ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Cuentos y Relatos Presenta a:
PEDRO PABLO LILLI
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en...
"Una postal para la Casa del Faro"
(Cuento autobiográfico)
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
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A los Díaz Llanos y la barra de Quequén.
“Hubo un tiempo en que fui hermoso
y fui libre, de verdad,
guardaba todos mis sueños
en castillos de cristal…”
Charly García
En
enero de 2014 mi amigo, el artista plástico y maestro acuarelista Nicasio Díaz
Llanos, Pocho, me envió un mensaje que me alegró muchísimo. Acababa de fundar,
en Quequén, el Museo Casa del Faro donde, además de documentar con sus acuarelas
la historia del puerto, los naufragios y encallamientos ocurridos frente a esa
costa y los paisajes bucólicos circundantes, contaba con una galería para
exposiciones de arte y espacios destinados a talleres de pintura y literatura.
En la misiva me pedía, también, que pasara a retirar una postal del Faro del año 1964, en manos de un tipo, no recuerdo el nombre, de quién me pasaba el teléfono y un número de catálogo. La quería para el Museo.
Para
entender lo que sentí al leer el mensaje, tengo que aclarar que Quequén es un
lugar que adoro. Pasé allí todas mis vacaciones, desde que nací, hasta cumplir
los diecisiete años. A inicios de los sesenta, la localidad era conocida,
solo, como el puerto cerealero más importante de la Provincia de Buenos Aires. Su
extensa playa, tanto en longitud como en ancho, enmarcada entre dunas altísimas
y el mar, era poco frecuentada; ofrecía a penas, un par de hileras de carpas
dispuestas en herradura, una al lado de la otra. Necochea, del otro lado del
río, en cambio, era un balneario pujante en visible crecimiento.
Los veraneantes, éramos siempre los mismos e igualmente celosos de nuestro lugar de pertenencia. Nos conocíamos todos, aunque fuera solo de vista, por cruzarnos en la playa, en la Hostería Ri-San (la única), en Ailito (el único ramo generales) y en la iglesia vieja hasta que edificaron, frente al mar, la nueva, la Stella Maris.
Más
allá de la curiosidad por saber quién era, me generó un fastidio irracional,
casi infantil, que un desconocido tuviese una postal de “mi Quequén” y,
para colmo, de 1964 cuando cumplí los nueve, allí, en lo de los Diaz Llanos. ¿Qué
hacía con esa postal que Pocho buscaba recuperar para la Casa del Faro?
Lo
más probable, me dije, era que se tratara de algún familiar de Claudia Schmitt
porque, además de mis viejos, mi hermana y yo, los únicos rosarinos que iban a
Quequén por esos años, eran los Schmitt.
Sin dar más vueltas, lo llamé por teléfono. Resultó ser un mercader de postales de colección. Nos citamos para el sábado a las once, en la Feria del Boulevard, donde tenía su puesto, dentro del área reservada a los anticuarios.
Salí
temprano, esa mañana. Desayuné en un lindo bar un cappuccino acompañado con un croissant
de jamón y queso, leí a disgusto el diario y, por la ansiedad, llegué al lugar
media hora antes que él. Se me ocurrió que podía aprovechar la ocasión, ya que
estaba, para indagar qué valor podía tener, la montaña de postales que guardaba
en el altillo. Tenía tarjetas de los lugares más remotos del planeta, fruto de
una frenética correspondencia familiar (mis viejos eran maníacos epistolares),
especialmente con mis tíos italianos, Virgilio, enviado especial del Corriere
della Sera, y Carlo, funcionario de la FAO, que vivían girando por el
mundo, con predilección por los escenarios de guerra, revoluciones y calamidades
de todo tipo.
A las once menos cuarto, ya impaciente, pregunté a los otros feriantes si sabían cuál era su parcela.
- Al lado del muchacho de los discos. De este lado de acá ¿ve? Ya debe estar por llegar.
Curioseé los long plays. Había de
todo, de Sandro a Salvatore Adamo, Nicola di Bari y Johnny Hallyday; de Bach a
Ray Conniff, pasando por Ariel Ramírez. Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Mina y Aznavour,
intercalados con Mercedes Sosa, La Joven Guardia, Los Gatos y Almendra.
