Los retratos de Julia Margaret Cameron, entre lo real y lo ideal
A Julia le
cambia la vida a los 48 años cuando su hija le regala una aparatosa cámara de
madera y una nota que le dice que intente divertirse haciendo fotografías
durante su soledad. Así fue, Cameron consigue evadirse de la aburrida vida que
llevaba junto con su marido en un pequeño pueblo de la isla de Wight y se
convierte en una de las más importantes artistas de la fotografía del siglo
XIX.
Cameron era
una aristócrata ociosa que encajaba perfectamente en la sociedad de la Inglaterra
victoriana, y en ese contexto tener de afición la fotografía era bastante
exclusivo.
Al año siguiente de su regalo obtiene lo que ella llama "su
primer logro, su primera fotografía". Ese mismo año fue elegida miembro de
la Sociedad Fotográfica de Londres y Escocia. Se dedicó al retrato fotográfico de corte artístico, así
como a la representación escenográfica de alegorías que la enmarcan en la corriente de la fotografía academicista.
Llegó a
exponer en la Exposición Universal de 1870, y su obra fue reconocida póstumamente, junto a la de Lewis Carrol,
gracias a su reivindicación por parte de los fotógrafos del pictoralismo,
así como al apoyo del grupo literario de Bloomsbury y a su sobrina nieta Virginia Woolf.





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