Cuentos y Relatos
Presenta . . .
"La sonrisa"
Del escritor:
Sebastián Rogelio Ocampo
Cuento perteneciente a su libro: "Sin estetoscopio"
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
RL-2022-18030193-APN-DNDA#MJ
Me llegó el mensaje al handy
indicándome la próxima consulta. Puse en marcha el auto y me dirigí al lugar.
El nombre del paciente era Mario Ollero. Mario Ollero, Mario Ollero, me sonaba,
en realidad me sonaba la conjugación del nombre con el domicilio, Juan Canals
al 1100, el barrio de mi infancia. De
súbito se me vino una imagen a la cabeza, un chico morrudo, de pelo a cepillo,
con la mirada recia, el andar chueco, y que cada vez que se iba para la casa,
llegaba a la esquina y se daba vuelta para mirarnos. Recuerdo a Leandro, otro amigo,
cuando Mario Ollero se iba, con Leandro nos quedábamos expectantes,
observándolo, esperando a que se diera vuelta para ver si lo mirábamos. Siempre
se daba vuelta.
Cuando llegué a la casa confirmé mi
sospecha, era la casa de Mario Ollero, el de mi infancia. Golpeé en un portón
blanco con ventanas de vidrio perpendiculares. Había un timbre pero estaba
roto. Me atendió un hombre viejo, con gesto ausente y resignado. Era pelado,
con mechones de cabello blanco en torno a las orejas. La casa olía a perfumina
de lavanda. Había una mesa llena de porquerías. Un televisor. Un mueble donde
se veían vasos, platos, más abajo libros y un equeco con un pucho en su boca.
Al fondo en una cama estaba sentado Mario Ollero. Hacía treinta años que no lo
veía. No me reconoció.
-Está con nauseas - me dijo el viejo
que resultó ser el padre.
-Tomo muchos medicamentos, doctor -
me dijo Mario, con un hablar precipitado hasta el tartamudeo.
Le pregunté qué tomaba y me nombró
un montón de medicación psiquiátrica.
-Me
atienden en la clínica acá a dos cuadras - me dijo. -El halopidol me da
náuseas. Ya le dije a mi psiquiatra pero dice que no puedo dejar de tomarlo.
La
sábana sobre la que estaba Mario estaba tan desgastada que hasta se veía el
diseño del colchón debajo. En la pared había pegado un poster de Axel Rose.
También había escrito con fibra algo sobre el amor y la esperanza. Mario, la
misma cara, percudida por el paso del tiempo, la locura, los ojos duros, los
pelos todavía en cepillo, pecas, labios secos.
-Doctor
¿Puede ser que el halopidol me da náuseas?
Yo
creía que no. Pero le dije que pueda que sí, que tal vez sí.
-¿Estás
con diarrea?- le pregunté.
-No, no, solo este malestar, en la boca del
estómago, ganas de vomitar.
En
un momento pensé que iba a reconocerme, decirme ¿Negro sos vos? Pero no lo
hizo. Recordé, recordé un rumor, un rumor que a todos los pibes nos hacía
crispar, Mario le había pegado a la madre. Eso se decía en el barrio. Todos los
pibes lo mirábamos con temor, con recelo.
No faltaban los que se reían de él, de su exacerbada suspicacia, de su
persecuta. Venía cada tanto a la cortada donde nos juntábamos y nos contaba
ideas que tenía, ideas grandiosas como que iba a ir al VIP de tal o cual
boliche, que había tal o cual piba que
estaba enamorada de él, o que en verano iría a surfear al Caribe.
Recordé
algo en especial, una vez íbamos en el colectivo a la cancha de Central
Córdoba, había unas pibas sentadas en el asiento de atrás que se reían, todo el
tiempo, como cotorras, insoportables. A Mario poco a poco fue deformándosele la
cara hasta que explotó. Las recontra puteó y les dijo que se dejaran de reír de
él o las iba a cagar a palos. Me acuerdo que el colectivero se calentó. Nos
hizo bajar del colectivo y terminamos en un kiosco tomando una coca y tranquilizando
a Mario en lugar de ir a la cancha.
Me
dispuse a revisar a Mario, le palpé el abdomen, le tomé la fiebre, le tomé la
presión.
-Doctor,
sabe qué, escucho voces- me dijo. -A la noche, me susurran, a veces me dicen
cosas feas. El otro día soñé que Maradona venía a mi casa para decirme que era
mi papá. El psiquiatra me dice que esas voces están adentro de mi cabeza, que
no existen. Pero yo las escucho.
-Si
las escuchás, existen- le dije. No sé si hice bien o mal pero eso le dije.
