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domingo, 30 de julio de 2023

DOMINGOS DE NOVELA PRESENTA: "Cardo Ruso" - CAPÍTULO III - Marta Puey -

 

Editorial ATRAPADOS POR LA IMAGEN Presenta: 

DISEÑO DE TAPA - LAURA JAKULIS
Fotografía de Tapa: Ana Maria Zorzi



CARDO RUSO


CAPÍTULO 

III





Reinaldo

Es pasada medianoche. Voy camino a la estancia después de haber cenado con los Carranza. La oferta de Estanislao es mi oportunidad, me la merezco y no la voy a dejar pasar. Vamos a ver qué dice el viejo cuando me vea intendente del pueblo y sepa que hubo alguien que me tuvo confianza. Se fue a Buenos Aires con mamá, los dos avergonzados porque me casaba con una mujer embarazada; me querían ver abogado y casado con alguien de nuestro rango. No les di el gusto en nada y volví al campo. El manejo de la estancia, el viejo se lo asignó al capataz. Tuve que ganarme solo el espacio y la autoridad con los peones. Cuando me cedió la administración fue porque su salud no daba más. Llegó la hora de demostrar quién soy, pero antes tengo que sacar a Victoria de la casa y buscar la forma para que Carmen se quede conmigo. Debo tener una familia, este desafío me obliga… Somos los Arregui, es mi hija, debe quedarse a vivir conmigo.



Dejo la camioneta en el galpón; veo algunas luces de la casa encendidas. Ella está en la cocina como siempre, esperando; le ordeno que prepare el baño y voy a mi dormitorio. Ya se aproxima por el pasillo; se desliza como una sospecha, no se la escucha, se la presiente. Abre la ducha, oigo el ruido del agua caer. Ahora entra al cuarto, estoy en el sillón y no necesito decírselo; tira de cada una de las botas, me libera de la opresión, también me saca las medias y sigue con el resto de la ropa. Con qué suavidad lo hace… Desnudo, entro al baño cubierto de vapor, me paro debajo de la ducha. La siento detrás de mí:

-Fuerte -digo en voz baja.

Ella, velada por el vapor comienza a frotar mi espalda.

-Más fuerte.

Con destreza me complace, sabe hacerlo.

-Te dije que más fuerte -le grito.

Lo hace, me clava las uñas, me lastima. Apoyado en la pared con la cabeza mirando el piso, veo como el agua arrastra la espuma del jabón mezclada con hilos de sangre.

-¡Más!

Y doblo la espalda tomándome de los grifos. La intensidad del placer supera al dolor, (no sé cuál es cuál). Salgo de la ducha chorreando agua, me tiro en la cama. Me sigue, es un vendaval, apenas aúlla con salvajismo primitivo; enredados en formas como sólo ella sabe hacerlo obtiene de mí lo que los dos necesitamos. Agitados y enmarañados entre las sábanas mojadas con rastros de sangre, nos desprendemos. Ella a mi lado, con la trenza destejida gira la cabeza hacia mí, no deja de mirarme. Hay una mueca de placer en su boca.

-Ahora andate -murmuro.

Sale silenciosa como vino. Tardo en dormirme, los truenos y relámpagos preceden al aguacero del amanecer.

Son las siete de la mañana. Entro al comedor. Al sentarme a la mesa, entra ella con la bandeja, sirve el desayuno y se retira.



DISEÑO DE TAPA - LAURA JAKULIS


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EDITORIAL -  ATRAPADOS POR LA IMAGEN - 

Segunda edición 2023

Clasificación Comercial Nacional: LITERATURA / LITERATURA ARGENTINA / NARRATIVA / NARRATIVA CONTEMPORÁNEA ARGENTINA

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

REGISTRO EDITORIAL

ATRAPADOS POR LA IMAGEN


Administración:


Tesi Salado

Isa Santoro

 Luisiana Ayriwa

Laura Jakulis



Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

domingo, 23 de julio de 2023

DOMINGOS DE NOVELA PRESENTA: "Cardo Ruso" - CAPÍTULO II - Marta Puey -

  

Editorial ATRAPADOS POR LA IMAGEN Presenta: 


DISEÑO DE TAPA - LAURA JAKULIS
Fotografía: Ana Maria Zorzi





CARDO RUSO


CAPÍTULO 

II





Horacio

En la sala de espera ya no queda nadie; terminé con las consultas del día. Falta un rato para la hora de la cena y voy a leer este trabajo de investigación, afín a sintomatologías que se están repitiendo en algunos pacientes del hospital. Alguien abre la puerta de calle; ahora, dos golpes en la de mi consultorio.

