ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Artista de Atrapados por la Imagen"
en: "El Padre Río"
Fotografía: Pedro Pablo Lilli
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
¿Desafiarías a
muerte a tu mejor amigo, mucho más corpulento, infinitamente más fuerte y, por
si fuera poco, experto en todas las artes marciales y espirituales? Sería
estúpido o suicida, ¿verdad? Al Paraná, cuando todavía no lo frecuentaba, me
acerqué con altanería, temor y prejuicios. “¡Río insidioso!” “¡Río traicionero, más
peligroso que el mar!” Hoy, que lo conozco, ni razono ni pienso así.
Soy de la última
generación de rosarinos que creció “de espaldas al río”. Nací y crecí en la
zona oeste de la ciudad, rodeado de gente que no pescaba ni tenía embarcación,
en una familia que veraneaba en la costa atlántica. Conocí La Florida, la playa
ciudadana de entonces, recién en la adolescencia, atraído solo por los bikinis.
Tenía entonces,
hacia el Río, una actitud soberbia. Lo comparaba con el mar, sin saber todas
las estupideces que decía: “Color feo; olor a yuyos; superficie sucia de
plantas que traen víboras, arañas y otros animales peligrosos de la selva;
lleno de remolinos traicioneros que te chupan hacia abajo y te hacen morir
ahogado; agua blandengue que no te sostiene a flote, como la del mar; peces
enormes de carne grasosa y con sabor a barro; fondo que -cuando lo pisás-
sentís esa sensación asquerosa del limo que se te mete dentro de las uñas y
entre los dedos de los pies; donde te enterrás hasta las rodillas con el
peligro de pisar algún vidrio o una lata herrumbrada. Te va bien si no te
atacan las palometas…”
Tuve gusto de
emigrar a la tierra de mis ancestros, Italia, y tras quince años, tuve gusto de
regresar, a mediados de los ´90, a mi pago natal. Objetivamente, en ese lapso,
Rosario había cambiado mucho. Ahora, era una ciudad “a orillas de un río marrón”,
enorme, impetuoso, evidentemente desconocido por mí. El cambio consistía,
justamente, en que era él, el Río, la figura principal, y que a su margen se
extendía un aglomerado heterogéneo de edificaciones que, algún día tendrán que
rendir cuentas a un Plan Regulador.
Mi “encuentro” con
el Río se dio a raíz de mi deseo de remar. Nunca fui muy deportista. De grande,
y estimulado por mis amigos milaneses, aprendí a esquiar. “Si vivís a los pies de
los Alpes, tenés que esquiar”, me convencieron. Ahora – parado ante esa masa
gigantesca de agua dorada que fluía poderosa hacia el Atlántico – me dije: “Si
vivís a orillas del Paraná, tenés que remar”. No me costó nada comprender que,
esquí y canotaje, son dos deportes genéticamente hermanos: requieren técnicas
análogas para el equilibrio, el balanceo, el cambio de dirección y la corrección
de ruta. En los dos, se desliza sobre superficies que se reservan siempre la
última palabra y nunca son iguales a sí mismas. Son deportes que se pueden
practicar en solitario o en compañía. En ambos casos, se está obligado a
interactuar con la Naturaleza, en paisajes hermosos. Y lo que más me gusta: al
finalizar la práctica y colgar los bastones o los remos, seas creyente o no,
sentís que te reconciliaste con la Vida y con el Universo.
Hace más de treinta
años que remo. Lamento no haberlo hecho de niño. Me encanta constatar que cada
vez son más las personas de todas las edades que se lanzan a la práctica de
distintos deportes en nuestro Río. Un pasaporte hacia la Felicidad.
Llevo muchos
quilómetros navegados a partir de repetidas salidas entre las islas frente a la
ciudad y de travesías de mediana y larga distancia. Me he perdido más de una
vez entre los humedales, sacando fotos o avistando aves o curioseando canalitos y lagunas. Por
imprudente me encontré lejos de ambas costas en medio de sudestadas o me
sorprendió la noche sin una mísera linternita y una carpa. Aun así, no soy un
experto del Río: sigo aprendiendo. Y, tengo una convicción, puede dar risa (por
eso lo digo bajito): el Paraná y yo, nos hablamos.
Una señal la tuve en
mi primera travesía (De la ciudad de Paraná a Rosario, que luego repetí otras
diez veces) apenas me dieron en el Club Regatas Rosario la autorización para
salir sin el Instructor. En la última etapa del largo derrotero, a la hora de
partir desde la Isla del Pelado, el capitán del grupo, mi inolvidable “Tacho”
Journet, dio la orden de salir bajo un diluvio impresionante. “¡Está loco, yo
muero en el intento!”, pensé, pero no lo dije, para no quedar como un cagón
frente a los otros (eran expertos) que vi muy tranquilos. Remé clavando la
mirada en el agua mientras la lluvia golpeaba con fuerza contra la capucha de
mi campera, chorreaba por mis lentes y, andá a saber cómo, se colaba hasta los huesos.
Pensé que el Rio se crisparía, pero no: permaneció calmo y, más lo miraba, más
tranquilidad me transmitía. Me acompañó así todo el tiempo. Hacia el final del
viaje era el tipo más empapado y feliz de la Tierra. Cuando llegamos, después
de abrazar a mis compañeros por el raid compartido, palmeé en la popa al bote,
por haber sido un genial compinche y… levanté un puñado de agua del Río para
besarlo y decirle “¡Gracias!”.
