ATRAPADOS POR LA IMAGEN
Cuentos y Relatos Presenta a:
Cristina Wnetrzak
"Nueva artista de Atrapados por la Imagen"
en...
"Apenas un Cuento"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Registro de propiedad intelectual
____________
La Editorial de Atrapados por la Imagen, tiene el honor de recibir a una nueva escritora, que se incorpora a este sitio de arte colectivo.
Hoy le damos la bienvenida a: Cristina Wnetrzak
Compartimos una pequeña biografía sobre Cristina y su trayectoria:
Escritora, periodista y traductora, con una larga trayectoria en la redacción de textos científicos para medios internacionales. Escribe poesía y cuentos desde la adolescencia y nunca dejó de hacerlo. Pasó por talleres literarios y teatrales, siempre con curiosidad y ganas de explorar. Para ella, escribir es aprender, disfrutar y, sobre todo, compartir un espacio de encuentro, de vínculos y de creación colectiva.
______________
![]() |
| Dibujo realizado por: Ana Laura Ratchitzky |
"Apenas un Cuento"
Cristina Wnetrzak
Cosa rara es la vida que insiste en devolverla a los lugares de los que ha escapado. En ese lugar que llaman refugio, mujeres en las que no se reconoce, le hablan en un idioma que siente ajeno. Convive con otras y con los hijos que llevaron consigo, todos golpeados por la vida de formas incontables. Como ellas ingresó con el anonimato y la protección policial. Solo los canas que las llevan y los tipos de seguridad que abren las puertas saben quienes entran o salen tanto de día como por las noches.
Como la mayoría llegó con lo puesto, ni siquiera una bombacha para cambiarse, tampoco pudo llevar ropa para los hijos chicos que le dijeron que llevara con ella. Con suerte alguien les presta, cuando puede, alguna ropa así se las va arreglando para lavar lo que trajeron puesto.
Desde la llegada ha escuchado cantidad de historias diferentes. La mayoría de las mujeres llegaron apaleadas por la calle y por hombres envinados y febriles que las sometieron con la rabia y la impotencia de los derrotados.
Se mantiene apartada, parece como si escuchara pero no se puede saber qué es lo que se esconde detrás de esos ojos oscuros y el gesto inexpresivo. Algunas mujeres hablan demasiado. Ella no. Es callada, respetuosa y no tiene exigencias. Los hijos también son callados.
Su silencio le ganó pronto la simpatía de las voluntarias que allí trabajan y que, a pesar de las recomendaciones que reciben diariamente de no involucrarse, lo hacen. Y así fue que se comprometieron con esta mujer llana y taciturna que rechaza las expresiones de compasión con aire digno. Todas las colaboradoras del refugio conocen los detalles de la historia. Ella sin embargo parece ajena, como si nada tuviera que ver con su persona.
En su afán protector, las voluntarias, tan escasas en recursos como ella misma, no se dejan cansar por la desidia de la administración pública. Llevan al refugio semillas de sus propias huertas, palitas y cucharas. Preparan en sus casas plantines con los cartones del papel higiénico, los llevan y les enseñan cómo cuidarlos. Insisten en que las mujeres rompan los terrones secos y amasen el barro con las manos. Ella no tiene palabras para decirles que viene muy del norte, de entre los cerros, donde su padre celebraba ceremonias a la Pachamama y sacaba a la familia al fresco de la noche a bailarle a la luna con los pies descalzos para no gastar alpargatas. Hace tanto tiempo que escapó del campo roto por las sequías y deslavado por las inundaciones que no puede discernir por qué ahora quieren que vuelva a la tierra. No puede imaginarse volviendo.
En la capital parió cuatro hijos que son más ciudad que tierra y tarde comprendió que no podía ni sabía cómo ayudarlos, estaba tan indefensa como ellos. Igual que si se hubiera quedado en el pueblo porque allá, los hombres tampoco eran mejores, solo más callados.
Piensa a veces en la hija que hace rato se fue por su cuenta, vive con un tipo en una pieza por Floresta y ya la hizo abuela. Cuando se acuerda del bebé se le aflojan lágrimas que no sabía que tenía. El hijo mayor también se mandó a mudar y seguro que anda por ahí, vaya a saber en qué. Nunca pudo manejarlo, siempre metido en problemas. No es que no le importe, solo acepta lo que es irremediable.
Una de las voluntarias la invita a participar en una ceremonia que pretende ser de homenaje a la madre tierra. Cada mujer puede presentar un pequeño regalo, no importa como sea. Una ofrece el plantín en rollo de papel higiénico que todas las noches esconde bajo la cama para que no se lo roben o lo rompan. Otra ha trenzado una pulsera con unas hebras de lana de colores robadas de algún saco viejo. Ella dice que no tiene nada para ofrecer. Solo sus tristezas. La mujer que preside la pseudo-ceremonia la invita a que las ofrezca y entonces cae de rodillas y con las manos golpea la tierra mientras la riega con sus lágrimas. Después de la sesión de horticultura todas vuelven en silencio al interior del refugio.
A la salida las voluntarias, mientras se atracan con golosinas en el café más próximo al lugar, chismorrean entre ellas su historia. Una chilena que se vino muy del norte cordillerano a la capital, un día la llamaron de la escuela porque la hija actuaba raro. No hablaba. Siempre había sido de hablar poco, como la madre, pero había dejado de comunicarse del todo. Entonces se pudrió todo. Ahí fue donde se supo que el padre se la cojía a la hija cuando la madre salía a trabajar. Descubrieron también que cuando la nena estaba en la escuela el tipo se cojía al pibe de cuatro años. Después fue la policía y el refugio. Ella no entendía nada. En sus murmuraciones las voluntarias se preguntan cómo terminará esta historia. El tipo está preso, pero imaginan que no por mucho tiempo.
Mientras tanto ella escucha en un casi majestuoso silencio, las explicaciones para romper la tierra, salpicar las semillas, regar. Hace su parte como le piden. Quién puede saber qué pasa por esa cabeza, tal vez los días en que entre los cerros se le morían las ovejas y las cabras por la sequía y la tierra se rajaba en pedazos o quizás solo espera el momento de volver al conventillo del que la trajeron, aunque algún día el tipo vuelva. Y si no es él será algún otro. Todas especulaciones.
Entre las mujeres del bar se hace un silencio. Unas bajan la mirada hacia la taza de café. Otras engullen un gran bocado de torta que se les desmiga por las comisuras de la boca. Pueden verla, como esa mañana en la ceremonia, cuando se quitó las zapatillas y caminó por la huerta, primero por la parte asoleada y luego hacia la sombra. Cuando le preguntaron qué hacía contestó que quería saber cómo se sentía el pasto caliente por el sol y cómo era el fresco a la sombra. Pero eso fue después de ofrendar sus penas a la tierra.
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
©Cristina Wnetrzak
Buenos Aires - Argentina
Ilustración: Ana Laura Ratchitzky
Diseño y Maquetación: Laura Jakulis
Editora Literaria: Isabel Santoro
Febrero 2026

