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lunes, 25 de mayo de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "El Padre Río" - Relato inédito del escritor: Pedro Pablo Lilli - Rosario - Argentina -

 

 ATRAPADOS POR LA IMAGEN



Cuentos y relatos presenta a . . .


PEDRO PABLO LILLI


"Artista de Atrapados por la Imagen"


en: "El Padre Río"


Fotografía: Pedro Pablo Lilli

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

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Atrapados por la Imagen es un espacio abierto, accesible y en constante movimiento, donde se impulsa la participación, el intercambio creativo y las historias que merecen ser contadas.

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Relato inédito para Atrapados por la Imagen

"El Padre Río"
PEDRO PABLO LILLI



A Tacho Journet y Mario “Pulso Azul” García


¿Desafiarías a muerte a tu mejor amigo, mucho más corpulento, infinitamente más fuerte y, por si fuera poco, experto en todas las artes marciales y espirituales? Sería estúpido o suicida, ¿verdad? Al Paraná, cuando todavía no lo frecuentaba, me acerqué con altanería, temor y prejuicios.  “¡Río insidioso!” “¡Río traicionero, más peligroso que el mar!” Hoy, que lo conozco, ni razono ni pienso así.

Soy de la última generación de rosarinos que creció “de espaldas al río”. Nací y crecí en la zona oeste de la ciudad, rodeado de gente que no pescaba ni tenía embarcación, en una familia que veraneaba en la costa atlántica. Conocí La Florida, la playa ciudadana de entonces, recién en la adolescencia, atraído solo por los bikinis.

Tenía entonces, hacia el Río, una actitud soberbia. Lo comparaba con el mar, sin saber todas las estupideces que decía: “Color feo; olor a yuyos; superficie sucia de plantas que traen víboras, arañas y otros animales peligrosos de la selva; lleno de remolinos traicioneros que te chupan hacia abajo y te hacen morir ahogado; agua blandengue que no te sostiene a flote, como la del mar; peces enormes de carne grasosa y con sabor a barro; fondo que -cuando lo pisás- sentís esa sensación asquerosa del limo que se te mete dentro de las uñas y entre los dedos de los pies; donde te enterrás hasta las rodillas con el peligro de pisar algún vidrio o una lata herrumbrada. Te va bien si no te atacan las palometas…”

Tuve gusto de emigrar a la tierra de mis ancestros, Italia, y tras quince años, tuve gusto de regresar, a mediados de los ´90, a mi pago natal. Objetivamente, en ese lapso, Rosario había cambiado mucho. Ahora, era una ciudad “a orillas de un río marrón”, enorme, impetuoso, evidentemente desconocido por mí. El cambio consistía, justamente, en que era él, el Río, la figura principal, y que a su margen se extendía un aglomerado heterogéneo de edificaciones que, algún día tendrán que rendir cuentas a un Plan Regulador.

Mi “encuentro” con el Río se dio a raíz de mi deseo de remar. Nunca fui muy deportista. De grande, y estimulado por mis amigos milaneses, aprendí a esquiar. “Si vivís a los pies de los Alpes, tenés que esquiar”, me convencieron. Ahora – parado ante esa masa gigantesca de agua dorada que fluía poderosa hacia el Atlántico – me dije: “Si vivís a orillas del Paraná, tenés que remar”. No me costó nada comprender que, esquí y canotaje, son dos deportes genéticamente hermanos: requieren técnicas análogas para el equilibrio, el balanceo, el cambio de dirección y la corrección de ruta. En los dos, se desliza sobre superficies que se reservan siempre la última palabra y nunca son iguales a sí mismas. Son deportes que se pueden practicar en solitario o en compañía. En ambos casos, se está obligado a interactuar con la Naturaleza, en paisajes hermosos. Y lo que más me gusta: al finalizar la práctica y colgar los bastones o los remos, seas creyente o no, sentís que te reconciliaste con la Vida y con el Universo.

