Fotografías de autor

Atrapados por la Imagen es un espacio donde las historias encuentran su forma, ya sea en palabras, en fotos o en la mezcla mágica de ambas. Somos una página editorial que apuesta por la sensibilidad, la mirada personal y el disfrute de contar. ¡Bienvenidos!

lunes, 16 de febrero de 2026

©EDITORIAL ATRAPADOS POR LA IMAGEN, PRESENTA: "Apenas un Cuento" - de la escritora: Cristina Wnetrzak - Buenos Aires - Argentina

 

ATRAPADOS POR LA IMAGEN


Cuentos y Relatos Presenta a:


Cristina Wnetrzak


"Nueva artista de Atrapados por la Imagen"

en...


"Apenas un Cuento"


Edición: Editorial Atrapados por la Imagen

RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ

Registro de propiedad intelectual

____________


La Editorial de Atrapados por la Imagen, tiene el honor de recibir a una nueva escritora, que se incorpora a este sitio de arte colectivo.


Hoy le damos la bienvenida a: Cristina Wnetrzak


Compartimos una pequeña biografía sobre Cristina y su trayectoria:

Escritora, periodista y traductora, con una larga trayectoria en la redacción de textos científicos para medios internacionales. Escribe poesía y cuentos desde la adolescencia y nunca dejó de hacerlo. Pasó por talleres literarios y teatrales, siempre con curiosidad y ganas de explorar. Para ella, escribir es aprender, disfrutar y, sobre todo, compartir un espacio de encuentro, de vínculos y de creación colectiva.

______________

"La editorial de Atrapados por la Imagen, es un espacio accesible para todos, fomentando la participación y el intercambio creativo".


Dibujo realizado por: Ana Laura Ratchitzky


"Apenas un Cuento"

Cristina Wnetrzak


         Cosa rara es la vida que insiste en devolverla  a los lugares  de los que ha escapado. En ese lugar que llaman refugio, mujeres  en  las que no  se reconoce, le  hablan en  un idioma que siente ajeno.  Convive con otras  y  con los hijos que llevaron consigo, todos golpeados por la vida de formas incontables.  Como ellas ingresó con el anonimato y la protección policial. Solo los canas que las llevan y los tipos de seguridad que abren las puertas saben quienes entran o salen tanto de día como por las noches.

      Como la mayoría llegó con lo puesto, ni siquiera una bombacha para cambiarse, tampoco pudo llevar ropa para los hijos chicos que le dijeron que llevara con ella.  Con suerte alguien les presta, cuando puede, alguna ropa así se las va arreglando para lavar lo que trajeron puesto.

       Desde la llegada ha escuchado cantidad de historias  diferentes.  La mayoría de las mujeres llegaron apaleadas  por la calle y por hombres envinados  y febriles que  las sometieron con la rabia y la impotencia de los derrotados.   

      Se mantiene apartada, parece como si escuchara  pero no se puede saber qué es lo que se esconde detrás de esos ojos oscuros y el gesto inexpresivo.  Algunas  mujeres hablan demasiado. Ella no. Es callada, respetuosa y no tiene exigencias.  Los hijos también son callados.

      Su silencio le ganó pronto la simpatía de las voluntarias que allí trabajan y que, a pesar de las recomendaciones que reciben diariamente de no involucrarse, lo hacen. Y así fue que se comprometieron con esta mujer  llana y taciturna que rechaza las expresiones de compasión con aire digno.  Todas  las colaboradoras del refugio conocen los detalles de la historia. Ella sin embargo parece ajena, como si nada tuviera que ver con su persona.

       En su afán protector, las voluntarias, tan escasas en recursos como ella misma,  no se dejan cansar por la desidia de la administración pública. Llevan al refugio semillas de sus propias huertas,  palitas y cucharas. Preparan  en sus casas plantines con los cartones del papel higiénico, los llevan y les enseñan cómo cuidarlos. Insisten en que las mujeres rompan los terrones secos y amasen el barro con las manos.  Ella no tiene palabras para decirles que viene muy del norte, de entre los cerros, donde su padre celebraba  ceremonias a la Pachamama y sacaba a la familia al fresco de la noche a bailarle a la luna con los pies  descalzos para no gastar alpargatas. Hace tanto tiempo que  escapó del campo roto por las sequías y deslavado por las inundaciones que no puede discernir por qué  ahora quieren que vuelva a la tierra.  No puede imaginarse volviendo.  

      En la capital parió cuatro hijos que son más ciudad que tierra y tarde comprendió que no podía ni sabía cómo ayudarlos, estaba tan indefensa como ellos.  Igual que si se hubiera quedado en el pueblo porque allá, los hombres tampoco eran mejores,  solo más callados. 

      Piensa a veces en la hija que hace rato se fue por su cuenta, vive con un tipo en una pieza por Floresta  y ya la hizo abuela. Cuando se acuerda del bebé se le aflojan  lágrimas que no sabía que tenía.  El hijo mayor  también se mandó a mudar y seguro que anda por ahí, vaya a saber en qué. Nunca pudo manejarlo, siempre metido en problemas. No es que no le importe,  solo acepta lo que es irremediable.