-Pase.

Es Reinaldo el que entra.

-¿Qué andás haciendo? A esta hora te hacía en el campo -pregunto sorprendido.

Parado frente a mí contesta:

-¿Qué no ando haciendo, dirás?

Dejo de lado el informe que tengo en mis manos, lo veo desencajado.

-Hablá claro, no entiendo.

-A Victoria la tengo que sacar de mi casa; es una situación que debo terminar de una vez, no puede estar un minuto más allí. -Fue una descarga, ahora con las manos en los bolsillos, recostado en la pared mira el suelo.

-Sentate, ¿qué apuro tenés?

Le cuesta hablar, le doy tiempo y pienso: Victoria es imprevisible; ella fue el pretexto que tuvo Reinaldo para dejar los estudios y volver a Médanos. Si la soportó unos años en la estancia y después en la casa del pueblo fue para cubrir apariencias. Ahora, lo que rebalsa el vaso es la aventura de ella con ese forastero, va a ser la excusa de Reinaldo para sacarla del medio. Lo que no me cierra, y sí me preocupa, es el destino de Carmencita, ella está en medio de todo esto. Abro el paquete de cigarrillos y le ofrezco uno, acepta, saco otro para mí, lo enciendo, le alcanzo el encendedor. Sigue parado sin hablar, lo invito nuevamente a sentarse señalándole la silla que está frente a mi escritorio.

-¿Por qué pensás en sacarla? Quizás se quiera ir sola.

Se sienta, succiona el cigarrillo con avidez y contesta:

-¿Sola?, ¡no!, con Carmen dirás, y qué sería de la vida de mi hija si se la lleva.

-No te apures si querés hacer bien las cosas, tranquilízate.

Consume el cigarrillo sin hablar, mira la hora, se levanta.

-¿Adónde vas?

-Me voy al campo, sólo vine a descargar la bronca…

-Ya lo veo, serenate, quédate a cenar, para los viejos será un placer.

Acepta con un gesto. Nos levantamos, cierro por dentro la puerta del consultorio, apago las luces, salimos juntos por la parte de atrás, cruzamos el jardín y entramos a la casa. Las ventanas del comedor abiertas dejan entrar el aire fresco de la noche. Cuando nos ve entrar, papá mira a Reinaldo y exclama:

-Bienvenido, has llegado a tiempo para compartir la mesa.

Durante la cena, mi padre, como de costumbre, asume el rol protagónico. Esta vez el tema tiene que ver con rememorar la historia de Esteban Arregui, asociada a la suya; no es la primera vez que se la escucho, hoy va dirigida a Reinaldo, que le presta oídos de manera especial.

 

