ATRAPADOS POR LA IMAGEN
"Nuevo integrante de esta comunidad artística"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
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Juan José Vitiello, nacido en Rosario el 1° de Mayo de 1953, 73 años. Casado con Stella Hernández, dos hijos: Juan Manuel y Juan Facundo.
Militante desde los 16 años, ex preso político, fue dos veces concejal de su ciudad, escribió poemas desde los trece años. La temprana lectura del libro Demián de Herman Hesse influyó notablemente en su inclinación espiritualista. Se define como católico sui géneris y creyente sin remedio, además de peronista de izquierda, lo que completa su cosmovisión. Decidió juntar la prosa que le resultó más publicable y darla a conocer "antes de que sea más tarde".
"Una oportunidad para Ponce"
JUAN JOSÉ VITIELLO
Hay fiesta en el pueblo y eso no es de todos los días. Hay
que ponerse a tono. Sacar del ropero la mejor pilcha, lustrar zapatos, acomodar
la huesera para el bailongo de la noche y hasta guardar un resto porque la cosa
sigue al otro día.
En ese abril del 68, venía soplando un vientito cálido y
acariciador. El norte santafesino es lerdo para hacerse al invierno y el otoño
era una primavera ese año.
Todo lo enjaulado se pone nervioso y lo silencioso canta.
De temprano, empezadito el viernes, ya habían ocurrido las
pequeñas desgracias para unos y diversión maliciosa para otros. Para la colección
de anécdotas, que no otra cosa, es la historia de un pueblo.
Ya la propaladora había equivocado el disco de aplausos para
rubricar la actuación en vivo del osado cantautor de la zona poniendo en cambio
la grabación de un gol en el relato del gordo Muñoz. Lo que obligó al dotado
glosista, locutor y periodista a sacar un as de la manga diciendo a toda
bocina: Ha sido un gol interpretativo del amigo Medina. Ya la chata de don
Severo, convertida en escenario, se había
llevado músicos y cantantes en enredos de pentagramas que pretendían ser
“Nubes de humo”, en una corta pero final cabalgata de sus percherones asustados
por inoportunos petardos en medio de un ensayo.
Ya el Negro Lumumba se había estrellado con su bicicleta, en
el intento de remedar a los motociclistas de riesgo del parque de diversiones
lanzados en tobogán.
Ya el asador a la estaca triunfador de cien fogones había
recibido el supremo galardón vomitando ocho horas de vino junto al fuego en la
solapa del senador departamental.
Ya las palomas mensajeras del Turco Ismael, que siendo árabe
presidía la Asociación Italiana, habían traído los resultados de los partidos
de fútbol de la jornada regional.
Ya un paisano de tenor revisionista había acuchillado el acordeón de un cantante de visita por discrepancias con la letra.
Cuando casi todo lo pequeño se había ido precipitando en ese
pasado instantáneo de tribu que reseca la memoria de las islas en tierras del
norte; cuando ya nada para el anaquel de la risa y el sacudón de cabeza había
dejado de ocurrir, vino la gala a cerrar el sábado.
Ahora sí la corbata y el vestido. El cigarrillo con boquilla, la boca pintada. Las uñas limpias, el agua colonia. El bigote tusado, el peinado de peluquería. Vienen los artistas. Hay una obra en el Cine Teatro Garibaldi.
Las viejas compañías de radioteatro, que habían cautivado por
décadas a mateadores y planchadoras de las tardes, pegaban los últimos suspiros
de derrota bajo el hipnótico radiar de la televisión.
Siguieron sus giras, sus leyendas propagadas. Dieron sus
últimas batallas, pueblo por pueblo, mangando sillas, bancos de parroquia,
focos de ferrocarril, forrando galpones, haciendo telones de arpillera.
Era común, entonces, que el público tomara partido por los
personajes buenos y abominara a los malos sin distinguirlos de los actores y
actrices que los interpretaban. Aplausos, silbidos y hasta insultos a la salida
se hicieron patrimonio de estos teatreros peregrinos junto con fama y sustento.
Y en aquel abril, Alfonso Amigo, Federico Fábregas, ¿o fue
Norberto Blessio quien llegó con su troupe a coronar el sábado en una gala de naftalina?
Ya ni me acuerdo del título de la obra. Se ha perdido en el raspón de un paso de comedia que ese pueblo entregó al arte dramático.
El hall es todo rumor y risotadas. Se comenta que hay una
demora. Que hay un actor enfermo. Que será reemplazado por alguien del lugar.
Qué buen aderezo para el plato principal. En efecto, un actor de reparto que
debía representar a un ocasional beligerante que ponía a prueba la proverbial
bravura del primer actor, héroe y galán, había enfermado. Convocaron al prójimo
más pintado en su reemplazo. El tramoyista y bufetero Irineo Manuel Ponce.
Pese a la insistencia del debutante Ponce de intervenir con
algún parlamento en su escena, le adjudicaron el redondo papel de la ignominia.
Debía interceptar a Adalberto, el héroe, y fingir una pequeña trifulca de la que
el primerísimo actor y dueño de la compañía saldría asaz airoso, como el
libreto siempre lo indica.
El siseo preludiar de las plateas colmenares acompaña la
apertura del telón. La obra se desliza frente a un público atento que hace
honor al esfuerzo de la dramaturgia de comarca con algún aplauso suelto, un
suspiro, alguna lágrima.
Entretanto Ponce ha estado esperando su momento en bambalinas, precalentando su enjundia con unos vasos de Esperidina.
Salir el improvisado actor devenido en crédito munícipe y
estallar la sala en ovación fue todo uno.
Apartándose del más elemental apego a las formas del asunto
teatral, Ponce saludó con los brazos en alto. Varias voces pusieron orden en la
sala y el oficio actoral primó sobre las tablas haciendo que los veteranos
artistas retomaran el hilo argumental.
Entre no mezquinados sollozos y frases grandilocuentes, la
pareja protagónica se introduce en el momento culminante de un conflicto que ha
de resolverse en minutos.
Hay un forcejeo y Ponce, el paisano bufetero, el esperado de
todos, el actor, ya no puede ceñirse a un simple empujón, a unos puñetes
arrojados al aire. Le espeta al galán ¡yoteviadáhijunagranputa! Y la
emprende a las trompadas netas y revoleadas, sonoras y cuantiosas, sobre el
rostro del ahora doliente héroe de la radio.
Y una voz cerril grita la frase que reúne al público en la expropiación del arte: ¡No le afloje Ponce!
La obra oficial desbarrancó en tropiezos, puteadas, agarrones
y lamentos. Algunos se fueron avergonzados. Otros eufóricos.
En adelante, se comentaría en los boliches, se le repetiría a
las visitas, se contaría con distintos finales.
También fue distinto el final de aquella obra cuyo nombre no
recuerdo.
Al fin y al cabo, siempre hay un Ponce que se cuela para
cambiarle el final a la obra.
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Diseño y Maquetación: Laura Jakulis
Editora Literaria: Isabel Santoro
Agosto 2026
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Gracias por tanta generosidad y por invitar a participar de la belleza. Las letras y las imágenes destellan en esta página con estruendosa pasión.
ResponderBorrarJuanjo Vitiello
BorrarUn hermoso relato costumbrista que me llevó a ese pueblo, a esos años, logrando rescatar la nostalgia y la maravillosa picardía e ¿ingenuidad? de esa gente.
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