Hace más de treinta años que remo. Lamento no haberlo hecho de niño. Me encanta constatar que cada vez son más las personas de todas las edades que se lanzan a la práctica de distintos deportes en nuestro Río. Un pasaporte hacia la Felicidad.

Llevo muchos quilómetros navegados a partir de repetidas salidas entre las islas frente a la ciudad y de travesías de mediana y larga distancia. Me he perdido más de una vez entre los humedales, sacando fotos o avistando aves o curioseando canalitos y lagunas. Por imprudente me encontré lejos de ambas costas en medio de sudestadas o me sorprendió la noche sin una mísera linternita y una carpa. Aun así, no soy un experto del Río: sigo aprendiendo. Y, tengo una convicción, puede dar risa (por eso lo digo bajito): el Paraná y yo, nos hablamos.

Una señal la tuve en mi primera travesía (De la ciudad de Paraná a Rosario, que luego repetí otras diez veces) apenas me dieron en el Club Regatas Rosario la autorización para salir sin el Instructor. En la última etapa del largo derrotero, a la hora de partir desde la Isla del Pelado, el capitán del grupo, mi inolvidable “Tacho” Journet, dio la orden de salir bajo un diluvio impresionante. “¡Está loco, yo muero en el intento!”, pensé, pero no lo dije, para no quedar como un cagón frente a los otros (eran expertos) que vi muy tranquilos. Remé clavando la mirada en el agua mientras la lluvia golpeaba con fuerza contra la capucha de mi campera, chorreaba por mis lentes y, andá a saber cómo, se colaba hasta los huesos. Pensé que el Rio se crisparía, pero no: permaneció calmo y, más lo miraba, más tranquilidad me transmitía. Me acompañó así todo el tiempo. Hacia el final del viaje era el tipo más empapado y feliz de la Tierra. Cuando llegamos, después de abrazar a mis compañeros por el raid compartido, palmeé en la popa al bote, por haber sido un genial compinche y… levanté un puñado de agua del Río para besarlo y decirle “¡Gracias!”.

Desde entonces, somos inseparables. Aprendí a escucharlo. Como a un chico, cuando lo desoí, me reprendió. Como un buen Padre fue severo pero cuidadoso de no dañarme y me sentí protegido. Así, las sudestadas, la navegación a oscuras entre lanchas lanzadas a velocidad y buques sojeros, el perderme sin encontrar el camino de regreso, las quemaduras del sol, el ataque de batallones de mosquitos, el quedarme enterrado o perder el calzado en el limo…

Como un Viejo que te hace pata, me enseñó cuándo salir y cuándo no; a disfrutar la adrenalina, pero en modo racional; por cuál costa viajar para encontrar menos correntada en contra o cómo aprovecharla para avanzar más rápidamente. Me hizo conocer rinconcitos paradisíacos accesibles solo en kayak, el perfume de las hierbas que crecen abundantes en la isla, la belleza de los pajonales, de los camalotes en flor, dónde encontrar los escondidos irupés; la complicidad entre los animales avisándose de la llegada de intrusos; la variedad de pájaros y de flores; los habitantes del agua que salen al sol, las comunidades de isleños, sus quehaceres, sus “ventajas” sobre los urbanos, su solidaridad, sus recelos, sus dificultades, sus fiestas. El placer de calentar una pava para el mate, o un asadito o cocinar un guiso en un fogón armado fácilmente con la leña siempre a mano, en buena compañía. Los acampes inolvidables, siempre anecdóticos. El interés por querer indagar siempre más sobre la fauna y la flora, sobre nuevos recorridos…El ser parte de una comunidad informal de jóvenes y de viejos que compartimos los mismos sentimientos por el Río, por su cuidado y por su respeto.