    -Vos ya habrás escuchado esta historia, yo la sigo repitiendo como algo ejemplar. -Toma la copa, bebe un sorbo de vino y continúa el relato de manera impostada-. Tu padre vino a la Argentina, como polizón, a principios de este siglo. Contaba que, cuando arribó al puerto de Buenos Aires, preguntó cómo se llegaba a la pampa. Le habían dicho que era tan inmensa como la mar a la que asomaba su pueblo, con esas palabras lo expresaba. Ahí nomás le explicaron que tenía que subirse a un tren y viajar muchas horas. Así llegó a Médanos, cuando esto no era más que una estación de ferrocarril, un destacamento policial, la escuelita, el almacén de ramos generales y algunas casas. Entró como dependiente en el almacén. Lo que nunca le escuché decir es cómo terminó siendo dueño; al poco tiempo empezó a comprar cueros, lana, también a acopiar cereales. Como consecuencia se relacionó con firmas exportadoras de Buenos Aires, eso lo obligaba a viajar permanentemente. Allí fue cuando la conoció a doña Enriqueta, tu madre. -Reinaldo escucha con atención el relato de mi padre que no da lugar a participación alguna-. También compró campos, ¡claro!, en esos tiempos la tierra no valía nada, y se convirtió en un productor ganadero. -Papá hace una breve pausa y continúa-: Así fue como nos conocimos, él todavía no se había casado, yo era un muchacho joven y andaba por los pueblos comprando hacienda. Me habían hablado mucho de él. Un día me animé y fui a conocerlo, me recibió en su escritorio y me consignó unas vacas que eran para conserva. Yo salí contento como perro con dos colas, la hacienda no era de lo mejor que él tenía, pero lo había ganado como cliente. De allí en más nuestro vínculo se fortaleció; al poco tiempo me preguntó si iba a andar toda la vida por los caminos. Su pregunta tuvo como resultado que me animara a instalar un escritorio en Médanos. -Otra pausa y continúa. - Yo ya había ganado suficientes clientes y la idea de fundar una casa de remates y feria rondaba por mi cabeza. También fundé mi familia, Elsa era la maestra de la escuela de Médanos y al poco tiempo fue mi mujer. -Hace una pausa, mira a mi madre que, callada, le sonríe. Él continúa con lo que ya se parece a un homenaje a Esteban Arregui-. En esa época, tu padre conoció a tu madre y no tardó en construir la casa de la estancia. Fue un adelantado, la dotó de todas las comodidades que uno se pudiera imaginar; un ejemplo para el lugar, ¡qué te voy a decir si vos estás viviendo en ella! Se casaron al poco tiempo que nosotros ¿no es así? -interroga a mi madre que asiente con la cabeza si emitir palabra-. Para doña Enriqueta el cambio fue grande, ella venía de una familia porteña de muy buenas costumbres, mujer de carácter, y gran compañera de tu padre; más tarde decidieron construir la casa en el pueblo, vos tenías que ir al colegio y no era un buen programa llevarte y traerte todos los días.

        Así fue como se conocieron ustedes… Y qué más te voy a contar que vos ya no sepas. -Se hizo silencio.

Sabía cómo mi padre le daba marco a las situaciones que elegía para alcanzar sus objetivos; de manera que después del relato, que no le era ajeno a Reinaldo, yo estaba seguro de que vendría alguna propuesta. Terminamos de cenar y nuevamente es mi padre quien rompe el silencio retomando la palabra.

-¿Qué les parece si pasamos al living a tomar el café? Lo vamos a acompañar con un coñac reserva que quiero que pruebes. -Mi padre sirve las copas y agrega-: Es español, qué oportunidad para compartirlo con tu padre. Seguramente me contestaría… “pero yo soy vasco”.

Reinaldo sonríe ante el comentario.

Sentado en el sillón del living, dotado del histrionismo que lo caracteriza, con el cuenco de una mano sostiene la copa de coñac, con la otra señala a Reinaldo y haciendo gala de su capacidad para captar la atención, dice:

      -Sabés, Reinaldito, hace unos días me presentaron al interventor municipal, personaje intrascendente por cierto… El cargo, como todos saben, es transitorio. Ahora, las instituciones del pueblo deberán sugerir una persona del lugar que conozca las necesidades de los vecinos, que sea capaz y que tenga cierto ascendiente.

Bebe un sorbo de coñac, deja la copa en la mesa, toma un puro de la caja, se recuesta en el sillón y comienza a encenderlo; succiona con fuerza hasta que el cigarro se ilumina. Es un maestro de la actuación. Reinaldo lo observa atento, con admiración. Exhala, y a quemarropa le pregunta-: ¿Cómo te sentirías vos ocupando el lugar de intendente?

Mi padre está jugando una carta importante. Identificado con los cambios de gobierno que se dieron en el país y vinculado a las instituciones del pueblo, lograr que el hijo de Esteban Arregui acepte su ofrecimiento para ocupar el cargo de intendente, suma a sus intereses personales. Reinaldo, sorprendido ante la propuesta, cambia el cruce de piernas, toma un sorbo de coñac, baja la vista por unos segundos y luego, mirándolo, responde:

-Si me da el tiempo lo voy a considerar. No va a ser mucho.

-Lo tenés -responde mi padre.

Reinaldo apura de un trago lo que queda en la copa, se levanta y dice:

-Me ha sorprendido, le agradezco la distinción. Ya es tarde y me quedan unas leguas para llegar a la estancia.

