"Artista de Atrapados por la Imagen"
en:
"Crímenes perfectos"
___ Relato inédito ___
Cuento inédito para Atrapados por la Imagen
"Crímenes perfectos"
PATRICIA BALDA
Ella tiene un
bollo de pelo en la base de la nuca. No es un rodete, tampoco una trenza, puede
que alguna vez haya sido una cola retorcida sujeta con un broche. Pero hoy es un
bollo, una pelota, un montón de pelo abandonado a su suerte, casi una rasta.
Sostiene que es
mejor así, no tiene dudas, si se lo peina, se cae. Y no quiere quedarse pelada. Igual ayer me dijo:
“Cuándo vengas fijate si me lo podés acomodar”, por eso traje perdido en algún
lugar de mi cartera un pote de crema desenredante.
Le miro el pelo
mientras llora, mejor dicho, el bollo de pelo. El llanto comenzó con un berrinche,
primero tiró la lapicera contra la pared y después llegaron las lágrimas. Su
vida transcurre entre el dolor y la furia.
Se aniña cuando
llora, también se aniña cuando quiere ser graciosa. A veces es una niña triste,
otras una niña mala, otras una niña caprichosa. Nunca una niña feliz.
Está enojada,
llena de rabia y… yo la miro.
—Te pintaste los ojos, le digo sin acercarme
—Y los labios para que no me vieras tan mal…, me contesta
Está sentada
mirando la pared como si estuviera en penitencia. Gira la cabeza al responderme
y lo hace desde unas ojeras moradas. Se puso el saco rojo, es un detalle, un
mensaje sin duda más efectivo que el llanto. Me acerco, y apoyo mis manos sobre
sus hombros. Ensayo una caricia, torpe, trabada, cautelosa.
—Haceme unos masajes, me duele la espalda.
—Dale.
Ahora las dos
miramos la pared en una suerte de penitencia colectiva, un destino común. De a
poco comienza a calmarse.
— ¿Te hago el cuadro? Pregunto mientras
huyo, de la pared y las caricias.
Es primavera del
otro lado de la puerta, hay sol en el patio y el verde es más verde después de
la lluvia. Los pájaros se bañan en una olla enlosada, recuerdo cuando esa olla
era nueva, yo era niña en ese tiempo, Gastón aún no había llegado, la primavera
habitaba de los dos lados de la puerta. “Éramos felices y no lo sabíamos", murmuro
“Éramos felices y
no lo sabíamos”, dijo mi amiga Leti hace apenas unos días, y yo me quedé
mirándola un poco sorprendida, un poco desorientada, mientras las palabras horadaban
mi cuerpo.
“Éramos jóvenes” corrigió
Betina. Lo suficiente para sentirnos eternas pensé, y las tres nos perdimos en
ese tiempo no tan lejano en el que todo tenía otra dimensión, otro peso.
Los pájaros
revolotean por el patio, se paran en la cuerda de la ropa y desde ahí vuelan
hasta la olla, se zambullen y despegan agitando las alas. Ramilletes de gotitas
que quedan suspendidas en el aire, el sol las hace brillar.
— Solo doy trabajo.
— ¿Te hago el cuadro?
— Quiero que… Me explica lo que estuvo pensando.
Se levanta y
ocupo su lugar, otra vez miro la pared, pero esta vez sentada en su silla.
Sobre la mesa unas hojas, una regla y una lapicera. Comienzo a trabajar en un
cuadro de doble entrada, arriba los días: 1, 2, 3, 4, 5, …30, 31, octubre trae
31. Al costado sobre el margen, el nombre de los remedios en orden descendentes
según debe tomarlos.
—Con esa letra no. Yo no puedo leer eso nena, ya te dije que no veo. Sigue.
— Vos no prestas atención cuando te digo: no veo, no escucho, y ahora también…
Levanto los ojos,
enfrente tengo la pared. Ella está parada detrás mío, sé que está parada detrás
mío, y que también mira la pared. Otra vez la dos mirándola en una suerte de
penitencia colectiva, unidas en un destino común.
Rompo la hoja,
primero el berrinche, después, después nada porque yo no lloro, yo no sé
llorar.