Aprendí así que “el color feo” (¡pucha si es lindo!), es una rareza preciosa porque es con el que lo tiñen la tierra roja del Mato Grosso, la selva donde nace, y el limo proveniente de los Andes, que le aporta el Bermejo; “el olor a yuyos” es perfume a hierbas curativas o simplemente aromáticas, que “las plantas que traen víboras, arañas y otros animales peligrosos”, los camalotes desintoxican las aguas y, gracias a eso, nuestro Paraná no está todo lo contaminado que podría, por la desidia humana; que dan flores de una belleza superlativa, que son cobijo de todos los animales del humedal cuando se encuentran en problemas; que “los  remolinos traicioneros que te chupan hacia abajo y te hacen morir ahogado” son fruto de irregularidades del lecho en lugares no balneables; que en “el  agua blandengue que no te sostiene a flote como la del mar” se realizan competencias internacionales de natación en las que participan campeones de todo el mundo; que “los peces enormes de carne grasosa y con sabor a barro”, bien preparados, son exquisitos; que “el fondo del río, barroso” es un limo utilizado en cosmética y alfarería; “…el peligro de pisar algún vidrio o una lata herrumbrada” no es responsabilidad del Río sino de la mala educación. “Las palometas…” el Paraná es un Universo vivo, dentro del Universo, con sus propias leyes y estaciones. Para disfrutarlo a pleno hay que conocerlas y respetarlas.

Decía antes que con el Río nos hablamos. Cada vez que salgo a navegar, lo acaricio en superficie a modo de “¡Buenos días!”. Me bastan pocas paladas para entender de qué humor anda y, en base a eso, me comporto. Me deja avanzar un trecho antes de responderme, para estudiar qué mambos traigo. En general, espera que termine el cruce de tierra firme a la isla, a veces, se demora un poco más. Su juego es tomarme de sorpresa y ¡ahí está!: una cardenilla o un Martín pescador sobre una rama muy cercana, el despegue en vuelo de un biguá a pocos metros, un carancho en pose de inspector de tránsito, una tortuga disfrazada de piedra, un ramillete de campanitas violetas, un intensísimo perfume a salvia mora, un camalote que me viene en contra girando sobre su eje como una bailarina… ¡siempre se inventa una! Devuelto el saludo, mientras vamos, nos contamos nuestras cosas.

Los pobladores del Noroeste veneran la Pachamama, la Madre Tierra. Yo, y no es por machismo, además, al Padre Río.

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 Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Pedro Pablo Lilli

Rosario - Argentina

Mayo 2026

Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

Corrección literaria: Isa Santoro

Maquetación y Edición: Laura Jakulis

Colaboradores: Marta Puey - Emilio bertero


Agradecemos a todos nuestros amigos, lectores y seguidores, por sus visitas y valoraciones.


Afectuosamente...


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Directora: Laura Jakulis

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Licencia Creative Commons
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4 comentarios:

  1. Para un litoraleño, aún al que como yo dejé de joven el litoral, es un texto muy emotivo, uno lo quiere al río aunque le dé la espalda, y justamente el texto nos cuenta por qué, y Pedro, me gustó, mucho, ese juego de contraste antes y después de los 30 años de remar, un después en el que hasta las palomitas son parte linda, necesaria y saludable,

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  2. Para un litoraleño, aún al que como yo dejé de joven el litoral, es un texto muy emotivo, uno lo quiere al río aunque le dé la espalda, y justamente el texto nos cuenta por qué, y Pedro, me gustó, mucho, ese juego de contraste antes y después de los 30 años de remar, un después en el que hasta las palometas son parte linda, necesaria y saludable.

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  3. Muy emotivo relato Pablo. Yo también he vivido el río desde muy joven, pero nunca me he detenido en tantos bellos detalles. Y sí lo he desafiado, en varias ocasiones, de puro joven estúpido. Si será tan bueno que me perdonó la vida, ja.

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  4. Pedro tu relato es hermoso!! Cada flor, cada detalle, cada mirada tuya, nos cuenta tu amor por el río,nos habla de tu vínculo y lo que esperas de él. Me hiciste sentir que el río es como la vida, a veces nos invita a pasear un día de sol y otras el viaje es tortuoso pero siempre te va a sorprender con algo maravilloso si estás dispuesto a verlo. Entonces si el río es como la vida solo se trata de animarse y remar. Gracias Pedro por tu hermoso relato y por el mensaje que encierra.

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