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domingo, 1 de noviembre de 2026

DOMINGOS DE CURIOSIDADES. HOY. LA HISTORIA DETRÁS DE LA FLORALIS GENÉRICA

FLORALIS GENÉRICA: LA FLOR QUE SE CONVIRTIÓ EN EMBLEMA DE BUENOS AIRES



En el corazón del barrio porteño de Recoleta, sobre la Plaza de las Naciones Unidas, se alza una flor fuera de lo común. Sus pétalos de aluminio y acero se elevan hacia el cielo y convierten a la Floralis Genérica en una de las esculturas más singulares y reconocibles de Buenos Aires.

Pero ¿qué historia se esconde detrás de esta enorme flor metálica? ¿Quién imaginó esta obra y qué significado quiso darle?

Hoy, en Domingos de Curiosidades, te invito a descubrir la historia de este monumento que, con su presencia imponente, se convirtió en un emblema de la ciudad.




Una flor de acero que cobra vida

En la Plaza de las Naciones Unidas, sobre la avenida Figueroa Alcorta y frente a la Embajada de Francia, la escultura se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de Buenos Aires. Rodeada de verde y reflejada sobre el agua, invita a vecinos y visitantes a detener por un instante el ritmo cotidiano y mirar la ciudad con otros ojos.

Pero detrás de esa silueta delicada hay una historia de precisión, tecnología y trabajo. La flor fue construida en Córdoba, entre enero de 2001 y febrero de 2002, con aluminio y acero inoxidable, en instalaciones de la empresa Lockheed Martin Aircraft Argentina, que por entonces tenía la concesión de la fábrica aeronáutica que hoy conocemos como FAdeA (Fábrica Argentina de Aviones Brigadier San Martín S. A.). La empresa estadounidense dejó esa concesión en 2009, cuando la fábrica regresó a manos del Estado.

Y hay un detalle que permite comprender mejor su aspecto: sus pétalos recuerdan el revestimiento de las alas de un avión. No es casualidad. La construcción exigió una compleja estructura de doble curvatura, con dos caras y costillas interiores. El propio Catalano describió ese desafío con estas palabras: "Fue una construcción muy compleja, de doble curvatura, rígida, de dos caras y costillas entremedio", según recoge el libro Arquitectos argentinos for export, de Luis Grossman y Daniel Casoy.






A los pies de la escultura, una fuente circular de hormigón armado completa la escena. El agua recoge el reflejo de sus pétalos y crea una imagen casi soñada: la flor verdadera elevándose hacia el cielo y su réplica temblando suavemente sobre la superficie. Arte, arquitectura y naturaleza se encuentran allí, en un juego de formas y reflejos que cambia con la luz de cada hora.

Su movimiento, que parece tener algo de mágico, es posible gracias a un sistema eléctrico e hidráulico automático, equipado con sensores y células fotoeléctricas. La tecnología permite accionar sus pétalos según las condiciones de luz. Y cuando la noche cae, la iluminación instalada en la estructura y sus alrededores la viste de tonos rojizos, dándole una presencia diferente, misteriosa y cautivante.

En el diseño original de su funcionamiento se contempló, además, que la flor permaneciera abierta durante cuatro noches especiales del año: el 25 de mayo, en conmemoración de la Revolución de Mayo; el 21 de septiembre, para celebrar la llegada de la primavera; y el 24 y el 31 de diciembre, en vísperas de Navidad y del Año Nuevo.

Así, la Floralis Genérica es mucho más que una escultura monumental. Es una flor que encontró su lugar en el corazón de Buenos Aires y que, con cada apertura de sus pétalos, parece recordarnos que incluso el acero puede transmitir delicadeza, que la tecnología también puede despertar emoción y que, a veces, basta con levantar la mirada para descubrir algo extraordinario en medio de lo cotidiano.




De una flor en el jardín a un símbolo de Buenos Aires

A veces, una gran obra nace de un instante fugaz, de una escena cotidiana que despierta una idea capaz de perdurar en el tiempo. Así ocurrió con la Floralis Genérica. Su creador, el arquitecto Eduardo Catalano (1917-2010), observó un día cómo se cerraba una flor en el jardín de su casa. Aquel movimiento natural despertó en él la inspiración para imaginar una flor diferente, una que no necesitara tierra ni raíces para abrir sus pétalos al cielo.

Catalano diseñó la obra y decidió donarla a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. No quiso representar una especie determinada, sino rendir homenaje a todas las flores. Por eso la llamó Floralis Genérica: una flor universal, concebida como síntesis y símbolo de todas las demás.

Al explicar lo que sintió al imaginarla, el arquitecto expresó en una entrevista: "Cuando la concebí sentí por unos instantes, sólo por unos instantes, que me había convertido en arquitecto de la diosa Naturaleza creando una nueva flor sobre la Tierra. Flor que por su carácter genérico es síntesis y símbolo de todas las flores".

En esas palabras se descubre la emoción que acompañó el nacimiento de la obra: la sensación de haber creado algo nuevo a partir de la inspiración más antigua, la propia naturaleza.

La decisión de regalarla a la ciudad también respondía a una manera de entender el arte y su relación con la sociedad. "Vengo de la cultura americana, que tiene sus defectos y virtudes. Entre las últimas está la filantropía, y por eso he querido brindar a la Ciudad de Buenos Aires esta “obra ambiental”", explicó Catalano, quien definía así el sentido de su donación. También destacó su interés por lo dinámico y por la unión entre pureza, precisión y tecnología.

Para él, la arquitectura era mucho más que una cuestión de formas y estructuras: era también una expresión artística, una manera de transformar el espacio en emoción. En una de sus reflexiones, afirmó: "Me considero un arquitecto que exalta la organización que brinda la estructura y su relación con geometría y espacio. Las dos primeras son ramas de la ciencia. El espacio es una expresión poética. Las tres son una unidad indivisible, como es el fuego y la luz".

Esa mirada parece encontrar su expresión en la Floralis Genérica, donde la geometría, la ingeniería y el movimiento se unen para dar vida a una obra que sorprende tanto por su dimensión como por su delicadeza. El metal se vuelve pétalo, la tecnología acompaña el ritmo de la luz y el espacio abierto de la plaza se transforma en parte de la experiencia artística.

Quizás, como señalan algunos también existiera en Catalano el deseo de permanecer en el recuerdo colectivo. Si esa aspiración estuvo presente, el tiempo parece haberle dado respuesta: aquella flor imaginada a partir de un instante en el jardín se convirtió en una imagen inseparable de Buenos Aires.
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Desde aquel 13 de abril de 2002, la Floralis Genérica transformó el paisaje porteño y conquistó la mirada de quienes pasan a su lado. Con sus pétalos que se abren al sol y se cierran al atardecer, esta flor de acero se convirtió en mucho más que una escultura, es un símbolo de Buenos Aires donde el arte y la poesía florecen cada día.





Idea, Investigación y Edición: Isa Santoro
Administradora de Atrapados por la Imagen



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