¡Aznavour! En la playa de Quequén había una casilla de madera color celeste que
transmitía música y publicidad por los altoparlantes. Abría y cerraba la
transmisión con la canción Avec de Charles Aznavour, en castellano… Para
mi sorpresa, no había nada ni de Los Beatles ni de Sui Generis.
- Me están faltando. Tenía ¡faltaría más! ¿Cuál anda buscando? – preguntó el feriante, un hombre alto que compensaba la calvicie con una corona hasta los hombros, rizada y brillosa. Lucía orgulloso una camiseta negra con la lengua de los Rolling Stones que le tapaba la panza cervecera.
Estaba por decirle Vida,
primer LP de Charly y Nito, cuando llegó el poseedor de la tarjeta para la Casa
del Faro. Bajó de la Kangoo, un tablón con sus caballetes, un prolijo
mantel y se organizó ubicando con estudiado criterio, carpetas,
cajas y cajitas.
- Postales de colección – dije estúpidamente mientras lo miraba trabajar.
- Hasta mil nueve cincuenta. Ni iglesias ni estatuas ecuestres.
- Yo vengo a buscar una de 1964. Aquí tengo el número de referencia. Es el faro de Quequén.
- Si tiene un número en el catálogo, por algo será – respondió bajando más carpetas, cajas y cajitas
- ¿Porque solo hasta el cincuenta?
- Más viejas son, más valor tienen para un coleccionista.
- ¿Y porque desdeña iglesias y estatuas ecuestres? - parecíamos Juan y el preguntón, pero realmente me despertaba curiosidad
- Iglesias y monumentos a caballo hay en todas las ciudades del mundo. Millones. Son todas iguales. Los coleccionistas buscan cosas particulares. Y yo las tengo.
- ¿Hay tantos coleccionistas? - aproveché a indagar porque el hombre respondía despreocupadamente mientras seguía armando el estand.
- ¡No se imagina! Tengo Clientes por todo el mundo. Ahora con Internet es más fácil y económico.
- ¿Y de dónde saca tantas postales?
Se detuvo y me miró haciéndome entender que estaba poniéndome pesado. Pero me respondió.
- Compro, canjeo con colegas que se especializan en temas puntuales como postales de fuentes, por ejemplo, o de bares…en su mayor parte me las regalan cuando muere alguno y venden la casa o la demuelen. Las demoliciones son minas de oro. Mis mayores proveedores son las empresas de demolición.
- ¡Tomá mate! No se me había ocurrido.
- ¡Y claro!
Terminó de acomodar la mercadería
con un orden riguroso y me pidió el número de catálogo. Abrió, sin dudarlo un
segundo, una de las tantas carpetas y -con la misma seguridad- fue directamente
a una hoja bien precisa, con bolsillos transparentes que mostraban tarjetas
numeradas. Sacó de uno de ellos, la postal del faro, despachada el veintiséis
de enero de mil novecientos sesenta y cuatro.
- Es esta – dijo con aire ganador, entregándomela.
La di vuelta y… tuve que contener mi ahogo y las ganas de llorar. Era mi letra. ¡Esa postal la había escrito yo! “Querida Señora Laura, reciba mi saludo desde Quequén junto a su esposo. Pablito Lilli”. Era mi firma de chico, con la P y la L con caligrafía inglesa y la última i con la curvita para atrás como la arroba. Recordé perfectamente el contexto en el que la había escrito, porque ese año, para mi cumpleaños, me regalaron el reel Squalo para la caña de pescar… ¡y lo que siguió a raíz de eso!
Todos
los veranos, en medio de las vacaciones, mis padres (maníacos epistolares), nos
sentaban a mi hermana y a mí, frente a una pila de postales en blanco para que
enviáramos saludos a la mitad del planeta…Era en el patio grande del Hotel
Nueva Pompeya, en la mesa de granito gris, redonda, frente a un duraznero
junto a la bomba de agua cubierta con una caja de color verde…Ni hablar cuando
se la agarraban con que “había que hacer todos los días un poquito de la Tarea
de vacaciones”. Por suerte la barra de amigos que encabezábamos con Franco
Fabbro y Santi Sobrero, era tan genial que enseguida te olvidabas de todas esas
torturas…Las bicicleteadas al faro, bajar corriendo las dunas hasta tirarnos al
mar… ¡Eso era vida!