Desde entonces,
somos inseparables. Aprendí a escucharlo. Como a un chico, cuando lo desoí, me
reprendió. Como un buen Padre fue severo pero cuidadoso de no dañarme y me
sentí protegido. Así, las sudestadas, la navegación a oscuras entre lanchas
lanzadas a velocidad y buques sojeros, el perderme sin encontrar el camino de
regreso, las quemaduras del sol, el ataque de batallones de mosquitos, el
quedarme enterrado o perder el calzado en el limo…
Como un Viejo que
te hace pata, me enseñó cuándo salir y cuándo no; a disfrutar la adrenalina,
pero en modo racional; por cuál costa viajar para encontrar menos correntada en
contra o cómo aprovecharla para avanzar más rápidamente. Me hizo conocer
rinconcitos paradisíacos accesibles solo en kayak, el perfume de las hierbas
que crecen abundantes en la isla, la belleza de los pajonales, de los camalotes
en flor, dónde encontrar los escondidos irupés; la complicidad entre los
animales avisándose de la llegada de intrusos; la variedad de pájaros y de
flores; los habitantes del agua que salen al sol, las comunidades de isleños,
sus quehaceres, sus “ventajas” sobre los urbanos, su solidaridad, sus recelos,
sus dificultades, sus fiestas. El placer de calentar una pava para el mate, o
un asadito o cocinar un guiso en un fogón armado fácilmente con la leña siempre
a mano, en buena compañía. Los acampes inolvidables, siempre anecdóticos. El
interés por querer indagar siempre más sobre la fauna y la flora, sobre nuevos
recorridos…El ser parte de una comunidad informal de jóvenes y de viejos que
compartimos los mismos sentimientos por el Río, por su cuidado y por su
respeto.
Aprendí así que “el color feo” (¡pucha si es lindo!), es
una rareza preciosa porque es con el que lo tiñen la tierra roja del Mato
Grosso, la selva donde nace, y el limo proveniente de los Andes, que le aporta
el Bermejo; “el olor a yuyos” es
perfume a hierbas curativas o simplemente aromáticas, que “las
plantas que traen víboras, arañas y otros animales peligrosos”, los
camalotes desintoxican las aguas y, gracias a eso, nuestro Paraná no está todo
lo contaminado que podría, por la desidia humana; que dan flores de una belleza
superlativa, que son cobijo de todos los animales del humedal cuando se
encuentran en problemas; que “los remolinos traicioneros que te chupan hacia
abajo y te hacen morir ahogado” son fruto de irregularidades del lecho en
lugares no balneables; que en “el agua blandengue que no te sostiene a flote
como la del mar” se realizan competencias internacionales de natación en
las que participan campeones de todo el mundo; que
“los peces enormes de carne grasosa y
con sabor a barro”, bien preparados, son exquisitos; que “el fondo del río, barroso” es un limo
utilizado en cosmética y alfarería; “…el
peligro de pisar algún vidrio o una lata herrumbrada” no es
responsabilidad del Río sino de la mala educación. “Las palometas…” el Paraná es un Universo vivo, dentro del
Universo, con sus propias leyes y estaciones. Para disfrutarlo a pleno hay que
conocerlas y respetarlas.
Decía antes que
con el Río nos hablamos. Cada vez que salgo a navegar, lo acaricio en
superficie a modo de “¡Buenos días!”. Me bastan pocas paladas para entender de
qué humor anda y, en base a eso, me comporto. Me deja avanzar un trecho antes
de responderme, para estudiar qué mambos traigo. En general, espera que termine
el cruce de tierra firme a la isla, a veces, se demora un poco más. Su juego es
tomarme de sorpresa y ¡ahí está!: una cardenilla o un Martín pescador sobre una
rama muy cercana, el despegue en vuelo de un biguá a pocos metros, un carancho
en pose de inspector de tránsito, una tortuga disfrazada de piedra, un
ramillete de campanitas violetas, un intensísimo perfume a salvia mora, un
camalote que me viene en contra girando sobre su eje como una bailarina… ¡siempre
se inventa una! Devuelto el saludo, mientras vamos, nos contamos nuestras
cosas.
Los pobladores del
Noroeste veneran la Pachamama, la Madre Tierra. Yo, y no es por machismo,
además, al Padre Río.
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Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Corrección literaria: Isa Santoro
Maquetación y Edición: Laura Jakulis
Colaboradores: Marta Puey - Emilio bertero

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Para un litoraleño, aún al que como yo dejé de joven el litoral, es un texto muy emotivo, uno lo quiere al río aunque le dé la espalda, y justamente el texto nos cuenta por qué, y Pedro, me gustó, mucho, ese juego de contraste antes y después de los 30 años de remar, un después en el que hasta las palomitas son parte linda, necesaria y saludable,
ResponderBorrarPara un litoraleño, aún al que como yo dejé de joven el litoral, es un texto muy emotivo, uno lo quiere al río aunque le dé la espalda, y justamente el texto nos cuenta por qué, y Pedro, me gustó, mucho, ese juego de contraste antes y después de los 30 años de remar, un después en el que hasta las palometas son parte linda, necesaria y saludable.
ResponderBorrarMuy emotivo relato Pablo. Yo también he vivido el río desde muy joven, pero nunca me he detenido en tantos bellos detalles. Y sí lo he desafiado, en varias ocasiones, de puro joven estúpido. Si será tan bueno que me perdonó la vida, ja.
ResponderBorrarPedro tu relato es hermoso!! Cada flor, cada detalle, cada mirada tuya, nos cuenta tu amor por el río,nos habla de tu vínculo y lo que esperas de él. Me hiciste sentir que el río es como la vida, a veces nos invita a pasear un día de sol y otras el viaje es tortuoso pero siempre te va a sorprender con algo maravilloso si estás dispuesto a verlo. Entonces si el río es como la vida solo se trata de animarse y remar. Gracias Pedro por tu hermoso relato y por el mensaje que encierra.
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