Apareció
el padre con un vaso de gaseosa. Me ofreció que me sentara y eso hice. Siento
con los muchachos que compartí mi infancia una complicidad única, como si ellos
hubieran sido mis únicos y verdaderos amigos, a pesar de no haberlos visto más
o de verlos muy de vez en cuando, siento que ellos son los únicos que me
conocen de verdad. Fraternidad de la vereda. Me senté y el viejo se sentó
también. Y Mario nos contó que tenía ganas de ir a ver la fórmula uno en Buenos
Aires. Hacía años que la fórmula uno no venía a Buenos Aires, pero no le dije
nada.
-¿Con
quién vas a ir?- le pregunté.
-¿Quiere
venir conmigo, doctor? Usted no tiene muchos amigos ¿cierto?
Le
dije que iría con él, que no, que no tenía muchos amigos, y que aceptaría ir
con él a ver la carrera de autos.
El padre no se inmutaba. Acostumbrado a los
decires de Mario, supuse. Tampoco se preocupó ni tuvo vergüenza de lo que su
hijo decía ante mí. Tantos años de locura. Hacía treinta que no lo veía a
Mario.
Pensé
en los destinos de los pibes, Corcho se fue a vivir a Estados Unidos y ahora
trabajaba en un casino en las Vegas. El Laucha trabajaba en una empresa de
seguros. Gachi estaba perdido por la cocaína. Lorena era lesbiana y estaba
casada con otra piba hermosa. Yani vivía en una casita en el fondo de la casa
de su madre, tenía cinco pibes y estaba gorda como una vaca. Cordero se había
dedicado a las filmaciones de casamientos, cumpleaños, despedidas, y le iba
bien, se había comprado un auto y una casa. Fabián en contra de todos los
pronósticos se había recibido de abogado. Mario estaba ahí sentado en la cama,
charlando torpemente conmigo, yo lo escuchaba, tomaba la gaseosa, observaba los
rasgos de Mario, el tiempo, el tiempo y la vida que también me habían pasado a
mí por encima. Nadie, ni a los que le había ido mejor, o peor, ninguno de
nosotros se había salvado de la vida.
No
sé por qué, por qué le pregunté a Mario ¿Trabajás? Si yo sabía que era
imposible que trabajara, que debía estar tirado en esa cama, yendo de la cama
al living, asomándose por la ventana cada tanto, tomándose la media docena de
pastillas a la noche. ¿Trabajás? le pregunté estúpidamente.
Sonrió,
sonrió, y me dijo: -Soy disc jockey.
Y
sonrió con ganas, fue como una grieta que se abrió y de dónde salió un
resplandor, y recordé que claro, por supuesto, Mario ponía música en los
asaltos. Se me vino una imagen a la cabeza: música, luces que van y vienen,
pibes y pibas, bailando, fumando, olor a tabaco, a perfume de mujer, música al
palo, pop, rock nacional, cumbia también, pibes
y pibas, charlando, riendo, bebidas yendo y viniendo, una soberana
botella de ron, vino, sangría, cerveza, y la música, y las luces, rojas,
azules, amarillas, y en el centro de la fiesta Mario Ollero. Mario Ollero con
esa sonrisa que tenía ahora, y me decía: soy disc jockey.
Le
hice el inyectable para las náuseas, me terminé la gaseosa y me fui.
Sebastián Rogelio Ocampo
Todos los Derechos de Autor y Propiedad Intelectual, pertenecen a:
©Sebastián Ocampo
Rosario - Argentina
Cuento perteneciente a su libro:
"Sin estetoscopio"
Ilustración: Imagen libre de la Web
Edición: Editorial Atrapados por la Imagen
Diseño y Edición: Laura Jakulis
Correctora Literaria: Isabel Santoro

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.




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Cuando el tiempo pasa por encima y lejos de borrarlos cobija los recuerdos
ResponderBorrarBajo el manto aparente de no contar nada, el relator (muy buena elección de la primera persona) cuenta la vida, bah, unas vidas pero que consigue que a mí lector, me llegue como "la vida", el subtexto entre líneas muy rico, y muy bueno el tan difícil de lograr punto de vista
ResponderBorrarEl tiempo y el rumbo de la vida de cada uno va creando distancias inevitablemente, en el desprendimiento de la fraternidad de la familia y la fraternidad de la vereda.
ResponderBorrarUn relato muy emotivo, habla de la sensibilidad de su autor.
Querido Sebastián, ¡qué relato! "La sonrisa" es una historia atravesada por la memoria, tocando sentimientos tan profundos, con esa humanidad que te caracteriza. Hay memoria, barrio, tiempo y una ternura increíble que abraza. Me encantó leerte. Gracias por seguir escribiendo en Atrapados. ¡Vamos por más!
ResponderBorrarSeba, delicioso raconto de vidas, un pasear por la ella con recuerdos vívidos, una compasión increíble con ese amigo perdido en su cabeza, un relato que se disfruta y se sufre, que emociona y conmueve, gracias !
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