Deja la copa vacía sobre la mesa. Ahora, los tres estamos parados. Estanislao Carraza, mi padre, con actitud paternal le apoya una mano en el hombro y responde:

-Nada tenés que agradecer. Sé que no me equivoco.

Se abrazan y se despiden. Acompaño a Reinaldo hasta la puerta de calle en silencio.

      -De esto no sabía nada -digo tratando de disimular el fastidio, por sentirme, una vez más, excluido de los proyectos de mi padre. Yo también había sido un proyecto que se le cumplió; soy el doctor; era lo que él anhelaba para darle mejor marco a su posición social. Hoy vuelve a demostrarme que mi función está cumplida, que soy sólo un accesorio más para sus objetivos en Médanos.

-Nos vemos -dice Reinaldo.

Miro hacia el oeste y digo:

-La tormenta no va esperar que se haga de día.

-El agua en Médanos siempre hace falta -responde. Sube a la camioneta y parte.


DISEÑO DE TAPA - LAURA JAKULIS



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EDITORIAL -  ATRAPADOS POR LA IMAGEN - 

Segunda edición 2023


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domingo, 16 de julio de 2023

DOMINGOS DE NOVELA PRESENTA: "Cardo Ruso" - CAPÍTULO I - Marta Puey

 


Editorial ATRAPADOS POR LA IMAGEN Presenta

DISEÑO DE TAPA - LAURA JAKULIS




CARDO RUSO

CAPÍTULO 

I


PH: Ana Maria Zorzi




Pedro

-¡Médanos! -anuncia el guarda del tren sacándome del letargo. Sigue caminando hasta salir por el otro extremo; luego el portazo. Ahora escucho a mis espaldas otro golpe; giro la cabeza, veo una mujer agachada en medio del pasillo que trata de cerrar una valija de la que se le escapaban pomos de pintura; ofuscada intenta dominar la situación. Cuando el tren reduce la marcha, pasa a mi lado con la valija y un bolso en cada mano hacia la puerta. La observo; de la boina asoma su cabello rojizo. Vuelvo la cabeza hacia la ventanilla, las luces mortecinas alumbran secuencias lentas que muestran calles de tierra y, entre sombras, algunas casas desperdigadas. El tren se detiene, tomo el bolso y bajo.

El jefe de la estación toca la campana; sigue la pitada que indica la partida. Avanzo sin apuro y alcanzo a ver, velada por el vapor de la locomotora, cómo la mujer se pierde doblando al terminar la galería de la estación. No queda nadie en el andén, las luces se van apagando, camino, yo también doblo hacia la salida; allí, a pocos metros, la playa de estacionamiento. Ya se retira el último coche con pasajeros. Me detengo, miro la calle larga que empieza en la estación, una luz en el centro de cada bocacalle, las figuras espectrales de los árboles que empiezan a cubrir su desnudez con los brotes incipientes de la primavera, el cielo no es un recorte, el silencio de la noche apenas interrumpido por el ladrido de algún perro, el resto, olor a tierra ya humedecida por el rocío. Camino por las calles desiertas y poco iluminadas hasta llegar a una esquina. Me detengo ante la puerta vaivén de madera oscura ubicada en la ochava, a los costados ventanas con vidrios repartidos dejan ver, mesas y sillas de madera y en los laterales del edificio una hilera de ventanas. Todo indica que es un hotel, entro, detrás del mostrador de madera, chaquetilla blanca y ojeras de trasnochado, encuentro a quien oficia de mozo y conserje:

-¿Tiene una habitación?

 -¿Por cuánto tiempo?

 -Por un tiempo.

 Toma la lapicera, abre el libro de registros y dice lacónico:

 -Nombre.

 -Pedro Falcón.

 -Edad.

 -Treinta años.

 -Profesión.

 -¿Hace falta?

 -Da lo mismo. -El trasnochado da media vuelta y descuelga la llave del tablero que está a sus espaldas.


-Sígame -murmura; camina delante de mí balanceándose como todo el que se precia de mozo con muchos años de bandeja. Salimos a una galería, la media luz deja ver baldosas blancas y negras, columnas de hierro que sostienen el techo festoneado por la cenefa de zinc. Las puertas asoman iguales y en procesión; se detiene en la tercera, la abre y me da la llave:

-A las siete y media empieza el desayuno y se sirve hasta las diez. Buenas noches.