—Te enojaste. Afirma
—No. ¿Tenés plasticola?
—Sí, si tengo. Da media vuelta y sale a buscarla, es la primera vez en mucho tiempo que la veo caminar segura, tranquila, sin titubeos.
Recorto los
nombres de los remedios cuidando que también se vea el color de la caja, los
pego en el margen de la hoja respetando el orden en que debe tomarlos. En la
parte superior anoto otra vez, 1,2, 3, 4, …30, 3l, octubre trae 31. Con la
regla tiro rayas de arriba abajo, de izquierda a derecha. Listo, lo miro estoy
conforme, me gusta.
— ¿No está buenísimo? Ahora no te vas equivocar. Buscá la caja por los colores, hacé una cruz en el cuadrado cuando los tomes, si no está la cruz es que no los tomaste. La miro esperando una sonrisa. Ella toma la hoja, la mira y contesta
—Me gusta.
Se la quito de
las manos y la pego en la pared justo enfrente de su silla, ahora las dos
miramos el cuadro, mientras yo completo las cruces de los remedios que ya tomó.
Siento sus manos
sobre mi espalda, es su tiempo de caricias.
El sol que entra
por la ventana de la cocina se desliza por los azulejos, alcanza el cuadro,
subraya octubre y me recuerda que, del otro lado de la puerta, a unos pasos es
primavera.
Gastón partió en
Julio, los primeros días de Julio, con el inicio de invierno. Llegó en enero, partió
en julio. Primavera, invierno, verano, por qué pienso pelototudeces, tiene
razón no la escucho.
—Nena….
—Sí…
—Vos que sabés fijate en el teléfono la luna, hay que cortar unas ramas.
“Partió “así le
dije, esa fue la palabra que elegí.
—Cómo que partió. Preguntó
—Partió, se fue, se murió tía, partió.
Ella anotó en el
almanaque sobre el número 4, partió Gastón.
—Creciente, luna creciente. Miento y pago el costo de ver su desilusión
—Las corto igual.
—No, nena no, crecen con más fuerza, no en ésta luna.
No hace tanto,
unos meses, tal vez un año, mientras mirábamos el gomero me pidió que le
anotara las lunas, siempre le preocuparon las lunas.
Alguna vez fuimos
felices juntas, antes de perdernos. Por aquellos años las lunas, los astros,
las dietas sin carne, la meditación, los ayunos, la hacían única. En ese tiempo
cuando ella decía quererme hasta más allá del infinito yo podía creerle.
El infinito, nuestro infinito era un poco más
grande que el de los demás. Era más grande, más exótico, era diferente, único.
Una vez llegó al pueblo en una encomienda desde buenos aires, vino dentro de
una valija llena de caramelos, collares, pulseras y una cartera de gamuza con
flecos. Era hermoso nuestro infinito.
—Se está muriendo como yo. Dice con la mirada fija en el gomero.
—No tía no, mira las hojas, están verdes y brillantes.
—El tronco está podrido. Insiste.
Camino hasta la
puerta para verlo mejor porque desde donde estoy lo veo dividido en cuatro, seis,
ocho partes. Está viejo y feo, pero no estoy tan segura de que esté podrido.
—Gastón se fue.
—Sí, tía
—Partió
—Sí, tía
—Tuvimos suerte, yo le agradezco a Dios, no iba a poder cuidarlo, estoy vieja y cansada.
—. . .
Abro la puerta,
camino al centro del patio buscando el sol, me paro junto a la olla enlosada. El
aire de la mañana es fresco, huele a primavera, huele a pan tostado.
La vecina del
departamento de arriba tiene la ventana abierta, por la ventana se escapa, el
olor a pan y la música de la radio. Calamaro canta para ella, para miles de
desconocidos y ahora también para mí:
Ella no va a volver
Y la pena me empieza a crecer
adentro
La moneda cayo por el lado de
la soledad
Y el dolor
Los pájaros
siguen con su baño mañanero, se zambullen y al volar sacuden sus alas, unas
gotas redondas, irreverentes, saladas, se deslizan por mi cara.
Ella no va a volver
Y la pena me empieza a
crecer adentro.
Editora Literaria: Isabel Santoro
Mayo 2026
“Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra”

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