Atrapados por la Imagen
Presenta...
"Un café en la ruta"
Relato inédito para Atrapados por la Imagen
Del escritor:
Hansel Germán Monzón
"Artista de Atrapados por la Imagen"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
Oscar le había
propuesto el viaje, a ese pueblito en las sierras, porque sabía que ese lugar
le gustaba mucho y no correría el riesgo de una negativa —Es mi lugar en
el mundo— solía decir ella.
La idea le
surgió repentinamente, como una epifanía, cuando, preocupado, pensaba
alguna manera de volver a estar como antes, de volver a enamorarla.
Los preparativos no tuvieron
mayores contratiempos. Ella entusiasmada con volver una vez más a
ese lugar y él con la idea de estar con ella durante cuatro días. Solos.
Sin nadie ni nada que se interponga en esa especie de luna de
miel.
Nunca quisieron
convivir, al menos eso creía cada uno del otro, aunque ninguno lo dijo nunca
con claridad. Ambos venían de varias relaciones y, de algunas, en las que la
experiencia de la cotidianidad había hecho sus estragos. De todas
maneras, el mantener cada uno su bunker, no garantizaba nada. No se llevaban
mal, pero no estaban como antes.
Cada vez tenían
sexo más espaciado y cualquier discrepancia de pareceres dejaba una fría
grieta, aunque ya casi ni discutían.
Hacía más de una
hora que estaban viajando. Él manejaba y ella, pendiente de los
mensajes en su teléfono, ultimaba detalles con familiares que se harían
cargo de la casa y de darle de comer a su perro durante su ausencia.
— ¿Querés hacer unos mates?
—Propuso él.
—Sí, aguantá. Ya hago.
Aferrado al
volante la miraba de reojo a ella que seguía con el teléfono en la mano.
Si bien le era necesario chatear con quien le cuidaría la casa, le daba bronca
que, a más de una hora de haber salido a la ruta, no había podido
comenzar una charla profunda, o por lo menos íntima. Ni hablar
cuando recordó los planteos que ella hacía cada vez que era él quien se ponía
a contestar algún mensaje o se ponía a discutir de política en el feis
con algún cabeza de termo que ni siquiera conocía. Ella insistía que
no eran celos ni inseguridad pero no podía dejar de suponer que del otro
lado del chat siempre había una mujer, sospechas totalmente infundadas ya que
él estaba enteramente con ella y se lo demostraba siempre, incluso llegó
a querer mostrarle su teléfono en más de una ocasión, pero ella nunca lo aceptó
—si alguna vez siento que quiero revisar tu teléfono prefiero dejarte— solía argumentar. Se hacía la
superada, pero después de haberlo colocado a él en el lugar del sospechoso,
esa respuesta le parecía una verdadera hijaputéz, ya que el teléfono era
la única y contundente prueba que él tenía de su inocencia. Lo
hacía siempre. Cada vez que lo veía con el teléfono le tiraba una frase
tipo “¿Ya estás histeriqueando?” o “Por qué te escondés para chatear”
cuando salía del baño o entraba desde el jardín con el celular en la
mano. Verla mensajear totalmente despreocupada le hizo sentir
envidia. Envidia de esa libertad que él no podía tener cuando
agarraba su teléfono. ¿Por qué a él jamás se le ocurrió que ella podría
estar beboteando con un tipo? ¿Por qué él no sentía celos?
Cuando se
conocieron Oscar cometió uno de los errores más imperdonables que se pueden
cometer, hablar demasiado. Sin saber que iban a tener una relación y
encima una relación importante, le contó que le había sido infiel a su
ex. Oscar sintió que a partir de ahí, o mejor dicho, por eso,
siempre iba a estar en el banquillo de los acusados y, tal vez por la
culpa que sentía, es que no se guardaba ninguna ocasión de demostrarle
cuanto le gustaba ella.
De pronto Oscar recordó
una noche de pasión, de esas que extrañaba. Estaban un poco borrachitos y
ella le contó de un amante con el que se veía mientras estaba de novia
con un ex. Sin embargo él no la crucificó por eso. Son cosas que pasan. Es la
vida. Ella es muy sexual y si bien lo destruiría imaginarla hacer con otro todo
lo que hace con él, sabe que, a veces, el amor pasa por otro lado.
Ella terminó de
chatear. Buscó el bolso matero que había dejado a mano y se dispuso a
preparar el mate. Luego le pasó el primero a él.
— ¿Ya arreglaste todo?
— Sí, esta noche va Lucía a darle
de comer a Woody.
— ¿Y los demás días?
—Ya está, se
turnaran mis hijas, el problema era esta noche que ellas no iban a poder. Oscar
termina de chupar la bombilla y le devuelve el mate.
— ¿Estás contenta?
Ella levantó los hombros y sonrió.
—Sí, claro.