Entro, el haz de luz se filtra a través de las cortinas caladas y dibuja filigranas en el piso de calcáreos grises; en la penumbra puedo ver al lado de la puerta la llave de luz; giro la perilla de loza, se enciende la lamparita velada por la tulipa con forma de campana que cuelga del centro de la habitación. La cama de plaza y media es de hierro y está cubierta por una colcha arratonada. A los pies, doblados, una toalla y un toallón, dos mesitas de luz la escoltan; en una, un velador con la pantalla apenas sostenida por el aro de alambre; en la otra nada. Nada adorna la vieja cómoda de roble con espejo manchado y nada adentro del ropero de tres cuerpos. Empiezo a acomodarme en el espacio que, de tan despojado, ofrece la ventaja de no llevarse nada por delante. Me acerco a la ventana, miro hacia la calle, todo es sosiego. Apago la luz y me acuesto vestido. Despierto por el frío, tiro de la colcha y quedo enredado en ella; el cuerpo se vuelve a templar, el amanecer ya se cuela por la ventana y el sol no tarda en entrar. Me doy cuenta de que la orientación es hacia el este, los árboles de la vereda garantizarán siestas con sombra hasta que se calmen las aguas de la política.

Me levanto, con el toallón en la mano voy al baño compartido con la esperanza de encontrar agua caliente. Son las diez, entro al salón; detrás del mostrador, parado al lado de la caja registradora, un hombre. Frente a la cafetera express, rodeada de pocillos y platos de loza piedra, el que me ha atendido la noche anterior, chaquetilla blanca, repasador al hombro, sacude filtros de café. Hay sólo dos mesas ocupadas; puedo elegir y me siento en la que está al lado de la ventana. Se acerca y pregunta:

-Buen día, qué se va a servir. -Con una mano pasa el trapo de rejilla sobre la mesa y con la otra sostiene la bandeja que lleva debajo del brazo.

-Café con leche con medialunas.

Se aleja hamacándose sobre sus cayos plantares. Cuando regresa con el pedido pregunto:

-¿Puede ser algún diario?

Concentrado en la proporción de café y leche contesta:

-La Prensa o La Nación de ayer, los de hoy recién llegan en el tren de las doce. Termina de servir, al momento regresa con los dos ejemplares. Empiezo el día como las noticias, sin apuro alguno. Hacia el mediodía comienzan a llegar los clientes del vermouth, me levanto, salgo a la vereda y camino unas cuadras en busca de una librería, la encuentro: “Librería Mitre”, dice el cartel; abro la puerta pesada y chirriante, una vez adentro me invade el olor a papel, goma y pinturas; avanzo, el piso de madera cruje, no tardo en reconocer la figura, otra vez de espaldas, como en la estación cuando se perdió en la oscuridad. Opuesto a ella, detrás del mostrador, está el librero.

Levanta la vista, me mira por encima de sus anteojos y sigue atendiendo a su clienta. Me acerco, ella da media vuelta, retira el cabello de su cara, me indaga con la mirada, gira nuevamente hacia el mostrador, termina de elegir entre los pinceles que hay sobre el mismo, paga y sale casi rozándome. El librero dice:

-¿Señor?

-¿Tiene algo de Sartre?

-¡No!, librería solamente y algunas cositas que voy agregando, pero de ropa nada.
Insisto:

-Digo… si tiene novelas, algo que tenga que ver con la corriente existencialista.

-¡Ah!, le entendí mal, mire, libros no traigo más que los que me encargan los chicos de la escuela.

-Está bien, voy a llevar un block de papel rayado.

El librero me lo alcanza rápidamente, satisfecho de haber recompuesto la comunicación.

-Dígame, dónde puedo encontrar una biblioteca.

-¡Ah, eso sí! -contesta complaciente mientras me cobra-. En la avenida Roca, la del boulevard, frente al colegio allí la va a encontrar; abre a las cuatro de la tarde.

Hoy, segundo día en Médanos, me despierta una marcha militar, los tambores y la estridencia de los vientos se escucha cada vez más cerca. En este país todos nos quieren hacer marchar, el que se fue en la cañonera hizo su propia marcha, estos, las marchas históricas… a marchar, a marchar argentinos. Sin elección estoy participando de los actos del aniversario del pueblo. Miro el techo, que en algún tiempo habrá sido color marrón y noto la tierra que cubre a la tulipa; así permanezco un rato hasta que decido cumplir el rito del baño más temprano que ayer, deduciendo que hoy llegaré a bañarme con agua caliente.