No quise que el hombre notara mi estado
de ensoñación. Con la cabeza estaba medio siglo atrás. Tomé aire y pregunté:
- ¿Qué tiene de especial?
- Mire – y señalando con el dedo la estampilla, agregó- la despacharon con estampilla.
- ¿Y cómo la iban a despachar, si no?
- En esos años, nadie en Argentina, enviaba postales pegando el sello directamente sobre el reverso. Se enviaban dentro de un sobre. Creo que era obligatorio, pero no estoy seguro. Solo las postales que llegaban del exterior venían así. La debe haber despachado un extranjero.
- ¿Y eso tiene valor?
- Para un coleccionista, sí. Es una rareza. Por eso la tengo, a pesar de ser de los años sesenta.
Saqué de la billetera el importe que me había pasado Pocho, equivalente a cinco cafés en un coqueto bar del centro, temeroso de que pasara algo que me impidiera quedarme con la postal. Cuando finalmente estaba por guardarla en el morral, dije:
- Esta tarjeta la envié yo. ¿Ve? Esta es mi letra de cuando era pendejo.
- ¿Ahora me lo dice? Tendría que habérsela cobrado el doble o el triple.
Al ver mi cara se largó a reír.
- Usted la hubiera pagado sin chistar ¿verdad? Este negocio es así, mi amigo. ¡Que le va a hacer!
Me
fui bajo un aluvión imparable de recuerdos del que no quería salir. Había ido
por una postal para la Casa del Faro y me encontré reviviendo las mejores
escenas de mi infancia.
“A quien te quiere o te ayuda a crecer, le hace bien que le cuentes que lo recordás, aunque estés lejos. Por eso es importante.” era la voz de mi viejo cuando nos ponía a escribir postales.
“La Señora Laura” era mi profesora de inglés que vivía a dos puertas de casa, en la calle Felipe Moré. El marido usaba lentes ovalados, fumaba en pipa y tenía un Auto Unión que estaba siempre impecable. Ella jugaba al tenis y una vez la vi salir con la ropa de juego. La pollerita blanca a tablitas dejaba ver enteras, sus piernas hermosas. No lo hubiera imaginado cuando me hacía escribir “This is a pencil. The pencil is blue. The blue pencil is on the table.”
Ese verano, para mi cumple, me regalaron un buen reel de pesca, en remplazo del que había venido con la caña. El veintiséis de enero, después de escribir la postal en cuestión, mientras nos preparábamos con la barra para ir a la escollera, Normita Sobrero me dijo que “la chica rubia” que había llegado el día anterior gustaba de mí. Era demasiado linda. No podía ser verdad. Le dije que la invitara a pescar con nosotros… Se llamaba Marisol, tenía ocho y medio. Fuimos inseparables toda la tarde. Me ayudaba a encarnar el anzuelo, me contaba de su escuela, que, además, a ella también le daban tareas de vacaciones, la hacían estudiar inglés y le costaba acordarse de las reglas de multiplicar, en especial la del siete. Con Santi, entre los dos, pescamos veinticuatro corvinotas, que se llaman así no porque sean enormes, sino porque, por el contrario, son una especie de corvinas chiquitas. Día inolvidable que, como todo lo inolvidable, duró nada. Mi admiradora partió al día siguiente y nunca más fui tan afortunado con la pesca, ni de peces, ni de rubias.
No recuerdo un cielo nocturno más estrellado que los de la playa de Quequén cuando salíamos a caminar, después de cenar, con mis viejos, sus amigos y los chicos de la barra…Se cantaba, se corría…
Una vez una enorme tortuga marina apareció muerta en la zona de “la pileta” …
Después
de una lluvia, había siempre un arco iris completo detrás de la escollera y,
desde el puerto, llegaba olor a trigo mojado.
