ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Cuentos y Relatos Presenta a:
EMILIO BERTERO
"Artista de Atrapados por la Imagen"
En...
"Woodstock en Santa Fé - El festival de la Isla Berduc"
Editorial Atrapados por la Imagen
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Registro de propiedad intelectual
Woodstock en Santa Fe:
el festival de la Isla Berduc
Así promocionaban carteles en letras negras sobre
fondo naranja, de eso me acuerdo bien, con un dibujo de Jimi Hendrix azotando
la guitarra. Era enero del 70, yo estaba por cumplir 15 años, y me tenían medio
enloquecido, de los que más me vienen a la memoria, Jimi Hendrix, Crosby,
Stills, Nash & Young, Blood, Sweat & Tears, Joe Cocker, The Who,
Creedence, Janis Joplin, Santana y Joan Baez, todos nenes (y nenas) que habían
roto todo en Woodstock 69, el mejor concierto hippie de la historia, “tres días
de paz y música”, en agosto de 1969.
A los pibes de Santa Fe, no nos había llegado mucho,
pero Pablo Mudry, el cabezón José y yo, estábamos más al tanto gracias al
“viejo” Caminitti (y las comillas van porque en ese entonces, Caminitti ni tendría 40 pirulos), un rengo de bastón elegante, barba y pelo largo, el
único hippie auténtico que teníamos a mano, el que nos enseñó a tomar cerveza
al natural engordada con ginebra, el único al que hasta ese tiempo habíamos
visto fumarse un porro de verdad, porque nunca pudimos comprobar a ciencia
cierta la especie de que Pololo y Sarzotti habían criado unas plantas en el
fondo de la casa de la abuela del gringo Velocci.
El viejo Caminitti se hacía unos mangos en un altillo
de la Avenida López y Planes, en Barranquitas, arriba de una ferretería,
haciéndonos escuchar a los monstruos, a veces en long plays, a veces en
cassettes y, lo más, en grabaciones de cinta abierta que él mismo armaba y,
después de esperar no menos de dos semanas, conseguir y vendernos discos que ni
siquiera en Breyer, la disquería más importante de Santa Fe, se podían
encontrar. Yo ahorraba la guita del colectivo gastando el camino y las suelas al
Nacional Simón de Iriondo, Facundo Zuviría-San Jerónimo-Mendoza, como 50
cuadras, para poder comprarle por lo menos dos discos al mes.
Los que escuchábamos esa música nos sentíamos
superiores a los que todavía no se habían despegado de las estelas de Palito
Ortega y Sandro, pero respetábamos más, y poco a poco también los fuimos
incorporando, a los que le daban pelota a los argentinos, Lito Nebbia y Los
Gatos, Almendra, Manal, Vox Dei y Arco Iris, que encima, sí se conseguían en
Breyer.
En ese punto estábamos cuando llegó Woodstock en
Santa Fe: el festival de la Isla Berduc.
La isla Berduc queda camino a Paraná y ahí estaba,
antes de que se hiciera el Túnel Subfluvial, el atracadero de balsas para
cruzar a Entre Ríos. La cosa había sido programada para tres días seguidos
igual que en Woodstock, con grupos y solistas de Santa Fe y Entre Ríos, la
verdad es que no conocíamos a casi ninguno de los anunciados, pero en nuestras
cabezas la lógica no funcionó, nuestras cabezas deliraron e imaginaron que se
avecinaba una experiencia mística, que íbamos a estar en un Woodstock vernáculo
que iba a terminar siendo la envidia de los porteños y rosarinos pelotudos,
incapaces de tener los huevos para hacer algo parecido, nuestras cabezas
imaginaron música, amor y paz y todo lo que eso traía puesto.
Arrancó un viernes a la mañana, marchamos temprano
para agarrar el colectivo de la costa, yo a escondidas de mi vieja que se
hubiera enloquecido de haberse enterado, vestidos con las camisetas que
teñíamos con anilinas atándoles nudos, para que quedaran con círculos de
colores. La mía era lila.
En el bondi éramos los únicos tres que íbamos al
festival, pero lo mismo no se desalentó nuestra idea de que una multitud de
hippies iba a inundar la isla Berduc, que capaz con algo de suerte no solamente
seríamos espectadores, tal vez protagónicos, de un hito en la historia del
rock, sino también ligaríamos algunas cositas anexas, porque los carteles
anunciaban grandes sorpresas (que conjeturábamos decían así, porque mucha
alharaca los organizadores no podían hacer estando el país bajo la dictadura de
Onganía) y nuestras expectativas iban desde, a que capaz se aparecía Lito
Nebbia, hasta vaya a saber la cantidad de minitas rápidas que iba a haber.