Desayuno ocupando la misma mesa. Observo el salón comedor, han reforzado el personal, dos mozos ultiman detalles de la mesa principal; mantel blanco, flanqueada por dos columnas bajas envueltas en papel crepe con los colores de la bandera, ambas sostienen macetas con plantas; ocupa todo el fondo. Esparcidas, otras mesas también con manteles blancos y vajilla dispuesta simétricamente. Miro por la ventana; un grupo se concentra en la esquina, pocas mujeres; estaciona un Ford negro modelo 40, lo conduce un chofer, bajan dos hombres, juntos se dirigen al auto que acaba de detenerse detrás de ellos, también negro con cromados impecables; de la parte atrás de éste bajan otros dos, uno de ellos con uniforme militar, se saludan, entran al salón del hotel seguidos de un cura. Recuerdo lo que decía mi padre, español, anarquista teñido de republicano: “el día que con las tripas del último cura ahorquen al último militar el mundo se va a arreglar”. La comitiva ocupa su lugar en la cabecera, la distribución de los personajes tiene el orden castrense que la Revolución Libertadora ha dado al país. Con observar poco se pueden adivinar las jerarquías, el resto puja por conseguir la mesa más cercana a ella… seguro que de éstos habrá unos cuantos que han cantado la marcha peronista hasta hace poco. Harto del espectáculo me retiro en busca de un lugar donde almorzar. Recorro las vacías calles del pueblo hasta encontrar un local de comidas, entro y elijo la única mesa ubicada contra la ventana. El olor a locro me despierta el apetito; se acerca una jovencita que me toma el pedido. Termino el locro, ahora vuelve y ofrece postre; le pido un café:

-¿Chico?

-No, doble.

-¿Cortado?

-No.

-Tenemos el licor de la casa.

Molesto por la insistencia doy vuelta la cabeza hacia la ventana, la vuelvo a ver, ahora cruzando el boulevard. La jovencita que me atiende, parada al lado de la mesa y empecinada por establecer diálogo, acota.

-Ya debe abrir la exposición de la biblioteca, ahí va la Victoria, dicen que se animó a llevar las pinturas.

 

La obstinada me da una información inesperada y queda a la espera de que confirme el licor. Sin mirarla contesto:

-Café doble, solo.

A última hora de la tarde visito la exposición. Hay poca gente, algunos parecen ser los organizadores del evento. En el fondo, sola, está ella. Avanzo mirando los cuadros hasta llegar donde se encuentra y le pregunto si las pinturas son obra suya.

-Sí - me contesta con pocas ganas.

-Pintás el pueblo con colores que no tiene.

-Pinto el pueblo con los colores que yo le veo. -Toma un mechón de pelo, lo enrosca alineándolo entre sus ojos y agrega-: ¿Ves?, yo ahora te veo partido en dos.

-¿Y quién te dijo que estoy entero? -respondo
.
Recoge el mechón detrás de la oreja; sin contestar gira hacia la mesa que está detrás de ella para tomar su cartera y unos papeles. No dejo de observarla. Vuelve a girar hacia mí, se cuelga la cartera del hombro. La recorro con la mirada; los pies pequeños dentro de las sandalias de taco alto; a los tobillos finos le siguen piernas bien formadas; la falda en cada uno de sus movimientos pretende pegarse a sus muslos sin conseguirlo; la cintura está marcada por un lazo anudado al costado; los pechos pequeños se insinúan debajo de la seda del vestido, el escote muestra la piel blanca, casi traslúcida; en el cuello se enmaraña el cabello ondulado y rojizo. Cuando llego a la altura de sus ojos, no sé de qué color son, miran desde tiempo atrás; y pregunto:

-¿Desde cuándo pintás?

-Desde que me divierte -contesta. Se da vuelta y camina hacia la salida.

