fondo que, una vez terminado el show, una vez que las luces se apagaran y los parlantes dejaran de rugir, y la gente de saltar, y las latas de cerveza sean lo único que quedara en el suelo, yo sabía, tanto sabía, como decía la canción, que EL HACHAZO ESTÁ AQUÍ.  

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Todos los derechos de autor y propiedad intelectual, pertenecen a: 

©Sebastián Ocampo

Rosario - Argentina

Ilustración: Imagen libre de la Web

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Diseño y Edición: Laura Jakulis

Correctora Literaria: Isabel Santoro



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Afectuosamente...


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2 comentarios:

  1. Já...qué notable la idea, qué notable la forma de plasmarla, el trágico no desaparece nunca, pese al creciente absurdo de las dificultades que acarrea estar hachado, los cada vez más ridiculos esfuerzos por cerrarlo (mas la ternura de que un beso de mujer sea lo único medianamente exitoso), "Y ese look que tenés partido al medio es alucinante", qué pico de genialidad, bien ahí Sebastian, toda una comedia dramática en unos pocos renglones

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  2. Un día algo se derrumba...y la pucha!, qué decir.?..Sebastián Ocampo lo dice como nadie.
    Conmovedor!!!

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