ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Nueva integrante de esta comunidad artística"
🌸 Bienvenida Natalia🌸
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
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La Editorial Atrapados por la Imagen tiene el honor y la alegría de recibir a una nueva autora que se suma a este espacio de creación y encuentro artístico.
Cuento inédito para Atrapados por la Imagen
El
pie se le resbala del pedal y la bicicleta se inclina demasiado. Elvira
respira, se concentra, vuelve a intentarlo y echa a andar. Las manos sobre el
manubrio todavía buscan dirección y algo de estabilidad. Estabilidad,
dirección, ir hacia adelante. Estabilidad, equilibrio, ¡vamos Elvira!, se dice
a sí misma. ¿A dónde vamos?, responde la otra, esa Elvira que la cansa de nunca
creer que pueda llegar a ningún lado por su propio mérito. Como cuando la tela
del vestido le quedó enganchada sin remedio a la máquina de coser. Hubiera
estrellado la máquina contra el piso.
Mientras
más pedaleaba, más decaían sus ganas de continuar en esa bicicleta demasiado
grande para ella, que apenas llegaba al metro cincuenta. Elvira siente el peso
de esa bicicleta, se distrae y piensa en todo lo que tiene que hacer. Una casa
en permanente construcción en ese páramo sin luz, ni gas natural, siempre da
trabajo. Los chicos, trabajo. ¡Ojalá crecieran más rápido!, se dice. Pero nada
de eso lo decidió ella. Igual que tampoco decidió tener esa bicicleta tan
pesada. Solo sabe que salió y que ya no sabe para qué. No puede descansar del
propósito que no tiene. Decide seguir pedaleando en esa bicicleta que Pedro
eligió para ella. Quizás por eso, porque la idea de huir del agujero que era su
vida misma la atraía, terminó aceptando esa bicicleta y se entregó a su
conquista. Dominarla bajo la tutela de su inmutable marido. Cuando lo
consiguió, se sintió extasiada y comenzó a salir todos los días. Elvira comenzó
a conquistar el territorio de su barrio esquivando pozos, perros dispuestos a
perseguirla y amenazarla con arrancarle los tobillos y aprendiendo a regular la
velocidad para evitar los saltos provocados por piedritas en apariencia
inofensivas.
Al
principio, las vecinas la miraban con cierta extrañeza al verla subida a una
bicicleta que no parecía trasladarla a ningún lugar muy concreto. La ausencia
de aparente utilidad dejaba pasmadas a las señoras sin edad que barrían el
pasto. Pero a ella pronto comenzó a parecerle lo mismo.
Ahí
está Elvira, pedaleando sin propósito ni ganas, preguntándose a cada metro para
qué insistía, cuando de repente la ve, apoyada contra un cesto de basura. Toda
roja, brillante, ligera, esa otra bicicleta tan al alcance de su mano. Se
acerca con cuidado, movida por la curiosidad de ver los detalles de esa
hermosura. En el instante que Elvira mira la bicicleta roja como si se tratase
de la Capilla Sixtina, Olga sale a su encuentro. ¿Qué tal Elvira? ¿Qué te trae
por acá? Saludos, comentarios de rigor. A Elvira no le gusta Olga. Nunca le
gustó. No podría explicar qué le cae tan mal de la vecina, pero tampoco puede
evitarlo. Elvira sobreactúa interés. Ríe de más, pregunta por los familiares
cuidando recordar el nombre de cada hijo. Hablan del precio de las cosas, la
inflación que se come los ingresos de todo el barrio. Olga contesta con
naturalidad. Se la ve casi feliz de poder conversar a esa hora de la tarde con
una vecina que al final resultó ser mucho más simpática de lo que aparentaba. A
Olga, su vecina le cae bien. Entonces, Elvira arremete sin vueltas: ¿qué te
parece si intercambiamos bicicletas? Olga la mira sin entender completamente el
ofrecimiento. Elvira insiste: si al final, cada una tiene lo que la otra
necesita. Que si las cosas solo sirven si se las usa. Que la bici suya es mucho
más cara por ser mucho más grande, pero que a ella no le importa, porque la
quiere y para qué están las vecinas sino es para ayudarse. Olga la mira,
piensa… A ella le hubiera gustado intercambiar el marido, pero, por el momento
se conforma con la bicicleta. Olga tampoco tiene a dónde ir, pero queda
momentáneamente atrapada en la idea de vender la bicicleta mucho más cara: “Es
más grande, seguro vale mucho más”. Con un “bueno, está bien”, sellaron el
pacto, el cesto de basura vacío como testigo involuntario.
En esa tarde de sol de otoño Elvira pedalea ligera por el barrio en silencio, con una sensación de nuevo brío. La otra Elvira se queja, empieza a esbozar planteos: ¡Pedro se va a enojar! Callate, consigue decir la Elvira que acaba de triunfar. Esa noche durmió y soñó que pedaleaba con su nueva bicicleta roja en un barrio con arboledas, casas terminadas y vecinas en bicicletas de colores. Ninguna la miraba. Todas seguían.
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Editora Literaria: Isabel Santoro
Ilustración: Imagen libre de la Web
Mayo 2026

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