La primera mirada nos devolvió más cantidad de
policías y puestos de panchos y choripanes que de gente. Cinco o seis de la
organización pasaban guadañas entre los yuyos para dejar limpia una medialuna
alrededor del escenario, un rectángulo de 6 x 3, sin techo, con bolsas de
arpillera agarradas a unas cañas tacuara cubriendo los lados y el fondo, sobre
el que habían pegado un cartel hecho con papel afiche que decía Woodstock en
Santa Fe: el festival de la Isla Berduc. A los costados, unos parlantes medio
anémicos y dos banderas blancas con el símbolo de amor y paz.
Demoró bastante en arrancar, como una hora y media.
Entre tanto fueron llegando más, no demasiados. Chicas solas casi no había. El
único entretenimiento fueron unas piñas entre un grupito del Comercial y otro
del Industrial de Junín, una cosa que se venían prometiendo desde el fin de
semana antes. Los del Comercial cobraron para todo el campeonato, como siempre
les pasaba.
Después vinieron más émulos, esta vez en castellano,
supongo que habrá sido algo de Almendra o Manal, hasta muchos años después,
cuando dejamos de vernos con Pablo y el cabezón, les discutí que habían tocado
“Jugo de tomate frío” y ellos decían que no podía ser, que “Jugo de tomate
frío” fue más adelante, lo que me hace pensar que a medida que pasa el tiempo
le pongo más ganas a los recuerdos.
Todos fueron de perros para abajo, salvo unos pibitos
de Santo Tomé que hicieron temas de ellos cantados por una chica que, al lado
del resto, parecía Brenda Lee. Más adelante nos contarían que el bajista había
llegado a tocar en una banda que le hizo soporte a Serú Girán, y que la chica
fue amante de … (un rockero muy famoso), pero vaya uno a saber si es cierto, de
Woodstock en Santa Fe: el festival de la Isla Berduc, se han contado muchos
bolazos.
Atrás de los santotomesinos vino lo peor. El
presentador agarró el micrófono, dijo algo de la confraternidad entre géneros
musicales y subió un dúo de guitarra y bombo, con bombachas de gaucho, a tocar
chacareras. Los pollos más chicos fueron gargajos de dinosaurios, aunque
ínfimos comparados con los que le volaron al presentador cuando, en vez de
alterar el orden del programa a ver si la cosa escampaba, volvió con la
cantinela de la confraternidad y dijo, al mejor estilo Cosquín, “desde San
Francisco de Córdoba…”, y se trepó al escenario el cuarteto no sé cuánto, para
el que los gallos no alcanzaron, y dos o tres a los que se les escapó de la
mano una botella de cerveza o la petaca vacía, fueron los primeros demorados.
Mientras tanto, de las cosas “anexas” nada, salvo que
contabilice lo de tres minas que se nos pegaron, bastante más grandes que
nosotros, veintipico diría, dos gorditas y un susto de medianoche, que nos
convidaron con unos humitos que a mí me parecieron con gusto a zarzaparrilla y
preferí seguir con mis Particulares 30. O, en lo que sería el preámbulo del
fin, pasada la hora de la siesta y mientras tocaba uno que se la pasaba
amagando con romper la guitarra a lo Jimi Hendrix, una piba se trepó al
escenario, se sacó la remera y se quedó en tetas bailando un rato, hasta que
con semejante atentado a la moral y las buenas costumbres, los canas decidieron
intervenir para bajarla, volaron algunos cascotes y se armó un desbande durante
el que los polis aprovecharon para revolear algún que otro bastonazo y, menos
mal, suspender por ese día Woodstock en Santa Fe: el festival de la Isla
Berduc. En la semana nos enteramos que la piba era una loca, pero loca de
verdad, que había estado una temporadita en el manicomio de Don Bosco.
Nos volvimos con la cola entre las patas, ahora
teniendo que sufrir a los mosquitos vespertinos y al colectivo lleno. Como
llegamos a la ciudad más o menos temprano nos metimos en el cine Mayo, el único
que no pedía documentos para entrar a ver películas prohibidas para menores de
18.
Nos vimos una de la Coca Sarli. Fuego, creo que era.
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grande emilio, aguante el rocanrroll!!
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