Era cierto, Oscar
la veía contenta, pero veía una contentura que no tenía que ver con él.
Se sentía afuera de su alegría. Ella no le sostenía la mirada tierna
como lo hacía antes. Ya no se reía de cuanta pavada decía Oscar para,
justamente, causarle gracia y recordó con mucha pena el consejo que le
diera una amiga —Si la querés coger hacela reír— . Cada tanto la volvía a mirar
de reojo. La veía a ella que solo miraba hacia adelante, el
paisaje.
Las ideas le
pasaban por su mente de a montones, ideas para romper un silencio que,
como la fuerza de gravedad, insistía en permanecer. Ideas que,
así como se les ocurría, las descartaba por creerlas idiotas, inútiles u
obvias. Sabía que si algo no podía ser era obvio. Ella se tenía que
volver a enamorar por su cuenta, sin percibir su injerencia, tal como
había ocurrido la primera vez. Sentía un gran dolor. Le costaba entender
que eso nunca ocurre. El amor puede durar mucho, sí, pero el
enamoramiento es otra cosa, es como la fascinación que siente un chico
ante el truco del mago. Fascinación que durará en tanto y en cuanto el truco no
sea develado y eso es justamente lo que le ocurre a todas las parejas. Se
les devela el truco. También recordó ese viaje a Victoria a unos pocos días de
comenzar la relación. Después de pasar un hermoso día manejó gran parte
del regreso con la pija en la boca de ella. Entonces confiaba en su
pericia al volante, no como últimamente que no le deja mirar el GPS
porque dice que se puede distraer e insiste en ser ella la “navegante” cuando
ni siquiera aprendió a utilizar esa tecnología, más por una porfiada
negación a las explicaciones de él que por falta de talento.
“2 km área de servicios” decía el
cartel.
—¿Querés que paremos? —Le dijo
ella.
—Si vos querés…
—Yo por vos… ¿No querés ir al
baño?
—La verdad no, fui antes de salir y
todavía no tengo ganas.
Faltando ya unos pocos metros ella
le dijo de parar.
—Dale paremos que quiero ir al
baño.
Oscar salió de la
ruta y buscó un buen lugar para estacionar el auto. Ella bajó con su
bolsito de mano.
Él buscó el mate y
el termo. Se lo llevó para lavar y a recargar agua caliente. Del tanque salía
un chorro muy finito y mientras esperaba que se llene el termo no paró de
pensar: ¿Por qué no me dijo que quería parar para ir al baño? Siempre hace lo
mismo ¿Tanto le cuesta decir lo que quiere? Pregunta si quiero hacer tal cosa
esperando que le conteste lo que ella quiere en lugar de ser
directa. Encima la quiero complacer y siento que no tengo margen
para errarla. ¡No soy adivino!
Oscar regresó al
auto y ella apareció enseguida. Estaba contenta y, con una sonrisa le dijo: — ¿Querés
que hagamos un café?
Oscar no tenía
ganas de tomar un café, ya venía saturado del mate, pero pensó un segundo,
y le respondió:
—¡Dale, me encantaría!
Ella lo miró sonriente y sosteniéndole
la mirada, con ternura, le dijo:
—Buenísimo, a mí también me encanta
tomar café en la ruta.
Editora Literaria: Isabel Santoro
Ilustración: Imagen libre de la Web
Colaboraciones de: Marta Puey - Emilio Bertero
Mayo 2026

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.







El relato recrea una situación frecuente con originalidad, verosimilitud, se reconocen con claridad episodios y pensamientos, me gusta en especial el detalle de que sea un relator en tercera, pero no omnisciente, de ella no dice nada, sino más bien cómplice de él, de quien sabe todo, y bueno que sea un cuento sin final, cada lector tendrá su final final en la cabeza pq el cuento sigue. Redondito che!
ResponderBorrarMonólogo interior donde la duda es protagonista y el narrador el encargado de "subir" al lector a la historia con calidad narrativa de excelencia.
ResponderBorrarGracias Hansel Germán por este regalo.
Qué buen cuento!. Nos refleja a todos los que armamos una historia en nuestra cabeza. Pensamos y no hablamos. Y así vamos tejiendo una historia en silencio que nos hace pelota.
ResponderBorrarGracias por tu cuento
El lazo de amor tiene siempre una singular complejidad, que se teje inevitablemente con un muro que se interpone entre los amantes, lo cual, el relato muestra con nitidez
ResponderBorrarMuy buen cuento Hansel. Relata muy bien escenas de la vida cotidiana de una pareja. Excelentes los soliloquios o monólogos de él tratando de adivinar lo que ella podía o no querer para sentirse feliz. Y al final ,lo lindo, que algo tan simple como un café en la ruta fue la frutilla del postre! Gracias por compartirlo.Un abrazo!
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