Entre
tantas imágenes, me vi saliendo de entre las olas, bronceado, flaquito, con
escalofríos (mis amigos se la aguantaban más), tirándome boca abajo sobre la
arena ardiente, con los brazos y las piernas abiertas; sentir el sol
reconfortarme; escuchar el runrún del mar como el que reproducían los caracoles
gigantes que vendían, barnizados, en el puerto. “Recuerdo de Quequén”, tenían
escrito. Aprisionar puñados de arena dejándolos escurrir de a poquito y sentir
– fuerte - esa cosa indefinible que, con el tiempo, llamamos felicidad.
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Corrección literaria: Isa Santoro
Maquetación y Edición: Laura Jakulis
Colaboradores: Marta Puey - Emilio bertero

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.






Qué hermoso recuerdo, Pablo, y bien plasmado. Me hiciste vivir parte de tu infancia. (Me quedé pensando en el término "plasmado"... no me suena muy literario, ja)
ResponderBorrarHansel! Quede plasmado en este sencillo pero emotivo acto mí gratitud por el honor de haberme leído!😊 Abrazo!
BorrarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderBorrarPucha Pedro, qué recuerdo más emocionante, la historia y todas sus lateralidades ya de por sí es una fiestita de la memoria, pero contada así, como si me la relataras mientras nos tomamos un café en algún boliche de Quequén con ventana al mar, cobra ribetes que me dan escalofríos calentitos, valga el oximoron
ResponderBorrarEmilio, mil gracias! Queda pendiente encontrarnos. Abrazo!
BorrarPablo me sacaste un lagrimón con los recuerdos
ResponderBorrarComo hago para comprar el libro no puedo dejar de leerlo otro lagrimón a esta edad uno tiene las lágrimas del recuerdo a flor de ojos
Un saludo pablo espero tu respuesta grs grs por los recuerdos
Franco fabbro
ResponderBorrarFranco carissimo! Qué barra! Todos aquellos estupendos años compartidos... imborrables. Ti voglio bene. Sempre.
ResponderBorrarPedro querido amigo, qué hermoso regalo es este viaje a la infancia. Una simple postal alcanza para abrir la puerta a un mundo entero de afectos, aromas y recuerdos que creíamos dormidos. Me emocionó esa felicidad sencilla que, aun después de tantos años, sigue intacta entre las dunas y el mar. 💙 ¡Felicitaciones y vamos por más!
ResponderBorrarGracias! Los recuerdos dulces son un gran antídoto contra estos tiempos malsanos que nos tocan vivir. Abrazo fuerte, Lauri!
BorrarAy Pier Paolo, que hermoso relato!!!! Lleno de una inmensa" nostalgia meridionale" y nombrando a nuestra común amiga! Gracias por regalarnos parte de tu infancia!!
ResponderBorrarAy Pier Paolo, que hermoso relato!!!! Lleno de una inmensa" nostalgia meridionale" y nombrando a nuestra común amiga! Gracias por regalarnos parte de tu infancia!!
ResponderBorrarSusi, gracias !!!Un tributo a un tiempo hermoso. Abrazo!
Borrar¡Ay, Pablo! Que belleza de relato, qué conmovedor. Una postal perdida en el tiempo que, al regresar a las manos de quien la escribió, abre de golpe las puertas de la infancia. Entre el faro, el mar y la memoria, el relato nos hace recordar que hay tesoros cuyo verdadero valor no está en el mercado, sino en todo lo que despiertan. Porque, a veces, la vida nos devuelve en un pequeño papel, la felicidad intacta de quienes fuimos. Gracias por compartir este hermoso retazo de historia, querido amigo. ¡Felicitaciones!, un abrazo.
ResponderBorrarMil gracias a vos Isa! La Vida no deja de sorprender, nunca! Abrazo!
BorrarAlgo de misterio, mucha emoción, sonrisas de complicidad, una gran muñeca para mantenerme en tu relato cuando ya quiero ir a mi infancia, a mis vacaciones,al chico que conocí un verano y era del Chaco y volaba con la amaca como ninguno. Hermoso despertás, emocionas. Todo y mucho más
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