      Una de las voluntarias la invita a participar en una ceremonia que pretende ser de homenaje a la madre tierra. Cada mujer puede presentar un pequeño regalo, no importa como sea. Una ofrece el plantín en rollo de papel higiénico que todas las noches esconde bajo la cama para que no se lo roben o lo rompan. Otra ha trenzado una pulsera con unas hebras  de lana de colores robadas de algún saco viejo. Ella dice que no tiene nada para ofrecer. Solo sus tristezas. La mujer que preside la pseudo-ceremonia la invita a que las ofrezca y entonces  cae de rodillas y con las manos golpea la tierra mientras  la riega con sus  lágrimas. Después de la sesión de horticultura todas vuelven en silencio al interior del refugio. 

       A la salida las voluntarias, mientras  se atracan con  golosinas  en el café más próximo al lugar,  chismorrean entre ellas su historia.  Una chilena que se  vino muy  del norte cordillerano  a la capital,  un día la llamaron de la escuela porque la hija actuaba raro. No hablaba. Siempre había sido de hablar poco, como la madre, pero había dejado de comunicarse del todo.  Entonces se pudrió todo.  Ahí fue donde se supo que el padre se la cojía a la hija cuando la madre salía a trabajar. Descubrieron también que cuando la nena estaba en la escuela el tipo  se cojía al pibe de cuatro años. Después fue la policía y el refugio. Ella no entendía nada.  En sus murmuraciones las voluntarias se preguntan cómo terminará esta historia. El tipo está preso, pero  imaginan que no por mucho tiempo. 

       Mientras tanto ella escucha en un casi majestuoso silencio, las explicaciones para romper la tierra,  salpicar las semillas, regar. Hace su parte como le piden. Quién puede saber qué  pasa por esa cabeza, tal vez los días en que  entre los cerros se le morían las ovejas y las cabras  por la sequía y la tierra se rajaba en pedazos o quizás solo espera el momento de volver al conventillo del que la trajeron,  aunque algún día el tipo vuelva. Y si no es él será algún otro.  Todas especulaciones.

       Entre las mujeres del bar se hace un silencio. Unas bajan la mirada hacia la taza de café. Otras engullen un gran bocado de torta que se les desmiga por las comisuras de la boca. Pueden verla, como esa mañana en la ceremonia, cuando se quitó las zapatillas y caminó por la huerta, primero por la parte asoleada y luego hacia la sombra. Cuando le preguntaron qué hacía contestó que quería  saber cómo se sentía el pasto caliente por el sol y cómo era el fresco  a la sombra. Pero eso fue después de ofrendar sus penas a la tierra.


Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a: 


©Cristina Wnetrzak

 Buenos Aires - Argentina

Ilustración: Ana Laura Ratchitzky


Diseño y Maquetación: Laura Jakulis 

 Editora Literaria: Isabel Santoro

Febrero 2026



Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional

9 comentarios:

  1. Es un relato muy creativo, bajo un estilo de solo aparente crónica, como si fuera una nota periodística, se monta, o mejor dicho se cobija una vivencia de un hondo dramatismo, y no es solamente eso, porque las vivencias de ceremoniales de la tierra nutren esa vivencia de un modo que quizás de otro modo, no haría un relato tan rico

    ResponderBorrar
  2. EXCELENTE ...un relato de VIDA .. muy profundo ,con mucho sentimiento

    ResponderBorrar
  3. Bienvenida y felicitaciones por esta historia de factura realista que no por breve deja de transmitir con profunda sensibilidad los padecimientos que imprime sobre nuestro genero que representa la mitad de la población como sobre las niñeces este sistema patriarcal que los varones también padecen, pero diría que la mayoría sin reflexión y con obediencia debida.

    Raquel kreichman

    ResponderBorrar
  4. “Apenas un cuento” es un texto que se dice bajito y se siente fuerte. Cristina Wnetrzak escribe con una sensibilidad enorme, dejando que el silencio, la tierra y el cuerpo hablen por sí solos. Hay dolor, pero también una dignidad profunda, de esas que no necesitan explicarse. Un relato que acompaña, que incomoda un poco y que queda latiendo después de la última línea. ¡ Gracias por compartirlo en Atrapados, te esperamos con más y nuevos relatos!

    ResponderBorrar
  5. ¡Hermoso dibujo de Ana Laura Ratchitzky! ¡Felicitaciones para ambas!

    ResponderBorrar
  6. Cristina, al leer tu relato, se siente una tristeza profunda y mucha impotencia, porque es imposible no pensar en la desprotección que vivimos muchas mujeres. Genera mucha identificación: cargar culpas que no son nuestras, estar expuestas a violencias que parecen inevitables y depender de sistemas que apenas alcanzan para contener. Realmente es imposible no leerlo con un nudo en el pecho y con la sensación de que podría ser la historia de cualquiera.
    La imagen acompaña magníficamente. Felicitaciones a ambas.
    ¡Bienvenida a Atrapados!

    ResponderBorrar

deja tu comentario gracias!