Recorro lo que me falta de la muestra para luego irme del lugar.
Días después vuelvo a la biblioteca. Estoy hurgando entre los libros, cuando escucho un breve diálogo con la bibliotecaria seguido de un ruido, reconozco su voz; me vuelvo para mirar, con energía corre una silla que le entorpece el paso. Lleva una falda roja, avanza y abre una puerta lateral, entra y vuelve a salir con cuadros que va apoyando en una de las mesas. Me acerco, le ofrezco ayuda:

-Sola no vas a poder con todo.

-Sos el único que se interesa por lo que hago.

-Te ayudo.

-Puede ser, no son muchos.

-Dejame los más grandes a mí.

Los selecciona y con ellos debajo del brazo pasamos por delante de la bibliotecaria que no se ha perdido nada. Ya en la calle pregunta:

-Cómo te llamás.

-Pedro.

-¿Como el que puso la primera piedra? Yo me llamo Victoria.

-Tenés nombre de reina y no parecés del pueblo.

-Estoy en el pueblo desde hace unos años, ¿vos de dónde venís?

-Estoy buscando adonde ir

Llegamos a la puerta de la casa.

-Aquí vivo.

-¿Dejamos los cuadros adentro?

-No, yo los entro.

Me acerco, huele fresca, siento su aliento.

-¿Cuándo te vuelvo a ver?

-En este lugar todos nos vemos todos los días. Es así, aquí nos vemos y nos ven todos los días -responde turbada


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EDITORIAL -  ATRAPADOS POR LA IMAGEN - 
Segunda edición 2023

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domingo, 9 de julio de 2023

DOMINGOS DE NOVELA: CARDO RUSO - MARTA PUEY

 

Editorial ATRAPADOS POR LA IMAGEN Presenta: 

El relanzamiento de la Novela escrita por Marta Puey cuya primera edición fue realizada en el año 2017  por la EDITORIAL AUTORES ARGENTINOS.


DISEÑO DE TAPA:LAURA JAKULIS



Hoy en versión digital y para el alcance de todos , Atrapados tiene el honor de presentar la novela completa, donde cada domingo dispondrán de un nuevo capítulo.


Finalizada la Entrega se realizará la presentación correspondiente, a cargo de:

EDITORIAL -  ATRAPADOS POR LA IMAGEN - 

Segunda edición 2023

Clasificación Comercial Nacional: LITERATURA / LITERATURA ARGENTINA / NARRATIVA / NARRATIVA CONTEMPORANEA ARGENTINA


PROLOGO

“Cardo ruso” es una historia impecablemente plasmada, el lector disfruta todo el tiempo de una trama bien construida, desplegada con un talentoso fluir narrativo. Nunca se pierde interés merced a una creciente tensión dramática, que eclosiona al final de la novela de un modo muy consistente con el todo que le ha precedido. A través de una precisa, aunque no abrumadora, descripción de los ámbitos y de las fisonomías de la gente, el relato logra el clima justo y necesario, destacando la acertada elección de las voces de cada uno de los personajes, todos importantes y funcionales a la historia, sus voces reflejan cabalmente qué son, qué piensan, qué sienten, y representan la clave de uno de los mayores méritos de la obra, la sutileza que se despliega de principio a fin, nada se dice directamente, pero se entiende absolutamente todo disfrutando de la lectura entre líneas, lectura que, dicho para terminar, atrapa desde el comienzo y no nos suelta hasta el final. O hasta más allá del final.

Emilio Bertero


"A mi familia"


 

Mi agradecimiento a:
Stella Maris Elizalde, que acompañó mis amaneceres literarios.
Julio Diaco, quien hizo que encontrara mi forma de decir.
Laura Jakulis, que acompañó a la hora de editar.
Ana Maria Zorzi, que puso a disposición sus capturas pampeanas.
Emilio Bertero, por su generoso prólogo.


Para “Atrapados por la Imagen”, Laura Jakulis, Tesi Salado, Ly Gauna, Isabel Santoro, que desinteresadamente me facilitaron el espacio para que los personajes de mis ficciones levantaran vuelo, mi profundo reconocimiento. 

 

DISEÑO DE TAPA:LAURA JAKULIS

SI TE PERDISTE EL PRIMER CAPÍTULO  EN EL MOMENTO DE LA PUBLICACIÓN, NO TE PREOCUPES...

AHORA TAMBIEN VAS A PODER LEER ESTE Y MUCHOS MÁS, EN UN SOLO LUGAR!!  

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