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional



.jpg)

Dramático relato, amiga.
ResponderBorrarDramático relato, amiga.
ResponderBorrarEs un relato muy creativo, bajo un estilo de solo aparente crónica, como si fuera una nota periodística, se monta, o mejor dicho se cobija una vivencia de un hondo dramatismo, y no es solamente eso, porque las vivencias de ceremoniales de la tierra nutren esa vivencia de un modo que quizás de otro modo, no haría un relato tan rico
ResponderBorrarUn fuerte relato. Lindo trabajo amiga.
ResponderBorrarEXCELENTE ...un relato de VIDA .. muy profundo ,con mucho sentimiento
ResponderBorrarBienvenida y felicitaciones por esta historia de factura realista que no por breve deja de transmitir con profunda sensibilidad los padecimientos que imprime sobre nuestro genero que representa la mitad de la población como sobre las niñeces este sistema patriarcal que los varones también padecen, pero diría que la mayoría sin reflexión y con obediencia debida.
ResponderBorrarRaquel kreichman
“Apenas un cuento” es un texto que se dice bajito y se siente fuerte. Cristina Wnetrzak escribe con una sensibilidad enorme, dejando que el silencio, la tierra y el cuerpo hablen por sí solos. Hay dolor, pero también una dignidad profunda, de esas que no necesitan explicarse. Un relato que acompaña, que incomoda un poco y que queda latiendo después de la última línea. ¡ Gracias por compartirlo en Atrapados, te esperamos con más y nuevos relatos!
ResponderBorrar¡Hermoso dibujo de Ana Laura Ratchitzky! ¡Felicitaciones para ambas!
ResponderBorrar